Archivos de la categoría ‘Diario de pensamientos’


tiempoperdido

“El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto”

(Charles Chaplin)

***

El tiempo es relativo. Lo sabemos. ¿Qué es exactamente el concepto de tiempo perdido? Es una realidad que el tiempo va pasando. A veces, tenemos la sensación de que se nos escurre entre los dedos, sin poder detenerlo. Pero eso es imposible. No podemos detenerlo. Y, además, quién querría eso. No hace falta. Vamos consumiéndolo aunque no lleguemos a percibirlo. Y mucho de ese tiempo que ya ha transcurrido creemos que es perdido o, al menos, así lo calificamos. Todo pertenece al tiempo. Lo bueno y lo malo. Lo aburrido y lo entretenido. Nos quedamos con los momentos inolvidables, con los que marcaron un momento, una época o una fase de nuestra vida. Tan sólo grabamos esos momentos mágicos, que no podemos ni queremos olvidar. Nos deshacemos muy fácilmente de la mayoría de momentos. Muchas veces porque los asociamos con la rutina. Insulsos. Triviales. Nada interesantes. No nos llaman la atención muchos de ellos, sólo los que sobresalen, por causas estupendas o dramáticas, ésos que retenemos a toda costa.

Evolucionamos. Por lo menos deberíamos hacerlo. Y para evolucionar se necesita tiempo, y dentro de ese tiempo también hay momentos que creemos perdidos. Valoramos negativamente los momentos perdidos. Porque en el fondo sabemos que no van a volver. Pero nos cuesta estrujar el tiempo y sacarle todo su provecho. Por mucho que lo repitamos. Deambulamos como sombras dentro de nuestro propio escenario. Nos perdemos entre nuestros momentos perdidos. Sacamos a veces la cabeza para hacernos notar. Pocos. Muy pocos. La mayoría de las veces pasamos desapercibidos, incluso para nosotros mismos. Las luces son pocas y débiles, la oscuridad la vemos con más intensidad y con más facilidad.

6046515

“Algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora”

(John Lennon)

***

La sensación de pérdida de tiempo atormenta, entristece y provoca desdicha. Nos encerramos en nuestro caparazón, dispuestos a relamernos nuestras heridas, sintiendo que las oportunidades, muchas, han pasado. Y que no fuimos capaces de reconocerlas, de aprovecharlas. Y mientras lo hacemos no nos damos cuenta de las que están frente a nosotros justo ahora mismo. No recapacitamos como deberíamos. Analizando los errores vamos cometiendo otros. 

Aprovechamos el tiempo cuando lo vivimos con intensidad, sea como sea. Y esa intensidad nos da vida interior. Nos revitaliza de otra manera. Nos hace sentirnos válidos y aptos. Nuestra habilidad crece cuando nos vemos útiles. Estamos siempre cuantificando nuestras labores, nuestras vivencias. Sentimos mucha pena por las pérdidas, sean del nivel que sean. La pérdida de tiempo es tan sólo otra de ellas. Nos lastima. Nos hiere. Parece incluso dolor. Y permanece. A veces por segundos, otras durante años. Estamos sometidos al poder del tiempo, en todos los escenarios de nuestra vida. Todo empieza y acaba, lo bueno y lo malo. Es una sucesión tras otra. Natural. Algunas de esas sensaciones parecen efímeras, otras eternas. Pero es nuestra sensación. Debemos evaluar nuestro tiempo, sólo tenemos uno. Y valorarlo. Sinceramente. Sin flagelarnos.

“A veces estamos demasiado dispuestos a creer

que el presente es el único estado posible de las cosas”

(Marcel Proust)

***

Anuncios

caramano

“Nada hay en el mundo más noble y raro que una amistad verdadera”

(Oscar Wilde)

***

A muchas personas les ocurre que, desde eran jóvenes adolescentes, les han tratado de ‘raros’. Y, con el paso del tiempo, esa tendencia no ha decaído. De hecho, casi forma parte de su personalidad. Lo raro significa que se sale de la norma. Pero, la pregunta debería ser: ¿Quién marca la norma? ¿O nos basamos simplemente en lo que hace la mayoría para denominarla así? El ser humano se encuentra más cómodo ante situaciones que conoce, que son habituales, rutinarias y/o familiares. Cuando algo se sale del guión establecido comienzan los titubeos, las inseguridades y los vaivenes. Ante el miedo que provocan estas últimas situaciones, la mayoría se inclinan ante lo conocido, lo mayoritario y lo habitual. Y se puede extrapolar a todos los ámbitos de la vida.

Si dices, haces, opinas, piensas como la gran mayoría no sobresales, permaneces en ese grupo compacto que parece ser el correcto. O, al menos, eso piensa la mayoría. Si a uno o varios se les ocurre salir de esa tendencia son considerados automáticamente ‘raros’, casi sin ni siquiera escuchar, analizar o valorar lo que dicen, hacen, opinan o piensan. No se puede negar que esta actitud mayoritaria llama la atención. De hecho, está debidamente estudiada científicamente. La mayoría de las personas se mueven por el argumento mayoritario, a veces, sin llegar a analizarlo, ni meditarlo, ni valorarlo. Pensándolo fríamente, podría ser una forma un tanto mediocre e ignorante de actuar. Digamos que no consideraríamos inteligente a cualquier persona que reaccionara de esa forma. Entonces, ¿estamos rodeados de ignorantes? ¿Somos mediocres a la hora de decantarnos por una mayoría? ¿Valoramos todas las opciones antes de tomar una decisión, una elección? ¿O preferimos ir a lo sencillo y no pensar demasiado?

“Es posible que el cosmos esté poblado con seres inteligentes.

Pero la lección darwiniana es clara: no habrá humanos en otros lugares.

Solamente aquí. Sólo en este pequeño planeta.

Somos, no sólo una especie en peligro, sino una especie rara.

En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso.

Si alguien está en desacuerdo contigo, déjalo vivir.

No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias.

(Carl Sagan)

***

Las preguntas se multiplican sin llegar a conclusiones claras. Lo normal es pensar que si una gran masa de gente actúa de una forma determinada será por algo, por algún motivo, por alguna razón. En absoluto. Puede darse el caso que una gran masa de gente piense de forma parecida, que tenga motivaciones similares, que se muevan en ambientes cercanos y que lleguen a las mismas conclusiones, pero, en cada fase de nuestra vida, solemos ir evolucionando. Lo que pensábamos hace diez años no se parece casi en nada a lo que pensamos actualmente. Nuestras opiniones van cambiando a medida que avanza nuestra experiencia de vida. Llegar a hacer o decir lo que hace o dice la mayoría puede ser una elección o una opción, pero antes debe ser meditada consecuentemente y según nuestras ideas y pensamientos.

Nos dejamos llevar por el qué dirán, por lo que se lleva, por tendencias y modas, por mareas que aparecen y desaparecen. Necesitamos de nuestra cordura, nuestro saber, confiar en nuestro intelecto, sea del nivel que sea, aprender a seguir nuestro instinto, apostar por nosotros. Muchos lo hacen. Y la respuesta que a veces reciben es que son raros. Muchas de esas personas que han sido consideradas ‘raras’ desde que iban a la escuela han perdido parte de su autoestima, en muchos ámbitos de su vida, pero si miraran las cosas desde otra perspectiva, se darían cuenta de que ‘ser raro’ puede ser lo mejor que tienen. Cuando alguien te considera raro es porque no te entiende. O no te acepta, que es todavía peor. Hay que saber rodearse de gente que te entienda y que te aprecie, con tus valores y tus carencias. ¿Quién es menos raro que otros? ¿Por qué alguien es más raro que el resto?

Ser raro no significa ser peor, ni mejor. En la diferencia está el secreto. Y ocurre con todo. Si todos fuéramos iguales esto sería muy aburrido. Hay que pensar de mil formas, hacer mil variantes, decir cosas diferentes. Idear, cambiar, innovar. Todas esas personas que enfocaron su futuro en sus ideas fueron tachados de ‘raros’ y, muchos de ellos, llegaron a ser considerados genios con el tiempo. Otra prueba más del desconcierto de la sociedad en general y de la mayoría en particular. La autenticidad vale la pena. La originalidad tiene su mérito. Hay que valorar la capacidad de la persona. No caer en falsos argumentos o en simples postureos.

tacones-raros-2

 

 


verdad

“El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.”
(Manuel Vicent)
***

Siempre tratamos de encontrar la verdad. Al menos, en apariencia. Somos incrédulos por naturaleza y, a menudo, susceptibles de lo que vemos o nos cuentan. Aunque no tanto como deberíamos. La verdad absoluta no existe, al menos tal y como la consideramos. Y entre la verdad que nos revelan y la duda razonable el límite es demasiado pequeño. De hecho, las mentiras se mezclan bastante a menudo con ciertas ‘verdades’, creando un espacio indeterminado y difícil de denominar.

Demandamos sinceridad a todos los que nos rodean, a los que nos importan y los que no. Deseamos que nos expresen sus opiniones y sus sentimientos sin mentiras ni fingimientos. De una manera natural y sencilla. Y creemos que es fundamental que nos cuenten la verdad, sobre unos hechos, sobre unas opiniones, sobre todas realidades que aparecen de repente. Abogamos por la buena fe, por la honestidad de las personas, a sabiendas de que nos van a engañar seguramente, que nos engañan de hecho, que se engañan a sí mismas.

“La verdad triunfa por sí misma,
la mentira necesita siempre complicidad.”
(Epicteto de Frigia)
***

La mentira es más humana que la verdad. Sobre ella se cimientan innumerables opiniones, hechos y sugerencias. Y si tienen base para crecer y evolucionar es por la credulidad de sus interlocutores. Y esa confianza en la mentira lanzada al aire se basa en pocos argumentos fiables, por no decir ninguno. Estamos hartos de escuchar: ‘Lo he oído’, ‘Me lo han dicho’, ‘Aseguran que…’, mil formas de plantear un hecho o una opinión sin ningún tipo de confirmación requerida ni exigida. Y mucho menos de rigor a la hora de contar algo. Decir se pueden decir mil cosas, y todas pueden resultar ser mentira o no, lo que pasa es que ya nos hemos acostumbrado tanto a ella que no le damos ninguna importancia cuando aparece de nuevo. 

Creemos en personas, en su buena fe, en su sinceridad  y honestidad, tal vez por un recorrido, por una trayectoria común, por una experiencia, pero no podemos poner la mano en el fuego por nadie por el conjunto de todo lo que cuenta y hace, tal vez porque en algún momento puede faltar a la verdad, por diferentes motivos, e incluso por necesidad. Cuando reclamamos la verdad debemos pensar antes si la queremos realmente o no. Puesto que es muy fácil remitirse a ella por costumbre, exigiéndola como salvoconducto para proseguir escuchando o avalando a la otra persona, pero sin reflexionar seriamente sobre las consecuencias que esa ‘verdad’ nos puede traer. 

“La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés.”
(Antonio Machado)
***

Nos hemos planteado hasta qué punto estamos dispuestos a escuchar la verdad. Hasta dónde somos capaces de saber y conocer sobre algo en concreto. Hasta dónde queremos llegar a escuchar sobre un asunto. Pensamos seriamente si queremos saber sobre todo eso que preguntamos e indagamos. O es mera curiosidad. Somos curiosos por naturaleza, es algo innato en los animales y los seres humanos. Buscamos información e interactuamos con nuestro entorno y con el resto de personas. Y ante ciertas dudas reclamamos respuestas. Y no siempre esas respuestas son veraces. La necesidad de información provoca a veces la falta de esa veracidad necesaria para conocer mejor, para opinar mejor. 

Necesitamos de la verdad pero debemos dosificarla convenientemente, además de valorarla en su medida. Y también debemos aprender a analizar todo cuanto nos llega, sea verdad o mentira, ser cautelosos ante opiniones y afirmaciones que no tienen base alguna. Y, sobre todo, tenemos que tener claro si queremos saber sobre algo o no antes de indagar sobre ello. La pérdida de tiempo y las consecuencias de nuestra búsqueda pueden llevarnos a la insatisfacción y a la desilusión. El tiempo es demasiado valioso como para perderlo en mentiras o medias verdades. Verdades que pueden llegar incluso a ofendernos.
“Y es que en este mundo traidor, no hay verdad ni mentira: todo es según el cristal con que se mira.”
(Ramón de Campoamor)
***

descarga (5)


26475_bostezo-aburrimiento_big

‘El aburrimiento es la enfermedad de las personas afortunadas;

los desgraciados no se aburren,

tienen demasiado que hacer.’

(A. Dufresnes)

***

Pregonan muchos sociólogos que vivimos en la época de las prisas, donde queremos hacer muchas cosas en un breve espacio de tiempo y donde es casi imposible abarcar y acabar con todo lo que pretendemos. El tiempo se nos pasa volando, casi sin darnos cuenta. O, al menos, eso es lo que nos parece. Algunos la denominan la sociedad del estrés, pero lo que sí es cierto es que en esta época no nos faltan entretenimientos. Internet se ha convertido en una herramienta básica en nuestra rutina diaria, donde podemos hacer y deshacer tantas cosas como nunca hubiéramos imaginado. Tantas que no somos ni capaces de hacerlas. De repente, nos han abierto una ventana al mundo en todo su conjunto y miles de circunstancias están a nuestro alcance haciendo un simple click provocándonos unos nuevos estímulos que jamás tuvimos ocasión de disfrutar en el pasado.

Si a todos esos entretenimientos que nos ofrece internet le añadimos la gran oferta en otras facetas culturales, políticas, sociales o de ocio, ya sea cine, series, música, canales de televisión, libros y cultura en general, acceso a toda la información jamás imaginada, además de las innovadoras y siempre sorprendentes redes sociales, nos damos cuenta de que aburrirse en la actualidad parecería prácticamente imposible.

‘El aburrimiento no puede existir donde quiera que haya una reunión de buenos amigos.’
(René de Chateaubriand)
***

Se define al aburrimiento como esa existencia desprovista de sentido. Un cansancio o fastidio que se generan por disgustos o molestias, o simplemente por no tener nada alrededor con lo que divertirse o distraerse. El aburrimiento se asocia con la pérdida de tiempo, y puede conllevar a ejecutar acciones que nunca haríamos por el mero hecho de necesitar hacer algo. Muchas veces el aburrimiento trae consigo el acceso a drogas, alcohol o juego en los adultos y a cometer travesuras a los niños. Se sostiene la idea de que en estados de aburrimiento el ser humano necesita imperiosamente realizar tareas que le mantengan entretenido de la forma que sea, aunque sin provocarle demasiado esfuerzo físico ni mental. De ahí nacieron los famosos pasatiempos.

Para los filósofos, el aburrimiento se asocia generalmente con el disgusto o el miedo. Se cree que sin diversión caemos inevitablemente en el aburrimiento. Aunque la diversión puede ser simplemente el hecho de estar activos y entretenidos en una faceta, ya sea el trabajo, la familia o los amigos. Pero no todo debe ser diversión. De hecho, la diversión también tiene limitados sus movimientos y sus momentos. Muchos abogaron en el pasado en darle al trabajo un significado que induce imperiosamente a la facultad de hacernos sentir útiles, una forma práctica de no caer en el aburrimiento. Y es cierto que para muchos el mero hecho de trabajar solidifica el hecho de estar y sentirnos entretenidos. Sin la obligación de ir a trabajar esos individuos se sienten perdidos. Como les ocurre a muchos jubilados, acostumbrados a trabajar durante toda su vida y que, de repente, se ven abocados a la ‘nada’, a su ‘nada’, puesto que no encuentran estímulos con los que pasar el rato y caen en profundas depresiones.

‘Nuestro tiempo es tan excitante que a las personas sólo puede chocarnos el aburrimiento.’
(Samuel Beckett)
***

Caer en el aburrimiento puede resultar sencillo siempre y cuando nosotros mismos le demos cobijo. A veces por pereza, por falta de estímulos o por falta de actitud, nos vemos de lleno metidos en ese ámbito extraño en el cual no sabemos exactamente qué hacer… Podemos pensar que el aburrimiento es la nulidad del todo porque nos hunde en un pozo demasiado hondo y carente de luz. Y el aburrimiento se acerca al tedio sin remedio. El tedio es esa sensación de vacío que ataca sin avisar y que nos deja paralizados. Curiosamente, se ha convertido en una de las características más generalizadas de la sociedad contemporánea. Lo que tanto ansiamos durante mucho tiempo de repente nos aburre. Realizamos tantas actividades que no sabemos ni saborearlas. Y a veces es necesario encontrar el sentido a las cosas. Hacer cosas por hacer no nos llevan a nada, quizá a emplear el tiempo y vernos ocupados, pero nada más.

Si verdaderamente nos ocupáramos en meditar sobre lo que nos gusta realmente, sobre lo que queremos emplear nuestro tiempo, ya sea el que tenemos libre o el que ocupamos trabajando, ganaríamos a la hora de sentirnos más realizados. No caeríamos fácilmente en el aburrimiento, puesto que estaríamos deseosos de continuar con nuestras actividades, siempre que éstas nos generaran la suficiente satisfacción. Aunque parezca mentira, muchísima gente hoy en día se aburre. Ante las que continuas quejas de que nos falta tiempo, muchos encuentran tiempo para aburrirse, esas ironías de la vida que te dejan perplejo a pesar de todo.

‘El aburrimiento es la explicación principal de por qué la historia está tan llena de atrocidad.’
(Fernando Savater)
***

images


OPORTUNIDADES-600x400

 “Cuando pierdes una oportunidad ganas una lección”.

***

Hay que ser paciente. No desesperar. No pretender que todo salga cuando queremos, ni cuando buscamos. Las cosas son sencillas. La vida va pasando y, en su transcurso, el vaivén de sensaciones, emociones, vivencias y experiencias no para en ningún momento. Si echamos la vista atrás nos daremos cuenta de todo lo vivido, de todo lo que una vez decidimos vivir. Porque en el destino de nuestras vidas todo depende de lo que decidamos. Somos dueños de nuestras acciones, aunque en determinados momentos dependamos más de las circunstancias que nos obligan a decidirlas. No hay más. El hecho de elegir implica una acción. Y esa acción se transformará en una vivencia. Puede ser buena o mala, pero será vivencia al fin y al cabo. Tenemos que saber que todo puede ocurrir y en cualquier momento. No es que tengamos que estar obsesionados y pendientes de cualquier situación, pero sí que debemos tener siempre conectada la antena de nuestras sensaciones para poder descubrir que algo está pasando. Si nos distraemos en el momento justo quizá luego será tarde y la oportunidad se desvanecerá.

Dicen que la suerte se busca y que no aparece de la nada. Muchos podrían estar en contra de ese argumento. Los momentos afortunados posiblemente son proporcionales a los momentos desafortunados. Es como una ley de probabilidades. Hoy estamos bien y mañana mal. Hoy nos sale todo bien y mañana no. Hoy nos sorprende una persona y mañana nos decepciona otra. Y así es la vida: una sucesión de situaciones, una multitud de caminos que van apareciendo y que debemos elegir. Los cruces en ese camino se multiplicarán y deberemos elegir siempre uno de ellos. NO podemos detenernos y esperar a que alguien nos indique la dirección a tomar, y quizá en una de esas direcciones estará la oportunidad que nunca imaginábamos. ¿Suerte? Sería muy simple pensar así. Quizá es simple intuición. Nos dejamos atrapar por señales. Y si las señales nos cautivan accedemos.

Las oportunidades se van presentando. Como bien se dice a menudo, hay trenes que de repente pasan. Así de simple. A veces somos capaces de darnos cuenta de eso, nos subimos a ellos y aprovechamos la ocasión. Pero la mayoría de las veces ni caemos en la cuenta de que el tren está pasando, y es pasado cierto tiempo, cuando despertamos de ese letargo personal en el que nos hallamos sumidos y reconocemos la equivocación. Pero las oportunidades traen consigo decisiones. Tenemos que decidir constantemente a todas las vicisitudes que vamos encontrando. En muchos casos analizamos la situación, vemos los pros y los contras, reflexionamos ante todas las posibilidades que observamos, tenemos tiempo necesario para tomar una decisión firme, adecuada y convencida. En otros muchos casos, nos toca decidir con muy poco tiempo para meditar sobre ello, tan sólo nos queda ese rápido momento de sucesión de imágenes en nuestra mente viendo lo que podría pasar, lo que podría ser, para finalmente tener que responder ante un acontecimiento determinado.

Sería absurdo decir que no se presentan oportunidades a lo largo de nuestra vida. Y en todos los ámbitos. Puesto que vivimos se nos suceden todo tipo de opciones donde elegir. Lo que a veces ocurre es que ni siquiera reconocemos una oportunidad. Decidimos hacer una cosa u otra, elegir una opción u otra sin prestar demasiada atención, y lo que ocurre después es la consecuencia de nuestra elección y decisión. Si el resultado es positivo suponemos que hemos aprovechado nuestra oportunidad, pero si sale mal lo calificamos como fracaso, tanto a la hora de elegir como de actuar. Se vea de una manera u otra, las oportunidades se siguen presentando día a día. Lógicamente, no habrá nadie que pueda decir que aprovechó todas las que se presentaron.

“La vida no es sino una continua sucesión

de oportunidades para sobrevivir”.

(Gabriel García Márquez)

***


 

reputacion-online
‘El que sólo practica la virtud para conquistar una gran reputación
está muy cerca de caer en el vicio’
(Napoleón)
***

La reputación es simplemente la opinión que tienen los demás sobre nosotros. ¿Es importante? Quizá en según qué casos sí lo será, pero no en todos ni en la mayoría. La reputación es muy particular. Muy de cada uno. Y tiene el valor que le queramos dar, ni más ni menos. La podemos cuidar, año a año, tratar de hacerla mejor, día a día, evolucionarla, desarrollarla, mejorarla, pero a lo mejor, bajo una circunstancia inesperada, se puede venir abajo como un castillo de naipes y en cuestión de segundos, y en muchos casos quizá sin razones aparentes o causas que hubiesen sugerido tal desenlace.

¿Nos importa realmente lo que digan o piensen de nosotros? O quizá dependerá de quién lo haga. O quizá dependerá del momento o de la situación. ¿Tan importantes somos realmente (o creemos ser) como para pensar que es trascendente la opinión de los demás con respecto a nosotros. Si de nosotros comentan una buena opinión la tomamos automáticamente como buena, ya que es positiva, porque suena bien, porque nos hace quedar bien de puertas para afuera; mientras que si el comentario o la opinión que se hace de nosotros es malo nos lo tomamos al instante como equivocado y erróneo, no falso, pero sí como una escena que no se asemeja a la realidad de lo que nosotros creemos ser. Naturalmente, porque esa opinión puede perjudicar nuestra imagen y nuestra reputación.

crear-reputacion-online

‘He perdido mi reputación.
Pero no la echo en falta.’
(Mae West)
***

Si en la vida diaria nos mostramos tal como somos, naturales, sin poses, ni posturas, ni casualidades convertidas en necesidades según el momento y la situación, si somos realmente nosotros mismos, la gente que nos rodea, que nos conoce cada día, que nos trata normalmente, nos conocerá tal y como somos. A todos no podemos caer bien, eso es una utopía, además tampoco se trata de eso, no puede ser el fin en sí. La personalidad de cada uno no puede intentar encajar con las de todos los demás. Eso es imposible. Caeremos bien a unos cuantos, y a otros no tanto. Quizá a algunos les caeremos incluso mal. Pero si es así no será por nuestra reputación, sino por nuestro carácter y nuestra personalidad. Si los hemos mostrado de forma natural no podremos reprocharnos nada en absoluto. Otra cosa distinta sería que hubiéramos fingido un forma de ser con tal de caer bien o de hacer ver que somos otra cosa. Esa opinión creada sobre nosotros sería no falsa, sino simplemente ficticia. No nos conocerían realmente, pero ya se habrían hecho la imagen de un nosotros ideado y retocado, nunca auténtico. 

Lógicamente, cometemos errores, y los seguiremos cometiendo. Pero los que nos conocen y nos aceptan con ellos sabrán perdonárnoslos. No porque sientan pena o compasión, simplemente porque estarán por encima de lo que realmente somos. Al conocernos bien y en profundidad, los detalles o las circunstancias no podrán hacer cambiar la imagen que tienen y que ya tenían de nosotros. Pero, igualmente, podemos cometer errores mucho más graves, crear decepciones en gente que confió en nosotros, que creía en nosotros, y eso será difícil de reparar. Para ello hay que tener tacto y valorar a esas personas, sobre todo, si no las queremos perder. Pero, si al final, hemos cometido esos errores será necesario enmendarlos como se merece, ante todo con humildad y dando las explicaciones oportunas. Con naturalidad. Porque esa es la clave de todo.

La reputación es muy importante para las empresas, ya sea por su servicio, por su calidad, por su estabilidad. Lograr esa reputación con el paso de los años requiere sacrificio, trabajo y suerte, pero es uno de los grandes objetivos de cualquier empresario. Múltiples estudios han intentado descifrar los secretos para conseguir esa ansiada reputación en las empresas y en las marcas comerciales. La conclusión: ‘Lo más importante es cumplir con lo que se dice’. Así de sencillo. ¡¡Y tan difícil de conseguir!! La reputación no la podemos crear de un día para otro. Es un lento caminar. Una construcción que depende de muchos factores, y no todos dependen de nosotros. Si nos hemos creado una buena imagen no la vamos a perder tan fácilmente. Tampoco la podemos medir. Y tampoco es necesario.

‘¿De quién dependen las reputaciones?
Casi siempre de los que no tienen ninguna.’
(Carlos José de Ligne)
***
Consejos-para-mantener-una-buena-reputación-en-el-trabajo

 


ego1

‘La mentira mayor es el ego’

(Alejandro Jodorowsky)

***

El ego, el yo, el yo y el ego, ambos o ninguno. El concepto del yo es difícil de explicar, de definir y de entender. Para muchos ha estado relacionado con la parte interna del individuo, de su alma, de su conciencia y de su mente. El estudio del yo ha estado presente desde los griegos y sigue vigente, ya sea a través de la medicina, de la psicología o la filosofía. Uno mismo se pregunta continuamente, a través de toda su vida, quién es ese yo, el que atesoramos, el que invadimos, el que nos complementa o nos hace ser como somos. Y acaso la pregunta es eterna. Una de las preguntas básicas del ser humano. ¿Quién soy yo?

Para los clásicos, el yo era una substancia, un alma o una cosa. Más adelante, otros negaron la existencia de la substancia, ya que para ellos el yo era simplemente una función, un conjunto de sensaciones, impresiones y pensamientos. Teorías al respecto las tenemos para todos los gustos. Cada quien podría hacerse propiedad de una de ellas, y aún así, sería difícil llegar a tener claro qué significa. Para un sinfín de filósofos, la esencia del yo como punto de partida fue algo esencial en su pensamiento. Yo como ente, yo como el que piensa, yo como el centro de todo, yo como la base de creación, yo como sentido de algo…

Habría que partir de un razonamiento bastante más sencillo: ¿Tan importante es el yo? ¿Tan importantes somos? Porque caemos en la tentación rápidamente de creer que el concepto mismo del yo nos pertenece y que a partir de ahí todo toma sentido. Sin el yo parece que lo demás no puede complementarse. Para muchos, el yo es lo básico, lo principal, la razón del todo. Sin el yo muchos estarían perdidos, simplemente porque lo plantean mal. Y es ahí, precisamente, donde aparece el ego, como administrador del yo. Se confunde el yo con el ego, y el ego con el sujeto o individuo. Se eleva al ego a un escalón superior, dándole mucha más importancia de la que realmente tiene. Y partimos de la idea de que el ego es trascendente para nuestra conciencia, ya sea ésta material o metafísica.

Cuántas veces detectamos a todas esas personas afectadas por el mal del ego, que las cambia, las traumatiza y las hace ser diferentes, con tan sólo un objetivo: satisfacer su ego. Son esas personas egoístas, destructivas, las que arrasan con todo, que son capaces de hacer lo imposible para sentirse satisfechas con su ego. Fantasías creadas por ellas mismas, carentes de cualquier ápice de humildad, de sencillez o de simple autocrítica. Una moda que va a en aumento y que en sociedades tan individualistas como las que estamos creando en las últimas décadas, son alimento de consumo de masas. El ego domina el mundo de una manera u otra.

El ego se convierte casi en una necesidad vital. Todos tenemos una parte de él pero algunos la agudizan, la alimentan, la desarrollan y la hacen imperiosamente garante de su conciencia. Otros no se dejan vencer por su poder, la tienen siempre acorralada, controlada, atada y siempre vigilada. Puesto que el ego puede devorarnos sin que nos demos cuenta, de forma pausada y eficaz, de forma latente y animal. Nuestra conciencia nos puede jugar mil jugarretas, y de nuestros errores es de donde deberemos extraer conclusiones y sabiduría, pero nunca aumentando la dosis de poder al ego, pues en ese caso caeremos en la trampa  de pensar que somos algo más de lo que somos en realidad. Una realidad que podemos confundir tantas veces como no seamos capaces de observarla como lo que es.

Satisfacer el ego se ha convertido en un deporte mundial. Ya sea por las apariencias, por lo que dirán, por lo que diremos, por lo que puedan pensar o no, por lo que vemos o escuchamos, por lo que nos cuentan y nos comentan, por todo aquello que nos hace distorsionar nuestro mundo real, por todo ese conjunto de circunstancias que provoca que no podamos concentrarnos en lo esencial, en lo prioritario, en lo básico. Cuesta acostumbrarse a la verdadera esencia, la nuestra, no solemos fiarnos de ella, le damos poco crédito y desconfiamos de nuestra eficacia. Absorbemos aire para hinchar nuestro ego, y tantas veces como haga falta, sin prestar atención a su tamaño, sin caer en la cuenta de que algún día pueda, al fin, explotar…

El yo, el ego, simplemente desea su propia satisfacción; no está preocupado por el resto. Su única motivación es sentirse realizado. Un detalle puede servir, una adulación, un piropo o una simple mirada. El ego se extiende tanto como necesite, se estira hasta el infinito, y en todas las parcelas de nuestra vida. Está presente en nuestro hogar, en nuestra familia, en nuestro entorno profesional, amoroso y de relaciones sociales. Si permitimos que el ego sea protagonista estaremos centrados únicamente en nosotros mismos, perjudicaremos nuestra conciencia, pues no seremos objetivos. Vivimos rodeados de gente, somos entes sociales, necesitamos de referentes a todos los niveles, de todo se puede aprender y nuestro ego es sólo una parte más del conjunto. Pensar en uno mismo agota, causa ineficacia y no beneficia en absoluto. Además provoca el rechazo de los demás, no permite organizar las ideas, las experiencias y las percepciones que se van aglutinando y propicia que nuestra identidad vaya perdiendo poco a poco su ADN. Satisfacer el ego es una forma de drogadicción como otra cualquiera. Como decía Freud: ‘El yo supone el primer paso del propio reconocimiento para experimentar alegría, castigo o culpabilidad’.

images