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El-Buen-Amor.-Con-Nube-De-María.

“El amor es como los fantasmas, todo el mundo habla de él pero pocos lo han visto.”

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Del amor se habla, se habla demasiado. Del amor de lee, se lee demasiado. Del amor se escucha, se escucha demasiado. El amor se ha incorporado a nuestras vidas como un todo, se ha instalado como un conjunto de muchas cosas difíciles de explicar y que raramente aparecen en nuestra realidad. El amor parece estar unido a la civilización humana desde sus inicios intrínsecamente. Pero también lo está el odio. Serían los dos polos opuestos. Lo bueno y lo malo del ser humano a la hora de hablar de sentimientos. Incluso da la sensación de que sin el amor la raza humana estaría extinguida o profundamente deprimida, aunque pueda parecer que las muestras de amor y de odio andan a la par. Pero, como ocurre en tantas ocasiones, la mayoría de las personas hablan y hablan sobre cosas que desconocen o que creen conocer, o que pretenden saber. A fuerza de hablar de algo durante mucho tiempo, uno puede llegar a interpretar que ya conoce suficiente sobre ello, aunque no sepa absolutamente nada. Si a uno le hablan del amor desde que es pequeño y no lo experimenta, seguramente querrá saber sobre ello para poder hablar también de su propia experiencia al respecto. Eso también es innato en el ser humano.

Uno ha visto infinidad de películas que han tratado sobre el amor, como obras de teatro, en todas sus formas, ya fueran idílicas, platónicas, dramáticas, especiales, imposibles, duraderas, placenteras, dañinas, enfermizas, etc. Uno ha leído cientos de libros que también han querido describir ese estado emocional de una forma particular y personal. Uno ha sido testigo de otras tantas relaciones que han transcurrido a su alrededor, amores que nada tenían que ver el uno con el otro, algunos que daban la impresión de ser irrealizables, inéditos, increíbles o simplemente imposibles; pero también otros que parecían perfectos, estables, imprescindibles y enigmáticos. Desde fuera no se puede explicar y mucho menos conocer por entero lo que se cuece dentro de esos amores, pero cualquiera de nosotros podría hablar de nuestras experiencias, como también seríamos capaces de explicar nuestras propias formas de amor que hemos sentido o experimentado.

“No existe el amor,

sino las pruebas de amor,

y la prueba de amor a aquel que amamos es dejarlo vivir libremente.”

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Hay una pregunta que siempre me ha costado contestar: ¿Cuántas veces te has enamorado? En un principio me parece una pregunta trampa. Porque una pregunta así ya da a entender que has tenido que enamorarte, y además varias veces. Se da por sentado que cualquier persona digamos ‘normal’ se va a enamorar a lo largo de su vida y, a poder ser, en repetidas ocasiones. Y como dicen que el amor es imparable, incontrolable y difícil de medir, pues seguramente nos veremos envueltos en sus garras en cuanto menos lo imaginemos. El amor no avisa, dicen. El amor, aparece… Tengo que confesar que me cuesta contestar a esa pregunta porque si me paro a pensar en ello detenida y profundamente, me cuesta distinguir entre lo que se suele llamar amor de lo que simplemente es una atracción, un cariño o un deseo. Con lo cual, contestar a la pregunta diciendo ‘ninguna’ se antoja arriesgado, más que nada por las caras de sorpresa y de incredulidad que recibiré automáticamente. 

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Tengo la sensación de que se habla muy gratuitamente de muchos sentimientos. Cualquier puede ser amigo de alguien, y cualquiera está enamorado de alguien. Hay gente que se enamora cada día. Y, lógicamente, se desenamora de igual forma, es decir, al instante. La pregunta es lógica: ¿era amor? ¿No estarían confundidos? ¿No estarían simplemente engañándose? Decir que estoy enamorado de alguien suena bien. Es bonito. Es idílico. Es envidiable. Y no digamos decir que alguien está enamorado de nosotros. Nuestro ego sube como la espuma con una facilidad pasmosa. Sentirse querido es innato en el ser humano y muy necesario. Necesitamos sentir que atraemos a alguien. Aunque nosotros no sintamos lo mismo. Necesitamos querer y ser queridos. Necesitamos sentir algo por alguien en algún momento de nuestra vida, otra cosa será que ese alguien demuestre y/o sienta lo mismo por nosotros.

 “Esta noche dormirás con tus triunfos y encantos, pero ella la pasará en los brazos de otro”

(Morrissey)

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Pasaríamos entonces al terreno de las necesidades más que el de las realidades. Confundiremos los sentimientos debido a nuestras necesidades más primarias. Necesitamos amor y si no lo encontramos lo inventamos. Creamos lo que haga falta con tal de satisfacer nuestra mente. Imaginaremos lo que haga falta y haremos creer al mundo lo que hemos creado en nuestra mente. Da igual si es verdad o no, de tanto repetirlo parecerá real. Y como en el amor sucede habitualmente con infinidad de sentimientos y de situaciones. Los problemas surgen o los creamos, aparecen o los hacemos aparecer. Los males, las quejas, la mala suerte, los amigos imaginarios, los que nos aprecian, los que darían la vida por nosotros, tantos que los vamos amontonando en el contador de cualquier red social, acumulando sensaciones más que realidades, intentando ver el mundo tal y como deseamos, mucho más que de cómo realmente es.

“No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos.”

(O.K. Bernhardt)

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Hace falta menos imaginación, un poco más de atención y mucha más coherencia. Ni todo es tan malo ni todo es tan bonito. La vida se compone de altibajos, de buenos y malos momentos, de buenas y malas personas, y en esa senda vamos avanzando, el conjunto de todo es lo que denominamos experiencia. No por pretender saber se sabe, no por creer conocer se conoce. No por decir que amamos mucho amaremos más o mejor. No por decir que nos aman nos sentiremos amados. No por decir muchas veces ‘te quiero’ se quiere más. Pero eso algunas personas no quieren entenderlo. Siempre me ha hecho gracia una frase que, desafortunadamente, sigue funcionando: ‘Dime que me quieres, aunque sea mentira’. Queda dicho todo. Dime lo que quiero escuchar, da igual si es verdad o no. Nos vamos traicionando a nosotros mismos, sin querer encarar la realidad. Nos enamoramos superficialmente, rápidamente, sin detenernos a pensar si realmente estamos enamorados. Quizá la pregunta clave sería qué es el amor. Y, a partir de ahí, todo empezaría a encajar. O no. Quién sabe. En un mundo donde la mentira y la exageración están a la orden del día hablar más o menos del amor ya parece algo trivial.

“La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.”

(Gabriel García Márquez)

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Cuando aguantar se convierte en un triunfo

Publicado: 21 de septiembre de 2015 en Artículos
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“Dar todo lo que tienes,

aguantar todo lo que tengas que aguantar

y saber que puedes estar satisfecho”

(Haruki Murakami)

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En muchas etapas de la vida nos vemos abocados a ‘aguantar’. Dicho así parecería ser un escenario un tanto triste y deprimente. Muchos podrían decir que, si el único objetivo que tenemos a la vista es el de aguantar, no va a crearnos un gran estímulo, poca o ninguna atracción y, mucho menos, alguna que otra motivación. Lo que ocurre en realidad es que ese escenario no es una verdadera elección. Sobreviene. Las circunstancias suelen mandar en la mayoría de nuestros momentos. Sobre todo a la hora de tomar decisiones. Solemos valorar todas las posibilidades dentro de nuestros límites, dentro de nuestras circunstancias actuales, antes de tomar esas decisiones. De poco nos sirve imaginar otros escenarios que no concuerden con la realidad, puesto que, al fin y al cabo, lo que cuenta es el presente, ese momento oportuno en que nos vemos abocados a tomar una determinada decisión.

Quizá ahí radique el verdadero sentido de ‘aguantar’. El verse obligado a elegir entre no muchas decisiones. Sentirse atado a la hora de determinar qué hacer. Descubrirse limitado, encogido, atado o encerrado en un laberinto del cual es bastante complicado encontrar la salida. Y cuando nos encontramos ante semejante situación no nos queda otra que aguantar. Y así tantas veces como sea necesario. Pero todas las etapas de la vida están definidas por unos determinados espacios de tiempo. No todo es para siempre, ni lo bueno ni lo malo. En algunas ocasiones, son sólo momentos, tiempos efímeros que se evaporan casi sin dejar rastro. En otras, por el contrario, pueden significar muchos meses o varios años. Pero por uno u otro motivo debemos aguantar. Y aguantar ya se ha convertido en algo muy común para la mayoría de los habitantes de este planeta. Ya estamos más o menos acostumbrados, aunque cuesta entender que uno se acostumbre a ciertas situaciones. Digamos que la necesidad hace el resto. Porque no queda otra. Acaso sólo cambia la forma de encarar dicha circunstancia. Para algunos se convierte en una ansiedad y un agobio constantes. Para otros, es sólo un simple contratiempo pasajero. Todo se verá según  la manera como lo percibamos, quizá muy diferente a cómo realmente es. Aguantar se puede hacer insoportable. Aguantar también puede resultar cómodo por convertirse en algo totalmente rutinario.

“El hombre puede aguantar mucho si aprende a aguantarse a sí mismo”

(Axel Munthe)

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La forma en la que nos lo tomemos tendrá repercusiones, sobre todo a largo plazo. Quizá sería más fácil analizar el porqué de la situación. Indagar sobre los hechos que nos han transportado a esa realidad, a esa limitación. En la mayoría de los casos comprobaríamos que no se debe a un error nuestro. Todo lo contrario. Esas situaciones son sobrevenidas. Por causas ajenas a nosotros. Porqué enfadarnos entonces, porqué agobiarnos sacando de quicio las cosas, porqué fustigarnos  por nuestra mala suerte, porqué quejarnos amargamente una y otra vez por las circunstancias que nos han tocado en suerte… La respuesta es que quizá nos gusta envolvernos de desdicha, inquietarnos demasiado, ver las cosas mal antes que bien. Quizá es más simple no definir la situación como algo que se tenga que aguantar, sino como algo que se tiene que vivir, de una manera distinta a cómo nos hubiera gustado disfrutarla. No se trata de que debamos gozar ante cualquier situación, sino que debemos encarar las circunstancias tal y como vienen, sin angustiarnos, sin precipitarnos en adelantar lo que se avecina, sin aventurar algo negativo.

“Bien poco enseñó la vida a quien no le enseñó a soportar el dolor”

(Arturo Graf)

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Decía Albert Einstein que entre las dificultades se esconden las oportunidades. Nunca mejor dicho. Ante una situación sobrevenida, en lugar de decir que debemos aguantar porque no nos queda otra solución, quizá deberíamos concentrarnos en encontrar la oportunidad que no vemos, por estar escondida, por querer ver tan sólo lo que nos aplasta, lo que nos agobia y no nos deja levantar. Suele pasar que si uno aguanta mucho y durante mucho tiempo se convierte en un ganador. Es una auténtica victoria. De la que debemos estar muy orgullosos. Es ahí que aguantar se convierte en un triunfo. Y debemos saborearlo. Saber aguantar, y aguantar sin perder el ritmo adecuado, el orden que nos hemos impuesto, la motivación que nos llevó hasta ese punto, el interés que nos da ánimos, el camino que nos hemos marcado desde un principio; no es otra cosa que un triunfo de todo nuestro esfuerzo, de nuestra capacidad de aguante, de nuestro saber estar y luchar, una pugna ante las adversidades. Aguantar es luchar por algo, por el hoy, por el mañana, por lo que apareció, por lo que vendrá, por lo que no nos gusta, por lo que celebraremos, por lo que sabremos valorar en el futuro. 

La realidad de nuestros días es cada vez más evidente, más desesperante. Da la sensación de que no avanzamos, de que nos hemos quedado estancados como sociedad global, como comunidad humana. De hecho, en muchos aspectos retrocedemos a pasos agigantados, como si escapásemos de lo que ya hemos conseguido con el paso de las décadas. La evolución humana, que debería ser natural, y hacia adelante, como su propio nombre indica, parece haber perdido atractivo, seguidores y apoyo incondicional. Ha sobrevenido una época donde mirar para atrás, retroceder sin objetivos y anclarse en el pasado, se han convertido en las directrices a seguir. En muchos aspectos, parece que la única tabla de salvación es la de aguantar. Aguantar hasta que la tormenta pase, que se calme todo y vuelva a ser como antes, como deseábamos, como habíamos soñado alguna vez. Pero nadie nos quitará que aguantar ya lo hemos convertido en un auténtico triunfo. Y lo vamos a celebrar.

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Es el tiempo para los valientes

Publicado: 13 de julio de 2015 en Artículos
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“Siempre hay un lugar en las cumbres para el hombre valiente y esforzado”

(Thomas Carlyle)

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Ha llegado. Es la hora. Es el tiempo de los valientes. De los que no se lo piensan. O de los que, a pesar de pensarlo mucho, lo llegan a realizar. Es hora de tomar decisiones. De aguantar. De sobrepesar. De valorar. De analizar. De saberse mejor. De pensar en lograrlo. De no rendirse. Es hora de decir ahora. De decir ya. No es tiempo para perder el tiempo. Ni para quejarse. Ni para acobardarse. Ha llegado el momento en el cual debemos ver todo desde otra perspectiva. Totalmente diferente. Nada parecida a la que nos enseñaron.

Todo lo que parecía idílico, ideal o normal ha pasado a ser cosa del pasado. Y se va diluyendo como el azúcar en el agua. Ahora todo es anormal, nada lógico y poco previsible. Los planes se hacen para romperlos automáticamente. Para crear otros al instante. Se siguen directrices para cambiarlas radicalmente. Se intenta someter a todo el mundo. Poco no se someten a nadie. Parece que todo está de paso. Pero todo estaba de paso. Todo cambia. Todo cambiaba. Pero no tan rápido. Y es que todo transcurre a mucha velocidad. Demasiado veloz. Y en ese tramo de urgencia e inestabilidad debemos pensar sobre todo y arremeter con actitud. Además de decisiones constantes. Algunas erróneas que nos provocan fracasos personales. Pero no debemos rendirnos. Nunca. El que se para y se rinde queda inmediatamente bloqueado. Ninguneado. No avanza. Y hay que seguir. Siempre. Y levantarse tantas veces como sea necesario. Aunque nadie nos ayude. De hecho, pocos nos ayudarán. Se trata de aprender a marchas forzadas, a golpe de obstáculos, de caídas. Recaídas. Vueltas a caer.

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“Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar;

pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar”

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Nos ha llegado. La hora. Nuestro tiempo. Es el tiempo de los valientes. De los que se atreven. De los que osan. De los que no se dejan vencer. De los que continúan. Y siguiendo y aguantando se vence. Vencer es sinónimo de haber luchado. Y sin lucha no habrá final. Sin lucha se perderá la opción de ganar. Cuando todo parece difícil, complicado y casi inalcanzable es cuando más seguro de uno mismo hay que estar. Hay que saber hacia dónde dirigirse. Y hacerlo. No detenerse. No caer en la trampa de que alguien es más capaz que tú. Debemos ser hábiles, como nunca antes lo habíamos llegado a ser, o como nunca nos lo habíamos planteado. Debemos dejar aparcado lo que signifique comodidad. Lo confortable ya llegará. De momento hay que deambular, seguir por la senda del descubrimiento continuo. No mirar atrás, sino para recordar. Pero sabiendo que hay que llegar al objetivo. Y marcarse esos objetivos es nuestra tarea diaria. La más importante. No se puede dejar en manos de nadie, ni de cualquiera. Es cosa nuestra. Además nos pertenece. Nos importa. Nos es básica. No se puede pretender esperar. Esperar a que alguien venga y nos ayude, nos aconseje, nos solucione la papeleta. No va a venir nadie. Planteémoslo así. Porque es la realidad.

Somos nosotros, solos, los que debemos tomar cartas en el asunto. Levantarnos y actuar. No dejar de soñar. Pero soñar realizando. No parar de pensar, pero pensar haciendo. Realizando. Hay que ser actores principales, aunque no encontremos al director. Y si hace falta, escribir el guión tantas veces como haga falta. Hasta encontrar el que nos hará felices. El que nos indicará que hemos llegado al destino deseado. Porque se trata de desear. No de bajar la cabeza y reunir todos los problemas encima de la mesa para amargarnos o entristecernos. No. No es cuestión de ser positivo, sino realista. Y activo. Sin acción no hay reacción. Y necesitamos reaccionar de una vez. Hemos estado paralizados demasiado tiempo. Anestesiados. Afligidos y alicaídos. Ya basta. Hay que cambiar. Y todo cambiar a raíz de un pequeño detalle que provocaremos nosotros. Actitud con aptitud. Acción con carácter.

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“No es verdaderamente valiente aquel hombre que teme ya parecer,

ya ser, cuando le cuadra, cobarde”

(Edgar Allan Poe)

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Es la hora de ser prácticos. De ser totalmente valientes. De levantar la cabeza, mirarse al espejo y ver otra realidad. No la que nos dicen que tenemos, no ésa que nos dicen que es la única que vamos a conseguir. Hay muchas realidades y sólo depende de nosotros intentar encontrarlas. Una vez que lo hayamos hecho nos limitaremos a eliminar las que no nos agraden y quedarnos con las que nos sirven. Y, si hace falta, seguir buscando más, tantas hasta que demos con la que nos gusta realmente o la que colma nuestras expectativas. Pero NO hay que resignarse. Ni aceptar lo que parece que es lo único que vamos a conseguir. No hay que creer todo lo que nos digan. Casi mejor nada de lo que nos digan. Si debemos creer en algo que sea en nosotros. Ni pensar que todo está acabado. Ni hecho. Todo está por empezar. Debemos empezar. No parar. No detenernos hasta conseguir la meta. Y todo depende de nosotros.

El coraje, el carácter, la decisión, la personalidad, la acción. Todo parte de nuestra mente. Hay que cambiar los hábitos, las costumbres. Acondicionarnos a los nuevos tiempos, los que ya han llegado hace tiempo y no quisimos entender. Es hora de abrir los ojos a la realidad, y no es otra que la que pretendamos realizar. Nuestra realidad no es la que vemos, ni siquiera la que nos dicen que tenemos. La realidad, nuestra realidad puede cambiar tantas veces como deseemos. Si lo deseamos. Y si lo deseamos cambiará. Tantas veces como queramos. Hasta que estemos satisfechos plenamente. Hasta que estemos orgullosos con la búsqueda, la nuestra, la única que nos hará seres especiales. Porque lo somos. Digan lo digan. Sólo depende de nosotros. Y el tiempo vuela. El momento es ahora. Ha llegado. Es el tiempo de los valientes.

Vidas inventadas

Publicado: 23 de abril de 2015 en Artículos
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“El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido,

porque estará obligado a inventar veinte más 

para sostener la certeza de esta primera”

(Alexander Pope)

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A través de la historia del hombre, han sido habituales las escenas que han salido a la luz de muchas personas que intentaron ser ‘otras personas’. Se trata en estos casos de inventarse una vida, otra vida, cambiar la uno de mismo, hacer realidad un delirio, ya sea por grandeza, por complejo o por ambición. Los impostores siempre existieron, han sido corrientes y lo siguen siendo. Encontramos numerosos ejemplos, algunos más famosos que otros: Enric Marco, fingió durante años ser un antiguo preso de un campo de concentración nazi; Alicia Head, se hizo pasar por una de las víctimas de los atentados del 11-S en Nueva York; Somaly Mam relató que fue vendida a los 13 años y que le obligaron a ejercer la prostitución; Rigoberta Menchú añadió falsas experiencias personales en su libro autobiográfico.

Para muchos analistas y expertos, muchas de estas personas actuaron y actúan por ser mentirosos crónicos o compulsivos, personas que tienen dificultad para controlar su conducta y que están muy cerca de comportamientos patológicos. Estos mentirosos pueden buscar un reconocimiento social, una admiración que nunca tuvieron, una gloria que les haga populares. Y los podemos encontrar en cualquier momento. Es fácil conocer a esa clase de personas que dicen conocer a gente famosa, que tienen amigos muy conocidos, que han vivido experiencias únicas y al alcance de muy pocos. Pero, lógicamente, para poder engañar a alguien, primero deben engañarse a sí mismos. Creerse su historia. Partir de esa falsa identidad se puede sustentar en la necesidad vital que tiene el mitómano para que los demás le consideren importante o popular. No le importa mentir porque sabe que le va a servir ante la sociedad. Y el narcisista puede ser muy válido y capaz. Incluso inteligente. Lo que ocurre es que su vanidad y su ambición, además de su orgullo, provocan que sus capacidades se pierdan por el camino y no se lleguen a conocer realmente. Inventarse una vida puede servir para conseguir fama, prestigio y también dinero.

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“Una mentira es como una bola de nieve;

cuanto más rueda, más grande se vuelve”

(Martin Lutero)

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Inventar o fabular ha sido y es humano. Tendemos a exagerar las historias, decorándolas, añadiendo datos que no existieron, creyendo hacerlas más atractivas, más creíbles o seductoras. La imaginación aporta su grano de arena. Y de eso vamos bastante sobrados. Sabemos por experiencia propia que muchas personas exageran en sus logros biográficos, sus estudios, sus conocimientos, etc. Una práctica habitual que ya parece consentida. De hecho, parece que tampoco nos importa mucho que mientan, o que nos mientan. Si esa mentira no nos incumbe no nos preocupa. El problema es que si esas mentiras se exageran de forma sistemática y se multiplican con el paso del tiempo, las sospechas llegan a ser muy grandes y la credibilidad, poco a poco, va perdiendo forma.

Lógicamente, para aquellos que acostumbran a utilizar estas prácticas, la rutina les juega una mala pasada y, finalmente, son descubiertos. Lo malo, al llegar a ese punto, es que ya nadie se cree lo próximo que cuenten, aunque sea cierto. Sin embargo, cuando uno de estos impostores nos cuenta una historia sensible y dura cuesta dudar de su credibilidad. La empatía nos hace acercarnos a su historia, creando un lazo de unión entre el que cuenta la historia y el que la escucha. Generalmente, cuando nos cuentan algo tendemos a creerlo, aunque sepamos que la mayoría de las veces no tenemos argumentos de peso para saber si lo que nos cuentan es verídico o no. La susceptibilidad va según el carácter o la experiencia de cada uno, pero en principio no debería haber obstáculo para creer en alguien o en sus historias.

“El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad”

(Aristóteles)

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En la actualidad, gracias las redes sociales, cualquier puede llegar a cualquiera. Son ventanas que se abren y donde aparece, de repente, el mundo entero. Una persona anónima puede ser famosa en minutos. Y esas redes sociales sirven para muchos de estos personajes para crearse vidas paralelas, inventadas. Ese físico que no tuvieron, esa atracción siempre soñada y que nunca apareció, esa facilidad para atraer gente gracias a una palabra, una fotografía, un mensaje, todos ellos inventados, creados con una finalidad. Hoy cualquier puede ser cualquiera. Puede ser lo que quiera, se puede convertir en el profesional que siempre quiso ser, popular y admirado por muchos, o ese físico atractivo y seductor para los ojos de la mayoría. Las vidas inventadas están a la orden del día. Cada vez es más difícil creerse lo que nos cuentan, los que nos dicen, lo que nos muestran. Los filtros que necesitamos van siendo cada vez más habituales y exhaustivos, y nuestra percepción de lo real y lo ficticio se va difuminando lentamente, hasta llegar a un punto que confundimos la realidad con simples aires de grandeza.  Hace poco leí que era curioso observar cómo en las redes sociales abundan las mujeres seductoras y frívolas mientras que, simultáneamente, los hombres se rinden ante la belleza de la poesía. ¿Realidad o ficción?

Mirar a través de una ventana

Publicado: 22 de abril de 2015 en Artículos
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“Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado;
está fundado en nuestros pensamientos
y está hecho de nuestros pensamientos”.
(Buda)
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Mirar a través de una ventana puede contener  varios significados. Y cada uno podría interpretarlos a su manera. Todos esos significados tienen que ver con una escena más o menos solitaria, familiar, melancólica, pensativa y emocional. Una ventana, como símbolo, una ventana que nos hace mirar a través de ella, que nos provoca una curiosidad innata. Que provoca estímulos naturales, que el ser humano no puede negar. Una ventana puede ser considerada como un observatorio hacia no se sabe dónde ni qué. Una ventana nos puede abrir nuevos mundos, nuevas ideas y nuevas sensaciones.

Mirar a través de una ventana puede representar también el adentrarse en un pasado que no éramos capaces de encontrar, que no sabíamos analizar convenientemente, un puente hacia el otro lado, hacia otra perspectiva, un vistazo desde la oscuridad a la luminosidad necesaria y ansiada, un paseo corto pero intenso por donde poder averiguar otras cosas, las importantes, un cambio imprescindible en nuestras vidas. No podemos negar, ninguno de nosotros, que en algún momento de nuestra vida, nos hemos quedado absortos junto a una ventana, la que sea, aquélla, ésta, una ventana, y nos hemos quedado pensativos mirando a través de ella, introduciéndonos en un mundo paralelo, observando sin atención lo que ocurría en su interior, o en su exterior, según la perspectiva, mezclándonos con nuestros pensamientos, los que nos preocupaban en ese instante, o en los que nuestra mente nos llevaba inconscientemente.

“Quien no se resuelve a cultivar el hábito de pensar,
se pierde el mayor placer de la vida”.
(Thomas Alva Edison)
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Son momentos indescriptibles, donde se pierde la noción del tiempo, incluso parece que esa relatividad se detiene, como las hojas de los árboles, el agua del río, las personas que caminan o los coches que transitan. Segundos o minutos de paz y transmisión interna con nosotros, única y maravillosa, en los que nadie es capaz de llamarnos la atención pero que, sin embargo, nos abre la mente de par en par; es como dejarnos llevar por la situación, por la escena descubierta, por la puerta mágica de otra realidad.

Necesitaríamos una ventana nueva cada cierto tiempo, sin que supiéramos que iba a aparecer, pero disfrutando de su visión tantas veces como fuera posible. Porque con esas ventanas somos capaces de alcanzar vistas indescriptibles, momentos mágicos y pensamientos básicos. Descubrir esas ventanas capaces de cambiarnos, de detenernos un momento y pensar en lo que nos importa, en lo que necesitamos pensar, una fugaz parada ante la realidad más veloz y difícil de detener. Un espléndido motivo de abrir nuestro interior, penetrar en él y sacar las mejores conclusiones, o disipar las dudas más extensas, o alcanzar respuestas que ya creíamos imposibles.

Mirar a través de una ventana ayuda. Y mucho. La próxima vez que estemos frente a una y notemos que es uno de esos momentos mágicos, abramos bien los ojos, sacudámonos todos los complejos, las manías, las inseguridades que vamos amontonando a través del tiempo, liberémonos de todas las ataduras, y disfrutemos al máximo de lo que dure la experiencia. Nunca podremos decir que no sirvió de nada. Muy al contrario, seguro que nos ayudará, incluso podrá sacarnos esa sonrisa natural que tanto nos cuesta a veces mostrar.

“Pensar es moverse en el infinito”
(Henri D. Lacordaire)
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Gente brillante

Publicado: 12 de abril de 2015 en Artículos
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“Los semejantes se atraen.

Limítate a ser quien eres: sereno, transparente y brillante.

Cuando irradiamos lo que somos, cuando sólo hacemos lo que deseamos hacer,

esto aparta automáticamente

a quienes sí tienen algo que aprender

y también algo que enseñarnos”.

(Richard Bach)

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Es difícil imaginar que a nuestro alrededor no exista esa clase de gente brillante. Y cuando hablo de gente brillante me refiero a ese tipo de personas que llegamos a admirar por diferentes razones, ya sea por su capacidad laboral, empresarial, familiar, política, intelectual o humana. Existir, existen. De eso no cabe la menor duda. Y es ésa, precisamente, la clase de gente que necesita cualquier país para desarrollar todas sus cualidades y evolucionar en el futuro. Cualquier sociedad que se preste y que, de verdad quiera evolucionar (no conozco ninguna que no lo desee), debería rodearse de esas personas, y cuantas más mejor sería, para sacarles todo el partido posible y apoyarlas en todo lo que necesitaran, dado que representan para bien buena parte de su bienestar.

Lógicamente, cada sociedad es un mundo diferente, con sus características, sus valores, sus tradiciones y sus realidades. Aunque el ser humano mantenga ciertas similitudes en cualquier parte del mundo, cada sociedad conserva sus rasgos definitorios, que le hacen distinguirse de las demás. En parte, en eso consiste el atractivo de la raza humana, en su inmensa diversidad. Otra cosa bien distinta es que en cualquier tipo de sociedad se apoye, se defienda y se valore a la gente brillante. Siendo sinceros con nosotros mismos, deberemos reconocer que nos sentimos atraídos por toda la gente brillante que vamos conociendo a lo largo de nuestra vida. Ya no se trata de sentir envidia o celos, tan sólo saber apreciar la admiración que sentimos por ella. Y es que, en general, no es habitual encontrarse con mucha de esa gente brillante. Al menos, no tanta como nos gustaría y como deberíamos. Aunque para muchos, el problema principal radique realmente en poder reconocerla cuando la encuentran, mucho más allá de llegar o poder encontrarla.

“Si puedes hablar lo suficientemente brillante sobre un tema,

darás la impresión de que lo dominas”.

(Stanley Kubrick)

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Vivimos tiempos en donde se premia mucho más la carencia, la ignorancia, la inutilidad o la misma incapacidad de las personas. En lugar de buscar, desarrollar y fomentar la brillantez natural en todas sus formas, al igual que la capacidad innata, la aptitud individual o el talento inspirador. Embaucan más las mentes mediocres, poco innovadoras, incapaces de hacer pensar o evolucionar, que aquellas otras que pueden llegar a dominar el mundo por su atrevimiento, su osadía y su talento. El talento se echa en falta. Y lo necesitamos. Mucho. Sabemos reconocer esas características distintas, esas aptitudes que sorprenden y sobresalen. Todas esas facetas que deslumbran, funciones que nunca habíamos descubierto antes, poderío en su estado puro. 

No hay nada mejor que descubrir el talento. La grandeza del saber, del estar y del mostrarse, en todas sus formas y maneras. No hay nada tan espléndido como observar la capacidad de alguien en cualquier faceta de la vida. Cada uno puede mostrar su talento, de una manera u otra, tan sólo hace falta potenciarlo, confiar en él y explotarlo, a la vez que mostrarlo. No se puede caer en la vergüenza, ni en la desconfianza personal. Cada uno, desde su parcela, puede y debe saber su potencial, desarrollarlo y enseñarlo. De nada sirve esconderlo, o hacer ver que no existe. Sin embargo, nos cansamos de observar la mediocridad en todas sus variantes. Y hasta parece que esté de moda.

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“El panorama fue fascinante durante los primeros minutos en el aire, y luego de lo más insípido.

Me hacía gracia ver las casas y los coches tan pequeños y pulcros; todo tenía el aspecto de ser de factura muy reciente, tan limpio y brillante parecía.

Pero al cabo de poco tiempo uno se cansa de ese aspecto del paisaje.

Considero significativo que una torre o una colina alta sea toda la altura que se necesita para observar las bellezas naturales.

Lo único que obtienes de esa ascensión sin esfuerzo es un mapa a gran escala.

En general la naturaleza, siguiendo un esquivo principio, parece proporcionar sus propios miradores allí donde son más deseables”.

(Evelyn Waugh)

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Qué pocas luces brillan a lo lejos, y también de cerca. Qué pocas personas destacan. ¡Cuántas necesitamos! Y qué dicen de todo esto los descubridores de talentos. Vivimos momentos de tremenda confusión, inestabilidad e inseguridad. Cualquiera puede llegar lejos, casi sin proponérselo, pero también sin merecerlo. El mérito se va evaporando, al igual que la genialidad y la creatividad. Y esos flashes de inteligencia, de talento y de capacidad sorprenden cada día más. Nos embelesan fácilmente. Simplemente porque no estamos acostumbrados a ello. Debemos apoyar a toda esa gente brillante, rodearnos de ella. Alimentarnos de su talento, observarla, estudiarla y disfrutarla. Debemos ser suficientemente inteligentes para saber valorarla. No caigamos en las garras de la envidia y de la falta de consideración. No seamos mediocres. De ésos, ya hay suficiente, por no decir demasiados.  

Dicen que el talento es innato. Que el talento no se puede aprender, que no se puede enseñar. Pero el talento, a veces, es inapreciable, es invisible, puede hallarse en cualquier rincón del planeta, esperando ser descubierto. Hay mucha gente brillante esperando ser descubierta y admirada. Busquemos esos detalles mínimos pero certeros que nos hagan llegar hasta esa gente. Permitámosles manifestarse, a la vez que los disfrutáremos. Toda la gente brillante que podamos conocer durante nuestra vida nos será útil y beneficiosa. Sepamos apreciar sus dones. También dicen que el tiempo es oro, razón de más para no desperdiciarlo entre gente que no nos va a aportar absolutamente nada, ni ahora ni en el futuro más próximo. Quizá, si aprendemos a actuar así, podamos convertirnos algún día en una de esas personas brillantes.

 

El odio

Publicado: 8 de abril de 2015 en Artículos
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“Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga.”
(Víctor Hugo)
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Una palabra que se usa muy a menudo, quizá demasiado. Porque poder percibir un sentimiento como odio no es tan sencillo. Mucho menos sentirlo. Hay muchas cosas o personas que no son de nuestro agrado, incluso detestamos a algunas de ellas. Pero, de ahí a decir que, odiamos algo verdaderamente, hay un paso bastante grande. Podemos tener aversión, antipatía, no vernos atraídos por algo o alguien, pero el odio representa algo muy profundo, quizá lo opuesto al amor, aunque puestos a valorar, éste último quizá está también demasiado utilizado sin necesidad. La temeridad de pregonar amor u odio a los cuatro vientos es muy humano. A lo mejor porque afirmar ‘odiar algo o a alguien’ llama más la atención que decir simplemente que no nos gusta. No queda igual de contundente. Y el dramatismo y la escenificación se ven arropadas con expresiones de tal calibre.

Resulta curioso comprobar cómo suelen ser más expresados todos los sentimientos negativos que los positivos. ¿La razón? Quizá responde a estímulos humanos de conducta. Somos más negativos que positivos por regla general, tendemos a ver todo lo malo y a no valorar lo bueno. Preferimos quejarnos de lo que no nos gusta que alabar lo que nos agrada. Somos más propensos a afirmar sensaciones que nos apenan, nos entristecen o nos deprimen, que intentar contagiar a los que nos rodean con sensaciones de felicidad, alegría y optimismo. Acaso andamos necesitados de cariño, de empatía, de que alguien esté por nosotros. Mostrarnos rodeados de problemas, de situaciones adversas y de complicaciones puede provocar la atención del resto. Y eso nos atrae.

“Basta con que un hombre odie a otro
para que el odio vaya corriendo
hasta la humanidad entera.”
(Jean Paul Sartre)
***

Cuando alguien muestra alegría o que las cosas le van bien, suele ser envidiado y, en muchas ocasiones, no creído. ¿Por qué? Porque la inmensa mayoría no cree que la felicidad y el bienestar en general sea algo que pueda sentirse como rutina. No creemos que alguien pueda estar perfectamente conectado con su yo, con su interior, que lo exteriorice y lo confiese. No le creemos. Siempre vemos una cortina de humo que esconde otra verdad: una realidad paralela que seguramente es triste, alejada de esas afirmaciones de placer y de sintonía perfecta. Una postura hacia la galería. 

El problema de odiar o creer odiar es que nos crea un malestar continuo, que no se aleja, que permanece. La pregunta oportuna sería si vale la pena realmente odiar. ¿Qué ganamos exactamente con ello? Poco, por no decir nada. Nos podemos reafirmar a nivel personal de nuestra aversión hacia ello pero nada más. Podemos expresarlo, divulgarlo, guardarlo, pero no sirve para nada. El odio es uno de los sentimientos menos prácticos que existen para el ser humano. En cambio, es muy destructivo. El odio provoca malestar, mal ambiente y puede (de hecho, ocurre) desembocar en violencia. Pero mucho del odio que se dice sentir es bastante fingido, exagerado, incoherente y falto de base o de argumentos. Se tiende a magnificar sensaciones. De repente, alguien odia a alguien. Así de sencillo. Ya dicen que del amor al odio hay un paso muy pequeño. Pero, ¿es realmente así? ¿Es creíble ese odio? Cuesta aceptarlo, esa podría ser la respuesta. No quiere decir que ese odio sea irracional, es quizá es inventado. La frustración, la impotencia, la ignorancia, pueden provocar confusión.

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Cuando a uno le van mal las cosas arremete contra todo lo que le rodea. Odia al mundo como símbolo de sus problemas. No quiere nada, no quiere a nadie. Confunde lo que le está ocurriendo con el sentimiento de odio. Odia todo porque está asqueado de todo. No encuentra salidas, no ve soluciones, entonces lo fácil es verse como víctima frente a un batallón de enemigos que sólo quieren su destrucción. Sus reacciones pueden sorprender, puesto que está en un momento crítico. Su mente fabricará argumentos y excusas para que le den la razón en sus ideas y opiniones. Las sensaciones inventadas al final resultarán o parecerán correctas y verídicas. Comprobamos muchas de estas reacciones cuando algunas personas actúan violenta y gratuitamente contra otras, por una excusa que se han creado en su mente, sin venir a cuento, sin justificación alguna.

“El odio es una tendencia a aprovechar
todas las ocasiones para perjudicar a los demás.”
(Plutarco)
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Un ejemplo claro de ello son los movimientos terroristas de cualquier tipo, condición, religión e ideología, que han existido y, todavía siguen existiendo, en la sociedad mundial. Atrapados por el odio, ya sea éste fingido, inducido, estudiado, inventado y/o escenificado, son capaces de arremeter y atacar a cualquiera persona que les rodea. Convencidos por dicho odio, creen justificados todos sus actos, se excusan en ellos y, además, se presentan como víctimas, incluso después de asesinar. El odio ahí representa lo más bajo de la raza humana, puesto que la violencia frente a situaciones extremas puede verse incluso como una reacción natural y lógica de supervivencia, pero matar gratuitamente, alimentándose de un odio, generalmente falso, es bastante déspota, además de mostrar rasgos muy definidos de ignorancia. 

Puesto que el odio, si se llega a sentir, debe hacernos ver que caemos en una ignorancia absoluta. Una persona inteligente nunca debería verse atrapada por las redes del odio. Porque reconocerá que no le aporta nada y que no le llevará hacia un buen destino. Cuando amamos o hemos llegado a amar a una persona, no podemos decir de la noche a la mañana que la odiamos. Eso sólo puede significar que nunca le llegamos a amar de verdad, que nuestro amor fue inventado, como inventado es el odio que decimos sentir ahora. Nunca la amamos realmente y no nos gustaba, nos engañamos a nosotros mismos y además engañamos a esa persona y a los demás, haciéndoles partícipes de un amor creado en nuestra mente. Una cosa puede ser la ilusión y la pasión, conceptos diferentes, pero el de amor es profundo como para utilizarlo a la ligera. Quizá la culpa de lo que nos ocurre no sea de los demás. Deberíamos parar un instante y pensar sobre ello. Por lo menos, nos alejaríamos de las garras del odio.

“Odiar a alguien es otorgarle demasiada importancia.”
(Anónimo)
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Las malditas prisas

Publicado: 22 de marzo de 2015 en Artículos
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“La rapidez que es una virtud,

engendra un vicio,

que es la prisa”

(Gregorio Marañón)

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Uno de los mayores problemas de las sociedades actuales es la prisa. La prisa que delatamos en el rostro. La prisa que nos contagian. La prisa que contagiamos. Esa misma. Una prisa que es imposible de hacer invisible, o acaso disimularla. Un problema humano que genera nerviosismo, ansiedad y estrés. De hecho, el estrés, junto a la depresión, son las enfermedades del siglo actual. A lo largo de la historia, el ser humano ha sufrido terribles enfermedades, cada una en una época, en una circunstancia, en un entorno determinado. Con la evolución y el paso del tiempo, las enfermedades se han desarrollado también. La ‘modernidad’ ha traído consigo nuevas enfermedades que, no por nuevas, dejan de ser igual de preocupantes y peligrosas.

Hoy lo queremos todo pronto. Y, si es posible, ya. Nos hemos acostumbrado a conseguir todo rápidamente. El deseo llega, se consume y se esfuma. Hemos aprendido a tragar de todo a una velocidad pasmosa. Ya sea un momento mágico, un paisaje, una canción, una película, un beso, una noche de sexo, una charla, un libro o una cena inolvidable. Ahora todo pasa de una forma vertiginosa, casi sin darnos cuenta. No sabemos deleitarnos con nada. Y de las prisas, las malditas prisas, no salimos. No sabemos parar, mirar con detenimiento, con pausa, tomándonos el tiempo necesario, desarrollando todos los sentidos que necesitemos en ese instante, gozando del mínimo detalle. No queremos esperar. La pérdida de tiempo esta sobrevalorada.

“Tanta prisa tenemos por hacer,

escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad,

que olvidamos lo único realmente importante: vivir”

(Robert Louis Stevenson)

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La prisa nos genera un estado de nervios constante, nos hace estar pensando en lo que vendrá a continuación, sin margen a entender, asimilar y/o analizar lo que está ocurriendo ahora mismo. Parece que nos falte tiempo y, lo que ocurre realmente, es que no sabemos manejar nuestro tiempo. Algo totalmente diferente. Y nos llama la atención esa persona calmada, que se toma su tiempo, que parece no tener prisa, que utiliza su vida manejando sus tiempos, creyendo que le falta una velocidad, o que le falta ‘sangre’, cuando realmente lo que hace es vivir el momento, su momento. En lugar de fijarnos y aprender de ella, la criticamos. 

Un momento, el que sea, ya puede ser rutinario o mágico, tenemos que saber interpretarlo. Para ello, no nos queda más remedio que concentrarnos. Dejar todo lo que estamos haciendo (pensar, meditar y planear), y enfocarnos en lo que precisa ese momento. A partir de ahí, el resto viene solo. Pero, lo mejor de todo, es que podremos llegar a saborearlo. Con prisas, será imposible. Ya dicen que son malas consejeras. La precipitación y la urgencia, son problemas derivados que no permitirán que actuemos en consecuencia. Lo sabemos. Pero no aprendemos. Todo tiene que ser ya. Todo tiene que aparecer y ser vivido ya. Y, tal como viene, se va. Y a por el siguiente. Somos devoradores de momentos, sin tiempo a ordenarlos, a clasificarlos y, casi, a recordarlos.

La sociedad de hoy es la de la incertidumbre. De la falta de estabilidad, de la inseguridad continua y de las prisas acumuladas. Del estrés continuo, que creemos que es natural, el que debemos aguantar porque es lo sobrevenido. O eso dicen. Estrés que manejamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Nos falta tiempo para todo, y todo pasa sin que nos demos cuenta. Un día vuela, la semana también, el mes ya se desvanece y los años pasan guiñando un ojo. No nos damos cuenta y estamos exhaustos, fatigados, agotados de estar en esa cinta que no se detiene, que va a toda velocidad, que no nos deja ni descansar. Hasta las vacaciones tienen que ser estresantes, ver cuántas más cosas mejor, visitar todo lo humanamente posible. No se puede perder ni un momento en una terraza tomando un café, observando a los peatones, perdiéndose en un mundo paralelo, que también es nuestro, al que tenemos abandonado, al que no dedicamos prácticamente ningún momento de ésos que evaporamos por arte de magia, con las malditas prisas.

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Ser zurdo

Publicado: 21 de marzo de 2015 en Artículos
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“Encuentro tanta diferencia entre yo y yo mismo como entre yo y los demás”

(Michel Eyquem de Montaigne)

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Ocurre habitualmente, cuando tengo que escribir algo, que alguien que está justo en frente de mí en ese preciso instante, lanza al aire automáticamente la misma exclamación:  ‘¡Eres zurdo!’. A pesar de que los años pasan, esta reacción se repite constantemente, y es algo que me hace meditar sobre el asunto. Ser zurd@ es tan natural como ser diestr@. Es una tendencia a utilizar preferentemente el lado izquierdo del cuerpo, ya sea la mano o el pie. De hecho, los seres humanos sólo tenemos dos posibilidades. O somos zurdos o diestros. Que el número de zurd@s sea menor que de diestr@s no quiere decir ni mucho menos que los primeros sean raros. Otra cosa es que los diestr@s, durante el transcurso y la evolución humanas, hayan pensado (erróneamente) que eran los ‘normales’, por ser mayoría, y que los que no actuaban como ellos eran los ‘raros’, la minoría. En cierta forma, es una manera un tanto ignorante de argumentar una posición. Pero, curiosamente, sigue siendo algo que sorprende y que trata de diferenciar a las personas. Aún más curioso, quizá, es que existan muchas personas (todavía una minoría mayor) que utilizan ambas manos o ambos pies, los ambidiestr@s, pero éstas, en cambio, son calificadas como personas muy hábiles y no raras.

Los zurd@s están presentes en todo el mundo. No tiene nada que ver con el tipo de sociedad ni de cultura. Se calcula que entre el 8 y el 13% del total de la población mundial es zurda. Y también está comprobado que el ‘fenómeno’ es más común entre los hombres (un 13%) que entre las mujeres (9%). ¿Razones? Se desconocen. Además, qué más da… Se efectuó un estudio en mujeres embarazadas para analizar el comportamiento de los fetos durante el estado de gestación, y sorprendentemente, se mantuvieron los mismos porcentajes de zurdos. Hay muchos zurdos entre los gemelos. Y la zona del mundo con más zurdos es Asia, seguida de la Europa del Este. La zona con menos zurdos es Europa Occidental, Europa del Norte y África. Las causas se desconocen. Tan sólo se conocen las estadísticas.

‘La diferencia entre genialidad y estupidez,

es que la genialidad tiene límites

***

La ciencia explica que el uso de las manos depende de la dominación que hace el individuo del hemisferio de su cerebro, en este caso, si ordena el lado derecho del mismo se usará el lado izquierdo del cuerpo, ya sea la mano o el pie y viceversa. El cerebro humano controla el cuerpo de un modo cruzado y, casi siempre, el hemisferio izquierdo es el dominante. De ahí, que a quien utiliza el otro sea visto como raro o especial por el resto. Se oyen tonterías de todos los tipos acerca de los zurdos. Pero una que se repite con asiduidad es la que afirma que los zurdos son más inteligentes, añadiendo al dato una lista de célebres personajes de la historia que fueron o son zurdos para confirmar dicha teoría. Nada que decir al respecto, sino que se podría decir lo mismo de los diestros y añadir célebres personajes de la historia también.

Como la ciencia no tiene certezas sobre las causas de este fenómeno se han creado hipótesis. Y quizá son todavía peores. Se dice que puede ser por la genética (aunque si en la familia del zurdo no hay habido antecedentes familiares), incapacidad de utilizar la parte derecha, altos niveles de testosterona en la fase prenatal de los fetos (especialmente masculinos), estrés de nacimientos (lesiones del bebé en el embarazo o primeros meses de vida, y algunas más que sólo servirían para reírnos todavía más. Lo que indica todo esto es que se sigue pensando en muchos casos que ser zurdo es algo anormal. No hay nada peor para provocar leyendas urbanas que no poder explicar algo. Si alguna habilidad tienen los zurdos en este mundo que destaque por encima de los diestros es, precisamente, adaptarse al mundo de los diestros. Todo está pensado y diseñado para ser diestro. Algo que un diestro ni percibe, porque todo está pensado para su rutina. El zurdo, sin embargo, tiene que pensar un plan alternativo a la hora de utilizar muchísimos objetos cotidianos y que están pensados por y para diestros.

Una estadística que me causó sensación es aquella que afirma que el número de zurdos se reduce con la edad, es decir, que entre la gente mayor hay menos zurdos. Hay más zurdos entre los jóvenes que entre los viejos. Según los estudios, esa gente mayor que en su día fue zurda, sufrió presiones para dejar de ser zurda. Algo habitual décadas anteriores, y en muchas sociedades. Lo que no ha sucedido con las jóvenes generaciones. La ignorancia era y es evidente al presionar a un niño zurdo a dejar de usar su mano natural y comenzar a utilizar la derecha. Esas estadísticas son evidentes en muchos países, desde EEUU a Reino Unido.

Lo que sí está constatado es que los zurdos están siempre en desventaja con respecto a la sociedad donde viven. Casi todos los utensilios, herramientas, diseños de programas informáticos, bailes, muebles, los controles de cualquier aparato, etc. son para diestros. Los diseños para zurdos son escasos y, casi todos ellos, pedidos expresamente. Para un zurdo, el mundo está al revés. Lógicamente, con la evolución y los avances, se han disminuido los problemas, tanto para los zurdos como para las personas con discapacidades. Hoy ya se pueden encontrar todo tipo de objetos y utensilios para zurdos.

La zurdera desde tiempos remotos ha alimentado la superstición entre los diestros y ha entrañado persecución. Estaba considerado algo negativo pero para los diestros. La palabra latina ‘sinister’ (izquierda) tiene relación con siniestro (zurdo), la connotación negativa es evidente. Se acostumbra a atar la mano izquierda de los niños zurdos para que aprendieran a escribir con la derecha, sin pensar en los posibles daños mentales que le pudiera provocar. En la Antigua China, el lado izquierdo era el malo. Expresiones como levantarse con el pie izquierdo son también habituales. Incluso en el mundo islámico, una persona zurda es considerada sucia. En la India se utiliza siempre la mano derecha porque la izquierda se usa para limpiarse. La ignorancia parece no detenerse y mucho menos entiende de fronteras. Y aunque muchos lo llamen tradiciones y costumbres deja en evidencia que el ser humano sigue actuando en muchísimas ocasiones bajo los prejuicios y la falta de comprensión.

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La tranquilidad

Publicado: 20 de marzo de 2015 en Artículos
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“Cuanto más tranquilo se vuelve un hombre, mayor es su éxito, sus influencias, su poder.

La tranquilidad de la mente es una de las bellas joyas de la sabiduría.”

(James Allen)

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Sentir la tranquilidad en todo su sentido puede ser una forma de felicidad. De hecho, lo es. La tranquilidad tan apreciada, como necesaria en nuestras vidas, que nos deja evocar recuerdos, pensamientos, análisis y reflexiones. Esa tranquilidad que permite que veamos todo con su perspectiva idónea. Y cuando la encontramos, aunque sea por unos minutos, la sabemos reconocer. Puesto que nos hace sentir de una forma diferente. Nuestro estado de ánimo cambia, se convierte en otro. Sabemos que es el momento de relajarnos y dejar fluir todas nuestras emociones internas. Es el momento de dejar escapar el intelecto, el pensamiento en su más honda labor, ensanchar los caminos de nuestra vida y alimentarse de ello. Esos momentos de tranquilidad nos inspiran, nos relajan de tal forma que los apreciamos soberanamente. Y no es para menos. En los tiempos que vivimos, parece que la tranquilidad esté reñida con la vida, con nuestra vida.

Palabras como estrés, nerviosismo, aceleración, rapidez, inmediatez, se vuelcan en nuestras rutinas de una forma natural, y las aceptamos como buenas, aún a pesar de que sabemos que no son buenas compañeras de viaje. No está mal interpretar todo de otra forma, más pausada, más tranquila. Porque es ahí cuando reconocemos las verdades, con el tiempo suficiente y justo como para descubrir todos los detalles, sin dejarnos un espacio por investigar, cuando podemos notar los pros y los contras en su medida, sin errores, aceptándolos, examinándolos y tratando de corregirlos. Sin esa pausa necesaria todo se hace más complicado, de hecho, se hace casi imposible de analizar, y muchos menos de arreglar.

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“La tranquilidad perfecta consiste en el buen orden de la mente, en tu propio reino.”

(Marco Aurelio)

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Y lo curioso es que, a pesar de que sabemos exactamente lo que nos ocurre, dejamos que nos envuelva, como si dentro de esa vorágine de confusión y desorientación estuviéramos a salvo. Quizá va más allá, y nuestro comportamiento y nuestro dejar hacer es una muestra de que preferimos no pensar demasiado, que preferimos que las cosas ocurran y que las olas nos empujen, sin el menor esfuerzo, que lo que ocurra ocurrirá porque debe hacerlo, porque si hemos adoptado una postura es debido a que  las circunstancias han devenido así y ha sido ajeno a nuestra voluntad. Nos cuesta detenernos y pensar, parar todo por un instante y darle a los asuntos cotidianos y personales la importancia que merecen. Acaso porque sabemos de antemano que no son tareas fáciles ni sencillas de solucionar, sabemos que una vez que nos adentremos en los entresijos de los problemas necesitaremos tiempo, bastante tiempo para sacar conclusiones. Y decimos como excusa que carecemos de ese tiempo.

Pero gracias a la ansiada tranquilidad podemos alcanzar la paz suficiente, tanto a nivel personal como social, un equilibrio mental y físico que nos relaje lo necesario para meditar de otra forma. A partir de ahí, el nerviosismo o la inquietud parecerán lejanas y nuestro interior podrá corregir todos sus desequilibrios. Nos llenamos la boca de que deseamos la paz en todas sus formas, y no la ponemos sobre la mesa, preferimos la discusión, la no comunicación, los argumentos vacíos, las reacciones no meditadas, las formas más inverosímiles que no sirven para solucionar, añadimos problemas, quejas y reclamos, sin pensar en cambiar la perspectiva, no dejamos que la tranquilidad nos invada de cualquier forma para sentirnos mejor. A pesar de que sabemos que así será.

Alcanzar la tranquilidad externa nos permitirá más fácilmente conseguir la tranquilidad interior. Y gracias a ella podremos renegociar nuestras preocupaciones, pero con la paciencia necesaria, reflexionando tanto como necesitemos, sacando conclusiones que nos sirvan en el futuro, analizando los errores y los aciertos. Una tranquilidad interior nos hará crecer, nos permitirá elevarnos por encima de las nubes que nos cubren y veremos todo desde otra perspectiva, necesaria para solventar obstáculos. Hay gente muy dada a la búsqueda de su paz interior, de su otro yo. Y esa búsqueda provoca conocimiento. Otra gente prefiere seguir acumulando excusas, esperando, perdiendo el tiempo en asuntos que no le interesan, otorgando importancia a temas que no le van a servir para nada, olvidando lo importante. Hay gente que sabe apreciar la

La tranquilidad nos depara un mundo de sensaciones, nos abre la ventana a un espacio diferente, lleno de emociones y de sorpresas, donde es posible encontrar respuestas, donde es posible contemplar situaciones que no hubiéramos imaginado jamás. Porque la tranquilidad depara acontecimientos que benefician nuestra salud y nuestro estado de ánimo. La mente y el cuerpo unidos en una paz que no es idílica, ni ficticia, ocurre y a veces debemos provocarla. De nada sirve lamentarnos todo el tiempo. Debemos buscar esos lugares y esos momentos en que nos sentimos bien, tanto con nuestro entorno como con nosotros mismos. No cerremos puertas a la tranquilidad puesto que a la larga nos ofrecerá mucho. Quién se negaría a ello…

“Recuerda que cuanto más nerviosa esta la gente,

más provechoso es sentirte tranquilo.”

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‘Una sonrisa significa mucho.

Enriquece a quien la recibe; sin empobrecer a quien la ofrece.

Dura un segundo pero su recuerdo, a veces, nunca se borra.’

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Y es que una sonrisa puede contener mil sensaciones y hacerlas sentir. Una sonrisa evoca muchas cosas pero tiene poderes mágicos. Porque es mágico arrancarla, interpretarla y contemplarla. Una sonrisa enriquece a quien la muestra y a quien la recibe. Cuando la naturalidad domine el mundo las sonrisas serán sus soldados. Porque con ellas se garantiza la felicidad, se muestra la calma y la satisfacción. Pero también muchas otras cosas.

Cuando vemos una sonrisa sincera nos transmite un sinfín de emociones. Sabemos que no sale por salir. Sale de dentro y merece la pena valorarla y degustarla. Para aquel que la contempla puede resultar sorprendente, por todo lo que representa, sobre todo si ha sido provocada por él/ella. En el mundo que vivimos no es tan fácil ver sonrisas. Y la sonrisa es contagiosa. Porque alegra. En el mundo actual hay carencia de sonrisas. Y de besos. Y de abrazos. Nos falta cariño y lo pedimos a voces. La frialdad se ha adueñado de nuestro entorno y una simple sonrisa lo cambia todo.

‘Sonríe aunque sólo sea una sonrisa triste,

porque más triste que la sonrisa triste,

es la tristeza de no saber sonreír.’

***

La sonrisa no se estudia ni se aprende. Nace con nosotros. Y cada sonrisa es diferente. Porque cada sonrisa está provocada por unos estímulos diferentes, momentos diferentes, personas diferentes. Con una sonrisa abrimos nuestra alma, ofrecemos lo mejor de nosotros, bajamos la coraza y guardamos la espada. Con la sonrisa abrimos nuestra estima, ofrecemos bienvenida al extraño y satisfacemos a quienes la contemplan. La sonrisa tiene un poder especial. Convence y se necesita. Y cada día más. Hay personas que sonríen fácilmente, transmiten millones de ellas con una facilidad pasmosa. Otras, en cambio, tienen verdaderos problemas para mostrarlas. 

Por supuesto que existen muchas clases de sonrisas, incluidas las falsas. Pero las identificamos muy bien. Las separamos de las demás porque no nos interesan. No divierten, no atraen. La sonrisa debe ser natural. Salir de forma espontánea. Si se fuerza se estropea. La sonrisa cómplice invita a la unión. La sonrisa diplomática no merece atención. La cordialidad es un asunto diferente a la emoción propiamente dicha.

Muchas personas a nuestro alrededor regalan sonrisas a diario. Nos muestran su capacidad para contagiar, para expandirlas por donde haga falta. Su magia es evidente, pero su poder también. Alcanzamos poder con hechos pero también con gestos. Y cuando un gesto es tan natural y sale de dentro no podemos ignorarlo. Muy al contrario, somos capaces de valorarlo y dignificarlo. No infravaloremos el poder de esa sonrisa que mañana contemplaremos, que alguien nos prestará para que cambiemos nuestra cara, nuestro ánimo. No renunciemos a disfrutar de esa sonrisa que aparecerá tras una esquina, cuando menos lo imaginemos y que tanto nos emocionará. La sonrisa tiene poder y es más que evidente. No tratemos de enjaularlas dado que sería absurdo y además las necesitamos. El poder de una sonrisa nos enseñará el camino, tan sólo hay que seguirlo y contagiarse de todo su efecto positivo.

‘Empieza cada día con una sonrisa y mantenla todo el día.’
(W.C.Fields)
***

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feliz

‘La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte,
que pueden ocurrir pocas veces,
sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.’
(Benjamin Franklin)
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Definir la felicidad ya resulta un primer obstáculo. Los filósofos griegos ya trataron de definirla y de averiguar cómo lograrla. Decía Aristóteles que la felicidad es aquello que acompaña a la realización del fin propio de cada ser vivo; la felicidad que le corresponde al hombre es la que le sobreviene cuando realiza la actividad que le es más propia y cuando la realiza de un modo perfecto. Dicho lo cual, parece ser que el concepto o la sensación podría variar en cada individuo y en cada momento de su vida. No se puede garantizar obtener o disfrutar de una felicidad duradera, puesto que ésta se mostraría o se sentiría en determinados momentos.
Para algunos la felicidad material de bienes puede ser suficiente, mientras que para otros se condensaría mucho más en los afectos provenientes de las personas que nos rodean y que nos transmiten cariño. Cada quien entenderá la felicidad a su manera. Y no por eso debe ser entendida por los demás. Aunque es evidente que durante el paso de los siglos, el ser humano ha tenido obstinación por alcanzarla. Desde que somos pequeños nos inculcan la idea de que lo más importante es ‘ser feliz’. Y qué significa eso exactamente,  porque para Platón, por ejemplo, la felicidad está en el movimiento tranquilo, en la evolución o el cambio sereno de las cosas, todas esas cosas que están incluidas y que se refieren a la vida misma. Quizá el significado filosófico de la felicidad entraba más en el terreno del alma que en el meramente físico. Para abreviar, la conclusión sería que siendo felices con nuestra alma lo seremos en todo el conjunto de nuestra vida. Y aquí aparecería un nuevo interrogante: ¿Qué es el alma?
‘Felicidad no es hacer lo que uno quiere
sino querer lo que uno hace.’ 
(Jean Paul Sartre)
***
Si nos embarcamos en la ardua explicación de la felicidad quizá nos quedaremos a medias. Sin saber muy bien cómo salir del laberinto y sin sacar las conclusiones y respuestas que buscamos. Quizá lo más práctico es no buscarle significado, sino contenido. Es decir, uno sabe cuando se siente feliz. Es ese instante pletórico, que nos excita, que nos hace sentir bien, que nos indica que somos los más afortunados del mundo, que nos hace sentir especiales, que nos fabrica una sonrisa perpetua durante un buen tramo de tiempo. Todos sabemos apreciar ese instante de felicidad. Y lo transmitimos casi con total naturalidad. Es fácil determinar quién se encuentra disfrutando de un momento de felicidad con tan sólo observar su cara. Al igual que es sencillo observar todo lo contrario.

Hay muchas cosas que se pueden asociar a la felicidad misma. Conseguir un sueño que parecía imposible, luchar por una meta o un objetivo y alcanzarlo, disfrutar de una persona que amamos o por la que nos sentimos atraídos, la compañía de unos amigos o de la familia, un buen paseo, una comida inolvidable, una puesta de sol, el placer absoluto sentido en lo más hondo, en resumen, todo lo relacionado con lo que nos hace sentir bien aunque sea a distintos niveles. En general, nos damos por satisfechos albergando condiciones materiales óptimas, una posición social y económica agradable y estable, encontrar un trabajo que nos satisfaga y nos dé una renta suficiente para sufragar todas nuestras necesidades, etc.

‘La felicidad es interior, no exterior;
por lo tanto, no depende de lo que tenemos,
sino de lo que somos.’
(Henry Van Dyke)
***

Lo que ocurre es que aunque muchas de esas cosas las consigamos siempre parece haber un punto en el cual no estamos satisfechos o felices del todo. Es ese punto de insatisfacción que nos provoca llegar al estado de la ansiada búsqueda de la felicidad. Según el budismo, el consejo es buscar la felicidad no en esas cosas materiales y externas que nos rodean, sino en nuestro interior. ¿Sería esa la auténtica felicidad, la verdadera? A lo mejor, es que al partir de un principio erróneo, el mero hecho de pensar que de una determinada forma vamos a conseguir la felicidad, el resultado siempre es negativo. Puede parecer que somos felices en determinados momentos pero a la larga nos damos cuenta de que no, de que esa sensación desaparece tan rápidamente como llegó.

Si conseguimos estar bien con nosotros mismos, aceptándonos, analizándonos, sabiendo y conociendo todos nuestros defectos, errores, puntos que podemos mejorar como personas, podemos llegar a alcanzar ese nivel de auto confianza que nos generaría un sentimiento de, al menos, una satisfacción más perpetua, sin dejarnos llevar por los vaivenes condicionantes que la misma vida nos va poniendo en nuestro camino. Puede ser que la búsqueda sea el error en sí misma. NO se trata de buscar. Lo que importa realmente es estar bien con nosotros mismos. A partir de ahí todo se percibirá de forma diferente. La clave está en nuestra mente, ni más ni menos. Todo es más sencillo de lo que parece. Pero todo necesita de esfuerzo. Y aunque no necesitemos de esa búsqueda constante y un tanto frustrante, sí que tenemos que intentar conseguir introducirnos en nuestra mente. Llegar a conocernos del todo si es posible.

‘Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad.’
(Pearl Buck)
***

Los problemas parecerán menores. Los efectos de las adversidades también. Todo se relativizará convenientemente. Y no estaremos ansiosos por reconocer en cualquier instante ese momento de felicidad, puesto que nuestra misma actitud ya llevará la llevará incorporada. Dicho así resulta muy fácil de conseguir, pero no lo es en absoluto. De hecho, hay gente que no lo consigue durante toda su vida. El número de amargados es cada vez más evidente y numeroso dentro de la especie humana. Y habría que analizar el porqué, puesto que todo tiene una causa.

Nos han enseñado a consumir. Quizá demasiado. Quizá cosas que no necesitamos. Vivimos en un mundo en el cual el tiempo no se detiene nunca. Todo ocurre demasiado deprisa, sin darnos tiempo a degustarlo. Incluso los momentos de felicidad parecen efímeros. La superficialidad es la moda. Nada se analiza puesto que lleva tiempo hacerlo. Es mejor pasar página rápidamente, y si nos ahorramos un tiempo en ello mejor que mejor. Somos verdaderos magos de la transitoriedad de los sentidos. Subimos y bajamos a una velocidad de espanto. Hoy amamos y mañana odiamos. Hoy somos los más felices del mundo y mañana los más desdichados. Si nos paramos a pensarlo seriamente nos daremos cuenta de que algo falla. Y fallamos nosotros. No echemos la culpa al mundo que nos rodea. Nadie nos impone una actitud ante la vida. La formamos, la ideamos,  la mostramos nosotros mismos. Somos los dueños de nuestro estado de ánimo. Y es únicamente nuestra mente la que nos va dictando los estados transitorios de esas emociones que vamos teniendo.

Todos los seres humanos quieren ser felices. Es una realidad. Pero no todos lo consiguen. De hecho, cuando alguien de nuestro entorno nos comunica que se siente feliz casi no nos lo creemos. Parece tan complicado ser feliz… Y siempre pensamos que cuando seamos felices algo pasará que nos estropeará el momento mágico. Cambiar la perspectiva de las cosas ayuda a entender y a clasificarlas de otra manera, más sensata, más natural, sin vaivenes, sin altibajos. Todo se tiene que tomar con calma, meditando, analizando, sacando conclusiones, a partir de ahí comenzaremos a volar…y las alas llegarán solas.

‘¿Qué hace falta para ser feliz?
Un poco de cielo azul encima de nuestras cabezas,
un vientecillo tibio, la paz del espíritu.’
(André Maurois)
***

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“La timidez es la desconfianza del amor propio,

que deseando agradar teme no conseguirlo.”

***

Nacemos desnudos, hasta aquí todo es naturalidad. Con el tiempo nos vamos apoderando de pudor, de timidez y de vergüenza. Solemos ver la desnudez como algo íntimo, algo que sólo un@s poc@s serán afortunados de poder contemplar y disfrutar. A la desnudez la tratamos un poco como un pequeño tesoro sin darnos cuenta de que tiene simplemente el valor que le queramos dar. El ser humano siempre la ha tratado como una forma de arte. Y eso argumentan muchos practicantes del nudismo. Que sea o no una expresión de arte puede ser discutible. El nudismo como forma natural y artística. Nada malo. Todo lo contrario. Si el cuerpo humano se ve como parte artística porqué se debería taparlo, cubrirlo o esconderlo. A lo mejor es más sencillo tratar el tema como algo personal que permite al que lo practica sentirse algo mejor y más libre.

Si nos adentramos en la historia del arte observaremos que en la misma Grecia antigua el cuerpo humano era el tema por excelencia en las representaciones artísticas, sujeto a cánones de belleza de la época. Tanto para los artistas de entonces como para la sociedad, el culto a esa forma de arte nudista representaba adorar cuerpos ‘perfectos’, establecidos bajo proporciones físicas idóneas. Se buscaba un ideal de cuerpo humano que quizá no existía o era minoritario, pero gracias a los desnudos se intentaba encontrar la perfección o acercarse a ella. En la actualidad, numerosos artistas siguen expresando su arte mediante la desnudez del cuerpo humano, ya sea individual o grupal. Ejemplo tenemos en todos los campos, ya sea en el cine, fotografía, pintura o dibujo. El nudismo atrae e inspira.

Lógicamente, no tiene nada que ver idealizar con la perfección de un cuerpo humano con la representación de arte. El arte en sí mismo es ambiguo, inclasificable, fuera de toda norma. Lo que para unos es arte para otros puede que no pase de ser obscenidad o excentricidad. No por ver nudismo contemplamos arte y es difícil defender la práctica del nudismo argumentando solamente esa razón. Casi es mejor abogar por la práctica de la naturalidad en el ser humano. Estar desnudos nos da un aire de libertad difícil de superar. Para algunos puede ser solamente estando solos, bajo el umbral de la intimidad, pero sin quitarle un ápice de su valor. Para otros, esa libertad puede ser ampliada hasta otros campos, ya sea al aire libre o rodeado de más personas.

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Aquí ya encontraríamos los prejuicios personales. Llamémosles mezcla de pudor, de vergüenza o de timidez. Complejos que se van uniendo hasta crear una capa compacta que no deja que traspase ni mirada indiscreta, ni unos ojos extraños y desconocidos. Con el pudor, el ser humano defiende su intimidad. La vergüenza puede darse por algún tipo de complejo personal. NO querer que alguien nos descubra por entero, por saber que no somos perfectos, que no somos el ideal. La timidez entra dentro del carácter y personalidad de cada individuo. Algo muy personal que afecta a su vida privada, pública y en sus relaciones personales. Según la psicología suele ser una pauta de comportamiento que limita el desarrollo social de quienes la experimentan en su vida cotidiana. No es ninguna enfermedad. Cada cual tiene su carácter. Hay que respetarlo. Por eso mismo hay que respetar a quien abre su mente y decide experimentar con su cuerpo. Sentir su desnudez como forma de vida. Dar libertad a su cuerpo. Ya sea tomando el sol, paseando o bañándose. Todos los comportamientos deben ser respetados y aceptados. Otra cosa será comprenderlos.

Pero el nudismo ha ido ganando adeptos con el paso de las décadas. Muchas personas deciden realizar actividades cotidianas completamente desnudos como algo natural. No se trata de reafirmarse. No se trata de decir al resto: !Estoy desnudo, mírame! Como tampoco se trata de acciones protagonizadas por personas provocativas o exhibicionistas. De hecho, sí exhiben su cuerpo, pero de una forma personal, sin querer llamar la atención. Y dentro de esa naturalidad radica su atractivo. Escandalizarse por estas acciones humanas puede quedar ya un poco obsoleto y fuera de lugar. La humanidad se une sin querer por unos lazos sociales, todos los componentes del planeta se ven inmersos en los mismos problemas, vicisitudes y necesidades cotidianas. Algunos tienen que estar desnudos debido a su pobreza, no tienen ni la opción de elegir. Otros, debido a su religión, cultura o sociedad nunca podrán manifestarse así si alguna vez lo desean puesto que irían en contra de las normas de conducta, con lo cual quedan atados a la hora de expresarse naturalmente, como seres humanos libres.

El nudismo puede ser una actividad pública o privada. Pero sea como sea, es una forma de expresión humana y natural. Que no muestra nada que no hayamos visto o dejado de ver anteriormente. La importancia que creemos acerca de esa expresión dependerá de nuestro grado de aceptación y tolerancia con quienes la practican. No se trata de estar de acuerdo o no. Es libertad de cada uno y es su derecho. Más le valdría al ser humano preocuparse por otros asuntos mucho menos humanos, intransigentes y que violan y amenazan la libertad de las personas. Todas esas actividades que generan la pérdida continua de derechos de las personas. Todos esos actos que coaccionan las acciones de millones de otras. Menos pensar en morbos y en retorcidas invenciones mentales, menos criticar acciones de libertad en lugar de meter mano al verdadero problema. En definitiva, menos hipocresía, menos normal morales.

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El vicio de pedir favores

Publicado: 18 de octubre de 2014 en Artículos
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“Como me crecieron los favores, me crecieron los dolores”

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Si se analiza a simple vista, quién se negaría a hacer un favor a alguien en un momento determinado. Casi parece descartada la negación a ello. Pero, qué sucede cuando el pedir favores se convierte en algo habitual, constante y casi siempre proveniente de las mismas personas. Porque hay personas que se dedican la mayor parte de su vida a pedir favores, de todo tipo. Han hecho de su hábito una forma de vida. El problema es que encuentran a muchas personas bondadosas que generosamente no expresan ningún problema en ayudar a las personas que forman su entorno, haciendo esos favores que son reclamados, pero lógicamente,  la paciencia de muchas estas buenas personas tiene un límite y cuando eso ocurre se plantan y niegan el siguiente favor para dejar de ser queridos, próximos y necesarios automáticamente. Podríamos considerar entonces que todas esas personas que suelen pedir favores tan sólo se mueven por interés, algo que en nuestros días está muy de moda. El lema podría ser: ¡Si no hay algo que sacar para qué moverse! 

Un favor debería pedirse cuando realmente lo necesitamos y también deberíamos saber a quién pedírselo. No todas las personas pueden ayudarnos en ese momento determinado y de la forma adecuada que necesitamos. Quizá nadie de nuestro entorno puede ayudarnos. Y también es bueno conocer eso y aceptarlo. Sin que tenga que haber una frustración, impotencia o enfado de por medio. Todos nos podemos ver abocados en un instante a pedir un favor. No es un gran problema. Analizamos dicho problema, intentamos arreglarlo o encontrar la solución, y si concluimos en que no podemos solventarlo por nuestros propios medios intentamos que alguien nos saque del apuro. Incluso a veces el simple hecho de pedir consejo explicando el problema nos puede descubrir algún tipo de solución en la que no habíamos pensado, sin necesidad de pedir dicho favor finalmente.

“Hay almas esclavizadas

que agradecen tanto los favores recibidos

que se estrangulan con la cuerda de la gratitud”

(Friedrich Nietzsche)

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¿Nos cuesta pedir favores? A veces. Según a quién. Según quién. Hay personas muy vergonzosas a la hora de pedir favores, incluso a familiares muy cercanos o a amigos de muchos años. Ya sea por timidez, por evitar un compromiso a la otra persona, por orgullo o por intentar no molestar a alguien en concreto, muchas personas intentan solventar sus problemas sin pedir favores a nadie. Quizá es una reacción equivocada aunque totalmente respetable. El carácter de cada uno está por encima de lo que puedan pensar los demás. Otras personas en cambio suelen pedir favores cuando los necesitan. Acuden a la persona que piensan que puede echarles un cable y solucionar una situación que se ha convertido en un problema. Ese favor no tiene que ser compensado obligatoriamente. Se pide y se desea recibirlo. Sin más. NO debe haber mayor intención, ni por una parte ni por otra. Si se acepta ayudar a alguien con una petición de favor no debemos esperar que ese favor deba ser recompensado de otra forma. Se ofrece la ayuda y punto. En la mente y en la memoria de cada uno quedan los favores pedidos y los recibidos. Sabemos perfectamente quién nos ayudó con alguno de ellos en aquellos momentos críticos y a quien ayudamos cuando nos solicitaron ese favor ‘x’.

Pero qué sucede con esas personas que viven en la petición de favores continuos y que no mueven un dedo por ayudar a otros simplemente porque no encuentran ningún interés en ello. Personas que se dedican a pedir ayudas y favores a todo su entorno y que van dejando de lado a las personas que en un momento dado se cansan de ofrecer tantos favores, observando que la otra persona nunca se mueve por los demás y que además hace de esa urgencia un arma habitual de comportamiento. Una práctica habitual entre muchas personas y que llega a cansar, provocando a los que suelen dar ayuda y contestar favorablemente a los favores que se lo piensen en el futuro a la hora de hacer algo parecido. Abusar de la confianza no lleva a ningún buen estado de bienestar, puede ser que salga bien durante un tiempo, pero a la larga las ayudas desaparecerán y con toda la razón.

La rutina como compañera

Publicado: 5 de octubre de 2014 en Artículos
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“No son los males violentos los que nos marcan,

sino los males sordos, los insistentes, los tolerables,

aquellos que forman parte de nuestra rutina

y nos minan meticulosamente como el tiempo”

(Emil Cioran)

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A casi nadie le gusta, ni le atrae, pero sin embargo, caemos en sus redes muy fácilmente. Acaso porque es cómoda, nos alivia sin pensar, nos acoge sin proponerlo, nos alienta sin meditar, nos abriga sin frío y nos enseña lo conocido sin excusas, sin otras formas de alimentar lo más desconocido. La rutina nos indica un camino, casi siempre alicaído, inerte, cansino y falto de emoción. Y solemos ser rutinarios casi por costumbre. El ser humano es un animal de costumbres, aunque las vaya cambiando casi sin darse cuenta. Y podría considerarse una contradicción pensar y estar convencidos de que cayendo en lo mismo no evolucionamos, nos detenemos y no somos capaces de avanzar. Pero, inconscientemente, sin un segundo de meditación, volvemos a hacer lo mismo.

Para muchos la rutina puede ser hermosa, un ritual severo pero que deleita. Mientras que, para otros, la rutina puede ser la puerta hacia la nada, hacia el abismo del aburrimiento, del tedio y de la falta total de ilusión. De todas formas, nuestra vida siempre está repleta de rutinas, nuestras, creadas por nosotros. Esas rutinas no aparecieron de la nada ni nadie nos las impuso. Son rutinas que se van creando con el tiempo y algunas de ellas las conservamos durante mucho tiempo, mientras que otras van decayendo en su protagonismo y en su interés, para quizá desaparecer en un futuro próximo. Cambiar o no de rutinas depende de nosotros mismos. Si solemos hacer lo mismo es porque nos sentimos cómodos con ello. Por lo tanto, si nos sentimos cómodos con ello tampoco debemos considerarlo tan malo.

Todas las personas tienden a inclinarse por lo conocido como forma de resguardarse de lo que podría llegar. Ante lo conocido reaccionamos con más alegría y, sobre todo, con más seguridad. Una seguridad que a todas luces puede ser engañosa pero que concretamos de forma práctica y natural. Ante lo desconocido reaccionamos de otra manera, tenemos que mantenernos en guardia, en alerta y en constante atención. Eso aparte de agotarnos física y mentalmente nos traslada a otro escenario de inseguridad en el cual no nos sentimos tan cómodos. Aunque como en tantas y tantas otras cosas, todo depende de cómo se mire o interprete. Nuestra perspectiva de las cosas tiende a crear en nuestra mente esferas de ‘aparente comodidad’. Cuando algo no sale como normalmente debería se convierte automáticamente en un obstáculo que nos provoca angustia y ansiedad.

“Creo que mi mejor cualidad en el mundo del ajedrez

radica en que nunca juego de forma rutinaria,

sino que juzgo la posición una y otra vez antes de cada jugada,

cambiando, si es preciso,

mi estrategia al responder a las jugadas de mi contrincante.”

(David Bronstein)

***

Quizá lo más inteligente sería ir alternando nuestras formas de encarar las vicisitudes diarias. Ir cambiando de rutinas o de formas de hacer, de pensar y de sentir. Intuir lo que podría ser y buscar para encontrarlo. Adivinar lo que se podría uno estar perdiendo simplemente cambiando de visión. La aventura de lo desconocido transformada en algo suficientemente atractivo como para no dejarlo escapar. Ser capaces de albergar nuevas formas de pensamiento, de obra y de emoción. Vislumbrar otros modos de acción, no quedarse con lo que ya hemos experimentado sino seguir investigando hasta descubrir que existen otras muchas formas en todos los ámbitos. Fácil es darse cuenta de que a diario algo nos deslumbra, nos sorprende y nos hace vivir de otra forma. 

Podría ser que la rutina es sólo una forma de ser, de pensar y de sentir. Si pensáramos diferente la rutina se rompería, cambiaría o se multiplicaría. Con un sólo intento de cambiar las cosas, las cosas cambian. No es magia, es actitud. Pero eso no quiere decir que haya que eliminar todas las rutinas, porque muchas de ellas nos pueden hacer sentir bien, son parte de nosotros y tampoco tendría sentido que desaparecieran. Eliminar sólo aquellas que no nos llevan a ningún lugar, que simplemente conducen a lo cotidiano, a lo aburrido y a la falta de todo. Las conocemos, las detectamos y somos capaces de identificarlas a diario. Si la actitud desea borrarlas de nuestra cotidianidad lo hará y además de la misma forma natural como las aceptaba anteriormente.

“A veces me salto el almuerzo y cambio la rutina.

Salgo a dar un paseo.

O me compro un pequeño regalo para mí…

Algo que me haga sentir que estoy cuidando de mí mismo.

O salgo en coche, en busca de un paisaje hermoso, o saco una entrada para un concierto.

A veces negocio una cita conmigo mismo a media mañana, un compromiso estrictamente personal.”

(Spencer Johnson)

***

No todo pasa porque sí. Algunas cosas ocurren porque nosotros decidimos que así ocurran. En el cambio se potencia la apertura de ideas, de sorpresas y de ilusiones. Y quién quiere perder todo eso. Nadie. Sería insensato por nuestra parte dejar de sentir nuevas formas, dejar de ver nuevos mundos, nuevas ideas y proyectos, nuevas personas. Todo va evolucionando, también nosotros. Y en esa evolución se van rompiendo muchas de esas rutinas. Sólo hace falta echar la vista atrás para recordar todas las que tuvimos y que ya han quedado en el olvido, puesto que las circunstancias cambian, también las rutinas, también nosotros. Todo es un movimiento continuo de formas y conjuntos que van originando nuevas sensaciones. 

De nada sirve quejarse, quejarse de lo evidente, de que la rutina puede matarnos. Por eso, mucho más eficaz que el simple hecho de quejarse puede ser el accionarse para cambiar. Ante la evidencia de una rutina no deseada tan sólo debemos cambiarla. Y no podemos decir que no se puede, porque se puede. A lo mejor esa mal llamada rutina no lo es tanto, sino simplemente la forma en cómo la vemos. Quizá no es ni rutina ni costumbre, la hemos adoptado a nuestro quehacer diario y ya le damos el calificativo de tal, sin haber sido ni siquiera artífices de su creación. Ante la rutina que no queremos sólo nos queda el combate, y con el combate desaparecerá, ante la desidia y la falta de actitud seguirá con nosotros. No hacen falta más argumentos para saber si una rutina nos hace bien o no. Nosotros somos suficientemente capaces para detectarlo. Y al hacerlo, de nosotros depende hacer girar el escenario. No le quitemos valor al poder que albergamos. Porque, aunque en muchas otras circunstancias no tenemos más que el remedio de la resignación, en otros aspectos podemos ser capaces de dominar la situación.

“Cuando hay libertad del condicionamiento mecánico, hay simplicidad.

El hombre clásico es justo un paquete de rutina, de ideas y de tradición.

Si sigues el patrón clásico, estás entendiendo la rutina, la tradición, la sombra…

No te estás entendiendo.”

(Bruce Lee)

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Interpretar los silencios

Publicado: 1 de octubre de 2014 en Artículos
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‘Hay personas silenciosas

que son mucho más interesantes

que los mejores oradores.’

(Benjamin Disraeli)

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Los silencios son necesarios. No son eternos pero sí pueden ser maravillosos. También pueden resultar tristes. Un silencio a tiempo puede significar una victoria, pero también una huida. Los silencios hay que entenderlos, interpretarlos, analizarlos y saborearlos. Un silencio puede adueñarse de la escena para significar lo más bello. Un silencio hay que valorarlo. Su belleza es limitada y hay que saber descubrirla. Se dice que hay silencios en la noche, pero también los hay en el día. En una esquina abandonada, en un paseo nocturno, en un camino solitario. Existen los silencios motivados, caracterizados por una circunstancia que nos absorbe la reacción.

El silencio puede ser eso simplemente, una opción ante una esperada respuesta. Y, a veces, resulta gratificante estar callado. En silencio. No es necesario decir siempre algo, sea lo que sea, aunque parezca descortés o desconsiderado. No siempre se espera una respuesta, y el silencio puede ser una respuesta en sí mismo. Y una respuesta contundente. El silencio nos apacigua, nos hace reflexionar. Nos presta un escenario de análisis interesante, donde la mente despejada aumenta su poder, para crecer, para evolucionar. Para comunicar no siempre hace falta un sonido, ni una palabra. El mismo silencio puede hacerlo. Discreto, distante, cercano o íntimo. En un silencio podemos comprenderlo todo. O nada. Nos puede acercar o alejar. Nos puede hacer amar u odiar. Puede crear indiferencia o acercamiento. Puede ser un vínculo, una complicidad, un arrebato de amistad, pero también nos puede oscurecer, entristecer y amargar.

Y, en muchas ocasiones, nos vemos en la tesitura de tener que interpretar un silencio determinado. Generalmente inesperado. Porque, la mayoría de las veces, esperamos respuestas, queremos palabras que rellenen esos huecos imprecisos, esas dudas eternas y esas preguntas que parecen no tener nunca respuestas. Queremos buscar explicación a todo, y creemos que existe explicación a todo. No queremos quedarnos vacíos, sin argumentos, queremos que nos den una buena causa para entender, aunque no entendamos. Interpretar un silencio es una cuestión de práctica, pero a veces cuesta. Cuesta aceptar el silencio como respuesta, cuando es la mejor respuesta. Cuesta interpretar lo que es tan evidente, puesto que ésa no es, precisamente, la respuesta que estábamos esperando.

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‘Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio’
(Proverbio hindú)
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El tiempo, nuestro tiempo, es demasiado valioso como para no concentrarlo en lo que realmente nos importa. Un silencio puede ser tan importante y tan decisivo como todas las palabras que jamás escuchamos. Debemos hacer caso de esos silencios, degustarlos, darles la importancia que tienen y extraer de ellos las mejores lecciones de vida. Con un silencio conoceremos más de lo que imaginamos. En muchos silencios encontraremos muchas respuestas. En los silencios hay claves, sólo hay que identificarlas y entenderlas. Utilizar los silencios también nos ayudará. Puesto que, gracias a ellos, podremos expresar todo aquello que no podemos expresar, pero de otra manera. Comunicándonos con el silencio daremos por sentados muchos más significados escondidos de los que podemos descubrir con palabras superfluas y explicaciones sin sentido. 

Interpretar los silencios no es tarea fácil. Requiere de astucia, experiencia e iniciativa. Pero, sobre todo, necesitamos de esa dosis exacta de deseo. Porque si nos bloqueamos y no nos abrimos a esa interpretación difícilmente extraeremos algo positivo. Es importante encararlos como se debe. No esquivarlos. Enfrentarse a ellos nos hará entender, nos hará evolucionar. No todos los silencios son provocados, pero eso también lo comprobaremos cuando los analicemos. Porque no todas las personas utilizan los silencios de la mejor manera posible. Algunos surgen espontáneos, otros son parte de la incapacidad de expresión. Muchos silencios guardan grandes verdades, pero también, otros muchos,  grandes mentiras. Hay algunos silencios valientes y otros cobardes.

‘Este silencio, blanco, ilimitado, este silencio del mar tranquilo, inmóvil’

(Eliseo Diego)

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Que no nos quiten la imaginación

Publicado: 19 de julio de 2014 en Artículos
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 ‘Nuestra imaginación nos agranda tanto el tiempo presente,

que hacemos de la eternidad una nada,

y de la nada una eternidad.’
(Blaise Pascal)
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¡Qué haríamos sin ella! Estaríamos perdidos. O , mejor dicho, más perdidos que de costumbre. Sin ella habitaríamos un espacio indefinido, incalificable, puesto que, gracias a su existencia, nos hundimos en otro mundo paralelo, creado por nuestra mente, que nos acompaña siempre, que nos evade de la realidad, para bien y para mal, pero que resulta a fin de cuentas siempre necesaria. La imaginación nos seduce continuamente, con arte desmedido, con estilo impecable, con astucia contenida, con delirios metódicos, con destreza magistral. La imaginación nos abre ventanas, puertas, y sueños también. Nos hace vivir otras vidas, otras escenas cotidianas, otras esferas diferentes, que también existen, aunque no las vivamos realmente. Porque la imaginación es eso precisamente, vivir las cosas de otra manera, a nuestra manera. Es diseñar lo que nos gusta con nuestro propio estilo. Y gracias a ella nos sentimos diferentes, divergentes y múltiples. Nos sentimos carentes de límites o de barreras. No sentimos la opresión de los obstáculos, más allá de donde queramos definirla. Y para qué habría que definirla…

La imaginación nos permite elevarnos, manipular lo evidente, lo ajeno y lo propio, crear espacios confusos, o perfectos. Nos estimula la mente de una manera salvaje, sin puntos ni comas, sin directores ni peones. Nos muestra un camino que recorrer, en el cual podemos detenernos tantas veces como queramos y en el momento justo que deseemos, pudiendo cambiar de carril, de orientación o de punto cardinal. No se trata de visionar, se trata de vivir de otra manera. Debemos sentir por los cuatro costados. Y aún más. Adelantarnos a los sentimientos, con un simple cierre de ojos, con la única misión de abrir cada poro de nuestra piel y sumergirnos en el más absoluto placer…

‘El que tiene imaginación sin instrucción tiene alas sin pies’
(Joseph Joubert)
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La imaginación nos ayuda a percibir, construir abstractos que parecen reales, objetos que no se detienen y que dan vueltas a nuestro alrededor, lugares escondidos que de repente aparecen y parecen familiares, imágenes manipuladas gracias a nuestro cerebro que se encargan de mostrarnos lo que no hemos conseguido ver hasta entonces, para disfrutarlas, para ensalzarlas y evocarlas, para guardarlas en la memoria, para pensar que algún día aparecerán de verdad. La imaginación se sirve de la memoria, nuestra memoria, para aumentar, para distorsionar o para diseñar la perfección, la dulzura, la belleza, lo deseado y lo necesario, nos hace albergar esperanzas aunque estemos abandonados a la suerte, nos hace parecer gigantes aunque estemos perdidos, nos hace parecer diferentes aunque seamos conocidos. 

Que no nos quiten la imaginación. ¡Qué nos quedaría! Sin ella aún estaríamos más perdidos, sin ella perderíamos una parte de nuestra propia alma, de nuestro propio estilo y carácter. Una seña de identidad única, indefinible, particular y nuestra. La imaginación necesita poco para funcionar y, sin embargo, nos ofrece tanto… Percibimos, pero queremos percibir más. Y todavía más. No queremos límites. Deseamos la realidad, y también el reverso de esa realidad. Siempre deseamos observar diferentes opciones aunque sepamos que, a lo mejor, jamás llegarán. Pero alimentando la imaginación con un poco de ilusión todo es posible, incluso alguna parte de ella se asemeja a los sueños. Experimentamos sensaciones, emociones y somos capaces de aumentarlas y multiplicarlas. Entonces, porqué deberíamos autolimitarnos.

Y lo mejor de todo es que cualquier tiene capacidad para imaginar. Todos somos creativos. Cada uno a su manera. Y la capacidad de abstracción y de diseño mental particular no tiene fronteras ni limitaciones. Eso es lo más grande. Podemos dejarnos llevar por ella. No nos causará daño, tan sólo nos sorprenderá. Y tampoco se trata de conseguir hacerla realidad. Es vivirla de otra manera. Pero vivirla. Olerla, sentirla, verla, tocarla y emocionarse con ella. Sin ella, los inventos serían mínimos, o quizá hallados por casualidad. Los inventores se dejan arrastran, se invaden por ella, y nos ofrecen realidades. Que no nos quiten la imaginación. Luchemos por conservarla, por aumentarla, desarrollarla y sentirla más que nunca. Placeres simples de la vida que son gratis y que surgen de la nada. Un valor añadido en un vida que, de vez en cuando, parece hecha a medida. A nuestra medida…

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La extraña costumbre de usar joyas

Publicado: 18 de julio de 2014 en Artículos
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‘Prefiero estar adornado por la belleza del carácter que por las joyas.

Las joyas son el regalo de la fortuna,

mientras que el carácter viene de dentro’

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Una joya en sí misma no tiene mucho sentido. Si la miramos fríamente, es tan sólo un material. Que se le haya llamado con la evolución del ser humano ‘preciosa’ quizá puede ser debido a su belleza (también discutible). El hombre desde sus ancestros ha utilizado los materiales preciosos como objetos ornamentales, para distinguirse, para llenarse de estatus, para cerciorarse de ser diferente del resto. Así fueron apareciendo los anillos, los collares, los colgantes, los brazaletes, los pendientes, etc. No había distinción entre sexos, puesto que su uso era habitual en ambos. Como tampoco había excepción en los pueblos que las usaban ni en las culturas, ni en los continentes. Es decir, el uso y la costumbre en portar joyas es habitual y está relacionado con el ser humano.

Adornarse siempre ha sido un principio universal, pero utilizar joyas no estaba ni está al alcance de todos. Y una cosa puede ser la estética y otra, muy diferente, utilizar joyas para sentirse superior o más atractivo. Que una joya nos haga destacar debe ser motivo de preocupación para cualquiera. El oro, la plata, materiales que han servido y que sirven como monedas de cambio, de ostentación, de riqueza y de distinción. Porque no nos equivoquemos, gran parte del uso de las joyas viene refrendado por la distinción que se le suponen. A las personas en general les motiva el simple hecho de ser o aparentar ser diferentes o distintas a los demás. Es como un ADN particular de cara a la galería. Ser diferentes lo somos por simple naturaleza y sucesos que se van acumulando en nuestra vida, ya sea entorno, familia, amigos y vivencias. No necesitamos muchas más o menos joyas para ser distintos de los demás. Pero las joyas pueden ser simplemente una forma, como también puede serlo el coche que usamos, la ropa que nos ponemos o el peinado que mostramos.

‘La diferencia entre los recuerdos falsos y los verdaderos

es la misma que con las joyas:

siempre es el falso el que parece el más real,

el más brillante.’

***

Hoy en día, la moda marca tendencia continuamente, de hecho, muchas cosas se ponen de moda sin ni siquiera un motivo definido o determinado. La gente, en masa, se va moviendo por tendencias, modas o simples mareas de comportamiento. Otra cosa diferente es poder alcanzar esas cuotas de distinción. No todo el mundo puede tomarse un cocktail en el bar más de moda de Nueva York, o probar un menú degustación en el mejor restaurante del mundo, ni puede gozar de lo que se siente conduciendo el coche más caro del mundo. Y es un suceso que se ve incrementado conforme la riqueza de una persona aumenta, por el mero hecho de querer hacer y parecer todavía más exclusivo que el resto de seres humanos. Lo que ocurre es que la delgada línea entre la distinción y la ordinariez es muy fina, y muchas la traspasan con demasiada facilidad y demasiado a menudo. 

Para muchos, lo caro es mejor y demuestra mayor distinción. Las joyas entran dentro de esta familia.  Y muchos piensan que el hecho de mostrarse con joyas ‘tan preciadas’ son motivo claro y absoluto para ser envidiados. Claro que la envidia va por barrios, y cada cual tiene su forma de utilizarla también. Muchas envidian riquezas, otros salud, otros felicidad. Ninguna joya nos dará absoluta felicidad ni salud, si es eso precisamente lo que andamos buscamos. Pero si buscamos llamar la atención, ser envidiados, ser admirados, las joyas son otra forma de conseguirlo. Para otros, las joyas no llaman la atención, a no ser por el asombro de llevar una considerable cantidad de dinero en un cuello, en un brazo o en una oreja. El significado ya queda a expensas de cada uno, pero fríamente parece ser desorbitado, insulso y carente de personalidad.

No hace falta ostentar para ser rico, ni hace falta ser rico para ostentar; y ser rico se puede conseguir de muchas formas, no necesariamente aparentando serlo o pretendiendo que todo el mundo se dé cuenta de que lo somos realmente. En ese caso estaríamos cruzando la línea anteriormente citada. Las joyas y su uso a través de la historia representan diferentes motivos para ser o parecer importantes: ya sea como símbolo de riqueza, por su simbolismo o por lo que pueden llegar a conseguir por sí solas. Lo que pasa que este uso también se ha convertido en un arte. El diseño y el negocio han provocado que muchos artistas joyeros se adentren en el mercado para ofrecer bellezas únicas. Un arte que comenzó con maestros como Peter Fabergé o René Lalique y que ha ido evolucionando hasta nuestros días.

El valor de dichas joyas siempre queda un tanto fuera de mercado. Y es curioso observar como muchas religiones y grupos religiosos han utilizado las joyas y su simbolismo como distinción. Una frase conocida en esta industria es la que reza: ‘Una joya es para siempre’. Claro que habría que recordar que muchos objetos y recuerdos pueden ser para siempre y no necesariamente ser tan costosos. Todo tiene que ver con el nivel de romanticismo que practiquemos. Lo cierto es que podemos lograr distinción y admiración sin necesidad de lucir joyas. Y no tiene que ver con el hecho de tener el dinero suficiente para adquirirlas, sino sabiendo valorar las verdaderas cosas importantes que nos ofrece la vida, y todavía más cuando se descubre todo lo que se puede hacer por conseguirlas, ya sea robando, esclavizando o matando por ellas. Otro claro ejemplo de que el sentido común en el hombre es poco común.

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Los adictos a los problemas

Publicado: 17 de julio de 2014 en Artículos
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‘No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos’
(Albert Einstein)
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Los conoces. Están ahí. Sabes quiénes son. Los conocemos. Están por todas partes. Y cada día descubrimos a uno nuevo. Son profesionales de los problemas. O, mejor dicho, profesionales en crear problemas. Los hacen aparecer por aquí y por allá, y también por donde asoman la cabeza. Y si no los pueden encontrar, los fabrican. Son personajes que hacen de situaciones simples tremendas complicaciones. Los conocemos muy bien porque se multiplican con demasiada facilidad. Muchos dicen que los políticos son una buena muestra de ello, pero lo cierto es que los podemos distinguir a nuestro alrededor cada día y, lamentablemente, pertenecen a toda clase de oficios y especialidades. De hecho, no hay una clasificación clara al respecto. Muchos son tan conocidos en su ambiente que hasta sus conocidos se ríen de ellos muy a menudo. Son una especie que nunca se extinguirá puesto que su actividad parece poseer verdadera adicción.
Que tenemos problemas lo sabemos todos. No es un secreto. Es una realidad. Lo que pasa es que no todos los problemas son tan importantes, ni esenciales ni básicos. Muy al contrario, muchos de los problemas son nimios, superficiales y carentes de importancia, pero los culpables de hacerlos evidentes y protagonistas somos simplemente nosotros mismos. Pero muchas personas logran, gracias a su astucia, perseverancia, oficio y constancia, que esos pequeños problemas sin importancia sean conocidos por todo su entorno y lleguen a ser tan importantes e impactantes como para que el resto de lo que ocurre en el mundo carezca por completo de sentido. Lo cierto es que tampoco debemos angustiarnos por los problemas. Son unos baches en el camino, nada más. Ni nos van a deprimir ni a amenazar, acaso lograrán detenernos en un tramo del camino, pero seguramente nos ayudarán a ser cada vez más eficientes y eficaces a la hora de solventarlos, pero llegar a desanimarse por tener problemas es de necios. Como también sería de ignorantes pretender no tener nunca problemas. Los problemas van asociados a la vida. Hechos que nos obligan a procurar soluciones. Y como dice el dicho: ‘Problema grande, solución grande’. O como se dice también muy a menudo: ‘Si el problema tiene solución no te preocupes, y si no la tiene tampoco te preocupes’.
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‘Una nación permanece fuerte mientras se preocupa de sus problemas reales,
y comienza su decadencia
cuando puede ocuparse de los detalles accesorios’
(Arnold Toynbee)
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Detectamos a esa clase de gente capacitada para crear problemas casi al instante. De cualquier detalle, circunstancia o vicisitud crean un problema con una rapidez inaudita. Y tal como lo cuentan, pareciera como si ese último problema fuese el más importante de todos. Es como si la situación de quedarse sin problemas provocara la ausencia automática y definitiva de argumentos para sobrevivir. Gracias a ellos continúan respirando. Son auténticas máquinas de imaginación al servicio de su propio protagonismo. Porque no nos engañemos, una de las razones importantes de estas personas para no detener la práctica de su vicio no es otra que ser el centro de atención en el momento mismo en el que comienzan a contar a todos sus allegados sus temidos ‘problemas’. Lo que ocurre es que con estos sucesos se repite la historia tantas veces mentada, y es que si se repite muchas veces una cantinela la gente deja automáticamente de escucharla. En este caso, la mayoría de la gente que escucha los problemas de los ‘profesionales’ activan su piloto automático y cesan de escuchar la retahíla de acontecimientos que les cuentan.
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‘La mayor parte de los problemas del mundo
se deben a la gente que quiere ser importante’
(T.S. Eliot)
***
Los adictos a los problemas suponen una importante parte de la sociedad y deberíamos tener cuidado con ellos. Contagian sensaciones y, lo que es peor, siempre son el centro de atención, sobre todo de personas empáticas que creen que sólo escuchándoles ya les ayudan, cuando lo único que desean es terminar de contar uno de sus problemas para comenzar a contar uno nuevo. Personas que den soluciones son las que importan y las necesarias. Personas positivas o, al menos, interesadas en arreglar los asuntos, más que en complicarlos todavía más, o simplemente contarlos y contarlos sin sacar nada en claro. Todas esas personas que se dedican a dar el coñazo alrededor de sus problemas no sirven, no ayudan y, además, nos perjudican. Son seres pesimistas, angustiados, y amargados. La actitud que tomemos ante esta lacra social es personal  e intransferible, pero antes de quejarnos de su existencia deberíamos aprender a combatirlos, más que nada porque el tiempo es valioso aunque muchos no se hayan dado cuenta todavía. La parte buena de este asunto, si es que la hay, es que una vez que conocemos a alguien, detectamos enseguida si va arrastrando el saco de problemas a su espalda o va más ligero de equipaje. Lógicamente, al principio alguno de ellos tendremos que aguantar, pero podemos ser capaces de evitar los siguientes. Empatizar, compartir e intercambiar vidas, pensamientos, sucesos y experiencias no quiere decir que haya que soportar obligatoriamente a esta clase de personas que se dedican sistemáticamente a contar problemas, a buscarlos y a desarrollarlos como forma de vida.

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‘Este es un parque de entretenimiento.

Y el entretenimiento nada tiene que ver con la realidad.

El entretenimiento es la antítesis de la realidad’

(Michael Crichton)

***

Todos hemos sido niños. Y la mayoría hemos tenido unos héroes que nos acompañaban. Podemos llamarlos héroes, pero también iconos, figuras, símbolos, personajes que rellenaban un lugar en nuestra mente y que, gracias a nuestra imaginación, eran capaces de transportarnos a otros lugares, a otros mundos. La gran parte elegíamos los protagonistas de algún cómic.  El cómic es esa serie de dibujos que constituyen un relato. Una forma de arte elaborada, con imaginación, estilo y capacidad de creación. Un mundo de ilustraciones  que describen lugares, historias, narraciones que pueden mostrar realidades alternativas. La historia del cómic ha evolucionado como todas las formas de diseño y de arte. Existen muchas clases de cómics y cada uno se siente atraído por alguno de sus conceptos.

Yo he de reconocer que nunca he sido un gran aficionado a los cómics, aunque como cualquier otro niño de mi época, engullí muchos de ellos. La mayoría de mis compañeros de escuela devoraban todos aquellos que tenían que ver con los superhéroes, esos que aparte de tener una mayor publicidad, llenaban sales de cine una vez que sus historias llegaban al séptimo arte. Eran cómics de masas. Y uno podía seguirlos sin tampoco demasiada devoción. Eran una atracción lejana simplemente. En cambio, otros muchos nos decantábamos por leer historias de personajes menos mediáticos, menos populares. Mi héroe de infancia fue un tipo llamado Tintín. Y recuerdo que cuando lo comentaba en el colegio ninguno de mis compañeros me acompañaba en el gusto. Me quedaba siempre en un segundo plano y un tanto en minoría.

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‘En los momentos de crisis,
sólo la imaginación es más importante que el conocimiento’
(Albert Einstein)
***
No puedo explicar cómo comencé a leerlo. Puede ser que mi madre, una gran amante de la lectura, me regalara uno de sus ejemplares cuando cumplí pocos años y ya comenzaba a interesarme la lectura de todos los libros que llenaban sus estanterías. Supongo que ella decidió que comenzara a leer la historia de ese personaje, o quizá fue simple casualidad. Lo cierto es que se lo agradecí siempre. Puedo explicar todo lo que me llamó la atención de sus historias. Un tipo solitario, viajero empedernido, investigador, periodista, inquieto, que simplemente se acompañaba de su perro Milú. Lógicamente, sus ansias de descubrir me engancharon. Desde niño me produjo una sensación incomparable observar el mapa del mundo, imaginar todos los rincones del planeta, recorrer todos los lugares desconocidos, lejanos o no, comparar olores, sabores, colores y miradas.

Tintín me ofrecía una parte importante de todo eso. Sobre todo cuando tienes tan pocos años. La única forma de vivir todas esas historias en todos esos países era gracias a sus ejemplares que, con cuentagotas iban llegando hasta mi particular mundo, ya fuera gracias a un cumpleaños o a unos reyes magos. La colección aumentaba lentamente pero la relectura de todos ellos todavía sabía mejor. Porque en cada nueva descubría nuevos detalles que se me habían escapado de la vez anterior. Me fijaba en las ropas, en los decorados, en las casas, en la ambientación. Un mundo en cada historia. Una historia en cada toma.

La historia de Tintín apareció por primera vez en un suplemento infantil del diario belga Le Vingtième Siècle en enero de 1929. Y desde esa primera entrega, su perro Milú estaba a su lado. En un principio era un reportero de dicho diario, aunque más adelante ya continuó como reportero independiente a pesar de que nunca se sabría para qué periódico o publicación trabajaba. Con el paso de los volúmenes se vio acompañado de otros personajes, como el capitán Haddock, el profesor Tornasol, la diva Bianca Castafiore o los policías Hernández y Fernández. Parece que su lugar de residencia era Bruselas, aunque todo es un tanto complicado de confirmar.

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El creador del personaje fue Georges Prosper Remi, un historietista belga nacido en mayo de 1907, conocido en el mundo artístico por su seudónimo Hergé (el sonido en francés de sus iniciales al revés R.G.) El éxito de ‘Las aventuras de Tintín’ todavía sigue vigente, sobre todo en Europa. La primera aventura tuvo como país protagonista a la Unión Soviética, donde se enfrentaba a los bolcheviques. El éxito de la publicación le animó a seguir con las aventuras del reportero. La segunda fue ‘Tintín en el Congo’ en 1930. En 1932 se publicó ‘Tintín en América’. Los títulos se sucedieron: ‘Los cigarros del faraón’,El loto azul’ o ‘Tintín en el país del oro negro’. En 1939, su diario cerró y fichó por Le Soir, un medio tratado como filonazi. Su primera publicación ahí fue ‘El cangrejo de las pinzas de oro’ y le siguieron cinco más, todas con temas un tanto diversos debido a estar inmerso en plena guerra mundial.

En 1943, conoció a Edgar Jacobs, a quien contrató para que le ayudara en la revisión de sus primeros álbumes de Tintín. Su contribución más importante fue el rediseño de los vestuarios y los paisajes. Su primera colaboración con Hergé fue con ‘Las siete bolas de cristal’. Tintín era un personaje muy peculiar. Rubio, joven, de mediana altura, solitario y con un característico tupé. Nunca se supo su edad, porque era adulto pero no demasiado, aunque tampoco adolescente. Y con el paso de los años nunca cambió de aspecto. Durante los casi 50 años en los que Hergé trató al personaje continuó apareciendo igual. Tan sólo cambiaban sus ropas o su calzado, dependiendo de donde se encontrara. Un personaje muy ético, donde nunca se le vio bebiendo, ni fumando, preocupado por su entorno, bondadoso, sin aficiones importantes aparte de viajar y de indagar, inteligente, enigmático, ingenioso, más fuerte físicamente de lo que aparenta, con una increíble facilidad para los idiomas y para adaptarse a todas las circunstancias, sensible ante las injusticias y capaz de socorrer a todo aquel que lo necesite. La serie completa de ‘Las aventuras de Tintín’ contaba 24 fascículos.

Con el paso de los años, la obra de Hergé aumentó tanto en ventas como en admiración y consolidación. A pesar de las muchas críticas y sospechas sobre su idealismo fascista, la obra del autor belga quedó ahí. Tintín es el ejemplo de una generación infantil que creció fuera de internet, sin más posibilidad de búsqueda de datos que los que la biblioteca de cada lugar pudiera almacenar. Sorprendió a todos con una visión diferente de manos de un joven reportero inquieto y audaz, capaz de moverse por todos los rincones del planeta con una gran naturalidad, respetando las culturas, los pueblos y las tradiciones. Tintín me acompañó en toda esa infancia. Era, por así decirlo, un compañero de viaje imaginario. Y con el paso del tiempo fui descubriendo que había muchos aficionados a su lectura como yo. Muchos más de los que yo imaginé. Hoy en día, Tintín se ha convertido en un personaje de culto. Pero para mí siempre será una parte de mi infancia. De hecho, en muchos de mis viajes recuerdos sus historias. Y una parte de él me acompaña todavía.

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‘La imaginación sirve para viajar y cuesta menos’
(George William Curtis)
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La siesta

Publicado: 3 de julio de 2014 en Artículos
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‘El arte del descanso es una parte del arte de trabajar’
(John Steinbeck)
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Existen costumbres o hábitos que se adquieren desde la niñez. Otras se van desarrollando y aplicando según pasan los años. Los usos del ser humano se extienden por todos sus rincones. Algunos pueden ser indicativos y representativos de un país, sociedad o grupo. Solemos tener rutinas porque en la rutina se basa nuestro comportamiento a diario. Y muchas de esas rutinas se van transmitiendo de una generación a otra de forma totalmente natural. Copiamos lo que vemos, lo que nos indican, lo que nos han enseñado. Vemos actuar de una forma y lo hacemos también.

Una de las costumbres más curiosas del ser humano es el de la siesta. Se dice que el término se comenzó a utilizar en el siglo XI, gracias a una de las reglas de San Benito: reposo y tranquilidad en la hora sexta (entre las 12 del mediodía y 3 de la tarde). San Benito era un abad de la localidad de Nursia (Umbría, Italia). La idea era que todos los religiosos de la abadía se recostasen en su lecho para descansar y cargar baterías para lo que quedaba del día debido al gran madrugón que realizaban cada mañana. Como buena costumbre se extendió por la zona y comenzó a adaptarse en otras abadías y monasterios.

Pero es que hacer la siesta tiene una lógica, puesto que la solemos hacer tras la ingesta de comida. La digestión es ese proceso de transformación de los alimentos en sustancias más sencillas para ser absorbidos. Y en ese proceso el individuo suele tener un terrible golpe de sueño. La mente se diluye y, de repente, tenemos la necesidad de cerrar los ojos, que ya por su cuenta suelen cerrarse. Lógicamente, no siempre estamos en la tesitura de poder desvincularnos de lo que estamos haciendo en ese momento y reparar en descansar esos minutos que el cuerpo nos pide, pero el día o el momento en que podemos hacerlo nos viene muy bien.

Ingerir alimentos produce somnolencia. La sangre desciende desde el sistema nervioso hacia el digestivo. El nivel de dicha somnolencia será proporcional al consumo de alimentos. En países donde la comida suele ser copiosa la costumbre de la siesta se vio mucho más extendida, y es por eso que países como España tengan buena fama de realizarla mucho más frecuentemente que en otros países. Pero hay muchos factores que influyen para poder hacerlo. Por ejemplo, los horarios de trabajo. En muchos países, a la hora del almuerzo, hay un buen tramo de tiempo que se puede utilizar para dar una cabezadita, mientras que en otros países, el tiempo que se utiliza para el almuerzo es breve y no da tiempo para nada más, continuando la jornada laboral a continuación.

La siesta consiste generalmente en descansar algunos minutos (puede ser entre veinte y cuarenta minutos) después de haber comido el almuerzo. Un breve sueño que tiene como propósito regenerarse para lo que queda del día. Habitual en la cultura y en la historia de países latinos, también es muy familiar en países asiáticos, árabes y africanos. Sobre todo en países cálidos. Y en países donde la comida es copiosa. Además, está demostrado que la siesta ayuda a la salud en general y previene el estrés, el agobio y la ansiedad. Favorece la memoria y todo lo que tiene que ver con mecanismos de aprendizaje. Ayuda a prolongar la jornada laboral o de estudio y refuerza la energía consumida hasta entonces. Muchos famosos alabaron su potencial y ensalzaron sus propiedades.

Pero, curiosamente, en los países del sur de Europa se acostumbra a realizar una siesta tras la ingesta del almuerzo, y esto ha hecho que se propague también por otros países europeos. De hecho, en un estudio realizado en Alemania, se asegura que el 22% de los habitantes de ese país incluyen la siesta como un hábito de su vida cotidiana. Curioso porque sólo el 15% de los italianos lo afirman, mientras que en Gran Bretaña es el 14%. Lo que más llama la atención es que sólo el 9% de los españoles y el 8% de los portugueses lo llevan a cabo como rutina. Como muchas cosas en esta vida, los tópicos siguen cayendo a peso de plomo, mientras que la gran mayoría de las personas siguen creyendo en ellos. La fama dice que España y los españoles son los más siesteros de todo el mundo. Una cosa es lo que se pregona y otra la que se practica…

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Maneras de viajar

Publicado: 22 de junio de 2014 en Artículos
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‘El que no sale nunca de su tierra está lleno de prejuicios’
(Carlo Goldoni)
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Desde siempre, el ser humano ha sentido la necesidad imperiosa de viajar. Viajar era descubrir otros mundos, otras culturas. El hecho de viajar y de adentrarse por otros territorios era y, aún lo es, un sentimiento instintivo, natural y muy atractivo. Se viajaba y se viaja para sentir, para ver, para observar, para aprender, para comparar, para analizar, para aprender, para valorar, para pensar, para meditar, para soñar y para darse cuenta de que la vida de los hombres de cualquier parte del mundo puede ser tan igual o tan diferente a la nuestra.
‘Al llegar a cada nueva ciudad
el viajero encuentra un pasado suyo
que ya no sabía que tenía:
la extrañeza de lo que no eres
o no posees más te espera al paso
en los lugares extraños y no poseídos’
(Italo Calvino)
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En el pasado, viajar significaba perderse de alguna manera. Porque aquel que emprendía un viaje quizá no regresaba jamás a su punto de partida. Era más que una aventura. Y en la aventura radicaba la esencia de la acción. El que visitaba otros lugares encontraba sorpresas, nuevas formas de vida y de cultura, pero también ofrecía su cultura y su forma de vida. Todo en sí era un aprendizaje. Un intercambio. El que daba y el que recibía. Y en ese aspecto, las dos formas son mutuas. Tanto el visitante como el anfitrión recibían inputs, información desconocida que hacía que su mente abriera nuevos archivos. 

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‘Cuando los hombres buscan la diversidad viajan’
(Wenceslao Fernández Flórez)
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Los hombres se han movido de su lugar de origen a través de la historia por diversos motivos. La causa más común ha sido la necesidad. Y todavía la sigue siendo. Hoy se viaja más que nunca por placer, pero siguen habiendo millones de personas en el mundo que se ven obligados a emprender viaje y a desplazarse de su lugar de residencia por diferentes motivos, casi todos ellos ajenos a su voluntad. La necesidad atenaza en muchas ocasiones el deseo y la decisión de las personas. Antes se buscaba el lugar donde hubiera alimento, donde hubiera agua, o donde hubiera un clima más benigno. Y, aunque el ser humano ha sabido adaptarse a todas las vicisitudes, el ansia por mejorar y por el cambio le ha hecho descubrir nuevas tierras. 

Pero en la búsqueda de un lugar entran otros factores. Al viajar se buscan sueños, ilusiones, lugares idílicos, se busca el espacio ideal para cualquiera de nosotros. Buscamos lo que no tenemos, lo que no conocemos. Buscamos… Sabemos que siempre puede haber un lugar que nos envuelva con su belleza, que nos deslumbre como nunca nada lo ha hecho. Se viaja para cambiar de alguna manera, para descubrirnos a nosotros mismos, pero de otra forma. Y en el carácter de cada uno de nosotros se interpretan las ganas de viajar y las formas de hacerlo. Cada uno viaja de una manera. Cada uno tiene un concepto de viaje. Y muchos ni siquiera viajan. Porque también existe el miedo a lo desconocido o las mínimas oportunidades de hacerlo. Las circunstancias para emprender un viaje no son siempre las deseables. Pero ciertas personas no lo piensan ni un instante, y en cuanto pueden partir lo hacen. Hacia dónde quizá no es lo importante. Se trata de ir conociendo nuevos lugares, nuevas gentes, nuevos olores y sabores, nuevos paisajes y nuevos amaneceres. Porque al viajar abrimos nuestros sentidos hacia otros espacios desconocidos hasta entonces. Nos introducimos en un mundo donde todo nos parece interesante.

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 ‘Los viajes sirven para conocer las costumbres de los distintos pueblos

y para despojarse del prejuicio

de que sólo en la propia patria

se puede vivir de la manera a que uno está acostumbrado’

(René Descartes)
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Cada uno de los que viajan tiene su propio estilo. Hay mil formas de viajar. Cada uno escoge la suya. Algunos prefieren organizar todo el viaje, el itinerario, los contactos, los hoteles, los desplazamientos. Otros, prefieren planear lo indispensable, y luego ir escogiendo sobre la marcha. Muchos prefieren salir a la aventura, sabiendo de antemano su destino pero sin saber su recorrido. Algunos se lo toman con calma. Otros lo planean durante meses o semanas. En los viajes existe un ritual sagrado y reconfortante, puesto que, gracias a él, viajamos incluso antes de partir. Ahora se puede buscar información del destino, se pueden encontrar miles de páginas web con todos los comentarios y experiencias de otros viajeros. Hay fotos, mil fotos, de cada lugar. Siempre hay un tipo de viaje para cada persona, y aunque hay muchos reacios a viajar, los números dicen que cada año viajan más personas en todo el mundo. Hay viajes para todos los gustos y para todos los bolsillos. Todo depende de nuestras exigencias y objetivos.
Viajando exploraremos lugares que nunca hubiéramos imaginado. Descubriremos joyas, tesoros lejanos, tierras prometidas, mares de otros colores, tierras secas y solitarias, playas vírgenes, lugares donde podremos encontrarnos como fuera del mundo, donde indagaremos en nuestro interior y donde podremos escarbar más allá de nuestras heridas y de nuestro pasado. Viajar nos abrirá la mente, de eso no hay duda. Nos enseñará muchas respuestas y nos aclarará muchas dudas pero, sobre todo, nos hará valorar todo eso que día a día lo damos por supuesto y que no apreciamos como deberíamos, aprenderemos a valorar las pequeñas cosas, los pequeños detalles. Amaremos viajar para distinguir la belleza en cualquier rincón del camino. Sea de la forma que sea hay que viajar.

Las guerras y el hombre

Publicado: 21 de junio de 2014 en Artículos
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‘Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos’
(Bob Marley)
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La guerra y el hombre. El hombre y la guerra. Unidos desde el origen y hasta el fin. Uno parece no poder existir sin el otro. El hombre inventó la guerra y la sigue alimentando. La creó, la estudió, la manejó, la extendió, la instituyó, la comercializó, la enseñó y la propagó. Las consecuencias de todas las guerras siempre han sido las mismas: pobreza, caos, muerte, violencia gratuita, miseria, destrucción. Todo un proceso negativo que termina de la peor manera posible. Siempre con ganadores. De eso se trata. Siempre con perdedores. El concepto de la guerra siempre es un tanto confuso. Se dice que dos no discuten si uno no quiere. Y, en la mayoría de los casos, así ocurre. Pero cuando dos no dan su brazo a torcer, la guerra es el medio para resolver el conflicto.

Los conflictos suelen aparecer entre dos o más individuos que se ven en una tesitura de intereses totalmente opuestos. Una situación de confrontación difícil de solucionar. El ser humano ama tener razón, y ama que se la den. Los argumentos pueden o no ser de una absoluta grandeza o no, eso puede quedar al margen. Pero el ser humano no se contenta con lo que digan al respecto de su conflicto con cualquier otro ser humano. Para solucionarlo, el hombre creó la justicia. Gracias a la justicia, se podían arreglar situaciones límite, condiciones que, a menudo, llegaban a un escenario sin salida. Pero existe algo más poderoso que la justicia, el mismo poder. El hombre se dio cuenta de que si tenía más poder que el otro siempre vencería. Para ostentar ese poder se pueden usar diversas condiciones: sobre todo la económica, pero también la numerosa, la talentosa y las ayudas externas y apoyos ajenos que se puedan conseguir.

‘Todas las guerras son santas,
os desafío a que encontréis un beligerante
que no crea tener el cielo de su parte’
(Jean Anouilh)
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El hombre ha sido agresivo desde que apareció en el Universo. Es un animal social que responde a las notas y al instinto de competición y a sus propias ansias de emoción y ambición. Una situación aparentemente sencilla y poco complicada puede convertirse en irrespirable. La convivencia social que ha existido en la raza humana ha propagado el sentimiento de imponerse por encima del resto. Ahí entraría también el carácter particular de cada individuo o masa social. Un conflicto individual puede convertirse en social y global. Los estudiosos del conflicto social siempre han abogado porque tanto los individuos como los grupos sociales buscan maximizar sus beneficios y sus calidades de vida. Lógicamente, esa forma de actuar genera conflicto con el resto. Y, finalmente, no es el objeto de interés en sí el causante de los conflictos, sino las situaciones o las maneras a través de las cuales se resuelve el conflicto. Para que alguien defienda una idea se debe acudir a la sociedad. Los grupos sociales y las acciones de esos individuos otorgarán la fuerza necesaria para poder conseguir el objetivo. Aquí llegaríamos a plantear como solución el consenso.

El consenso es el acuerdo. Puede ser entre dos o más personas. Pero la decisión que se tome por consenso no quiere decir que sea del agrado de una o ambas partes. Se acepta. Y, a veces, en la negociación, se pierde algo para poder ganar algo. Es la negociación. Unos individuos, unos grupos sociales o unas sociedades que actúan por consenso tienen mucho ganado. Son inteligentes, prácticos y ganan tiempo y energía. Puesto que es imposible poder imponer las propias ideas en todos los terrenos y circunstancias, aunque creamos tener razón. Cuando no hay consenso regresa el conflicto, esta vez acentuado. Y ante tal situación, las salidas ya son mínimas. O se impone una idea a la fuerza o por mayoría o la conclusión del conflicto será revolucionaria o violenta. Los elementos claves en este proceso son el grado de inteligencia entre las partes, así como su nivel de orgullo, ambos relacionados con las relaciones de los seres humanos.

¿Todas las sociedades son violentas? Todas, quizá no. Pero en alguna etapa de su historia sí lo fueron o lo han sido. Pues los conflictos se generan entre seres humanos, allá donde estén. Con el tiempo, muchas sociedades han aprendido cómo resolver los conflictos, mientras que otras siguen ancladas en las mismas soluciones violentas. Hay un gen de violencia en el ser humano, que se manifiesta tristemente muy a menudo, provocando daño o sometimiento a un individuo o a una masa o colectivo. Con la violencia se pierde el argumento, la razón. Pero si es fuerte, suficientemente fuerte, más fuerte que el otro que entra en conflicto con nosotros, saldremos como ganadores. Y el poder de la violencia nos garantizará sobrevenir la situación. Para muchos, las guerras traen aspectos positivos. Argumentan que potencian los desarrollos tecnológicos o que la muerte de muchas personas evita la sobrepoblación. Todos esos argumentos serían muy discutibles. Si en algo han servido las guerras en desarrollo tecnológico ha sido para mejorar las armas de combate. La evolución de las armas es un ejemplo claro de cómo el hombre no cesa en su empeño de mejorar su defensa y ataque en caso de conflicto.

Las causas de las guerras son múltiples, aunque siempre se generan por un deseo: ya sea de un terreno, de una disputa, de una ambición económica o por venganza u odio. Las ideologías han imperado en todas las sociedades, aunque es debatible que los millones y millones de hombres que integraron en alguna ocasión una guerra en cualquier parte del mundo supieran o estuvieran al tanto de esas ideologías en conflicto. La manipulación de varias personas hacia la masa ha sido y es una constante en el ser humano, puesto que, gracias a ello, se dispone de más número de efectivos en el terreno bélico. Las tácticas de manipulación de una sociedad también han evolucionado y mejorado con el paso de los siglos. Y ha sido el talento de los líderes políticos y militares los que han hecho posible esa realidad.

‘Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren’
(Jean Paul Sartre)
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Y pudiera parecer difícil y complicado que, con el paso del tiempo, algunas mentes sean capaces de manipular el cerebro de las personas para inducirlas e involucrarlas en un espacio bélico, pero sigue siendo así lamentablemente. El imperialismo de algunos hombres ha provocado millones de muertes. Cuando hablamos de imperialismo nos referimos a la actuación de una sociedad en sí, pero no nos damos cuenta de que los inventores de la idea y de la acción que conlleva han sido creadas por un determinado número de individuos y no por toda la sociedad. Millones de personas en todo el mundo y a través de la historia han sido obligadas a ir a una guerra, para defender principios e ideas por las que, en muchas ocasiones, no estaban de acuerdo. Para defender patrias, banderas y tierras que decían algunos que había que defender. Para ello se alzan palabras como la obligación o el honor, el orgullo y el deber. También muchos individuos aprovecharon su inclusión en un ejército ‘x’ para poder asesinar impunemente. Personas violentas por naturaleza, monstruos anónimos que, gracias al salvoconducto de una guerra, ha matado a diestro y siniestro, ya fueran ancianos, niños o mujeres.

Y para contrarrestar todo esta historia de guerras, el hombre creó también la idea de la paz. Una palabra llena de alegría y gozo que pocas veces llega a consolidarse. La paz es un estado idílico de sosiego, de buena convivencia entre individuos de una sociedad o sociedades. Una tranquilidad que debiera ser eterna. Todo lo opuesto a la guerra. Ejemplos de paz existen pocos, quizá son espacios o épocas determinados. La paz, como palabra, como acción, parece un tanto irreal. Y cuando existe parece circunstancial y efímera.

‘El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar’
(Sun Tzu)
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La guerra ha sido un instrumento político al servicio de un estado u organización con fines políticos. Es un elemento común en todos los países y culturas. Para muchos, es política pero por otros medios. Las formas de hacer guerra han variado. Para los romanos se trataba de expandir terreno e imperio, se trataba de conquistar dominios para incorporar pueblos al original. La evolución de las guerras ha sido constante. Hoy se establecen distinciones entre guerras y conflictos armados. Para que haya o exista una guerra debe ser ésta declarada por ambas partes. Para muchos es la defensa de unos intereses. Para otros la defensa de unos derechos. La guerra escapa a la razón. Todos los instintos más salvajes del ser humano relucen en un estado de guerra. Pero también los más tiernos. Los más cooperativos, los más empáticos. Se ayuda, se colabora, se piensa en los demás. Seguimos en guerra, aunque no sepamos ni en qué bando estamos…

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Cómo te llevas con tus ‘ex’…

Publicado: 20 de junio de 2014 en Artículos
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‘La experiencia no tiene valor ético alguno,
es simplemente el nombre que damos a nuestros errores’
(Oscar Wilde)
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Las experiencias que vamos adquiriendo durante nuestra vida nos sirven para ir acumulando conocimiento y sabiduría. Son esos pequeños instantes que, acumulados, van tomando cuerpo, forma y credibilidad, aunque no todos sepamos sacarles todo el provecho que atesoran. Durante nuestra vida vamos encontrando personas que son desconocidas en un principio y que, gracias al espacio tiempo, podemos ir conociendo con calma, con detenimiento y con mayor profundidad. Pero a unas más que a otras. Porque no todas se dejan conocer. Y porque tampoco a todas deseamos conocer. Es un juego continuo en el que nos vemos inmersos. Personalidades variadas, caracteres distintos, miradas que se cruzan, deseos que se encuentran, emociones espontáneas, roces inesperados, atractivos exóticos, pasiones desbordadas, amores imposibles, atracciones fatales.
En una vida son muchas las personas que vamos encontrando, y algunas de ellas llegan a ser íntimas. Las relaciones, como todo en esta vida, es una cuestión de tiempo. Y es el tiempo el que nos va marcando el camino. Tenemos el suficiente como para almacenar relaciones. Nuestras relaciones nos pertenecen. Las hay de todo tipo. Cada uno podría contar su historia. Las hay cercanas, próximas, juveniles, esporádicas, salvajes, ilusionantes, cortas, largas, vitales, inolvidables, rutinarias, aburridas, soñadoras, emocionantes, divertidas, necesarias, fantásticas, erróneas, energéticas, animadas, tristes, melancólicas, locas, extravagantes, increíbles, maduras, equivocadas, repetidas, quemadas, difuminadas, aprovechadas, deseadas, atormentadas, etc…
Esas relaciones pertenecen al pasado, a nuestro pasado. De todas ellas hemos sacado conclusiones. De todas almacenamos recuerdos. Muchos buenos, muchos malos. Algunos abandonados, otros inolvidables, pero todos, todos, están ahí. Dos personas conectan, tienden a atraerse, se unen por un determinado momento que dura lo que dura y, como todo lo que comienza, termina. Dos personas que comparten la parte más sensual de todas, la intimidad, la expresividad hecha movimiento, pensamientos, diálogos, roces, miradas, seducción, pasiones, comprensión, diversión y enfado. Todo lo bueno y todo lo malo se conoce, se comparte. Todo se descubre. Porque enfrentarse a una relación es abrirse y conocer algo nuevo cada día. Una sorpresa tras otra. Tanto por una parte como por la otra. Nos mostramos, nos dejamos conocer. Queremos conocer. Deseamos saber. Todo el misterio que rodea a esa persona es un reto que conseguir. Nosotros mismos somos un reto para el otro/a. Nosotros mismos nos convertimos en reto que descubrir. Nos quieren descubrir. Nos quieren conocer. Nos dejamos llevar…
Cuando las relaciones pasan y se terminan suelen quedar abandonadas en un cajón de poco uso. No todas. Pero sí muchas.  A todas esas personas que una vez fueron protagonistas de nuestra vida las denominamos ‘ex’. Es una calificación lógica. Fueron. Ya dejaron de ser. Estuvieron. O Nunca fueron. Eran durante un momento. Ya no están. Pero siguen ahí. Algun@s. Otr@s no. ¿Cuál es la razón por la que un/a ‘ex’ sigue estando presente en nuestra vida? Quizá la amistad, el cariño, el respeto, la compenetración perfecta de los dos caracteres, la madurez, el saber seguir sacando de esa persona todo lo que nos beneficia. ¿Por qué en otros casos la relación se deteriora, se termina y se olvida con tanta facilidad? Porque no hemos sabido conectar, porque quizá nunca conectamos, porque el error fue unirse cuando no había nada que nos uniera.
‘¿Al cabo de cuánto tiempo se olvida el olor de quien nos ha amado?’
(Anna Gavalda)
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En muchos casos, el fin de una relación deja un poso de tristeza, de vacío y/o de abandono. Por un tiempo nos sentimos perdidos, sin rumbo. Acaso porque el ser humano se acostumbra a las situaciones, a la rutina. No analizamos convenientemente si esa relación nos beneficia, nos hace crecer, nos complementa y nos hace felices. Sólo vemos que la hemos elegido y que la vivimos. Nos cuesta llegar a un punto en el cual aceptar que quizá ya no nos llena, o que nunca nos llenó, o que lo que creíamos que nos llenaba nunca fue cierto. Una parte de mentira hacia nosotros mismos se alimenta desde nuestro propio cerebro, y el error cometido cuesta admitirlo. A veces, el fin de una relación convierte a ese ‘ex’ en un personaje non grato, que deseamos hacer desaparecer de nuestra vida para siempre y de nuestra mente cuanto más rápido posible. Lo que una vez fue pasión puede convertirse en el futuro en algo poco agradable, un problema, una situación que resolver. Esos ‘ex’ son defenestrados hacia una tierra bien lejana, casi fuera de nuestros mapas. No esperamos nada de ellos. No los necesitamos nunca más en nuestras vidas.
Pero en otros muchos casos, la relación que acabó sigue presente pero de otra manera. Una forma distinta. Ya no como pareja. Ni como relación íntima. Nos une entonces algo más que una simple amistad. Es un vínculo innegable, valioso, que nos hace mucho más fuertes a ambas partes. Conocemos mucho el uno del otro, y lo utilizamos para nuestro presente y nuestro futuro, ya sea consultando, hablando, comentando, analizando o compartiendo. Puede que ese ‘ex’ se convierta en un confesor, en un terapeuta, en un interlocutor completamente básico y perpetuo con quien despejar dudas. Una persona que tenemos allí, ahí, aquí, siempre… Y lo valoramos como tal. Como merece. A veces, los ‘ex’ se convierten en personas imprescindibles, donde la naturalidad y el respeto sobresalen, donde el interés se perdió y quedó la complicidad, donde se puede intentar siempre algo más, sin vacilar, sin miedo y sin precaución. A veces, un ‘ex’, puede tender esa mano necesaria, puede prestar ese oído callado y atento que paciente escucha, puede ofrecer ese abrazo deseado en medio de una tormenta de pensamientos y de problemas, puede representar la necesidad del momento, la voz cálida, la mirada compasiva y el comentario que abre puertas. Muchos de esos ‘ex’ nos conocen muy bien y pueden aconsejarnos desde otro punto de vista. Y tú, ¿qué tal te llevas con tus ‘ex’?
‘Una experiencia nunca es un fracaso,
pues siempre viene a demostrar algo’
(Thomas Edison)
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Las drogas y el ser humano

Publicado: 6 de junio de 2014 en Artículos
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‘En una cultura no orgiástica, el alcohol y las drogas son los medios a su disposición’

(Erich Fromm)

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La relación entre las drogas y el ser humano está perfectamente constatada. Ha sido una relación debida a diversas razones, pero siempre y, a través de la historia, ha permanecido unida con el paso de los siglos. La humanidad siempre ha hecho uso de las drogas, tanto a nivel social, medicinal, religioso y/o personal.  Negar esa realidad y esa evidencia no sirve para profundizar a la hora de pararse a pensar en el porqué su uso nunca mengua si no que, muy al contrario, sigue aumentando. Las antiguas civilizaciones utilizaron las drogas para provocar estados alucinógenos excepcionales. Lo que provocaban era adivinar el futuro. Drogas que salían de la tierra, como hierbas, que se fumaban o inhalaban, ejemplos claros de ello podrían ser el cannabis o el peyote. Según la sociedad o la cultura la droga variaba, pero existía de una forma u otra.

Se anhelaba conseguir el éxtasis, el sentimiento más efervescente, el más valiente, el que pudiera saciar el ansia, el que pudiera combatir el miedo, la incertidumbre. Se deseaba ser gigante a pesar de las limitaciones, y por momentos se conseguía. Se trataba de llegar a los dioses, de tocarlos, de acercarse lo máximo posible a sus terrenos para conseguir su gracia, su fuerza o su vitalidad. Se trataba de conocer el futuro, el tiempo que iba a llegar, el destino que iba a deparar. Era una búsqueda continua para encontrar respuestas, para encontrarse tanto a nivel individual como colectivo.

El ser humano ha intentado desde siempre alcanzar un estado de trance que le permitiera abarcar lo que en la realidad no podía. Idealizar, imaginar, soñar, pensar en el más allá, rozar el cielo, volar, bordear los límites, creerse superior, separar el alma del cuerpo, independizarse de uno mismo, viajar hasta el infinito, considerar el transcurso de la vida como un trámite, como un camino hacia la muerte, intercalando mitos, creencias e ideologías. Antiguamente, se apelaba a los sentidos más primitivos: el olfato y el gusto. Aspirando humos, ingiriendo hongos. Fumando se combinaba ambos. Se trataba de maximizar el sentido de la vista y del oído también. Las cosas podían parecer diferentes, sentirse diferentes, escucharse diferentes.

Con la evolución, el ser humano se da cuenta de que puede utilizar esos tratamientos a nivel medicinal. Y ahí se crea la industria especializada. Ya comenzó con los griegos y sus herbolarios. Aunque la droga favorita de los griegos de la época era el vino. El vino se convirtió en el protagonista de todas las fiestas, cuanto más se tomaba significaba que se disfrutaba más de la fiesta. Pero los remedios caseros se multiplicaban con las generaciones. El uso de las drogas ya se consideraba peligroso entonces, aunque nunca se dejaron de usar. El vino ayudaba a quebrantar el miedo reinante, daba ánimos, alegría y heroísmo. Donde se tomaba se formaban grupos dispuestos a celebrar, reuniones que se pusieron de moda y que se prolongaron a lo largo de los siglos hasta nuestros días.

El vino dio paso a la cerveza con la Edad Media, la cual se tomaba con mandrágora rayada en algunos lugares. Las hierbas se pusieron cada vez más de moda y los herbolarios ya eran habituales en todas las ciudades de Europa. En esa época destacó un hongo alucinógeno que provocaba fenómenos masivos: el cornezuelo de centeno. Con el paso de los siglos los nuevos usos y costumbres trajeron el consumo del café, pero también de la canela y del chocolate. Muchas drogas causaban la distorsión de las imágenes, así como alucinaciones. Y el consumo estaba relacionado con diversos estados emocionales. Se podía consumir por nostalgia, por tristeza, por depresión, pero también por alegría o por simple placer. La euforia estaba ahí, se podía conseguir fácilmente. Se estimulaba la mente, se atenuaba el cansancio, se agilizaba el pensamiento, se multiplicaba la fantasía.

Las drogas se fueron haciendo cada vez más populares. Cada consumidor buscaba algo distinto con ellas. Desde espacios sensoriales nuevos y nunca descubiertos, hasta momentos para resolver esos problemas imposibles. Esos estados especiales, nunca descubiertos, que de repente brillaban y se esparcían en la mente, espacios soñados, imaginados. Ahí aparece el éxtasis, la marihuana, la cocaína, las pastillas, los alucinógenos, el opio, el hachís, la heroína. Pero, curiosamente, algunas se convirtieron en legales y otras en ilegales. En la actualidad, se define a la droga como la sustancia que se usa sin fines terapéuticos, que alteran los aspectos afectivos cognitivos y conductales. Lo que se denomina sustancia psicoactiva.

Existe ahora una hipocresía acerca del consumo de drogas. Mientras algunas son legales y se administran en establecimientos creados para tal fin, y mientras la industria farmacéutica se enriquece año tras año gracias a la venta de medicamentos que provocan la dependencia de su consumo, surge una tendencia moralista que predica la prohibición de las drogas, cuando se sabe que el consumo seguirá existiendo, que el mercado negro seguirá enriqueciéndose a su vez, que la violencia que deambula alrededor de ese mercado negro no se detendrá, que la lucha contra ello ha sido y es inútil. Quizá lo que se alienta es que ese mercado negro continúe, puesto que el dinero generado irá a parar a muchas manos. El consumidor de drogas seguirá existiendo con el paso de los años, de las décadas y de los siglos, puesto que el consumo de drogas está relacionado íntimamente con la vida del ser humano. Eso no cambiará. Esa es la realidad. Tan sólo hay que entender que la búsqueda y el uso de las drogas es tan natural como el resto de las costumbres de la raza humana.

 

‘Hasta que tengamos un conocimiento más preciso de la electrónica del cerebro,

las drogas seguirán siendo una herramienta esencial

del interrogador en su ataque a la identidad del sujeto’

(William Burroughs)

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La época que nos ha tocado vivir

Publicado: 5 de junio de 2014 en Artículos
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PerroflautaDylan

‘No creas en el tiempo y cree en el ahora, que es lo único que sabes con certeza…’

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Si nos preguntaran en qué época nos hubiera gustado vivir seguramente la mayoría elegiría otra distinta a la que le ha tocado. Una de las razones es por lo que imaginamos acerca de esa época, por lo que hemos leído, visto, o por lo que nos han contado. Cada época tiene lo bueno y lo malo. No hay una época que marque más que otra. Es más cuestión de azar. Nacemos, y en ese preciso momento, nos instalamos en una sociedad ‘x’ que se ubica en un lugar ‘x’. Hay muchos tipos de vida en una misma época. No tiene nada que ver la vida que lleva un ciudadano de Australia con uno de Mozambique, como tampoco tiene nada que ver la vida que pueda tener un iraní con un hondureño, por ejemplo.  Cada época es distinta, pero a la vez, en cada lugar es distinta también. Todo depende de muchos factores. La sociedad de un lugar a otro cambia por completo, las costumbres, la economía, las opciones, las normas, etc. No podemos imaginar una época cualquiera porque habría que saber primero dónde estaríamos viviéndola. No es lo mismo vivir en los sesenta en Inglaterra que en España, como tampoco lo era vivir en los años veinte en Francia o en Brasil. Los factores determinantes y sus características particulares deberían ser analizadas profundamente antes de tomar una decisión, aunque sea ficticia, porque la época que nos ha tocado vivir es la que tenemos en nuestras manos ahora mismo.

Seguramente, si hubiéramos podido decidir en algo acerca de cómo queríamos que fuera la época en que vivimos, habríamos hecho mil cambios, habríamos añadido mil cosas que no hay, y habríamos eliminado otras tantas que creemos que sobran. La evolución del ser humano viene marcada por los acontecimientos. Por un lado, se ve esa evolución en la tecnología, en las máquinas, en los adelantos; pero, por otra parte, parece que la sociedad global sigue anclada en el pasado y en épocas anteriores en muchos aspectos, y parece que se hace difícil desprenderse de esas herencias. Las opiniones al respecto y ante temas tan generales podrían ser numerosas y de mil interpretaciones posibles. Cada uno tiene en su mente lo que le gusta y lo que no de lo que vive a diario. Nos guste o no las cosas suceden, se repiten y parece que ya son habituales. Nos acostumbramos a ellas, y debemos hacerlo. Las cosas que se van sucediendo tienen fecha de caducidad, pero nunca sabemos a ciencia cierta esa fecha, con lo cual toca lidiar con todo hasta que algo desaparece o algo nuevo aparece.

 Cada uno vive su época a su manera, e incluso los que viven en un mismo ambiente, entorno o sociedad pueden vivir su época de forma diferente. Las sensaciones, las compañías, las experiencias y las emociones varían de uno a otro, así como la forma de encarar el día a día. Cada uno desprende una energía, una forma de ser. Un carácter que se va estableciendo según las vivencias, por lo tanto, lo que se va descubriendo adquiere tonos y estilos distintos. Las formas de ver todo varían según el día, el momento y el estado de ánimo. Nuestra época no es mejor ni peor que otra. Nuestra época es la que es. Además no hay otras donde poder elegir. Teniendo esto claro, no vale de mucho quejarse continuamente sobre la situación que nos ha tocado, o repitiendo aquélla en la que nos hubiera gustado estar inmersos. Nos ha tocado una época que varía a una velocidad impresionante en muchos factores, pero que en otros tantos parece seguir estancada. Hay que intentar por todos los medios que la forma de transcurrir por nuestras vidas tenga un sentido, y ese sentido se lo tenemos que dar nosotros. Porque, a fin de cuentas, muchas de las situaciones que vayamos a vivir dependerán de nuestra actitud y de nuestra decisión. Todo ocurre, pero ocurre por algo. Algunos tratan de reaccionar y otros se dejan llevar.

Y dentro de una vida pueden aparecer diferentes períodos. Son etapas tras etapas, incluidas dentro de una época, dentro de una vida. Vamos abriendo y cerrando etapas casi sin darnos cuenta, y nada tiene que ver la vida que llevábamos hace veinte años a la que llevábamos hace cinco. Si echamos la vista atrás nos daremos cuenta de que vamos adquiriendo experiencias de vida, que actuamos según éstas, y que reaccionamos muchas veces por el conocimiento que ya hemos adquirido anteriormente. Vamos cambiando porque vamos evolucionando, aunque esto no ocurre con todas las personas. Pero, dentro de esa evolución, surgen cambios, muchos cambios, que nos permiten ver variantes, que nos dejan reinventarnos tantas veces como deseemos o como seamos capaces de realizar. Evolucionamos dentro de la evolución, nos transformamos dentro de nuestra propia transformación. Vamos moldeando nuestra forma de pensar a medida que los acontecimientos se suceden.

Y lo único seguro que tenemos es que nuestro período tiene fecha de caducidad, aunque nunca sepamos cuándo será. La muerte nos define el final de un camino. Y todo ese camino es nuestro período, nuestra época. Algunas veces queremos regresar al pasado, pero en el futuro querremos regresar más veces al presente. La conclusión es que pensando en el pasado que pudo haber sido y el futuro que podrá ser nos vamos perdiendo lo que está siendo. Intentamos adivinar lo que vendrá sin darnos cuenta de que lo que estamos viviendo en este mismo instante es enorme, intenso, inolvidable e irrepetible. La pasión de un momento no tiene límites, y tampoco volverá. La belleza de ese segundo mágico no tiene parangón. Lo sabemos. Pero, aún así, no reparamos en ello. Seguimos actuando igual. Imaginando lo que podría haber sido, arrepintiéndonos por lo no hecho, creyendo que todo podría haber sido diferente, albergando dudas y más dudas y sin conseguir las respuestas. Más pendientes del mañana que de hoy. Y así vamos pasando las épocas, las etapas, los años y los días, entre horas muertas y segundos sin sentido, analizando pasados ya muertos que sólo habitan en nuestra mente, que sirven pero que no dominan, con futuros indefinibles y opacos, siempre sorprendentes, a menudo inútiles, porque esos presentes que vamos dejando escapar ya no vuelven.

‘Coged las rosas mientras podáis
veloz el tiempo vuela. 
La misma flor que hoy admiráis, 
mañana estará muerta…’
(Walt Whitman)
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Neopan+400+(1)

Hamacas

Publicado: 24 de mayo de 2014 en Artículos
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‘El arte del descanso es una parte del arte de trabajar’
(John Steinbeck)
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El término ‘hamaca’ viene del idioma taíno y significa ‘red para pescado’. También procede de otra palabra americana ‘chinchorro’ que significa red de pesca. El uso de esas hamacas fue ideado para descansar en medio de la faena de la pesca y en lugares apartados de la propia casa. Realmente son una serie de hilo de fibras vegetales muy resistentes, ya sean de cáñamo, de cumare o fique, bien anudados y con mucha resistencia. Lo cierto es que las hamacas están hechas de diversos materiales, pero su calidad depende, sobre todo, de la calidad y del número de hilos utilizados. Su origen está en el Caribe y es una parte fundamental del decorado caribeño. Es muy utilizada y se ha exportado la idea a todo el mundo. Incluso en el mismo Caribe se utilizan dentro de las casas y todas ellas tienen ganchos en sitios estratégicos para colgarlas.

Su uso comenzó a ser popular a principios del siglo XVII por los marineros de los barcos que llegaban a puerto tras la pesca. Aunque parece ser que su uso tiene ya más de mil años. Los marineros las utilizaban en los barcos, pues la hamaca suele moverse al ritmo del barco y el que la usa no tienen problemas o riesgos de ser arrojado al suelo. Originalmente, se utilizó el algodón para fabricarlas, aunque también se usó la cabuya o la pita. Se teñían con tintes vegetales y con mucha variedad de diseños, colores y tamaños. En la actualidad, el material más utilizado para su producción es el polipropileno, y en muchos lugares se ha retrocedido a los orígenes de su fabricación y se vuelve a utilizar la fibra vegetal. Ya en el siglo XVII su uso se extendió gracias a todas las compañías comerciales navieras que recorrían el Caribe y que apreciaron sus características para el descanso.

‘La lectura, la reflexión y el descanso guardan al corazón de pensar tonterías’

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Nadie se extraña de verlas en cualquier hogar del Caribe o en el sur de México. Muchos lugares de costa también la han añadido a su decorado habitual. Su origen era maya. Hoy no es raro observar su uso en casi todos los países de Latinoamérica. En el sur del continente se distingue de la conocida ‘hamaca’ (columpio) denominándola ‘hamaca paraguaya’. Una de las zonas más famosas por su producción es la zona del Istmo de Tehuantepec (México). Un poco más al norte se encuentra la localidad de San Pablo Yaganiza, donde se fabrica una hamaca única, y que ahora también se fabrica en España gracias a artesanos textiles. Pero llama la atención que, con el paso de los siglos, su fabricación artesanal no haya variado casi nada, con lo cual se puede valorar mucho más el gran invento que tuvieron los pobladores de la zona hace más de diez siglos. 

Para muchos pobladores de lugares cálidos y rurales, la hamaca es el lugar ideal donde dormir. Muchos la sustituyen por la tradicional cama. La costumbre y la comodidad son buenas razones para ello. Las  primeras hamacas se tejieron gracias a la corteza del árbol conocido como Hamack. Esa hamaca original se convirtió en la cama de muchos millones de indígenas de la época. La evolución en los materiales se multiplicó, así como el uso de colores y diseños. Gracias a los conquistadores españoles, la hamaca llegó por fin a Europa. De hecho, el uso de la hamaca en los barcos europeos duró casi tres siglos. Ahí se utilizó un tipo de lona impermeable, poco higiénica, más estrechas y más incómodas. Los ingleses introdujeron su uso incluso en las prisiones. No sólo era cómoda sino que ahorraba espacio.

La visión y el uso de la hamaca en la actualidad están relacionados con el descanso, las vacaciones y el ocio. Cualquier viajero que recorre algún país caribeño no tarda en usarla, en dormir sus siestas en ella, leer un libro o contemplar una puesta de sol frente al mar. Dan sensación de tranquilidad y de descanso. Sólo verlas uno puede caer en la absoluta paz y escapar de todas las preocupaciones. Otro buen uso es cuando cae la noche y el calor y la humedad de esos países caribeños hacen que el dormir en una cama convencional cueste más de la cuenta. Ya es habitual verlas en terrazas, jardines y salas de estar de medio mundo, sobre todo donde el calor hace mella.

Una hamaca se mide en cuartas, una medida tradicional basada en el espacio que se abarca con la mano abierta (unos 20 cm.) Un tamaño normal está sobre 10 y 11 cuartas. El largo se calcula en cuartas, pero no el ancho, puesto que la hamaca se estira. Para fabricarla, lo primero es forma la orilla, luego la hamaca, lo que se conoce como cuerpo. Cuando se termina una porción de 20 vueltas se llama franja, un total de 80 hilos, 40 de guía y 40 de lanzadera. El número de mallas a utilizar varía según el largo de la hamaca, pero también del tipo de material y de la figura de la red. Al terminar la hamaca se coloca la otra orilla. Para terminar se forman los brazos, por donde cuelgan las hamacas, normalmente de un material mucho más grueso. Lo ideal es que todos los hilos del brazo sean exactamente del mismo largo para que la hamaca no se deforme al acostarse en ella, ni forme un incómodo lomo en el centro.

‘Descansar demasiado es oxidarse’
(Walter Scott)
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Gente que no sabe lo que quiere

Publicado: 22 de mayo de 2014 en Artículos
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sociedad del conocimiento
‘Vale más saber alguna cosa de todo, que saberlo todo de una sola cosa’
(Blaise Pascal)
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En la Era de la Información muchísimos millones de personas andan desinformados. Ese nombre se dio al período en el que el flujo de información se volvió más rápido que el movimiento físico. Se inició a mediados del siglo XIX con la invención del teléfono y el telégrafo, pero se desbordó con la llegada de internet en el siglo XX. La velocidad por la que navega la información es indudablemente más rápida que la capacidad del ser humano para administrarla, canalizarla y analizarla. Incluso en muchas ocasiones, nos vemos desbordados por la cantidad de información que podemos llegar a recibir en unos breves minutos. Hemos pasado de tener que perder mucho tiempo para encontrar información selectiva con respecto a un tema que nos interesaba, escudriñando entre estanterías de libros de biblioteca, preguntando a todo aquel que teníamos alrededor y que pudiera ser capaz de tener algún tipo de conocimiento al respecto, incluso abandonando búsquedas deseadas por el mero hecho de no saber cómo encontrar información acerca de ello, a tener que filtrar miles y miles de inputs que nos llegan desde cualquier medio, ya sea televisión, radio o redes sociales. Digamos que estamos un tanto saturados de información, y mucha de ella ni siquiera la analizamos convenientemente, simplemente la vamos introduciendo en nuestro disco duro particular y sin tiempo para dedicarle la debida atención.
El ser humano es adicto a interesarse por cosas. Cada uno con lo suyo, pero no por eso menos inquieto. Lógicamente, hay muchas personas que se interesan por diversidad de materias, mientras que otras no tanto. La diversidad de caracteres entre las personas hace necesaria la distinción entre ellas. Pero el ser humano se interesa por cosas. Eso es un hecho comprobado. Ese interés es el que provoca el descubrimiento de placeres, bellezas, sabiduría, experiencia y emociones. Sin el interés estamos perdidos. Por esa ley de la inercia nos vamos decantando hacia una cosa u otra, derivando y seleccionando entre la gran gama de oportunidades que van apareciendo. Y, gracias a esa misma inercia, vamos sorprendiéndonos. Es un proceso lógico, como el caminante que va descubriendo paisajes a medida que va avanzando.
‘El saber y la razón hablan; la ignorancia y el error gritan’
(Arturo Graf)
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Pero una cosa es el interés y otra muy distinta es el conocimiento. Saber o no saber, he ahí la cuestión. Muchas veces opinamos sin conocer realmente. Un error y un defecto muy habituales en la mayoría de nosotros. Nos cuesta aceptar que no sabemos sobre algo y queremos hacer creer que sí sabemos, cuando el que sabe adivina al momento que no tenemos ni idea de lo que estamos hablando. Saber algo sobre algo no indica saber acerca de eso. Sabemos porque lo hemos leído, nos han contado, nos han dicho, nos lo imaginamos, pero no sabemos. Y tampoco pasa nada por no saber. Cuando descubres que no sabes sobre algo y tienes interés en ello lo primero que harás es dedicarle tiempo para realmente conocer acerca de lo que te preocupa, te interesa y te llama la atención. A veces nos interesa la búsqueda de la verdad, para luego inventarla como si nada si no encontramos respuestas. Quizá la experiencia acumulada nos sirve en determinados momentos como verdades, puesto que a ella nos encomendamos al carecer de otros recursos. Lo que ocurre es que a lo mejor nuestro interlocutor puede tener una experiencia diferente, con lo cual reaccionará de forma distinta y a lo mejor no opinará como nosotros. También debemos contar con ello. La verdad absoluta es difícil de atesorar. Son certezas simplemente.

Actuamos según la motivación, la circunstancia, la experiencia. Sabemos lo que sabemos en ese preciso instante. Nada más. Nuestro conocimiento es limitado, y sólo de nosotros depende aumentarlo. Y lo mismo ocurre cuando se pregunta a alguien por lo que quiere. Es difícil de saber. Con lo poco que sabemos no nos llega para saber todo lo que queremos. Deseamos. Mil cosas. Mil cosas que van variando según el momento, el día, la sensación y la compañía. Tenemos muy pocas veces claro lo que queremos. Y unos más que otros. Y hay mucha gente que no sabe lo que quiere, tal vez por desconocimiento, por indecisión, por mera falta de concentración al respecto. Muchos se basan en ir eliminando lo que no quieren, como algo mucho más práctico, algo mucho más eficaz. A pesar de toda la información que les llega a muchos, se les hace terriblemente complicado saber decidir entre lo que quieren.

‘Cada día sabemos más y entendemos menos’
(Albert Einstein)
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No son cosas concretas; no es nada general. Se trata de averiguar precisamente lo que se desea como proyecto, como idea y/o como planteamiento. Otra cosa será conseguirlo o no. En eso tendrán que ver otros factores como, por ejemplo, nuestra dedicación, nuestra fortuna o nuestro esfuerzo. Pero no todo depende de nosotros y saber o no puede simplemente servir para encauzar los acontecimientos. Una gran debilidad en nuestros días es la inseguridad y la duda constante. Y sobre esa duda se deshoja la margarita mil veces hasta que no se consigue la respuesta adecuada. Una multitud de personas siguen con el signo de interrogación en sus cabezas a todas horas, sin encontrar la salida, o la entrada, o simplemente una puerta que les oriente hasta el siguiente paso. Muchas personas se adhieren a la duda que les atenaza como forma de ser, excusándose en quién sabe qué para seguir esperando a que alguien les haga tocar la tecla correcta. Mucha gente no sabe lo que quiere. A algunos de ellos les inquieta, les motiva seguir indagando qué puede ser; mientras otros ni se preocupan en conseguirlo. Son diferentes formas de encarar la vida, el futuro y el día a día de cada uno. Mucha gente siguen sin motivación caminando sobre la senda de la rutina, dejándose llevar, esperando que alguien les dé un empujón o les aparte del camino, que les incite a hacer algo o que les sorprenda con algo insospechado. En cualquier caso, la indefinición es norma general. Vivimos tiempos de tremenda confusión. Una inmensa mayoría no sabe lo que quiere y va deambulando en el espacio de su mundo. Seguirán esperando. Seguiremos observando. 

Lesbianismo… ¿La próxima revolución?

Publicado: 10 de mayo de 2014 en Artículos
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‘Disfrutemos de la lujuria,

el sexo y la pasión,

hagamos el amor cada día y jamás digamos que no’

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Lo más natural en el ser humano es el sexo. Pese a quien le pese. Ese proceso de combinación de dos cuerpos o más sea cual sea su sexo. El sexo es instintivo, es naturalidad en grado máximo, es la suma de muchas sensaciones. Es la espontaneidad mezclada con el deseo. Y, ¡qué lástima que sólo existan dos sexos! En la variedad está el gusto y en el sexo la limitación es obvia. Tan sólo hay dos. Algunos se decantan por el sexo contrario, otros por el mismo, algunos por los dos y los menos por ninguno (aunque no se lo crea nadie). Pero imaginarse entre una variedad de sexos y adivinar la cantidad de variantes posibles provoca una sonrisa cómplice.

La homosexualidad es tan antigua como la heterosexualidad. Pese a quien le pese. Ya en la Antigua Grecia era habitual. Y ya los poetas de la época daban por hecho que todos los hombres podían tener un deseo homosexual en algún momento de sus vidas. Curiosamente, incluso esa práctica homosexual de la época era machista, pues aunque estaba considerada normal, no lo era el lesbianismo, puesto que se entendía a la mujer como garante de vida humana y de reproducción; mientras que al hombre se le entendía su derecho al placer aunque fuera con otro hombre. En la Antigua Roma había diferentes opiniones al respecto de la homosexualidad, pero era frecuente que un hombre penetrara a un esclavo o a un joven, aunque si ocurría lo contrario era considerado como una desgracia. Durante la Edad Media, la iglesia católica se encargó de perseguir a los homosexuales, argumentando que la sodomía podía estar relacionada con la herejía. Y hasta el siglo XVIII era una práctica habitual quemar en la hoguera a los homosexuales. Y el paso del tiempo, la llegada del siglo XX no mejoró la situación. Famosa fue la persecución nazi contra la homosexualidad, argumentando que era un defecto genético. Una fase de la historia alemana totalmente distinta a la del siglo XIX donde Berlín fue uno de los centros con mayor movimiento homosexual en toda Europa. En la actualidad, se puede decir que todo depende de donde se viva. Todavía sigue habiendo persecución en muchos lugares del mundo, mientras que en otros ya están reconocidos los derechos a la persona a elegir sobre su orientación sexual y la unión civil es ya un hecho.

Un dato curioso ocurrió en mayo de 1990 cuando la OMS (Organización Mundial de la Salud) excluyó la homosexualidad de la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y otros Problemas de Salud. ¡En mayo de 1990! Lo cierto es que la lucha por el reconocimiento al derecho de una persona a elegir su sexualidad ha sido constante. Y en muchos países reconocer ser homosexual ya no provoca escándalos ni sorpresas, aunque en muchas de las ocasiones la sociedad lo apruebe por ser un pensamiento mayoritario. En muchas sociedades occidentales se defiende mayoritariamente la homosexualidad y sus derechos. Y el hombre homosexual ha ido ganando terreno en todas las esferas. En muchos momentos incluso se ha creado hasta una popularidad que parece excesiva, aunque es más debido a las modas que a otros conceptos.

‘El sexo forma parte de la naturaleza.
Y yo me llevo de maravilla con la naturaleza’
(Marilyn Monroe)
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lesbianismo

Con el lesbianismo la historia se repite. Ha estado presente desde los tiempo más antiguos del ser humano. Parece que socialmente apareció mucho más tarde que su versión masculina, debido quizá a que el desarrollo del papel de la mujer en la sociedad fue mucho más lento provocado por  todas las barreras que tenían en su camino, ya fueran religiosas, familiares, morales o sociales. Considerada desde siempre como una minoría continúa siendo hoy para muchos un tema tabú y del que poco se habla. Lógicamente, el machismo generalizado ha dado mucha más importancia al hecho homosexual masculino que al femenino, creando una tela de opacidad a la hora de hablar del lesbianismo abiertamente como se ha hecho con la homosexualidad. En muchos casos, ha pasado inadvertida, desvalorizada o poco difundida. Y, por supuesto, nada aprobada y siempre criticada. Se dice que la relación íntima entre dos mujeres puede ser incluso muy fuerte habiendo o no relaciones sexuales de por medio. Pero eso se podría decir también de la relación entre dos hombres. 

Los primeros grupos feministas creados en EEUU consiguieron crear organizaciones de mujeres que defendían el derecho de las lesbianas. Y de ahí que para muchos hombres, el feminismo estuviera ligado al lesbianismo. Nada que ver por cierto. El feminismo tiene su argumento en la defensa de los derechos de las mujeres, sea cual sea su condición social, sexual o religiosa. Ese movimiento surgió en los años setenta, una época clave en el desencadenante de un nuevo movimiento social mundial dominado por el revolucionario ideario de los grupos hippies y de la contracultura. Fue un momento clave también para la liberación sexual de la mujer, y el lesbianismo no iba a quedarse atrás. Pero para muchas sociedades ancladas en el pasado y con un pensamiento profundamente machista, la idea y el concepto lésbico parecía incluso de otro planeta. Poca información, mucho secretismo, infinidad de tabúes, todo era un conjunto que hacía perder toda la transparencia y naturalidad al tema.

Pero a pesar del paso de las décadas parece que hay algo que bloquea esa apertura social con respecto al lesbianismo. Muchas mujeres no quieren salir del armario todavía, y es que las sociedades (muchas) parecen no estar preparadas para ese fenómeno, por otra parte tan normal y natural. Siguen siendo demasiado noticia esas celebridades que gota a gota van saliendo del armario y anunciando su lesbianismo, y cómo se puede demostrar, sin reacción alguna. Quizá alguna sorpresa, como ocurre cuando un hombre se declara gay, pero no por eso se forma un morbo adicional con respecto a su persona. Cuando se actúa de forma natural y directa es cuando menos sorpresa y reacción hay. En cambio, cuando se alimenta el rumor y la especulación es cuando más se habla y se divaga con respecto a todo.

La revolución de las lesbianas todavía no ha llegado. Al menos, a voces. Es una lucha subterránea, inteligente, taimada y silenciosa que sigue creciendo a pesar de los rencores de muchos. Es una lucha que debería ser pública y abierta, tal y como está siendo la de los gays, pero quizá la modernidad es algo que está por llegar aunque se hable tanto de ella. Quién sabe cuando se producirá un estallido social que haga aparecer de repente el verdadero número de lesbianas en el mundo, que lo puedan transmitir sin miedos, sin complejos. Que se hagan ver y sentir de forma natural y no tengan que guardar las apariencias. Quién sabe cuándo se producirá esa revolución pendiente en todo el mundo. Sería un buen ejemplo de que las sociedades en general avanzan y no se estancan, una evolución lógica y que sigue pendiente de no se sabe qué. A qué estamos esperando, nos podríamos preguntar. Seguiremos esperando algo que ya debería haber sido noticia hace muchas décadas.

 

‘Sexo: lo que sucede en diez minutos
es algo que excede a todo el vocabulario de Shakespeare’
(Robert L. Stevenson)
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La estabilidad que no tenemos

Publicado: 8 de mayo de 2014 en Artículos
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‘Cuando nada es seguro, todo es posible’

(Margaret Drabble)

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Según la ciencia psicológica, la estabilidad emocional es uno de los cinco grandes factores de la personalidad en el ser humano. Los otros factores son: la extroversión, la apertura, la responsabilidad y la amabilidad. Y dicen los expertos que hay que saber diferenciar entre el temperamento y la personalidad. El primero, es la parte heredada y biológica; la segunda, es el resultado de la interacción entre el temperamento y la influencia ambiental. Uno de los problemas más generales en la sociedad moderna en la actualidad es el de la estabilidad emocional. Muchas personas se ven de repente en un mar de dudas, en una inseguridad continua, generada por problemas, vicisitudes o circunstancias negativas acaecidas en su vida. De repente, la angustia y el estrés se convierten en los protagonistas de sus vidas, bloqueándolas y no dejándoles actuar ni manejar sus acciones como deberían.
Lógicamente, en una vida, tenemos muchas fases. Algunas son positivas, otras negativas. Quizá ahí radique el atractivo de la vida. Nunca sabemos lo que nos va a ocurrir ni cuándo, ni tampoco conocemos cómo vamos a reaccionar ante tales hechos. En muchas ocasiones, no estamos preparados para encarar ciertos problemas. Tampoco nadie nos ha enseñado. Vamos viviendo y descubriendo. Y sobre la marcha reaccionamos. Hay personas que tienen una alta estabilidad emocional y solventan los problemas que van apareciendo. Otras, en cambio, no toleran tan fácilmente cualquier revés, cualquier situación de estrés o incomodidad. La vida nos va ofreciendo un sinfín de variedades, tanto de circunstancias como de emociones. Nosotros vamos respondiendo a esas vicisitudes según el momento, según nuestro carácter y nuestra experiencia.
Lo ideal es llegar a alcanzar una vida donde los imprevistos y los problemas se afronten de la manera más positiva, que maduremos ante emociones negativas o adversas, que sepamos lidiar con la nostalgia, la tristeza y la ansiedad. La confianza en nosotros mismos debemos ir ganándola poco a poco, es una batalla diaria en donde a veces salimos vencedores, y otras perdedores. Pero todo eso es muy fácil de decir y a la hora de ejecutarlo comienza el problema. Para muchos, la estabilidad es engañosa, rara vez aparece, ya sean motivos económicos, sociales, familiares, amorosos, las situaciones de inseguridad, de incomodo, de absoluta falta de ejes donde establecerse, lo cierto es que nos vemos a menudo engullidos por escenas que nos convierten en seres un tanto inseguros, no tanto por nuestro carácter sino por la falta de seguridades que se presentan a nuestro alrededor.
estabilidad_emocional
Si para muchas personas ya es un hecho y una realidad ser inseguros e inestables emocionalmente, nos podemos imaginar cómo debe agudizarse esa sensación con los vaivenes que observamos en la sociedad de nuestros días. Hoy es difícil asegurarse algo. Ya sea un trabajo, una vivienda, una relación, una amistad. Vivimos tiempos de inestabilidad total. Parece como si hubieses sido programada la situación actual por parte de los organismos que gobiernan el mundo. La gente suele acomodarse, suele acostumbrarse a situaciones de rutina; de hecho, se critica el hecho de que la mayoría nos ponemos cómodos en lo que los psicólogos denominan ‘la zona de confort’. Ese conjunto de límites personales e íntimos donde muchas personas se acomodan y renuncian a tomar nuevas iniciativas de cambio.
Cierto es que, a menudo, nos vemos a menudo atraídos por situaciones conocidas y familiares. Lo cercano y lo ya habitual suele ser más fácil de manejar. Frases tan trilladas como ‘más vale malo conocido que bueno por conocer’ indican a las claras que el mismo hecho de buscar algo nuevo oprime, causa inseguridad y miedo. Nos gusta tener todo controlado, o creer que lo tenemos todo controlado. Algunos, sin embargo, se lanzan a descubrir cosas nuevas todo el tiempo, con el ánimo de aventurarse en una búsqueda que les da vigor, ánimo, carácter y satisfacción. Otros carecen de ese ímpetu, acostumbran a quedarse paralizados, bloqueados y casi sin ninguna capacidad de poder cambiar o revertir una situación. Lógicamente, los que acostumbran a los cambios no les crea un desconcierto la falta de estabilidad social en todos sus ámbitos. Naturalmente, sería mucho mejor tener opciones bastante consolidadas, pero si, por circunstancias, la cosa se tuerce no supone un esfuerzo adaptarse a los nuevos retos. Cosa extremadamente complicada para el otro grupo de personas, donde cualquier varapalo, circunstancia adversa, revés o situación complicada supone una losa más a sumar a todas las que van transportando en su espalda.
Nadie está exento de vivir escenas estresantes, esas situaciones límite que nos ponen en momentos difíciles, donde las decisiones son importantes, donde a veces no podemos maniobrar debido a que no manejamos la situación concreta. Poseer una estabilidad a todos los niveles refuerza nuestra confianza y nuestra felicidad. Nos sentimos mucho mejor. Aunque quizá lo que más nos cuesta es valorar lo que tenemos. Con la inestabilidad reinante se acentúan los problemas cotidianos, ya sea en el mundo personal, laboral, familiar y amoroso. Lo podemos observar a nuestro alrededor. Las situaciones habituales que se viven en la actualidad provocan malas caras, malos comportamientos, mala educación. Las formas de tratarse los unos a los otros se van perdiendo. La rigidez, la tirantez y la crispación son habituales. Parecen gobernar el comportamiento humano social. Los insultos, las malas caras, la falta constante de sonrisas y de muestras amables ya forman parte de nuestra rutina. Cuando alguien se comporta de forma educada con nosotros nos llama la atención, cuando debería ser al contrario. La empatía se ha evaporado y se ha transformado en un ‘sálvese quien pueda’ bestial y mayoritario.
Nos vemos abocados a vivir escenas de inestabilidad diariamente. Una ruptura sentimental, un fracaso laboral, una idea o proyecto frustrados, un despido inoportuno, una decepción de alguien especial. Y ante tales escenas muchos no saben cómo reaccionar. La baja autoestima provoca crisis de identidad. Circunstancias ajenas y negativas van minando el camino, no deja ver el horizonte y los problemas parecen enormes. Un simple cambio de perspectiva haría que lo que se encuentran fuera más relativo, pues ahí radica la clave del asunto, en la relativización de la situación. Pero también el mismo hecho de confiar más en uno mismo, de tener más confianza en lo que hacemos y porqué lo hacemos. Ante situaciones contrarias debemos saber valorar nuestro talento nuestra capacidad para no dejarnos vencer por la realidad. Todo es más simple de lo que parece. Nada es tan complicado y siempre hay una salida. La estabilidad no debe ser un objetivo de vida, será tal vez, un escenario temporal en momentos de nuestra vida, pero la inestabilidad siempre anidará junto a nosotros, hasta que la veamos como algo natural y nada desconcertante. Será entonces cuando la miremos de tú a tú y sin darle demasiada importancia.
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Las relaciones de ayer y de hoy

Publicado: 7 de mayo de 2014 en Artículos
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‘Nunca subestimes el poder de las palabras

para aliviar y reconciliar las relaciones’

(Roberto Pettinato)

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Todo lo que se escriba sobre las relaciones de pareja será poco o nada si deducimos lo que se puede llegar a leer y a escribir sobre este tema. Las ideas, las opiniones, las experiencias son tantas que se haría difícil resumirlas todas en unas páginas. Cada uno tiene su propia visión del asunto, al igual que su propia herencia, su pasado, su vivencia. Nadie tiene la verdad absoluta, ni tampoco merecería poseerla. Porque las relaciones tienen ese punto de misterio, de intriga, de aventura que otorgan por sí mismas el vestigio de algo nuevo, de algo por descubrir y por vivir. Por muy mal que nos hayan ido las anteriores siempre habrá un momento en que nos veamos con la entereza de embarcarnos en una nueva, ya sea por necesidad, por vitalidad o por simple curiosidad. Por muy malas experiencias acaecidas en el pasado, siempre habrá un rinconcito en nuestros corazones que dejaremos vacío por si acaso alguien en el futuro puede llenarlo de otra manera.

Describir las relaciones de hoy se hace muy complicado. Hay mil circunstancias, mis características que las hacen diferentes a la de nuestros padres, abuelos y resto de generaciones anteriores. Hay mil matices que tener en cuenta, mis situaciones, mis particularidades, mil visiones. Hay que suponer que para analizar una relación hay que hacerlo ante todo con la cabeza bien fría. Puesto que todo lo que hagamos de forma espontánea, caliente y pasional nos llevará a no ver con claridad los pormenores y los detalles del asunto. Pero para analizar una relación no basta con la cabeza fría, hay que estar dispuesto a aceptar lo que ha sobrevenido, lo que ha acaecido y lo que hemos sentido. Quizá en ese transcurso sacaremos a la luz verdades que nos sorprendan, que nos duelan, que nos hagan ver otra realidad que antes no supimos o no quisimos ver. Verdades que se escondieron para seguir disfrutando del amor.

Ahí radica el primer punto importante del asunto: el amor. Ese estado emocional salpicado de alegría que nos envuelve en un aro de luz y de satisfacción, atraídos por otra persona a la que de repente le damos el valor de universal que las demás no tienen ni podrán tener. Un proceso científico que se inicia en el cerebro y que a continuación obtiene respuestas positivas de todo el cuerpo. El enamoramiento consiste en un ‘todo’ convertido en un estado de ánimo distinto al del rutinario; de repente nos vemos cercados por una situación que nos atrae especialmente, ya sea por un gesto, por una sonrisa, por un roce o por una mirada. Cualquier cosa, cualquier detalle sirve para engrandecer ese sentimiento de enamoramiento. Lógicamente, es un sentimiento buscado, necesitado por el ser humano. Todas las personas necesitan verse deseadas, verse queridas de alguna manera, al igual que se necesita verse atraído por alguien, por sus formas, por sus gestos o por sus miradas.

Una voz puede enamorar, al igual que una forma de andar, una forma de ser. Algunos son expertos en enamorarse de cualquier detalle, por minúsculo que parezca, y lo hacen de forma pasional, rápida y envolvente. Necesitan sentirlo y transmitirlo. Al comentarlo parece que su amor sigue subiendo, creciendo de forma continua, y es una forma esencial de alimentarlo. Pero para enamorarnos necesitamos del momento oportuno, de la situación idónea, de la persona necesaria. No cualquiera puede reunir todos esos atributos así de buenas a primeras, aunque alguien puede llamar la atención sin ni siquiera proponérselo, simplemente estando en el momento preciso y en el lugar indicado. El enamoramiento suele ser individual. Difícilmente dos personas se pueden enamorar al mismo tiempo. Es un proceso en el cual cada uno experimenta sus propios caminos. Muchas personas se enamoran de alguien y tratan de enamorar a esa persona para que el hechizo se convierta en realidad.

El enamoramiento engloba el deseo de unión con esa persona; refuerza la pasión por el roce, por la unión física de los cuerpos, de los labios y de las manos. Es un todo convertido en una idea, en una ilusión. Y aunque pueda parecer un imposible o algo fantasioso puede llegar a convertirse en algo tangible y real. No se trata de un sueño, se trata de una imaginación desatada por nuestra mente pero alimentada por nosotros mismos. Estamos más o menos enamorados según nuestro propio deseo de enamorarnos o no de esa persona. El pensamiento se va multiplicando hasta un punto en el que su eje se basa simplemente en esa persona, sin importar mucho el resto de las cosas que se van sucediendo.

Cuando uno está enamorado deja de prestar atención a lo que le rodea, puesto que su visión se ha ido limitando hasta una única persona, centralizando todas sus acciones hacia ella. Hay síntomas claros y otros que enfatizamos conscientemente. Se dice que el amor es ciego y en la ceguera nos solemos mover. Sin ver nada más, sin atender a lo que nos dicen, ni a los avisos que vamos descubriendo. No queremos la realidad, queremos la fantasía.

Las relaciones de pareja hoy no tienen nada que ver con la idea del matrimonio que se albergaba en el pasado. Las relaciones hoy pueden ser incluso efímeras, sin llegar a dejarlas fermentar. De la misma forma que uno se enamora a la velocidad de la luz rompe con su pareja sin más dilación. Vivimos en la era de la comunicación instantánea y las relaciones pasan a ser otro eslabón más de la cadena de superficialidad en la que vivimos. No dejamos que nada se estanque, ni que se desarrolle puesto que nos encargamos de hacerlo desaparecer rápidamente. Hemos pasado de una sociedad en la que el matrimonio casi era una conveniencia pero de por vida, asaltado después por una falsa vida paralela repleta de amantes y de relaciones paralelas, a una sociedad en la que es difícil llegar al matrimonio debido a la simpleza de la relación en sí.

Cada uno tiene su forma de ver el amor, su amor, la pareja, su pareja. Dado que nos hemos hecho ‘expertos en relaciones’, sabemos exactamente en qué punto se encuentra la nuestra, y en cuanto adivinamos notas que indican que volvemos a respirar un ambiente ya experimentado anteriormente activamos las vías de escape, sabiendo que esa relación no tiene ningún futuro. Lo que al principio parecía único e irrepetible se convierte de la noche a la mañana en algo más rutinario, repetitivo y ya vivido. Una copia nueva de algo anterior. Una repetición de una mala experiencia. No se puede generalizar. Cada pareja es distinta. Cada relación tiene rasgos distintos, momentos distintos, circunstancias distintas.

La persona que nos atrae hoy quizá no nos hubiera atraído hace unos años o viceversa. Vivimos en una época en que queremos y deseamos conseguir todo de la forma más rápida, el tiempo se ha convertido en el mayor enemigo de nuestro tiempo. Lo que tarda o se demora no es apetecible. Lo que deseamos lo deseamos ya, ahora, sin más dilación. El amor es así, rápido, efímero, superficial. Las relaciones son cortas, distantes, sin desarrollar. No hay tiempo o eso queremos hacernos creer. No usamos el tiempo necesario porque no queremos, no porque no exista el tiempo. Todo lo contrario a lo que ocurría en el pasado, donde las parejas de novios se pasaban años antes de conocerse incluso íntimamente. La diferencia es que se casaban sin haber vivido juntos y sin haberse conocido en la intimidad, en el quehacer diario y en la rutina de sus vidas. Una apuesta temeraria y a ciegas y que además tenía las consecuencias de que solía ser para toda la vida. Si la apuesta era mala o no era la esperada había que apechugar con la decisión, aunque en muchos casos esa decisión era tomada por otras personas y no por los mismos protagonistas. Eran parejas al uso en esos tiempos y como todo en este mundo evolución. Y la evolución no quiere decir que sea para mejor. Por supuesto que se han allanado situaciones que parecían irreales. Ahora uno elige, se lo piensa y acaba casándose o no con su pareja. El fracaso sigue siendo el mismo, puesto que no existe una norma que diga que una pareja va a ser para toda la vida, aunque a muchos les parezca real. Es otra farsa con la que ha vivido el ser humano desde que aspectos religiosos se interpusieron en sus sociedades.

‘Tus amigos te conocerán mejor en el primer minuto del encuentro

que tus relaciones ocasionales en mil años’

(Richard Bach)

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Las relaciones surgen, se desarrollan, se viven y se terminan. Así de simple. Así de claro. De cada una se puede experimentar aspectos diferentes, momentos distintos, emociones diversas. Pero todas comienzan y terminan. Algunas nos dejan regustos amargos, difíciles de olvidar, por circunstancias, por hechos. Otras nos dejan recuerdos imborrables y llenos de cosas positivas. Memorias en definitiva que hacen que la vida tenga ese poder de aventura constante y de misterio por descubrir. Si una relación dura más que otra es simple anécdota. Una relación no se basa en el tiempo sino en su calidad, constancia y poder. Una relación es compartir al máximo todo lo que dos personas pueden compartir. Sus formas de ser, sus gustos, sus opiniones, sus apoyos, su cariño y su entendimiento. Se necesita de comprensión y de comunicación. Dos cosas que ya están en desuso. El egoísmo y el individualismo imperantes en el primer mundo hacen que estemos rodeados de prioridades distintas pero ninguna acerca de la persona que tenemos a nuestro lado.

Hoy también han aparecido en nuestras vidas las redes sociales, un instrumento útil al alcance de todos, por el cual podemos obtener información instantánea de cualquier cosa en cualquier momento, al igual que tenemos al alcance la posibilidad de conocer a alguien. Se han empezado a producir fenómenos de pareja que se conocen en la distancia y que comienzan a disfrutar de una relación. Con la lejanía se invade el ánimo de contar, de explicar, de comunicar. Lo que no se hace a diario en nuestra vida habitual con la gente que nos rodea lo hacemos con alguien que se encuentra lejos y con el que ni siquiera hemos coincidido en persona. Para algunos no es normal, pero para otros es una forma nueva de compartir. La soledad es un hecho para millones de personas y el hecho de poder charlar con alguien que está alejado de nuestros mundos y poder contarle todo lo que nos preocupa o interesa es una ventana a otro mundo diferente.

Pero las parejas necesitan desarrollarse, experimentar tanto momentos buenos como malos, verse en las vicisitudes de la rutina para comprender mejor al otro y en compartir todo o más. La ansiedad provoca que no se permita desarrollar esos principios básicos. No existe confianza porque no se trabajó, ni existe comunicación porque no hubo tiempo para ello. Existe desconfianza porque la propusimos, la alimentamos. Existe distancia incluso viviendo en pareja porque no nos introducimos en la experiencia del descubrir al otro. Queremos que todo nos llene ya y la pareja es otro eslabón de esa cadena. Si no recibimos los inputs que deseamos la desechamos para ir en busca de otra, pero eso sí, quejándonos de nuestra mala fortuna a la hora de elegir la relación.

‘Amar de un modo altruista y sin inhibiciones de ninguna clase…

sólo lo hacen nuestros corazones mientras somos niños’

(Boris Pasternak)

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Si nos fijamos en las opiniones de las personas que nos rodean con respecto a sus relaciones, nos daremos cuenta de que la mayoría coinciden en lo mismo. Parecemos fracasados amorosos. Nadie parece extraer las fases positivas de las relaciones, acaso no las hubo. Siempre las hay. Aunque la conclusión puede ser bastante sencilla: quizá nunca estuvimos enamorados de verdad, quizá nunca nos gustó de verdad, quizá fuimos nosotros los que nos pusimos la venda para no ver la realidad, quizá fuimos los únicos culpables de que esa relación no fraguara en algo más profundo. Y cuando analizamos seriamente y extraemos las conclusiones nos damos cuenta de que a lo mejor no vivimos una relación verdadera, que todo fue una farsa puesta al servicio de la ansiedad, del cariño pretendido, del amor deseado, de la ilusión creada por nosotros mismos. No queremos comprometernos. Queremos que nos amen. Ponemos condiciones incluso antes de comenzar a jugar. Y cada uno juega según sus reglas. A veces nos lanzamos a la piscina con la ropa puesta y sin ver la profundidad de la misma.

Lo que ocurre lógicamente es que como la lista de fracasos se va acumulando cada vez tenemos más miedo a enamorarnos, o a creer que nos vamos a enamorar. Ya hasta desconfiamos de nuestros propios sentimientos. Cuando conocemos a una nueva persona que nos atrae nos sentimos inseguros y los fantasmas del pasado revolotean a nuestro alrededor. Los encuentros son indecisos, indefinidos. Hay que atreverse a cerrar capítulos de nuestra vida para seguir escribiendo el libro de nuestra vida. Con el paso del tiempo aprendemos algo muy básico: a saber lo que no queremos. Y debemos basarnos en eso para seguir decidiendo. También en las relaciones. No todas valen, por mucho que parezca que las necesitamos y que el momento parece el indicado. Las aventuras son eso, aventuras. Las cosas son mucho más simples de lo que parecen, a pesar de que insistamos en no darnos cuenta. En cualquier momento alguien se puede cruzar por nuestro camino y llamarnos la atención. No debemos tener miedo al vértigo de comenzar a descubrir, de profundizar en esa persona, porque nadie nos va a saber indicar si podemos experimentar algo nuevo e inolvidable con ella. No perdemos nada, no hay que pensar en el fracaso. Cada relación nos puede aportar algo nuevo, algo interesante y diferente. Debemos dejar a un lado las quejas. Ser positivos y ser consecuentes. Capítulo que se acaba se debe cerrar. Uno nuevo puede comenzar. No podemos calificar al nuevo con la experiencia del anterior. No es justo y además nos engañamos. No se trata de encontrar a la persona idónea, a la persona adecuada. Se trata de vivir, de compartir, de experimentar. El equilibrio nos lo daremos nosotros mismos dándonos ideas de superación y de sentido común. No nos engañemos y así saldremos fortalecidos. Vivamos en el día a día, sabiendo nuestras limitaciones y actuando en consecuencia. Quizá así sepamos valorar más los pequeños detalles, incluso de nuestras relaciones y de nuestras parejas.

‘En el fondo son las relaciones con las personas lo que da sentido a la vida’

(Karl Von Humboldt)

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“Durante siglos, la ciencia y los llamados conocimientos de la vida práctica le han dicho al hombre: ‘Conviene que seas rico para poder satisfacer tus necesidades materiales; pero el único medio de alcanzarlo es el de educar de tal modo tu inteligencia y tus aptitudes, que permitan obligarlo a otros hombres esclavos, siervos o asalariados, a producir riqueza para ti'”.

(Piotr Kropotkin)

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La palabra anarquía es de origen griego y está compuesta de dos términos: sin y poder o mandato. Vendría a denotar algo que está desprovisto de director y de origen. Una ausencia de apriorismo, de normas, de jerarquías y de autoridades. Desde su nacimiento, al término se le utilizó de forma negativa. Fue durante la Revolución Francesa cuando se empezó a tachar a ciertos individuos con el término ‘anarquista’ de forma peyorativa. Individuos que podían criticar el poder excesivo o que ciertas propiedades eran un robo. Para muchos anarquistas, el anarquismo representaba una forma de gobierno sin amo ni soberano, o al menos, sin la necesidad de esa figura. De hecho, el anarquismo está considerado como una teoría política, una filosofía política y social, que pretende la oposición y abolición del Estado y del gobierno, y de toda autoridad, jerarquía o control social que pueda imponerse a la voluntad del individuo, ya que se consideran nocivas para el desarrollo mismo de éste. Lo cierto es que el concepto y la teoría nunca llegó a entenderse en la sociedad misma. Se centraba en el individuo y en la crítica de su relación con la sociedad. Era necesario un cambio social hacia una futura sociedad. Y hay que enclavar la teoría en su tiempo, cuando se ideó y se originó, debido a ciertas circunstancias que se manejaban en las sociedades de la época.

Bakunin

Se distinguieron dos líneas básicas de pensamiento: por un lado, los individualistas; y por otro, los socialistas. Lo que desembocó en cuatro corrientes de pensamientos anarquista: el individualista, el mutualismo, el anarquismo comunista y el anarcosindicalismo. Muchos añadieron después el colectivismo. Y la fecha del comienzo del pensamiento filosófico data del siglo XIX, aunque se tiene constancia que las primeras reflexiones al respecto datan de muy atrás, desde Lao Tsé en China, Zenón en Grecia, Tomás Moro o Rabelais en el siglo XVI. Y quizá las bases del anarquismo se crearon en el siglo XVIII con la Ilustración. Había una creencia en el individuo más allá de entorno y de su sociedad. Uno de los autores más influyentes fue sin duda Jean-Jacques Rousseau. Se dice que fue William Godwin quien escribió el primer tratado anarquista en 1793, ‘Una investigación acerca de la justicia política’. Su idea era presentar una sociedad libre de gobierno, aunque no utilizó el término anarquía para referirse a ello, aunque sirvió como base para los siguientes autores. Durante la Revolución Francesa, Maréchal escribió el ‘Manifiesto de los iguales’ en 1796, donde reivindicaba el disfrute por parte de la comunidad de los frutos mismos de la tierra, deseando la desaparición de los ricos y los pobres, de los grandes y de los pequeños, de los amos y los siervos. Gracias al escenario que provocó la Revolución Francesa el anarquismo pudo tener un proceso rápido y efectivo para llegar a oídos de los ciudadanos. Pero ocurrió que se vinculó la teoría a los hechos violentos, dado que en la misma revolución que se vivía la violencia estaba implícita, por parte de los que se rebelaban.

Destacó Charles Fourier, quien propuso una organización política basada en comunidades llamadas falansterios, enlazadas entre sí de forma descentralizada. Otro fue Proudhon, quien denunciaba en su obra que la propiedad es un robo en sí misma. A principios del XIX fueron los pensadores alemanes quienes influyeron en el desarrollo del anarquismo. Con base en Hegel, muchos filósofos defendieron la idea de una sociedad ideal basada en los principios morales, conocida como sociedad perfecta, carente de leyes, donde sólo existieran obligaciones, donde no hubiera sanciones sino medios de corrección. Max Stirner en ‘El único y su propiedad’ (1844), negaba la existencia de absolutos e instituciones, abogando por un individualismo extremo llamado ‘egoísmo’. El primero en autodefinirse anarquista fue Proudhon, de ahí que para muchos fuera el fundador de las tesis anarquistas. Su pensamiento cuajó sobre todo entre socialistas de Bélgica y Francia. Tras la Revolución Francesa intentó crear el Banco del Pueblo en 1849, conocido hoy como banco mutualista, que fracasó antes de comenzar sus funciones. Pero su impactó llegó a Marx en Alemania y a Bakunin en Rusia.

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Bakunin fundó en 1868 la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, donde se defendía la supresión de los Estados nacionales, la abolición de las clases sociales y de la herencia, la igualdad de sexos y la organización de los obreros al margen de los partidos políticos. Y sobre 1880, había tres concepciones anarquistas vigentes; el colectivismo en España; la individualista-mutualista en EEUU y el anarcocomunismo en el resto de Europa. Los anarcocomunistas criticaban el papel de los sindicatos, por entender que estaban acomodados al sistema capitalista. Pero ese movimiento fue poco a poco siendo aceptado por el anarquismo colectivista. Kropotkin afirmó que la revolución debía basarse en las federaciones de comunas locales y los grupos independientes, evolucionando después hacia una etapa colectivista de apropiación de los medios de producción por las mismas comunas, con vistas hacia el comunismo. Los anarquistas de la Francia de 1880 eran socialistas de procedencia, pero alejados del pueblo que deseaba más un socialismo autoritario. En Rusia, el anarquismo revolucionario se concentró en un terrorismo dispuesto a acabar con el poder del zar Alejandro II. Pero Rusia fue el país que más contribuyó a que la teoría de Bakunin, Kropotkin y Tolstoi se convirtiera en un movimiento internacional.

Pero para conocer más sobre el anarquismo debemos analizar las ideas de sus autores. Por ejemplo, Proudhon sobre el gobierno expresó que “ser gobernado significa ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, regulado, adoctrinado, sermoneado, controlado, medido, sopesado, censurado e instruido por hombres que no tienen el derecho, los conocimientos ni la virtud necesarios para ello. Esto es el gobierno, ésta es la justicia, ésta es la moralidad”. Bakunin, sobre el Estado que “es autoridad, es el despliegue ostentoso y engreído del poder. No busca congraciarse, convencer ni consentir. Cada vez que interviene, lo hace de modo singularmente desafortunado. Porque por su naturaleza misma no puede persuadir y ha de imponer o ejercer la fuerza. La libertad, la moralidad y la dignidad del hombre consisten precisamente en no hacer el bien porque se le ordene, sino porque lo concibe, lo desea y lo ama. El Estado, cualquier Estado –aunque esté vestido del modo más liberal y democrático– se basa sobre la dominación y la violencia, es decir sobre un despotismo que no por ser oculto resulta menos peligroso”. Godwin sobre la influencia negativa del poder sostuvo que “los gobernantes tienden, inevitablemente, a abusar del poder para su beneficio egoísta. Esto acaba por determinar la formación de grupos y clases que, al amparo del gobierno, y por medio de él, explotan a los demás, creando un completo sistema de privilegios excluyentes. Los gobernados, por su parte, se ven obligados a defenderse. Por consiguiente, es preciso eliminar la fuente de estos males reemplazando al Estado, cuya expresión autoritaria es el gobierno, por pequeñas comunidades en las que quede suprimida toda fuerza de coacción y los intereses colectivos sean resueltos por acuerdo voluntario”.

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El mito de la infidelidad en nuestros días

Publicado: 16 de abril de 2014 en Artículos
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“La infidelidad no es infidelidad,

hasta que la persona engañada se entera de que lo han engañado”

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El ser humano nace como ente individual. Está atado a sus padres o primogénitos por una simple cuestión de necesidad. Un ser humano al nacer no se vale por sí mismo. Y cuando va creciendo se relaciona, ya sea con su entorno, con su familia, en el colegio o entre los amigos que irá fabricando a medida que su tiempo vaya avanzando. Un ser humano nace por lo tanto libre de cargas sentimentales, a no ser que contemos a la familia como algo sentimental, aunque venga asignado de serie y nunca de forma opcional. La familia queda a un lado en la escala de elección de la persona o del individuo, ya que nunca la eligió y le fue asignada al nacer. Y nadie puede asegurar que los sentimientos de cualquier individuo acerca de su familia serán los aparentemente esperados, puesto que las relaciones humanas no se pueden marcar, sino que se deben desarrollar.

En la sociedad se creó la imagen o la figura de la pareja sentimental. La pareja sería el conjunto de dos personas que mantienen una relación, en este caso sentimental. Ya la simple costumbre de llamar a la otra parte como ‘mi pareja’ da un sentido de propiedad que no corresponde con el respeto que se le debería dar a cualquier ser humano y refleja que ya de por sí el concepto es erróneo. Nadie es de nadie, pero ya se da por hecho que mi pareja es mía y que además me pertenece. Una relación sentimental entre dos personas puede ser circunstancial, temporal o duradera en el tiempo y en el espacio; nadie sabe a ciencia cierta lo que va a ocurrir con ella, y mucho menos los propios protagonistas de la relación.

La vida, para bien o para mal, nos va deparando multitud de opciones en todas las facetas de nuestro quehacer diario, ya sea a nivel de conocimiento, de vivencias, de encuentros y de relaciones. En cuestiones de ‘parejas‘ tampoco debería ser una excepción, y de hecho no lo es. Otra cosa es que en el origen se estableciera la creencia de que una pareja lo era para toda la vida. Algo que iba encadenado a la creencia religiosa más que a la creencia humana, puesto que el ser humano es libre por naturaleza, aunque a muchos les cueste entender ese concepto.

El sentido de la pareja ha ido evolucionando con el paso de los siglos. Y, aunque en muchos lugares del mundo, el machismo sigue campando a sus anchas, sí es cierto que el hombre ha evolucionado al igual que la mujer, quien precisamente, ha sido la protagonista del cambio más grande experimentado por el sentido de la pareja. La mujer aparecía y aparece todavía desafortunadamente, como la propiedad de su pareja. Ese concepto todavía no se ha erradicado del todo, y costará hacerlo, puesto que la cultura, la tradición y la ignorancia siguen siendo la base de acción en muchas sociedades. De hecho, muchos individuos actúan por inercia, porque así les han dicho que se debe actuar. No lo hacen por cuenta propia, muy al contrario, se rigen por tradiciones, por lo que consideran ‘normal’, sin plantearse evolucionar, actuando por uno mismo y decidiendo según sus pensamientos.

“Hay que ser infiel, pero nunca desleal”

(Gabriel García Márquez)

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La pareja es simplemente un vínculo amoroso, y como todo en esta vida, tiene un tiempo de duración. Ni es tan importante ni es tan básico. Es simplemente eso: un vínculo amoroso. Nos guste o no, todo empieza y todo termina; nada es duradero para toda la eternidad. Hay parejas circunstanciales, otras que duran más, que llegan incluso a casarse, a crear una familia; pero lo cierto es que en la evolución de la sociedad misma los lazos sentimentales se han ido convirtiendo en un vínculo algo diferente. Se ha perdido el sentido de la aventura, del riesgo y del aguante. Hoy se actúa según el momento, se desea todo ya, no se concede tiempo, puesto que se desea todo en un instante. Las relaciones no deberían ser opuestas a esta tendencia. Vivimos en la era de las relaciones virtuales, de los contactos de red, en un conjunto de redes sociales 2.0 que parece que nos abocan a que todo sea efímero. 

Las generaciones anteriores a éstas nunca se hubieran planteado lo que ahora se plantean. Por una mera cuestión de cultura, tradición y sociedad. La sociedad de hoy nada tiene que ver con la de antes. La evolución a veces va más deprisa que el mismo ser humano. Muchos achacan este comportamiento al egoísmo. Dicen que se busca y se anhela más la satisfacción propia que la de los demás. No se busca la felicidad de la pareja si no la de uno mismo. Nos gusta compartir para concedernos satisfacción propia, de otra forma no entendemos el hecho de compartir como una forma de vida. Se comparte lo justo y lo necesario. Se da lo que interesa para sacar un provecho de ello, en caso contrario carece de sentido hacerlo.

Una pareja debería ser natural en todos los aspectos. Y actualmente ya parece que empiezan siendo algo muy distinto. Se pretende ser lo que no se es. Se trata de hacer ver lo que parece atractivo, sin prestar atención a la realidad de uno mismo. Nos fijamos en la superficialidad sin perder tiempo en adentrarse más allá. No profundizamos en el carácter y en la actitud de nuestros interlocutores. Todo debe pasar rápido, nos gusta o no, está bien o no, nos interesa o no. Tenemos que tomar decisiones a la ligera, de forma rápida y a veces poco recomendable. Y una ruptura se puede hacer incluso con un simple mensaje de texto. No hace falta dar demasiadas explicaciones. No se trata de argumentar, se trata de dar la cara. O lo contrario, no dar la cara.

“La mujer perdona las infidelidades, pero no las olvida.

El hombre olvida las infidelidades, pero no las perdona.”

(Severo Catalina)

***

Quizá ha habido una rebelión contra esos designios y mandatos sociales, en los que había que elegir a alguien para casarse, tener hijos y ser felices para toda la vida. La realidad de los acontecimientos obliga a otras prioridades. El amor sigue nombrándose pero de forma un tanto frívola. Uno se enamora en unas horas y sufre durante meses el fracaso amoroso. Todo es muy dramático, pero se esconde rápidamente con el descubrimiento de alguien nuevo. Uno se siente más solo que antes y busca consuelo, aunque sepa de antemano que no es real y que sólo su imaginación está haciéndole ver que está acompañado. Se adquiere un sentimiento de necesidad de cariño que provoca la obligación de conocer a alguien, acostarse con él, tener una relación con él…

El resultado de todo ello es que la pareja está condenada a vivir el tiempo que le toque, ni más ni menos. Unos pueden alargar esa situación por necesidad, por rutina, por dejadez o porque su ‘amor’ ha aguantado más de lo esperado, pero justo en el momento que uno u otro toque techo y diga basta, la relación se habrá terminado. Y sin más historias. Esto para muchos cuesta de entender. Cómo puede ser que alguien que me ‘quería tanto’ de repente no quiera saber nada más de mí. La respuesta es bien sencilla: nunca te quiso realmente.
Pero aunque saquemos esa conclusión nos costará aceptarla, puesto que eso significa que nos engañaron y deberemos aceptar haber sido engañados, más como una ofensa personal, un fracaso en toda regla, que como un hecho de alguien que no merecíamos. Hace poco leí una frase que decía que la pareja no ha dejado de funcionar ahora, sino que nunca funcionó, es decir, el fracaso ha sido de origen, en todas las épocas y en todos los lugares. No quiere decir esto que una pareja o varias puedan alcanzar el clímax, es decir, llevarse realmente bien, ser cómplices, seguir amándose y vivir juntos durante muchos años, incluso hasta la muerte. Pero eso no quiere decir que en la mayoría de las relaciones ocurra así. De hecho, en la mayoría de las ocasiones ocurre simplemente lo contrario.
Por infidelidad se entiende el hecho de incumplir a un acuerdo, ya sea moral, ético o contractual. También se le puede llamar traición, pero suena mucho más teatral. La infidelidad también ha sido convertida en algo más de lo que realmente ha sido. Tiene la importancia que se le quiera dar. Y opiniones al respecto hay miles. Unos abogan porque no se debe permitir; otros la aceptan aunque no les guste; otros son capaces de convivir con ella casi de forma natural; y muchos la han convertido en una forma de vida. El ser humano es capaz de adaptarse a cualquier forma de vida, la infidelidad puede ser una de ellas.
¿Ha cambiado mucho la infidelidad con el paso de los tiempos? Quizá sí. Lógicamente, los tiempos han cambiado, pero las infidelidades no. El ser humano es infiel por naturaleza, aunque a muchos les parezca lo contrario. Lo anormal es ser fiel toda la vida a algo o a alguien. Lo que ocurre es que suena mal, y antes de hablar de algo que parece sonar mal, optamos por la opción políticamente correcta que es decir y afirmar que somos fieles y que odiamos la infidelidad, aunque luego la practiquemos como algo muy natural. Lo llamaremos tentación, aventura, flirteo, algo que no tiene que ver con el amor, nada que ver con lo que siento por mi pareja, etc. Pero lo cierto es que la infidelidad está a la orden del día.
“El que esté libre de pecado 
que intercambie el móvil con su pareja durante una semana”
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Quizá nos deberíamos plantear la situación desde otra perspectiva. Sabemos que sucede, que puede suceder y que seguramente sucederá. Aceptémosla como algo también natural, afrontándola con entereza, sabiendo las consecuencias que puede ocasionar y analizando seriamente porqué ha sucedido. Una persona puede ser infiel casi sin pensar, agarrándose a un deseo sexual momentáneo. Otra, sin embargo, puede ser infiel por el mismo hecho de estar harta de su pareja y sintiendo la necesidad de buscar algo que no encuentra en su relación. Son válidas las dos, puesto que el individuo es libre. Nada le ata. Pero sí existe el respeto hacia el otro, y en eso simplemente actúa el carácter de cada uno. Su visión, su ética, su acercamiento hacia esa persona, el grado de confianza, su grado de intimidad y de complicidad. Ahí quizá radique realmente la clave del asunto. Puesto que las relaciones de hoy carecen en su mayoría de esos rasgos. Ya sea complicidad, confianza, diálogo y profundidad.
Según los expertos, cuando alguien descubre una infidelidad reacciona de tres formas distintas: con tristeza, con la baja autoestima y/o con la ira. A partir de ese momento se pierde la confianza (sí acaso la hubo alguna vez). Aquellos que sean más celosos interpretarán más situaciones de infidelidad (real o ficticia) que el resto. Y los celos van unidos a la sensación de posesión de la pareja. Para aquel que realiza la infidelidad puede incluso no tener importancia, mientras que el ‘engañado’ queda tocado ya sea por la falta de confianza en su persona o en su cuerpo, ya sea por el sentimiento de engaño de alguien que merecía la total confianza. El fracaso puede ser de uno mismo al comprobar que el otro miembro de la relación ha engañado, como de la pareja al ver que la situación ha dejado de funcionar.

Para muchos expertos, es exagerado achacar la ruptura de una relación al simple hecho de una infidelidad. Porque habría que diferenciar si la infidelidad es simplemente sexual o se comparten varias relaciones al mismo tiempo. Entonces el hecho es totalmente diferente.  Y la misma sociedad infringe más dolor al engañado, mofándose incluso de su situación que al causante del hecho. La fama del hombre siendo infiel por naturaleza también ha sido consecuencia de sociedades machistas, en las cuales sólo el hombre podía ‘poner los cuernos’, mientras que la mujer era esa persona sumisa que debía aguantar semejantes situaciones, ya fueran sabidas por ella o no. La evolución del individuo y de la sociedad ha llevado a la mujer hacia un estadio igual al del hombre. La infidelidad no tiene género. Eso es absolutamente falso. La infidelidad es algo innato en el ser humano y eso es lo que debemos aceptar. Quizá, a partir de entonces, nuestra perspectiva al respecto cambiará ostensiblemente.

 

“El adulterio es justificable: el alma necesita pocas cosas;

el cuerpo muchas”

(George Herbert)

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Escapar de todo para sentirse libre

Publicado: 9 de enero de 2014 en Artículos
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“Ni aún permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar,

puede el hombre escapar a la sentencia de su destino”

(Esquilo)

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Escapar de todo. Sentirse libre. Escapar para sentirse libre. El juego de palabras que no cesa. Frases tan sencillas de pronunciar y tan difíciles de practicar. Quién no ha sentido esa necesidad innata en el ser humano de romper con todo lo que le rodea, con su rutina, con su vida en general, y escapar bien lejos, ver todo desde otra perspectiva y desde otro ángulo. Quién no se ha sentido atrapado, una, mil veces, como para saber que es necesario un cambio de comportamiento, de actitud, de visualización del presente para encarar el futuro de una mejor manera. La rutina lentamente nos va engullendo entre sus redes de vacío y tedio, dejando paso a la insoportable situación de amargura y de querer salir del laberinto en el que nos sentimos encerrados, buscando la salida y sin éxito. En ciertos momentos parece que no salimos del atolladero, que nos aprisiona la sensación de no querer ni desear lo que nos está sucediendo, lo que nos toca vivir. A veces, nos embutimos en una especie de estado práctico donde intuimos que estaremos bien, un espacio cómodo sin aparentes problemas, desde el cual poder observar todo de otra forma más tranquila y relajada. Y ocurre que, en un determinado momento, descubrimos que lo que hacemos no nos llena, que lo que hacemos lo hacemos como por inercia, sin pensar, sin ni siquiera plantearnos si queríamos haberlo hecho. Porque a menudo nos vemos metidos en un callejón sin salida, las circunstancias mandan y nos dejamos llevar como si de la corriente se tratara. Pero incluso cuando esa corriente se detiene seguimos creyendo que continúa empujándonos. Nos acostumbramos a no pensar, a no desear y, sobre todo, a no luchar por lo que queremos; nos ponemos excusas de cualquier tipo y continuamos haciendo lo que no nos gusta, actuando de forma contraria a lo que pensamos y sin expresar lo que verdaderamente sentimos. Digamos que nos engañamos a nosotros mismos la mayor parte de nuestra vida, y cuando nos arrepentimos de ello intentamos que todo cambie por arte de magia, sin advertir que es necesario un cambio producido por nosotros mismos. Un cambio al que debemos llegar tras haber analizado a conciencia toda nuestra vida. Un ejercicio de repaso general por el que debemos anteponer la sinceridad. Porque si no conseguimos ser sinceros con nosotros mismos nos será muy difícil llegar a ese estado de bienestar propio, porque siempre habrá una pugna interior que no nos permitirá estar bien con nuestra propia realidad.

“Somos libres pero estamos atados a nuestros actos”

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Y mucha gente llega a ese punto en el cual se plantea todo, su presente, su pasado y su futuro. Pero lo hace profundizando en todas las áreas, llegando a extirparse cada rincón de su mente, intentado averiguar porqué hizo eso o aquello, cuáles fueron las causas que le condenaron a una situación determinada y porqué actuó de aquella manera en aquel determinado momento, porque todo tiene una causa aunque la olvidemos. Todo lo hacemos por una causa. Y nos equivocamos mil veces. En eso consiste la vida: en el error continuo para seguir aprendiendo. Es un curso continuo que jamás se detiene, en el cual podemos descubrir siempre algo nuevo donde menos lo esperamos. Cualquier cosa nos sorprende, y al abrir la ventana de esa vida (la nuestra) podemos llegar a descubrir miles de maravillas. Todo está a nuestro alcance, tan sólo debemos enfocarnos sobre lo que de verdad nos importa, sobre lo que nos realiza y nos da espíritu necesario para seguir luchando. Y resulta tan fácil pensar en eso que decidimos deliberadamente no hacerlo, quizá porque creemos que será un camino lleno de obstáculos y que al final no conseguiremos el objetivo. Algunos lo consiguen, con esmero, con confianza, con retos. Acaso la búsqueda de objetivos es un inicio, un necesario inicio. Como decía el poeta quizá hay que alejarse para comprender, cerrar los ojos para ver y soñar de vez en cuando para sentirse verdadero, sintiendo la emoción del momento una sola vez. Quizá nos falta algo de eso precisamente: emoción. Sin la emoción y sin la pasión no ejecutamos nada de la misma forma. Todo puede parecer diferente. Hay que intentarlo. No a la deriva. NO con precipitación. Sí con convicción. Nadie tiene el secreto del éxito, aunque muchos lo pregonen. Nadie tiene la varita mágica con la que realizar sueños. No se trata de eso. Se trata de intentar ejecutarlos. Se trata de hacer algo. Algo por lo que sentirnos vivos. Y si hay que escapar se escapa. Si hay que saltar se salta. Y si hay que repetir el intento se repite. Escapar puede resultar fácil, pero permanecer libre será más difícil. Sentirnos libres puede ser efímero o no. Siempre dependerá de lo alto que pongamos el listón. La libertad, como la felicidad, puede ser momentánea. Pero debemos aprender a saborearla. A valorarla. Si realmente deseamos escapar hagámoslo. Pero sin mirar atrás. Sin temor al error. El fracaso entrará dentro de las posibilidades pero nadie nos quitará ni nuestro derecho al intento ni nuestra satisfacción por haberlo conseguido. Seamos honestos con nosotros mismos.

“No hay triunfo sin renuncia,

victoria sin sufrimiento,

libertad sin sacrificio”

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Sionismo. Algo más que un dogma.

Publicado: 22 de diciembre de 2013 en Artículos
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“Es bien sabido que la ciencia y el nacionalismo son cosas que se contradicen,

aunque los monederos falsos de la política nieguen ocasionalmente ese saber:

pero también llegará ¡por fin!

El día en que se comprenderá que sólo para su daño

puede ahora toda cultura superior

seguir cercada por vallas nacionales”

(Friedrich Nietzsche)

***

Antes que nada habría que indagar acerca de lo que es realmente el sionismo. Se conoce con ese término al movimiento internacional que propugnó el restablecimiento de una patria propia para el pueblo de Israel. Lo que se conocía como la Tierra de Israel. Fue el origen de lo que luego sería el Estado de Israel. El origen del movimiento es muy antiguo pero se estableció como movimiento político a finales del siglo XIX. El objetivo era claro: fomentar la migración judía mundial hacia la denominada Tierra Prometida y la creación de un Estado de Israel. El sionismo no era sino un tipo de nacionalismo al uso. Amparado por el despliegue y emigración de judíos por todo el mundo debido a su persecución fue proclamado como el movimiento de liberación nacional del pueblo judío. El término en sí proviene de la palabra hebrea Sion, que se refiere al Monte del mismo nombre, situado cerca de la ciudad de Jerusalén y a la fortaleza homónima. Durante el reinado del Rey David, con ese término ya se refería a toda la ciudad de Jerusalén y a la Tierra de Israel. Y fue el editor austríaco Nathan Birnbaum quien en 1890 utilizó la palabra por primera vez en su diario.  Pero no hay que olvidar que el nacimiento del movimiento sionista se encontraba en el mismo período en el cual hubo un gran avance de los nacionalismos europeos, alineados todos bajo un mismo lema: un pueblo, un Estado. No dejaba de ser una idea que representaba la creación de un Estado-nación. 

La tesis del sionismo abogaba porque los judíos representaban un grupo nacional y no un grupo religioso propiamente dicho. Como tales tenían derecho a crear su propio Estado dentro de su territorio histórico. La inmigración judía hacia Israel comenzó en 1882. Los primeros inmigrantes estaban dentro de lo que se conoció como Primera Aliyá y procedían principalmente de Rusia debido al antisemitismo que se respiraba en ese territorio. La segunda ya se produjo en los primeros años del siglo XX. En el período de entreguerras se aprovechó la situación para crear nuevas oleadas de inmigrantes. Casi todos los recién llegados fundaron asentamientos agrícolas subvencionados por judíos adinerados de la Europa occidental. La Declaración Balfour de 1917 apoyó la creación de una Patria Judía en el Mandato Británico de Palestina. Y a lo largo de todo el siglo XX el sionismo fue ganando adeptos poco a poco. Tras el Holocausto ganó enteros la idea de crear el Estado de Israel en Palestina. Pero el sionismo se componía de dos elementos: por un lado conseguir la independencia; y, por otro lado, la soberanía del pueblo judío. Israel sería el centro de la identidad judía en todo el mundo. Se pretendía la unión de todo el pueblo judío, con un vínculo histórico que era la patria y un estado central con Jerusalén como capital. Pero como en todas las ideologías y pensamientos, el sionismo también recogía diferencias y se desarrollaron varias escuelas de pensamientos sionista, como por ejemplo: el socialista , el revisionista, el general o el religioso. Pero también se desarrollaron pensamientos contrarios a la idea. La oposición a las ideas sionistas se conoció con el nombre de integracionismo o asimilacionismo, que afirmaba que el sionismo era análogo al antisemitismo, dado que ambos niegan la condición de nacionales de un determinado país a los judíos. Lógicamente, la población árabe, eterna enemiga de los judíos, se opuso a la idea de la creación del  Estado Judío que finalmente se consiguió en mayo de 1948. Y curiosamente, los británicos, que habían firmado la Declaración Balfour, dificultaron después la inmigración judía a Palestina.

Pero en 1975, en plena etapa de la Guerra Fría, la Asamblea General de la ONU adoptó la famosa Resolución 3379, gracias al impulso de los países árabes y del apoyo del bloque soviético, que no era vinculante pero que asociaba el sionismo con el racismo. Lo que está claro es que cada uno es y debe ser libre a la hora de decidir si defiende la idea sionista o no, se puede estar de acuerdo o no. Pero desde su establecimiento y desarrollo, el sionismo mismo ha utilizado el concepto para atacar a todos aquellos que critican a Israel, al Estado de Israel o a la política del Estado de Israel. Porque también se puede estar de acuerdo o no con la política de un gobierno de un país ‘x’, se le puede criticar, se le puede denunciar si consideramos que comete alguna injusticia, pero no por eso se le puede tachar a quien lo hace de enemigo del sionismo. Basar todo un argumento de defensa de un pensamiento, una idea o una ideología en considerar contrario y enemigo de ello a todo aquel que lo critica es aparte de mediocre, miserable y débil, en una estrategia que ya resulta bastante habitual. Sin ir más lejos, muchos periodistas de investigación norteamericanos han denunciado todas las trabas y la mala reputación que desde diferentes ámbitos se les ha realizado por escribir en contra de las políticas exteriores del gobierno de Israel. Campañas de desprestigio que inciden en la mente de una masa acostumbrada a ser manipulada, aunque a veces no se dé cuenta. Lo cierto es que desde el momento en que osas penetrar esa línea de crítica y de búsqueda de la verdad, o simplemente cuando te atreves a opinar personalmente sobre alguna de las acciones del Estado de Israel, quedas estigmatizado para siempre sin que tengas derecho a réplica. Es lo mismo que ocurre en muchas ocasiones cuando a alguien se le ocurre criticar a un gobierno o a las políticas de éste, siendo automáticamente tratado como antidemócrata, radical o antisistema. Etiquetas que no dejan la verdad y que intentan ocultar la verdadera realidad. Y, como siempre ocurre, nada tiene que ver el concepto o la idea original con lo que el mismo hombre desarrolla con el tiempo.

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Los nuevos nómadas del mundo

Publicado: 19 de diciembre de 2013 en Artículos
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“Todos los cambios, aún los más ansiados,
llevan consigo cierta melancolía”
(Anatole France)
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El hombre es amo de sus costumbres. Y aunque las cambie o adopte las sigue acumulando durante toda su vida. Los hábitos, las tendencias se van adquiriendo. Algunas de forma cultural y otras de manera natural. Vamos mudando de costumbres casi sin darnos cuenta. Lo que hoy era habitual mañana deja de serlo. Nos hemos convertido en efímeros pasajeros de todo lo que acontece a nuestro alrededor. Y casi de forma instintiva y sin tiempo para reflexionar. No da tiempo ni siquiera a mentalizarse, ni a planear lo siguiente, lo asimilamos con una naturalidad pasmosa, nos dejamos invadir de nuevos retos, costumbres y rutinas sin que eso conlleve ningún esfuerzo o trastorno más o menos incontrolado.

Nuestros comportamientos están cada vez más influenciados por las circunstancias del entorno, y éste va cambiando a una velocidad de vértigo que casi no da tiempo ni a explicar debidamente. Todavía no nos acostumbramos a un escenario cuando ya aparece el siguiente. Sin casi saborearlo ni disfrutarlo. Lo que hoy lleva fortuna luego es mala suerte. Lo que hoy sale bien luego se vuelve en contra. Lo que parecía ir bien cambia de repente para pasar a ser algo casi innecesario. Lo que hoy amamos mañana cae en el olvido. Nos hemos acostumbrado a ser seres superficiales, sin profundidad, debido a las necesidades, cada vez más numerosas. No hay estabilidad. De ningún tipo. Ni familiar, ni social, ni de amistad, ni de relaciones, ni laboral, ni de lugar, ni económica, ni de futuro. Vivimos el hoy, y mañana ya veremos qué es lo que pasa. Lo que hoy ha salido bien mañana saldrá mal seguramente. Trazamos planes a diario para volverlos a retocar, para cambiarlos, para eliminarlos. Y lo que hoy es un desastre se convierte de repente en algo maravilloso. Lo bueno dura poco y lo malo también. No hay tiempo que perder. Todo avanza. Toda cambia. Mucho más rápido de lo que nuestra mente es capaz de asimilar.

El viaje es lo que se conoce como el cambio de la ubicación de las personas a través de cualquier medio de transporte o a pie. Hay viajes de todo tipo. Por motivos de trabajo, por obligación, por compromiso, por afición, por dedicación, por invitación, por celebración, por trabajo o por necesidad, entre otros ejemplos. En el viaje aparecen estímulos que no aparecen normalmente en nuestro habitual recorrido de vida. Aplicamos otra serie de conductas y de métodos de actuación. Abrimos más la mente y ejercitamos la capacidad de análisis y de observación por encima de lo que lo solemos hacer.

El ser humano acostumbra o acostumbraba a residir en un lugar determinado. Antiguamente, los pueblos sólo viajaban y levantaban su campamento debido a circunstancias obligadas, ya fueran por guerras, hambre, clima o necesidades varias. Los pueblos, en caso de no necesitarlo, continuaban desarrollando su vida y su entorno a lo largo de un espacio de tierra, generalmente cercano a un lugar provisto de agua y de alimentos. Aquellos que viajaban continuamente lo hacían por mera necesidad o como forma de vida. Los nómadas eran comunidades o pueblos que se trasladaban continuamente de un lugar a otro y no se establecían de forma permanente en ninguno de ellos. Incluso en la actualidad se calcula que hay más de 40 millones de personas en todo el mundo considerados nómadas. Aparte de todos aquellos que se ven forzosamente movidos de su lugar de origen por diferentes causas, casi todas ellas debido a la necesidad.

Hay culturas que han sido siempre nómadas, aunque son formas que están prácticamente en desuso, sobre todo en países del primer mundo. Se habla más de pueblos migratorios que de nomadismo. El concepto nómada se basaba en ocupar un centro temporalmente, donde hubiera disponibilidad de un buen suministro de alimentos y/o poder explotarlos. Muchas sociedades calificaron a esos pueblos de forma despectiva, dado que comparaban su espíritu y realidad nómadas con lo primitivo y lo marginal, sin considerar su identidad cultural. Porque esos pueblos nómadas tenían una base cultural, con valores, con arte, con tradiciones, valores y una gran preocupación por la protección del medio ambiente. Debido a que siempre se encontraban ambientes hostiles para vivir, desarrollaron un instinto natural para cuidar de la naturaleza, sabedores de sus posibles necesidades futuras. La naturaleza siempre ha estado amenazada por sociedades sedentarias.

Para un nómada, viajar es un estilo de vida, una forma de subsistencia. Va más allá del simple objetivo de subsistir. Tener alma de nómada no es tan extraño. Muchos ciudadanos del mundo estarían encantados de llevar esa vida, aunque parezca un tanto soñadora a primera vista. Ir de un lado a otro, no tener que asentarse en un lugar por mucho tiempo, seguir conociendo nuevos lugares, nuevos pueblos, nuevas costumbres, nuevos olores, nuevos colores, nuevos paisajes. Celebrar fiestas distintas en lugares distintos. Respirar aromas nunca descubiertos. Los nuevos rumbos que han modificado los hábitos de los ciudadanos de la mayoría del mundo obligan a cambios constantes, y entre esos cambios también entran los de lugar de residencia. Estar en un lugar, echar raíces ahí y permanecer media vida ya no es lo habitual. Ahora se debe abrir la mente de otra manera, ya no esperando, pero anticipando lo que puede pasar. No sabemos lo que va a venir mañana. Necesitamos estar despiertos y abiertos a todas las opciones. Hoy estamos aquí y mañana quién sabe. Nos hemos convertido sin querer en nómadas de nuestros destinos. Cambiar de residencia ya es como cambiar de bar. De repente nos encontramos en otro lugar, ausentes de todo carácter familiar, de nada conocido, parece como si tuviéramos que comenzar de cero, partiendo desde el punto de salida, como si todo lo que hubiéramos hecho hasta entonces no sirviera absolutamente para nada. Debemos reciclarnos. Resetear nuestro disco duro. Y desde el cero volver a empezar. Sensaciones extrañas, cuando has creado partes de tu mundo y ya no existen, han desaparecido. Restos de lo que una vez tuviste y disfrutaste convertidos en paisajes desconocidos con rutinas distintas.

Antes viajábamos con la mente. Soñábamos con viajar. No había medios, y la capacidad económica de la mayoría de la gente no ayudaba a descubrir nuevos mundos. Hoy, el continuo vaivén de gente de aquí para allá es constante. Por cualquier país se mezclan personas de toda raza, país, cultura, continente, educación, condición y capacidad. El concepto del viaje también ha cambiado. Se viaja más, gracias al mercado de precios y a la capacidad económica de muchos, pero se viaja muchas veces sin poder advertir todo lo que eso conlleva. No se aprecia el viaje, se consume. Se añade a la larga lista de tareas y parece ya casi como una obligación tener que visitar algún lugar. Se ha perdido la magia en muchas acciones que antes poseían un enigma y un misterio. Ahora casi nada nos hace excitarnos. Se toma, se usa y se tira. Así de simple.

Vivimos tiempos efímeros. La duda es la constante. Y lo peor es eso: la duda. Sin respuestas vamos deambulando como borrachos, acechando a los que transitan con nosotros, intentando descifrar los mensajes que el camino nos va dejando. Todo pasa, nada queda. Cambios drásticos que cuestan de analizar y de entender. El sol sale cada mañana, sí, pero para cada uno de forma diferente. Vagamos por el camino de la inestabilidad, como nómadas. Pero somos nómadas modernos, de otra generación, apoyados en amigos virtuales que siempre están lejos, en charlas sin voz, en escritos sin gestos, en amores sin fondo, en lágrimas sin rostros, en risas sin bocas, en tristeza acumulada, melancolía de lo que podría ser y no es, soledad que se amontona en un cajón de nuestra mente, hasta rebosar. Soledad del nómada, del que no tiene lugar, del que no tiene raíz. Nómadas de otros lugares ajenos, distintos e inseguros. Somos vagabundos de ideas, de pensamientos y de emociones, intentando encontrar almas gemelas para poder compartir todo lo que nos pueda consolar, todo lo que necesitamos expresar. Nos faltan muchas cosas, pero lo saciamos consumiendo de todo, aunque no lo necesitemos, quizá como los animales que beben porque desconocen cuando volverán a poder beber. Nos faltan sueños, o quizá tenemos demasiados. Imaginación elevado al infinito, donde las ilusiones corretean alegres entre medio de nuestras realidades. Despertamos del letargo. Seguimos caminando. Seguimos anclados en el laberinto de las dudas y de la inestabilidad.

“En un mundo superior puede ser de otra manera,
pero aquí abajo,
vivir es cambiar
y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”
(John Newman)
***
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“Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”

***

Cuando están a punto de celebrarse los funerales por Nelson Mandela (Madiba) se vuelve a hablar de la lucha de este símbolo contra la injusticia y en favor de la libertad. Una vida dedicada a conseguir la ansiada libertad para su pueblo y para eliminar la injusticia que se mantuvo durante tantos años sobre él. Verdaderos líderes de un pueblo o de la misma humanidad han existido pocos, si utilizamos la palabra líder cómo se debe, y la colocamos en su lugar idóneo, justo en lo más alto del escalafón social. Ser líder no es fácil. De hecho, es algo innato y al alcance de unos pocos elegidos. La fuerza de un líder se puede palpar y percibir en cada uno de sus gestos, en cada una de sus palabras. El liderazgo es ese concepto que considera al conjunto de habilidades que una persona puede poseer para dirigir o influir de forma definitiva sobre un grupo de personas determinado. Se trata de reunirlas en la lucha del mismo objetivo, hacerlas partícipes de ese esfuerzo, de esa lucha y de ese éxito. Se necesitan metas,  objetivos, pero ante todo tiene que saber motivar a su gente o pueblo. Un líder tiene que saber tomar la iniciativa, motivar a sus seguidores, dar ejemplo, evaluar las ventajas o inconvenientes de según qué acciones, gestionar sus cartas, convocar a cuanta más gente mejor, conseguir objetivos. Pero también se necesita de equidad, justicia, equilibrio, buen uso del poder y flexibilidad. La empatía forma parte también de un buen carácter de liderazgo. Los líderes deben tener un carisma especial que atraiga a sus seguidores. Son los guías para la consecución del destino. Debe ser responsable, con un carácter ganador y de talante totalmente tolerante.

Mandela fue precisamente eso: un líder. Y se podría añadir que con letras mayúsculas. De esos pocos que han existido y que siempre se recuerdan aunque pasen décadas desde su pérdida. Porque un líder de esta magnitud nunca se llega a perder del todo. De hecho, sus enseñanzas y sus ejemplos sirven para el presente y para el futuro. Todo lo que hemos aprendido de él nos debe servir. Porque son muchas lecciones las que nos ha ofrecido. Y sólo por eso ya deberíamos ser felices. Y una vida como la suya puede y debe servir a millones de personas de distintas generaciones. Ejemplos como el de Mandela ha habido pocos y, además, están en desuso. Muchos confunden el liderazgo con la clase política, aunque nada tengan que ver. La mayoría de los políticos del mundo en la actualidad carecen de liderazgo. No desprenden carisma ni ofrecen caminos para llegar a destinos soñados. Los políticos son simples ocupantes de puestos que no merecen, marionetas de organismos y multinacionales muchos más poderosos que les indican por dónde deben seguir. Los mal llamados líderes de hoy son pocos y nos hacen falta. Muchos. Y esa carencia determina nuestro presente. No hay ideas, no hay soluciones. Son líderes con pies de barro, amantes del prestigio y la notoriedad, deslumbrados fácilmente por los focos de los medios, creyéndose famosos e importantes aunque sean fugaces personajes y bastante necios. Y sorprende y hace gracia también como todos los que se creen líderes del momento hablan acerca de líderes reales como Mandela sin darse cuenta de que están a años luz de algo parecido a esos tipos de figuras inolvidables. Da la sensación que son ellos los que menos han aprendido de las lecciones que nos dejó el símbolo sudafricano. Y si lo han hecho lo saben disimular a la perfección, porque no ofrecen ejemplos claros de haber entendido algo de todo ello.

Las injusticias son cada vez más numerosas en el mundo. Cada vez hay más conciencia de ello, más gente luchando contra ellas,  más medios para combatirlas. Pero parece que no nos demos cuenta de que el ser humano quizá es contrario a la justicia como concepto. Es decir, si creemos que la inmensa mayoría está a favor de la justicia y dispuesta a defenderla a toda costa, deducimos lógicamente que sólo existe una cierta cantidad de personas carentes de esa conciencia y sensibilidad, con lo cual se supone que sería fácil entonces combatirlas, puesto que son una minoría. Pero las injusticias se suelen cometer cuando uno ostenta más poder que otro y lo utiliza en su beneficio. Y cuando los poderosos cometen esas injusticias se ayudan mutuamente para que nadie pueda eliminarlos. El corporativismo entre los que realizan injusticias está muy consolidado y no tiene resquicios. Muchos dicen que no hay más que antes, que simplemente ocurre que ahora se conocen y se descubren, cuando antes estaban totalmente cubiertas y escondidas. Sea como sea, el asunto no se arregla ni tiene pinta de que se vaya a arreglar pronto.

Algo parecido ocurre con la eterna lucha por la libertad. Nunca termina. Parece no tener descanso. Esa capacidad del ser humano para hacer lo que su propia voluntad desee parece que para algunos sigue estando confusa, a tenor por el comportamiento de muchos gobiernos, estados y organismos. Parece que muchas personas creen ser jueces de la libertad de pueblos e individuos como algo natural, simplemente por tener el uso del poder. Un poder que, desde los tiempos antiguos a hoy, ha estado y sigue estando corrompido. El mal uso del poder ya es algo habitual. Pero los que pasan por su territorio parecen no darse cuenta de que éste pasa a su vez de mano en mano y que nunca es eterno. La eternidad es un concepto fantasioso que no está al alcance ni siquiera de esos verdaderos líderes. Una solución sería no dar cuota de poder, sobre todo a ignorantes y descerebrados, pero la gran masa no entiende de elecciones de líderes, puesto que la manipulación está integrada en nuestras vidas y además nos califican la situación mayoritaria como de democracia. Millones de personas en el mundo sufren la esclavitud en pleno siglo XXI. Y las mafias al respecto siguen aumentando, al amparo de gobiernos y estados. Sólo hay una religión válida para toda la humanidad: el dinero. Las otras religiones tan sólo sirven para consumo privado.

Y mientras por todos los rincones del planeta se siguen oyendo palabras bonitas en homenaje a Mandela nos seguimos preguntando si algo va a cambiar. Si alguien va a entender cómo se deben hacer las cosas de una vez. Porque como siempre se repite: todo es más sencillo de lo que parece. Lo que ocurre es que si nos empeñamos en atender nuestras propias necesidades, alimentar nuestro ego y nuestra avaricia, consumir para sentirnos felices aunque sea por un segundo, girar la vista ante lo que nos da pavor, cerrar los ojos a la realidad, silenciar las injusticias, no luchar por lo que verdaderamente creemos justo, difícilmente conseguiremos cambiar algo. El cambio se produce en los pequeños detalles, desde nuestro micro cosmos, desde esa capa de vida que tenemos a nuestro alrededor y que parece insignificante. Desde ahí podemos comenzar a abrir puertas, sobre todo a decir las cosas por su nombre y denunciar todo aquello y a todos aquellos que siguen provocando que nada cambie y que la libertad sea un lujo y la injusticia una rutina.

libertad

 

Esa lencería femenina sin estrenar

Publicado: 8 de diciembre de 2013 en Artículos
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Es un interrogante que, sobre todo los hombres, nunca hemos conseguido responder. Un caso curioso, ya normal, pero que sigue siendo llamativo y que ocurre mucho más de lo que se imagina. Si se hiciera una encuesta quizá sorprenderían los resultados, pero lo cierto es que es habitual en las mujeres guardar en el cajón ciertas prendas de lencería sin estrenar, guardadas cuidadosamente para ocasiones especiales. Quizá se pueden salir de dudas mediante ciertas respuestas:

– Rosy: “Siempre se tiene un conjunto para ocasiones especiales, pero no necesariamente sin estrenar. Yo normalmente cuando compro lencería es para usarla en breve, no para guardarla sin ponérmela. Porque si la guardas mucho corres el peligro de que cuando quieras usarla ya no puedas porque no te cabe…”

-María: “A mí personalmente no me ocurre. Puede que utilice algunas prendas más que otras, generalmente por comodidad. Si es fea e incómoda mejor que se quede en el cajón pero si no lo es, entonces es una pérdida de dinero y de oportunidades”.

– Laura: “La lencería bonita de calidad es cara. Usarla mucho la estropea, por lo que entiendo que nos la reservemos para ciertas ocasiones. Yo soy joven y sin pareja, por lo que sólo tengo un par de conjuntos y no me los voy a poner para ir al cine con las amigas, prefiero guardarlos para una ocasión que sí valga la pena. Esa ocasión no tiene que ser una cita con un chico/hombre. Personalmente me siento guapa o sexy con ella, lo que deriva a cierta comodidad contigo misma. Así que cualquier ocasión que se necesite un “chute” de autoestima es buena. En fin, supongo que a todas nos gustaría ir todos los días con lenceria bonita y de calidad. Pero el miedo a que se estropee nos hace guardarla más”.

– Álvaro: “Guardan lencería sin estrenar, porque en su inconsciente tienen el deseo de encontrar un hombre distinto, único, que las haga sentirse a ellas, a su cuerpo, de manera diferente. Tiene relación con algo que anhelan”.

– Mertxe: “A mí no me pasa. Lo que me compro lo utilizo. Y si me regalan algo, lo pruebo. Si me va bien y me es cómodo, lo seguiré usando. Si no, no lo uso más. Es decir, sin estrenar no hay nada. Otra cosa es que haya prendas que uses menos que otras, pero suele ser porque su aspecto es más atractivo que su comodidad…”

– Olga: “Es fácil tenemos varios tipos de “lencería”: 1.- Tienes la ropa interior que te regala tu madre o tu tía, vamos esa que ellas suelen decir hija ponte ropa interior nueva por si te pasa algo (frase de madre total) . Esas bragas son las de color beige que tapan bien los riñones y la tripa y con el sujetador a juego muy cómodo que sujeta bien y te jode los hombros por lo apretadas que están las hombreras. Estas están condenadas al cajón. 2.- La que nos compramos solitas en un arrebato de hoy me siento sexy y mañana cuando vea esto mi chico le da algo… Suele ser el corpiño de seda y encaje que tiene 28 corchetes en la espalda y que abrochar sola es casi imposible, (una vez puesto ni se te ocurra quitarme el corsé que te mato) además suele estar cosido con un hilo de nylon que siempre roza y te hace polvo, como suele venir con la braga o tanga a juego, pues la fastidiamos si te vale el corpiño las parte de abajo es grande o pequeña seguro y como es conjunto…. también están condenadas al cajón. 3.- Lo ves en el escaparate y dices jjajaja que conjunto tan mono con Piolin y Silvestre, este es cómodo de algodón, te lo compras llegas a casa lo metes en el cajón un día lo sacas y dices pero que narices pinto con mas de cuarenta y unas bragas y un sujetador con un pájaro y un gato. Ni lo estrenas se queda en el cajón. 4.- Si te lo regala un tío, al cajón directamente por que si. No tengo una explicación lógica pero suele ser fea e incomoda. Las pelis porno hacen mucho daño. Y mi pregunta para los hombres es: ¿Porque siguen comprando la ropa interior en ofertas del híper en paquetes de tres unidades?”

– Miquel: “Igual la compran simplemente para tenerla pero sin ninguna intención de usarla, como el que compra un libro porque la portada es guapa o queda bien en la estantería del comedor. También hay hombres que se compran cada año la camiseta nueva de su equipo de fútbol y nunca se la ves puesta, eso si, cada vez que vas a su casa te la sacan para que veas que fieles son a su equipo”

– Cristina: “Podría ser por comodidad? Es decir, la ropa interior, básica, suele estar hecha de algodón y es más cómoda al roce con otra ropa, como vaqueros, por ejemplo, o no llevan costuras lo que hace que no te deje marcas y también es más cómoda para entrenar. La ropa interior ya refiriéndonos a lencería, suele estar confeccionada con otros materiales, o incorporan “adornos” como puntillas, piezas metálicas, brillantes, los bordes pueden estar rematados con telas diferentes o encaje y al roce de la piel, no es tan cómodo como otro tipo de telas, pues algunas como la seda, no son ni siquiera elásticas”

– Javier: “Suelen equivocarse, es decir, se compran algo demasiado sexy que creen que un día usarán, pero no llega ese díaa, supongo, por otra parte compran más que los hombres, así  que tienden al almacenaje sistemático”.

– Nick: “No tengo ni idea. Es como aquel que guarda su mejor botella de vino para el invitado más ilustre.Pasan monarcas, ministros, famosos pero ninguno es lo suficientemente importante para descorchar el buen vino. Finalmente el tipo la palma y se lo beben los sirvientes del difunto”.

– Lorenzo: “Porque los hombres que han encontrado hasta ese momento no han merecido el estreno…”

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Tu libro favorito

Publicado: 6 de diciembre de 2013 en Artículos
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“La lectura de un buen libro es un diálogo incesante, en que el libro habla, y el alma contesta”

(André Maurois) 

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La lectura de un buen libro no se olvida jamás, como no se olvida aquel amanecer que nos dejó callados, o aquel mar embravecido que nos asombró, o la sonrisa embaucadora que nos sedujo, o la mano que nos apretó con fuerza cuando la necesitábamos, o la persona que nos escuchó cuando más lo necesitábamos. Un libro representa mucho, pero si alcanza la calificación de libro inolvidable entonces sobrepasa las barreras de lo natural para convertirse en algo demasiado valioso, demasiado potente. Porque la fuerza de un libro que nos envuelve por completo es incalculable. Insuperable. Puede arremeter contra la más dura depresión, acompañarnos junto a la más oscura soledad, invitarnos a la máxima relajación, rociarnos con lava de volcán, calentar nuestras entrañas, helar nuestras emociones, indagar en el misterio, ensombrecer nuestras realidades.

La lectura de un buen libro nos sumerge en un mundo paralelo desde el cual observar nuestro propio mundo de otra manera. Nos da aire, nos excita, nos agita, nos desploma, nos despoja de recuerdos, nos da otros, nos protege, nos da vida, nos da pena, nos hace llorar, nos hace gritar, ansiar, desear, ilusionar, gozar, viajar, soñar… Un buen libro es difícil de describir porque su belleza es tal que nos transporta hacia lugares lejanos, sin explorar, a veces inexistentes, donde los personajes se acercan a nosotros y nos abrazan, forman parte de nosotros y de nuestra vida por un momento y después para siempre. Un buen libro nos acompañará siempre, en nuestro camino, en nuestra memoria. Lo recordaremos con cariño, jamás lo podremos olvidar. Un buen libro hará de nosotros otras personas. Nos enseñará a amar, a reír, a llorar y a disfrutar con lo que no imaginábamos. Nos hará vibrar hasta el éxtasis, nos encogerá hasta el dolor, nos abrazará con cariño y nos expulsará hacia nuevas metas, con sensaciones diversas pero íntimas, hasta que admitamos caer en sus redes y nos dejemos llevar por ese mundo de ilusiones engrandecidas, universos paralelos que cobijan monstruos, héroes, amantes y asesinos, y donde nuestra mente recorrerá su propio camino.

Tu libro favorito es aquel que una vez terminado lo querrás volver a releer, aquel que amarás como si hubiese sido escrito por ti, y que adorarás como a una diosa olvidada. Es ese tu libro favorito, el que te concedió la gracia de la sorpresa, de la angustia, del placer y del miedo. Que sobrepasó todas las expectativas hasta hacerse sublime. Que ascendió hasta el cielo para convertirse en único y que sigue ahí, justo frente a ti, esperándote para siempre. Como un fiel amigo. Como un gran amigo. Nunca lo dejarás escapar y nunca lo podrás perder. En cierta forma será parte de ti, estés donde estés y vayas donde vayas. Tu libro favorito te tocará con su sabiduría hasta que te sientas verdaderamente extraño, o gozoso, o simplemente halagado. Tu libro favorito te hace vivir constantemente, como lo hizo la primera vez, como lo hará siempre.

“Hay solo dos cosas con las que uno se puede acostar: una persona y un libro”

(Ray Bradbury)

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¿CUAL ES TU LIBRO FAVORITO? (Resultados de una encuesta realizada en twitter)

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4 VOTOS:

1. LOS PILARES DE LA TIERRA (Ken Follett)

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3 VOTOS :

2. CIEN AÑOS DE SOLEDAD (Gabriel García Márquez)

3.  LA SOMBRA DEL VIENTO (Carlos Ruiz Zafón)

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2 VOTOS :

4. LA CATEDRAL DEL MAR (Ildefonso Falcones)

5. LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER (Milan Kundera)

6. JUAN SALVADOR GAVIOTA (Richard Bach)

7. SIDDHARTHA (Hermann Hesse)

8. LOS MISERABLES (Víctor Hugo)

9. EL NOMBRE DE LA ROSA (Umberto Eco)

10. COMETAS EN EL CIELO (Khaled Hosseini)

11. EL PRINCIPITO (Antoine de Saint-Exupéry)

12. LA CONJURA DE LOS NECIOS (John Kennedy Toole)

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1 VOTO :

13. ASÍ HABLO ZARATUSTRA  (Friedrich Nietzsche)

14. COMO AGUA PARA CHOCOLATE (Laura Esquivel)

15. UN TRABAJO MUY SUCIO (Christopher Moore)

16. CHING. EL LIBRO DE LOS CAMBIOS (Anónimo)

17. LA CHICA DEL TAMBOR (John Le Carré)

18. EL CLUB DUMAS (Arturo Pérez-Reverte)

19. JURASSIC PARK (Michael Crichton)

20. EL DIARIO DE ANA FRANK (Ana Frank)

21. EL RETRATO DE DORIAN GRAY (Oscar Wilde)

22. EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO (J. D. Salinger)

23. CRIMEN Y CASTIGO (Fiódor Dostoievski)

24. ANTIGUA VIDA MÍA (Marcela Serrano)

25. REBELIÓN EN LA GRANJA (George Orwell)

26. EL PERFUME (Patrick Süskind)

27. MOMO (Michael Ende)

28. JUSTINE (Marqués de Sade)

29. RELATOS FANTÁSTICOS (Iván Turgueniev)

30. CUENTOS PARA PENSAR (Jorge Bucay)

31. NARCISO Y GOLDMUNDO (Hermann Hesse)

32. ROJO Y NEGRO (Stendhal)

33. TIERRA DE HOMBRES (Antoine de Saaint-Exupéry)

34. LA NÁUSEA (Jean Paul Sartre)

35. BROOKLYN FOLLIES (Paul Auster)

36. MIRALL TRENCAT (Mercé Rodoreda)

37. MADAME BOVARY (Gustave Flaubert)

38. EL AMOR EN TIEMPOS DE CÓLERA (Gabriel García Márquez)

39. ILUSIONES (Richard Bach)

40. LOS LENGUAJES DEL DESEO (Enrique Rojas)

41. PASIÓN INDIA (Javier Moro)

42. OPINIONES DE UN PAYASO (Heinrich Böll)

43. NEUROMANTE/CONDE ZERO/MONA LISA ACELERADA (trilogía) (William Gibson)

44. VERÓNIKA DECIDE MORIR (Paulo Coelho)

45. ONCE MINUTOS (Paulo Coelho)

46. EL SEÑOR DE LOS ANILLOS (J.R.R. Tolkien)

47. SUN TZU (Sima Qian)

48. LA MASACRE DE VIRGINIA TECH (Juan Gómez Jurado)

49. LA TORRE OSCURA (Stephen King)

50. LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS (Torcuato Luca de Tena)

51. MUJERES ENAMORADAS (D.H. Lawrence)

52. UN MUNDO SIN FIN (Ken Follett)

53. EL PROFETA (Khalil Gibran)

54. EL PSICOANALISTA (John Katzenbach)

55. JOSAFAT (Prudenci Bertrana)

56. LAS CENIZAS DE ANGELA (Frank McCourt)

57. UN LUGAR LLAMADO NADA (Amy Tan)

58. EN EL CAMINO (Jack Kerouac)

59. TIEMPOS DE PRODIGIO (Marta Rivera de la Cruz)

60. EL BARÓN RAMPANTE (Italo Calvino)

61. PEDRO PARAMO (Juan Rulfo)

62. ROSAS EN EL CIELO (Sonia Iglesias)

63. EL PÉNDULO DE FOUCAULT (Umberto Eco)

64. RAYUELA (Julio Cortázar)

65. TE DARÉ LA TIERRA (Chufo Llorens)

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El poder del dinero

Publicado: 5 de diciembre de 2013 en Artículos
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Qué harías si el dinero no fuera impedimento_

“Quien cambia felicidad por dinero
no podrá cambiar dinero por felicidad”
(José Narosky)
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El dinero se inventó como medio de intercambio aceptado por la sociedad y que se usa para el pago de bienes, servicios y cualquier tipo de obligación. Consistía en una forma más sencilla que el antiguo trueque. El dinero que usamos a diario en cualquier parte del planeta debe estar avalado o certificado por la entidad emisora. En general, son los gobiernos de los estados los encargados de ello, a través de las leyes, las cuales determinan cuál es el tipo de dinero de curso legal, y gracias a los bancos centrales y las casas de las monedas se regula y controla la política monetaria de una economía, además de crear las monedas y billetes necesarios.

“Hay gente tan pobre en el mundo que lo único que tienen es dinero”

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El hombre descubrió desde la aparición de la agricultura, la ganadería y la pesca, que se generaba un excedente de producto; una cantidad de bienes que no podían ser consumidos por quien los recogía, realizaba o producía. Todo ello generó que se pudiera alimentar a mucha gente que se podría dedicar a producir otros productos también necesarios. Con ese marco se creó el trueque. El trueque era una idea de intercambio de objetos y servicios por otros objetos y servicios. Lógicamente debía existir un excedente de productos determinados que desencadenaría en la división del trabajo. El problema que generaba ese sistema es que los intercambios dependían del excedente acumulado y de las necesidades de demanda de cada individuo, lo que hacía que el proceso fuera lento y algo lejano a considerarse como eficiente. Asimismo, resultaba difícil encontrar a la persona indicada que necesitara el producto excedente del cual otra persona necesitaba deshacerse. Y en muchos casos, la oferta de excedentes no satisfacía las necesidades de muchas personas que igualmente poseían excedentes que no interesaban a otras.

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Con el tiempo se descubrió que existían bienes que eran más fáciles intercambiables que otros, ya fueran por su utilidad, ya fuera por su capacidad para circular por el mercado y para que sirviera como moneda de cambio. De hecho, muchos individuos almacenaban productos que no producían pero que les servían para poder negociar por otros. Se vio que la necesidad de un producto y la demanda de él era mucho más importante que la variedad. Para poder cambiar ese sistema se crearon alternativas que se utilizaron a modo de dinero: ya fueran joyas, piedras preciosas, metales, conchas, piedras o sal. Y, finalmente, fueron el oro y la plata los más utilizados para los intercambios de bienes, debido a la facilidad de su transporte y a su fácil conservación. El siguiente paso fue acuñar los metales o monedas para avalar su peso y su calidad. Parece ser que fueron los lidios los primeros en introducir el uso de monedas de oro y plata, al igual que establecieron lugares de cambio permanentes. Acuñaron monedas estampadas ya en el siglo VII a.C. La primera moneda fue una aleación de oro y plata, y pesaba unos 5 gramos, que se utilizó para pagar a las tropas de un modo regulado.

“No estimes el dinero ni más ni menos de lo que vale,
porque es un buen siervo y un mal amo”
(Alejandro Dumas)
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En la actualidad, el dinero legal es aquel emitido por bancos centrales y es el aceptado como forma de pago. Aunque no se puede reducir el dinero al dinero legal. Quizá por dinero entendemos el líquido solamente. Existe también el dinero bancario, ya sea mediante créditos o depósitos para los clientes, y que con el desarrollo social se ha convertido en dinero electrónico. Un dinero del cual se dispone, se mueve, se intercambia pero no se ve. Es un dinero que se lee en un papel o en una pantalla, y en el cual se cree aunque no se llegue a comprobar si existe de veras. Cualquier dinero está respaldado mediante metales, generalmente oro. Y el valor está sujeto a la oferta y la demanda.
“Hay tantas cosas más importantes que el dinero…pero cuestan tanto!!!”
(Groucho Marx)
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Pero lo que se creó como intercambio de bienes se ha convertido casi en toda una religión, una creencia y un dogma difíciles de eliminar. De hecho, el dinero ha corrompido a generaciones y generaciones, y lo sigue haciendo. Por dinero se hace de todo, todo parecer valer. El dinero alienta, emociona, alecciona, ambiciona, alimenta, mata, secuestra, roba, viola, engaña… El dinero es quizá el peor invento del hombre, aunque nunca se hubiera podido imaginar cuando se creó. El mal uso del hombre deviene en la creencia de una mala idea a la hora de analizar un invento. A veces, el invento no deja de ser malo, pero el hombre se empeña en darle la vuelta y convertirlo en algo que por momentos apesta. La sociedad, desde que existe el dinero, se divide y se diferencia por el dinero. En muchos países si preguntas cuántas clases sociales existen te responden que sólo dos: los que tienen dinero y los que no.
“Cuando uno es pobre no importa que no tengas dinero,
lo que importa es que seas feliz
con lo que tienes sin importar el precio” 
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El dinero marca, delimita, impone fronteras, quita y da opciones y/o ventajas, y fractura cualquier posibilidad de igualdad social. Y ahí es cuando hay que plantearse lo de la igualdad social: porque habría que saber qué porcentaje de la sociedad mundial está a favor de la igualdad social a niveles de dinero. Por lo que se comprueba a diario parece ser que la mayoría está totalmente en contra de ello. O al menos, los organismos y las instituciones internacionales que podrían hacer algo. Por no hablar de los gobiernos y las multinacionales. El dinero llama  al dinero. Otra de esas  frases célebres. Porque lo que muchos hacen por dinero cruza a veces esas líneas que deberían ser inquebrantables. El dinero provoca querer más y más. Una avaricia que no tiene límites. Y nunca parece haber suficiente. El dinero se acumula, se derrocha, se manifiesta en la actitud y en el comportamiento de millones de personas que por necesidad, por circunstancias o por simple ambición, son capaces de denigrarse o abusar para conseguir un poquito más.
” Cuando se trata de dinero todos somos de la misma religión”
(Voltaire)
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Si realmente nos vemos en difícil situación a la hora de juzgar los comportamientos relacionados con todo lo que tiene que ver con el dinero no hace falta más que leer lo que dicen algunos científicos al respecto, cuando afirman que cuando se trata de tomar decisiones relacionadas con el dinero, la mente humana se comporta de forma irracional.  Los economistas conocidos como ‘racionales’ creen que el individuo, por regla general, siempre calcula el riesgo que conlleva gasta más de lo ahorrado. Aunque se ha demostrado recientemente que la conducta de la gente cuando hay dinero por medio cuestiona la filosofía económica dominante, basada en la estabilidad de los mercados y que ha concluido con el estallido de burbujas inmobiliarias en multitud de países del primer mundo. Parece que nos cuesta aceptar el nivel económico que tenemos y, en definitiva, actuamos de forma irracional, deseando adquirir más de lo que podemos, más de lo que necesitamos. Y quizá la sociedad del consumo está creada de esa manera. Un reacción frenética en el comportamiento de los agentes financieros y de los consumidores a la hora de hablar de dinero puede estar sujeta al descubrimiento de que cuando se habla de dinero se activan los mismos circuitos cerebrales de las emociones, al igual que ocurre con las drogas, la comida o el sexo. Quizá por ahí ya vamos entendiendo por qué hay gente que lo hace todo por dinero y por qué se pisotean los derechos de millones de personas en aras de abarcar un poquito más de riqueza, o digamos más dinero…
Lo que está claro es que si la irracionalidad domina en general a la raza humana a la hora de hablar o de tratar con el dinero las soluciones al respecto parecen muy complicadas. No se ven atisbos de mejora. Muy al contrario, la riqueza se va reduciendo a un espectro mínimo de personas que controlan la práctica mayoría de ella, aprisionando al resto a sobrevivir como pueda, creando necesidades cada vez más insalvables y más drásticas, creando pobreza con una rapidez inusitada y cada vez a más millones de personas. El dinero seguirá estando ahí, el mismo, lo que pasa que en manos equivocadas. La repartición de la riqueza parece una utopía de unos pocos. Pero es la ausencia del dinero el que provoca necesidades, y esas necesidades van ligadas intrínsecamente a otras realidades que se ven desarrolladas, aumentadas e incontroladas por momentos, y que en el futuro quizá lleguen a ser parte de la solución aunque de manera muy radical.

El placer de compartir

Publicado: 2 de noviembre de 2013 en Artículos
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“La soledad se admira y desea cuando no se sufre,

pero la necesidad humana de compartir cosas es evidente”

(Carmen Martín Gaite)

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Compartir puede hacer referencia a muchas cosas y a muchas situaciones. Pero entendemos por compartir el mero hecho de disfrutar de algo en común con alguien. El hecho que se comparte puede ser  secundario, porque a menudo se disfruta tanto de lo que se comparte como de la compañía con la que se hace. Esa disfrute puede ser momentáneo, duradero, eterno o simplemente fugaz. De todas formas, no deja de ser un disfrute al cual no deberíamos renunciar. Puede ser algo tangible o no. Un abrazo, una noticia, un sueño, una lágrima, un suspiro, una comida, una ayuda, una mirada, un secreto, un trabajo, un futuro, una vida, una noche, un momento, un segundo, un algo…

A veces, cuando compartimos, revivimos el hecho, la situación, el momento. A veces, cuando compartimos, nos mostramos, porque expresamos lo que nos gusta, lo que nos disgusta, lo que nos emociona. Y compartir es otra forma de comunicar. Una obligación, una necesidad humana. Compartir porque sí, sin más razones. Porque compartir la compañía de alguien durante un tiempo determinado puede ser inolvidable. Igual que recordamos aquella tarde, aquel momento, aquella persona.

“NO quiero que me ames, ni que me adores;

sólo déjame compartir contigo tus mejores horas”

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Se comparte porque sí, sin esperar que la otra persona vaya a compartir algo también. Se comparte, se da, se intercambia. Y en la acción está la satisfacción. Porque al intercambiar y compartir se expande el hecho, la situación y la emoción. No podemos ser los descubridores de todo, por eso necesitamos de los demás, para que nos abran puertas, para que nos orienten, para que nos enseñen aquello que jamás hubiéramos podido descubrir por nosotros mismos. Muchos creen que lo importante es lo que piensan, lo que sienten, lo que saben. Pensando que lo que los demás les pueden aportar no es tan seductor, tan interesante o tan importante. Pero no se dan cuenta de que lo que piensan, sienten y saben es gracias a otros que compartieron con ellos algo de sus pensamientos, sentimientos y/o conocimientos. Nadie es tan importante, ni tan interesante. Lo importante es poder compartir, eso es lo verdaderamente interesante.

Las comunidades humanas han compartido desde el principio de los tiempos los recursos, como forma de supervivencia. En tiempos de crisis, la gente se da cuenta que se puede compartir mucho más de lo que imaginaban o solían. En tiempos de crisis el ser humano abre su mente y desarrolla el solidarismo y libera la mente hacia la buena voluntad sobre otras personas. En tiempos de bonanza impera el egoísmo, el egocentrismo y el individualismo. Se coopera poco, se tiende a aislarse demasiado, a separarse de los demás, como si no se necesitara nada más. A veces olvidamos lo más elemental, lo más simple y natural. Olvidamos que existen otras formas de concebir el mundo, aunque no sean beneficiosas exclusivamente para nosotros. Curiosamente, en tiempos convulsos, en tiempos complicados, es la gente la que tiende a cambiar, o a buscar cómo cambiar. Mientras que los organismos, los estados y las políticas siguen ancladas en vicios antiguos, en costumbres ya revisadas y muy desgastadas.

Hace falta obtener ideas, y eso no es fácil. Las ideas pueden expandir nuevos pensamientos, nuevos proyectos, nuevos sentimientos y nuevas compañías. Debemos ser abiertos de mente para poder localizar el foco de nuestro mañana, sin olvidar que necesitamos de los demás, de todo lo que nos rodea, que cualquier cosa puede ser importante, decisiva. Ya no se trata tanto de lo material sino de lo esencial. Buscar más valores para conservarlos, para defenderlos, para sostener el entorno en el que nos vemos a veces encerrados. Pero para abrirlo, rompiendo todas las barreras que encontremos en el proceso, sin importarnos cuánto tiempo necesitemos ni cuánto esfuerzo gastemos. Dejar de contar los beneficios, intentando invertir para recoger, aunque sean detalles, porque en los pequeños detalles es donde se encuentra la verdadera importancia de todo. Detalles que compartimos de una manera u otra, que debemos seguir compartiendo cada día más.

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El Fascismo combate-783655

“Toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura al fascismo”

 (Albert Camus)

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Hay que comenzar por el origen, por la causa. El fascismo nació como una ideología política que trataba de encuadrar a toda una sociedad en tiempos de crisis dentro de una dimensión que promovía la movilización de masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las nacionales. Confluían diferentes características y muchas causas. Desde la histórica a la económica, pasando por la causa nacionalista y también por la sociocultural. Para muchos es una ciencia política y para otros una forma de vida. Es complicado de definir pues puede aparecer en numerosos momentos y en multitud de comportamientos.

Muchos grupos y muchas personas realizan actos fascistas sin llegar ni siquiera a saberlo. De hecho, algunos comportamientos de claro corte fascista, rayan lo vergonzoso sin que el protagonista sienta nada de rubor en absoluto, puesto que para él quizá no signifique nada de eso. La conclusión puede ser clara: la falta de rigor y de conocimiento sobre el tema hace que su uso se confunda, se mezcle, se multiplique y quede completamente como algo natural, sin que llegue siquiera a llamar la atención. De hecho, el fascismo es un pensamiento político, y muchos actos políticos son fascistas.

Muchos de los primeros fascistas no sabían qué significaba la teoría, ni que realmente existiera una. La acción se anteponía al discurso. La práctica dominaba a la doctrina y al pensamiento. Es decir, cada cual podía protagonizar su propia identificación de ello. Cada uno inventaba el suyo. Y en cada país, el fascismo se propagó de diferentes formas, aunque siempre con la misma esencia. El nacionalismo era la base de la idea. Abogando por la defensa de la nación, hurgar en la herida de antiguas batallas, antiguas derrotas, antiguas afrentas o antiguos dominios, servía exactamente como excusa y acicate para exaltar a la masa deprimida u ofendida. Y en eso consistía básicamente el fascismo: en la exaltación de las masas, espoleando su orgullo patrio, cultural y tradicional.

Con la masa se puede conseguir el cambio. Y el fascismo perseguía un cambio. Y el cambio debía ser radical. Curiosamente, muchos de los grupos que comenzaron a distinguirse por sus comportamientos fascistas siempre negaron serlo, puesto que esa publicidad no era la conveniente ni la oportuna. Y estuvo de moda bautizar a muchos de esos movimientos fascistas con nombre originales para distinguirse de otros similares en otros países y para que no fueran confundidos por simples seguidores de teorías fascistas, cuando realmente promulgaban los mismo principios o similares. Un ejemplo podría ser el líder fascista húngaro Ferencz Szalasi que afirmaba que su movimiento no era ni hitleriano, ni antisemita, sino hungarismo. Todos querían ser originales, cuando eran copias y subcopias de una teoría general y única: el nacionalismo. 

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El nacionalismo básicamente fue una ideología y un movimiento sociopolítico que se asociaba con el recién aparecido concepto de nación en la época de la industrialización, justo a finales del siglo XVIII. Se trataba de identificar a la nación como el único referente identitario de una comunidad política. Se partía del principio de soberanía nacional, donde la nación se establecía como la única base legítima del Estado; y del principio de nacionalidad, dado que cada nación conservaba su propio Estado y sus fronteras para distinguirse de sus vecinos. Pero no había que distinguir el movimiento con el sentimiento. El patriotismo y/o la afinidad cultura, y/o tradicional de un grupo, pueden verse confundidos a menudo por acciones o reacciones lejanas en la concepción de una estrategia de independencia. Llamar nacionalismo al sentimiento de pertenencia a una nación puede ser totalmente distinto al hecho de crear una doctrina o una acción política violenta al respecto para conseguir un propósito, o para llevar a cabo, gracias al apoyo de la masa, planes que sugieran nuevos horizontes de futuro para la comunidad concreta.

“Es bien sabido que la ciencia y el nacionalismo son cosas que se contradicen,

aunque los monederos falsos de la política nieguen ocasionalmente ese saber:

pero también llegará ¡por fin!

El día en que se comprenderá que sólo para su daño

puede ahora toda cultura superior seguir cercada por vallas nacionales”  

(Friedrich Nietzsche)

***

Hubo una época que el nacionalismo reaccionó en cadena, en el llamado período del nacionalismo, justo cuando hubo un surgimiento global de ideología y movimiento nacionalistas en todo el mundo, momento que coincidió con algunas de las revoluciones liberales y burguesas más importantes en el siglo XIX. También hubo otro momento importante para el nacionalismo justo en el período entre la Primera y Segunda Guerras Mundiales, cuando los movimientos fascistas engancharon a millones de personas acerca de sus razonamientos, y tras las guerras con el proceso de descolonización en muchos países. 

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Pero para la ciencia política es difícil a veces distinguir entre los regímenes que se pueden considerar fascistas. Mucho más complicado que hacerlo entre regímenes inspirados en ideologías más corrientes. Se analizan circunstancias, orígenes y formas que se adaptan a la sociedad o nación y que son propias del fenómeno. Hay un fascismo viejo y un fascismo moderno, aunque las notas que coinciden entre los dos tipos son bastantes. Muchos trabajos indican que los períodos de regímenes fascistas en muchos países europeos fueron un episodio doloroso dentro de la historia de ellos, y algunas de sus esencias siguen todavía vivas en muchos. Se enumeran varias interpretaciones del fascismo: desde la que lo califica como ‘enfermedad moral’, como ‘producto lógico e inevitable del desarrollo histórico de algunos países’, como ‘reacción de clase antiproletaria’ o como ‘ideología de la crisis del mundo contemporáneo’.

Los motivos por los cuales apareció el fascismo son variados y cada experto ha encontrado y calificado los suyos. Para muchos la época económica de crisis fue fundamental para poder captar la atención de la masa en un proceso de industrialización bestial; otros se fijan más en los aspectos psicológicos de la ideología en general, un oasis dentro de un desierto de ideas, una forma de airear a muchas mentes que necesitaban estímulos para motivarse y para poder seguir a algo o a alguien; para otro simplemente fue la inseguridad de las clases medias incipientes lo que provocó que se unieran en busca de una defensa de ‘su bienestar’, próxima  a lo que algunos llaman la teoría de la supervivencia. Pero lo cierto es que hay características comunes en todos los sistemas fascistas: ya sea el totalitarismo, el autoritarismo, el control del estado, los motivos nacionalistas, el racismo y la xenofobia, la distinción clara de clases sociales, la unión nacional, la centralización, el partido único, el despotismo, el imperialismo, el anticomunismo, defensa de los valores morales y tradicionales, el seguimiento a un líder concreto, el afianzamiento de unas élites determinadas, un régimen político de masa. Curiosamente, muchos de los razonamientos realizados por expertos en países donde hubo una marcada época fascista parece que intenten más argumentar y buscar excusas al respecto que analizar profundamente el hecho de que existiera ese núcleo de la sociedad mimetizado por esa ideología.

Parece claro que el fascismo necesita de una situación socioeconómica muy particular, aparte de unos rasgos y unos estados de ánimo de las naciones para considerar la opción de decantarse por su ideología. Ya sean problemas estructurales de desempleo, una crisis económica, una falta de valores arraigada en el tiempo, una disgregación nacional, una voluntad de unión nacional, un apoyo de una juventudes dispuestas a luchar por unos ideales comunes, la llegada de un líder carismático que guíe a la masa, la necesidad del deseo de romper con un sistema anterior, un amplio movimiento de contenido espiritual o religioso acentuado y marcado estilo racista, una estructura social fragmentada políticamente y la búsqueda hacia el pleno totalitarismo para edificar un estado único alrededor de la nación.

El fascismo tuvo un claro componente de fenómeno internacional y apareció en todos los continentes. El conocido populismo entabló serias similitudes con él, aunque intentando decorarlo como algo nuevo y original. El fascismo vive y se nutre en un espacio en crisis. Y se presenta siempre como el salvador ante una situación tremendista, catastrofista y sin salida. Y en la acción de la catástrofe se centra la ideología. Se podría decir que el fascismo es una ideología de crisis. Y las crisis son periódicas y siempre aparecen. Son cíclicas. Aunque las crisis suelen ser un simple argumento, una excusa razonable, una forma de dar el pistoletazo de salida. Pero no debemos olvidar que el fascismo existió, existe y existirá. Porque para muchos representa un pensamiento, una forma de ser y de pensar. El fascismo no desaparecerá y está fuertemente situado en las entrañas de todas las sociedades. Querer olvidarlo o no querer darse cuenta de su existencia sólo produce que se extienda sin remedio. El fascismo es latente. Nunca se extinguió. Siempre estuvo de moda porque para muchas personas es una forma de vida en cualquier país del mundo. Y como sabemos de sus resultados debemos ser precavidos y cautos ante parámetros que indican que el fascismo sigue extendiéndose alarmantemente desde hace algunos años, debido a las crisis o quizá no, debido a la inseguridad o quizá no, debido a la movilización de la emigración global o quizá no. Sea como sea la realidad presenta este diagnóstico. Otra cosa será saber hacia adónde nos lleva o qué seremos capaces de hacer frente a ella.

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Expresar los sentimientos

Publicado: 12 de octubre de 2013 en Artículos
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“Los sentimientos son los instrumentos de que dispone el sujeto

para estar interesado en los objetos que le rodean.

Sin los sentimientos seríamos prácticamente muebles”

(Carlos Castilla del Pino)

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Nuestros estados de ánimo son como las emociones, y según la emoción que sentimos determinamos nuestro estado de ánimo. Hay sentimientos que se asemejan precisamente a nuestro estado de ánimo, y a veces esos mismos sentimientos permanecen escondidos, sin que les dejemos salir de su escondite. Los guardamos celosamente , los retenemos en contra de su voluntad y no los expresamos de forma natural. Cualquier individuo se caracteriza por la impresión que refleja para los demás, algo que determina a cualquier persona o animal. Pero nuestros sentimientos pueden llegar desde cualquier estímulo, ya sea un recuerdo, una visión, una escena, una mirada o una vivencia. La conclusión es que el sentimiento es el resultado de nuestras emociones. Reaccionamos ante lo que nos ocurre, y a algunos se les nota más que a otros. Todo depende de cómo los expresemos.

Tenemos tendencia a sentir estímulos emotivos, provocados por un amor o por cualquier carga emocional, estímulos que nos dan vida y que de alguna forma nos equilibran, puesto que algunas son buenos y algunos son malos. Vamos reaccionando según lo que vamos viviendo. Reaccionamos según la necesidad, según la circunstancia. Y cambiamos tantas veces nuestros sentimientos como veces vamos notando emociones. Pueden ser varias, pueden ser miles. Nuestra mente trabaja sin parar para establecer, analizar y reaccionar ante los hechos que se van aglutinando y desarrollando a nuestro alrededor. Y aunque a veces nuestra propia mente nos confunde y nos crea falsos sentimientos, también es cierto que nosotros somos capaces de alimentar y hacer crecer alguno de ellos con la misma facilidad con la que suelen aparecer. Asimismo los engrandecemos y los creemos reales cuando normalmente ni siquiera son verdaderos. Quizá es ahí donde confundimos los sentimientos con simples ilusiones. Pero para expresar lo que se siente ante todo hay que aceptar lo que se siente. Y aceptarlo implica entender lo que se siente. Y no siempre somo capaces de ello o no queremos aceptarlo. Cuando finalmente pasamos a la siguiente fase ya nos sentimos capaces de liberar lo que guardamos en nuestra mente, en nuestro interior, y lo exteriorizamos a nuestra manera. Podemos expresarlos de mil formas, pero generalmente lo hacemos mediante palabras o mediante hechos. Ahí depende el carácter de cada uno para determinar la forma.

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“No hay nada que desespere tanto como ver mal interpretados nuestros sentimientos”

(Jacinto Benavente)

***

Nos cuesta decir lo que pensamos. Expresarlo. Nos lo pensamos demasiado y en ocasiones no lo soltamos. Por miedo, por vergüenza, por timidez, por precaución. ¿Por qué? Porque simplemente nos cuesta gritar, llorar, reír, sonreír, hablar, sincerarnos, dejar salir lo que sentimos, abrirnos a los demás, expresar lo que llevamos dentro. Ocultamos sentimientos. Lo sabemos. Y lo hacemos deliberadamente. Y de forma natural. Y a veces hay que gritar. Porque lo necesitamos. A veces necesitamos abrazar. Porque lo necesitamos. A veces simplemente necesitamos decir eso que nos inunda la mente, que no nos permite pensar en otra cosa, que nos absorbe la mayor parte de la energía. En ocasiones sentimos vergüenza, pensamos más en lo qué pensarán de nosotros, nos bloqueamos, nos desafíamos a nosotros mismos. Comunicar es humano y es básico. Con quien sea, cuando sea, donde sea. Comunicar con ese amigo, ese familiar, esa pareja, ese entorno que está ahí y que no lo usamos debidamente. Quizá el mero hecho de hacerlo satisfará nuestra necesidad. Sin mayores alardes, sin grandes expectativas. Cualquier pequeño detalle que mostremos puede hacer reaccionar a nuestro interlocutor, puede llegar a hacernos sentir muy bien. Cualquier detalle ayudará a sentirnos más vivos.

“La mayoría de los temores los generan nuestros sentimientos”

(John Maxwell)

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Prevenimos. Nos curamos en salud. Prevemos. Pensamos en lo que sucederá. Nos embriagamos de precauciones cuando ni siquiera hemos emprendido la aventura. Creemos controlar nuestras emociones y ni siquiera somos capaces de compartirlas. No las reconocemos. Se nos escapan de cualquier control. Nos engañamos como a niños. Nos asustamos porque nos reconozcan, porque nos descubran. Y en el riesgo está la sensación, porque es un riesgo asumido que nos recompensará. Asumirlo es el reto. El resultado vendrá. Y nos valorarán efectivamente por eso, por haber expresado lo que sentimos. Ni más ni menos. Nuestra naturalidad se apoderará del momento y saldrá victoriosa.  Y para expresar lo que sentimos puede servir un bolígrafo, un pincel, un gesto, un baile, un clic de una cámara, un suspiro abandonado, una lágrima inquieta, un abrazo imprevisto, una mano temblorosa, unos labios valientes, un roce inesperado…

Sentimientos que fluyen, que no dejan de fluir. Emociones que se expanden detectadas por todos los sentidos. Alivio que cura, ventajas de la liberación interior. Expulsar lo que se tiene, lo que emerge dentro de nosotros y que invade luego a los demás con su fuerza, con su pasión, con su auténtica verdad. Sorpresas tras sorpresas para llegar a entender mejor, para conocer más, para inmiscuirnos de lleno en el planeta de los sentidos y no regresar jamás al mundo de la timidez, de la frustración, de la inseguridad. Soltar la amargura, el dolor que permanece, la lágrima que se resiste, la risa que se contiene, paso a paso, para darse cuenta de lo que conviene, de lo que nos interesa, de lo que nos hace sentir mejor. Sentir para expresar y expresar para sentir. Todo más fácil y simple de lo que parece.

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El placer

Publicado: 10 de octubre de 2013 en Artículos
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“El mejor placer en la vida es hacer lo que la gente te dice que no puedes hacer”
(Walter Bagehot)
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La búsqueda del placer es constante en las personas. Algunas lo ansían disfrutar y otras prefieren darlo. Incluso dándolo se puede disfrutar del placer. En ocasiones quizá más todavía. Porque el placer y su significado son algo así como algo positivo, una sensación o un sentimiento de confortabilidad, una euforia momentánea que nos excita y nos hace sentir bien. Y el ser humano, ante impulsos o sensaciones positivas siempre reacciona bien, o al menos debería. Hay placeres sencillos pero igual de confortables. Hay placeres más complicados de conseguir pero que se saborean intensamente una vez que se consiguen.

Una necesidad satisfecha puede representar placer, pero también nos encontramos con él en momentos insospechados, no buscados. Esos momentos en que sentimos su bondad sin haberlo ni siquiera imaginado. Quizá esos son los mejores momentos, por inesperados. Aunque el placer de conseguir lo anhelado es indescriptible en ocasiones. Pequeños placeres como un plato de cocina que levanta nuestros sentidos más escondidos, una bebida en un momento especial, un descanso merecido, un paseo entre un paisaje inolvidable, un orgasmo inacabable y con esa persona, una diversión inesperada, un ambiente sorprendente, un descubrimiento cultural, una belleza que trastoca los sentidos, una curiosidad manifiesta, una lectura interesante, una idea proyectada, la compañía de un amigo incomprable, un cielo mágico, una palabra bien dicha, una imagen con los colores perfectos, un sueño cumplido, una mañana desafiante, una noche eterna, un abrazo cariñoso, un beso memorable, un intensa mirada…

“Disfrutar de todos los placeres es insensato; evitarlos, insensible”

(Plutarco)

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Para la filosofía, el placer está asociado a la felicidad. La felicidad es un estado emocional que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada. Esa sensación de paz interior que estimula a conquistar nuevas metas, un estado intermedio entre la satisfacción y la alegría que desearíamos fuera eterno. Pero existen muchos tipos de placer: desde el placer físico, que se adquiere por medio de los sentidos, ya sea mediante el instinto sexual o el roce afectivo o el simple hecho de disfrutar con alguno de los sentidos aunque sea por un breve espacio de tiempo; el placer intelectual, cuando vamos descubriendo necesidades espirituales y de conocimiento; el placer del juego; el placer de la belleza; el placer emocional, compartiendo todo tipo de afectos.

Pero el placer hay que tomarlo con buenas dosis. Son momentos determinados que debemos saber degustar, apreciarlos como se merecen y guardarlos en nuestra memoria como pequeños tesoros, para revivirlos en el futuro recordándolos. No se debe abusar del placer, o de la búsqueda del mismo, puesto que aparecerá en el momento menos pensado y nos hará sentir muy bien, sin necesidad de estar esperándolo. Además, si lo viviéramos muchas veces perderíamos el placer de degustar el placer. Todo lo nuevo nos puede estimular para descubrir algo de placer. No se debe cerrar la puerta a la ocasión de vivir la sensación del placer. Porque nos ayuda a sentir la vida de otra manera, a ver el otro lado del dolor y del sufrimiento. Un oasis dentro del desierto de la rutina, los problemas y las vicisitudes cotidianas. El placer nos ayuda a valorar lo mejor de la vida. Damos y recibimos placer. Momentos inolvidables que se acumulan en nuestro disco duro de la felicidad y del bienestar. Placeres de andar por casa, placeres que transcienden, placeres insospechados, inesperados, secuencias que alegran incluso épocas grises y que brillan por sí solas en medio de la oscuridad de las circunstancias. Placer que provoca sonrisas, risas, lágrimas de placer, sollozos de inmensa felicidad, suspiros de no creer lo que se está viviendo. Damos placer y recibimos placer.

Quizá hay que olvidarse un poco de las penas, de las tristezas que a menudo nos invaden. Desalojarse de los momentos que nos afligen y que no nos dejan respirar con sosiego y nos provocan ansiedad desbordante. Quizá deberíamos pensar que tras esas penas llegarán otro placeres que compensarán esos momentos de angustia y aflicción. Porque en eso consiste todo, en la mezcla y la combinación de los momentos. Los placeres se sucederán, como los buenos momentos, como la felicidad; no serán eternos, ni mayoritarios, por eso debemos aprender a valorarlos, a degustarlos y a amarlos por encima del resto. Sin el placer estaríamos bastante vacíos y faltos de la estímulos. Sonriamos al nuevo día, abramos las ventanas para dejar entrar algo de aire fresco y quizá, quién sabe, distingamos muchos más momentos de placer de lo que solíamos sentir.

“Placer y pena son los dos únicos resortes que mueven y moverán el mundo”
(Claude Helvétius)
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La emigración

Publicado: 31 de agosto de 2013 en Artículos
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“Aprendí pronto que al emigrar se pierden las muletas que han servido de sostén hasta entonces, hay que comenzar desde cero, porque el pasado se borra de un plumazo y a nadie le importa de dónde uno viene o qué ha hecho antes” 

(Isabel Allende)

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Lo cierto es que la emigración, en todas las partes del mundo, es un hecho y una realidad, por diferentes causas y por diferentes motivos. Pero cada persona que abandona su lugar de origen en cualquier momento de su vida se lleva una parte de su cultura, de su educación, de su entorno, de sus recuerdos y de su gente. Es una forma de reinventarse, de volver a empezar, desde otro punto de vista, distinto al ya conocido, abriendo la mente a todas las experiencias que puedan aparecer y tratando de extraer lo positivo de todo ello. Porque la mente se expande de forma natural desde el momento que abandonamos la rutina, todo eso que nos sabe a conocido y familiar. Llevamos una parte de nosotros allá donde vamos, y vamos sembrando a nuestro paso, en cada lugar donde pisamos, la semilla de nosotros mismos, intercambiando pensamientos, opiniones, experiencias, aventuras… La necesidad transforma pero debemos aprender a descubrir a través de la necesidad. De todo se puede aprender y de las experiencias como emigrar hacia un destino desconocido todavía más.

No es fácil. No es sencillo. Todo son problemas, cuesta adaptarse y además es cuestión de mucho tiempo. Quizá de mucho más tiempo de lo que imaginamos en un principio. O de toda una vida. O de nunca. Pues el cambio puede resultar muy complicado. Nunca seremos de allá adonde vayamos, sintamos lo que sintamos. Y llega un momento que ya no somos de ninguna parte. O de todas partes en donde vivimos alguna, según cómo se mire. La paciencia y la humildad ayudan a aclimatarse. La precariedad produce el efecto de la sensación y de lo vivido aumentados de forma espectacular. El hecho de que cada día emigre más hace que replanteemos seriamente las causas. ¿Algo no funciona o todo es natural? Muchos se adaptan y otros no. Algunos regresan a su lugar de origen y otros rehacen su vida por donde van. El ser humano continuará moviéndose pues es ley de vida. Siempre lo ha sido y siempre lo será, pero cuando los acontecimientos fuerzan a ello y la naturalidad se ve superada por la necesidad el argumento debe cambiar.

El fenómeno de la emigración ha estado relacionado con el ser humano desde sus orígenes. Consiste básicamente en dejar el lugar de origen para establecerse en otro lugar, ya sea otra región, país o continente, ya sea por causas sociales, políticas o económicas. Forma parte de lo conocido en sociología como migración de población. Decimos que se produce una migración cuando un grupo social realiza un traslado de su lugar de origen a otro donde considere que podrá mejorar su calidad de vida. Ello implica la fijación de una nueva vida, en un entorno social, político y económico totalmente diferentes, pero que se entiende que será más propicio para su subsistencia. Pero esa emigración puede ser individual, familiar o grupal. Se suele decir que la emigración termina donde comienza la migración.

Y por regla general es el primer mundo el que capta esa inmigración y el tercer mundo el que origina la migración. Esos fenómenos migratorios han existido desde que el hombre es hombre. Por diferentes causas, el hombre como ser siempre ha considerado importante encontrar el lugar ideal para vivir. Ya sea por el clima, por los conflictos, por las oportunidades, o por una larga lista de causas, el constante movimiento de personas durante la historia ha sido constante y lo sigue siendo actualmente. Digamos que la migración es intrínseca al ser humano. La historia de la humanidad es la historia de la emigraciones.  Mucha historia se ha escrito gracias a ella. Se puede decir que prácticamente toda la población mundial es descendiente de emigrantes.

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“Un hombre, cualquier hombre,

vale más que una bandera, cualquier bandera” 

(Eduardo Chillida)

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Pero cuando hablamos de emigración reflejamos diversos problemas que afectan a la sociedad global. Empezando por la igualdad inexistente en la mayoría del planeta. La desigualdad es un hecho y una cotidianidad. Se ven reflejadas las diferencias sociales, económicas y de clases entre diferentes áreas del mundo. Quizá las primera emigraciones como fenómenos sociales se produjeron por motivos religiosos (la huida de Egipto del pueblo judío en el Éxodo en busca de la Tierra Prometida es un buen ejemplo). Pero durante la Edad Antigua las emigraciones fueron constantes y masivas. Y también sucedió durante la Edad Moderna.

Uno de los fenómenos que más movimientos migratorios ha provocado es la guerra. Y son muchas las guerras que podríamos nombrar para dar ejemplos. Quizá la Segunda Guerra Mundial fue el fenómeno mayor, puesto que el movimiento poblacional de un continente a otro fue constante durante muchos años. Sólo esa guerra ocasionó el movimiento forzoso de millones de personas. Pero las guerras siempre han estado vinculadas a las conquistas, a las invasiones y a los descubrimientos. Hechos históricos que involucraban movimientos migratorios forzosos para la población nativa.

También las causas climatológicas o medioambientales han provocado estos fenómenos. Un ejemplo podría ser la ciudad de Petra, que tuvo una importancia enorme durante la Edad Antigua (siglos VII a. de C. a siglo VIII d. de C.) y que vio como perdía su población debido a la sequía de sus manantiales que surtían de agua potable a la población, además de sufrir varios terremotos y de convertirse finalmente en una ciudad casi fantasma, redescubierta en 1812.

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’Comprobé que en el mundo había muchas formas de vivir

y vi que un nuevo horizonte,

el que buscaba,

estaba a mi alcance’

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Otra causa habitual ha solido ser la emigración interna en busca de mejores fuentes de trabajo. Un fenómeno que comenzó con la Revolución Industrial y que fue muy importante en países como Reino Unido o Estados Unidos. Muchas personas sólo buscaban un nuevo escenario donde poder ganarse la vida de mejor manera, buscando un mejor clima o un buen futuro para sus hijos. Un fenómeno que se expandió entre países vecinos y que fue habitual en Europa durante todo el siglo XX. Con la facilidad y el mejoramiento de los transportes y las comunicaciones, el siglo XX fue clave para mover a millones de personas por todo el mundo en busca de un cambio que mejorara las vidas anteriores. Y desde siglo atrás, la navegación se convirtió en el medio de transporte más utilizado por millones de personas en busca de ese sueño, ya fuera por el Mar Mediterráneo o por el Atlántico. El colonialismo también contribuyó a esos movimientos migratorios, al igual que el exilio voluntario o forzoso. Se define el concepto de emigración como la emigración de un Estado pero manteniendo la nación a cuestas, un bagaje que el emigrante siempre llevará consigo, aumentándolo o transformándolo con el tiempo.

Existe muchos tipos de emigración: la emigración temporal y la permanente. La emigración forzada y la voluntaria. La interna y la internacional. Se puede considerar la emigración según el lugar de procedencia y  la duración del proceso. Algunas personas se trasladan de forma temporal debido a un trabajo, para regresar posteriormente de nuevo a su lugar de origen. Pero muchas personas están en un continuo cambio de destino, debido a la búsqueda constante de trabajo. La Gran Depresión en EEUU fue un claro ejemplo de ello durante los años 30. Los más afectados fueron los agricultores que padecían circunstancias muy precarias.

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’Pasada la novedad de los primeros momentos, la nostalgia se entremezcla.

No eres de aquí ni de allá’ 

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Una emigración popular y que se ha hecho muy popular es la mexicana hacia EEUU. Muchas de esas personas lo hacen de forma ilegal y algunas deben regresar al extinguirse el contrato de trabajo. Todo ello ha desarrollado una lucrativa mafia en el transporte de esas personas ilegales hacia futuros paraísos. África es otro de esos territorios invadido por las mafias en la búsqueda de una mejor vida en Europa. Señalar todas las causas concretas de las migraciones es empresa difícil. Hay muchas migraciones disfrazadas de actividades turísticas y los datos son difíciles de cuantificar y de especificar. El fondo del asunto es evidente: la búsqueda del ser humano de un mejor lugar para vivir. La fuente de desigualdad más evidente entre la raza humana es el lugar de nacimiento. La migración parece intentar solucionar ese problema aunque no lo consigue.

Las causas políticas derivan de crisis políticas en ciertos países. Miedo a la persecución y a la venganza. Resultado: abandonar el país para vivir en otro o al menos intentarlo. Son los llamados exiliados políticos. Un ejemplo claro de ello ocurre en las guerras civiles. España fue uno de ellos. Las causas culturales son también muy importantes a la hora de migrar. El más habitual es el cambio del medio rural hacia uno urbano, sobre todo entre jóvenes, en busca de nuevas oportunidades que no consiguen en su lugar de nacimiento. Las causas socio económicas son quizá las fundamentales. La mayoría emigra por motivos económicos, buscando un mejor nivel de vida, unas condiciones de trabajo mejores o el simple acceso a un empleo que no existe. Por ahí pasan situaciones alarmantes como el hambre y la miseria y la aventura de ese movimiento puede acarrear perder la vida. Otro factor es el vínculo familiar, debido a unos padres que ya se fueron o para conseguir un mejor nivel para la familia.

Hay factores de expulsión que empujan a los migrantes a dejar sus lugares de origen y factores de atracción (según la necesidad y/o las circunstancias). Un enfoque sociológico del nivel macro en la migración es el que suele llamarse ‘paradigma de la modernización’, que asocia las migraciones con procesos de cambios socioculturales que predisponen a aumentar la movilidad humana.

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’La angustia de estar y no estar en el sitio al que perteneces.

La necesidad de tener al otro a tu lado, mirarte, sentirte, necesidad de explicar lo que quieres’ 

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La rutina

Publicado: 30 de agosto de 2013 en Artículos
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“Dicen que la rutina mata al amor, pero el verdadero amor mata a la rutina”

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Con la rutina aspiramos a continuar con lo conocido. No aspiramos a más. Acostumbramos a aceptarla, pues nos invade sin pensar. Con la rutina hacemos la mayoría de las cosas por inercia. Nos dejamos llevar. No pensamos. Nos invadimos de la nada que nos lleva o conduce hacia donde ya sabemos, y hacia donde ni siquiera hemos decidido ir. Y contra la rutina se debe luchar, se ha de perseguir, hay que derrotarla hasta el momento justo en el que nos olvidemos de ella, y cuando vuelve a aparecer (que aparecerá) volverla a aniquilar. Desde que nacemos, desde bebés, la rutina forma parte de nuestras vidas. Desde el momento justo de despertar, de comer, de pasear, de jugar, de trabajar, de estudiar, de emplear nuestro tiempo libre y cómo, de acostarnos, etc. Somos terriblemente habilidosos para hacer siempre lo mismo a la misma hora y en el mismo sitio. Y lo conocido nos seduce, nos da calma. Lo distinto parece crearnos conflictos cuando debería ser al revés. Como seres humanos nos excitamos con lo nuevo, con lo diferente, pero a la hora de decidir, casi automáticamente, hacemos lo de siempre. Ya sea por ser conocido, por considerarnos más prácticos, por creernos ser más cómodos, por ser lastimosamente perezososs, o por un poco de todo.

“La rutina es un mar de aguas turbulentas,

llega un momento en el que te cansas de nadar a contracorriente

y te tienes que dejar llevar, para, al final, morir ahogado en el aburrimiento”

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Razonamos. Pero poco. O no tanto como deberíamos. Sometemos nuestras acciones a la más pura simplicidad. Si las pensáramos más detenidamente seguramente las haríamos de mil formas distintas, puesto que no desearíamos repetirlas. Y, sin embargo, las repetimos. Una y otra vez. El hombre tropieza a menudo en la misma piedra y comete los mismos errores, además de realizar las mismas acciones una y otra vez, sin ni siquiera pararse a pensar porqué lo hace. Es una habilidad natural, innata, que se apodera del individuo, para que éste haga las cosas como una costumbre. Una habilidad que nace de la costumbre. De la costumbre de no cambiar. Una programación personalizada de la misma acción.

La rutina es un hábito que se adquiere al repetir una misma tarea o actividad muchas veces, o a diario. Implica una práctica  que se desarrolla de forma automática, sin implicar razonamiento alguno. ¿Algo conocido? Naturalmente. Decimos continuamente que odiamos la rutina, que escapamos de ella, cuando la realidad nos debería hacer reflexionar sobre lo que nos ocurre. Romper con la rutina depende de nosotros mismos, de nadie más. Si nos dejamos llevar, inconscientemente realizaremos las mismas pautas, en los mismo momentos. Casi de forma programada. Y es que la vida cotidiana está repleta de rutinas. Desde que nos despertamos efectuamos una serie de acciones que prácticamente se repiten y a la misma hora. Nos encontramos cómodos con ese sistema puesto que lo conocemos y nos adaptamos de forma espectacular a ello. Nos levantamos, vamos al baño, nos lavamos la cara, desayunamos lo mismo, nos preparamos para salir a la calle de la misma forma, organizamos nuestra rutina en su forma idónea, sin perder detalle. Paso a paso. Todo programado. Cada cosa en su momento, nada cambia, todo sigue igual que ayer, que anteayer, que siempre…

“Aburrirse es besar a la muerte”
(Ramón Gómez de la Serna)
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Salimos al trabajo por el mismo camino, encontrándonos a menudo con la misma gente, utilizando el mismo medio de transporte y a la misma hora. Y si algo de todo esto falla lo notamos en seguida, porque algo nos indica que no está igual que la última vez. Y la rutina fácilmente se asocia al tedio y al aburrimiento, puesto que nada reviste chispa, motivación. Y ahí está la clave de nuestra propia existencia, en la aventura de vivir cada día de forma diferente. Eso anhelamos. Y qué poco hacemos para hacerlo realidad. Cuando alcanzamos el estado de hastío o aburrimiento lo notamos como una falta absoluta de nuestro tiempo, pero a veces ocupamos nuestro tiempo en invadirla de rutina, que nos lleva inevitablemente al aburrimiento. Es un círculo del que parece que no queremos salir.

Existimos. Tenemos sentido. Lo advertimos. Aunque a menudo no lo veamos, no lo sintamos. Hacemos cosas que no hemos planeado, por el simple hecho de estar aburridos, por el simple hecho de tener que hacer algo. El tedio es un enemigo y debemos defendernos de él. Con todas nuestras fuerzas. El aburrimiento es la propia existencia desprovista de sentido. Y nos perjudica enormemente llevándonos a realizar cosas inimaginables, por el mero hecho de estar aburridos. Curiosamente, el ser humano combate el aburrimiento realizando tareas que no requieren esfuerzo físico o mental, para mantenerse absorto y evadido en el mismo espacio del aburrimiento. Se habla de pasar el tiempo, de matar el tiempo. Pero, ¡qué poco se habla de vivir el tiempo!

Trasladamos nuestra rutina incluso cuando nos hayamos ociosos, de vacaciones, con tiempo libre. Provocamos actos rutinarios por doquier, sin lamentarnos. Quizá porque con la rutina que nos va matando nos sentimos más seguros, más fiables, más conocidos. No hay tantos cambios, ni imprevistos, ni cosas raras. Si realizamos todo como siempre ahorramos tiempo, somos muy prácticos, no pensamos, no imaginamos. Y es ahí donde reside la clave del espacio por el que nos solemos mover. El apostar por lo que conocemos en lugar de buscar nuevos bríos, nuevas vías, nuevos caminos, nuevos métodos, nuevos proyectos. Y en esa misma ilusión que podemos provocar romperemos con la rutina, que nos atenaza una y otra vez y no nos deja abrir las ventanas de otros posibles mundos.

“La rutina es la muerte del heroísmo”

(Pelham Grenville)

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Amores platónicos

Publicado: 21 de agosto de 2013 en Artículos
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“Aunque no sepa quererte de la forma que a ti te gustaría,

siempre te querré con toda mi corazón de la mejor forma que sepa”

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El amor platónico tiene su origen al sistema filosófico fundado por el filósofo Platón, para quien la idea de amar se encuentra dentro de la clasificación de los tipos de amor en sus ‘Diálogos‘, donde habla de un amor a la belleza manifestándose normalmente en el amor entre dos personas pero que es preferible expresar de una forma intelectual y no física. Sostenía que el verdadero amor es el amor a la sabiduría, al conocimiento. El amor platónico no es el amor al ideal de una persona sino el amor a conocerla y por saber todo de ella. Ciertamente, esta explicación del amor platónico entra dentro de un mundo de pensamiento filosófico que cualquiera interpreta a su manera.

Lo que hoy entendemos como amor platónico poco o nada tiene que ver con lo que escribió Platón. El amor se encuentra cuando tenemos una visión parecida a la que tuvimos como almas donde apreciábamos la belleza mientras contemplábamos las ideas. La luz sobre la que reflejamos la belleza se encarna en el cuerpo de la persona a la que se comienza a amar. Platón hablaba del amor entre dos hombres que transmiten conocimiento, pensamiento, un amor homosexual de su época, un amor que aparece en plenitud, cuando se alcanzan las mayores cotas de conocimiento y filosofía, un escenario que se produce tras la visión de ese alma. Escribe Platón: ‘El amor es desear que la persona amada sea lo más feliz posible. El amor es una forma de necesidad que tiene una meta y su relación con esta meta es de deseo, de exigencia. El amor anhela siempre lo bello y lo bueno. No puede ser considerado un Dios, porque si lo fuera no amaría. El amor es espíritu. Y la meta real del amor es la belleza. El amor busca la felicidad, la posesión del bien’.

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“Si realmente quieres a alguien, lo único que quieres para él es su felicidad, incluso si tú no se la puedes dar”

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Para el que ama el escenario ideal será no separarse de su amad@, porque supone su tesoro más precioso, una maravilla que le hace olvidar todo. Esta idealización del amor sucede muy a menudo y es fácil confundirla a menudo. Muchas personas reconocen el amor a primera vista, lo idealizan instantáneamente, hasta el punto de obsesionarse con él. Para otras muchas el amor es un arma de doble filo, difícil de conjugar. Muchos se enamoran cada día mientras otros nunca en su vida. Quizá porque el nivel para calificar al amor difiere según la conciencia de cada uno. Es la sensación pero también la percepción. Y como bien señalaba el filósofo, existen tres tipos de amantes: los que están poseídos por la pasión meramente física y egoísta; los amantes moderados, que reconocen el impulso sexual pero lo manejan de forma racional; y el amante filosófico, aquel que está más allá de toda servidumbre a lo sexual.

Para un amante cualquiera, el concepto de amor está fundado en la atracción, sea del tipo que sea, y lo que quiere es conseguir una unión mental con su amad@. Quizá por ello idealizamos el amor platónico, hasta un estado que podríamos calificar de inalcanzable, aquel amor que por diversas circunstancias no se puede materializar ni aquí ni quizá en el futuro. Por supuesto, en ese amor hay un componente sexual, sugerido por la atracción y el deseo, pero es un amor que básicamente se centra en su forma mental, en su imaginación y en su idealística. Es un sueño por alcanzar donde el físico descansa en un segundo plano. Amar platónicamente se asocia generalmente al deseo o a la necesidad por alcanzar lo ideal, aunque no sea real. Pero también se manifiesta como cierta frustración de una realidad no consumada. Está relacionada con la idea de la fantasía y de la imaginación que todos tenemos en nuestra mente.

Un amor platónico se alimenta de la ilusión. Es la que proyecta energía durante toda su construcción. No es un impulso pues dura mucho tiempo. Se nutre asimismo de espíritu, de emociones y de intelecto, más que del roce, del físico y del sexo. Y es muy íntimo y personal, puesto que la persona lo vive desde dentro de sí misma. No hay matices, no hay tonos. No hay negociación, y lo más importante, no envejece. Permanece. Continúa con nosotros durante muchos tiempo y se va desarrollando con el mismo paso del tiempo. Dicen que esos amores platónicos son típicos de personas introvertidas, románticas o intelectuales. Personas solitarias o con una gran riqueza interior. Personas amantes de la expresividad de sus sentimientos a través de la intelectualidad. Y parece ser que el hombre es más propenso por naturaleza a tener esos amores platónicos que las mujeres. Y quienes defienden la teoría argumentan que las mujeres son más abiertas a la hora de expresar sus sentimientos abiertamente. El hombre lo hace generalmente a través de idealizaciones y fantasías, dejando a un lado la simple realidad.

Pero sería difícil imaginar a una persona, sea hombre o mujer, que no haya tenido alguna vez en su vida esa ilusión por un amor, esa fantasía apoyada durante un tiempo hasta cierto punto saludable. Porque es cierto que sentir un amor así puede ser bueno para conocernos mejor a nosotros mismos. Jugando con la imaginación nos adentramos en otros mundos donde se puede llegar a visualizar lo que no logramos en la realidad y nos puede servir en un futuro para aprender a amar de verdad. La teoría del amor espiritual de Marsilio Ficino durante la época renacentista afirmaba que, al igual que la gente está unida en su común humanidad gracias al amor, de esa misma forma todas las partes del universo se mantienen unidas por los lazos del amor compasivo.

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“Fuiste la estrella que siempre soñé,

la que robó mi dolor en la mañana que siempre esperé.

Eres el sol que calienta mi mundo

y la luna que me alumbra en la noche.

Eres todo lo que siempre he buscado

y lo que nunca antes había encontrado”

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Los vikingos

Publicado: 8 de agosto de 2013 en Artículos
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Por vikingos se conocían a todos los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia. Se hicieron famosos por sus incursiones y sus pillajes en Europa. De hecho, se sigue haciedo referencia a los pueblos escandinavos relacionados con ellos. Su relevancia y su fama en Europa les llegó en el siglo VIII cuando saquearon el monasterio de Lindisfarne en Gran Bretaña. Eso fue sólo el comienzo de una serie de saqueos a varios monasterios. Los relatos de la época contaban asaltos terroríficos, aterrorizando a las comunidades, que aunque estaban bastante acostumbradas a la guerra, se vieron sorprendidas por este tipo de ataques. No se podía saber cuándo iban a atacar y el factor sorpresa causaba una destrucción casi total.

Los siglos siguientes, los vikingos desempeñaron una gran influencia en la historia europea. Gobernaron en la Islas Británicas durante muchos años hasta que fueron derrotados por los normandos, descendientes de ellos mismos y que se refugiaron en la Normandía (Francia). Navegaron por los ríos del norte de Europa, adentrándose en aguas del Mar Báltico y en Rusia. Algunos apuntan a principios del siglo XI cuando se puso fin a su período, con la caída del rey Harald el Despiadado, muerto en la batalla de Stamford (Inglaterra) en 1066 cuando luchaba por los territorios ingleses. A partir de ahí su influencia no se evaporó pero dejó paso a la normanda y a la francesa en la zona. La cristianización de Escandinavia también contribuyó a su declive.

El origen de la palabra ‘vikingo’ es dudoso, pero todo hace indicar que proviene del pueblo ‘escaldo’ y que hacía referencia a marineros y guerreros que participaban en expediciones en ultramar. No se denotaba como un término despectivo ni negativo. Pero hay muchas más teorías al respecto, como por ejemplo: puede referirse a ‘bahía adentro’, ‘pequeña cala’, ‘pequeña entrada’, ‘batalla’, ‘mover o desviarse’, ‘el que rodea o se desvía’. Para otros el término vikingo sólo identificaba al poblador de unas tierras, en este caso escandinavas. Los primeros usos del término en el inglés antiguo hacía referencia a ‘pirata’. Con el tiempo y la influencia del Romanticismo, el término ya se identificaba como ‘cultura vikinga’. De hecho, el nombre hacía referencia al hecho cultura y a la actividad, y no a su descendencia étnica u origen social. Pero incluso hoy en día, en textos escandinavos, el nombre sigue dándose para identificar a todos los expedicionarios. Y todavía no queda claro si fueron exactamente una cultura o no.

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Lo cierto es que al referirse a ellos se integraban a todos los pueblos escandinavos. Usaban inscripciones en runas, conocido como el ‘futhark joven‘ o ‘runas escandinavas’. Un alfabeto que constaba de 16 caracteres, algo inferior al ‘futhark antiguo‘ que contenía 24. El uso de esta abreviación de caracteres  comenzó a partir del año 800. De esa forma la escritura presentaba carencias de representación del lenguaje oral. El cambio al lenguaje latino data justo al final de la era vikinga, alrededor de 1100 en Escandinavia, aunque su uso siguió vivo hasta entrado el siglo XX, especialmente en la Suecia rural. Fue la colonia vikinga de Islandia la que desarrolló una gran literatura entre los siglos XII y XIV, especialmente rica en poesía.

Étnicamente pertenecían a la familia de los pueblos germanos, y su lengua y cultura eran germánicas, derivadas de religiones animistas (como todos los pueblos escandinavos). Siempre tuvieron muy difícil la comunicación por tierra, lo que les obligó a navegar. Fue el mar su medio de comunicación. El pueblo hérulo fue el antecesor del vikingo, procedentes asimismo de Escandinavia, y también saquearon lugares de la costa atlántica en Europa a bordo de sus embarcaciones.

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Cuando hablamos de pueblos nórdicos hay que diferenciarlos en tres grupos: 1) Los daneses: también conocidos como ‘danes’. Tenían una organización militar muy fuerte, hacían incursiones muy rápidas, con el único fin del pillaje y de obtener botines. Era el más numeroso. Sus fortificaciones se conocían como ‘trelleborgs‘, eran de forma circular y estaban divididas en cuatro cuadrantes. Su edificación atestigua su gran precisión, gran sentido del sistema y del orden y con grandes conocimientos de geometría; 2) Los noruegos: quienes comenzaron surcando mares y ríos con fines pacíficos y que luego cambiaron por incursiones a gran escala con fines de conquista. Eran grandes navegantes y fue en Noruega donde se conservó una gran tradición naval. Este pueblo dominó el mar del Norte y colonizaron Islandia, Groenlandia y Vinlandia; 3) Los suecos: realizaron grandes viajes a través de los mares entre los siglos VIII y XI. Recorrieron toda la Europa septentrional y meridional, llegando hasta Rusia y otras zonas de la Europa Oriental.

Lo cierto es que todavía no se ha argumentado convenientemente porqué tuvieron el deseo de conquistar más allá de sus fronteras. Quizá a una superpoblación, a recursos insuficientes, sus grandes dotes por la navegación, aunque su largo y extenso territorio hace que no se entiendan todas esas teorías. Quizá el declive de las rutas comerciales a partir de la caída del Imperio romano en 476 hizo que se les abrieran las puertas al comercio exterior. Era habitual su venta de pieles y esclavos de su tierra por plata y especies árabes, que usaban a su vez para comerciar y comprar armas a los francos. Aunque quizá también aprovecharon su fuerza naval y sus grandes capacidades guerreras, unido todo ello al declive de pueblos como el frisio y la entonces división británica. Aprovecharon sus embarcaciones de poco calado para poder navegar por ríos poco profundos, adentrándose así en tierra adentro por vías fluviales. Sus barcos eran de 20 o 25 metros de eslora y de 3 a 6 metros de manga, con una capacidad entre 50 y 100 personas, pero fáciles de manejar y que les daba ventaja debido a su ligereza.

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Fueron famosos sus primeros asentamientos en Gran Bretaña en el siglo IX. Y llegaron al Mediterráneo a finales de ese siglo quemando Sevilla. Saquearon el Levante ibérico y la Toscana italiana. Remontaron ríos llegando a Alemania y Francia. Por el oeste llegaron por el Volga hasta Rusia y Ucrania. Y trataron sin éxito de llegar a Constantinopla. Pero durante el siglo X varias de sus expediciones tuvieron éxito en el mar Negro y en el Caspio. A finales del siglo XI y comienzos del XII la era vikinga tocaba a su fin. Suecia se convertiría al cristianismo y la cultura escandinava comenzaba una integración a la cultura europea cristiana. De hecho, todos sus territorios en el extranjero se habían mezclado con población local y habían perdido parte de su cultura propia. Se expandieron para perderse en diferentes zonas europeas.

Todos los pueblos vikingos se relacionaron a través del mar. Sus diferencias culturales estaban derivadas de sus costumbres y de su geografía. Sus dos tipos de embarcaciones se llamaban ‘drakkars’ (barcos largos y estrechos y de fácil navegación, muy útiles para el desembarco y para el transporte de tropas)  y ‘knarr’ (barcos veleros cortos y amplios, lentos pero con gran capacidad). Durante toda la época vikinga las guerras en los países nórdicos se sucedieron. La mayoría por rencillas entre caudillos locales para dominar a rivales locales y no verdaderas luchas entre naciones o pueblos. La mayoría de esos pueblos adoraban a un panteón de dioses que personificaban las fuerzas de la naturaleza y otros conceptos.

Entre los vikingos más famosos está Erik el Rojo que colonizó Groenlandia y su hijo Leif Erikson que dicen que descubrió América mucho antes que Colón. Ragnar Lodbrok fue famoso por sus incursiones en Europa y Canuto el Grande, que llegó a Rey de Dinamarca y que logró someter a todo el este de Inglaterra. Otro famoso vikingo fue Harald Haardrade, considerado el último vikingo. Compartió el reino de Noruega con su sobrino Magnus I el Bueno.
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Tras el paso de un tiempo, la palabra vikingo comenzó a tener una connotación romántica. Corría el siglo XVIII. Se utilizó la palabra para idealizar a los guerreros navales, que tuvieron realmente poca realidad con la cultura vikinga histórica. Pero desde Gran Bretaña también se asistió a un interés renovado por el término y su cultura. Se propagaron numerosos poemas nórdicos e islandeses como vestigios de la cultura vikinga. El nacionalismo germano utilizó los mitos nórdicos, así como numerosos partidos fascistas europeos, los cuales usaban símbolos vikingos en su propaganda. Incluso Hitler y su partido Nacional Socialista se adueñó de algunos de esos símbolos, y aunque no eran descendientes directos de los vikingos los consideraban como parte de los pueblos germanos, y por lo tanto, superiores.

Los estereotipos usados para representar o diferenciar a los escandinavos han estado y siguen estando relacionados con los vikingos. A menudo se habla de personas rubias o pelirrojas, de gran altura, piel y ojos claros, un pueblo fuerte y luchador. Pero como la mayoría de los estereotipos son falsos también lo son algunos de los usados comúnmente. Como los cascos con cuernos, algo nada usual y sobre todo para la lucha, un objeto del que nunca se ha tenido constancia de su uso por parte de los vikingos. Quizá la conclusión es que la imagen vikinga que se tiene actualmente es la imagen romántica del pueblo nórdico original. También se ha descubierto que su altura media como pueblo no era tan alta y que iba desde el 1,65 al 1,80 metros. El tópico de seres bárbaros y sanguinarios se debe a las crónicas de la época. Los pueblos sajones, normando y francos de la época llegaron a ser igual de sanguinarios que ellos.

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Guardar recuerdos

Publicado: 7 de agosto de 2013 en Artículos
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“Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza”

(Paul Géraldy)

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Cuando hablamos de memoria recuperamos parte de los recuerdos acumulados, evocamos todos aquellos sucesos, aquellos eventos, toda aquella información que fue almacenada en nuestra mente durante tanto tiempo. Porque nuestra memoria es parte de nuestro tesoro, para lo bueno y para lo malo. Y gracias a ella advertimos todo aquello que sucedió, aquello que apareció, aquello que nos sorprendió. Día a día aprendemos, experimentamos, descubrimos; una sucesión continua de vicisitudes, de emociones, que nos alimentan la mente. Y nuestro recuerdo es fundamental para analizarnos, para conocernos más a fondo, para conocer más sobre nuestro pasado.

Para ayudarnos a recordar qué mejor que conservar recuerdos. Gracias a ellos evocamos esos momentos especiales, esas escenas inolvidables. Guardamos recuerdos como quien guarda almas. Guardamos recuerdos, breves, concisos, momentos de una vida, de un instante. Son pequeños tesoros escondidos, con gran valor, llenos de ternura y de memoria, que nos evocan hasta nuestra infancia, hasta nuestra juventud, trasladándonos a nuestro pasado… Guardamos secuencias, breves, intensas, entrañas de un cuerpo que fue el nuestro y que siguen provocando sonrisas, lágrimas, tristeza y pensamientos. Son nuestros, son valiosos…

“La vida sería imposible si todo se recordase.
El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse”
(Roger Martin du Gard)
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Guardar todos esos recuerdos puede representar guardar una vida, la nuestra, como quien guarda un aliento, una nube, una lluvia. No representan más ni menos, simplemente un todo. Nuestro todo. Guardar esos recuerdos implica que seguimos atados a ciertas vivencias, a ciertos sentimientos; unos momentos que decidieron ser nuestros por unos segundos, por un tiempo indeterminado y que no importa cuánto tiempo;  que pasaron por nuestras manos en alguno de esos momentos, por nuestros ojos y nuestra mirada; que se sumergieron en nuestra mente y se quedaron ahí para siempre. Son escenas de lo vivido, de lo amado, de lo soñado…

Quién no guarda un papel escrito con esa letra desconocida, o esa foto descolorida por el paso de los años, o ese objeto mínimo lleno de valor, o esa caja conteniendo vidas ajenas, espacios reducidos donde acumular cientos de escenas repletas de emoción, inundados de momentos insuperables e irrepetibles. Quién no guarda algo, aunque sea lo más absurdo, lo más reducido, por momentos lo más inútil, con lo que poder trasladarse en el tiempo, otro tiempo, en el espacio, otro espacio, en la vida, otra vida… Quién no utiliza esos pequeños tesoros para evocar, simplemente evocar. Tesoros que nos ayudan a seguir pensando, a seguir sintiendo, más y más. Porque en ese preciso sentimiento radica la profundidad del todo, de lo importante, aquello que nos hizo sentir todavía algo más profundo, algo que no ocurrió sin más. Porque cualquier mínima expresión de una de esas emociones nos llega a lo más hondo, a ese interior que parece ser inalcanzable, a ese espacio infinito en el universo y que por momentos parece no haber existido jamás.

Los recuerdos consisten en la capacidad personal para recordar los acontecimientos en su orden preciso, en su lugar determinado. Los revivimos de nuevo, de otra manera, pero pudiendo lograr saborearlos nuevamente. Como aquella vez. Como casi habíamos olvidado. Y la cronología de los recuerdos tampoco es tan determinante, puesto que lo básico es recordar, y cualquier estímulo que sea necesario para hacerlo realidad debe ser bienvenido. Los filtramos, a nuestra medida, a nuestra conveniencia, porque es necesario conservar sólo aquello que significó algo real, algo que nos hizo sentir algo especiales y algo diferentes…

“Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”
(Marco Valerio Marcial)
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Debemos dar valor a todos esos recuerdos, los pequeños y los grandes, pues todos ellos disponen de carácter y de vida, cada uno a su manera, a su estilo. Cada uno forma parte de un lugar y de un momento determinados, y cada uno dispone de los niveles de importancia que nosotros debemos cuidar. De nada sirve acumular  cantidades de recuerdos si la mayoría no nos sirven para lo que realmente son necesarios. Nos quedamos con los imprescindibles, los verdaderamente importantes, los que nos harán sentir de nuevo, llorar de nuevo, reír de nuevo…

“El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados”
(Jean Pau)
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“Tu desnudez derriba con su calor los límites,

me abre todas las puertas para que te adivine,

me toma de la mano como a un niño perdido

que en ti dejara quieta su edad y sus preguntas…”

(Roque Dalton)

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Nacemos desnudos. Y en la desnudez misma nos sentimos frágiles. Pero la desnudez es la sensación más natural, la absoluta constancia de nuestra ser. La desnudez ya se ha desarrollado en el tiempo como modelo artístico. Es poesía en movimiento y también en la quietud. Durante casi toda la Antigüedad y buena parte del Renacimiento estuvo totalmente relacionada con el arte. Y el desnudo formaba parte de todas las culturas antropológicamente hablando. Para muchas tribus era algo sencillamente natural, para otras algo que debía intentar evitar. Porque con el desnudo se relaciona el pudor. Cuando no debería ser así.

El pudor es recato. Es vergüenza. Para algunos filósofos era una forma de proteger la intimidad de cada individuo. Para muchos incluso era un prejuicio. En el carácter de cada uno se forma la muestra perfecta de lo que somos o pretendemos ser. Nos mostramos como somos. O no. Puesto que la naturalidad no es amiga de todos. La vergüenza puede estar alimentada incluso estando vestidos. No es muestra de pudor, más bien de inseguridad. La actitud que mantengamos con respecto a los demás nos definirá en parte. Nos mostramos hasta ciertos puntos, y esos puntos son los que vamos eligiendo. En determinados momentos alentamos otras formas de expresión. Somos audaces y tratamos de evolucionar, aportando nuevas actitudes a nuestro muestrario.

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DESNUDA

Desnuda eres tan simple como una de tus manos, 
lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente… 
Tienes líneas de luna, caminos de manzana, 
desnuda eres delgada como el trigo desnudo

*

Desnuda eres azul como la noche en Cuba, 
tienes enredaderas y estrellas en el pelo, 
desnuda eres enorme y amarilla 
como el verano en una iglesia de oro

*

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
curva, sutil, rosada hasta que nace el día 
y te metes en el subterráneo del mundo
como en un largo túnel de trajes y trabajos:
tu claridad se apaga, se viste, se deshoja 
y otra vez vuelve a ser una mano desnuda

(Pablo Neruda) 

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“No hay ninguna desnudez comparable

a lo que uno siente cuando está desnudo

ante alguien por primera vez”

(John Irving)

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Pero cada cultura y cada sociedad han calificado el desnudo a su manera. Para muchas civilizaciones el mero hecho de que una mujer mostrara su cabello ya se consideraba desnudez. De hecho, sigue siendo un hecho y una realidad actuales. En el Antiguo Egipto ya se consideraba como un acto de desnudez que una mujer mostrara su cabellera libre. El uso de pelucas por parte de las mujeres era un motivo erótico y causa de excitación. Quizá el arte egipcio fue el primero en introducir las transparencias de telas sobre cuerpos desnudos como motivo de arte y de seducción. Los griegos, sin embargo, daban mucha más importancia el cuerpo masculino, mostrando en muchas de sus pinturas y esculturas los cuerpos desnudos de hombres ‘bellos’, ya fueran deportistas o guerreros.

Aunque con el paso de los siglos la desnudez como forma de provocación siempre ha sido relacionada con el sexo femenino. Acaso el imperioso y todavía real poder masculino, su machismo y sus pensamientos se han apoderado de las muestras sociales del desnudo. Durante el período de Napoleón, la moda en Francia consistió en humedecer ropas sobre cuerpos desnudos de mujeres. El argumento era simple y bastante contradictorio, pues se abogaba por ensalzar la belleza del cuerpo femenino sobre el masculino. Una afirmación que no se sostiene, puesto que buena parte de la población podría afirmar lo contrario.

En la década de los 50, en pleno siglo XX, una nueva moda ocupó buena parte de los comentarios de medio mundo. Un nuevo traje de baño que mostraba una semidesnudez evidente se convirtieron en un escándalo para muchos. Las mujeres iban rompiendo barreras, mostrándose como bien deseaban, sin tener que hacerlo por conveniencia ni en lugares indicados por los hombres. La revolución sexual de los 60 evidenció ese desarrollo, cuando el sexo y la desnudez se volvieron más naturales si cabe. Los hippies se encargaron de poner de moda valores que se habían estancado, cuando el ser humano era mucho más simple de lo que parecía que había ocurrido con el paso de los siglos. El conservadurismo, las religiones, las morales contradictorias, un buen flujo de pensadores arcaicos y un poder establecido totalmente fuera de juego con la actualidad del momento hicieron que los avances en esta materia fueran lentos y nunca lo adecuados que hubieran podido ser si se hubiera tenido otro tipo de mentalidad.

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Desde los años 70 y 80, la liberación y el cambio de mentalidad de la sociedad hacia el movimiento gay experimentaron nuevas formas de desnudo. El hombre, los hombres, se pusieron por fin a la altura de las mujeres a la hora de exhibir su cuerpo. La desnudez del hombre ya está integrada en todos los parámetros sociales junto a la de la mujer. Pero la desnudez íntima es especial, diferente. Desnudarnos ante alguien especial, por alguien, mostrarnos como somos ante esas personas que elegimos nos hace ser partes vivas experimentando sensaciones, emociones y evitando prejuicios.

La desnudez de un cuerpo alienta deseo. No todos los cuerpos son hermosos pero la belleza de la simplicidad, de la piel, del cuerpo en general alimenta la emoción. Sólo con la mirada podemos experimentar mil formas de sentimientos, y no digamos si tocamos ese cuerpo desnudo. La desnudez nos pone en bandeja un mundo de síntomas, un camino por el cual adentrarnos y sumergirnos. Un sinfín de estímulos eróticos que cada día más tenemos a nuestro alrededor. La desnudez ya es un comercio, un negocio, una industria publicitaria masiva, un recurso atractivo, un potencial social. Pero como todo en esta vida, el desnudo tendrá la importancia que nosotros mismos le queramos dar. Ni más ni menos. En la era de Internet, las muestras exhibicionistas cada vez son mayores. Una gran masa de gente se ha abierto a experimentar por sí misma un estado nuevo, una desnudez propia que a lo mejor nunca hubiera imaginado. El desnudo, como vemos en playas y en terrazas, deja de ser un espacio acotado para unos cuantos. El número de usuarios de la desnudez aumenta y debemos saborearla como se merece, pues la desnudez de los cuerpos entraña algo tan simple como la realidad del ser humano, sin aditivos, sin conservantes. Ahí no hay trucos que valgan. La desnudez es tal como es. Y desde su reino nos hace partícipes a todos de sus delicias y de sus fantasías.

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“Yo quiero estar desnudo más que vivo,

desnudo de rencor,

de piel,

de frente,

tener un corazón desnudo y rudo.

Cuando la muerte venga de repente

hallarme más desnudo que el desnudo”

(Jorge Debravo)

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