Diario de pensamientos : Nos cuesta degustar

Publicado: 2 de mayo de 2013 en Diario de pensamientos
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“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto,

y de pronto

toda nuestra vida

se concentra en un solo instante” 

***

Nos cuesta degustar. Lo que tanto nos gustaba hacer antes lo hemos dejado de hacer. Los tiempos avanzan pero eso no significa que lo hagan para mejor. Tan cerca quedan aquellos momentos cuando comprábamos un libro y los degustábamos desde la portada hasta la contraportada. Cuando le dábamos un lugar en alguna de nuestras estanterías y lo evocábamos cada vez que veíamos su solapa, recordando sus textos… Lo olíamos incluso. Lo releíamos. Permanecía con nosotros y su visión inerte en un mueble nos evocaba innumerables historias. Un libro nos marcaba y lo queríamos cerca, para contemplarlo. Al igual que todas esas tardes gozando entre los pasillos de alguna librería, rodeados de tomos, novedades o no, envueltos en letras para degustar portadas, para decidir y conseguir nuevos argumentos para soñar.

Nos cuesta degustar. Hemos perdido la costumbre y cuando algo deja de practicarse acaba por olvidarse. Ya no nos acordamos de aquellos momentos que perdíamos eligiendo un disco que acababa de salir al mercado, el tiempo que necesitábamos para elegir entre uno y otro, y que nos provocaba tener que escuchar varios y dar un repaso por las últimas novedades antes de decidirnos por uno u otro. Y conservar el disco. Escucharlo nuevamente, ya fuera en el tocadiscos o en el reproductor más moderno. Porque antes se valoraba la calidad del sonido, ahora lo que se lleva es escucharlo todo y cuanto antes mejor y cuanto más mejor. Ya no absorbe ni atrae obtener y guardar el material, tan sólo en consumirlo. Y cuanto más mejor. Y como hay tanto no llegamos a disponer del tiempo necesito para lograrlo. La afición del coleccionista se está perdiendo.

Nos cuesta degustar. Ya no le damos importancia al hecho. No se nos ocurre esperar unos segundos o unos minutos para encontrar algo, para disfrutar de algo. Ya el tiempo se ha convertido en una ansiedad total con la que debemos estar en guardia continuamente. Nos desesperamos al instante. Nos ponemos nerviosos. NO disfrutamos. Vivimos tiempos en los que el ‘ya’ representa mucho más. Queremos que todo ocurra ‘ya’ y además muy deprisa. Tememos que si no llega pronto no lo vamos a disfrutar y lo que ocurre finalmente es que cuando llega ‘ya’ estamos esperando lo que vendrá después. La continua espera de que llegue algo cuanto antes para calmar nuestra ansiedad nos ha hecho olvidarnos de lo más elemental: nuestra percepción de las cosas. El valor o el conocimiento de valorar lo que tenemos, cuando lo tenemos y degustarlo. Disfrutarlo. Parece que lo hemos olvidado. O que ya no nos preocupa.

Antes adquiríamos algo y lo usábamos infinitamente. Hasta que un día se estropeaba, se rompía o ya no servía. Y cuando eso sucedía una pequeña angustia se aferraba en nuestro interior. Una parte de nosotros se estropeaba, se rompía y dejaba de servir. Ahora todo ha cambiado. Todo tiene un plazo de validez y suele ser corto. El tiempo exacto no tiene regla alguna y se lo adjudicamos de forma aleatoria, dependiendo todo de lo que está por llegar. Porque en cuanto reemplace a lo anterior dejará de tener valor. Si le dimos valor, claro está. Porque ahora todo parece efímero, superficial e intrascendente. No nos da tiempo ni cogerle cariño a las cosas. La frialdad con la que recibimos la mayoría de las cosas es proporcional al poco uso que hacemos de ello. Porque ya no alargamos su vida. Lo usamos cuanto antes y lo descartamos con la misma celeridad. No le damos a veces ni el beneficio de la duda. Tenemos que decidir si nos gusta o no en una fracción de tiempo muy pequeña, cuando seguramente necesitaríamos más tiempo para tomar esa decisión. Pero la presión que conlleva la venida de lo nuevo provoca ese estrés, por otra parte creado por nosotros mismos.

Dicen que con el paso de los años una persona aprende a ver todo con perspectiva. Aprende a degustar los momentos, en cualquier faceta de su vida. Que un segundo de placer tiene más sentido que todas sus horas de búsqueda infinita de felicidad. Porque la felicidad se adivina en pequeños momentos, en lugares insospechados. Aprendemos a inmiscuirnos en los entresijos de las entrañas más escondidas de cualquier cosa con tal de saborearla. Pero parece que eso es cuestión de teoría. Porque pocas personas hoy en día son capaces de confesar comportarse y actuar de esa manera. Es como si la sociedad estuviera embarcada en un navío abandonado a su suerte, y las olas del mar fueran las únicas capaces de dirigir la dirección del mismo. Nos resignamos a que nos lleven donde quieran y a ver lo que ocurre después. Nos cuesta coger el timón y a saber decir basta o no. La inercia y la gravedad nos sumergen en nuestra realidad alternativa y no nos permiten agarrar el instante, apretujarlo, estrujarlo, intentar con nuestras propias manos sacarle la mayor esencia posible. Nos quedamos sólo con la corteza, la superficie,  y no nos introducimos para descubrir su fruto. Perdemos la posibilidad de sentir más, de escuchar más, de leer más, y en definitiva, de vivir más.

Y ocurre en todos los ámbitos de la vida, incluso en las relaciones. Todas cansan y cuando pasan llegan otras. Iguales, mejores o peores, eso parece dar igual. No queremos perder el tiempo más de la cuenta, valga la pena o no. Hemos visto que puede ocurrir y ocurre, que nos dejemos caer en el vacío de lo inocuo y que no nos conduzca a ningún sitio. Y con nuestras experiencias, casi siempre mal atendidas, mal analizadas y peor conservadas, caminamos por nuestro camino sin atender a consultas, a segundas oportunidades y a la revisión de los momentos. Preferimos pasar página cuanto antes y no volver a calentar la cena de ayer, por si acaso su gusto ya cambió y ya no nos interesa. Hemos dejado a un lado el esfuerzo para simplificarlo todo. Lo práctico supera la ficción. La superficialidad, la rapidez y lo superfluo anidan en el tejado de nuestro cielo.

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comentarios
  1. El instante presente es lo eterno, lo real, el verdadero prodigio.
    Cada minuto cada segundo de la vida es un milagro.
    Todo es posible si dejamos de pensar en el pasado y en el futuro, si tenemos en cuenta que la vida sólo puede fundarse en el presente.

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