Posts etiquetados ‘Historia’

La extraña costumbre de usar joyas

Publicado: 18 de julio de 2014 en Artículos
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JOYAS-Y-LOS-SIGNOS-DEL-ZODIACO

‘Prefiero estar adornado por la belleza del carácter que por las joyas.

Las joyas son el regalo de la fortuna,

mientras que el carácter viene de dentro’

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Una joya en sí misma no tiene mucho sentido. Si la miramos fríamente, es tan sólo un material. Que se le haya llamado con la evolución del ser humano ‘preciosa’ quizá puede ser debido a su belleza (también discutible). El hombre desde sus ancestros ha utilizado los materiales preciosos como objetos ornamentales, para distinguirse, para llenarse de estatus, para cerciorarse de ser diferente del resto. Así fueron apareciendo los anillos, los collares, los colgantes, los brazaletes, los pendientes, etc. No había distinción entre sexos, puesto que su uso era habitual en ambos. Como tampoco había excepción en los pueblos que las usaban ni en las culturas, ni en los continentes. Es decir, el uso y la costumbre en portar joyas es habitual y está relacionado con el ser humano.

Adornarse siempre ha sido un principio universal, pero utilizar joyas no estaba ni está al alcance de todos. Y una cosa puede ser la estética y otra, muy diferente, utilizar joyas para sentirse superior o más atractivo. Que una joya nos haga destacar debe ser motivo de preocupación para cualquiera. El oro, la plata, materiales que han servido y que sirven como monedas de cambio, de ostentación, de riqueza y de distinción. Porque no nos equivoquemos, gran parte del uso de las joyas viene refrendado por la distinción que se le suponen. A las personas en general les motiva el simple hecho de ser o aparentar ser diferentes o distintas a los demás. Es como un ADN particular de cara a la galería. Ser diferentes lo somos por simple naturaleza y sucesos que se van acumulando en nuestra vida, ya sea entorno, familia, amigos y vivencias. No necesitamos muchas más o menos joyas para ser distintos de los demás. Pero las joyas pueden ser simplemente una forma, como también puede serlo el coche que usamos, la ropa que nos ponemos o el peinado que mostramos.

‘La diferencia entre los recuerdos falsos y los verdaderos

es la misma que con las joyas:

siempre es el falso el que parece el más real,

el más brillante.’

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Hoy en día, la moda marca tendencia continuamente, de hecho, muchas cosas se ponen de moda sin ni siquiera un motivo definido o determinado. La gente, en masa, se va moviendo por tendencias, modas o simples mareas de comportamiento. Otra cosa diferente es poder alcanzar esas cuotas de distinción. No todo el mundo puede tomarse un cocktail en el bar más de moda de Nueva York, o probar un menú degustación en el mejor restaurante del mundo, ni puede gozar de lo que se siente conduciendo el coche más caro del mundo. Y es un suceso que se ve incrementado conforme la riqueza de una persona aumenta, por el mero hecho de querer hacer y parecer todavía más exclusivo que el resto de seres humanos. Lo que ocurre es que la delgada línea entre la distinción y la ordinariez es muy fina, y muchas la traspasan con demasiada facilidad y demasiado a menudo. 

Para muchos, lo caro es mejor y demuestra mayor distinción. Las joyas entran dentro de esta familia.  Y muchos piensan que el hecho de mostrarse con joyas ‘tan preciadas’ son motivo claro y absoluto para ser envidiados. Claro que la envidia va por barrios, y cada cual tiene su forma de utilizarla también. Muchas envidian riquezas, otros salud, otros felicidad. Ninguna joya nos dará absoluta felicidad ni salud, si es eso precisamente lo que andamos buscamos. Pero si buscamos llamar la atención, ser envidiados, ser admirados, las joyas son otra forma de conseguirlo. Para otros, las joyas no llaman la atención, a no ser por el asombro de llevar una considerable cantidad de dinero en un cuello, en un brazo o en una oreja. El significado ya queda a expensas de cada uno, pero fríamente parece ser desorbitado, insulso y carente de personalidad.

No hace falta ostentar para ser rico, ni hace falta ser rico para ostentar; y ser rico se puede conseguir de muchas formas, no necesariamente aparentando serlo o pretendiendo que todo el mundo se dé cuenta de que lo somos realmente. En ese caso estaríamos cruzando la línea anteriormente citada. Las joyas y su uso a través de la historia representan diferentes motivos para ser o parecer importantes: ya sea como símbolo de riqueza, por su simbolismo o por lo que pueden llegar a conseguir por sí solas. Lo que pasa que este uso también se ha convertido en un arte. El diseño y el negocio han provocado que muchos artistas joyeros se adentren en el mercado para ofrecer bellezas únicas. Un arte que comenzó con maestros como Peter Fabergé o René Lalique y que ha ido evolucionando hasta nuestros días.

El valor de dichas joyas siempre queda un tanto fuera de mercado. Y es curioso observar como muchas religiones y grupos religiosos han utilizado las joyas y su simbolismo como distinción. Una frase conocida en esta industria es la que reza: ‘Una joya es para siempre’. Claro que habría que recordar que muchos objetos y recuerdos pueden ser para siempre y no necesariamente ser tan costosos. Todo tiene que ver con el nivel de romanticismo que practiquemos. Lo cierto es que podemos lograr distinción y admiración sin necesidad de lucir joyas. Y no tiene que ver con el hecho de tener el dinero suficiente para adquirirlas, sino sabiendo valorar las verdaderas cosas importantes que nos ofrece la vida, y todavía más cuando se descubre todo lo que se puede hacer por conseguirlas, ya sea robando, esclavizando o matando por ellas. Otro claro ejemplo de que el sentido común en el hombre es poco común.

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Las guerras y el hombre

Publicado: 21 de junio de 2014 en Artículos
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‘Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos’
(Bob Marley)
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La guerra y el hombre. El hombre y la guerra. Unidos desde el origen y hasta el fin. Uno parece no poder existir sin el otro. El hombre inventó la guerra y la sigue alimentando. La creó, la estudió, la manejó, la extendió, la instituyó, la comercializó, la enseñó y la propagó. Las consecuencias de todas las guerras siempre han sido las mismas: pobreza, caos, muerte, violencia gratuita, miseria, destrucción. Todo un proceso negativo que termina de la peor manera posible. Siempre con ganadores. De eso se trata. Siempre con perdedores. El concepto de la guerra siempre es un tanto confuso. Se dice que dos no discuten si uno no quiere. Y, en la mayoría de los casos, así ocurre. Pero cuando dos no dan su brazo a torcer, la guerra es el medio para resolver el conflicto.

Los conflictos suelen aparecer entre dos o más individuos que se ven en una tesitura de intereses totalmente opuestos. Una situación de confrontación difícil de solucionar. El ser humano ama tener razón, y ama que se la den. Los argumentos pueden o no ser de una absoluta grandeza o no, eso puede quedar al margen. Pero el ser humano no se contenta con lo que digan al respecto de su conflicto con cualquier otro ser humano. Para solucionarlo, el hombre creó la justicia. Gracias a la justicia, se podían arreglar situaciones límite, condiciones que, a menudo, llegaban a un escenario sin salida. Pero existe algo más poderoso que la justicia, el mismo poder. El hombre se dio cuenta de que si tenía más poder que el otro siempre vencería. Para ostentar ese poder se pueden usar diversas condiciones: sobre todo la económica, pero también la numerosa, la talentosa y las ayudas externas y apoyos ajenos que se puedan conseguir.

‘Todas las guerras son santas,
os desafío a que encontréis un beligerante
que no crea tener el cielo de su parte’
(Jean Anouilh)
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El hombre ha sido agresivo desde que apareció en el Universo. Es un animal social que responde a las notas y al instinto de competición y a sus propias ansias de emoción y ambición. Una situación aparentemente sencilla y poco complicada puede convertirse en irrespirable. La convivencia social que ha existido en la raza humana ha propagado el sentimiento de imponerse por encima del resto. Ahí entraría también el carácter particular de cada individuo o masa social. Un conflicto individual puede convertirse en social y global. Los estudiosos del conflicto social siempre han abogado porque tanto los individuos como los grupos sociales buscan maximizar sus beneficios y sus calidades de vida. Lógicamente, esa forma de actuar genera conflicto con el resto. Y, finalmente, no es el objeto de interés en sí el causante de los conflictos, sino las situaciones o las maneras a través de las cuales se resuelve el conflicto. Para que alguien defienda una idea se debe acudir a la sociedad. Los grupos sociales y las acciones de esos individuos otorgarán la fuerza necesaria para poder conseguir el objetivo. Aquí llegaríamos a plantear como solución el consenso.

El consenso es el acuerdo. Puede ser entre dos o más personas. Pero la decisión que se tome por consenso no quiere decir que sea del agrado de una o ambas partes. Se acepta. Y, a veces, en la negociación, se pierde algo para poder ganar algo. Es la negociación. Unos individuos, unos grupos sociales o unas sociedades que actúan por consenso tienen mucho ganado. Son inteligentes, prácticos y ganan tiempo y energía. Puesto que es imposible poder imponer las propias ideas en todos los terrenos y circunstancias, aunque creamos tener razón. Cuando no hay consenso regresa el conflicto, esta vez acentuado. Y ante tal situación, las salidas ya son mínimas. O se impone una idea a la fuerza o por mayoría o la conclusión del conflicto será revolucionaria o violenta. Los elementos claves en este proceso son el grado de inteligencia entre las partes, así como su nivel de orgullo, ambos relacionados con las relaciones de los seres humanos.

¿Todas las sociedades son violentas? Todas, quizá no. Pero en alguna etapa de su historia sí lo fueron o lo han sido. Pues los conflictos se generan entre seres humanos, allá donde estén. Con el tiempo, muchas sociedades han aprendido cómo resolver los conflictos, mientras que otras siguen ancladas en las mismas soluciones violentas. Hay un gen de violencia en el ser humano, que se manifiesta tristemente muy a menudo, provocando daño o sometimiento a un individuo o a una masa o colectivo. Con la violencia se pierde el argumento, la razón. Pero si es fuerte, suficientemente fuerte, más fuerte que el otro que entra en conflicto con nosotros, saldremos como ganadores. Y el poder de la violencia nos garantizará sobrevenir la situación. Para muchos, las guerras traen aspectos positivos. Argumentan que potencian los desarrollos tecnológicos o que la muerte de muchas personas evita la sobrepoblación. Todos esos argumentos serían muy discutibles. Si en algo han servido las guerras en desarrollo tecnológico ha sido para mejorar las armas de combate. La evolución de las armas es un ejemplo claro de cómo el hombre no cesa en su empeño de mejorar su defensa y ataque en caso de conflicto.

Las causas de las guerras son múltiples, aunque siempre se generan por un deseo: ya sea de un terreno, de una disputa, de una ambición económica o por venganza u odio. Las ideologías han imperado en todas las sociedades, aunque es debatible que los millones y millones de hombres que integraron en alguna ocasión una guerra en cualquier parte del mundo supieran o estuvieran al tanto de esas ideologías en conflicto. La manipulación de varias personas hacia la masa ha sido y es una constante en el ser humano, puesto que, gracias a ello, se dispone de más número de efectivos en el terreno bélico. Las tácticas de manipulación de una sociedad también han evolucionado y mejorado con el paso de los siglos. Y ha sido el talento de los líderes políticos y militares los que han hecho posible esa realidad.

‘Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren’
(Jean Paul Sartre)
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Y pudiera parecer difícil y complicado que, con el paso del tiempo, algunas mentes sean capaces de manipular el cerebro de las personas para inducirlas e involucrarlas en un espacio bélico, pero sigue siendo así lamentablemente. El imperialismo de algunos hombres ha provocado millones de muertes. Cuando hablamos de imperialismo nos referimos a la actuación de una sociedad en sí, pero no nos damos cuenta de que los inventores de la idea y de la acción que conlleva han sido creadas por un determinado número de individuos y no por toda la sociedad. Millones de personas en todo el mundo y a través de la historia han sido obligadas a ir a una guerra, para defender principios e ideas por las que, en muchas ocasiones, no estaban de acuerdo. Para defender patrias, banderas y tierras que decían algunos que había que defender. Para ello se alzan palabras como la obligación o el honor, el orgullo y el deber. También muchos individuos aprovecharon su inclusión en un ejército ‘x’ para poder asesinar impunemente. Personas violentas por naturaleza, monstruos anónimos que, gracias al salvoconducto de una guerra, ha matado a diestro y siniestro, ya fueran ancianos, niños o mujeres.

Y para contrarrestar todo esta historia de guerras, el hombre creó también la idea de la paz. Una palabra llena de alegría y gozo que pocas veces llega a consolidarse. La paz es un estado idílico de sosiego, de buena convivencia entre individuos de una sociedad o sociedades. Una tranquilidad que debiera ser eterna. Todo lo opuesto a la guerra. Ejemplos de paz existen pocos, quizá son espacios o épocas determinados. La paz, como palabra, como acción, parece un tanto irreal. Y cuando existe parece circunstancial y efímera.

‘El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar’
(Sun Tzu)
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La guerra ha sido un instrumento político al servicio de un estado u organización con fines políticos. Es un elemento común en todos los países y culturas. Para muchos, es política pero por otros medios. Las formas de hacer guerra han variado. Para los romanos se trataba de expandir terreno e imperio, se trataba de conquistar dominios para incorporar pueblos al original. La evolución de las guerras ha sido constante. Hoy se establecen distinciones entre guerras y conflictos armados. Para que haya o exista una guerra debe ser ésta declarada por ambas partes. Para muchos es la defensa de unos intereses. Para otros la defensa de unos derechos. La guerra escapa a la razón. Todos los instintos más salvajes del ser humano relucen en un estado de guerra. Pero también los más tiernos. Los más cooperativos, los más empáticos. Se ayuda, se colabora, se piensa en los demás. Seguimos en guerra, aunque no sepamos ni en qué bando estamos…

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‘Ningún lugar en la vida es mas triste que una cama vacía’

(Gabriel García Márquez)

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Cuántas veces nos hemos hecho esa típica pregunta: ¿Quién inventó la cama? En esa pregunta coincidimos casi todos al cien por cien. Es una unanimidad absoluta. Y es que muy pocas personas, por no decir ninguna, puede afirmar que el invento de la cama no revolucionó la vida de la humanidad. Según cuenta la historia, fueron los egipcios y lo asirios, aproximadamente en la misma época, allá por el año 3500 a.C., quienes inventaron lo que hoy podría considerarse como las primeras camas. Pero, lógicamente, la evolución del invento no se detuvo, hasta el siglo XIX, cuando se comenzaron a fabricar y a utilizar las camas que hoy solemos usar.

En la antigüedad era habitual dormir en el suelo. Para que fuera más confortable se solía cubrir de paja o palma. Las primeras camas que se elevaron del suelo fueron muy primitivas. Y de ahí surgió la idea de la almohada y del colchón. Ya los romanos rellenaban bolsas de tela con lana o plumas para que hiciera la función de colchón. De hecho, la paja se convirtió durante mucho tiempo en el protagonista del descanso y de la comodidad. Fue imprescindible a la hora de conciliar el sueño. La cama, tal y como hoy la conocemos, tuvo su pequeña revolución gracias al invento del colchón, en concreto el colchón de muelle, gracias al muelle helicoidal fabricado por el alemán Heinrich Westphal en 1865. Pero esos primeros muelles resultaron ser algo inestables y más tarde se creó el muelle cónico, que supuso una mejora considerable.

‘Con el dinero se puede comprar la cama, pero no el sueño’

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La cama, en su origen, era un mueble rectangular alargado, de madera o de metal, sostenido por pies que se elevaban del suelo y que terminaba en un extremo o en ambos por un cabecero o respaldo, en ocasiones adornado. Fueron los griegos los primeros en colocar dichos cabeceros sobre el armazón de la cama. Los persas adornaban sus camas con tapices, pero también con bordados, metales preciosos, marfil y perlas. Los romanos fueron los que introdujeron el uso de diversos tipos de maderas para constuirlas, ya fueran de ébano o de cedro, aunque seguían usando los sacos de paja o de plumas como colchones. El tamaño de las camas tenían en la Edad Media la proporción de la figura que dormía en ella. Los príncipes encargaba camas enormes para destacar entre la plebe. En cierta forma, el uso de ciertas camas supuso un lujo determinado. Muchas de esas camas eran tan grandes que muchas familias de la realeza europea las utilizaban para dormir con toda la familia. 

La moda en la cama, tanto en vestirla como en decorarla fue evolucionando a medida que los siglos iban transcurriendo. También se introdujo el uso de cortinas alrededor de la cama, un uso que se entendía para mantener el calor en el interior, así como dar privacidad. Cuanto más rico era el usuario de la cama más ornamentación, joyas, lujos y tapices podían observarse. Ejemplos de ello los tenemos en todas las épocas. El siglo XX fue revolucionario en esa industria. Las camas han ido mejorando, tanto en comodidad, como en diseño. Forman parte de la vida del hombre. Sin ellas estaríamos un tanto desamparados. El descanso es tan necesario como la comida. En la cama se puede hacer de todo, de hecho, lo hacemos. La cama da garantía de comodidad, de tranquilidad, de descanso, de placer, de sueño, de ocio y de ilusión. La cama nos sirve para pensar, para hablar, para amar, para besar, para leer o para escribir. La cama, ese placer infinito que compartimos cada día por unas horas y que echamos de menos cuando la perdemos de vista. La cama, algo más que un invento. Un bien muy necesario.

Las drogas y el ser humano

Publicado: 6 de junio de 2014 en Artículos
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‘En una cultura no orgiástica, el alcohol y las drogas son los medios a su disposición’

(Erich Fromm)

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La relación entre las drogas y el ser humano está perfectamente constatada. Ha sido una relación debida a diversas razones, pero siempre y, a través de la historia, ha permanecido unida con el paso de los siglos. La humanidad siempre ha hecho uso de las drogas, tanto a nivel social, medicinal, religioso y/o personal.  Negar esa realidad y esa evidencia no sirve para profundizar a la hora de pararse a pensar en el porqué su uso nunca mengua si no que, muy al contrario, sigue aumentando. Las antiguas civilizaciones utilizaron las drogas para provocar estados alucinógenos excepcionales. Lo que provocaban era adivinar el futuro. Drogas que salían de la tierra, como hierbas, que se fumaban o inhalaban, ejemplos claros de ello podrían ser el cannabis o el peyote. Según la sociedad o la cultura la droga variaba, pero existía de una forma u otra.

Se anhelaba conseguir el éxtasis, el sentimiento más efervescente, el más valiente, el que pudiera saciar el ansia, el que pudiera combatir el miedo, la incertidumbre. Se deseaba ser gigante a pesar de las limitaciones, y por momentos se conseguía. Se trataba de llegar a los dioses, de tocarlos, de acercarse lo máximo posible a sus terrenos para conseguir su gracia, su fuerza o su vitalidad. Se trataba de conocer el futuro, el tiempo que iba a llegar, el destino que iba a deparar. Era una búsqueda continua para encontrar respuestas, para encontrarse tanto a nivel individual como colectivo.

El ser humano ha intentado desde siempre alcanzar un estado de trance que le permitiera abarcar lo que en la realidad no podía. Idealizar, imaginar, soñar, pensar en el más allá, rozar el cielo, volar, bordear los límites, creerse superior, separar el alma del cuerpo, independizarse de uno mismo, viajar hasta el infinito, considerar el transcurso de la vida como un trámite, como un camino hacia la muerte, intercalando mitos, creencias e ideologías. Antiguamente, se apelaba a los sentidos más primitivos: el olfato y el gusto. Aspirando humos, ingiriendo hongos. Fumando se combinaba ambos. Se trataba de maximizar el sentido de la vista y del oído también. Las cosas podían parecer diferentes, sentirse diferentes, escucharse diferentes.

Con la evolución, el ser humano se da cuenta de que puede utilizar esos tratamientos a nivel medicinal. Y ahí se crea la industria especializada. Ya comenzó con los griegos y sus herbolarios. Aunque la droga favorita de los griegos de la época era el vino. El vino se convirtió en el protagonista de todas las fiestas, cuanto más se tomaba significaba que se disfrutaba más de la fiesta. Pero los remedios caseros se multiplicaban con las generaciones. El uso de las drogas ya se consideraba peligroso entonces, aunque nunca se dejaron de usar. El vino ayudaba a quebrantar el miedo reinante, daba ánimos, alegría y heroísmo. Donde se tomaba se formaban grupos dispuestos a celebrar, reuniones que se pusieron de moda y que se prolongaron a lo largo de los siglos hasta nuestros días.

El vino dio paso a la cerveza con la Edad Media, la cual se tomaba con mandrágora rayada en algunos lugares. Las hierbas se pusieron cada vez más de moda y los herbolarios ya eran habituales en todas las ciudades de Europa. En esa época destacó un hongo alucinógeno que provocaba fenómenos masivos: el cornezuelo de centeno. Con el paso de los siglos los nuevos usos y costumbres trajeron el consumo del café, pero también de la canela y del chocolate. Muchas drogas causaban la distorsión de las imágenes, así como alucinaciones. Y el consumo estaba relacionado con diversos estados emocionales. Se podía consumir por nostalgia, por tristeza, por depresión, pero también por alegría o por simple placer. La euforia estaba ahí, se podía conseguir fácilmente. Se estimulaba la mente, se atenuaba el cansancio, se agilizaba el pensamiento, se multiplicaba la fantasía.

Las drogas se fueron haciendo cada vez más populares. Cada consumidor buscaba algo distinto con ellas. Desde espacios sensoriales nuevos y nunca descubiertos, hasta momentos para resolver esos problemas imposibles. Esos estados especiales, nunca descubiertos, que de repente brillaban y se esparcían en la mente, espacios soñados, imaginados. Ahí aparece el éxtasis, la marihuana, la cocaína, las pastillas, los alucinógenos, el opio, el hachís, la heroína. Pero, curiosamente, algunas se convirtieron en legales y otras en ilegales. En la actualidad, se define a la droga como la sustancia que se usa sin fines terapéuticos, que alteran los aspectos afectivos cognitivos y conductales. Lo que se denomina sustancia psicoactiva.

Existe ahora una hipocresía acerca del consumo de drogas. Mientras algunas son legales y se administran en establecimientos creados para tal fin, y mientras la industria farmacéutica se enriquece año tras año gracias a la venta de medicamentos que provocan la dependencia de su consumo, surge una tendencia moralista que predica la prohibición de las drogas, cuando se sabe que el consumo seguirá existiendo, que el mercado negro seguirá enriqueciéndose a su vez, que la violencia que deambula alrededor de ese mercado negro no se detendrá, que la lucha contra ello ha sido y es inútil. Quizá lo que se alienta es que ese mercado negro continúe, puesto que el dinero generado irá a parar a muchas manos. El consumidor de drogas seguirá existiendo con el paso de los años, de las décadas y de los siglos, puesto que el consumo de drogas está relacionado íntimamente con la vida del ser humano. Eso no cambiará. Esa es la realidad. Tan sólo hay que entender que la búsqueda y el uso de las drogas es tan natural como el resto de las costumbres de la raza humana.

 

‘Hasta que tengamos un conocimiento más preciso de la electrónica del cerebro,

las drogas seguirán siendo una herramienta esencial

del interrogador en su ataque a la identidad del sujeto’

(William Burroughs)

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La época que nos ha tocado vivir

Publicado: 5 de junio de 2014 en Artículos
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‘No creas en el tiempo y cree en el ahora, que es lo único que sabes con certeza…’

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Si nos preguntaran en qué época nos hubiera gustado vivir seguramente la mayoría elegiría otra distinta a la que le ha tocado. Una de las razones es por lo que imaginamos acerca de esa época, por lo que hemos leído, visto, o por lo que nos han contado. Cada época tiene lo bueno y lo malo. No hay una época que marque más que otra. Es más cuestión de azar. Nacemos, y en ese preciso momento, nos instalamos en una sociedad ‘x’ que se ubica en un lugar ‘x’. Hay muchos tipos de vida en una misma época. No tiene nada que ver la vida que lleva un ciudadano de Australia con uno de Mozambique, como tampoco tiene nada que ver la vida que pueda tener un iraní con un hondureño, por ejemplo.  Cada época es distinta, pero a la vez, en cada lugar es distinta también. Todo depende de muchos factores. La sociedad de un lugar a otro cambia por completo, las costumbres, la economía, las opciones, las normas, etc. No podemos imaginar una época cualquiera porque habría que saber primero dónde estaríamos viviéndola. No es lo mismo vivir en los sesenta en Inglaterra que en España, como tampoco lo era vivir en los años veinte en Francia o en Brasil. Los factores determinantes y sus características particulares deberían ser analizadas profundamente antes de tomar una decisión, aunque sea ficticia, porque la época que nos ha tocado vivir es la que tenemos en nuestras manos ahora mismo.

Seguramente, si hubiéramos podido decidir en algo acerca de cómo queríamos que fuera la época en que vivimos, habríamos hecho mil cambios, habríamos añadido mil cosas que no hay, y habríamos eliminado otras tantas que creemos que sobran. La evolución del ser humano viene marcada por los acontecimientos. Por un lado, se ve esa evolución en la tecnología, en las máquinas, en los adelantos; pero, por otra parte, parece que la sociedad global sigue anclada en el pasado y en épocas anteriores en muchos aspectos, y parece que se hace difícil desprenderse de esas herencias. Las opiniones al respecto y ante temas tan generales podrían ser numerosas y de mil interpretaciones posibles. Cada uno tiene en su mente lo que le gusta y lo que no de lo que vive a diario. Nos guste o no las cosas suceden, se repiten y parece que ya son habituales. Nos acostumbramos a ellas, y debemos hacerlo. Las cosas que se van sucediendo tienen fecha de caducidad, pero nunca sabemos a ciencia cierta esa fecha, con lo cual toca lidiar con todo hasta que algo desaparece o algo nuevo aparece.

 Cada uno vive su época a su manera, e incluso los que viven en un mismo ambiente, entorno o sociedad pueden vivir su época de forma diferente. Las sensaciones, las compañías, las experiencias y las emociones varían de uno a otro, así como la forma de encarar el día a día. Cada uno desprende una energía, una forma de ser. Un carácter que se va estableciendo según las vivencias, por lo tanto, lo que se va descubriendo adquiere tonos y estilos distintos. Las formas de ver todo varían según el día, el momento y el estado de ánimo. Nuestra época no es mejor ni peor que otra. Nuestra época es la que es. Además no hay otras donde poder elegir. Teniendo esto claro, no vale de mucho quejarse continuamente sobre la situación que nos ha tocado, o repitiendo aquélla en la que nos hubiera gustado estar inmersos. Nos ha tocado una época que varía a una velocidad impresionante en muchos factores, pero que en otros tantos parece seguir estancada. Hay que intentar por todos los medios que la forma de transcurrir por nuestras vidas tenga un sentido, y ese sentido se lo tenemos que dar nosotros. Porque, a fin de cuentas, muchas de las situaciones que vayamos a vivir dependerán de nuestra actitud y de nuestra decisión. Todo ocurre, pero ocurre por algo. Algunos tratan de reaccionar y otros se dejan llevar.

Y dentro de una vida pueden aparecer diferentes períodos. Son etapas tras etapas, incluidas dentro de una época, dentro de una vida. Vamos abriendo y cerrando etapas casi sin darnos cuenta, y nada tiene que ver la vida que llevábamos hace veinte años a la que llevábamos hace cinco. Si echamos la vista atrás nos daremos cuenta de que vamos adquiriendo experiencias de vida, que actuamos según éstas, y que reaccionamos muchas veces por el conocimiento que ya hemos adquirido anteriormente. Vamos cambiando porque vamos evolucionando, aunque esto no ocurre con todas las personas. Pero, dentro de esa evolución, surgen cambios, muchos cambios, que nos permiten ver variantes, que nos dejan reinventarnos tantas veces como deseemos o como seamos capaces de realizar. Evolucionamos dentro de la evolución, nos transformamos dentro de nuestra propia transformación. Vamos moldeando nuestra forma de pensar a medida que los acontecimientos se suceden.

Y lo único seguro que tenemos es que nuestro período tiene fecha de caducidad, aunque nunca sepamos cuándo será. La muerte nos define el final de un camino. Y todo ese camino es nuestro período, nuestra época. Algunas veces queremos regresar al pasado, pero en el futuro querremos regresar más veces al presente. La conclusión es que pensando en el pasado que pudo haber sido y el futuro que podrá ser nos vamos perdiendo lo que está siendo. Intentamos adivinar lo que vendrá sin darnos cuenta de que lo que estamos viviendo en este mismo instante es enorme, intenso, inolvidable e irrepetible. La pasión de un momento no tiene límites, y tampoco volverá. La belleza de ese segundo mágico no tiene parangón. Lo sabemos. Pero, aún así, no reparamos en ello. Seguimos actuando igual. Imaginando lo que podría haber sido, arrepintiéndonos por lo no hecho, creyendo que todo podría haber sido diferente, albergando dudas y más dudas y sin conseguir las respuestas. Más pendientes del mañana que de hoy. Y así vamos pasando las épocas, las etapas, los años y los días, entre horas muertas y segundos sin sentido, analizando pasados ya muertos que sólo habitan en nuestra mente, que sirven pero que no dominan, con futuros indefinibles y opacos, siempre sorprendentes, a menudo inútiles, porque esos presentes que vamos dejando escapar ya no vuelven.

‘Coged las rosas mientras podáis
veloz el tiempo vuela. 
La misma flor que hoy admiráis, 
mañana estará muerta…’
(Walt Whitman)
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La foto de la semana (114)

Publicado: 3 de junio de 2014 en Fotos de la semana
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Esta foto nos muestra el primer cadáver de un inmigrante en las costas españolas.

Ocurrió el 1 de noviembre de 1988 en la localidad de Tarifa (Cádiz).

Más de 25 años después el drama de muchos sigue vigente.

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‘No desesperes, ni siquiera por el hecho de que no desesperas.
Cuando todo parece terminado, surgen nuevas fuerzas.
Esto significa que vives’
(Franz Kafka)
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Hamacas

Publicado: 24 de mayo de 2014 en Artículos
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‘El arte del descanso es una parte del arte de trabajar’
(John Steinbeck)
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El término ‘hamaca’ viene del idioma taíno y significa ‘red para pescado’. También procede de otra palabra americana ‘chinchorro’ que significa red de pesca. El uso de esas hamacas fue ideado para descansar en medio de la faena de la pesca y en lugares apartados de la propia casa. Realmente son una serie de hilo de fibras vegetales muy resistentes, ya sean de cáñamo, de cumare o fique, bien anudados y con mucha resistencia. Lo cierto es que las hamacas están hechas de diversos materiales, pero su calidad depende, sobre todo, de la calidad y del número de hilos utilizados. Su origen está en el Caribe y es una parte fundamental del decorado caribeño. Es muy utilizada y se ha exportado la idea a todo el mundo. Incluso en el mismo Caribe se utilizan dentro de las casas y todas ellas tienen ganchos en sitios estratégicos para colgarlas.

Su uso comenzó a ser popular a principios del siglo XVII por los marineros de los barcos que llegaban a puerto tras la pesca. Aunque parece ser que su uso tiene ya más de mil años. Los marineros las utilizaban en los barcos, pues la hamaca suele moverse al ritmo del barco y el que la usa no tienen problemas o riesgos de ser arrojado al suelo. Originalmente, se utilizó el algodón para fabricarlas, aunque también se usó la cabuya o la pita. Se teñían con tintes vegetales y con mucha variedad de diseños, colores y tamaños. En la actualidad, el material más utilizado para su producción es el polipropileno, y en muchos lugares se ha retrocedido a los orígenes de su fabricación y se vuelve a utilizar la fibra vegetal. Ya en el siglo XVII su uso se extendió gracias a todas las compañías comerciales navieras que recorrían el Caribe y que apreciaron sus características para el descanso.

‘La lectura, la reflexión y el descanso guardan al corazón de pensar tonterías’

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Nadie se extraña de verlas en cualquier hogar del Caribe o en el sur de México. Muchos lugares de costa también la han añadido a su decorado habitual. Su origen era maya. Hoy no es raro observar su uso en casi todos los países de Latinoamérica. En el sur del continente se distingue de la conocida ‘hamaca’ (columpio) denominándola ‘hamaca paraguaya’. Una de las zonas más famosas por su producción es la zona del Istmo de Tehuantepec (México). Un poco más al norte se encuentra la localidad de San Pablo Yaganiza, donde se fabrica una hamaca única, y que ahora también se fabrica en España gracias a artesanos textiles. Pero llama la atención que, con el paso de los siglos, su fabricación artesanal no haya variado casi nada, con lo cual se puede valorar mucho más el gran invento que tuvieron los pobladores de la zona hace más de diez siglos. 

Para muchos pobladores de lugares cálidos y rurales, la hamaca es el lugar ideal donde dormir. Muchos la sustituyen por la tradicional cama. La costumbre y la comodidad son buenas razones para ello. Las  primeras hamacas se tejieron gracias a la corteza del árbol conocido como Hamack. Esa hamaca original se convirtió en la cama de muchos millones de indígenas de la época. La evolución en los materiales se multiplicó, así como el uso de colores y diseños. Gracias a los conquistadores españoles, la hamaca llegó por fin a Europa. De hecho, el uso de la hamaca en los barcos europeos duró casi tres siglos. Ahí se utilizó un tipo de lona impermeable, poco higiénica, más estrechas y más incómodas. Los ingleses introdujeron su uso incluso en las prisiones. No sólo era cómoda sino que ahorraba espacio.

La visión y el uso de la hamaca en la actualidad están relacionados con el descanso, las vacaciones y el ocio. Cualquier viajero que recorre algún país caribeño no tarda en usarla, en dormir sus siestas en ella, leer un libro o contemplar una puesta de sol frente al mar. Dan sensación de tranquilidad y de descanso. Sólo verlas uno puede caer en la absoluta paz y escapar de todas las preocupaciones. Otro buen uso es cuando cae la noche y el calor y la humedad de esos países caribeños hacen que el dormir en una cama convencional cueste más de la cuenta. Ya es habitual verlas en terrazas, jardines y salas de estar de medio mundo, sobre todo donde el calor hace mella.

Una hamaca se mide en cuartas, una medida tradicional basada en el espacio que se abarca con la mano abierta (unos 20 cm.) Un tamaño normal está sobre 10 y 11 cuartas. El largo se calcula en cuartas, pero no el ancho, puesto que la hamaca se estira. Para fabricarla, lo primero es forma la orilla, luego la hamaca, lo que se conoce como cuerpo. Cuando se termina una porción de 20 vueltas se llama franja, un total de 80 hilos, 40 de guía y 40 de lanzadera. El número de mallas a utilizar varía según el largo de la hamaca, pero también del tipo de material y de la figura de la red. Al terminar la hamaca se coloca la otra orilla. Para terminar se forman los brazos, por donde cuelgan las hamacas, normalmente de un material mucho más grueso. Lo ideal es que todos los hilos del brazo sean exactamente del mismo largo para que la hamaca no se deforme al acostarse en ella, ni forme un incómodo lomo en el centro.

‘Descansar demasiado es oxidarse’
(Walter Scott)
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“Durante siglos, la ciencia y los llamados conocimientos de la vida práctica le han dicho al hombre: ‘Conviene que seas rico para poder satisfacer tus necesidades materiales; pero el único medio de alcanzarlo es el de educar de tal modo tu inteligencia y tus aptitudes, que permitan obligarlo a otros hombres esclavos, siervos o asalariados, a producir riqueza para ti'”.

(Piotr Kropotkin)

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La palabra anarquía es de origen griego y está compuesta de dos términos: sin y poder o mandato. Vendría a denotar algo que está desprovisto de director y de origen. Una ausencia de apriorismo, de normas, de jerarquías y de autoridades. Desde su nacimiento, al término se le utilizó de forma negativa. Fue durante la Revolución Francesa cuando se empezó a tachar a ciertos individuos con el término ‘anarquista’ de forma peyorativa. Individuos que podían criticar el poder excesivo o que ciertas propiedades eran un robo. Para muchos anarquistas, el anarquismo representaba una forma de gobierno sin amo ni soberano, o al menos, sin la necesidad de esa figura. De hecho, el anarquismo está considerado como una teoría política, una filosofía política y social, que pretende la oposición y abolición del Estado y del gobierno, y de toda autoridad, jerarquía o control social que pueda imponerse a la voluntad del individuo, ya que se consideran nocivas para el desarrollo mismo de éste. Lo cierto es que el concepto y la teoría nunca llegó a entenderse en la sociedad misma. Se centraba en el individuo y en la crítica de su relación con la sociedad. Era necesario un cambio social hacia una futura sociedad. Y hay que enclavar la teoría en su tiempo, cuando se ideó y se originó, debido a ciertas circunstancias que se manejaban en las sociedades de la época.

Bakunin

Se distinguieron dos líneas básicas de pensamiento: por un lado, los individualistas; y por otro, los socialistas. Lo que desembocó en cuatro corrientes de pensamientos anarquista: el individualista, el mutualismo, el anarquismo comunista y el anarcosindicalismo. Muchos añadieron después el colectivismo. Y la fecha del comienzo del pensamiento filosófico data del siglo XIX, aunque se tiene constancia que las primeras reflexiones al respecto datan de muy atrás, desde Lao Tsé en China, Zenón en Grecia, Tomás Moro o Rabelais en el siglo XVI. Y quizá las bases del anarquismo se crearon en el siglo XVIII con la Ilustración. Había una creencia en el individuo más allá de entorno y de su sociedad. Uno de los autores más influyentes fue sin duda Jean-Jacques Rousseau. Se dice que fue William Godwin quien escribió el primer tratado anarquista en 1793, ‘Una investigación acerca de la justicia política’. Su idea era presentar una sociedad libre de gobierno, aunque no utilizó el término anarquía para referirse a ello, aunque sirvió como base para los siguientes autores. Durante la Revolución Francesa, Maréchal escribió el ‘Manifiesto de los iguales’ en 1796, donde reivindicaba el disfrute por parte de la comunidad de los frutos mismos de la tierra, deseando la desaparición de los ricos y los pobres, de los grandes y de los pequeños, de los amos y los siervos. Gracias al escenario que provocó la Revolución Francesa el anarquismo pudo tener un proceso rápido y efectivo para llegar a oídos de los ciudadanos. Pero ocurrió que se vinculó la teoría a los hechos violentos, dado que en la misma revolución que se vivía la violencia estaba implícita, por parte de los que se rebelaban.

Destacó Charles Fourier, quien propuso una organización política basada en comunidades llamadas falansterios, enlazadas entre sí de forma descentralizada. Otro fue Proudhon, quien denunciaba en su obra que la propiedad es un robo en sí misma. A principios del XIX fueron los pensadores alemanes quienes influyeron en el desarrollo del anarquismo. Con base en Hegel, muchos filósofos defendieron la idea de una sociedad ideal basada en los principios morales, conocida como sociedad perfecta, carente de leyes, donde sólo existieran obligaciones, donde no hubiera sanciones sino medios de corrección. Max Stirner en ‘El único y su propiedad’ (1844), negaba la existencia de absolutos e instituciones, abogando por un individualismo extremo llamado ‘egoísmo’. El primero en autodefinirse anarquista fue Proudhon, de ahí que para muchos fuera el fundador de las tesis anarquistas. Su pensamiento cuajó sobre todo entre socialistas de Bélgica y Francia. Tras la Revolución Francesa intentó crear el Banco del Pueblo en 1849, conocido hoy como banco mutualista, que fracasó antes de comenzar sus funciones. Pero su impactó llegó a Marx en Alemania y a Bakunin en Rusia.

Kropotkin1

Bakunin fundó en 1868 la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, donde se defendía la supresión de los Estados nacionales, la abolición de las clases sociales y de la herencia, la igualdad de sexos y la organización de los obreros al margen de los partidos políticos. Y sobre 1880, había tres concepciones anarquistas vigentes; el colectivismo en España; la individualista-mutualista en EEUU y el anarcocomunismo en el resto de Europa. Los anarcocomunistas criticaban el papel de los sindicatos, por entender que estaban acomodados al sistema capitalista. Pero ese movimiento fue poco a poco siendo aceptado por el anarquismo colectivista. Kropotkin afirmó que la revolución debía basarse en las federaciones de comunas locales y los grupos independientes, evolucionando después hacia una etapa colectivista de apropiación de los medios de producción por las mismas comunas, con vistas hacia el comunismo. Los anarquistas de la Francia de 1880 eran socialistas de procedencia, pero alejados del pueblo que deseaba más un socialismo autoritario. En Rusia, el anarquismo revolucionario se concentró en un terrorismo dispuesto a acabar con el poder del zar Alejandro II. Pero Rusia fue el país que más contribuyó a que la teoría de Bakunin, Kropotkin y Tolstoi se convirtiera en un movimiento internacional.

Pero para conocer más sobre el anarquismo debemos analizar las ideas de sus autores. Por ejemplo, Proudhon sobre el gobierno expresó que “ser gobernado significa ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, regulado, adoctrinado, sermoneado, controlado, medido, sopesado, censurado e instruido por hombres que no tienen el derecho, los conocimientos ni la virtud necesarios para ello. Esto es el gobierno, ésta es la justicia, ésta es la moralidad”. Bakunin, sobre el Estado que “es autoridad, es el despliegue ostentoso y engreído del poder. No busca congraciarse, convencer ni consentir. Cada vez que interviene, lo hace de modo singularmente desafortunado. Porque por su naturaleza misma no puede persuadir y ha de imponer o ejercer la fuerza. La libertad, la moralidad y la dignidad del hombre consisten precisamente en no hacer el bien porque se le ordene, sino porque lo concibe, lo desea y lo ama. El Estado, cualquier Estado –aunque esté vestido del modo más liberal y democrático– se basa sobre la dominación y la violencia, es decir sobre un despotismo que no por ser oculto resulta menos peligroso”. Godwin sobre la influencia negativa del poder sostuvo que “los gobernantes tienden, inevitablemente, a abusar del poder para su beneficio egoísta. Esto acaba por determinar la formación de grupos y clases que, al amparo del gobierno, y por medio de él, explotan a los demás, creando un completo sistema de privilegios excluyentes. Los gobernados, por su parte, se ven obligados a defenderse. Por consiguiente, es preciso eliminar la fuente de estos males reemplazando al Estado, cuya expresión autoritaria es el gobierno, por pequeñas comunidades en las que quede suprimida toda fuerza de coacción y los intereses colectivos sean resueltos por acuerdo voluntario”.

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Sionismo. Algo más que un dogma.

Publicado: 22 de diciembre de 2013 en Artículos
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“Es bien sabido que la ciencia y el nacionalismo son cosas que se contradicen,

aunque los monederos falsos de la política nieguen ocasionalmente ese saber:

pero también llegará ¡por fin!

El día en que se comprenderá que sólo para su daño

puede ahora toda cultura superior

seguir cercada por vallas nacionales”

(Friedrich Nietzsche)

***

Antes que nada habría que indagar acerca de lo que es realmente el sionismo. Se conoce con ese término al movimiento internacional que propugnó el restablecimiento de una patria propia para el pueblo de Israel. Lo que se conocía como la Tierra de Israel. Fue el origen de lo que luego sería el Estado de Israel. El origen del movimiento es muy antiguo pero se estableció como movimiento político a finales del siglo XIX. El objetivo era claro: fomentar la migración judía mundial hacia la denominada Tierra Prometida y la creación de un Estado de Israel. El sionismo no era sino un tipo de nacionalismo al uso. Amparado por el despliegue y emigración de judíos por todo el mundo debido a su persecución fue proclamado como el movimiento de liberación nacional del pueblo judío. El término en sí proviene de la palabra hebrea Sion, que se refiere al Monte del mismo nombre, situado cerca de la ciudad de Jerusalén y a la fortaleza homónima. Durante el reinado del Rey David, con ese término ya se refería a toda la ciudad de Jerusalén y a la Tierra de Israel. Y fue el editor austríaco Nathan Birnbaum quien en 1890 utilizó la palabra por primera vez en su diario.  Pero no hay que olvidar que el nacimiento del movimiento sionista se encontraba en el mismo período en el cual hubo un gran avance de los nacionalismos europeos, alineados todos bajo un mismo lema: un pueblo, un Estado. No dejaba de ser una idea que representaba la creación de un Estado-nación. 

La tesis del sionismo abogaba porque los judíos representaban un grupo nacional y no un grupo religioso propiamente dicho. Como tales tenían derecho a crear su propio Estado dentro de su territorio histórico. La inmigración judía hacia Israel comenzó en 1882. Los primeros inmigrantes estaban dentro de lo que se conoció como Primera Aliyá y procedían principalmente de Rusia debido al antisemitismo que se respiraba en ese territorio. La segunda ya se produjo en los primeros años del siglo XX. En el período de entreguerras se aprovechó la situación para crear nuevas oleadas de inmigrantes. Casi todos los recién llegados fundaron asentamientos agrícolas subvencionados por judíos adinerados de la Europa occidental. La Declaración Balfour de 1917 apoyó la creación de una Patria Judía en el Mandato Británico de Palestina. Y a lo largo de todo el siglo XX el sionismo fue ganando adeptos poco a poco. Tras el Holocausto ganó enteros la idea de crear el Estado de Israel en Palestina. Pero el sionismo se componía de dos elementos: por un lado conseguir la independencia; y, por otro lado, la soberanía del pueblo judío. Israel sería el centro de la identidad judía en todo el mundo. Se pretendía la unión de todo el pueblo judío, con un vínculo histórico que era la patria y un estado central con Jerusalén como capital. Pero como en todas las ideologías y pensamientos, el sionismo también recogía diferencias y se desarrollaron varias escuelas de pensamientos sionista, como por ejemplo: el socialista , el revisionista, el general o el religioso. Pero también se desarrollaron pensamientos contrarios a la idea. La oposición a las ideas sionistas se conoció con el nombre de integracionismo o asimilacionismo, que afirmaba que el sionismo era análogo al antisemitismo, dado que ambos niegan la condición de nacionales de un determinado país a los judíos. Lógicamente, la población árabe, eterna enemiga de los judíos, se opuso a la idea de la creación del  Estado Judío que finalmente se consiguió en mayo de 1948. Y curiosamente, los británicos, que habían firmado la Declaración Balfour, dificultaron después la inmigración judía a Palestina.

Pero en 1975, en plena etapa de la Guerra Fría, la Asamblea General de la ONU adoptó la famosa Resolución 3379, gracias al impulso de los países árabes y del apoyo del bloque soviético, que no era vinculante pero que asociaba el sionismo con el racismo. Lo que está claro es que cada uno es y debe ser libre a la hora de decidir si defiende la idea sionista o no, se puede estar de acuerdo o no. Pero desde su establecimiento y desarrollo, el sionismo mismo ha utilizado el concepto para atacar a todos aquellos que critican a Israel, al Estado de Israel o a la política del Estado de Israel. Porque también se puede estar de acuerdo o no con la política de un gobierno de un país ‘x’, se le puede criticar, se le puede denunciar si consideramos que comete alguna injusticia, pero no por eso se le puede tachar a quien lo hace de enemigo del sionismo. Basar todo un argumento de defensa de un pensamiento, una idea o una ideología en considerar contrario y enemigo de ello a todo aquel que lo critica es aparte de mediocre, miserable y débil, en una estrategia que ya resulta bastante habitual. Sin ir más lejos, muchos periodistas de investigación norteamericanos han denunciado todas las trabas y la mala reputación que desde diferentes ámbitos se les ha realizado por escribir en contra de las políticas exteriores del gobierno de Israel. Campañas de desprestigio que inciden en la mente de una masa acostumbrada a ser manipulada, aunque a veces no se dé cuenta. Lo cierto es que desde el momento en que osas penetrar esa línea de crítica y de búsqueda de la verdad, o simplemente cuando te atreves a opinar personalmente sobre alguna de las acciones del Estado de Israel, quedas estigmatizado para siempre sin que tengas derecho a réplica. Es lo mismo que ocurre en muchas ocasiones cuando a alguien se le ocurre criticar a un gobierno o a las políticas de éste, siendo automáticamente tratado como antidemócrata, radical o antisistema. Etiquetas que no dejan la verdad y que intentan ocultar la verdadera realidad. Y, como siempre ocurre, nada tiene que ver el concepto o la idea original con lo que el mismo hombre desarrolla con el tiempo.

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Los nuevos nómadas del mundo

Publicado: 19 de diciembre de 2013 en Artículos
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“Todos los cambios, aún los más ansiados,
llevan consigo cierta melancolía”
(Anatole France)
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El hombre es amo de sus costumbres. Y aunque las cambie o adopte las sigue acumulando durante toda su vida. Los hábitos, las tendencias se van adquiriendo. Algunas de forma cultural y otras de manera natural. Vamos mudando de costumbres casi sin darnos cuenta. Lo que hoy era habitual mañana deja de serlo. Nos hemos convertido en efímeros pasajeros de todo lo que acontece a nuestro alrededor. Y casi de forma instintiva y sin tiempo para reflexionar. No da tiempo ni siquiera a mentalizarse, ni a planear lo siguiente, lo asimilamos con una naturalidad pasmosa, nos dejamos invadir de nuevos retos, costumbres y rutinas sin que eso conlleve ningún esfuerzo o trastorno más o menos incontrolado.

Nuestros comportamientos están cada vez más influenciados por las circunstancias del entorno, y éste va cambiando a una velocidad de vértigo que casi no da tiempo ni a explicar debidamente. Todavía no nos acostumbramos a un escenario cuando ya aparece el siguiente. Sin casi saborearlo ni disfrutarlo. Lo que hoy lleva fortuna luego es mala suerte. Lo que hoy sale bien luego se vuelve en contra. Lo que parecía ir bien cambia de repente para pasar a ser algo casi innecesario. Lo que hoy amamos mañana cae en el olvido. Nos hemos acostumbrado a ser seres superficiales, sin profundidad, debido a las necesidades, cada vez más numerosas. No hay estabilidad. De ningún tipo. Ni familiar, ni social, ni de amistad, ni de relaciones, ni laboral, ni de lugar, ni económica, ni de futuro. Vivimos el hoy, y mañana ya veremos qué es lo que pasa. Lo que hoy ha salido bien mañana saldrá mal seguramente. Trazamos planes a diario para volverlos a retocar, para cambiarlos, para eliminarlos. Y lo que hoy es un desastre se convierte de repente en algo maravilloso. Lo bueno dura poco y lo malo también. No hay tiempo que perder. Todo avanza. Toda cambia. Mucho más rápido de lo que nuestra mente es capaz de asimilar.

El viaje es lo que se conoce como el cambio de la ubicación de las personas a través de cualquier medio de transporte o a pie. Hay viajes de todo tipo. Por motivos de trabajo, por obligación, por compromiso, por afición, por dedicación, por invitación, por celebración, por trabajo o por necesidad, entre otros ejemplos. En el viaje aparecen estímulos que no aparecen normalmente en nuestro habitual recorrido de vida. Aplicamos otra serie de conductas y de métodos de actuación. Abrimos más la mente y ejercitamos la capacidad de análisis y de observación por encima de lo que lo solemos hacer.

El ser humano acostumbra o acostumbraba a residir en un lugar determinado. Antiguamente, los pueblos sólo viajaban y levantaban su campamento debido a circunstancias obligadas, ya fueran por guerras, hambre, clima o necesidades varias. Los pueblos, en caso de no necesitarlo, continuaban desarrollando su vida y su entorno a lo largo de un espacio de tierra, generalmente cercano a un lugar provisto de agua y de alimentos. Aquellos que viajaban continuamente lo hacían por mera necesidad o como forma de vida. Los nómadas eran comunidades o pueblos que se trasladaban continuamente de un lugar a otro y no se establecían de forma permanente en ninguno de ellos. Incluso en la actualidad se calcula que hay más de 40 millones de personas en todo el mundo considerados nómadas. Aparte de todos aquellos que se ven forzosamente movidos de su lugar de origen por diferentes causas, casi todas ellas debido a la necesidad.

Hay culturas que han sido siempre nómadas, aunque son formas que están prácticamente en desuso, sobre todo en países del primer mundo. Se habla más de pueblos migratorios que de nomadismo. El concepto nómada se basaba en ocupar un centro temporalmente, donde hubiera disponibilidad de un buen suministro de alimentos y/o poder explotarlos. Muchas sociedades calificaron a esos pueblos de forma despectiva, dado que comparaban su espíritu y realidad nómadas con lo primitivo y lo marginal, sin considerar su identidad cultural. Porque esos pueblos nómadas tenían una base cultural, con valores, con arte, con tradiciones, valores y una gran preocupación por la protección del medio ambiente. Debido a que siempre se encontraban ambientes hostiles para vivir, desarrollaron un instinto natural para cuidar de la naturaleza, sabedores de sus posibles necesidades futuras. La naturaleza siempre ha estado amenazada por sociedades sedentarias.

Para un nómada, viajar es un estilo de vida, una forma de subsistencia. Va más allá del simple objetivo de subsistir. Tener alma de nómada no es tan extraño. Muchos ciudadanos del mundo estarían encantados de llevar esa vida, aunque parezca un tanto soñadora a primera vista. Ir de un lado a otro, no tener que asentarse en un lugar por mucho tiempo, seguir conociendo nuevos lugares, nuevos pueblos, nuevas costumbres, nuevos olores, nuevos colores, nuevos paisajes. Celebrar fiestas distintas en lugares distintos. Respirar aromas nunca descubiertos. Los nuevos rumbos que han modificado los hábitos de los ciudadanos de la mayoría del mundo obligan a cambios constantes, y entre esos cambios también entran los de lugar de residencia. Estar en un lugar, echar raíces ahí y permanecer media vida ya no es lo habitual. Ahora se debe abrir la mente de otra manera, ya no esperando, pero anticipando lo que puede pasar. No sabemos lo que va a venir mañana. Necesitamos estar despiertos y abiertos a todas las opciones. Hoy estamos aquí y mañana quién sabe. Nos hemos convertido sin querer en nómadas de nuestros destinos. Cambiar de residencia ya es como cambiar de bar. De repente nos encontramos en otro lugar, ausentes de todo carácter familiar, de nada conocido, parece como si tuviéramos que comenzar de cero, partiendo desde el punto de salida, como si todo lo que hubiéramos hecho hasta entonces no sirviera absolutamente para nada. Debemos reciclarnos. Resetear nuestro disco duro. Y desde el cero volver a empezar. Sensaciones extrañas, cuando has creado partes de tu mundo y ya no existen, han desaparecido. Restos de lo que una vez tuviste y disfrutaste convertidos en paisajes desconocidos con rutinas distintas.

Antes viajábamos con la mente. Soñábamos con viajar. No había medios, y la capacidad económica de la mayoría de la gente no ayudaba a descubrir nuevos mundos. Hoy, el continuo vaivén de gente de aquí para allá es constante. Por cualquier país se mezclan personas de toda raza, país, cultura, continente, educación, condición y capacidad. El concepto del viaje también ha cambiado. Se viaja más, gracias al mercado de precios y a la capacidad económica de muchos, pero se viaja muchas veces sin poder advertir todo lo que eso conlleva. No se aprecia el viaje, se consume. Se añade a la larga lista de tareas y parece ya casi como una obligación tener que visitar algún lugar. Se ha perdido la magia en muchas acciones que antes poseían un enigma y un misterio. Ahora casi nada nos hace excitarnos. Se toma, se usa y se tira. Así de simple.

Vivimos tiempos efímeros. La duda es la constante. Y lo peor es eso: la duda. Sin respuestas vamos deambulando como borrachos, acechando a los que transitan con nosotros, intentando descifrar los mensajes que el camino nos va dejando. Todo pasa, nada queda. Cambios drásticos que cuestan de analizar y de entender. El sol sale cada mañana, sí, pero para cada uno de forma diferente. Vagamos por el camino de la inestabilidad, como nómadas. Pero somos nómadas modernos, de otra generación, apoyados en amigos virtuales que siempre están lejos, en charlas sin voz, en escritos sin gestos, en amores sin fondo, en lágrimas sin rostros, en risas sin bocas, en tristeza acumulada, melancolía de lo que podría ser y no es, soledad que se amontona en un cajón de nuestra mente, hasta rebosar. Soledad del nómada, del que no tiene lugar, del que no tiene raíz. Nómadas de otros lugares ajenos, distintos e inseguros. Somos vagabundos de ideas, de pensamientos y de emociones, intentando encontrar almas gemelas para poder compartir todo lo que nos pueda consolar, todo lo que necesitamos expresar. Nos faltan muchas cosas, pero lo saciamos consumiendo de todo, aunque no lo necesitemos, quizá como los animales que beben porque desconocen cuando volverán a poder beber. Nos faltan sueños, o quizá tenemos demasiados. Imaginación elevado al infinito, donde las ilusiones corretean alegres entre medio de nuestras realidades. Despertamos del letargo. Seguimos caminando. Seguimos anclados en el laberinto de las dudas y de la inestabilidad.

“En un mundo superior puede ser de otra manera,
pero aquí abajo,
vivir es cambiar
y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”
(John Newman)
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“Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”

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Cuando están a punto de celebrarse los funerales por Nelson Mandela (Madiba) se vuelve a hablar de la lucha de este símbolo contra la injusticia y en favor de la libertad. Una vida dedicada a conseguir la ansiada libertad para su pueblo y para eliminar la injusticia que se mantuvo durante tantos años sobre él. Verdaderos líderes de un pueblo o de la misma humanidad han existido pocos, si utilizamos la palabra líder cómo se debe, y la colocamos en su lugar idóneo, justo en lo más alto del escalafón social. Ser líder no es fácil. De hecho, es algo innato y al alcance de unos pocos elegidos. La fuerza de un líder se puede palpar y percibir en cada uno de sus gestos, en cada una de sus palabras. El liderazgo es ese concepto que considera al conjunto de habilidades que una persona puede poseer para dirigir o influir de forma definitiva sobre un grupo de personas determinado. Se trata de reunirlas en la lucha del mismo objetivo, hacerlas partícipes de ese esfuerzo, de esa lucha y de ese éxito. Se necesitan metas,  objetivos, pero ante todo tiene que saber motivar a su gente o pueblo. Un líder tiene que saber tomar la iniciativa, motivar a sus seguidores, dar ejemplo, evaluar las ventajas o inconvenientes de según qué acciones, gestionar sus cartas, convocar a cuanta más gente mejor, conseguir objetivos. Pero también se necesita de equidad, justicia, equilibrio, buen uso del poder y flexibilidad. La empatía forma parte también de un buen carácter de liderazgo. Los líderes deben tener un carisma especial que atraiga a sus seguidores. Son los guías para la consecución del destino. Debe ser responsable, con un carácter ganador y de talante totalmente tolerante.

Mandela fue precisamente eso: un líder. Y se podría añadir que con letras mayúsculas. De esos pocos que han existido y que siempre se recuerdan aunque pasen décadas desde su pérdida. Porque un líder de esta magnitud nunca se llega a perder del todo. De hecho, sus enseñanzas y sus ejemplos sirven para el presente y para el futuro. Todo lo que hemos aprendido de él nos debe servir. Porque son muchas lecciones las que nos ha ofrecido. Y sólo por eso ya deberíamos ser felices. Y una vida como la suya puede y debe servir a millones de personas de distintas generaciones. Ejemplos como el de Mandela ha habido pocos y, además, están en desuso. Muchos confunden el liderazgo con la clase política, aunque nada tengan que ver. La mayoría de los políticos del mundo en la actualidad carecen de liderazgo. No desprenden carisma ni ofrecen caminos para llegar a destinos soñados. Los políticos son simples ocupantes de puestos que no merecen, marionetas de organismos y multinacionales muchos más poderosos que les indican por dónde deben seguir. Los mal llamados líderes de hoy son pocos y nos hacen falta. Muchos. Y esa carencia determina nuestro presente. No hay ideas, no hay soluciones. Son líderes con pies de barro, amantes del prestigio y la notoriedad, deslumbrados fácilmente por los focos de los medios, creyéndose famosos e importantes aunque sean fugaces personajes y bastante necios. Y sorprende y hace gracia también como todos los que se creen líderes del momento hablan acerca de líderes reales como Mandela sin darse cuenta de que están a años luz de algo parecido a esos tipos de figuras inolvidables. Da la sensación que son ellos los que menos han aprendido de las lecciones que nos dejó el símbolo sudafricano. Y si lo han hecho lo saben disimular a la perfección, porque no ofrecen ejemplos claros de haber entendido algo de todo ello.

Las injusticias son cada vez más numerosas en el mundo. Cada vez hay más conciencia de ello, más gente luchando contra ellas,  más medios para combatirlas. Pero parece que no nos demos cuenta de que el ser humano quizá es contrario a la justicia como concepto. Es decir, si creemos que la inmensa mayoría está a favor de la justicia y dispuesta a defenderla a toda costa, deducimos lógicamente que sólo existe una cierta cantidad de personas carentes de esa conciencia y sensibilidad, con lo cual se supone que sería fácil entonces combatirlas, puesto que son una minoría. Pero las injusticias se suelen cometer cuando uno ostenta más poder que otro y lo utiliza en su beneficio. Y cuando los poderosos cometen esas injusticias se ayudan mutuamente para que nadie pueda eliminarlos. El corporativismo entre los que realizan injusticias está muy consolidado y no tiene resquicios. Muchos dicen que no hay más que antes, que simplemente ocurre que ahora se conocen y se descubren, cuando antes estaban totalmente cubiertas y escondidas. Sea como sea, el asunto no se arregla ni tiene pinta de que se vaya a arreglar pronto.

Algo parecido ocurre con la eterna lucha por la libertad. Nunca termina. Parece no tener descanso. Esa capacidad del ser humano para hacer lo que su propia voluntad desee parece que para algunos sigue estando confusa, a tenor por el comportamiento de muchos gobiernos, estados y organismos. Parece que muchas personas creen ser jueces de la libertad de pueblos e individuos como algo natural, simplemente por tener el uso del poder. Un poder que, desde los tiempos antiguos a hoy, ha estado y sigue estando corrompido. El mal uso del poder ya es algo habitual. Pero los que pasan por su territorio parecen no darse cuenta de que éste pasa a su vez de mano en mano y que nunca es eterno. La eternidad es un concepto fantasioso que no está al alcance ni siquiera de esos verdaderos líderes. Una solución sería no dar cuota de poder, sobre todo a ignorantes y descerebrados, pero la gran masa no entiende de elecciones de líderes, puesto que la manipulación está integrada en nuestras vidas y además nos califican la situación mayoritaria como de democracia. Millones de personas en el mundo sufren la esclavitud en pleno siglo XXI. Y las mafias al respecto siguen aumentando, al amparo de gobiernos y estados. Sólo hay una religión válida para toda la humanidad: el dinero. Las otras religiones tan sólo sirven para consumo privado.

Y mientras por todos los rincones del planeta se siguen oyendo palabras bonitas en homenaje a Mandela nos seguimos preguntando si algo va a cambiar. Si alguien va a entender cómo se deben hacer las cosas de una vez. Porque como siempre se repite: todo es más sencillo de lo que parece. Lo que ocurre es que si nos empeñamos en atender nuestras propias necesidades, alimentar nuestro ego y nuestra avaricia, consumir para sentirnos felices aunque sea por un segundo, girar la vista ante lo que nos da pavor, cerrar los ojos a la realidad, silenciar las injusticias, no luchar por lo que verdaderamente creemos justo, difícilmente conseguiremos cambiar algo. El cambio se produce en los pequeños detalles, desde nuestro micro cosmos, desde esa capa de vida que tenemos a nuestro alrededor y que parece insignificante. Desde ahí podemos comenzar a abrir puertas, sobre todo a decir las cosas por su nombre y denunciar todo aquello y a todos aquellos que siguen provocando que nada cambie y que la libertad sea un lujo y la injusticia una rutina.

libertad

 


lhoteavignon

“Los modernos no tenemos absolutamente nada propio;

sólo llenándonos, con exceso, de épocas, costumbres, artes, filosofías, religiones y conocimientos ajenos

llegamos a ser algo digno de atención,

esto es,

enciclopedias andantes”

(Friedrich Nietzsche)

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Lo que se conoce como modernidad fue el proceso sociohistórico que se originó en Europa a partir del efecto que produjo la Ilustración. La Ilustración fue una época histórica y un movimiento cultural e intelectual europeo, que se originó especialmente en Inglaterra y en Francia, y que se desarrolló desde finales del siglo XVII hasta el inicio de la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII. Su nombre tenía un porqué: el movimiento nació con la intención de disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón. De ahí que al siglo XVIII se le conozca como el Siglo de las Luces. Los pensadores de esa época y de ese movimiento sostenían que la razón humana podía combatir la ignorancia, la tiranía y desde ahí crear un mundo mucho mejor. Pasados más de dos siglos parece que estemos en la misma situación, con sólo una diferencia clara: la ignorancia se extiende, la tiranía también y el mundo va mucho peor. Quizá de otra manera, desde otro punto de vista, pero así es. La influencia que tuvo en su momento fue enorme, tanto en aspectos económicos, como sociales y políticos. Su expresión estética se denominaría Neoclasicismo.

La modernidad proponía que cada individuo tuviera sus metas según su propia voluntad. Se alcanzaría la meta de una manera lógica y racional, dando de esa manera, sentido a la vida. A nivel político había que tratar de imponer la lógica y la razón, sobre todo por delante de la religión. Todo iría bien acompañado de unas instituciones estatales que ejercerían un control social mediante una constitución. La producción se industrializaría y se crearían nuevas clases sociales, permitiendo que cierta población aumentara sus ingresos en beneficio de otras. Y ese mecanismo debería llevar consigo la actualización continua y el cambio permanente. En conclusión, la modernidad está considerada como una época de cambios que buscaban la homogeneización de la sociedad. Pero necesitaba obligatoriamente una actualización permanente. Se buscaba el porvenir, el cambio en las reglas del juego establecido, la ruptura ante las doctrinas, las creencias, las ideologías transportadas durante siglos atrás, atrapadas en unas culturas tradicionales y conservadoras.

Poco o nada tiene que ver la antigua Modernidad con todo lo que hoy se puede considerar moderno. Porque hay que darse cuenta de que la modernidad de hoy en día está muy confundida, es muy relativa y sólo ofrece dudas e interrogantes. Cada cual puede ver rasgos de modernidad en sus vecinos, amigos y compañeros de trabajo. Cada uno es capaz de establecer esa diferencia según su experiencia de vida, sus vivencias, sus particulares visiones de la realidad que le rodea. Muchos confunden el estilo, las formas, la moda, con la modernidad. Lo que para muchos es modernidad para otros no deja de ser algo vanguardista, empujado por olas de moda pasajera que se zambulle en la esencia de la sociedad. Llevar unos zapatos de una marca ‘x’, conducir un coche de último diseño, utilizar un teléfono móvil de última generación, todo eso, confunde a muchas personas a la hora de catalogar lo que realmente significa ser moderno.

En los tiempos que corren sopla una sensación generalizada de que si eres moderno estás por delante de otros. Ya sea porque se inculca, por verdadera ignorancia, por absoluta falta de confianza, la masa se deja gobernar por el consumismo y por las modas, generando un aluvión de maneras que representan modernidades, cuando no dejan de ser meras copias de lo que les gustaría tener o ser, cuando la esencia está vacía y no hay nada dentro de la acción que haya provocado esa reacción. Cuando se hace algo porque sí, sin meditar, sin usar la propia personalidad, ocurre lo que ocurre, que todo parece ser, indica que, se asemeja a, acostumbra a, un sinfín de similitudes con la realidad y se raya algo así como el ridículo. Es la época en la que los catetos se visten de modernos y además algunos se creen que lo son. Es la época en la cual los modernos se vuelven esnobs para poder diferenciarse de los catetos.

Cierto es que una gran parte de la población mundial está anclada en el pasado, en las costumbres, en las tradiciones, en un conservadurismo que cuesta eliminar, porque ha sido inculcado culturalmente desde el seno familiar y habitual. El poeta francés Baudelaire señaló que la modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno e inmutable. La modernidad trata de romper con el pasado, con lo establecido, con lo anodino. Se necesita renovar, se necesita innovar, aunque a veces la búsqueda de la modernidad no garantice el éxito. La modernidad se integra en la idea de concentrarse en el momento actual, mejorando lo anterior. No es una oleada de ideas, ni nada que ver con una conciencia de futuro con el propósito de adelantarse al tiempo. Los sociólogos siguen investigando y escribiendo teorías acerca de la modernidad y de la consiguiente postmodernidad, que ha dado paso a lo que denominados sociedad globalizada. Un fenómeno que no deja lugar a dudas. Donde cualquiera puede ir a la última en cualquier rincón del mundo, aunque no tenga ni para comer. Cada uno de nosotros provoca un nuevo cambio cuando se propone comenzar algo nuevo. Innovar. Idear. Renovar. Palabras que sugieren vida. Palabras que llevan asociados aires de frescura y de regeneración. Cada uno es capaz de crear algo nuevo, pero cuidado, no quiere decir que sea algo moderno. Para ser moderno tendrá que haber roto con algo tradicional, haber saltado los obstáculos de mentes ancladas en un pasado donde todo era mejor. Por así decirlo, la modernidad es el transcurso lógico y natural del pasado. Un ciclo necesario.

Y ante la aparición de lo moderno surgirá la crítica. Porque ambas se necesitan. Una para defender lo suyo, y la otra para intentar que no le arrebaten su estatus. Y de un tiempo a esta parte está de moda odiar a lo moderno y a los que van o se consideran modernos. Incluso ésos que se autodefinen así parece como si quisieran ocultarlo. La sociedad de consumo nos ha introducido en una espiral de cambios continuos, de avances tecnológicos, de circunstancias ajenas a nuestros deseos, pero que descansan en el principio de que parece que todo lo necesitemos, cuando es al contrario. Lo más moderno hoy en día es saber quién eres, saber en qué lugar te encuentras, aceptar las circunstancias actuales para planear los cambios adecuados para darle un giro completo a la realidad. Ser moderno hoy es  algo más que un reto. Debería ser un objetivo real para todos los jóvenes, que ven en su futuro algo inestable, lleno de incertidumbre e inseguridad.

Vivimos en la actualidad en la cultura de dar la nota, de llamar la atención a toda costa, intentando parecer modernos por todos lados, mostrándonos sólo superficialmente y sin nada verdaderamente que mostrar. Las apariencias engañan más que nunca. Todo parece falso. Todo parece moderno cuando no lo es. Lo último y lo más nuevo no representan por sí solos. Desconfiamos de todas las personas que vemos por las calles porque no estamos seguros si es cierto todo lo que vemos, o a decir verdad, lo que nos enseñan. Inseguros caminamos intentando encontrar rasgos de algo que nos atraiga, que nos haga vibra. Andamos escasos de sorpresas, de ilusiones, de circunstancias satisfactorias. Cualquier novedad que vemos la confundimos, la malinterpretamos, y todo nos provoca un estado de alucinación global, transitoria, aunque elevada a la máxima potencia, donde lo que aparecerá mañana siempre parece que será mejor que lo que se descubrió hoy. No aguantamos mucho una cosa, un instante, porque deseamos encontrar algo diferente cuanto antes. Hemos perdido la esencia, para concentrarnos en el envoltorio. El marketing sigue creciendo mientras nuestra capacidad para distinguir lo moderno continua de capa caída e inestable.

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El poder del dinero

Publicado: 5 de diciembre de 2013 en Artículos
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Qué harías si el dinero no fuera impedimento_

“Quien cambia felicidad por dinero
no podrá cambiar dinero por felicidad”
(José Narosky)
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El dinero se inventó como medio de intercambio aceptado por la sociedad y que se usa para el pago de bienes, servicios y cualquier tipo de obligación. Consistía en una forma más sencilla que el antiguo trueque. El dinero que usamos a diario en cualquier parte del planeta debe estar avalado o certificado por la entidad emisora. En general, son los gobiernos de los estados los encargados de ello, a través de las leyes, las cuales determinan cuál es el tipo de dinero de curso legal, y gracias a los bancos centrales y las casas de las monedas se regula y controla la política monetaria de una economía, además de crear las monedas y billetes necesarios.

“Hay gente tan pobre en el mundo que lo único que tienen es dinero”

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El hombre descubrió desde la aparición de la agricultura, la ganadería y la pesca, que se generaba un excedente de producto; una cantidad de bienes que no podían ser consumidos por quien los recogía, realizaba o producía. Todo ello generó que se pudiera alimentar a mucha gente que se podría dedicar a producir otros productos también necesarios. Con ese marco se creó el trueque. El trueque era una idea de intercambio de objetos y servicios por otros objetos y servicios. Lógicamente debía existir un excedente de productos determinados que desencadenaría en la división del trabajo. El problema que generaba ese sistema es que los intercambios dependían del excedente acumulado y de las necesidades de demanda de cada individuo, lo que hacía que el proceso fuera lento y algo lejano a considerarse como eficiente. Asimismo, resultaba difícil encontrar a la persona indicada que necesitara el producto excedente del cual otra persona necesitaba deshacerse. Y en muchos casos, la oferta de excedentes no satisfacía las necesidades de muchas personas que igualmente poseían excedentes que no interesaban a otras.

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Con el tiempo se descubrió que existían bienes que eran más fáciles intercambiables que otros, ya fueran por su utilidad, ya fuera por su capacidad para circular por el mercado y para que sirviera como moneda de cambio. De hecho, muchos individuos almacenaban productos que no producían pero que les servían para poder negociar por otros. Se vio que la necesidad de un producto y la demanda de él era mucho más importante que la variedad. Para poder cambiar ese sistema se crearon alternativas que se utilizaron a modo de dinero: ya fueran joyas, piedras preciosas, metales, conchas, piedras o sal. Y, finalmente, fueron el oro y la plata los más utilizados para los intercambios de bienes, debido a la facilidad de su transporte y a su fácil conservación. El siguiente paso fue acuñar los metales o monedas para avalar su peso y su calidad. Parece ser que fueron los lidios los primeros en introducir el uso de monedas de oro y plata, al igual que establecieron lugares de cambio permanentes. Acuñaron monedas estampadas ya en el siglo VII a.C. La primera moneda fue una aleación de oro y plata, y pesaba unos 5 gramos, que se utilizó para pagar a las tropas de un modo regulado.

“No estimes el dinero ni más ni menos de lo que vale,
porque es un buen siervo y un mal amo”
(Alejandro Dumas)
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En la actualidad, el dinero legal es aquel emitido por bancos centrales y es el aceptado como forma de pago. Aunque no se puede reducir el dinero al dinero legal. Quizá por dinero entendemos el líquido solamente. Existe también el dinero bancario, ya sea mediante créditos o depósitos para los clientes, y que con el desarrollo social se ha convertido en dinero electrónico. Un dinero del cual se dispone, se mueve, se intercambia pero no se ve. Es un dinero que se lee en un papel o en una pantalla, y en el cual se cree aunque no se llegue a comprobar si existe de veras. Cualquier dinero está respaldado mediante metales, generalmente oro. Y el valor está sujeto a la oferta y la demanda.
“Hay tantas cosas más importantes que el dinero…pero cuestan tanto!!!”
(Groucho Marx)
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Pero lo que se creó como intercambio de bienes se ha convertido casi en toda una religión, una creencia y un dogma difíciles de eliminar. De hecho, el dinero ha corrompido a generaciones y generaciones, y lo sigue haciendo. Por dinero se hace de todo, todo parecer valer. El dinero alienta, emociona, alecciona, ambiciona, alimenta, mata, secuestra, roba, viola, engaña… El dinero es quizá el peor invento del hombre, aunque nunca se hubiera podido imaginar cuando se creó. El mal uso del hombre deviene en la creencia de una mala idea a la hora de analizar un invento. A veces, el invento no deja de ser malo, pero el hombre se empeña en darle la vuelta y convertirlo en algo que por momentos apesta. La sociedad, desde que existe el dinero, se divide y se diferencia por el dinero. En muchos países si preguntas cuántas clases sociales existen te responden que sólo dos: los que tienen dinero y los que no.
“Cuando uno es pobre no importa que no tengas dinero,
lo que importa es que seas feliz
con lo que tienes sin importar el precio” 
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El dinero marca, delimita, impone fronteras, quita y da opciones y/o ventajas, y fractura cualquier posibilidad de igualdad social. Y ahí es cuando hay que plantearse lo de la igualdad social: porque habría que saber qué porcentaje de la sociedad mundial está a favor de la igualdad social a niveles de dinero. Por lo que se comprueba a diario parece ser que la mayoría está totalmente en contra de ello. O al menos, los organismos y las instituciones internacionales que podrían hacer algo. Por no hablar de los gobiernos y las multinacionales. El dinero llama  al dinero. Otra de esas  frases célebres. Porque lo que muchos hacen por dinero cruza a veces esas líneas que deberían ser inquebrantables. El dinero provoca querer más y más. Una avaricia que no tiene límites. Y nunca parece haber suficiente. El dinero se acumula, se derrocha, se manifiesta en la actitud y en el comportamiento de millones de personas que por necesidad, por circunstancias o por simple ambición, son capaces de denigrarse o abusar para conseguir un poquito más.
” Cuando se trata de dinero todos somos de la misma religión”
(Voltaire)
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Si realmente nos vemos en difícil situación a la hora de juzgar los comportamientos relacionados con todo lo que tiene que ver con el dinero no hace falta más que leer lo que dicen algunos científicos al respecto, cuando afirman que cuando se trata de tomar decisiones relacionadas con el dinero, la mente humana se comporta de forma irracional.  Los economistas conocidos como ‘racionales’ creen que el individuo, por regla general, siempre calcula el riesgo que conlleva gasta más de lo ahorrado. Aunque se ha demostrado recientemente que la conducta de la gente cuando hay dinero por medio cuestiona la filosofía económica dominante, basada en la estabilidad de los mercados y que ha concluido con el estallido de burbujas inmobiliarias en multitud de países del primer mundo. Parece que nos cuesta aceptar el nivel económico que tenemos y, en definitiva, actuamos de forma irracional, deseando adquirir más de lo que podemos, más de lo que necesitamos. Y quizá la sociedad del consumo está creada de esa manera. Un reacción frenética en el comportamiento de los agentes financieros y de los consumidores a la hora de hablar de dinero puede estar sujeta al descubrimiento de que cuando se habla de dinero se activan los mismos circuitos cerebrales de las emociones, al igual que ocurre con las drogas, la comida o el sexo. Quizá por ahí ya vamos entendiendo por qué hay gente que lo hace todo por dinero y por qué se pisotean los derechos de millones de personas en aras de abarcar un poquito más de riqueza, o digamos más dinero…
Lo que está claro es que si la irracionalidad domina en general a la raza humana a la hora de hablar o de tratar con el dinero las soluciones al respecto parecen muy complicadas. No se ven atisbos de mejora. Muy al contrario, la riqueza se va reduciendo a un espectro mínimo de personas que controlan la práctica mayoría de ella, aprisionando al resto a sobrevivir como pueda, creando necesidades cada vez más insalvables y más drásticas, creando pobreza con una rapidez inusitada y cada vez a más millones de personas. El dinero seguirá estando ahí, el mismo, lo que pasa que en manos equivocadas. La repartición de la riqueza parece una utopía de unos pocos. Pero es la ausencia del dinero el que provoca necesidades, y esas necesidades van ligadas intrínsecamente a otras realidades que se ven desarrolladas, aumentadas e incontroladas por momentos, y que en el futuro quizá lleguen a ser parte de la solución aunque de manera muy radical.

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“Toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura al fascismo”

 (Albert Camus)

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Hay que comenzar por el origen, por la causa. El fascismo nació como una ideología política que trataba de encuadrar a toda una sociedad en tiempos de crisis dentro de una dimensión que promovía la movilización de masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las nacionales. Confluían diferentes características y muchas causas. Desde la histórica a la económica, pasando por la causa nacionalista y también por la sociocultural. Para muchos es una ciencia política y para otros una forma de vida. Es complicado de definir pues puede aparecer en numerosos momentos y en multitud de comportamientos.

Muchos grupos y muchas personas realizan actos fascistas sin llegar ni siquiera a saberlo. De hecho, algunos comportamientos de claro corte fascista, rayan lo vergonzoso sin que el protagonista sienta nada de rubor en absoluto, puesto que para él quizá no signifique nada de eso. La conclusión puede ser clara: la falta de rigor y de conocimiento sobre el tema hace que su uso se confunda, se mezcle, se multiplique y quede completamente como algo natural, sin que llegue siquiera a llamar la atención. De hecho, el fascismo es un pensamiento político, y muchos actos políticos son fascistas.

Muchos de los primeros fascistas no sabían qué significaba la teoría, ni que realmente existiera una. La acción se anteponía al discurso. La práctica dominaba a la doctrina y al pensamiento. Es decir, cada cual podía protagonizar su propia identificación de ello. Cada uno inventaba el suyo. Y en cada país, el fascismo se propagó de diferentes formas, aunque siempre con la misma esencia. El nacionalismo era la base de la idea. Abogando por la defensa de la nación, hurgar en la herida de antiguas batallas, antiguas derrotas, antiguas afrentas o antiguos dominios, servía exactamente como excusa y acicate para exaltar a la masa deprimida u ofendida. Y en eso consistía básicamente el fascismo: en la exaltación de las masas, espoleando su orgullo patrio, cultural y tradicional.

Con la masa se puede conseguir el cambio. Y el fascismo perseguía un cambio. Y el cambio debía ser radical. Curiosamente, muchos de los grupos que comenzaron a distinguirse por sus comportamientos fascistas siempre negaron serlo, puesto que esa publicidad no era la conveniente ni la oportuna. Y estuvo de moda bautizar a muchos de esos movimientos fascistas con nombre originales para distinguirse de otros similares en otros países y para que no fueran confundidos por simples seguidores de teorías fascistas, cuando realmente promulgaban los mismo principios o similares. Un ejemplo podría ser el líder fascista húngaro Ferencz Szalasi que afirmaba que su movimiento no era ni hitleriano, ni antisemita, sino hungarismo. Todos querían ser originales, cuando eran copias y subcopias de una teoría general y única: el nacionalismo. 

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El nacionalismo básicamente fue una ideología y un movimiento sociopolítico que se asociaba con el recién aparecido concepto de nación en la época de la industrialización, justo a finales del siglo XVIII. Se trataba de identificar a la nación como el único referente identitario de una comunidad política. Se partía del principio de soberanía nacional, donde la nación se establecía como la única base legítima del Estado; y del principio de nacionalidad, dado que cada nación conservaba su propio Estado y sus fronteras para distinguirse de sus vecinos. Pero no había que distinguir el movimiento con el sentimiento. El patriotismo y/o la afinidad cultura, y/o tradicional de un grupo, pueden verse confundidos a menudo por acciones o reacciones lejanas en la concepción de una estrategia de independencia. Llamar nacionalismo al sentimiento de pertenencia a una nación puede ser totalmente distinto al hecho de crear una doctrina o una acción política violenta al respecto para conseguir un propósito, o para llevar a cabo, gracias al apoyo de la masa, planes que sugieran nuevos horizontes de futuro para la comunidad concreta.

“Es bien sabido que la ciencia y el nacionalismo son cosas que se contradicen,

aunque los monederos falsos de la política nieguen ocasionalmente ese saber:

pero también llegará ¡por fin!

El día en que se comprenderá que sólo para su daño

puede ahora toda cultura superior seguir cercada por vallas nacionales”  

(Friedrich Nietzsche)

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Hubo una época que el nacionalismo reaccionó en cadena, en el llamado período del nacionalismo, justo cuando hubo un surgimiento global de ideología y movimiento nacionalistas en todo el mundo, momento que coincidió con algunas de las revoluciones liberales y burguesas más importantes en el siglo XIX. También hubo otro momento importante para el nacionalismo justo en el período entre la Primera y Segunda Guerras Mundiales, cuando los movimientos fascistas engancharon a millones de personas acerca de sus razonamientos, y tras las guerras con el proceso de descolonización en muchos países. 

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Pero para la ciencia política es difícil a veces distinguir entre los regímenes que se pueden considerar fascistas. Mucho más complicado que hacerlo entre regímenes inspirados en ideologías más corrientes. Se analizan circunstancias, orígenes y formas que se adaptan a la sociedad o nación y que son propias del fenómeno. Hay un fascismo viejo y un fascismo moderno, aunque las notas que coinciden entre los dos tipos son bastantes. Muchos trabajos indican que los períodos de regímenes fascistas en muchos países europeos fueron un episodio doloroso dentro de la historia de ellos, y algunas de sus esencias siguen todavía vivas en muchos. Se enumeran varias interpretaciones del fascismo: desde la que lo califica como ‘enfermedad moral’, como ‘producto lógico e inevitable del desarrollo histórico de algunos países’, como ‘reacción de clase antiproletaria’ o como ‘ideología de la crisis del mundo contemporáneo’.

Los motivos por los cuales apareció el fascismo son variados y cada experto ha encontrado y calificado los suyos. Para muchos la época económica de crisis fue fundamental para poder captar la atención de la masa en un proceso de industrialización bestial; otros se fijan más en los aspectos psicológicos de la ideología en general, un oasis dentro de un desierto de ideas, una forma de airear a muchas mentes que necesitaban estímulos para motivarse y para poder seguir a algo o a alguien; para otro simplemente fue la inseguridad de las clases medias incipientes lo que provocó que se unieran en busca de una defensa de ‘su bienestar’, próxima  a lo que algunos llaman la teoría de la supervivencia. Pero lo cierto es que hay características comunes en todos los sistemas fascistas: ya sea el totalitarismo, el autoritarismo, el control del estado, los motivos nacionalistas, el racismo y la xenofobia, la distinción clara de clases sociales, la unión nacional, la centralización, el partido único, el despotismo, el imperialismo, el anticomunismo, defensa de los valores morales y tradicionales, el seguimiento a un líder concreto, el afianzamiento de unas élites determinadas, un régimen político de masa. Curiosamente, muchos de los razonamientos realizados por expertos en países donde hubo una marcada época fascista parece que intenten más argumentar y buscar excusas al respecto que analizar profundamente el hecho de que existiera ese núcleo de la sociedad mimetizado por esa ideología.

Parece claro que el fascismo necesita de una situación socioeconómica muy particular, aparte de unos rasgos y unos estados de ánimo de las naciones para considerar la opción de decantarse por su ideología. Ya sean problemas estructurales de desempleo, una crisis económica, una falta de valores arraigada en el tiempo, una disgregación nacional, una voluntad de unión nacional, un apoyo de una juventudes dispuestas a luchar por unos ideales comunes, la llegada de un líder carismático que guíe a la masa, la necesidad del deseo de romper con un sistema anterior, un amplio movimiento de contenido espiritual o religioso acentuado y marcado estilo racista, una estructura social fragmentada políticamente y la búsqueda hacia el pleno totalitarismo para edificar un estado único alrededor de la nación.

El fascismo tuvo un claro componente de fenómeno internacional y apareció en todos los continentes. El conocido populismo entabló serias similitudes con él, aunque intentando decorarlo como algo nuevo y original. El fascismo vive y se nutre en un espacio en crisis. Y se presenta siempre como el salvador ante una situación tremendista, catastrofista y sin salida. Y en la acción de la catástrofe se centra la ideología. Se podría decir que el fascismo es una ideología de crisis. Y las crisis son periódicas y siempre aparecen. Son cíclicas. Aunque las crisis suelen ser un simple argumento, una excusa razonable, una forma de dar el pistoletazo de salida. Pero no debemos olvidar que el fascismo existió, existe y existirá. Porque para muchos representa un pensamiento, una forma de ser y de pensar. El fascismo no desaparecerá y está fuertemente situado en las entrañas de todas las sociedades. Querer olvidarlo o no querer darse cuenta de su existencia sólo produce que se extienda sin remedio. El fascismo es latente. Nunca se extinguió. Siempre estuvo de moda porque para muchas personas es una forma de vida en cualquier país del mundo. Y como sabemos de sus resultados debemos ser precavidos y cautos ante parámetros que indican que el fascismo sigue extendiéndose alarmantemente desde hace algunos años, debido a las crisis o quizá no, debido a la inseguridad o quizá no, debido a la movilización de la emigración global o quizá no. Sea como sea la realidad presenta este diagnóstico. Otra cosa será saber hacia adónde nos lleva o qué seremos capaces de hacer frente a ella.

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La Habana

Publicado: 11 de octubre de 2013 en Rincones del Mundo
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El Malecon de La Habana

“Cuando los hombres buscan la diversidad viajan”
(Wenceslao Fernández Flórez)
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La Habana es la capital de la República de Cuba. Es la ciudad más grande, el puerto principal y el centro económico y cultural de Cuba. Se la conoce también con el nombre de Villa de San Cristóbal de La Habana, así como con los sobrenombres de Llave del Nuevo Mundo y Ciudad de las Columnas. Ciudad fundada el 16 de noviembre de 1519 por el conquistador español Diego Velázquez de Cuéllar. De ascendencia noble, formó parte del segundo viaje de Cristóbal Colón en 1493. Estuvo al frente de una nueva expedición para conquistar y poblar Cuba, haciéndolo primero como capitán y después como gobernador de la isla. Obtuvo el título de Adelantado de la Isla. 

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La ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987. El origen de su nombre trae consigo varias hipótesis, y quizá la más acertada es que deriva de un cacique taíno llamado Habaguanex, quien controlaba la zona de su primer asentamiento. Para otros, la palabra proviene de la corrupción del término taíno sabana, pronunciada como jabana en el dialecto de loa arahuacos occidentales cubanos y que con la combinación del español llegó a nombrarse como la conocemos actualmente. Otras hipótesis hablan de que proviene de haven, que significa puerto o fondeadero en lenguas germánicas.

La Habana fue la sexta villa fundada por la Corona Española en la Isla de Cuba, bautizada como San Cristóbal de La Habana, tal vez porque era el patrón de los navegantes. El monumento denominado El Templete se halla situado en la Plaza de Armas y conmemora la fundación de la villa con una inscripción en latín que reza:

“Detén el paso, caminante,

adorna este sitio con un árbol, una ceiba frondosa,

más bien diré signo memorable de la prudencia y antigua religión de la joven ciudad,

pues ciertamente bajo su sombra fue inmolado solemnemente en esta ciudad el autor de la salud.

Fue tenida por primera vez la reunión de los prudentes concejales hace ya más de dos siglos:

era conservado por una tradición perpetua:

sin embargo, cedió al tiempo”

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La Habana resurgió varias veces tras los escombros y las cenizas que la sucumbieron por piratas y corsarios franceses durante la primera mitad del siglo XVI. Fue entonces cuando la Corona dispuso construir defensas militares a la entrada de la bahía y en sitios estratégicos para ser una ciudad más defendida y segura para las navegaciones españolas procedentes de las colonias americanas. El título de ciudad se lo concede Felipe II en diciembre de 1592. Su situación estratégica y las riquezas que llegaban a ella convirtieron a La Habana en codiciado objetivo de piratas y galeones. En el siglo XVII ya era una ciudad fortificada por mandato real y se engrandece con nuevas construcciones civiles y religiosas. Lugares emblemáticos como el convento de San Agustín, la Ermita del Humilladero, el castillo de El Morro, la iglesia del Santo Ángel Custodio, el hospital de San Lázaro, el monasterio de Santa Teresa son buenas muestras de ello.

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A mediados del siglo siguiente ya contaba con más de 70 mil habitantes. Los ingleses conquistaron la ciudad en el verano de 1762. Sir Georges Keppel la gobernó durante once meses justo cuando los ingleses devolvieron la ciudad a los españoles a cambio de Florida. En el siglo XIX se inauguró el primer tramo de ferrocarril y numerosos centros culturales. La industria tabacalera y la azucarera generaron un estímulo económico tanto para la ciudad como para el país. Sobre 1860, La Habana era el reflejo de la riqueza y prosperidad de Cuba. En 1863, las murallas de la ciudad fueron derribadas para ampliar la ciudad y construirse nuevos edificios. Ahí se inauguró el barrio del Vedado.

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Bajo la influencia norteamericana, la ciudad creció y se enriqueció con numerosos edificios desde la década de 1930. Suntuosos hoteles, casinos y maravillosos clubes nocturnos. Pero al mismo tiempo que se creaba una zona residencial crecían las barracas que rodeaban la ciudad con el mismo ritmo. Llegó un momento en que la ciudad se convirtió en la capital del juego y de la corrupción. Una ciudad que todo famoso quería visitar. Con el triunfo de la revolución en 1959 la ciudad se transformó. Las restauraciones no han cesado. Hoy en día, La Habana tiene más de dos millones de habitantes y su área metropolitana ya supera los tres millones. Representa el 20% del total de la población cubana. Y sus pobladores provienen de todas las provincias del país, sobre todo de oriente. La población de no cubanos es muy reducida, casi la mayoría son españoles emigrados desde la Guerra Civil Española y algunos rusos que emigraron durante la época soviética.

El turismo ha desarrollado una industria que sigue aumentando a pasos muy rápidos. La Habana es el destino favorito de todos los visitantes que desean viajar a Cuba. La industria hotelera no cesa de aumentar, y son muchos los hoteles de lujo que se siguen abriendo. Los encantos de esta ciudad quedan en la memoria de cualquier visitante. Su gente, su carácter, su especial trato humano la hacen muy diferente. Razones por las que recibe cada año a más de un millón de turistas.

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Antigua (Guatemala)

Publicado: 28 de septiembre de 2013 en Rincones del Mundo
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“Hay mucha diferencia entre viajar para ver países y para ver pueblos”
(Jean Jacques Rousseau)
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La ciudad de Antigua se encuentra en el departamento de Sacatepéquez (Guatemala). Guatemala en el idioma náhuatl original significa ‘lugar de muchos árboles’. Un país repleto de cultura autóctona maya y de muchísima influencia colonial española. A pesar de su pequeña extensión, cuenta con una gran variedad climática, un relieve montañoso impresionante y ecosistemas muy variados. El turismo en este país ha crecido de forma gradual, dado que es un destino muy atractivo por sus bellezas naturales, sus playas de arena blanca y sus arrecifes de coral, así como su tesoro colonial y sus costumbres típicas.
Antigua es un buen ejemplo de la belleza del país. Con una población que no rebasa los 50 mil habitantes, se identifica sobre todo por su bien preservada arquitectura renacentista española tanto en sus calles, como en sus fachadas. Las iglesias son otro buen ejemplo de ello. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979. En sus tiempos fue la tercera sede de la capital del llamado Reino de Guatemala, que comprendía a los actuales estados de Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras y Costa Rica. Fue construida a partir de 1543 en el valle de Panchoy. Durante su esplendor fue reconocida como una de las tres ciudades más hermosas de las Indias Españolas. Su nombre original fue Santiago de los Caballeros de Guatemala. Debido a los terremotos que se produjeron en 1773 su proceso de crecimiento y modificación se vieron truncados. Muchas de las ciudades coloniales vieron como el neoclasicismo las transformaba sin remedio, sin embargo, no fue el caso de Antigua, que permaneció inalterable durante el paso del tiempo.
“Mira dos veces para ver lo justo. No mires más que una vez para ver lo bello”
(Henry F.Amiel)
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La ciudad es conocida popularmente como la ‘Ciudad de las perpetuas rosas’ y a sus habitantes se les conoce como ‘panzas verdes’. Fue el lugar donde vivió sus últimos años de vida y donde murió el gran cronista español Bernal Díaz del Castillo, y ahí mismo reposan sus restos, en una de las iglesias afectada por los terremotos. Aquellos terremotos son conocidos como los terremotos de Santa Marta, y destruyeron gran parte de la ciudad. Es una ciudad que resalta por sus celebraciones religiosas, sobre todo en Semana Santa. Y es un lugar ideal para muchos extranjeros para estudiar español. Sobre todo norteamericanos y europeos deciden pasar un tiempo en esta bella ciudad, alejados del ruido y del asfalto de las grandes ciudades para deleitarse con su tranquilidad, con su belleza y con su paisaje. De hecho, en Antigua existe todavía el edificio de la que fue tercera Universidad de América, la Universidad de San Carlos de Borromeo, fundada por la Real Cédula de Carlos II en enero de 1676, actualmente convertida en museo y en sede de conciertos de música clásica.
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Dentro de la ciudad destacan el Palacio de los Capitanes Generales, el Museo de Armas de Santiago de los Caballeros, el Museo del Libro Antiguo, además de plazas, mercados de artesanía, comercios, restaurantes y bares, todos decorados con detalles, esmero y con el toque especial de los lugareños, destacando las flores y los colores por encima del resto. Una ciudad donde el visitante desborda sorpresa por cualquier rincón, se invade de belleza y de las sonrisas de sus vecinos y de una belleza difícil de encontrar.
“Aunque viajemos por todo el mundo para encontrar la belleza,
debemos llevarla con nosotros para poder encontrarla”
(Emerson)
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Ciudad de México

Publicado: 12 de octubre de 2012 en Rincones del Mundo
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Cuesta imaginar, caminando por todo su asfalto que lo cubre ahora, que esta cuenca del altiplano estuviera formada  por una sucesión de lagos. Y aún cuesta más imaginarse que el centro actual de la ciudad era un islote entrecruzado de canales. Pero tal y como cuentan las crónicas, los españoles que llegaron por primera vez a orillas del lago Texcoco a principios del siglo XVI quedaron asombrados ante tal estampa. Ese lago cubría una gran parte del valle de México cuando los primeros habitantes  llegaron a sus cercanías. Esa época era en el 30000 a.C. Con el paso del tiempo ese lago comenzó a menguar, conseguir comida, en concreto caza, se hizo cada vez más difícil. Hacia el año 200 a.C. un grupo de aldeas ya se habían asentado alrededor del lago. La más grande de la época era Cuicuilco, la cual quedó destruida por una erupción volcánica tres siglos más tarde.

Con el desarrollo de la economía apareció la civilización en Teotihuacán, justo unos 40 kilómetros al noroeste del lago, y durante siglos fue la capital de un imperio cuya influencia se extendió hasta los límites de Guatemala. Pero fue incapaz de sustentar a su población y cayó en el siglo VIII. Los toltecas, que eran descendientes de las tribus nómadas chichimecas se convirtieron en la siguiente potencia. Estos establecieron su capital en Tula, a unos 65 km al norte de lo que hoy se conoce como Ciudad de México. En el siglo XII, Tula también se colapsó y dejó una serie de pequeños  estados que se disputaron el control del valle de México. Pero los aztecas lograron la supremacía finalmente.

Los mexicas, conocidos como aztecas, llegaron un siglo después de la desaparición de los toltecas. Venían de Aztlán, una región mítica situada al noroeste. En su origen eran mercenarios de los tepanecas, que residían en la orilla sur del lago y les permitieron establecerse en el inhóspito terreno de Chapultepec. Cocoxtli, rey de los cohuas, los habitantes de Culhuacan, les envió a luchar contra el vecino Xochimilco. Huyendo de la ira de los clhuas, la tribu erró por las pantanosas riberas del lago hasta llegar a una isla, hacia el año 1325. Y cuenta la leyenda que vieron, posada en un cactus, un águila devorando una serpiente, algo que interpretaron como una señal para detenerse allí y construir una ciudad, que la llamarían Tenochtitlán. Y esta ciudad se convirtió rápidamente en una sofisticada ciudad-estado cuyo poder abarcaría gran parte del centro de México contemporáneo, desde el Pacífico hasta el golfo de México. Los mexicas construyeron la ciudad con un trazado en cuadrícula, surcada por canales que permitían acceder a la orilla del lago. Justo en el centro se encontraba el centro ceremonial con el Templo Mayor. Cuando los españoles aparecieron en Tenochtitlán en 1519 tenía una población que se acercaba a los 300  mil habitantes. Pero en todo el valle de México vivían cerca de un millón y medio de personas, una de las zonas más densamente pobladas del mundo. La toma de esta ciudad fue tan violenta  que quedó completamente arrasada. En la actualidad sólo quedan un puñado de estructuras de aquel período. Pero de esas ruinas apareció una ciudad virreinal repleta de iglesias, monasterios y palacios.

Lo triste es que ese valle descendió su número de habitantes a sólo cien mil en un siglo, pero la ciudad se erigió como la capital de la Nueva España. Se trazaron calles anchas y rectas sobre antiguos canales y pasos elevados. Las obras siguieron durante todo el siglo XVII pero surgieron problemas con las pesadas estructuras y se hundieron en el fondo del lago. El lago Texcoco se desbordada muy a menudo y dañaba edificios, provocando el desplazamiento de miles de personas. Pero en el siglo XVIII, con la construcción de sistemas de alcantarillado y recogida de basuras, se convirtió en la Edad de oro de la Ciudad de México, capital de una clase española y criolla, con minas de plata que daban poder económico. Ciudad de México entró en la edad moderna bajo el poder de Porfirio Díaz. Propició un auge constructor, se inauguraron teatros y mansiones de estilo modernista, los más acaudalados abandonaron el centro de la ciudad para instalarse en nuevos barrios situados al oeste. Se crearon vías de tranvía eléctrico, la industria tomó impulso. En el año 1910 la urbe poseía más de medio millón de habitantes. Pero tras la caída de Díaz en 1911, la revolución mexicana trajo hambre, enfermedades, guerras y depresión. Y tras esa época la ciudad tomó otro impulso, se industrializó, atrajo inversiones externas y más población, lo que produjo un cierto desequilibrio ante tal demanda de viviendas.

Pero el crecimiento de la Ciudad de México fue frenético, sobre todo a partir de los años 60 y 70. Cientos de miles de campesinos que buscaban sustento aparecieron en la ciudad en busca de un futuro. La población pasó de 8,7 millones a 14,5. La ciudad fue incapaz de soportar tal incremento y tuvo que extenderse más allá de los límites del llamado Distrito Federal (DF), con lo cual el llamado Estado de México experimentó un crecimiento increíble. De todos estos cambios tan repentinos se produjo un incremento de la contaminación y de congestión de tráfico que todavía hoy no se han podido solucionar. El metro solucionó el problema durante un tiempo y los intentos por reducir el tráfico también.

El hecho más triste de los últimos tiempos ocurridos en la ciudad fue el terremoto que asoló la urbe el 19 de septiembre de 1985, llegando a alcanzar los 8 grados en la escala de Richter que sacudió toda la ciudad y que provocó la muerte de más de diez mil personas, dejando sin hogar a mucho millares más. En la actualidad, el área metropolitana del valle de México alberga más de veinte millones de habitantes, lo que supone casi un quinto de la población total del país. Ciudad de México es un centro industrial, financiero y de telecomunicaciones. Sus industrias generan una cuarta parte de la riqueza nacional y sus habitantes consumen dos terceras partes de la energía nacional. Quizá el nivel de vida del país es el más alto. Desde 1997 consiguió la autonomía política. El Distrito Federal abarca 16 delegaciones (municipios) a su vez divididas en 1800 colonias (barrios).

Mérida (México)

Publicado: 6 de junio de 2012 en Rincones del Mundo
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La península de Yucatán tienes alberga muchos tesoros. Aparte de poseer una gran red hotelera alrededor de sus costas de arena blanca y un clima envidiable, Yucatán posee unas tradiciones que ha conservado celosamente, tradiciones de origen maya, dentro de una belleza absoluta, un paisaje inolvidable, una naturaleza enorme. Hay presente y pasado, ambos se unen para dar una sobredimensión de su muestra.

Cerca de las ruinas mayas de Chichen Itzá y Uxmal serpentean caminos de camino a la costa. Por estas tierras se han vivido guerras, batallas, intrigas, gloria y poder. Sangre de muchas razas y de muchas épocas. Pero a lo lejos se puede encontrar una belleza como Mérida, la mayor ciudad del estado de Yucatán, con casi un millón de habitantes, si no los ha superado ya, y situada al nivel del mar. Mérida representa la capital cultural de la península de Yucatán desde la llegada de los españoles.

Mérida representa muchas cosas y todas ellas perfectamente combinadas. Nos muestra una faceta provinciana, otra cosmopolita, una ciudad que se nos revela repleta de historia virreinal, con estrechas callejuelas, anchas plazas centrales y los mejores museos de la región. Es un punto de partida ideal para recorrer el estado y adentrarse en sus tesoros. Una aventura de sentidos. Un sinfín de emociones esparcidas por un extenso territorio.

Mérida no es una joya desconocida, al contrario, muchos turistas la visitan a pesar de estar rodeada de innumerables riquezas culturales, históricas y turísticas. Fue Francisco de Montejo el Joven quien fundó una colonia española en Campeche, a unos 160 km al suroeste de Mérida en 1540. Aprovechando los conflictos internos entre los mayas conquistó la ciudad de T’ho en 1542. Cuando las tropas de Montejo entraron en la ciudad y contemplaron un importante asentamiento maya de piedras les recordó inmediatamente la arquitectura romana de Mérida en España.

Y no tardaron en rebautizarla, convirtiéndola en capital regional, desmantelando las estructuras mayas y usando todos esos materiales para construir la catedral  y otros edificios señoriales. Desde entonces Mérida siempre recibió órdenes directas de España y no de la capital de México. Y desde entonces Yucatán tuvo siempre una identidad política  cultural bien diferenciada. Hoy en día, Mérida representa el núcleo comercial de la península, una bulliciosa ciudad muy beneficiada por las maquiladoras que comenzaron a producir en la década de los 80 y 90, y por supuesto, de la industria turística que se desarrolló al mismo instante.

La Plaza Grande como llaman los lugareños a su plaza principal, ha sido y es el corazón de la ciudad desde los tiempos mayas. De hecho, casi todos los puntos de interés se hallan en un radio de cinco manzanas alrededor de ella. Otro punto interesante es la Catedral de San Ildefonso, terminada de construir en 1598. También destaca el Museo de Arte Contemporáneo, el cual presenta exposiciones permanentes de los pintores y escultores más famosos de Yucatán. La Casa de Montejo se remonta a 1549, en su origen era un cuartel pero pronto se convirtió en una mansión donde residieron los miembros de la familia Montejo hasta 1970.

El Paseo de Montejo fue un intento de los planificadores urbanos de la ciudad en el siglo XIX de crear un ancho bulevar parecido al paseo de la Reforma de la capital mexicana o los Campos Elíseos de París. La influencia arquitectónica y social de Europa puede observarse en las magníficas mansiones del paseo, construidas por familias acomodadas hacia finales del XIX.


El Estado de Querétaro, con 1,6 millones de habitantes, se puede considerar un lugar repleto de sorpresas para el visitante. Región agrícola y ganadera por excelencia, con una hermosa capital que se distingue por su elegancia, es una zona repleta de extraordinarios atractivos geográficos y turísticos.  También está repleto de joyas históricas.

TEQUISQUIAPAN

Esta pequeña ciudad de casi 30 mil habitantes está situada 70 km al sureste de Querétaro y a casi 2000 metros de altitud; un pintoresco refugio de fin de semana para los habitantes de la capital mexicana o del mismo Querétaro. Famoso lugar por sus termas y también porque varios presidentes mexicanos las visitaban para aliviar sus dolencias y tensiones. Actualmente es más conocida por sus bonitas calles  bordeadas de buganvillas, sus edificios virreinales y sus excelentes mercados.

La atractiva plaza Miguel Hidalgo está rodeada de portales y dominada por la Parroquia de Santa María de la Asunción, un edificio neoclásico del siglo XIX que posee una fachada rosa y una historiada torre.

En Carrizal, una manzana al norte de dicha plaza, hay tres interesantes mercados: el Mercado de artesanías, el Mercado de Barra y Mimbre y el Mercado de Guadalupana (Alimentación). El extenso y frondoso Parque La Pila está a poca distancia del mercado de artesanías.

BERNAL

Es un pequeño pueblo turístico y muy pintoresco. No alcanza los 7000 habitantes y está situado a más de 2000 metros de altitud. Si se le conoce por algo es por la aguja de roca que cobija , de unos 350 metros de altura, el tercer mayor monolito del mundo que además muchos mexicanos consideran místico. De hecho, durante el equinoccio de primavera miles de peregrinos acuden a la roca para absorber su energía positiva.

EL CERRITO

Fundamental para los amantes de la arqueología. Es una estructura piramidal de 30 m de alto situado encima de una colina, en la localidad de El PUeblito, a sólo 7 km del mismo Querétaro. De hecho, muchos arqueólogos siguen trabajando ahí. Se cree que estuvo ocupado entre el 600 y 1600 por las culturas teotihuacana, tolteca, chichimeca, otomí y tarasca.

Junto a la pirámide se ven los restos de lo que podría haber sido un juego de pelota y algunas estructuras dispersas. En la cima, la construcción es parecida a un fuerte con fecha de 1876.

RESERVA DE LA BIOSFERA SIERRA GORDA

Cubre el tercio nororiental del Estado de Querétaro. Más del 90 % de sus casi 4000 km2 son privados y casi 100 mil personas viven en sus ciudades misioneras y dispersos por los pueblos de la montaña. Estas agrestes zonas de la Sierra Madre Oriental abarcan extensas áreas de territorio inexplorado, con viejos bosques nubosos cubiertos de orquídeas, zonas semidesérticas con especies de cactus y orégano silvestre y selvas tropicales donde viven jaguares y una gran variedad de aves. La misma creación de la reserva en 1997 fue gracias a los esfuerzos de la población local. Se ha desarrollado una infraestructura de ecoturismo de propiedad y gerencia local, con cabañas, zonas de camping y guías.


Cualquier lugar que descubres en una nueva ciudad trae consigo sorpresas. Paseando por el centro del D.F., justo al norte de la Alameda, y siguiendo por la avenida Hidalgo, se llega a la Plaza de la Santa Veracruz. Su nombre se debe a la escultura del mismo nombre, que está inclinada y que se encuentra al lado derecho de la misma. Una fuente y varios bancos son complementos perfectos para sentarse un rato y observar el ajetreado movimiento de la acera y la cotidianidad de los habitantes de la capital en un día de fin de semana. A pesar de estar en pleno centro de la ciudad, sentado en uno de estos bancos se respira tranquilidad.

Si miro al otro lado me encuentro con la Iglesia de la Santa Veracruz. Sobre todo destacan sus pilares muy tallados de la entrada que le dan un talante especial. La construcción data del siglo XVIII y se encuentra justo al otro lado de la plaza. Junto a esa iglesia está situada la entrada principal del Museo Franz Mayer. El edificio que lo alberga es un antiguo hospicio de la orden de San Juan de Dios, el cual, durante el breve reinado de Maximiliano, se conviritó en un centro de reinserción social para prositutas.

Este museo es fruto de todos los esfuerzos de Franz Mayer, un alemán nacido en Mannheim  en 1882. Vivió y prosperó en México gracias a sus negocios financieros y fue reuniendo una gran colección de  objetos de plata, textiles, cerámica y mobiliario en una magnífica exposición permanente. Unida a gran colección de pinturas tanto del siglo XVII español como francés y holandés. El repaso por todos los rincones del edificio es una pequeña joya por descubrir. Muebles de todo tipo, arcones, arcas, joyeros, vajillas, ropas, cuadros, un sinfín de elementos que recorren una época que va desde el siglo XVI hasta el XIX.

Un paseo agradable por las dos plantas que completan el museo y una parte muy interesante donde se puede conocer cómo las sociedades de esas épocas buscaron embellecer los objetos de uso cotidiano, así como las modas y los gustos de los distintos siglos. Pero destaca también una exposición temporal de ‘Evocacion Ming’. Un conjunto de 40 piezas que oscilan entre lo escultórico y lo utilitario pertenecientes a Eduardo Olbés. Un artista de origen filipino que se afincó en México hace ya más de 30 años y que ha trabajado principalmente como escultor, aunque también ha trabajado en esta colección de su mobiliario, una mezcla perfectamente diseñada entre madera y piedra. Un conjunto sencillamente fantástico. Una verdadera sorpresa.

Pero sin duda el mayor descubrimiento es el patio interior del edificio. Jardín con porches ideal para sentarse, relajarse, leer, escuchar el sonido de los pájaros, tomar un té y deleitarse con el tranquilo sosiego de visitantes que recorren con relax contagioso los rincones de este lugar.

Jacaranda

Publicado: 20 de abril de 2012 en Artículos
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Una de las cosas que más me han llamado la atención desde mi llegada a la Ciudad de México ha sido el descubrimiento del árbol conocido como ‘jacaranda’. La jacaranda, también conocido como gualanday o tarco, es un género de unas cuarenta especies de árboles y arbustos de la familia de las bignoniáceas, típicos de la América intertropical y subtropical, que prosperan preferentemente en zonas con un buen régimen de lluvias, aunque pueden implantarse y prosperar en zonas más templadas.

Existen jacarandas centenarios en Buenos Aires o Montevideo. Pueden alcanzar desde los 2 a los 30 metros de altura. Florece dos veces por año, en primavera y en otoño, produciendo inflorescencias racimosas de flores de color azul violáceo y forma tabular en algunas especies, como la famosa jacaranda mimosifolia, pero varía su color, que puede ser incluso rosado. Las flores, de un color azul violáceo, permanecen largamente en el árbol. Su fruto es una cápsula plana y leñosa.

Su madera es aromática y muy apreciadas tanto por ebanistas como carpinteros, en especial para realizar laminados. Las hojas de la jacaranda tienen uso medicinal, se usa como antiséptico y antibacteriano. Su corteza es astringente, aunque no en dosis que admitan su uso industrial.

***

CUENTO

Había una vez en un parque una jacaranda que no había florecido nada,

los áborles de junto estaban de fiesta, todos tenían hojas verdes y brillantes. 

Muy contentos, mecían con el suave viento de la primavera.

“¡Sería mejor que la cortaran! ¡No se ve bonita entre nosotros!” dijo un álamo,

“¡Si! No tiene color ni canta con el viento. ¡Mejor que la corten!” dijo un sauce.

La jacaranda se estremeció de miedo. “¿De verdad me irán a cortar?”, se preguntó y se puso a llorar.

Una hada llamada El hada Azulita, que pasaba cerca, escuchó los sollozos de la jacaranda y le preguntó:

“¿Quié llora? ¿Quién está triste en primavera?”. Los arboles dijeron: “Es la jacaranda. 

Está triste porque la van a cortar ¡Se ve fea y muy seca!”

El hada Azulita se acercó para consolar a la jacaranda “No llores lo que te hace falta son cuidados y cariño.

Voy a pedir a mis amigos que te ayuden” El hada Azulita se despidió de la jacaranda y fue a ver al Sol.

¡Señor Sol! ¿Puede used darle unos de mis rayos a la jacaranda? dijo El hada Azulita,

“No puedo, Me gustaría, pero la señora Nube no se ha movido y no deja que mis rayos lleguen a la jacaranda”

“Entonces hablaré con la nube, querida señora ¿Podría moverse un poquito para que los rayos del sol pueda llegar a la jacaranda?”

“No puedo ¿No ve usted que estoy cargada de agua y no puedo moverme?” dijo la nube. 

El hada se quedó pensando y se le ocurrió pedirle ayuda al viento.

“Señor viento ¿Podría ayudarme a mover a la nube para que la luz del Sol pueda llegar hasta la jacaranda?” dijo el hada.

El viento aceptó y comenzó a soplar, hasta que la reventó.

Después el Sol le dio luz y calor. Poco a poco aparecieron hermosas florecitas que llenaron las ramas de la jacaranda.

Entonces, el hada Azulita dijo: “Para que la jacaranda se vea aún más hermosa, pintaré sus flores de mi color preferido” 

Al tocarlas con su varita mágica todas las flores se volvieron azulitas.

Los árboles se sorprendieron, pero se alegraron mucho al ver que la jacaranda florida ardonaba el parque con su hermoso color.

Desde ese día ya nadie pensó cortarla.

Fin

***



Asistir a un Museo donde el título del mismo es Memoria y Tolerancia ya indica lo que nos vamos a encontrar una vez traspasemos sus puertas. Porque si de algo se ha visto el mundo un tanto vacío es de Memoria y de Tolerancia, a pesar de que sean dos palabras muy utilizadas y manidas en cualquier discurso de cualquier organismo en cualquier parte del mundo. Muchos miles de personas en el mundo no saben todavía lo que es Memoria y mucho menos Tolerancia. Todo se basa en la educación, en el respeto y en la igualdad. Si no partimos de esa base difícilmente podemos utilizar palabras con tanto significado como Memoria y Tolerancia. Una vez entra en el Museo, el visitante ya se encuentra de bruces con la realidad, la realidad histórica más dura y cruel. Hablamos del Holocausto judío. Una exhaustiva descripción del régimen nacional-socialista alemán desde sus orígenes y establecimiento en el poder hasta el fin de la guerra mundial es el comienzo de la visita. Está muy bien detallado, cuenta con argumentos, informes, pruebas, fotografías, vídeos, relatos de supervivientes. Hay incluso una sección a ciertos personajes anónimos que desde su entorno salvaron cientos o miles de vidas de judíos de los campos de concentración.

Pero las formas de extinción, sus detalles, sus normas para distinguir razas, cuando la raza judía no se considera como tal, así como el establecimiento de una raza ‘superior’ cuando puede sonar tan ridícula sobre todo viendo a personajes que estuvieron en las más altas esferas del poder nazi, ejemplos de todo menos de una raza superior y aria, puesto que éste era el argumento, de sobras reconocido como manipulador. Porque si de algo trata el régimen nazi y fascista es de exaltar a las masas, provocarlas, hacerlas creer que gracias a ella se conseguirá lo que no se ha conseguido de otra forma, la superioridad como sociedad y como nación.

A lo largo de la historia del hombre las injusticias, los abusos, las violaciones de los derechos humanos, la explotación, la esclavitud son platos que se sirven a diario. A pesar de que son muchos los mensajes que recuerda y que aconsejan no caer de nuevo en errores anteriores, el hombre tienen esa particularidad de seguir haciendo de la crueldad un argumento de vida. Ya suena incluso un tópico o una utopía hablar de las injusticias y de la tolerancia, por no mentar la defensa de los derechos humanos y la búsqueda de igualdad. Queramos o no la realidad nos indica que el ser humano es incapaz de cumplir con mínimos suficientes como para pensar que las sociedades son capaces de conseguir algo de lo anteriormente citado. Salas de la Memoria: -HOLOCAUSTO – EX-YUGOSLAVIA – RUANDA – GUATEMALA – CAMBOYA – DARFOR (SUDÁN) – CORTE PENAL INTERNACIONAL

La zona del museo dedicada a la ‘Tolerancia’ es una exhibición permanente que cuenta con un recorrido por varias salas donde se tocan diversos como el diálogo, la discriminación, los derechos humanos, el poder de los medios de comunicación, la riqueza de la diversidad, los actos que inspiran, las realidades intolerables, entre otros muchos. Se hace referencia a los pueblos indígenas mexicanos y a las migraciones que han contribuido al enriquecimiento cultural de nuestra nación; la exhibición de ‘Nuestro México’ termina con la discriminación y las violaciones a los derechos humanos en ese país.

La zona final está dedicada al ‘Compromiso o Indiferencia’, en la que se canaliza el proceso de reflexión hacia una acción social. Se presentan proyectos sociales que trabajan día a día por la construcción de un mejor y más justo país. En conjunto se trata de un museo muy interesante y que intenta captar la atención de muchos visitantes un tanto alejados de las realidades históricas. Su documentación es muy seria y detallada y vale la pena pasar un día por ahí para no olvidar, para recordar, para darse cuenta de que seguimos estando rodeados de injusticias allá por donde miramos. Nuestra mirada sigue atenta y sorprendida de cómo los hombres pueden ser capaces de replicar daños históricos sin la más mínima repercusión en sus conciencias. Guerras y guerras, armas y más armas, violencia en cada esquina, muertes gratuitas, sufrimiento generado con gratuidad, incoherencia repartida por millones de lugares que no deja avanzar a un grupo mayoritario y que simplemente desea la paz, la PAZ con mayúsculas, aunque suena como casi siempre, a utópico e irreal. No soñamos, todo es posible, la educación también es básica para conseguirlo. Entre todos podemos.


Tepotzotán es uno de los pueblos con categoría conocida como de ‘pueblo mágico de México’. Localizado a 43 km al noreste del centro de la ciudad de México, es uno de los destinos más típicos para escaparse del ruido capitalino y poder disfrutar de unas horas de relax, paseando por sus calles y contagiándose del ritmo tranquilo de sus vecinos. Es uno de los destinos más fáciles y cercanos que poseen los habitantes del D.F. y con sólo 40 mil habitantes es el lugar perfecto para encontrar todo aquello de lo que se carece en una gran ciudad. Sobre todo porque esta pequeña localidad irradia tranquilidad. Enclavado en el Valle de México, este lugar ofrece un gusto estético envidiable e invita a moverse a pie por todas sus plazas y lugares de interés.

Su principal atractivo es el Museo Nacional del Virreinato, situado en el que fue en su día el colegio jesuita de San Martín y San Francisco Javier, así como el templo de San Pedro Apóstol. Pero si uno prefiere comenzar su paseo por cualquiera de sus calles se dará cuenta de que casi todas ellas van orientadas hacia el centro, donde resplandece su enorme plaza rodeada de portales, restaurantes y tiendas de artesanía. La naturaleza es otro de sus bellezas, puesto que hay buenos ejemplos de ella, como el Parque Estatal Sierra de Tepotzotlán, dedicado a la protección y conservación ecológica que posee como tesoro el monumental Acueducto de Xalpa, de 440 metros de longitud y que es conocido popularmente como Arcos del Sitio. Toda esa área ha sido invadida por un turismo ecológico y ha creado una escuela dedicada a la Educación Ambiental para entretenimiento del visitante.

Sus fiestas más populares son las ‘pastorelas‘ que se celebran en diciembre como representación teatral del nacimiento de Cristo. Otro atractivo turístico es La Concepción, construida por los jesuitas a unos 15 km del pueblo. Adquirida en 1780 por Pedro Romero de Terreros y que en 1993 fue restaurada, conservando y respetando la arquitectura original, una obra que finalizó en 1997 y de la que se puede disfrutar actualmente.

Tepotzotlán fue poblado por los otomíes, quienes posteriormente fueron sometidos al Señorío de Cuautitlán. Después de la Conquista, se convirtió en una dependencia del Convento de San Francisco de Cuautitlán. Más adelante, en 1580, Tepotzotlán fue cedido a los jesuitas para continuar la evangelización. Pero sin duda, el visitante quedará prendado por el Museo del Virreinato. Gran parte del arte popular y sacro que se expone proviene de la gran colección de la catedral de Ciudad de México y su nivel artístico es elevadísimo.

Destacan los cálices de plata y oro, las imágenes de marquetería, la porcelana, los muebles, las pinturas y las estaturas religiosas. Todo el recinto se remonta al año 1606. Durante los siguientes 150 años se añadieron otros elementos, que crearon una fascinante muestra de los estilos arquitectónicos desarrollados en Nueva España. Es esencial visitar la Capilla Doméstica, cuyo retablo mayor de estilo churrigueresco está repleto de espejos. La fachada está compuesta por una fantasmagórica selección de tallas de santos, ángeles, plantas y personas, mientras que los muros interiores y el camarín de la Virgen, junto al altar, están abigarrados de adornos dorados.

Visitar esta localidad en fin de semana permite saborear todos los pequeños puestos del mercado ambulante por todo el centro. Infinidad de variedad de dulces típicos se mezclan con artesanía, bisutería, ropa y, por supuesto, comida. No puede faltar todo tipo de ‘antojitos mexicanos‘ en cualquier esquina para apagar el hambre.



Visitar el Museo de Antropología es casi obligatorio cuando uno empieza a descubrir la capital mexicana.  El complejo que lo alberga fue construido en la década de los 60 por el arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez y está situado dentro del bosque de Chapultepec. Es visita habitual para grupos de niños de colegios de todas las edades, visita cultural por excelencia tanto para adultos como para pequeños.

Tan sólo entrar el visitante se encuentra con una inmensa fuente de piedra justo en el centro del recinto. Es un patio rectangular que está rodeado en tres de sus lados por salas de exposición en dos niveles. Las primeras 12 salas, las que se encuentran en la planta baja están dedicadas al México prehispánico. En la planta superior hay muestras de las distintas culturas amerindias más contemporáneas. En la planta baja están situados también numerosos jardines donde se alzan réplicas de los templos más conocidos del país.

Lo cierto es que la organización y la distribución son magníficas. Uno va adentrándose entre siglos de historia con una facilidad asombrosa. Muestras de huesos, de animales prehistóricos, ejemplos de casas indígenas, telas, objetos de caza, de cocina, un número infinito de la artesanía más popular, más clásica. Una visita puede durar todo el día pero, aún así, será insuficiente. Es enorme, y además contiene demasiada información. No obstante, se puede degustar un poco de cada sala y conocer de primera mano algo más de todo lo que encierran sus paredes.

Sin duda una visita que merece la pena, en un lugar precioso y que invita a recorrer todos sus rincones. Una visita que debe repetirse para poder englobar todo su contenido.


Fundada por colones españoles en 1531 con el nombre de Puebla de los Angeles. Puebla posee 1,5 millones de habitantes y está situada a 2160 metros de altitud. Ya por sí sola merece una visita pues ostenta más de 70 iglesias de todos los estilos alrededor de su centro histórico, más de mil edificios virreinales adornados con azulejos y una larga y particular historia gastronómica.

Puebla se encuentra a poca distancia del centro prehispánico de Cholula. Se desarrolló rápidamente para convertirse en un importante centro del virreinato. Era típica de la zona la cerámica que llegó a convertirse en arte y en industria. También se creó un gran centro de producción de vidrio y tejidos. Un terremoto ocurrido en 1999 con 6,9 grados en la escala de Richter provocó la conservación y restauración del centro histórico. A pesar de lo que se pueda imaginar, Puebla es un lugar muy relajante, poco bullicioso y lugar ideal para pasear por sus calles encantadoras.

Antiguo baluarte del conservadurismo, catolicismo y tradición, ha evolucionado para que los jóvenes puedan disfrutar de una vida nocturna muy dinámica y artística. Los centros comerciales se han ido multiplicando y la modernidad ha llegado a sus barrios alejados del centro. De todas formas, las distancias en Puebla son cortas. Las escapadas de los ‘chilangos’ (habitantes del DF) siguen llenando sus calles los fines de semana. Los hoteles siguen abriendo sus puertas, desde los más clásicos hasta los más modernos. Las terrazas de sus plazas le dan una belleza y un ambiente únicos.

En 1811, los 50 mil habitantes la hacían la segunda ciudad más poblada de México hasta que Guadalajara la sobrepasó en el mismo siglo XIX. En 1862, el general Ignacio de Zaragoza fortificó el cerro de Guadalupe contra los invasores franceses y el 5 de mayo de ese mismo año se produjo un hecho histórico, cuando 2000 soldados frenaron el ataque de 6000 franceses, casi todos ellos aquejados de diarrea. Ese éxito militar produjo la celebración nacional anual y para nombrar a cientos de calles de todo el país como 5 de mayo. Lo que ocurrió el año siguiente ya no se recuerda tanto, cuando los mismos franceses tomaron Puebla y la ocuparon hasta 1867.

La vida cotidiana de los ‘poblanos’ sigue girando alrededor de su casco antiguo, cuyo núcleo es el zócalo franqueado por la catedral en uno de sus extremos. Casi todas las zonas históricas y de interés turístico están alrededor de esta zona. El Zócalo es la plaza mayor de Puebla y en su origen era un mercado donde se celebraban corridas de toros, obras de teatro y ejecuciones públicas en la horca, para años después convertirse en jardín botánico (1854). Los vendedores ambulantes, los vendedores de globos se entremezclan entre las familias que pasean apaciblemente.

Hay una infinidad de museos como el Museo Amparo, un museo privado que posiblemente sea la mejor atracción de la ciudad, distribuido en dos edificios virreinales conectados de los siglos XVI y XVII. Su colección es asombrosa, repleta de piezas prehispánicas bien expuestas con información exhaustiva. También están el Museo Poblano de Arte Virreinal, el Museo del Ferrocarril, el Museo de la Revolución, el Museo Casa del Alfeñique o el Museo Bello.

Entre sus monumentos destacan el Templo de Santo Domingo, el Templo de San Francisco y la Iglesia de la Compañía. Justo al lado está Cholula, una pequeña ciudad de más de 80 mil habitantes que casi parece un barrio alejado de Puebla. Se distingue por su historia y su ambiente peculiar. En su interior se encuentra situada la pirámide más ancha del mundo (Tepanapa), aunque casi es una desconocida dado su gran deterioro y su abandono. En sus orígenes, Cholula era un importante centro religioso. En la actualidad existen 39 iglesias, un número increíble para una ciudad tan pequeña.

Años después de mi primera visita a este lugar su encanto ha seguido embriagándome. Sus calles empedradas, sus balcones, sus fachadas de colores, su tranquilidad, la delicadeza de sus museos, sus gentes paseando, el aroma de sus platos, el sonido de las terrazas de los bares en las plazas, un conjunto bellísimo para recordarlo siempre y para saborearlo sin duda alguna. Un lugar exquisito para vivir y para visitar. Uno de esos lugares que enamoran fácilmente al viajero, venga de donde venga.