Posts etiquetados ‘Sociología’


El-Buen-Amor.-Con-Nube-De-María.

“El amor es como los fantasmas, todo el mundo habla de él pero pocos lo han visto.”

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Del amor se habla, se habla demasiado. Del amor de lee, se lee demasiado. Del amor se escucha, se escucha demasiado. El amor se ha incorporado a nuestras vidas como un todo, se ha instalado como un conjunto de muchas cosas difíciles de explicar y que raramente aparecen en nuestra realidad. El amor parece estar unido a la civilización humana desde sus inicios intrínsecamente. Pero también lo está el odio. Serían los dos polos opuestos. Lo bueno y lo malo del ser humano a la hora de hablar de sentimientos. Incluso da la sensación de que sin el amor la raza humana estaría extinguida o profundamente deprimida, aunque pueda parecer que las muestras de amor y de odio andan a la par. Pero, como ocurre en tantas ocasiones, la mayoría de las personas hablan y hablan sobre cosas que desconocen o que creen conocer, o que pretenden saber. A fuerza de hablar de algo durante mucho tiempo, uno puede llegar a interpretar que ya conoce suficiente sobre ello, aunque no sepa absolutamente nada. Si a uno le hablan del amor desde que es pequeño y no lo experimenta, seguramente querrá saber sobre ello para poder hablar también de su propia experiencia al respecto. Eso también es innato en el ser humano.

Uno ha visto infinidad de películas que han tratado sobre el amor, como obras de teatro, en todas sus formas, ya fueran idílicas, platónicas, dramáticas, especiales, imposibles, duraderas, placenteras, dañinas, enfermizas, etc. Uno ha leído cientos de libros que también han querido describir ese estado emocional de una forma particular y personal. Uno ha sido testigo de otras tantas relaciones que han transcurrido a su alrededor, amores que nada tenían que ver el uno con el otro, algunos que daban la impresión de ser irrealizables, inéditos, increíbles o simplemente imposibles; pero también otros que parecían perfectos, estables, imprescindibles y enigmáticos. Desde fuera no se puede explicar y mucho menos conocer por entero lo que se cuece dentro de esos amores, pero cualquiera de nosotros podría hablar de nuestras experiencias, como también seríamos capaces de explicar nuestras propias formas de amor que hemos sentido o experimentado.

“No existe el amor,

sino las pruebas de amor,

y la prueba de amor a aquel que amamos es dejarlo vivir libremente.”

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Hay una pregunta que siempre me ha costado contestar: ¿Cuántas veces te has enamorado? En un principio me parece una pregunta trampa. Porque una pregunta así ya da a entender que has tenido que enamorarte, y además varias veces. Se da por sentado que cualquier persona digamos ‘normal’ se va a enamorar a lo largo de su vida y, a poder ser, en repetidas ocasiones. Y como dicen que el amor es imparable, incontrolable y difícil de medir, pues seguramente nos veremos envueltos en sus garras en cuanto menos lo imaginemos. El amor no avisa, dicen. El amor, aparece… Tengo que confesar que me cuesta contestar a esa pregunta porque si me paro a pensar en ello detenida y profundamente, me cuesta distinguir entre lo que se suele llamar amor de lo que simplemente es una atracción, un cariño o un deseo. Con lo cual, contestar a la pregunta diciendo ‘ninguna’ se antoja arriesgado, más que nada por las caras de sorpresa y de incredulidad que recibiré automáticamente. 

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Tengo la sensación de que se habla muy gratuitamente de muchos sentimientos. Cualquier puede ser amigo de alguien, y cualquiera está enamorado de alguien. Hay gente que se enamora cada día. Y, lógicamente, se desenamora de igual forma, es decir, al instante. La pregunta es lógica: ¿era amor? ¿No estarían confundidos? ¿No estarían simplemente engañándose? Decir que estoy enamorado de alguien suena bien. Es bonito. Es idílico. Es envidiable. Y no digamos decir que alguien está enamorado de nosotros. Nuestro ego sube como la espuma con una facilidad pasmosa. Sentirse querido es innato en el ser humano y muy necesario. Necesitamos sentir que atraemos a alguien. Aunque nosotros no sintamos lo mismo. Necesitamos querer y ser queridos. Necesitamos sentir algo por alguien en algún momento de nuestra vida, otra cosa será que ese alguien demuestre y/o sienta lo mismo por nosotros.

 “Esta noche dormirás con tus triunfos y encantos, pero ella la pasará en los brazos de otro”

(Morrissey)

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Pasaríamos entonces al terreno de las necesidades más que el de las realidades. Confundiremos los sentimientos debido a nuestras necesidades más primarias. Necesitamos amor y si no lo encontramos lo inventamos. Creamos lo que haga falta con tal de satisfacer nuestra mente. Imaginaremos lo que haga falta y haremos creer al mundo lo que hemos creado en nuestra mente. Da igual si es verdad o no, de tanto repetirlo parecerá real. Y como en el amor sucede habitualmente con infinidad de sentimientos y de situaciones. Los problemas surgen o los creamos, aparecen o los hacemos aparecer. Los males, las quejas, la mala suerte, los amigos imaginarios, los que nos aprecian, los que darían la vida por nosotros, tantos que los vamos amontonando en el contador de cualquier red social, acumulando sensaciones más que realidades, intentando ver el mundo tal y como deseamos, mucho más que de cómo realmente es.

“No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos.”

(O.K. Bernhardt)

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Hace falta menos imaginación, un poco más de atención y mucha más coherencia. Ni todo es tan malo ni todo es tan bonito. La vida se compone de altibajos, de buenos y malos momentos, de buenas y malas personas, y en esa senda vamos avanzando, el conjunto de todo es lo que denominamos experiencia. No por pretender saber se sabe, no por creer conocer se conoce. No por decir que amamos mucho amaremos más o mejor. No por decir que nos aman nos sentiremos amados. No por decir muchas veces ‘te quiero’ se quiere más. Pero eso algunas personas no quieren entenderlo. Siempre me ha hecho gracia una frase que, desafortunadamente, sigue funcionando: ‘Dime que me quieres, aunque sea mentira’. Queda dicho todo. Dime lo que quiero escuchar, da igual si es verdad o no. Nos vamos traicionando a nosotros mismos, sin querer encarar la realidad. Nos enamoramos superficialmente, rápidamente, sin detenernos a pensar si realmente estamos enamorados. Quizá la pregunta clave sería qué es el amor. Y, a partir de ahí, todo empezaría a encajar. O no. Quién sabe. En un mundo donde la mentira y la exageración están a la orden del día hablar más o menos del amor ya parece algo trivial.

“La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.”

(Gabriel García Márquez)

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Cuando aguantar se convierte en un triunfo

Publicado: 21 de septiembre de 2015 en Artículos
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“Dar todo lo que tienes,

aguantar todo lo que tengas que aguantar

y saber que puedes estar satisfecho”

(Haruki Murakami)

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En muchas etapas de la vida nos vemos abocados a ‘aguantar’. Dicho así parecería ser un escenario un tanto triste y deprimente. Muchos podrían decir que, si el único objetivo que tenemos a la vista es el de aguantar, no va a crearnos un gran estímulo, poca o ninguna atracción y, mucho menos, alguna que otra motivación. Lo que ocurre en realidad es que ese escenario no es una verdadera elección. Sobreviene. Las circunstancias suelen mandar en la mayoría de nuestros momentos. Sobre todo a la hora de tomar decisiones. Solemos valorar todas las posibilidades dentro de nuestros límites, dentro de nuestras circunstancias actuales, antes de tomar esas decisiones. De poco nos sirve imaginar otros escenarios que no concuerden con la realidad, puesto que, al fin y al cabo, lo que cuenta es el presente, ese momento oportuno en que nos vemos abocados a tomar una determinada decisión.

Quizá ahí radique el verdadero sentido de ‘aguantar’. El verse obligado a elegir entre no muchas decisiones. Sentirse atado a la hora de determinar qué hacer. Descubrirse limitado, encogido, atado o encerrado en un laberinto del cual es bastante complicado encontrar la salida. Y cuando nos encontramos ante semejante situación no nos queda otra que aguantar. Y así tantas veces como sea necesario. Pero todas las etapas de la vida están definidas por unos determinados espacios de tiempo. No todo es para siempre, ni lo bueno ni lo malo. En algunas ocasiones, son sólo momentos, tiempos efímeros que se evaporan casi sin dejar rastro. En otras, por el contrario, pueden significar muchos meses o varios años. Pero por uno u otro motivo debemos aguantar. Y aguantar ya se ha convertido en algo muy común para la mayoría de los habitantes de este planeta. Ya estamos más o menos acostumbrados, aunque cuesta entender que uno se acostumbre a ciertas situaciones. Digamos que la necesidad hace el resto. Porque no queda otra. Acaso sólo cambia la forma de encarar dicha circunstancia. Para algunos se convierte en una ansiedad y un agobio constantes. Para otros, es sólo un simple contratiempo pasajero. Todo se verá según  la manera como lo percibamos, quizá muy diferente a cómo realmente es. Aguantar se puede hacer insoportable. Aguantar también puede resultar cómodo por convertirse en algo totalmente rutinario.

“El hombre puede aguantar mucho si aprende a aguantarse a sí mismo”

(Axel Munthe)

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La forma en la que nos lo tomemos tendrá repercusiones, sobre todo a largo plazo. Quizá sería más fácil analizar el porqué de la situación. Indagar sobre los hechos que nos han transportado a esa realidad, a esa limitación. En la mayoría de los casos comprobaríamos que no se debe a un error nuestro. Todo lo contrario. Esas situaciones son sobrevenidas. Por causas ajenas a nosotros. Porqué enfadarnos entonces, porqué agobiarnos sacando de quicio las cosas, porqué fustigarnos  por nuestra mala suerte, porqué quejarnos amargamente una y otra vez por las circunstancias que nos han tocado en suerte… La respuesta es que quizá nos gusta envolvernos de desdicha, inquietarnos demasiado, ver las cosas mal antes que bien. Quizá es más simple no definir la situación como algo que se tenga que aguantar, sino como algo que se tiene que vivir, de una manera distinta a cómo nos hubiera gustado disfrutarla. No se trata de que debamos gozar ante cualquier situación, sino que debemos encarar las circunstancias tal y como vienen, sin angustiarnos, sin precipitarnos en adelantar lo que se avecina, sin aventurar algo negativo.

“Bien poco enseñó la vida a quien no le enseñó a soportar el dolor”

(Arturo Graf)

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Decía Albert Einstein que entre las dificultades se esconden las oportunidades. Nunca mejor dicho. Ante una situación sobrevenida, en lugar de decir que debemos aguantar porque no nos queda otra solución, quizá deberíamos concentrarnos en encontrar la oportunidad que no vemos, por estar escondida, por querer ver tan sólo lo que nos aplasta, lo que nos agobia y no nos deja levantar. Suele pasar que si uno aguanta mucho y durante mucho tiempo se convierte en un ganador. Es una auténtica victoria. De la que debemos estar muy orgullosos. Es ahí que aguantar se convierte en un triunfo. Y debemos saborearlo. Saber aguantar, y aguantar sin perder el ritmo adecuado, el orden que nos hemos impuesto, la motivación que nos llevó hasta ese punto, el interés que nos da ánimos, el camino que nos hemos marcado desde un principio; no es otra cosa que un triunfo de todo nuestro esfuerzo, de nuestra capacidad de aguante, de nuestro saber estar y luchar, una pugna ante las adversidades. Aguantar es luchar por algo, por el hoy, por el mañana, por lo que apareció, por lo que vendrá, por lo que no nos gusta, por lo que celebraremos, por lo que sabremos valorar en el futuro. 

La realidad de nuestros días es cada vez más evidente, más desesperante. Da la sensación de que no avanzamos, de que nos hemos quedado estancados como sociedad global, como comunidad humana. De hecho, en muchos aspectos retrocedemos a pasos agigantados, como si escapásemos de lo que ya hemos conseguido con el paso de las décadas. La evolución humana, que debería ser natural, y hacia adelante, como su propio nombre indica, parece haber perdido atractivo, seguidores y apoyo incondicional. Ha sobrevenido una época donde mirar para atrás, retroceder sin objetivos y anclarse en el pasado, se han convertido en las directrices a seguir. En muchos aspectos, parece que la única tabla de salvación es la de aguantar. Aguantar hasta que la tormenta pase, que se calme todo y vuelva a ser como antes, como deseábamos, como habíamos soñado alguna vez. Pero nadie nos quitará que aguantar ya lo hemos convertido en un auténtico triunfo. Y lo vamos a celebrar.

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Es el tiempo para los valientes

Publicado: 13 de julio de 2015 en Artículos
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“Siempre hay un lugar en las cumbres para el hombre valiente y esforzado”

(Thomas Carlyle)

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Ha llegado. Es la hora. Es el tiempo de los valientes. De los que no se lo piensan. O de los que, a pesar de pensarlo mucho, lo llegan a realizar. Es hora de tomar decisiones. De aguantar. De sobrepesar. De valorar. De analizar. De saberse mejor. De pensar en lograrlo. De no rendirse. Es hora de decir ahora. De decir ya. No es tiempo para perder el tiempo. Ni para quejarse. Ni para acobardarse. Ha llegado el momento en el cual debemos ver todo desde otra perspectiva. Totalmente diferente. Nada parecida a la que nos enseñaron.

Todo lo que parecía idílico, ideal o normal ha pasado a ser cosa del pasado. Y se va diluyendo como el azúcar en el agua. Ahora todo es anormal, nada lógico y poco previsible. Los planes se hacen para romperlos automáticamente. Para crear otros al instante. Se siguen directrices para cambiarlas radicalmente. Se intenta someter a todo el mundo. Poco no se someten a nadie. Parece que todo está de paso. Pero todo estaba de paso. Todo cambia. Todo cambiaba. Pero no tan rápido. Y es que todo transcurre a mucha velocidad. Demasiado veloz. Y en ese tramo de urgencia e inestabilidad debemos pensar sobre todo y arremeter con actitud. Además de decisiones constantes. Algunas erróneas que nos provocan fracasos personales. Pero no debemos rendirnos. Nunca. El que se para y se rinde queda inmediatamente bloqueado. Ninguneado. No avanza. Y hay que seguir. Siempre. Y levantarse tantas veces como sea necesario. Aunque nadie nos ayude. De hecho, pocos nos ayudarán. Se trata de aprender a marchas forzadas, a golpe de obstáculos, de caídas. Recaídas. Vueltas a caer.

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“Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar;

pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar”

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Nos ha llegado. La hora. Nuestro tiempo. Es el tiempo de los valientes. De los que se atreven. De los que osan. De los que no se dejan vencer. De los que continúan. Y siguiendo y aguantando se vence. Vencer es sinónimo de haber luchado. Y sin lucha no habrá final. Sin lucha se perderá la opción de ganar. Cuando todo parece difícil, complicado y casi inalcanzable es cuando más seguro de uno mismo hay que estar. Hay que saber hacia dónde dirigirse. Y hacerlo. No detenerse. No caer en la trampa de que alguien es más capaz que tú. Debemos ser hábiles, como nunca antes lo habíamos llegado a ser, o como nunca nos lo habíamos planteado. Debemos dejar aparcado lo que signifique comodidad. Lo confortable ya llegará. De momento hay que deambular, seguir por la senda del descubrimiento continuo. No mirar atrás, sino para recordar. Pero sabiendo que hay que llegar al objetivo. Y marcarse esos objetivos es nuestra tarea diaria. La más importante. No se puede dejar en manos de nadie, ni de cualquiera. Es cosa nuestra. Además nos pertenece. Nos importa. Nos es básica. No se puede pretender esperar. Esperar a que alguien venga y nos ayude, nos aconseje, nos solucione la papeleta. No va a venir nadie. Planteémoslo así. Porque es la realidad.

Somos nosotros, solos, los que debemos tomar cartas en el asunto. Levantarnos y actuar. No dejar de soñar. Pero soñar realizando. No parar de pensar, pero pensar haciendo. Realizando. Hay que ser actores principales, aunque no encontremos al director. Y si hace falta, escribir el guión tantas veces como haga falta. Hasta encontrar el que nos hará felices. El que nos indicará que hemos llegado al destino deseado. Porque se trata de desear. No de bajar la cabeza y reunir todos los problemas encima de la mesa para amargarnos o entristecernos. No. No es cuestión de ser positivo, sino realista. Y activo. Sin acción no hay reacción. Y necesitamos reaccionar de una vez. Hemos estado paralizados demasiado tiempo. Anestesiados. Afligidos y alicaídos. Ya basta. Hay que cambiar. Y todo cambiar a raíz de un pequeño detalle que provocaremos nosotros. Actitud con aptitud. Acción con carácter.

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“No es verdaderamente valiente aquel hombre que teme ya parecer,

ya ser, cuando le cuadra, cobarde”

(Edgar Allan Poe)

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Es la hora de ser prácticos. De ser totalmente valientes. De levantar la cabeza, mirarse al espejo y ver otra realidad. No la que nos dicen que tenemos, no ésa que nos dicen que es la única que vamos a conseguir. Hay muchas realidades y sólo depende de nosotros intentar encontrarlas. Una vez que lo hayamos hecho nos limitaremos a eliminar las que no nos agraden y quedarnos con las que nos sirven. Y, si hace falta, seguir buscando más, tantas hasta que demos con la que nos gusta realmente o la que colma nuestras expectativas. Pero NO hay que resignarse. Ni aceptar lo que parece que es lo único que vamos a conseguir. No hay que creer todo lo que nos digan. Casi mejor nada de lo que nos digan. Si debemos creer en algo que sea en nosotros. Ni pensar que todo está acabado. Ni hecho. Todo está por empezar. Debemos empezar. No parar. No detenernos hasta conseguir la meta. Y todo depende de nosotros.

El coraje, el carácter, la decisión, la personalidad, la acción. Todo parte de nuestra mente. Hay que cambiar los hábitos, las costumbres. Acondicionarnos a los nuevos tiempos, los que ya han llegado hace tiempo y no quisimos entender. Es hora de abrir los ojos a la realidad, y no es otra que la que pretendamos realizar. Nuestra realidad no es la que vemos, ni siquiera la que nos dicen que tenemos. La realidad, nuestra realidad puede cambiar tantas veces como deseemos. Si lo deseamos. Y si lo deseamos cambiará. Tantas veces como queramos. Hasta que estemos satisfechos plenamente. Hasta que estemos orgullosos con la búsqueda, la nuestra, la única que nos hará seres especiales. Porque lo somos. Digan lo digan. Sólo depende de nosotros. Y el tiempo vuela. El momento es ahora. Ha llegado. Es el tiempo de los valientes.


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“El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto”

(Charles Chaplin)

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El tiempo es relativo. Lo sabemos. ¿Qué es exactamente el concepto de tiempo perdido? Es una realidad que el tiempo va pasando. A veces, tenemos la sensación de que se nos escurre entre los dedos, sin poder detenerlo. Pero eso es imposible. No podemos detenerlo. Y, además, quién querría eso. No hace falta. Vamos consumiéndolo aunque no lleguemos a percibirlo. Y mucho de ese tiempo que ya ha transcurrido creemos que es perdido o, al menos, así lo calificamos. Todo pertenece al tiempo. Lo bueno y lo malo. Lo aburrido y lo entretenido. Nos quedamos con los momentos inolvidables, con los que marcaron un momento, una época o una fase de nuestra vida. Tan sólo grabamos esos momentos mágicos, que no podemos ni queremos olvidar. Nos deshacemos muy fácilmente de la mayoría de momentos. Muchas veces porque los asociamos con la rutina. Insulsos. Triviales. Nada interesantes. No nos llaman la atención muchos de ellos, sólo los que sobresalen, por causas estupendas o dramáticas, ésos que retenemos a toda costa.

Evolucionamos. Por lo menos deberíamos hacerlo. Y para evolucionar se necesita tiempo, y dentro de ese tiempo también hay momentos que creemos perdidos. Valoramos negativamente los momentos perdidos. Porque en el fondo sabemos que no van a volver. Pero nos cuesta estrujar el tiempo y sacarle todo su provecho. Por mucho que lo repitamos. Deambulamos como sombras dentro de nuestro propio escenario. Nos perdemos entre nuestros momentos perdidos. Sacamos a veces la cabeza para hacernos notar. Pocos. Muy pocos. La mayoría de las veces pasamos desapercibidos, incluso para nosotros mismos. Las luces son pocas y débiles, la oscuridad la vemos con más intensidad y con más facilidad.

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“Algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora”

(John Lennon)

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La sensación de pérdida de tiempo atormenta, entristece y provoca desdicha. Nos encerramos en nuestro caparazón, dispuestos a relamernos nuestras heridas, sintiendo que las oportunidades, muchas, han pasado. Y que no fuimos capaces de reconocerlas, de aprovecharlas. Y mientras lo hacemos no nos damos cuenta de las que están frente a nosotros justo ahora mismo. No recapacitamos como deberíamos. Analizando los errores vamos cometiendo otros. 

Aprovechamos el tiempo cuando lo vivimos con intensidad, sea como sea. Y esa intensidad nos da vida interior. Nos revitaliza de otra manera. Nos hace sentirnos válidos y aptos. Nuestra habilidad crece cuando nos vemos útiles. Estamos siempre cuantificando nuestras labores, nuestras vivencias. Sentimos mucha pena por las pérdidas, sean del nivel que sean. La pérdida de tiempo es tan sólo otra de ellas. Nos lastima. Nos hiere. Parece incluso dolor. Y permanece. A veces por segundos, otras durante años. Estamos sometidos al poder del tiempo, en todos los escenarios de nuestra vida. Todo empieza y acaba, lo bueno y lo malo. Es una sucesión tras otra. Natural. Algunas de esas sensaciones parecen efímeras, otras eternas. Pero es nuestra sensación. Debemos evaluar nuestro tiempo, sólo tenemos uno. Y valorarlo. Sinceramente. Sin flagelarnos.

“A veces estamos demasiado dispuestos a creer

que el presente es el único estado posible de las cosas”

(Marcel Proust)

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Vidas inventadas

Publicado: 23 de abril de 2015 en Artículos
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“El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido,

porque estará obligado a inventar veinte más 

para sostener la certeza de esta primera”

(Alexander Pope)

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A través de la historia del hombre, han sido habituales las escenas que han salido a la luz de muchas personas que intentaron ser ‘otras personas’. Se trata en estos casos de inventarse una vida, otra vida, cambiar la uno de mismo, hacer realidad un delirio, ya sea por grandeza, por complejo o por ambición. Los impostores siempre existieron, han sido corrientes y lo siguen siendo. Encontramos numerosos ejemplos, algunos más famosos que otros: Enric Marco, fingió durante años ser un antiguo preso de un campo de concentración nazi; Alicia Head, se hizo pasar por una de las víctimas de los atentados del 11-S en Nueva York; Somaly Mam relató que fue vendida a los 13 años y que le obligaron a ejercer la prostitución; Rigoberta Menchú añadió falsas experiencias personales en su libro autobiográfico.

Para muchos analistas y expertos, muchas de estas personas actuaron y actúan por ser mentirosos crónicos o compulsivos, personas que tienen dificultad para controlar su conducta y que están muy cerca de comportamientos patológicos. Estos mentirosos pueden buscar un reconocimiento social, una admiración que nunca tuvieron, una gloria que les haga populares. Y los podemos encontrar en cualquier momento. Es fácil conocer a esa clase de personas que dicen conocer a gente famosa, que tienen amigos muy conocidos, que han vivido experiencias únicas y al alcance de muy pocos. Pero, lógicamente, para poder engañar a alguien, primero deben engañarse a sí mismos. Creerse su historia. Partir de esa falsa identidad se puede sustentar en la necesidad vital que tiene el mitómano para que los demás le consideren importante o popular. No le importa mentir porque sabe que le va a servir ante la sociedad. Y el narcisista puede ser muy válido y capaz. Incluso inteligente. Lo que ocurre es que su vanidad y su ambición, además de su orgullo, provocan que sus capacidades se pierdan por el camino y no se lleguen a conocer realmente. Inventarse una vida puede servir para conseguir fama, prestigio y también dinero.

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“Una mentira es como una bola de nieve;

cuanto más rueda, más grande se vuelve”

(Martin Lutero)

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Inventar o fabular ha sido y es humano. Tendemos a exagerar las historias, decorándolas, añadiendo datos que no existieron, creyendo hacerlas más atractivas, más creíbles o seductoras. La imaginación aporta su grano de arena. Y de eso vamos bastante sobrados. Sabemos por experiencia propia que muchas personas exageran en sus logros biográficos, sus estudios, sus conocimientos, etc. Una práctica habitual que ya parece consentida. De hecho, parece que tampoco nos importa mucho que mientan, o que nos mientan. Si esa mentira no nos incumbe no nos preocupa. El problema es que si esas mentiras se exageran de forma sistemática y se multiplican con el paso del tiempo, las sospechas llegan a ser muy grandes y la credibilidad, poco a poco, va perdiendo forma.

Lógicamente, para aquellos que acostumbran a utilizar estas prácticas, la rutina les juega una mala pasada y, finalmente, son descubiertos. Lo malo, al llegar a ese punto, es que ya nadie se cree lo próximo que cuenten, aunque sea cierto. Sin embargo, cuando uno de estos impostores nos cuenta una historia sensible y dura cuesta dudar de su credibilidad. La empatía nos hace acercarnos a su historia, creando un lazo de unión entre el que cuenta la historia y el que la escucha. Generalmente, cuando nos cuentan algo tendemos a creerlo, aunque sepamos que la mayoría de las veces no tenemos argumentos de peso para saber si lo que nos cuentan es verídico o no. La susceptibilidad va según el carácter o la experiencia de cada uno, pero en principio no debería haber obstáculo para creer en alguien o en sus historias.

“El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad”

(Aristóteles)

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En la actualidad, gracias las redes sociales, cualquier puede llegar a cualquiera. Son ventanas que se abren y donde aparece, de repente, el mundo entero. Una persona anónima puede ser famosa en minutos. Y esas redes sociales sirven para muchos de estos personajes para crearse vidas paralelas, inventadas. Ese físico que no tuvieron, esa atracción siempre soñada y que nunca apareció, esa facilidad para atraer gente gracias a una palabra, una fotografía, un mensaje, todos ellos inventados, creados con una finalidad. Hoy cualquier puede ser cualquiera. Puede ser lo que quiera, se puede convertir en el profesional que siempre quiso ser, popular y admirado por muchos, o ese físico atractivo y seductor para los ojos de la mayoría. Las vidas inventadas están a la orden del día. Cada vez es más difícil creerse lo que nos cuentan, los que nos dicen, lo que nos muestran. Los filtros que necesitamos van siendo cada vez más habituales y exhaustivos, y nuestra percepción de lo real y lo ficticio se va difuminando lentamente, hasta llegar a un punto que confundimos la realidad con simples aires de grandeza.  Hace poco leí que era curioso observar cómo en las redes sociales abundan las mujeres seductoras y frívolas mientras que, simultáneamente, los hombres se rinden ante la belleza de la poesía. ¿Realidad o ficción?

Mirar a través de una ventana

Publicado: 22 de abril de 2015 en Artículos
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“Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado;
está fundado en nuestros pensamientos
y está hecho de nuestros pensamientos”.
(Buda)
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Mirar a través de una ventana puede contener  varios significados. Y cada uno podría interpretarlos a su manera. Todos esos significados tienen que ver con una escena más o menos solitaria, familiar, melancólica, pensativa y emocional. Una ventana, como símbolo, una ventana que nos hace mirar a través de ella, que nos provoca una curiosidad innata. Que provoca estímulos naturales, que el ser humano no puede negar. Una ventana puede ser considerada como un observatorio hacia no se sabe dónde ni qué. Una ventana nos puede abrir nuevos mundos, nuevas ideas y nuevas sensaciones.

Mirar a través de una ventana puede representar también el adentrarse en un pasado que no éramos capaces de encontrar, que no sabíamos analizar convenientemente, un puente hacia el otro lado, hacia otra perspectiva, un vistazo desde la oscuridad a la luminosidad necesaria y ansiada, un paseo corto pero intenso por donde poder averiguar otras cosas, las importantes, un cambio imprescindible en nuestras vidas. No podemos negar, ninguno de nosotros, que en algún momento de nuestra vida, nos hemos quedado absortos junto a una ventana, la que sea, aquélla, ésta, una ventana, y nos hemos quedado pensativos mirando a través de ella, introduciéndonos en un mundo paralelo, observando sin atención lo que ocurría en su interior, o en su exterior, según la perspectiva, mezclándonos con nuestros pensamientos, los que nos preocupaban en ese instante, o en los que nuestra mente nos llevaba inconscientemente.

“Quien no se resuelve a cultivar el hábito de pensar,
se pierde el mayor placer de la vida”.
(Thomas Alva Edison)
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Son momentos indescriptibles, donde se pierde la noción del tiempo, incluso parece que esa relatividad se detiene, como las hojas de los árboles, el agua del río, las personas que caminan o los coches que transitan. Segundos o minutos de paz y transmisión interna con nosotros, única y maravillosa, en los que nadie es capaz de llamarnos la atención pero que, sin embargo, nos abre la mente de par en par; es como dejarnos llevar por la situación, por la escena descubierta, por la puerta mágica de otra realidad.

Necesitaríamos una ventana nueva cada cierto tiempo, sin que supiéramos que iba a aparecer, pero disfrutando de su visión tantas veces como fuera posible. Porque con esas ventanas somos capaces de alcanzar vistas indescriptibles, momentos mágicos y pensamientos básicos. Descubrir esas ventanas capaces de cambiarnos, de detenernos un momento y pensar en lo que nos importa, en lo que necesitamos pensar, una fugaz parada ante la realidad más veloz y difícil de detener. Un espléndido motivo de abrir nuestro interior, penetrar en él y sacar las mejores conclusiones, o disipar las dudas más extensas, o alcanzar respuestas que ya creíamos imposibles.

Mirar a través de una ventana ayuda. Y mucho. La próxima vez que estemos frente a una y notemos que es uno de esos momentos mágicos, abramos bien los ojos, sacudámonos todos los complejos, las manías, las inseguridades que vamos amontonando a través del tiempo, liberémonos de todas las ataduras, y disfrutemos al máximo de lo que dure la experiencia. Nunca podremos decir que no sirvió de nada. Muy al contrario, seguro que nos ayudará, incluso podrá sacarnos esa sonrisa natural que tanto nos cuesta a veces mostrar.

“Pensar es moverse en el infinito”
(Henri D. Lacordaire)
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Gente brillante

Publicado: 12 de abril de 2015 en Artículos
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“Los semejantes se atraen.

Limítate a ser quien eres: sereno, transparente y brillante.

Cuando irradiamos lo que somos, cuando sólo hacemos lo que deseamos hacer,

esto aparta automáticamente

a quienes sí tienen algo que aprender

y también algo que enseñarnos”.

(Richard Bach)

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Es difícil imaginar que a nuestro alrededor no exista esa clase de gente brillante. Y cuando hablo de gente brillante me refiero a ese tipo de personas que llegamos a admirar por diferentes razones, ya sea por su capacidad laboral, empresarial, familiar, política, intelectual o humana. Existir, existen. De eso no cabe la menor duda. Y es ésa, precisamente, la clase de gente que necesita cualquier país para desarrollar todas sus cualidades y evolucionar en el futuro. Cualquier sociedad que se preste y que, de verdad quiera evolucionar (no conozco ninguna que no lo desee), debería rodearse de esas personas, y cuantas más mejor sería, para sacarles todo el partido posible y apoyarlas en todo lo que necesitaran, dado que representan para bien buena parte de su bienestar.

Lógicamente, cada sociedad es un mundo diferente, con sus características, sus valores, sus tradiciones y sus realidades. Aunque el ser humano mantenga ciertas similitudes en cualquier parte del mundo, cada sociedad conserva sus rasgos definitorios, que le hacen distinguirse de las demás. En parte, en eso consiste el atractivo de la raza humana, en su inmensa diversidad. Otra cosa bien distinta es que en cualquier tipo de sociedad se apoye, se defienda y se valore a la gente brillante. Siendo sinceros con nosotros mismos, deberemos reconocer que nos sentimos atraídos por toda la gente brillante que vamos conociendo a lo largo de nuestra vida. Ya no se trata de sentir envidia o celos, tan sólo saber apreciar la admiración que sentimos por ella. Y es que, en general, no es habitual encontrarse con mucha de esa gente brillante. Al menos, no tanta como nos gustaría y como deberíamos. Aunque para muchos, el problema principal radique realmente en poder reconocerla cuando la encuentran, mucho más allá de llegar o poder encontrarla.

“Si puedes hablar lo suficientemente brillante sobre un tema,

darás la impresión de que lo dominas”.

(Stanley Kubrick)

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Vivimos tiempos en donde se premia mucho más la carencia, la ignorancia, la inutilidad o la misma incapacidad de las personas. En lugar de buscar, desarrollar y fomentar la brillantez natural en todas sus formas, al igual que la capacidad innata, la aptitud individual o el talento inspirador. Embaucan más las mentes mediocres, poco innovadoras, incapaces de hacer pensar o evolucionar, que aquellas otras que pueden llegar a dominar el mundo por su atrevimiento, su osadía y su talento. El talento se echa en falta. Y lo necesitamos. Mucho. Sabemos reconocer esas características distintas, esas aptitudes que sorprenden y sobresalen. Todas esas facetas que deslumbran, funciones que nunca habíamos descubierto antes, poderío en su estado puro. 

No hay nada mejor que descubrir el talento. La grandeza del saber, del estar y del mostrarse, en todas sus formas y maneras. No hay nada tan espléndido como observar la capacidad de alguien en cualquier faceta de la vida. Cada uno puede mostrar su talento, de una manera u otra, tan sólo hace falta potenciarlo, confiar en él y explotarlo, a la vez que mostrarlo. No se puede caer en la vergüenza, ni en la desconfianza personal. Cada uno, desde su parcela, puede y debe saber su potencial, desarrollarlo y enseñarlo. De nada sirve esconderlo, o hacer ver que no existe. Sin embargo, nos cansamos de observar la mediocridad en todas sus variantes. Y hasta parece que esté de moda.

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“El panorama fue fascinante durante los primeros minutos en el aire, y luego de lo más insípido.

Me hacía gracia ver las casas y los coches tan pequeños y pulcros; todo tenía el aspecto de ser de factura muy reciente, tan limpio y brillante parecía.

Pero al cabo de poco tiempo uno se cansa de ese aspecto del paisaje.

Considero significativo que una torre o una colina alta sea toda la altura que se necesita para observar las bellezas naturales.

Lo único que obtienes de esa ascensión sin esfuerzo es un mapa a gran escala.

En general la naturaleza, siguiendo un esquivo principio, parece proporcionar sus propios miradores allí donde son más deseables”.

(Evelyn Waugh)

***

Qué pocas luces brillan a lo lejos, y también de cerca. Qué pocas personas destacan. ¡Cuántas necesitamos! Y qué dicen de todo esto los descubridores de talentos. Vivimos momentos de tremenda confusión, inestabilidad e inseguridad. Cualquiera puede llegar lejos, casi sin proponérselo, pero también sin merecerlo. El mérito se va evaporando, al igual que la genialidad y la creatividad. Y esos flashes de inteligencia, de talento y de capacidad sorprenden cada día más. Nos embelesan fácilmente. Simplemente porque no estamos acostumbrados a ello. Debemos apoyar a toda esa gente brillante, rodearnos de ella. Alimentarnos de su talento, observarla, estudiarla y disfrutarla. Debemos ser suficientemente inteligentes para saber valorarla. No caigamos en las garras de la envidia y de la falta de consideración. No seamos mediocres. De ésos, ya hay suficiente, por no decir demasiados.  

Dicen que el talento es innato. Que el talento no se puede aprender, que no se puede enseñar. Pero el talento, a veces, es inapreciable, es invisible, puede hallarse en cualquier rincón del planeta, esperando ser descubierto. Hay mucha gente brillante esperando ser descubierta y admirada. Busquemos esos detalles mínimos pero certeros que nos hagan llegar hasta esa gente. Permitámosles manifestarse, a la vez que los disfrutáremos. Toda la gente brillante que podamos conocer durante nuestra vida nos será útil y beneficiosa. Sepamos apreciar sus dones. También dicen que el tiempo es oro, razón de más para no desperdiciarlo entre gente que no nos va a aportar absolutamente nada, ni ahora ni en el futuro más próximo. Quizá, si aprendemos a actuar así, podamos convertirnos algún día en una de esas personas brillantes.

 


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“Nada hay en el mundo más noble y raro que una amistad verdadera”

(Oscar Wilde)

***

A muchas personas les ocurre que, desde eran jóvenes adolescentes, les han tratado de ‘raros’. Y, con el paso del tiempo, esa tendencia no ha decaído. De hecho, casi forma parte de su personalidad. Lo raro significa que se sale de la norma. Pero, la pregunta debería ser: ¿Quién marca la norma? ¿O nos basamos simplemente en lo que hace la mayoría para denominarla así? El ser humano se encuentra más cómodo ante situaciones que conoce, que son habituales, rutinarias y/o familiares. Cuando algo se sale del guión establecido comienzan los titubeos, las inseguridades y los vaivenes. Ante el miedo que provocan estas últimas situaciones, la mayoría se inclinan ante lo conocido, lo mayoritario y lo habitual. Y se puede extrapolar a todos los ámbitos de la vida.

Si dices, haces, opinas, piensas como la gran mayoría no sobresales, permaneces en ese grupo compacto que parece ser el correcto. O, al menos, eso piensa la mayoría. Si a uno o varios se les ocurre salir de esa tendencia son considerados automáticamente ‘raros’, casi sin ni siquiera escuchar, analizar o valorar lo que dicen, hacen, opinan o piensan. No se puede negar que esta actitud mayoritaria llama la atención. De hecho, está debidamente estudiada científicamente. La mayoría de las personas se mueven por el argumento mayoritario, a veces, sin llegar a analizarlo, ni meditarlo, ni valorarlo. Pensándolo fríamente, podría ser una forma un tanto mediocre e ignorante de actuar. Digamos que no consideraríamos inteligente a cualquier persona que reaccionara de esa forma. Entonces, ¿estamos rodeados de ignorantes? ¿Somos mediocres a la hora de decantarnos por una mayoría? ¿Valoramos todas las opciones antes de tomar una decisión, una elección? ¿O preferimos ir a lo sencillo y no pensar demasiado?

“Es posible que el cosmos esté poblado con seres inteligentes.

Pero la lección darwiniana es clara: no habrá humanos en otros lugares.

Solamente aquí. Sólo en este pequeño planeta.

Somos, no sólo una especie en peligro, sino una especie rara.

En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso.

Si alguien está en desacuerdo contigo, déjalo vivir.

No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias.

(Carl Sagan)

***

Las preguntas se multiplican sin llegar a conclusiones claras. Lo normal es pensar que si una gran masa de gente actúa de una forma determinada será por algo, por algún motivo, por alguna razón. En absoluto. Puede darse el caso que una gran masa de gente piense de forma parecida, que tenga motivaciones similares, que se muevan en ambientes cercanos y que lleguen a las mismas conclusiones, pero, en cada fase de nuestra vida, solemos ir evolucionando. Lo que pensábamos hace diez años no se parece casi en nada a lo que pensamos actualmente. Nuestras opiniones van cambiando a medida que avanza nuestra experiencia de vida. Llegar a hacer o decir lo que hace o dice la mayoría puede ser una elección o una opción, pero antes debe ser meditada consecuentemente y según nuestras ideas y pensamientos.

Nos dejamos llevar por el qué dirán, por lo que se lleva, por tendencias y modas, por mareas que aparecen y desaparecen. Necesitamos de nuestra cordura, nuestro saber, confiar en nuestro intelecto, sea del nivel que sea, aprender a seguir nuestro instinto, apostar por nosotros. Muchos lo hacen. Y la respuesta que a veces reciben es que son raros. Muchas de esas personas que han sido consideradas ‘raras’ desde que iban a la escuela han perdido parte de su autoestima, en muchos ámbitos de su vida, pero si miraran las cosas desde otra perspectiva, se darían cuenta de que ‘ser raro’ puede ser lo mejor que tienen. Cuando alguien te considera raro es porque no te entiende. O no te acepta, que es todavía peor. Hay que saber rodearse de gente que te entienda y que te aprecie, con tus valores y tus carencias. ¿Quién es menos raro que otros? ¿Por qué alguien es más raro que el resto?

Ser raro no significa ser peor, ni mejor. En la diferencia está el secreto. Y ocurre con todo. Si todos fuéramos iguales esto sería muy aburrido. Hay que pensar de mil formas, hacer mil variantes, decir cosas diferentes. Idear, cambiar, innovar. Todas esas personas que enfocaron su futuro en sus ideas fueron tachados de ‘raros’ y, muchos de ellos, llegaron a ser considerados genios con el tiempo. Otra prueba más del desconcierto de la sociedad en general y de la mayoría en particular. La autenticidad vale la pena. La originalidad tiene su mérito. Hay que valorar la capacidad de la persona. No caer en falsos argumentos o en simples postureos.

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El odio

Publicado: 8 de abril de 2015 en Artículos
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“Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga.”
(Víctor Hugo)
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Una palabra que se usa muy a menudo, quizá demasiado. Porque poder percibir un sentimiento como odio no es tan sencillo. Mucho menos sentirlo. Hay muchas cosas o personas que no son de nuestro agrado, incluso detestamos a algunas de ellas. Pero, de ahí a decir que, odiamos algo verdaderamente, hay un paso bastante grande. Podemos tener aversión, antipatía, no vernos atraídos por algo o alguien, pero el odio representa algo muy profundo, quizá lo opuesto al amor, aunque puestos a valorar, éste último quizá está también demasiado utilizado sin necesidad. La temeridad de pregonar amor u odio a los cuatro vientos es muy humano. A lo mejor porque afirmar ‘odiar algo o a alguien’ llama más la atención que decir simplemente que no nos gusta. No queda igual de contundente. Y el dramatismo y la escenificación se ven arropadas con expresiones de tal calibre.

Resulta curioso comprobar cómo suelen ser más expresados todos los sentimientos negativos que los positivos. ¿La razón? Quizá responde a estímulos humanos de conducta. Somos más negativos que positivos por regla general, tendemos a ver todo lo malo y a no valorar lo bueno. Preferimos quejarnos de lo que no nos gusta que alabar lo que nos agrada. Somos más propensos a afirmar sensaciones que nos apenan, nos entristecen o nos deprimen, que intentar contagiar a los que nos rodean con sensaciones de felicidad, alegría y optimismo. Acaso andamos necesitados de cariño, de empatía, de que alguien esté por nosotros. Mostrarnos rodeados de problemas, de situaciones adversas y de complicaciones puede provocar la atención del resto. Y eso nos atrae.

“Basta con que un hombre odie a otro
para que el odio vaya corriendo
hasta la humanidad entera.”
(Jean Paul Sartre)
***

Cuando alguien muestra alegría o que las cosas le van bien, suele ser envidiado y, en muchas ocasiones, no creído. ¿Por qué? Porque la inmensa mayoría no cree que la felicidad y el bienestar en general sea algo que pueda sentirse como rutina. No creemos que alguien pueda estar perfectamente conectado con su yo, con su interior, que lo exteriorice y lo confiese. No le creemos. Siempre vemos una cortina de humo que esconde otra verdad: una realidad paralela que seguramente es triste, alejada de esas afirmaciones de placer y de sintonía perfecta. Una postura hacia la galería. 

El problema de odiar o creer odiar es que nos crea un malestar continuo, que no se aleja, que permanece. La pregunta oportuna sería si vale la pena realmente odiar. ¿Qué ganamos exactamente con ello? Poco, por no decir nada. Nos podemos reafirmar a nivel personal de nuestra aversión hacia ello pero nada más. Podemos expresarlo, divulgarlo, guardarlo, pero no sirve para nada. El odio es uno de los sentimientos menos prácticos que existen para el ser humano. En cambio, es muy destructivo. El odio provoca malestar, mal ambiente y puede (de hecho, ocurre) desembocar en violencia. Pero mucho del odio que se dice sentir es bastante fingido, exagerado, incoherente y falto de base o de argumentos. Se tiende a magnificar sensaciones. De repente, alguien odia a alguien. Así de sencillo. Ya dicen que del amor al odio hay un paso muy pequeño. Pero, ¿es realmente así? ¿Es creíble ese odio? Cuesta aceptarlo, esa podría ser la respuesta. No quiere decir que ese odio sea irracional, es quizá es inventado. La frustración, la impotencia, la ignorancia, pueden provocar confusión.

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Cuando a uno le van mal las cosas arremete contra todo lo que le rodea. Odia al mundo como símbolo de sus problemas. No quiere nada, no quiere a nadie. Confunde lo que le está ocurriendo con el sentimiento de odio. Odia todo porque está asqueado de todo. No encuentra salidas, no ve soluciones, entonces lo fácil es verse como víctima frente a un batallón de enemigos que sólo quieren su destrucción. Sus reacciones pueden sorprender, puesto que está en un momento crítico. Su mente fabricará argumentos y excusas para que le den la razón en sus ideas y opiniones. Las sensaciones inventadas al final resultarán o parecerán correctas y verídicas. Comprobamos muchas de estas reacciones cuando algunas personas actúan violenta y gratuitamente contra otras, por una excusa que se han creado en su mente, sin venir a cuento, sin justificación alguna.

“El odio es una tendencia a aprovechar
todas las ocasiones para perjudicar a los demás.”
(Plutarco)
***

Un ejemplo claro de ello son los movimientos terroristas de cualquier tipo, condición, religión e ideología, que han existido y, todavía siguen existiendo, en la sociedad mundial. Atrapados por el odio, ya sea éste fingido, inducido, estudiado, inventado y/o escenificado, son capaces de arremeter y atacar a cualquiera persona que les rodea. Convencidos por dicho odio, creen justificados todos sus actos, se excusan en ellos y, además, se presentan como víctimas, incluso después de asesinar. El odio ahí representa lo más bajo de la raza humana, puesto que la violencia frente a situaciones extremas puede verse incluso como una reacción natural y lógica de supervivencia, pero matar gratuitamente, alimentándose de un odio, generalmente falso, es bastante déspota, además de mostrar rasgos muy definidos de ignorancia. 

Puesto que el odio, si se llega a sentir, debe hacernos ver que caemos en una ignorancia absoluta. Una persona inteligente nunca debería verse atrapada por las redes del odio. Porque reconocerá que no le aporta nada y que no le llevará hacia un buen destino. Cuando amamos o hemos llegado a amar a una persona, no podemos decir de la noche a la mañana que la odiamos. Eso sólo puede significar que nunca le llegamos a amar de verdad, que nuestro amor fue inventado, como inventado es el odio que decimos sentir ahora. Nunca la amamos realmente y no nos gustaba, nos engañamos a nosotros mismos y además engañamos a esa persona y a los demás, haciéndoles partícipes de un amor creado en nuestra mente. Una cosa puede ser la ilusión y la pasión, conceptos diferentes, pero el de amor es profundo como para utilizarlo a la ligera. Quizá la culpa de lo que nos ocurre no sea de los demás. Deberíamos parar un instante y pensar sobre ello. Por lo menos, nos alejaríamos de las garras del odio.

“Odiar a alguien es otorgarle demasiada importancia.”
(Anónimo)
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Las malditas prisas

Publicado: 22 de marzo de 2015 en Artículos
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“La rapidez que es una virtud,

engendra un vicio,

que es la prisa”

(Gregorio Marañón)

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Uno de los mayores problemas de las sociedades actuales es la prisa. La prisa que delatamos en el rostro. La prisa que nos contagian. La prisa que contagiamos. Esa misma. Una prisa que es imposible de hacer invisible, o acaso disimularla. Un problema humano que genera nerviosismo, ansiedad y estrés. De hecho, el estrés, junto a la depresión, son las enfermedades del siglo actual. A lo largo de la historia, el ser humano ha sufrido terribles enfermedades, cada una en una época, en una circunstancia, en un entorno determinado. Con la evolución y el paso del tiempo, las enfermedades se han desarrollado también. La ‘modernidad’ ha traído consigo nuevas enfermedades que, no por nuevas, dejan de ser igual de preocupantes y peligrosas.

Hoy lo queremos todo pronto. Y, si es posible, ya. Nos hemos acostumbrado a conseguir todo rápidamente. El deseo llega, se consume y se esfuma. Hemos aprendido a tragar de todo a una velocidad pasmosa. Ya sea un momento mágico, un paisaje, una canción, una película, un beso, una noche de sexo, una charla, un libro o una cena inolvidable. Ahora todo pasa de una forma vertiginosa, casi sin darnos cuenta. No sabemos deleitarnos con nada. Y de las prisas, las malditas prisas, no salimos. No sabemos parar, mirar con detenimiento, con pausa, tomándonos el tiempo necesario, desarrollando todos los sentidos que necesitemos en ese instante, gozando del mínimo detalle. No queremos esperar. La pérdida de tiempo esta sobrevalorada.

“Tanta prisa tenemos por hacer,

escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad,

que olvidamos lo único realmente importante: vivir”

(Robert Louis Stevenson)

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La prisa nos genera un estado de nervios constante, nos hace estar pensando en lo que vendrá a continuación, sin margen a entender, asimilar y/o analizar lo que está ocurriendo ahora mismo. Parece que nos falte tiempo y, lo que ocurre realmente, es que no sabemos manejar nuestro tiempo. Algo totalmente diferente. Y nos llama la atención esa persona calmada, que se toma su tiempo, que parece no tener prisa, que utiliza su vida manejando sus tiempos, creyendo que le falta una velocidad, o que le falta ‘sangre’, cuando realmente lo que hace es vivir el momento, su momento. En lugar de fijarnos y aprender de ella, la criticamos. 

Un momento, el que sea, ya puede ser rutinario o mágico, tenemos que saber interpretarlo. Para ello, no nos queda más remedio que concentrarnos. Dejar todo lo que estamos haciendo (pensar, meditar y planear), y enfocarnos en lo que precisa ese momento. A partir de ahí, el resto viene solo. Pero, lo mejor de todo, es que podremos llegar a saborearlo. Con prisas, será imposible. Ya dicen que son malas consejeras. La precipitación y la urgencia, son problemas derivados que no permitirán que actuemos en consecuencia. Lo sabemos. Pero no aprendemos. Todo tiene que ser ya. Todo tiene que aparecer y ser vivido ya. Y, tal como viene, se va. Y a por el siguiente. Somos devoradores de momentos, sin tiempo a ordenarlos, a clasificarlos y, casi, a recordarlos.

La sociedad de hoy es la de la incertidumbre. De la falta de estabilidad, de la inseguridad continua y de las prisas acumuladas. Del estrés continuo, que creemos que es natural, el que debemos aguantar porque es lo sobrevenido. O eso dicen. Estrés que manejamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Nos falta tiempo para todo, y todo pasa sin que nos demos cuenta. Un día vuela, la semana también, el mes ya se desvanece y los años pasan guiñando un ojo. No nos damos cuenta y estamos exhaustos, fatigados, agotados de estar en esa cinta que no se detiene, que va a toda velocidad, que no nos deja ni descansar. Hasta las vacaciones tienen que ser estresantes, ver cuántas más cosas mejor, visitar todo lo humanamente posible. No se puede perder ni un momento en una terraza tomando un café, observando a los peatones, perdiéndose en un mundo paralelo, que también es nuestro, al que tenemos abandonado, al que no dedicamos prácticamente ningún momento de ésos que evaporamos por arte de magia, con las malditas prisas.

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La tranquilidad

Publicado: 20 de marzo de 2015 en Artículos
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“Cuanto más tranquilo se vuelve un hombre, mayor es su éxito, sus influencias, su poder.

La tranquilidad de la mente es una de las bellas joyas de la sabiduría.”

(James Allen)

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Sentir la tranquilidad en todo su sentido puede ser una forma de felicidad. De hecho, lo es. La tranquilidad tan apreciada, como necesaria en nuestras vidas, que nos deja evocar recuerdos, pensamientos, análisis y reflexiones. Esa tranquilidad que permite que veamos todo con su perspectiva idónea. Y cuando la encontramos, aunque sea por unos minutos, la sabemos reconocer. Puesto que nos hace sentir de una forma diferente. Nuestro estado de ánimo cambia, se convierte en otro. Sabemos que es el momento de relajarnos y dejar fluir todas nuestras emociones internas. Es el momento de dejar escapar el intelecto, el pensamiento en su más honda labor, ensanchar los caminos de nuestra vida y alimentarse de ello. Esos momentos de tranquilidad nos inspiran, nos relajan de tal forma que los apreciamos soberanamente. Y no es para menos. En los tiempos que vivimos, parece que la tranquilidad esté reñida con la vida, con nuestra vida.

Palabras como estrés, nerviosismo, aceleración, rapidez, inmediatez, se vuelcan en nuestras rutinas de una forma natural, y las aceptamos como buenas, aún a pesar de que sabemos que no son buenas compañeras de viaje. No está mal interpretar todo de otra forma, más pausada, más tranquila. Porque es ahí cuando reconocemos las verdades, con el tiempo suficiente y justo como para descubrir todos los detalles, sin dejarnos un espacio por investigar, cuando podemos notar los pros y los contras en su medida, sin errores, aceptándolos, examinándolos y tratando de corregirlos. Sin esa pausa necesaria todo se hace más complicado, de hecho, se hace casi imposible de analizar, y muchos menos de arreglar.

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“La tranquilidad perfecta consiste en el buen orden de la mente, en tu propio reino.”

(Marco Aurelio)

***

Y lo curioso es que, a pesar de que sabemos exactamente lo que nos ocurre, dejamos que nos envuelva, como si dentro de esa vorágine de confusión y desorientación estuviéramos a salvo. Quizá va más allá, y nuestro comportamiento y nuestro dejar hacer es una muestra de que preferimos no pensar demasiado, que preferimos que las cosas ocurran y que las olas nos empujen, sin el menor esfuerzo, que lo que ocurra ocurrirá porque debe hacerlo, porque si hemos adoptado una postura es debido a que  las circunstancias han devenido así y ha sido ajeno a nuestra voluntad. Nos cuesta detenernos y pensar, parar todo por un instante y darle a los asuntos cotidianos y personales la importancia que merecen. Acaso porque sabemos de antemano que no son tareas fáciles ni sencillas de solucionar, sabemos que una vez que nos adentremos en los entresijos de los problemas necesitaremos tiempo, bastante tiempo para sacar conclusiones. Y decimos como excusa que carecemos de ese tiempo.

Pero gracias a la ansiada tranquilidad podemos alcanzar la paz suficiente, tanto a nivel personal como social, un equilibrio mental y físico que nos relaje lo necesario para meditar de otra forma. A partir de ahí, el nerviosismo o la inquietud parecerán lejanas y nuestro interior podrá corregir todos sus desequilibrios. Nos llenamos la boca de que deseamos la paz en todas sus formas, y no la ponemos sobre la mesa, preferimos la discusión, la no comunicación, los argumentos vacíos, las reacciones no meditadas, las formas más inverosímiles que no sirven para solucionar, añadimos problemas, quejas y reclamos, sin pensar en cambiar la perspectiva, no dejamos que la tranquilidad nos invada de cualquier forma para sentirnos mejor. A pesar de que sabemos que así será.

Alcanzar la tranquilidad externa nos permitirá más fácilmente conseguir la tranquilidad interior. Y gracias a ella podremos renegociar nuestras preocupaciones, pero con la paciencia necesaria, reflexionando tanto como necesitemos, sacando conclusiones que nos sirvan en el futuro, analizando los errores y los aciertos. Una tranquilidad interior nos hará crecer, nos permitirá elevarnos por encima de las nubes que nos cubren y veremos todo desde otra perspectiva, necesaria para solventar obstáculos. Hay gente muy dada a la búsqueda de su paz interior, de su otro yo. Y esa búsqueda provoca conocimiento. Otra gente prefiere seguir acumulando excusas, esperando, perdiendo el tiempo en asuntos que no le interesan, otorgando importancia a temas que no le van a servir para nada, olvidando lo importante. Hay gente que sabe apreciar la

La tranquilidad nos depara un mundo de sensaciones, nos abre la ventana a un espacio diferente, lleno de emociones y de sorpresas, donde es posible encontrar respuestas, donde es posible contemplar situaciones que no hubiéramos imaginado jamás. Porque la tranquilidad depara acontecimientos que benefician nuestra salud y nuestro estado de ánimo. La mente y el cuerpo unidos en una paz que no es idílica, ni ficticia, ocurre y a veces debemos provocarla. De nada sirve lamentarnos todo el tiempo. Debemos buscar esos lugares y esos momentos en que nos sentimos bien, tanto con nuestro entorno como con nosotros mismos. No cerremos puertas a la tranquilidad puesto que a la larga nos ofrecerá mucho. Quién se negaría a ello…

“Recuerda que cuanto más nerviosa esta la gente,

más provechoso es sentirte tranquilo.”

***


verdad

“El que busca la verdad corre el riesgo de encontrarla.”
(Manuel Vicent)
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Siempre tratamos de encontrar la verdad. Al menos, en apariencia. Somos incrédulos por naturaleza y, a menudo, susceptibles de lo que vemos o nos cuentan. Aunque no tanto como deberíamos. La verdad absoluta no existe, al menos tal y como la consideramos. Y entre la verdad que nos revelan y la duda razonable el límite es demasiado pequeño. De hecho, las mentiras se mezclan bastante a menudo con ciertas ‘verdades’, creando un espacio indeterminado y difícil de denominar.

Demandamos sinceridad a todos los que nos rodean, a los que nos importan y los que no. Deseamos que nos expresen sus opiniones y sus sentimientos sin mentiras ni fingimientos. De una manera natural y sencilla. Y creemos que es fundamental que nos cuenten la verdad, sobre unos hechos, sobre unas opiniones, sobre todas realidades que aparecen de repente. Abogamos por la buena fe, por la honestidad de las personas, a sabiendas de que nos van a engañar seguramente, que nos engañan de hecho, que se engañan a sí mismas.

“La verdad triunfa por sí misma,
la mentira necesita siempre complicidad.”
(Epicteto de Frigia)
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La mentira es más humana que la verdad. Sobre ella se cimientan innumerables opiniones, hechos y sugerencias. Y si tienen base para crecer y evolucionar es por la credulidad de sus interlocutores. Y esa confianza en la mentira lanzada al aire se basa en pocos argumentos fiables, por no decir ninguno. Estamos hartos de escuchar: ‘Lo he oído’, ‘Me lo han dicho’, ‘Aseguran que…’, mil formas de plantear un hecho o una opinión sin ningún tipo de confirmación requerida ni exigida. Y mucho menos de rigor a la hora de contar algo. Decir se pueden decir mil cosas, y todas pueden resultar ser mentira o no, lo que pasa es que ya nos hemos acostumbrado tanto a ella que no le damos ninguna importancia cuando aparece de nuevo. 

Creemos en personas, en su buena fe, en su sinceridad  y honestidad, tal vez por un recorrido, por una trayectoria común, por una experiencia, pero no podemos poner la mano en el fuego por nadie por el conjunto de todo lo que cuenta y hace, tal vez porque en algún momento puede faltar a la verdad, por diferentes motivos, e incluso por necesidad. Cuando reclamamos la verdad debemos pensar antes si la queremos realmente o no. Puesto que es muy fácil remitirse a ella por costumbre, exigiéndola como salvoconducto para proseguir escuchando o avalando a la otra persona, pero sin reflexionar seriamente sobre las consecuencias que esa ‘verdad’ nos puede traer. 

“La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés.”
(Antonio Machado)
***

Nos hemos planteado hasta qué punto estamos dispuestos a escuchar la verdad. Hasta dónde somos capaces de saber y conocer sobre algo en concreto. Hasta dónde queremos llegar a escuchar sobre un asunto. Pensamos seriamente si queremos saber sobre todo eso que preguntamos e indagamos. O es mera curiosidad. Somos curiosos por naturaleza, es algo innato en los animales y los seres humanos. Buscamos información e interactuamos con nuestro entorno y con el resto de personas. Y ante ciertas dudas reclamamos respuestas. Y no siempre esas respuestas son veraces. La necesidad de información provoca a veces la falta de esa veracidad necesaria para conocer mejor, para opinar mejor. 

Necesitamos de la verdad pero debemos dosificarla convenientemente, además de valorarla en su medida. Y también debemos aprender a analizar todo cuanto nos llega, sea verdad o mentira, ser cautelosos ante opiniones y afirmaciones que no tienen base alguna. Y, sobre todo, tenemos que tener claro si queremos saber sobre algo o no antes de indagar sobre ello. La pérdida de tiempo y las consecuencias de nuestra búsqueda pueden llevarnos a la insatisfacción y a la desilusión. El tiempo es demasiado valioso como para perderlo en mentiras o medias verdades. Verdades que pueden llegar incluso a ofendernos.
“Y es que en este mundo traidor, no hay verdad ni mentira: todo es según el cristal con que se mira.”
(Ramón de Campoamor)
***

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‘Una sonrisa significa mucho.

Enriquece a quien la recibe; sin empobrecer a quien la ofrece.

Dura un segundo pero su recuerdo, a veces, nunca se borra.’

***

Y es que una sonrisa puede contener mil sensaciones y hacerlas sentir. Una sonrisa evoca muchas cosas pero tiene poderes mágicos. Porque es mágico arrancarla, interpretarla y contemplarla. Una sonrisa enriquece a quien la muestra y a quien la recibe. Cuando la naturalidad domine el mundo las sonrisas serán sus soldados. Porque con ellas se garantiza la felicidad, se muestra la calma y la satisfacción. Pero también muchas otras cosas.

Cuando vemos una sonrisa sincera nos transmite un sinfín de emociones. Sabemos que no sale por salir. Sale de dentro y merece la pena valorarla y degustarla. Para aquel que la contempla puede resultar sorprendente, por todo lo que representa, sobre todo si ha sido provocada por él/ella. En el mundo que vivimos no es tan fácil ver sonrisas. Y la sonrisa es contagiosa. Porque alegra. En el mundo actual hay carencia de sonrisas. Y de besos. Y de abrazos. Nos falta cariño y lo pedimos a voces. La frialdad se ha adueñado de nuestro entorno y una simple sonrisa lo cambia todo.

‘Sonríe aunque sólo sea una sonrisa triste,

porque más triste que la sonrisa triste,

es la tristeza de no saber sonreír.’

***

La sonrisa no se estudia ni se aprende. Nace con nosotros. Y cada sonrisa es diferente. Porque cada sonrisa está provocada por unos estímulos diferentes, momentos diferentes, personas diferentes. Con una sonrisa abrimos nuestra alma, ofrecemos lo mejor de nosotros, bajamos la coraza y guardamos la espada. Con la sonrisa abrimos nuestra estima, ofrecemos bienvenida al extraño y satisfacemos a quienes la contemplan. La sonrisa tiene un poder especial. Convence y se necesita. Y cada día más. Hay personas que sonríen fácilmente, transmiten millones de ellas con una facilidad pasmosa. Otras, en cambio, tienen verdaderos problemas para mostrarlas. 

Por supuesto que existen muchas clases de sonrisas, incluidas las falsas. Pero las identificamos muy bien. Las separamos de las demás porque no nos interesan. No divierten, no atraen. La sonrisa debe ser natural. Salir de forma espontánea. Si se fuerza se estropea. La sonrisa cómplice invita a la unión. La sonrisa diplomática no merece atención. La cordialidad es un asunto diferente a la emoción propiamente dicha.

Muchas personas a nuestro alrededor regalan sonrisas a diario. Nos muestran su capacidad para contagiar, para expandirlas por donde haga falta. Su magia es evidente, pero su poder también. Alcanzamos poder con hechos pero también con gestos. Y cuando un gesto es tan natural y sale de dentro no podemos ignorarlo. Muy al contrario, somos capaces de valorarlo y dignificarlo. No infravaloremos el poder de esa sonrisa que mañana contemplaremos, que alguien nos prestará para que cambiemos nuestra cara, nuestro ánimo. No renunciemos a disfrutar de esa sonrisa que aparecerá tras una esquina, cuando menos lo imaginemos y que tanto nos emocionará. La sonrisa tiene poder y es más que evidente. No tratemos de enjaularlas dado que sería absurdo y además las necesitamos. El poder de una sonrisa nos enseñará el camino, tan sólo hay que seguirlo y contagiarse de todo su efecto positivo.

‘Empieza cada día con una sonrisa y mantenla todo el día.’
(W.C.Fields)
***

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feliz

‘La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte,
que pueden ocurrir pocas veces,
sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.’
(Benjamin Franklin)
***
Definir la felicidad ya resulta un primer obstáculo. Los filósofos griegos ya trataron de definirla y de averiguar cómo lograrla. Decía Aristóteles que la felicidad es aquello que acompaña a la realización del fin propio de cada ser vivo; la felicidad que le corresponde al hombre es la que le sobreviene cuando realiza la actividad que le es más propia y cuando la realiza de un modo perfecto. Dicho lo cual, parece ser que el concepto o la sensación podría variar en cada individuo y en cada momento de su vida. No se puede garantizar obtener o disfrutar de una felicidad duradera, puesto que ésta se mostraría o se sentiría en determinados momentos.
Para algunos la felicidad material de bienes puede ser suficiente, mientras que para otros se condensaría mucho más en los afectos provenientes de las personas que nos rodean y que nos transmiten cariño. Cada quien entenderá la felicidad a su manera. Y no por eso debe ser entendida por los demás. Aunque es evidente que durante el paso de los siglos, el ser humano ha tenido obstinación por alcanzarla. Desde que somos pequeños nos inculcan la idea de que lo más importante es ‘ser feliz’. Y qué significa eso exactamente,  porque para Platón, por ejemplo, la felicidad está en el movimiento tranquilo, en la evolución o el cambio sereno de las cosas, todas esas cosas que están incluidas y que se refieren a la vida misma. Quizá el significado filosófico de la felicidad entraba más en el terreno del alma que en el meramente físico. Para abreviar, la conclusión sería que siendo felices con nuestra alma lo seremos en todo el conjunto de nuestra vida. Y aquí aparecería un nuevo interrogante: ¿Qué es el alma?
‘Felicidad no es hacer lo que uno quiere
sino querer lo que uno hace.’ 
(Jean Paul Sartre)
***
Si nos embarcamos en la ardua explicación de la felicidad quizá nos quedaremos a medias. Sin saber muy bien cómo salir del laberinto y sin sacar las conclusiones y respuestas que buscamos. Quizá lo más práctico es no buscarle significado, sino contenido. Es decir, uno sabe cuando se siente feliz. Es ese instante pletórico, que nos excita, que nos hace sentir bien, que nos indica que somos los más afortunados del mundo, que nos hace sentir especiales, que nos fabrica una sonrisa perpetua durante un buen tramo de tiempo. Todos sabemos apreciar ese instante de felicidad. Y lo transmitimos casi con total naturalidad. Es fácil determinar quién se encuentra disfrutando de un momento de felicidad con tan sólo observar su cara. Al igual que es sencillo observar todo lo contrario.

Hay muchas cosas que se pueden asociar a la felicidad misma. Conseguir un sueño que parecía imposible, luchar por una meta o un objetivo y alcanzarlo, disfrutar de una persona que amamos o por la que nos sentimos atraídos, la compañía de unos amigos o de la familia, un buen paseo, una comida inolvidable, una puesta de sol, el placer absoluto sentido en lo más hondo, en resumen, todo lo relacionado con lo que nos hace sentir bien aunque sea a distintos niveles. En general, nos damos por satisfechos albergando condiciones materiales óptimas, una posición social y económica agradable y estable, encontrar un trabajo que nos satisfaga y nos dé una renta suficiente para sufragar todas nuestras necesidades, etc.

‘La felicidad es interior, no exterior;
por lo tanto, no depende de lo que tenemos,
sino de lo que somos.’
(Henry Van Dyke)
***

Lo que ocurre es que aunque muchas de esas cosas las consigamos siempre parece haber un punto en el cual no estamos satisfechos o felices del todo. Es ese punto de insatisfacción que nos provoca llegar al estado de la ansiada búsqueda de la felicidad. Según el budismo, el consejo es buscar la felicidad no en esas cosas materiales y externas que nos rodean, sino en nuestro interior. ¿Sería esa la auténtica felicidad, la verdadera? A lo mejor, es que al partir de un principio erróneo, el mero hecho de pensar que de una determinada forma vamos a conseguir la felicidad, el resultado siempre es negativo. Puede parecer que somos felices en determinados momentos pero a la larga nos damos cuenta de que no, de que esa sensación desaparece tan rápidamente como llegó.

Si conseguimos estar bien con nosotros mismos, aceptándonos, analizándonos, sabiendo y conociendo todos nuestros defectos, errores, puntos que podemos mejorar como personas, podemos llegar a alcanzar ese nivel de auto confianza que nos generaría un sentimiento de, al menos, una satisfacción más perpetua, sin dejarnos llevar por los vaivenes condicionantes que la misma vida nos va poniendo en nuestro camino. Puede ser que la búsqueda sea el error en sí misma. NO se trata de buscar. Lo que importa realmente es estar bien con nosotros mismos. A partir de ahí todo se percibirá de forma diferente. La clave está en nuestra mente, ni más ni menos. Todo es más sencillo de lo que parece. Pero todo necesita de esfuerzo. Y aunque no necesitemos de esa búsqueda constante y un tanto frustrante, sí que tenemos que intentar conseguir introducirnos en nuestra mente. Llegar a conocernos del todo si es posible.

‘Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad.’
(Pearl Buck)
***

Los problemas parecerán menores. Los efectos de las adversidades también. Todo se relativizará convenientemente. Y no estaremos ansiosos por reconocer en cualquier instante ese momento de felicidad, puesto que nuestra misma actitud ya llevará la llevará incorporada. Dicho así resulta muy fácil de conseguir, pero no lo es en absoluto. De hecho, hay gente que no lo consigue durante toda su vida. El número de amargados es cada vez más evidente y numeroso dentro de la especie humana. Y habría que analizar el porqué, puesto que todo tiene una causa.

Nos han enseñado a consumir. Quizá demasiado. Quizá cosas que no necesitamos. Vivimos en un mundo en el cual el tiempo no se detiene nunca. Todo ocurre demasiado deprisa, sin darnos tiempo a degustarlo. Incluso los momentos de felicidad parecen efímeros. La superficialidad es la moda. Nada se analiza puesto que lleva tiempo hacerlo. Es mejor pasar página rápidamente, y si nos ahorramos un tiempo en ello mejor que mejor. Somos verdaderos magos de la transitoriedad de los sentidos. Subimos y bajamos a una velocidad de espanto. Hoy amamos y mañana odiamos. Hoy somos los más felices del mundo y mañana los más desdichados. Si nos paramos a pensarlo seriamente nos daremos cuenta de que algo falla. Y fallamos nosotros. No echemos la culpa al mundo que nos rodea. Nadie nos impone una actitud ante la vida. La formamos, la ideamos,  la mostramos nosotros mismos. Somos los dueños de nuestro estado de ánimo. Y es únicamente nuestra mente la que nos va dictando los estados transitorios de esas emociones que vamos teniendo.

Todos los seres humanos quieren ser felices. Es una realidad. Pero no todos lo consiguen. De hecho, cuando alguien de nuestro entorno nos comunica que se siente feliz casi no nos lo creemos. Parece tan complicado ser feliz… Y siempre pensamos que cuando seamos felices algo pasará que nos estropeará el momento mágico. Cambiar la perspectiva de las cosas ayuda a entender y a clasificarlas de otra manera, más sensata, más natural, sin vaivenes, sin altibajos. Todo se tiene que tomar con calma, meditando, analizando, sacando conclusiones, a partir de ahí comenzaremos a volar…y las alas llegarán solas.

‘¿Qué hace falta para ser feliz?
Un poco de cielo azul encima de nuestras cabezas,
un vientecillo tibio, la paz del espíritu.’
(André Maurois)
***

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La extraña costumbre de usar joyas

Publicado: 18 de julio de 2014 en Artículos
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‘Prefiero estar adornado por la belleza del carácter que por las joyas.

Las joyas son el regalo de la fortuna,

mientras que el carácter viene de dentro’

***

Una joya en sí misma no tiene mucho sentido. Si la miramos fríamente, es tan sólo un material. Que se le haya llamado con la evolución del ser humano ‘preciosa’ quizá puede ser debido a su belleza (también discutible). El hombre desde sus ancestros ha utilizado los materiales preciosos como objetos ornamentales, para distinguirse, para llenarse de estatus, para cerciorarse de ser diferente del resto. Así fueron apareciendo los anillos, los collares, los colgantes, los brazaletes, los pendientes, etc. No había distinción entre sexos, puesto que su uso era habitual en ambos. Como tampoco había excepción en los pueblos que las usaban ni en las culturas, ni en los continentes. Es decir, el uso y la costumbre en portar joyas es habitual y está relacionado con el ser humano.

Adornarse siempre ha sido un principio universal, pero utilizar joyas no estaba ni está al alcance de todos. Y una cosa puede ser la estética y otra, muy diferente, utilizar joyas para sentirse superior o más atractivo. Que una joya nos haga destacar debe ser motivo de preocupación para cualquiera. El oro, la plata, materiales que han servido y que sirven como monedas de cambio, de ostentación, de riqueza y de distinción. Porque no nos equivoquemos, gran parte del uso de las joyas viene refrendado por la distinción que se le suponen. A las personas en general les motiva el simple hecho de ser o aparentar ser diferentes o distintas a los demás. Es como un ADN particular de cara a la galería. Ser diferentes lo somos por simple naturaleza y sucesos que se van acumulando en nuestra vida, ya sea entorno, familia, amigos y vivencias. No necesitamos muchas más o menos joyas para ser distintos de los demás. Pero las joyas pueden ser simplemente una forma, como también puede serlo el coche que usamos, la ropa que nos ponemos o el peinado que mostramos.

‘La diferencia entre los recuerdos falsos y los verdaderos

es la misma que con las joyas:

siempre es el falso el que parece el más real,

el más brillante.’

***

Hoy en día, la moda marca tendencia continuamente, de hecho, muchas cosas se ponen de moda sin ni siquiera un motivo definido o determinado. La gente, en masa, se va moviendo por tendencias, modas o simples mareas de comportamiento. Otra cosa diferente es poder alcanzar esas cuotas de distinción. No todo el mundo puede tomarse un cocktail en el bar más de moda de Nueva York, o probar un menú degustación en el mejor restaurante del mundo, ni puede gozar de lo que se siente conduciendo el coche más caro del mundo. Y es un suceso que se ve incrementado conforme la riqueza de una persona aumenta, por el mero hecho de querer hacer y parecer todavía más exclusivo que el resto de seres humanos. Lo que ocurre es que la delgada línea entre la distinción y la ordinariez es muy fina, y muchas la traspasan con demasiada facilidad y demasiado a menudo. 

Para muchos, lo caro es mejor y demuestra mayor distinción. Las joyas entran dentro de esta familia.  Y muchos piensan que el hecho de mostrarse con joyas ‘tan preciadas’ son motivo claro y absoluto para ser envidiados. Claro que la envidia va por barrios, y cada cual tiene su forma de utilizarla también. Muchas envidian riquezas, otros salud, otros felicidad. Ninguna joya nos dará absoluta felicidad ni salud, si es eso precisamente lo que andamos buscamos. Pero si buscamos llamar la atención, ser envidiados, ser admirados, las joyas son otra forma de conseguirlo. Para otros, las joyas no llaman la atención, a no ser por el asombro de llevar una considerable cantidad de dinero en un cuello, en un brazo o en una oreja. El significado ya queda a expensas de cada uno, pero fríamente parece ser desorbitado, insulso y carente de personalidad.

No hace falta ostentar para ser rico, ni hace falta ser rico para ostentar; y ser rico se puede conseguir de muchas formas, no necesariamente aparentando serlo o pretendiendo que todo el mundo se dé cuenta de que lo somos realmente. En ese caso estaríamos cruzando la línea anteriormente citada. Las joyas y su uso a través de la historia representan diferentes motivos para ser o parecer importantes: ya sea como símbolo de riqueza, por su simbolismo o por lo que pueden llegar a conseguir por sí solas. Lo que pasa que este uso también se ha convertido en un arte. El diseño y el negocio han provocado que muchos artistas joyeros se adentren en el mercado para ofrecer bellezas únicas. Un arte que comenzó con maestros como Peter Fabergé o René Lalique y que ha ido evolucionando hasta nuestros días.

El valor de dichas joyas siempre queda un tanto fuera de mercado. Y es curioso observar como muchas religiones y grupos religiosos han utilizado las joyas y su simbolismo como distinción. Una frase conocida en esta industria es la que reza: ‘Una joya es para siempre’. Claro que habría que recordar que muchos objetos y recuerdos pueden ser para siempre y no necesariamente ser tan costosos. Todo tiene que ver con el nivel de romanticismo que practiquemos. Lo cierto es que podemos lograr distinción y admiración sin necesidad de lucir joyas. Y no tiene que ver con el hecho de tener el dinero suficiente para adquirirlas, sino sabiendo valorar las verdaderas cosas importantes que nos ofrece la vida, y todavía más cuando se descubre todo lo que se puede hacer por conseguirlas, ya sea robando, esclavizando o matando por ellas. Otro claro ejemplo de que el sentido común en el hombre es poco común.

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‘La mentira mayor es el ego’

(Alejandro Jodorowsky)

***

El ego, el yo, el yo y el ego, ambos o ninguno. El concepto del yo es difícil de explicar, de definir y de entender. Para muchos ha estado relacionado con la parte interna del individuo, de su alma, de su conciencia y de su mente. El estudio del yo ha estado presente desde los griegos y sigue vigente, ya sea a través de la medicina, de la psicología o la filosofía. Uno mismo se pregunta continuamente, a través de toda su vida, quién es ese yo, el que atesoramos, el que invadimos, el que nos complementa o nos hace ser como somos. Y acaso la pregunta es eterna. Una de las preguntas básicas del ser humano. ¿Quién soy yo?

Para los clásicos, el yo era una substancia, un alma o una cosa. Más adelante, otros negaron la existencia de la substancia, ya que para ellos el yo era simplemente una función, un conjunto de sensaciones, impresiones y pensamientos. Teorías al respecto las tenemos para todos los gustos. Cada quien podría hacerse propiedad de una de ellas, y aún así, sería difícil llegar a tener claro qué significa. Para un sinfín de filósofos, la esencia del yo como punto de partida fue algo esencial en su pensamiento. Yo como ente, yo como el que piensa, yo como el centro de todo, yo como la base de creación, yo como sentido de algo…

Habría que partir de un razonamiento bastante más sencillo: ¿Tan importante es el yo? ¿Tan importantes somos? Porque caemos en la tentación rápidamente de creer que el concepto mismo del yo nos pertenece y que a partir de ahí todo toma sentido. Sin el yo parece que lo demás no puede complementarse. Para muchos, el yo es lo básico, lo principal, la razón del todo. Sin el yo muchos estarían perdidos, simplemente porque lo plantean mal. Y es ahí, precisamente, donde aparece el ego, como administrador del yo. Se confunde el yo con el ego, y el ego con el sujeto o individuo. Se eleva al ego a un escalón superior, dándole mucha más importancia de la que realmente tiene. Y partimos de la idea de que el ego es trascendente para nuestra conciencia, ya sea ésta material o metafísica.

Cuántas veces detectamos a todas esas personas afectadas por el mal del ego, que las cambia, las traumatiza y las hace ser diferentes, con tan sólo un objetivo: satisfacer su ego. Son esas personas egoístas, destructivas, las que arrasan con todo, que son capaces de hacer lo imposible para sentirse satisfechas con su ego. Fantasías creadas por ellas mismas, carentes de cualquier ápice de humildad, de sencillez o de simple autocrítica. Una moda que va a en aumento y que en sociedades tan individualistas como las que estamos creando en las últimas décadas, son alimento de consumo de masas. El ego domina el mundo de una manera u otra.

El ego se convierte casi en una necesidad vital. Todos tenemos una parte de él pero algunos la agudizan, la alimentan, la desarrollan y la hacen imperiosamente garante de su conciencia. Otros no se dejan vencer por su poder, la tienen siempre acorralada, controlada, atada y siempre vigilada. Puesto que el ego puede devorarnos sin que nos demos cuenta, de forma pausada y eficaz, de forma latente y animal. Nuestra conciencia nos puede jugar mil jugarretas, y de nuestros errores es de donde deberemos extraer conclusiones y sabiduría, pero nunca aumentando la dosis de poder al ego, pues en ese caso caeremos en la trampa  de pensar que somos algo más de lo que somos en realidad. Una realidad que podemos confundir tantas veces como no seamos capaces de observarla como lo que es.

Satisfacer el ego se ha convertido en un deporte mundial. Ya sea por las apariencias, por lo que dirán, por lo que diremos, por lo que puedan pensar o no, por lo que vemos o escuchamos, por lo que nos cuentan y nos comentan, por todo aquello que nos hace distorsionar nuestro mundo real, por todo ese conjunto de circunstancias que provoca que no podamos concentrarnos en lo esencial, en lo prioritario, en lo básico. Cuesta acostumbrarse a la verdadera esencia, la nuestra, no solemos fiarnos de ella, le damos poco crédito y desconfiamos de nuestra eficacia. Absorbemos aire para hinchar nuestro ego, y tantas veces como haga falta, sin prestar atención a su tamaño, sin caer en la cuenta de que algún día pueda, al fin, explotar…

El yo, el ego, simplemente desea su propia satisfacción; no está preocupado por el resto. Su única motivación es sentirse realizado. Un detalle puede servir, una adulación, un piropo o una simple mirada. El ego se extiende tanto como necesite, se estira hasta el infinito, y en todas las parcelas de nuestra vida. Está presente en nuestro hogar, en nuestra familia, en nuestro entorno profesional, amoroso y de relaciones sociales. Si permitimos que el ego sea protagonista estaremos centrados únicamente en nosotros mismos, perjudicaremos nuestra conciencia, pues no seremos objetivos. Vivimos rodeados de gente, somos entes sociales, necesitamos de referentes a todos los niveles, de todo se puede aprender y nuestro ego es sólo una parte más del conjunto. Pensar en uno mismo agota, causa ineficacia y no beneficia en absoluto. Además provoca el rechazo de los demás, no permite organizar las ideas, las experiencias y las percepciones que se van aglutinando y propicia que nuestra identidad vaya perdiendo poco a poco su ADN. Satisfacer el ego es una forma de drogadicción como otra cualquiera. Como decía Freud: ‘El yo supone el primer paso del propio reconocimiento para experimentar alegría, castigo o culpabilidad’.

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‘La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar’
(Friedrich Nietzsche)
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Necesitamos reír. Y necesitamos llorar. Las necesidades con respecto al humor son una parte esencial del ser humano. Nuestro humor nos delata. El humor contagia. Hay personas optimistas, pesimistas y realistas. Pero todos coincidimos en la necesidad de reírnos, aunque no lo hagamos demasiado. Parece como si en los tiempos que vivimos tuviéramos que dosificar los momentos de humor. Embutidos en días repletos de problemas, inquietudes, ansiedades y vicisitudes varias nos vemos abocados a replantearnos nuestra propia naturalidad. Nos exigimos tanto que somos incapaces de respetar nuestra espontaneidad.
La risa es una característica en nuestro carácter y comportamiento. La sensación de sentirnos bien, felices y dichosos no suele ser la norma, pero la sabemos disfrutar cuando aparece. Sabemos cuando nos reímos a gusto, cuando estamos gozando de esos segundos de pletórica excitación. Para algunos, el humor se encuentra en cualquier situación, incluso en las más surrealistas, quizá entonces es cuando la sonrisa surge más fácilmente. Las situaciones a las que nos enfrentamos pueden ser de todos los calibres: las hay muy absurdas, más inverosímiles; pero también las hay más divertidas y muy cómicas. Los gestos de humor son siempre bienvenidos. Ver una mueca de humor en el rostro de alguien invita a acompañarlo. La cara del ser humano es el espejo de su alma, dicen. Del alma quizá no, pero de su estado de ánimo sí, de eso no cabe la menor duda. Y en ese aspecto, es difícil mentir y aparentar lo que no se siente.
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‘La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser.
El humor los consuela de lo que son.’
(Winston Churchill)
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Gracias al humor limpiamos las ranuras del sentimiento. Es una vía de escape a todas esas limitaciones que nos rodean, a todas las perturbaciones que nos doblegan y a todos los obstáculos que nos aprisionan. Hay muchos tipos de humor pero todos tienen un mismo objetivo: cambiarnos el humor. Porque lo que está claro es que nuestro rictus normal, el de cada día o de cada momento, es de seriedad, de concentración, pensativo, dubitativo, comunicativo, expresivo pero, sólo en contadas ocasiones, se muestra con esa dosis perfecta de humor y alegría que hace que brille el momento.
Los cambios de humor pueden predecir un problema algo más serio, o quizá no. Acaso es una simple reacción a todo lo que acontece. A muchas personas se les identifica por sus continuos cambios de humor. Suelen ser personas difíciles de tratar, puesto que nunca sabes realmente cómo va a estar ese día. Las razones pueden ser varias, tanto a nivel físico como psíquico. Los cambios de humor siempre han estado relacionados con las mujeres según los expertos. Se dice que son ellas, en su mayoría, las más proclives a esos cambios de humor. Trastornos bipolares, embarazos y ciclos menstruales son algunas de las causas. Aunque los cambios de humor son generales en ambos sexos. Hoy en día, cuando la inestabilidad, la inquietud y la frustración son garantes de la realidad, es difícil mantener el tipo y un humor regular.
Hay días que nos levantamos con un ánimo tremendamente exagerado. Ni nosotros mismos somos capaces de distinguir las razones. Y cuando los demás lo detectan y nos preguntan el porqué no sabemos qué contestar. Como hay días que nos levantamos con un humor de perros y con la misma falta de explicación. Claro que, se puede establecer una rápida diferenciación entre esos humores diversos y esos cambios radicales de humor, los cuales nos dejan siempre en fuera de juego y sin saber reaccionar. Son esas personas ‘veletas’ que varían según el viento o la marea. Quizá el secreto radica en la forma que encaramos nuestras circunstancias. Para algunos, la vida se debe tomar con buen humor, con cierta ironía y con bastante relatividad. Para otros, la vida es un tiovivo continuo, una ruleta rusa que nos hace estar en alerta continuamente. Pero debemos ser conscientes que si tenemos muchos cambios de humor y, en dosis exageradas, tendremos problemas con nuestras relaciones sociales, personales, laborales y familiares. Podremos caer en depresiones fácilmente, nos costará más reír y disfrutar.
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‘Humor es posiblemente una palabra; la uso constantemente.
Estoy loco por ella y algún día averiguaré su significado.’
(Groucho Marx)
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Deberemos controlar pues a nuestras neuronas, a nuestra testosterona, y saber controlar nuestros instintos y nuestros impulsos. Valorar todo en su justa medida. También ayuda tener todo un poco controlado. Ya sea la alimentación, el ejercicio, el sueño, las horas de descanso, etc. Pero tampoco viene mal envolverse en situaciones felices, cómicas, circunstancias que nos hagan estar bien, motivos, razones, ilusiones, sueños. Una buena vida sexual (si se puede), unas buenas relaciones de amistad, compartir momentos necesarios con todos aquellos considerados amigos, buscar esos espacios que nos evaden de la rutina, afrontar todos los problemas desde otra perspectiva, aportar algo más de sabiduría e inteligencia, ser listos, saber responder a los acontecimientos, tener talante, ser fríos cuando toca, y no olvidar nunca que, si la situación es muy complicada y no encontramos la solución (porque quizá tampoco la tiene o no depende de nosotros), tampoco podemos volvernos locos por ello.

Las guerras y el hombre

Publicado: 21 de junio de 2014 en Artículos
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‘Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos’
(Bob Marley)
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La guerra y el hombre. El hombre y la guerra. Unidos desde el origen y hasta el fin. Uno parece no poder existir sin el otro. El hombre inventó la guerra y la sigue alimentando. La creó, la estudió, la manejó, la extendió, la instituyó, la comercializó, la enseñó y la propagó. Las consecuencias de todas las guerras siempre han sido las mismas: pobreza, caos, muerte, violencia gratuita, miseria, destrucción. Todo un proceso negativo que termina de la peor manera posible. Siempre con ganadores. De eso se trata. Siempre con perdedores. El concepto de la guerra siempre es un tanto confuso. Se dice que dos no discuten si uno no quiere. Y, en la mayoría de los casos, así ocurre. Pero cuando dos no dan su brazo a torcer, la guerra es el medio para resolver el conflicto.

Los conflictos suelen aparecer entre dos o más individuos que se ven en una tesitura de intereses totalmente opuestos. Una situación de confrontación difícil de solucionar. El ser humano ama tener razón, y ama que se la den. Los argumentos pueden o no ser de una absoluta grandeza o no, eso puede quedar al margen. Pero el ser humano no se contenta con lo que digan al respecto de su conflicto con cualquier otro ser humano. Para solucionarlo, el hombre creó la justicia. Gracias a la justicia, se podían arreglar situaciones límite, condiciones que, a menudo, llegaban a un escenario sin salida. Pero existe algo más poderoso que la justicia, el mismo poder. El hombre se dio cuenta de que si tenía más poder que el otro siempre vencería. Para ostentar ese poder se pueden usar diversas condiciones: sobre todo la económica, pero también la numerosa, la talentosa y las ayudas externas y apoyos ajenos que se puedan conseguir.

‘Todas las guerras son santas,
os desafío a que encontréis un beligerante
que no crea tener el cielo de su parte’
(Jean Anouilh)
***
El hombre ha sido agresivo desde que apareció en el Universo. Es un animal social que responde a las notas y al instinto de competición y a sus propias ansias de emoción y ambición. Una situación aparentemente sencilla y poco complicada puede convertirse en irrespirable. La convivencia social que ha existido en la raza humana ha propagado el sentimiento de imponerse por encima del resto. Ahí entraría también el carácter particular de cada individuo o masa social. Un conflicto individual puede convertirse en social y global. Los estudiosos del conflicto social siempre han abogado porque tanto los individuos como los grupos sociales buscan maximizar sus beneficios y sus calidades de vida. Lógicamente, esa forma de actuar genera conflicto con el resto. Y, finalmente, no es el objeto de interés en sí el causante de los conflictos, sino las situaciones o las maneras a través de las cuales se resuelve el conflicto. Para que alguien defienda una idea se debe acudir a la sociedad. Los grupos sociales y las acciones de esos individuos otorgarán la fuerza necesaria para poder conseguir el objetivo. Aquí llegaríamos a plantear como solución el consenso.

El consenso es el acuerdo. Puede ser entre dos o más personas. Pero la decisión que se tome por consenso no quiere decir que sea del agrado de una o ambas partes. Se acepta. Y, a veces, en la negociación, se pierde algo para poder ganar algo. Es la negociación. Unos individuos, unos grupos sociales o unas sociedades que actúan por consenso tienen mucho ganado. Son inteligentes, prácticos y ganan tiempo y energía. Puesto que es imposible poder imponer las propias ideas en todos los terrenos y circunstancias, aunque creamos tener razón. Cuando no hay consenso regresa el conflicto, esta vez acentuado. Y ante tal situación, las salidas ya son mínimas. O se impone una idea a la fuerza o por mayoría o la conclusión del conflicto será revolucionaria o violenta. Los elementos claves en este proceso son el grado de inteligencia entre las partes, así como su nivel de orgullo, ambos relacionados con las relaciones de los seres humanos.

¿Todas las sociedades son violentas? Todas, quizá no. Pero en alguna etapa de su historia sí lo fueron o lo han sido. Pues los conflictos se generan entre seres humanos, allá donde estén. Con el tiempo, muchas sociedades han aprendido cómo resolver los conflictos, mientras que otras siguen ancladas en las mismas soluciones violentas. Hay un gen de violencia en el ser humano, que se manifiesta tristemente muy a menudo, provocando daño o sometimiento a un individuo o a una masa o colectivo. Con la violencia se pierde el argumento, la razón. Pero si es fuerte, suficientemente fuerte, más fuerte que el otro que entra en conflicto con nosotros, saldremos como ganadores. Y el poder de la violencia nos garantizará sobrevenir la situación. Para muchos, las guerras traen aspectos positivos. Argumentan que potencian los desarrollos tecnológicos o que la muerte de muchas personas evita la sobrepoblación. Todos esos argumentos serían muy discutibles. Si en algo han servido las guerras en desarrollo tecnológico ha sido para mejorar las armas de combate. La evolución de las armas es un ejemplo claro de cómo el hombre no cesa en su empeño de mejorar su defensa y ataque en caso de conflicto.

Las causas de las guerras son múltiples, aunque siempre se generan por un deseo: ya sea de un terreno, de una disputa, de una ambición económica o por venganza u odio. Las ideologías han imperado en todas las sociedades, aunque es debatible que los millones y millones de hombres que integraron en alguna ocasión una guerra en cualquier parte del mundo supieran o estuvieran al tanto de esas ideologías en conflicto. La manipulación de varias personas hacia la masa ha sido y es una constante en el ser humano, puesto que, gracias a ello, se dispone de más número de efectivos en el terreno bélico. Las tácticas de manipulación de una sociedad también han evolucionado y mejorado con el paso de los siglos. Y ha sido el talento de los líderes políticos y militares los que han hecho posible esa realidad.

‘Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren’
(Jean Paul Sartre)
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Y pudiera parecer difícil y complicado que, con el paso del tiempo, algunas mentes sean capaces de manipular el cerebro de las personas para inducirlas e involucrarlas en un espacio bélico, pero sigue siendo así lamentablemente. El imperialismo de algunos hombres ha provocado millones de muertes. Cuando hablamos de imperialismo nos referimos a la actuación de una sociedad en sí, pero no nos damos cuenta de que los inventores de la idea y de la acción que conlleva han sido creadas por un determinado número de individuos y no por toda la sociedad. Millones de personas en todo el mundo y a través de la historia han sido obligadas a ir a una guerra, para defender principios e ideas por las que, en muchas ocasiones, no estaban de acuerdo. Para defender patrias, banderas y tierras que decían algunos que había que defender. Para ello se alzan palabras como la obligación o el honor, el orgullo y el deber. También muchos individuos aprovecharon su inclusión en un ejército ‘x’ para poder asesinar impunemente. Personas violentas por naturaleza, monstruos anónimos que, gracias al salvoconducto de una guerra, ha matado a diestro y siniestro, ya fueran ancianos, niños o mujeres.

Y para contrarrestar todo esta historia de guerras, el hombre creó también la idea de la paz. Una palabra llena de alegría y gozo que pocas veces llega a consolidarse. La paz es un estado idílico de sosiego, de buena convivencia entre individuos de una sociedad o sociedades. Una tranquilidad que debiera ser eterna. Todo lo opuesto a la guerra. Ejemplos de paz existen pocos, quizá son espacios o épocas determinados. La paz, como palabra, como acción, parece un tanto irreal. Y cuando existe parece circunstancial y efímera.

‘El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar’
(Sun Tzu)
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La guerra ha sido un instrumento político al servicio de un estado u organización con fines políticos. Es un elemento común en todos los países y culturas. Para muchos, es política pero por otros medios. Las formas de hacer guerra han variado. Para los romanos se trataba de expandir terreno e imperio, se trataba de conquistar dominios para incorporar pueblos al original. La evolución de las guerras ha sido constante. Hoy se establecen distinciones entre guerras y conflictos armados. Para que haya o exista una guerra debe ser ésta declarada por ambas partes. Para muchos es la defensa de unos intereses. Para otros la defensa de unos derechos. La guerra escapa a la razón. Todos los instintos más salvajes del ser humano relucen en un estado de guerra. Pero también los más tiernos. Los más cooperativos, los más empáticos. Se ayuda, se colabora, se piensa en los demás. Seguimos en guerra, aunque no sepamos ni en qué bando estamos…

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Las drogas y el ser humano

Publicado: 6 de junio de 2014 en Artículos
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‘En una cultura no orgiástica, el alcohol y las drogas son los medios a su disposición’

(Erich Fromm)

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La relación entre las drogas y el ser humano está perfectamente constatada. Ha sido una relación debida a diversas razones, pero siempre y, a través de la historia, ha permanecido unida con el paso de los siglos. La humanidad siempre ha hecho uso de las drogas, tanto a nivel social, medicinal, religioso y/o personal.  Negar esa realidad y esa evidencia no sirve para profundizar a la hora de pararse a pensar en el porqué su uso nunca mengua si no que, muy al contrario, sigue aumentando. Las antiguas civilizaciones utilizaron las drogas para provocar estados alucinógenos excepcionales. Lo que provocaban era adivinar el futuro. Drogas que salían de la tierra, como hierbas, que se fumaban o inhalaban, ejemplos claros de ello podrían ser el cannabis o el peyote. Según la sociedad o la cultura la droga variaba, pero existía de una forma u otra.

Se anhelaba conseguir el éxtasis, el sentimiento más efervescente, el más valiente, el que pudiera saciar el ansia, el que pudiera combatir el miedo, la incertidumbre. Se deseaba ser gigante a pesar de las limitaciones, y por momentos se conseguía. Se trataba de llegar a los dioses, de tocarlos, de acercarse lo máximo posible a sus terrenos para conseguir su gracia, su fuerza o su vitalidad. Se trataba de conocer el futuro, el tiempo que iba a llegar, el destino que iba a deparar. Era una búsqueda continua para encontrar respuestas, para encontrarse tanto a nivel individual como colectivo.

El ser humano ha intentado desde siempre alcanzar un estado de trance que le permitiera abarcar lo que en la realidad no podía. Idealizar, imaginar, soñar, pensar en el más allá, rozar el cielo, volar, bordear los límites, creerse superior, separar el alma del cuerpo, independizarse de uno mismo, viajar hasta el infinito, considerar el transcurso de la vida como un trámite, como un camino hacia la muerte, intercalando mitos, creencias e ideologías. Antiguamente, se apelaba a los sentidos más primitivos: el olfato y el gusto. Aspirando humos, ingiriendo hongos. Fumando se combinaba ambos. Se trataba de maximizar el sentido de la vista y del oído también. Las cosas podían parecer diferentes, sentirse diferentes, escucharse diferentes.

Con la evolución, el ser humano se da cuenta de que puede utilizar esos tratamientos a nivel medicinal. Y ahí se crea la industria especializada. Ya comenzó con los griegos y sus herbolarios. Aunque la droga favorita de los griegos de la época era el vino. El vino se convirtió en el protagonista de todas las fiestas, cuanto más se tomaba significaba que se disfrutaba más de la fiesta. Pero los remedios caseros se multiplicaban con las generaciones. El uso de las drogas ya se consideraba peligroso entonces, aunque nunca se dejaron de usar. El vino ayudaba a quebrantar el miedo reinante, daba ánimos, alegría y heroísmo. Donde se tomaba se formaban grupos dispuestos a celebrar, reuniones que se pusieron de moda y que se prolongaron a lo largo de los siglos hasta nuestros días.

El vino dio paso a la cerveza con la Edad Media, la cual se tomaba con mandrágora rayada en algunos lugares. Las hierbas se pusieron cada vez más de moda y los herbolarios ya eran habituales en todas las ciudades de Europa. En esa época destacó un hongo alucinógeno que provocaba fenómenos masivos: el cornezuelo de centeno. Con el paso de los siglos los nuevos usos y costumbres trajeron el consumo del café, pero también de la canela y del chocolate. Muchas drogas causaban la distorsión de las imágenes, así como alucinaciones. Y el consumo estaba relacionado con diversos estados emocionales. Se podía consumir por nostalgia, por tristeza, por depresión, pero también por alegría o por simple placer. La euforia estaba ahí, se podía conseguir fácilmente. Se estimulaba la mente, se atenuaba el cansancio, se agilizaba el pensamiento, se multiplicaba la fantasía.

Las drogas se fueron haciendo cada vez más populares. Cada consumidor buscaba algo distinto con ellas. Desde espacios sensoriales nuevos y nunca descubiertos, hasta momentos para resolver esos problemas imposibles. Esos estados especiales, nunca descubiertos, que de repente brillaban y se esparcían en la mente, espacios soñados, imaginados. Ahí aparece el éxtasis, la marihuana, la cocaína, las pastillas, los alucinógenos, el opio, el hachís, la heroína. Pero, curiosamente, algunas se convirtieron en legales y otras en ilegales. En la actualidad, se define a la droga como la sustancia que se usa sin fines terapéuticos, que alteran los aspectos afectivos cognitivos y conductales. Lo que se denomina sustancia psicoactiva.

Existe ahora una hipocresía acerca del consumo de drogas. Mientras algunas son legales y se administran en establecimientos creados para tal fin, y mientras la industria farmacéutica se enriquece año tras año gracias a la venta de medicamentos que provocan la dependencia de su consumo, surge una tendencia moralista que predica la prohibición de las drogas, cuando se sabe que el consumo seguirá existiendo, que el mercado negro seguirá enriqueciéndose a su vez, que la violencia que deambula alrededor de ese mercado negro no se detendrá, que la lucha contra ello ha sido y es inútil. Quizá lo que se alienta es que ese mercado negro continúe, puesto que el dinero generado irá a parar a muchas manos. El consumidor de drogas seguirá existiendo con el paso de los años, de las décadas y de los siglos, puesto que el consumo de drogas está relacionado íntimamente con la vida del ser humano. Eso no cambiará. Esa es la realidad. Tan sólo hay que entender que la búsqueda y el uso de las drogas es tan natural como el resto de las costumbres de la raza humana.

 

‘Hasta que tengamos un conocimiento más preciso de la electrónica del cerebro,

las drogas seguirán siendo una herramienta esencial

del interrogador en su ataque a la identidad del sujeto’

(William Burroughs)

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Lesbianismo… ¿La próxima revolución?

Publicado: 10 de mayo de 2014 en Artículos
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‘Disfrutemos de la lujuria,

el sexo y la pasión,

hagamos el amor cada día y jamás digamos que no’

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Lo más natural en el ser humano es el sexo. Pese a quien le pese. Ese proceso de combinación de dos cuerpos o más sea cual sea su sexo. El sexo es instintivo, es naturalidad en grado máximo, es la suma de muchas sensaciones. Es la espontaneidad mezclada con el deseo. Y, ¡qué lástima que sólo existan dos sexos! En la variedad está el gusto y en el sexo la limitación es obvia. Tan sólo hay dos. Algunos se decantan por el sexo contrario, otros por el mismo, algunos por los dos y los menos por ninguno (aunque no se lo crea nadie). Pero imaginarse entre una variedad de sexos y adivinar la cantidad de variantes posibles provoca una sonrisa cómplice.

La homosexualidad es tan antigua como la heterosexualidad. Pese a quien le pese. Ya en la Antigua Grecia era habitual. Y ya los poetas de la época daban por hecho que todos los hombres podían tener un deseo homosexual en algún momento de sus vidas. Curiosamente, incluso esa práctica homosexual de la época era machista, pues aunque estaba considerada normal, no lo era el lesbianismo, puesto que se entendía a la mujer como garante de vida humana y de reproducción; mientras que al hombre se le entendía su derecho al placer aunque fuera con otro hombre. En la Antigua Roma había diferentes opiniones al respecto de la homosexualidad, pero era frecuente que un hombre penetrara a un esclavo o a un joven, aunque si ocurría lo contrario era considerado como una desgracia. Durante la Edad Media, la iglesia católica se encargó de perseguir a los homosexuales, argumentando que la sodomía podía estar relacionada con la herejía. Y hasta el siglo XVIII era una práctica habitual quemar en la hoguera a los homosexuales. Y el paso del tiempo, la llegada del siglo XX no mejoró la situación. Famosa fue la persecución nazi contra la homosexualidad, argumentando que era un defecto genético. Una fase de la historia alemana totalmente distinta a la del siglo XIX donde Berlín fue uno de los centros con mayor movimiento homosexual en toda Europa. En la actualidad, se puede decir que todo depende de donde se viva. Todavía sigue habiendo persecución en muchos lugares del mundo, mientras que en otros ya están reconocidos los derechos a la persona a elegir sobre su orientación sexual y la unión civil es ya un hecho.

Un dato curioso ocurrió en mayo de 1990 cuando la OMS (Organización Mundial de la Salud) excluyó la homosexualidad de la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y otros Problemas de Salud. ¡En mayo de 1990! Lo cierto es que la lucha por el reconocimiento al derecho de una persona a elegir su sexualidad ha sido constante. Y en muchos países reconocer ser homosexual ya no provoca escándalos ni sorpresas, aunque en muchas de las ocasiones la sociedad lo apruebe por ser un pensamiento mayoritario. En muchas sociedades occidentales se defiende mayoritariamente la homosexualidad y sus derechos. Y el hombre homosexual ha ido ganando terreno en todas las esferas. En muchos momentos incluso se ha creado hasta una popularidad que parece excesiva, aunque es más debido a las modas que a otros conceptos.

‘El sexo forma parte de la naturaleza.
Y yo me llevo de maravilla con la naturaleza’
(Marilyn Monroe)
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Con el lesbianismo la historia se repite. Ha estado presente desde los tiempo más antiguos del ser humano. Parece que socialmente apareció mucho más tarde que su versión masculina, debido quizá a que el desarrollo del papel de la mujer en la sociedad fue mucho más lento provocado por  todas las barreras que tenían en su camino, ya fueran religiosas, familiares, morales o sociales. Considerada desde siempre como una minoría continúa siendo hoy para muchos un tema tabú y del que poco se habla. Lógicamente, el machismo generalizado ha dado mucha más importancia al hecho homosexual masculino que al femenino, creando una tela de opacidad a la hora de hablar del lesbianismo abiertamente como se ha hecho con la homosexualidad. En muchos casos, ha pasado inadvertida, desvalorizada o poco difundida. Y, por supuesto, nada aprobada y siempre criticada. Se dice que la relación íntima entre dos mujeres puede ser incluso muy fuerte habiendo o no relaciones sexuales de por medio. Pero eso se podría decir también de la relación entre dos hombres. 

Los primeros grupos feministas creados en EEUU consiguieron crear organizaciones de mujeres que defendían el derecho de las lesbianas. Y de ahí que para muchos hombres, el feminismo estuviera ligado al lesbianismo. Nada que ver por cierto. El feminismo tiene su argumento en la defensa de los derechos de las mujeres, sea cual sea su condición social, sexual o religiosa. Ese movimiento surgió en los años setenta, una época clave en el desencadenante de un nuevo movimiento social mundial dominado por el revolucionario ideario de los grupos hippies y de la contracultura. Fue un momento clave también para la liberación sexual de la mujer, y el lesbianismo no iba a quedarse atrás. Pero para muchas sociedades ancladas en el pasado y con un pensamiento profundamente machista, la idea y el concepto lésbico parecía incluso de otro planeta. Poca información, mucho secretismo, infinidad de tabúes, todo era un conjunto que hacía perder toda la transparencia y naturalidad al tema.

Pero a pesar del paso de las décadas parece que hay algo que bloquea esa apertura social con respecto al lesbianismo. Muchas mujeres no quieren salir del armario todavía, y es que las sociedades (muchas) parecen no estar preparadas para ese fenómeno, por otra parte tan normal y natural. Siguen siendo demasiado noticia esas celebridades que gota a gota van saliendo del armario y anunciando su lesbianismo, y cómo se puede demostrar, sin reacción alguna. Quizá alguna sorpresa, como ocurre cuando un hombre se declara gay, pero no por eso se forma un morbo adicional con respecto a su persona. Cuando se actúa de forma natural y directa es cuando menos sorpresa y reacción hay. En cambio, cuando se alimenta el rumor y la especulación es cuando más se habla y se divaga con respecto a todo.

La revolución de las lesbianas todavía no ha llegado. Al menos, a voces. Es una lucha subterránea, inteligente, taimada y silenciosa que sigue creciendo a pesar de los rencores de muchos. Es una lucha que debería ser pública y abierta, tal y como está siendo la de los gays, pero quizá la modernidad es algo que está por llegar aunque se hable tanto de ella. Quién sabe cuando se producirá un estallido social que haga aparecer de repente el verdadero número de lesbianas en el mundo, que lo puedan transmitir sin miedos, sin complejos. Que se hagan ver y sentir de forma natural y no tengan que guardar las apariencias. Quién sabe cuándo se producirá esa revolución pendiente en todo el mundo. Sería un buen ejemplo de que las sociedades en general avanzan y no se estancan, una evolución lógica y que sigue pendiente de no se sabe qué. A qué estamos esperando, nos podríamos preguntar. Seguiremos esperando algo que ya debería haber sido noticia hace muchas décadas.

 

‘Sexo: lo que sucede en diez minutos
es algo que excede a todo el vocabulario de Shakespeare’
(Robert L. Stevenson)
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La estabilidad que no tenemos

Publicado: 8 de mayo de 2014 en Artículos
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‘Cuando nada es seguro, todo es posible’

(Margaret Drabble)

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Según la ciencia psicológica, la estabilidad emocional es uno de los cinco grandes factores de la personalidad en el ser humano. Los otros factores son: la extroversión, la apertura, la responsabilidad y la amabilidad. Y dicen los expertos que hay que saber diferenciar entre el temperamento y la personalidad. El primero, es la parte heredada y biológica; la segunda, es el resultado de la interacción entre el temperamento y la influencia ambiental. Uno de los problemas más generales en la sociedad moderna en la actualidad es el de la estabilidad emocional. Muchas personas se ven de repente en un mar de dudas, en una inseguridad continua, generada por problemas, vicisitudes o circunstancias negativas acaecidas en su vida. De repente, la angustia y el estrés se convierten en los protagonistas de sus vidas, bloqueándolas y no dejándoles actuar ni manejar sus acciones como deberían.
Lógicamente, en una vida, tenemos muchas fases. Algunas son positivas, otras negativas. Quizá ahí radique el atractivo de la vida. Nunca sabemos lo que nos va a ocurrir ni cuándo, ni tampoco conocemos cómo vamos a reaccionar ante tales hechos. En muchas ocasiones, no estamos preparados para encarar ciertos problemas. Tampoco nadie nos ha enseñado. Vamos viviendo y descubriendo. Y sobre la marcha reaccionamos. Hay personas que tienen una alta estabilidad emocional y solventan los problemas que van apareciendo. Otras, en cambio, no toleran tan fácilmente cualquier revés, cualquier situación de estrés o incomodidad. La vida nos va ofreciendo un sinfín de variedades, tanto de circunstancias como de emociones. Nosotros vamos respondiendo a esas vicisitudes según el momento, según nuestro carácter y nuestra experiencia.
Lo ideal es llegar a alcanzar una vida donde los imprevistos y los problemas se afronten de la manera más positiva, que maduremos ante emociones negativas o adversas, que sepamos lidiar con la nostalgia, la tristeza y la ansiedad. La confianza en nosotros mismos debemos ir ganándola poco a poco, es una batalla diaria en donde a veces salimos vencedores, y otras perdedores. Pero todo eso es muy fácil de decir y a la hora de ejecutarlo comienza el problema. Para muchos, la estabilidad es engañosa, rara vez aparece, ya sean motivos económicos, sociales, familiares, amorosos, las situaciones de inseguridad, de incomodo, de absoluta falta de ejes donde establecerse, lo cierto es que nos vemos a menudo engullidos por escenas que nos convierten en seres un tanto inseguros, no tanto por nuestro carácter sino por la falta de seguridades que se presentan a nuestro alrededor.
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Si para muchas personas ya es un hecho y una realidad ser inseguros e inestables emocionalmente, nos podemos imaginar cómo debe agudizarse esa sensación con los vaivenes que observamos en la sociedad de nuestros días. Hoy es difícil asegurarse algo. Ya sea un trabajo, una vivienda, una relación, una amistad. Vivimos tiempos de inestabilidad total. Parece como si hubieses sido programada la situación actual por parte de los organismos que gobiernan el mundo. La gente suele acomodarse, suele acostumbrarse a situaciones de rutina; de hecho, se critica el hecho de que la mayoría nos ponemos cómodos en lo que los psicólogos denominan ‘la zona de confort’. Ese conjunto de límites personales e íntimos donde muchas personas se acomodan y renuncian a tomar nuevas iniciativas de cambio.
Cierto es que, a menudo, nos vemos a menudo atraídos por situaciones conocidas y familiares. Lo cercano y lo ya habitual suele ser más fácil de manejar. Frases tan trilladas como ‘más vale malo conocido que bueno por conocer’ indican a las claras que el mismo hecho de buscar algo nuevo oprime, causa inseguridad y miedo. Nos gusta tener todo controlado, o creer que lo tenemos todo controlado. Algunos, sin embargo, se lanzan a descubrir cosas nuevas todo el tiempo, con el ánimo de aventurarse en una búsqueda que les da vigor, ánimo, carácter y satisfacción. Otros carecen de ese ímpetu, acostumbran a quedarse paralizados, bloqueados y casi sin ninguna capacidad de poder cambiar o revertir una situación. Lógicamente, los que acostumbran a los cambios no les crea un desconcierto la falta de estabilidad social en todos sus ámbitos. Naturalmente, sería mucho mejor tener opciones bastante consolidadas, pero si, por circunstancias, la cosa se tuerce no supone un esfuerzo adaptarse a los nuevos retos. Cosa extremadamente complicada para el otro grupo de personas, donde cualquier varapalo, circunstancia adversa, revés o situación complicada supone una losa más a sumar a todas las que van transportando en su espalda.
Nadie está exento de vivir escenas estresantes, esas situaciones límite que nos ponen en momentos difíciles, donde las decisiones son importantes, donde a veces no podemos maniobrar debido a que no manejamos la situación concreta. Poseer una estabilidad a todos los niveles refuerza nuestra confianza y nuestra felicidad. Nos sentimos mucho mejor. Aunque quizá lo que más nos cuesta es valorar lo que tenemos. Con la inestabilidad reinante se acentúan los problemas cotidianos, ya sea en el mundo personal, laboral, familiar y amoroso. Lo podemos observar a nuestro alrededor. Las situaciones habituales que se viven en la actualidad provocan malas caras, malos comportamientos, mala educación. Las formas de tratarse los unos a los otros se van perdiendo. La rigidez, la tirantez y la crispación son habituales. Parecen gobernar el comportamiento humano social. Los insultos, las malas caras, la falta constante de sonrisas y de muestras amables ya forman parte de nuestra rutina. Cuando alguien se comporta de forma educada con nosotros nos llama la atención, cuando debería ser al contrario. La empatía se ha evaporado y se ha transformado en un ‘sálvese quien pueda’ bestial y mayoritario.
Nos vemos abocados a vivir escenas de inestabilidad diariamente. Una ruptura sentimental, un fracaso laboral, una idea o proyecto frustrados, un despido inoportuno, una decepción de alguien especial. Y ante tales escenas muchos no saben cómo reaccionar. La baja autoestima provoca crisis de identidad. Circunstancias ajenas y negativas van minando el camino, no deja ver el horizonte y los problemas parecen enormes. Un simple cambio de perspectiva haría que lo que se encuentran fuera más relativo, pues ahí radica la clave del asunto, en la relativización de la situación. Pero también el mismo hecho de confiar más en uno mismo, de tener más confianza en lo que hacemos y porqué lo hacemos. Ante situaciones contrarias debemos saber valorar nuestro talento nuestra capacidad para no dejarnos vencer por la realidad. Todo es más simple de lo que parece. Nada es tan complicado y siempre hay una salida. La estabilidad no debe ser un objetivo de vida, será tal vez, un escenario temporal en momentos de nuestra vida, pero la inestabilidad siempre anidará junto a nosotros, hasta que la veamos como algo natural y nada desconcertante. Será entonces cuando la miremos de tú a tú y sin darle demasiada importancia.
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“Durante siglos, la ciencia y los llamados conocimientos de la vida práctica le han dicho al hombre: ‘Conviene que seas rico para poder satisfacer tus necesidades materiales; pero el único medio de alcanzarlo es el de educar de tal modo tu inteligencia y tus aptitudes, que permitan obligarlo a otros hombres esclavos, siervos o asalariados, a producir riqueza para ti'”.

(Piotr Kropotkin)

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La palabra anarquía es de origen griego y está compuesta de dos términos: sin y poder o mandato. Vendría a denotar algo que está desprovisto de director y de origen. Una ausencia de apriorismo, de normas, de jerarquías y de autoridades. Desde su nacimiento, al término se le utilizó de forma negativa. Fue durante la Revolución Francesa cuando se empezó a tachar a ciertos individuos con el término ‘anarquista’ de forma peyorativa. Individuos que podían criticar el poder excesivo o que ciertas propiedades eran un robo. Para muchos anarquistas, el anarquismo representaba una forma de gobierno sin amo ni soberano, o al menos, sin la necesidad de esa figura. De hecho, el anarquismo está considerado como una teoría política, una filosofía política y social, que pretende la oposición y abolición del Estado y del gobierno, y de toda autoridad, jerarquía o control social que pueda imponerse a la voluntad del individuo, ya que se consideran nocivas para el desarrollo mismo de éste. Lo cierto es que el concepto y la teoría nunca llegó a entenderse en la sociedad misma. Se centraba en el individuo y en la crítica de su relación con la sociedad. Era necesario un cambio social hacia una futura sociedad. Y hay que enclavar la teoría en su tiempo, cuando se ideó y se originó, debido a ciertas circunstancias que se manejaban en las sociedades de la época.

Bakunin

Se distinguieron dos líneas básicas de pensamiento: por un lado, los individualistas; y por otro, los socialistas. Lo que desembocó en cuatro corrientes de pensamientos anarquista: el individualista, el mutualismo, el anarquismo comunista y el anarcosindicalismo. Muchos añadieron después el colectivismo. Y la fecha del comienzo del pensamiento filosófico data del siglo XIX, aunque se tiene constancia que las primeras reflexiones al respecto datan de muy atrás, desde Lao Tsé en China, Zenón en Grecia, Tomás Moro o Rabelais en el siglo XVI. Y quizá las bases del anarquismo se crearon en el siglo XVIII con la Ilustración. Había una creencia en el individuo más allá de entorno y de su sociedad. Uno de los autores más influyentes fue sin duda Jean-Jacques Rousseau. Se dice que fue William Godwin quien escribió el primer tratado anarquista en 1793, ‘Una investigación acerca de la justicia política’. Su idea era presentar una sociedad libre de gobierno, aunque no utilizó el término anarquía para referirse a ello, aunque sirvió como base para los siguientes autores. Durante la Revolución Francesa, Maréchal escribió el ‘Manifiesto de los iguales’ en 1796, donde reivindicaba el disfrute por parte de la comunidad de los frutos mismos de la tierra, deseando la desaparición de los ricos y los pobres, de los grandes y de los pequeños, de los amos y los siervos. Gracias al escenario que provocó la Revolución Francesa el anarquismo pudo tener un proceso rápido y efectivo para llegar a oídos de los ciudadanos. Pero ocurrió que se vinculó la teoría a los hechos violentos, dado que en la misma revolución que se vivía la violencia estaba implícita, por parte de los que se rebelaban.

Destacó Charles Fourier, quien propuso una organización política basada en comunidades llamadas falansterios, enlazadas entre sí de forma descentralizada. Otro fue Proudhon, quien denunciaba en su obra que la propiedad es un robo en sí misma. A principios del XIX fueron los pensadores alemanes quienes influyeron en el desarrollo del anarquismo. Con base en Hegel, muchos filósofos defendieron la idea de una sociedad ideal basada en los principios morales, conocida como sociedad perfecta, carente de leyes, donde sólo existieran obligaciones, donde no hubiera sanciones sino medios de corrección. Max Stirner en ‘El único y su propiedad’ (1844), negaba la existencia de absolutos e instituciones, abogando por un individualismo extremo llamado ‘egoísmo’. El primero en autodefinirse anarquista fue Proudhon, de ahí que para muchos fuera el fundador de las tesis anarquistas. Su pensamiento cuajó sobre todo entre socialistas de Bélgica y Francia. Tras la Revolución Francesa intentó crear el Banco del Pueblo en 1849, conocido hoy como banco mutualista, que fracasó antes de comenzar sus funciones. Pero su impactó llegó a Marx en Alemania y a Bakunin en Rusia.

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Bakunin fundó en 1868 la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, donde se defendía la supresión de los Estados nacionales, la abolición de las clases sociales y de la herencia, la igualdad de sexos y la organización de los obreros al margen de los partidos políticos. Y sobre 1880, había tres concepciones anarquistas vigentes; el colectivismo en España; la individualista-mutualista en EEUU y el anarcocomunismo en el resto de Europa. Los anarcocomunistas criticaban el papel de los sindicatos, por entender que estaban acomodados al sistema capitalista. Pero ese movimiento fue poco a poco siendo aceptado por el anarquismo colectivista. Kropotkin afirmó que la revolución debía basarse en las federaciones de comunas locales y los grupos independientes, evolucionando después hacia una etapa colectivista de apropiación de los medios de producción por las mismas comunas, con vistas hacia el comunismo. Los anarquistas de la Francia de 1880 eran socialistas de procedencia, pero alejados del pueblo que deseaba más un socialismo autoritario. En Rusia, el anarquismo revolucionario se concentró en un terrorismo dispuesto a acabar con el poder del zar Alejandro II. Pero Rusia fue el país que más contribuyó a que la teoría de Bakunin, Kropotkin y Tolstoi se convirtiera en un movimiento internacional.

Pero para conocer más sobre el anarquismo debemos analizar las ideas de sus autores. Por ejemplo, Proudhon sobre el gobierno expresó que “ser gobernado significa ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, regulado, adoctrinado, sermoneado, controlado, medido, sopesado, censurado e instruido por hombres que no tienen el derecho, los conocimientos ni la virtud necesarios para ello. Esto es el gobierno, ésta es la justicia, ésta es la moralidad”. Bakunin, sobre el Estado que “es autoridad, es el despliegue ostentoso y engreído del poder. No busca congraciarse, convencer ni consentir. Cada vez que interviene, lo hace de modo singularmente desafortunado. Porque por su naturaleza misma no puede persuadir y ha de imponer o ejercer la fuerza. La libertad, la moralidad y la dignidad del hombre consisten precisamente en no hacer el bien porque se le ordene, sino porque lo concibe, lo desea y lo ama. El Estado, cualquier Estado –aunque esté vestido del modo más liberal y democrático– se basa sobre la dominación y la violencia, es decir sobre un despotismo que no por ser oculto resulta menos peligroso”. Godwin sobre la influencia negativa del poder sostuvo que “los gobernantes tienden, inevitablemente, a abusar del poder para su beneficio egoísta. Esto acaba por determinar la formación de grupos y clases que, al amparo del gobierno, y por medio de él, explotan a los demás, creando un completo sistema de privilegios excluyentes. Los gobernados, por su parte, se ven obligados a defenderse. Por consiguiente, es preciso eliminar la fuente de estos males reemplazando al Estado, cuya expresión autoritaria es el gobierno, por pequeñas comunidades en las que quede suprimida toda fuerza de coacción y los intereses colectivos sean resueltos por acuerdo voluntario”.

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Sionismo. Algo más que un dogma.

Publicado: 22 de diciembre de 2013 en Artículos
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“Es bien sabido que la ciencia y el nacionalismo son cosas que se contradicen,

aunque los monederos falsos de la política nieguen ocasionalmente ese saber:

pero también llegará ¡por fin!

El día en que se comprenderá que sólo para su daño

puede ahora toda cultura superior

seguir cercada por vallas nacionales”

(Friedrich Nietzsche)

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Antes que nada habría que indagar acerca de lo que es realmente el sionismo. Se conoce con ese término al movimiento internacional que propugnó el restablecimiento de una patria propia para el pueblo de Israel. Lo que se conocía como la Tierra de Israel. Fue el origen de lo que luego sería el Estado de Israel. El origen del movimiento es muy antiguo pero se estableció como movimiento político a finales del siglo XIX. El objetivo era claro: fomentar la migración judía mundial hacia la denominada Tierra Prometida y la creación de un Estado de Israel. El sionismo no era sino un tipo de nacionalismo al uso. Amparado por el despliegue y emigración de judíos por todo el mundo debido a su persecución fue proclamado como el movimiento de liberación nacional del pueblo judío. El término en sí proviene de la palabra hebrea Sion, que se refiere al Monte del mismo nombre, situado cerca de la ciudad de Jerusalén y a la fortaleza homónima. Durante el reinado del Rey David, con ese término ya se refería a toda la ciudad de Jerusalén y a la Tierra de Israel. Y fue el editor austríaco Nathan Birnbaum quien en 1890 utilizó la palabra por primera vez en su diario.  Pero no hay que olvidar que el nacimiento del movimiento sionista se encontraba en el mismo período en el cual hubo un gran avance de los nacionalismos europeos, alineados todos bajo un mismo lema: un pueblo, un Estado. No dejaba de ser una idea que representaba la creación de un Estado-nación. 

La tesis del sionismo abogaba porque los judíos representaban un grupo nacional y no un grupo religioso propiamente dicho. Como tales tenían derecho a crear su propio Estado dentro de su territorio histórico. La inmigración judía hacia Israel comenzó en 1882. Los primeros inmigrantes estaban dentro de lo que se conoció como Primera Aliyá y procedían principalmente de Rusia debido al antisemitismo que se respiraba en ese territorio. La segunda ya se produjo en los primeros años del siglo XX. En el período de entreguerras se aprovechó la situación para crear nuevas oleadas de inmigrantes. Casi todos los recién llegados fundaron asentamientos agrícolas subvencionados por judíos adinerados de la Europa occidental. La Declaración Balfour de 1917 apoyó la creación de una Patria Judía en el Mandato Británico de Palestina. Y a lo largo de todo el siglo XX el sionismo fue ganando adeptos poco a poco. Tras el Holocausto ganó enteros la idea de crear el Estado de Israel en Palestina. Pero el sionismo se componía de dos elementos: por un lado conseguir la independencia; y, por otro lado, la soberanía del pueblo judío. Israel sería el centro de la identidad judía en todo el mundo. Se pretendía la unión de todo el pueblo judío, con un vínculo histórico que era la patria y un estado central con Jerusalén como capital. Pero como en todas las ideologías y pensamientos, el sionismo también recogía diferencias y se desarrollaron varias escuelas de pensamientos sionista, como por ejemplo: el socialista , el revisionista, el general o el religioso. Pero también se desarrollaron pensamientos contrarios a la idea. La oposición a las ideas sionistas se conoció con el nombre de integracionismo o asimilacionismo, que afirmaba que el sionismo era análogo al antisemitismo, dado que ambos niegan la condición de nacionales de un determinado país a los judíos. Lógicamente, la población árabe, eterna enemiga de los judíos, se opuso a la idea de la creación del  Estado Judío que finalmente se consiguió en mayo de 1948. Y curiosamente, los británicos, que habían firmado la Declaración Balfour, dificultaron después la inmigración judía a Palestina.

Pero en 1975, en plena etapa de la Guerra Fría, la Asamblea General de la ONU adoptó la famosa Resolución 3379, gracias al impulso de los países árabes y del apoyo del bloque soviético, que no era vinculante pero que asociaba el sionismo con el racismo. Lo que está claro es que cada uno es y debe ser libre a la hora de decidir si defiende la idea sionista o no, se puede estar de acuerdo o no. Pero desde su establecimiento y desarrollo, el sionismo mismo ha utilizado el concepto para atacar a todos aquellos que critican a Israel, al Estado de Israel o a la política del Estado de Israel. Porque también se puede estar de acuerdo o no con la política de un gobierno de un país ‘x’, se le puede criticar, se le puede denunciar si consideramos que comete alguna injusticia, pero no por eso se le puede tachar a quien lo hace de enemigo del sionismo. Basar todo un argumento de defensa de un pensamiento, una idea o una ideología en considerar contrario y enemigo de ello a todo aquel que lo critica es aparte de mediocre, miserable y débil, en una estrategia que ya resulta bastante habitual. Sin ir más lejos, muchos periodistas de investigación norteamericanos han denunciado todas las trabas y la mala reputación que desde diferentes ámbitos se les ha realizado por escribir en contra de las políticas exteriores del gobierno de Israel. Campañas de desprestigio que inciden en la mente de una masa acostumbrada a ser manipulada, aunque a veces no se dé cuenta. Lo cierto es que desde el momento en que osas penetrar esa línea de crítica y de búsqueda de la verdad, o simplemente cuando te atreves a opinar personalmente sobre alguna de las acciones del Estado de Israel, quedas estigmatizado para siempre sin que tengas derecho a réplica. Es lo mismo que ocurre en muchas ocasiones cuando a alguien se le ocurre criticar a un gobierno o a las políticas de éste, siendo automáticamente tratado como antidemócrata, radical o antisistema. Etiquetas que no dejan la verdad y que intentan ocultar la verdadera realidad. Y, como siempre ocurre, nada tiene que ver el concepto o la idea original con lo que el mismo hombre desarrolla con el tiempo.

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Los nuevos nómadas del mundo

Publicado: 19 de diciembre de 2013 en Artículos
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“Todos los cambios, aún los más ansiados,
llevan consigo cierta melancolía”
(Anatole France)
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El hombre es amo de sus costumbres. Y aunque las cambie o adopte las sigue acumulando durante toda su vida. Los hábitos, las tendencias se van adquiriendo. Algunas de forma cultural y otras de manera natural. Vamos mudando de costumbres casi sin darnos cuenta. Lo que hoy era habitual mañana deja de serlo. Nos hemos convertido en efímeros pasajeros de todo lo que acontece a nuestro alrededor. Y casi de forma instintiva y sin tiempo para reflexionar. No da tiempo ni siquiera a mentalizarse, ni a planear lo siguiente, lo asimilamos con una naturalidad pasmosa, nos dejamos invadir de nuevos retos, costumbres y rutinas sin que eso conlleve ningún esfuerzo o trastorno más o menos incontrolado.

Nuestros comportamientos están cada vez más influenciados por las circunstancias del entorno, y éste va cambiando a una velocidad de vértigo que casi no da tiempo ni a explicar debidamente. Todavía no nos acostumbramos a un escenario cuando ya aparece el siguiente. Sin casi saborearlo ni disfrutarlo. Lo que hoy lleva fortuna luego es mala suerte. Lo que hoy sale bien luego se vuelve en contra. Lo que parecía ir bien cambia de repente para pasar a ser algo casi innecesario. Lo que hoy amamos mañana cae en el olvido. Nos hemos acostumbrado a ser seres superficiales, sin profundidad, debido a las necesidades, cada vez más numerosas. No hay estabilidad. De ningún tipo. Ni familiar, ni social, ni de amistad, ni de relaciones, ni laboral, ni de lugar, ni económica, ni de futuro. Vivimos el hoy, y mañana ya veremos qué es lo que pasa. Lo que hoy ha salido bien mañana saldrá mal seguramente. Trazamos planes a diario para volverlos a retocar, para cambiarlos, para eliminarlos. Y lo que hoy es un desastre se convierte de repente en algo maravilloso. Lo bueno dura poco y lo malo también. No hay tiempo que perder. Todo avanza. Toda cambia. Mucho más rápido de lo que nuestra mente es capaz de asimilar.

El viaje es lo que se conoce como el cambio de la ubicación de las personas a través de cualquier medio de transporte o a pie. Hay viajes de todo tipo. Por motivos de trabajo, por obligación, por compromiso, por afición, por dedicación, por invitación, por celebración, por trabajo o por necesidad, entre otros ejemplos. En el viaje aparecen estímulos que no aparecen normalmente en nuestro habitual recorrido de vida. Aplicamos otra serie de conductas y de métodos de actuación. Abrimos más la mente y ejercitamos la capacidad de análisis y de observación por encima de lo que lo solemos hacer.

El ser humano acostumbra o acostumbraba a residir en un lugar determinado. Antiguamente, los pueblos sólo viajaban y levantaban su campamento debido a circunstancias obligadas, ya fueran por guerras, hambre, clima o necesidades varias. Los pueblos, en caso de no necesitarlo, continuaban desarrollando su vida y su entorno a lo largo de un espacio de tierra, generalmente cercano a un lugar provisto de agua y de alimentos. Aquellos que viajaban continuamente lo hacían por mera necesidad o como forma de vida. Los nómadas eran comunidades o pueblos que se trasladaban continuamente de un lugar a otro y no se establecían de forma permanente en ninguno de ellos. Incluso en la actualidad se calcula que hay más de 40 millones de personas en todo el mundo considerados nómadas. Aparte de todos aquellos que se ven forzosamente movidos de su lugar de origen por diferentes causas, casi todas ellas debido a la necesidad.

Hay culturas que han sido siempre nómadas, aunque son formas que están prácticamente en desuso, sobre todo en países del primer mundo. Se habla más de pueblos migratorios que de nomadismo. El concepto nómada se basaba en ocupar un centro temporalmente, donde hubiera disponibilidad de un buen suministro de alimentos y/o poder explotarlos. Muchas sociedades calificaron a esos pueblos de forma despectiva, dado que comparaban su espíritu y realidad nómadas con lo primitivo y lo marginal, sin considerar su identidad cultural. Porque esos pueblos nómadas tenían una base cultural, con valores, con arte, con tradiciones, valores y una gran preocupación por la protección del medio ambiente. Debido a que siempre se encontraban ambientes hostiles para vivir, desarrollaron un instinto natural para cuidar de la naturaleza, sabedores de sus posibles necesidades futuras. La naturaleza siempre ha estado amenazada por sociedades sedentarias.

Para un nómada, viajar es un estilo de vida, una forma de subsistencia. Va más allá del simple objetivo de subsistir. Tener alma de nómada no es tan extraño. Muchos ciudadanos del mundo estarían encantados de llevar esa vida, aunque parezca un tanto soñadora a primera vista. Ir de un lado a otro, no tener que asentarse en un lugar por mucho tiempo, seguir conociendo nuevos lugares, nuevos pueblos, nuevas costumbres, nuevos olores, nuevos colores, nuevos paisajes. Celebrar fiestas distintas en lugares distintos. Respirar aromas nunca descubiertos. Los nuevos rumbos que han modificado los hábitos de los ciudadanos de la mayoría del mundo obligan a cambios constantes, y entre esos cambios también entran los de lugar de residencia. Estar en un lugar, echar raíces ahí y permanecer media vida ya no es lo habitual. Ahora se debe abrir la mente de otra manera, ya no esperando, pero anticipando lo que puede pasar. No sabemos lo que va a venir mañana. Necesitamos estar despiertos y abiertos a todas las opciones. Hoy estamos aquí y mañana quién sabe. Nos hemos convertido sin querer en nómadas de nuestros destinos. Cambiar de residencia ya es como cambiar de bar. De repente nos encontramos en otro lugar, ausentes de todo carácter familiar, de nada conocido, parece como si tuviéramos que comenzar de cero, partiendo desde el punto de salida, como si todo lo que hubiéramos hecho hasta entonces no sirviera absolutamente para nada. Debemos reciclarnos. Resetear nuestro disco duro. Y desde el cero volver a empezar. Sensaciones extrañas, cuando has creado partes de tu mundo y ya no existen, han desaparecido. Restos de lo que una vez tuviste y disfrutaste convertidos en paisajes desconocidos con rutinas distintas.

Antes viajábamos con la mente. Soñábamos con viajar. No había medios, y la capacidad económica de la mayoría de la gente no ayudaba a descubrir nuevos mundos. Hoy, el continuo vaivén de gente de aquí para allá es constante. Por cualquier país se mezclan personas de toda raza, país, cultura, continente, educación, condición y capacidad. El concepto del viaje también ha cambiado. Se viaja más, gracias al mercado de precios y a la capacidad económica de muchos, pero se viaja muchas veces sin poder advertir todo lo que eso conlleva. No se aprecia el viaje, se consume. Se añade a la larga lista de tareas y parece ya casi como una obligación tener que visitar algún lugar. Se ha perdido la magia en muchas acciones que antes poseían un enigma y un misterio. Ahora casi nada nos hace excitarnos. Se toma, se usa y se tira. Así de simple.

Vivimos tiempos efímeros. La duda es la constante. Y lo peor es eso: la duda. Sin respuestas vamos deambulando como borrachos, acechando a los que transitan con nosotros, intentando descifrar los mensajes que el camino nos va dejando. Todo pasa, nada queda. Cambios drásticos que cuestan de analizar y de entender. El sol sale cada mañana, sí, pero para cada uno de forma diferente. Vagamos por el camino de la inestabilidad, como nómadas. Pero somos nómadas modernos, de otra generación, apoyados en amigos virtuales que siempre están lejos, en charlas sin voz, en escritos sin gestos, en amores sin fondo, en lágrimas sin rostros, en risas sin bocas, en tristeza acumulada, melancolía de lo que podría ser y no es, soledad que se amontona en un cajón de nuestra mente, hasta rebosar. Soledad del nómada, del que no tiene lugar, del que no tiene raíz. Nómadas de otros lugares ajenos, distintos e inseguros. Somos vagabundos de ideas, de pensamientos y de emociones, intentando encontrar almas gemelas para poder compartir todo lo que nos pueda consolar, todo lo que necesitamos expresar. Nos faltan muchas cosas, pero lo saciamos consumiendo de todo, aunque no lo necesitemos, quizá como los animales que beben porque desconocen cuando volverán a poder beber. Nos faltan sueños, o quizá tenemos demasiados. Imaginación elevado al infinito, donde las ilusiones corretean alegres entre medio de nuestras realidades. Despertamos del letargo. Seguimos caminando. Seguimos anclados en el laberinto de las dudas y de la inestabilidad.

“En un mundo superior puede ser de otra manera,
pero aquí abajo,
vivir es cambiar
y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”
(John Newman)
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“Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”

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Cuando están a punto de celebrarse los funerales por Nelson Mandela (Madiba) se vuelve a hablar de la lucha de este símbolo contra la injusticia y en favor de la libertad. Una vida dedicada a conseguir la ansiada libertad para su pueblo y para eliminar la injusticia que se mantuvo durante tantos años sobre él. Verdaderos líderes de un pueblo o de la misma humanidad han existido pocos, si utilizamos la palabra líder cómo se debe, y la colocamos en su lugar idóneo, justo en lo más alto del escalafón social. Ser líder no es fácil. De hecho, es algo innato y al alcance de unos pocos elegidos. La fuerza de un líder se puede palpar y percibir en cada uno de sus gestos, en cada una de sus palabras. El liderazgo es ese concepto que considera al conjunto de habilidades que una persona puede poseer para dirigir o influir de forma definitiva sobre un grupo de personas determinado. Se trata de reunirlas en la lucha del mismo objetivo, hacerlas partícipes de ese esfuerzo, de esa lucha y de ese éxito. Se necesitan metas,  objetivos, pero ante todo tiene que saber motivar a su gente o pueblo. Un líder tiene que saber tomar la iniciativa, motivar a sus seguidores, dar ejemplo, evaluar las ventajas o inconvenientes de según qué acciones, gestionar sus cartas, convocar a cuanta más gente mejor, conseguir objetivos. Pero también se necesita de equidad, justicia, equilibrio, buen uso del poder y flexibilidad. La empatía forma parte también de un buen carácter de liderazgo. Los líderes deben tener un carisma especial que atraiga a sus seguidores. Son los guías para la consecución del destino. Debe ser responsable, con un carácter ganador y de talante totalmente tolerante.

Mandela fue precisamente eso: un líder. Y se podría añadir que con letras mayúsculas. De esos pocos que han existido y que siempre se recuerdan aunque pasen décadas desde su pérdida. Porque un líder de esta magnitud nunca se llega a perder del todo. De hecho, sus enseñanzas y sus ejemplos sirven para el presente y para el futuro. Todo lo que hemos aprendido de él nos debe servir. Porque son muchas lecciones las que nos ha ofrecido. Y sólo por eso ya deberíamos ser felices. Y una vida como la suya puede y debe servir a millones de personas de distintas generaciones. Ejemplos como el de Mandela ha habido pocos y, además, están en desuso. Muchos confunden el liderazgo con la clase política, aunque nada tengan que ver. La mayoría de los políticos del mundo en la actualidad carecen de liderazgo. No desprenden carisma ni ofrecen caminos para llegar a destinos soñados. Los políticos son simples ocupantes de puestos que no merecen, marionetas de organismos y multinacionales muchos más poderosos que les indican por dónde deben seguir. Los mal llamados líderes de hoy son pocos y nos hacen falta. Muchos. Y esa carencia determina nuestro presente. No hay ideas, no hay soluciones. Son líderes con pies de barro, amantes del prestigio y la notoriedad, deslumbrados fácilmente por los focos de los medios, creyéndose famosos e importantes aunque sean fugaces personajes y bastante necios. Y sorprende y hace gracia también como todos los que se creen líderes del momento hablan acerca de líderes reales como Mandela sin darse cuenta de que están a años luz de algo parecido a esos tipos de figuras inolvidables. Da la sensación que son ellos los que menos han aprendido de las lecciones que nos dejó el símbolo sudafricano. Y si lo han hecho lo saben disimular a la perfección, porque no ofrecen ejemplos claros de haber entendido algo de todo ello.

Las injusticias son cada vez más numerosas en el mundo. Cada vez hay más conciencia de ello, más gente luchando contra ellas,  más medios para combatirlas. Pero parece que no nos demos cuenta de que el ser humano quizá es contrario a la justicia como concepto. Es decir, si creemos que la inmensa mayoría está a favor de la justicia y dispuesta a defenderla a toda costa, deducimos lógicamente que sólo existe una cierta cantidad de personas carentes de esa conciencia y sensibilidad, con lo cual se supone que sería fácil entonces combatirlas, puesto que son una minoría. Pero las injusticias se suelen cometer cuando uno ostenta más poder que otro y lo utiliza en su beneficio. Y cuando los poderosos cometen esas injusticias se ayudan mutuamente para que nadie pueda eliminarlos. El corporativismo entre los que realizan injusticias está muy consolidado y no tiene resquicios. Muchos dicen que no hay más que antes, que simplemente ocurre que ahora se conocen y se descubren, cuando antes estaban totalmente cubiertas y escondidas. Sea como sea, el asunto no se arregla ni tiene pinta de que se vaya a arreglar pronto.

Algo parecido ocurre con la eterna lucha por la libertad. Nunca termina. Parece no tener descanso. Esa capacidad del ser humano para hacer lo que su propia voluntad desee parece que para algunos sigue estando confusa, a tenor por el comportamiento de muchos gobiernos, estados y organismos. Parece que muchas personas creen ser jueces de la libertad de pueblos e individuos como algo natural, simplemente por tener el uso del poder. Un poder que, desde los tiempos antiguos a hoy, ha estado y sigue estando corrompido. El mal uso del poder ya es algo habitual. Pero los que pasan por su territorio parecen no darse cuenta de que éste pasa a su vez de mano en mano y que nunca es eterno. La eternidad es un concepto fantasioso que no está al alcance ni siquiera de esos verdaderos líderes. Una solución sería no dar cuota de poder, sobre todo a ignorantes y descerebrados, pero la gran masa no entiende de elecciones de líderes, puesto que la manipulación está integrada en nuestras vidas y además nos califican la situación mayoritaria como de democracia. Millones de personas en el mundo sufren la esclavitud en pleno siglo XXI. Y las mafias al respecto siguen aumentando, al amparo de gobiernos y estados. Sólo hay una religión válida para toda la humanidad: el dinero. Las otras religiones tan sólo sirven para consumo privado.

Y mientras por todos los rincones del planeta se siguen oyendo palabras bonitas en homenaje a Mandela nos seguimos preguntando si algo va a cambiar. Si alguien va a entender cómo se deben hacer las cosas de una vez. Porque como siempre se repite: todo es más sencillo de lo que parece. Lo que ocurre es que si nos empeñamos en atender nuestras propias necesidades, alimentar nuestro ego y nuestra avaricia, consumir para sentirnos felices aunque sea por un segundo, girar la vista ante lo que nos da pavor, cerrar los ojos a la realidad, silenciar las injusticias, no luchar por lo que verdaderamente creemos justo, difícilmente conseguiremos cambiar algo. El cambio se produce en los pequeños detalles, desde nuestro micro cosmos, desde esa capa de vida que tenemos a nuestro alrededor y que parece insignificante. Desde ahí podemos comenzar a abrir puertas, sobre todo a decir las cosas por su nombre y denunciar todo aquello y a todos aquellos que siguen provocando que nada cambie y que la libertad sea un lujo y la injusticia una rutina.

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“Los modernos no tenemos absolutamente nada propio;

sólo llenándonos, con exceso, de épocas, costumbres, artes, filosofías, religiones y conocimientos ajenos

llegamos a ser algo digno de atención,

esto es,

enciclopedias andantes”

(Friedrich Nietzsche)

***

Lo que se conoce como modernidad fue el proceso sociohistórico que se originó en Europa a partir del efecto que produjo la Ilustración. La Ilustración fue una época histórica y un movimiento cultural e intelectual europeo, que se originó especialmente en Inglaterra y en Francia, y que se desarrolló desde finales del siglo XVII hasta el inicio de la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII. Su nombre tenía un porqué: el movimiento nació con la intención de disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón. De ahí que al siglo XVIII se le conozca como el Siglo de las Luces. Los pensadores de esa época y de ese movimiento sostenían que la razón humana podía combatir la ignorancia, la tiranía y desde ahí crear un mundo mucho mejor. Pasados más de dos siglos parece que estemos en la misma situación, con sólo una diferencia clara: la ignorancia se extiende, la tiranía también y el mundo va mucho peor. Quizá de otra manera, desde otro punto de vista, pero así es. La influencia que tuvo en su momento fue enorme, tanto en aspectos económicos, como sociales y políticos. Su expresión estética se denominaría Neoclasicismo.

La modernidad proponía que cada individuo tuviera sus metas según su propia voluntad. Se alcanzaría la meta de una manera lógica y racional, dando de esa manera, sentido a la vida. A nivel político había que tratar de imponer la lógica y la razón, sobre todo por delante de la religión. Todo iría bien acompañado de unas instituciones estatales que ejercerían un control social mediante una constitución. La producción se industrializaría y se crearían nuevas clases sociales, permitiendo que cierta población aumentara sus ingresos en beneficio de otras. Y ese mecanismo debería llevar consigo la actualización continua y el cambio permanente. En conclusión, la modernidad está considerada como una época de cambios que buscaban la homogeneización de la sociedad. Pero necesitaba obligatoriamente una actualización permanente. Se buscaba el porvenir, el cambio en las reglas del juego establecido, la ruptura ante las doctrinas, las creencias, las ideologías transportadas durante siglos atrás, atrapadas en unas culturas tradicionales y conservadoras.

Poco o nada tiene que ver la antigua Modernidad con todo lo que hoy se puede considerar moderno. Porque hay que darse cuenta de que la modernidad de hoy en día está muy confundida, es muy relativa y sólo ofrece dudas e interrogantes. Cada cual puede ver rasgos de modernidad en sus vecinos, amigos y compañeros de trabajo. Cada uno es capaz de establecer esa diferencia según su experiencia de vida, sus vivencias, sus particulares visiones de la realidad que le rodea. Muchos confunden el estilo, las formas, la moda, con la modernidad. Lo que para muchos es modernidad para otros no deja de ser algo vanguardista, empujado por olas de moda pasajera que se zambulle en la esencia de la sociedad. Llevar unos zapatos de una marca ‘x’, conducir un coche de último diseño, utilizar un teléfono móvil de última generación, todo eso, confunde a muchas personas a la hora de catalogar lo que realmente significa ser moderno.

En los tiempos que corren sopla una sensación generalizada de que si eres moderno estás por delante de otros. Ya sea porque se inculca, por verdadera ignorancia, por absoluta falta de confianza, la masa se deja gobernar por el consumismo y por las modas, generando un aluvión de maneras que representan modernidades, cuando no dejan de ser meras copias de lo que les gustaría tener o ser, cuando la esencia está vacía y no hay nada dentro de la acción que haya provocado esa reacción. Cuando se hace algo porque sí, sin meditar, sin usar la propia personalidad, ocurre lo que ocurre, que todo parece ser, indica que, se asemeja a, acostumbra a, un sinfín de similitudes con la realidad y se raya algo así como el ridículo. Es la época en la que los catetos se visten de modernos y además algunos se creen que lo son. Es la época en la cual los modernos se vuelven esnobs para poder diferenciarse de los catetos.

Cierto es que una gran parte de la población mundial está anclada en el pasado, en las costumbres, en las tradiciones, en un conservadurismo que cuesta eliminar, porque ha sido inculcado culturalmente desde el seno familiar y habitual. El poeta francés Baudelaire señaló que la modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno e inmutable. La modernidad trata de romper con el pasado, con lo establecido, con lo anodino. Se necesita renovar, se necesita innovar, aunque a veces la búsqueda de la modernidad no garantice el éxito. La modernidad se integra en la idea de concentrarse en el momento actual, mejorando lo anterior. No es una oleada de ideas, ni nada que ver con una conciencia de futuro con el propósito de adelantarse al tiempo. Los sociólogos siguen investigando y escribiendo teorías acerca de la modernidad y de la consiguiente postmodernidad, que ha dado paso a lo que denominados sociedad globalizada. Un fenómeno que no deja lugar a dudas. Donde cualquiera puede ir a la última en cualquier rincón del mundo, aunque no tenga ni para comer. Cada uno de nosotros provoca un nuevo cambio cuando se propone comenzar algo nuevo. Innovar. Idear. Renovar. Palabras que sugieren vida. Palabras que llevan asociados aires de frescura y de regeneración. Cada uno es capaz de crear algo nuevo, pero cuidado, no quiere decir que sea algo moderno. Para ser moderno tendrá que haber roto con algo tradicional, haber saltado los obstáculos de mentes ancladas en un pasado donde todo era mejor. Por así decirlo, la modernidad es el transcurso lógico y natural del pasado. Un ciclo necesario.

Y ante la aparición de lo moderno surgirá la crítica. Porque ambas se necesitan. Una para defender lo suyo, y la otra para intentar que no le arrebaten su estatus. Y de un tiempo a esta parte está de moda odiar a lo moderno y a los que van o se consideran modernos. Incluso ésos que se autodefinen así parece como si quisieran ocultarlo. La sociedad de consumo nos ha introducido en una espiral de cambios continuos, de avances tecnológicos, de circunstancias ajenas a nuestros deseos, pero que descansan en el principio de que parece que todo lo necesitemos, cuando es al contrario. Lo más moderno hoy en día es saber quién eres, saber en qué lugar te encuentras, aceptar las circunstancias actuales para planear los cambios adecuados para darle un giro completo a la realidad. Ser moderno hoy es  algo más que un reto. Debería ser un objetivo real para todos los jóvenes, que ven en su futuro algo inestable, lleno de incertidumbre e inseguridad.

Vivimos en la actualidad en la cultura de dar la nota, de llamar la atención a toda costa, intentando parecer modernos por todos lados, mostrándonos sólo superficialmente y sin nada verdaderamente que mostrar. Las apariencias engañan más que nunca. Todo parece falso. Todo parece moderno cuando no lo es. Lo último y lo más nuevo no representan por sí solos. Desconfiamos de todas las personas que vemos por las calles porque no estamos seguros si es cierto todo lo que vemos, o a decir verdad, lo que nos enseñan. Inseguros caminamos intentando encontrar rasgos de algo que nos atraiga, que nos haga vibra. Andamos escasos de sorpresas, de ilusiones, de circunstancias satisfactorias. Cualquier novedad que vemos la confundimos, la malinterpretamos, y todo nos provoca un estado de alucinación global, transitoria, aunque elevada a la máxima potencia, donde lo que aparecerá mañana siempre parece que será mejor que lo que se descubrió hoy. No aguantamos mucho una cosa, un instante, porque deseamos encontrar algo diferente cuanto antes. Hemos perdido la esencia, para concentrarnos en el envoltorio. El marketing sigue creciendo mientras nuestra capacidad para distinguir lo moderno continua de capa caída e inestable.

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El poder del dinero

Publicado: 5 de diciembre de 2013 en Artículos
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Qué harías si el dinero no fuera impedimento_

“Quien cambia felicidad por dinero
no podrá cambiar dinero por felicidad”
(José Narosky)
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El dinero se inventó como medio de intercambio aceptado por la sociedad y que se usa para el pago de bienes, servicios y cualquier tipo de obligación. Consistía en una forma más sencilla que el antiguo trueque. El dinero que usamos a diario en cualquier parte del planeta debe estar avalado o certificado por la entidad emisora. En general, son los gobiernos de los estados los encargados de ello, a través de las leyes, las cuales determinan cuál es el tipo de dinero de curso legal, y gracias a los bancos centrales y las casas de las monedas se regula y controla la política monetaria de una economía, además de crear las monedas y billetes necesarios.

“Hay gente tan pobre en el mundo que lo único que tienen es dinero”

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El hombre descubrió desde la aparición de la agricultura, la ganadería y la pesca, que se generaba un excedente de producto; una cantidad de bienes que no podían ser consumidos por quien los recogía, realizaba o producía. Todo ello generó que se pudiera alimentar a mucha gente que se podría dedicar a producir otros productos también necesarios. Con ese marco se creó el trueque. El trueque era una idea de intercambio de objetos y servicios por otros objetos y servicios. Lógicamente debía existir un excedente de productos determinados que desencadenaría en la división del trabajo. El problema que generaba ese sistema es que los intercambios dependían del excedente acumulado y de las necesidades de demanda de cada individuo, lo que hacía que el proceso fuera lento y algo lejano a considerarse como eficiente. Asimismo, resultaba difícil encontrar a la persona indicada que necesitara el producto excedente del cual otra persona necesitaba deshacerse. Y en muchos casos, la oferta de excedentes no satisfacía las necesidades de muchas personas que igualmente poseían excedentes que no interesaban a otras.

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Con el tiempo se descubrió que existían bienes que eran más fáciles intercambiables que otros, ya fueran por su utilidad, ya fuera por su capacidad para circular por el mercado y para que sirviera como moneda de cambio. De hecho, muchos individuos almacenaban productos que no producían pero que les servían para poder negociar por otros. Se vio que la necesidad de un producto y la demanda de él era mucho más importante que la variedad. Para poder cambiar ese sistema se crearon alternativas que se utilizaron a modo de dinero: ya fueran joyas, piedras preciosas, metales, conchas, piedras o sal. Y, finalmente, fueron el oro y la plata los más utilizados para los intercambios de bienes, debido a la facilidad de su transporte y a su fácil conservación. El siguiente paso fue acuñar los metales o monedas para avalar su peso y su calidad. Parece ser que fueron los lidios los primeros en introducir el uso de monedas de oro y plata, al igual que establecieron lugares de cambio permanentes. Acuñaron monedas estampadas ya en el siglo VII a.C. La primera moneda fue una aleación de oro y plata, y pesaba unos 5 gramos, que se utilizó para pagar a las tropas de un modo regulado.

“No estimes el dinero ni más ni menos de lo que vale,
porque es un buen siervo y un mal amo”
(Alejandro Dumas)
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En la actualidad, el dinero legal es aquel emitido por bancos centrales y es el aceptado como forma de pago. Aunque no se puede reducir el dinero al dinero legal. Quizá por dinero entendemos el líquido solamente. Existe también el dinero bancario, ya sea mediante créditos o depósitos para los clientes, y que con el desarrollo social se ha convertido en dinero electrónico. Un dinero del cual se dispone, se mueve, se intercambia pero no se ve. Es un dinero que se lee en un papel o en una pantalla, y en el cual se cree aunque no se llegue a comprobar si existe de veras. Cualquier dinero está respaldado mediante metales, generalmente oro. Y el valor está sujeto a la oferta y la demanda.
“Hay tantas cosas más importantes que el dinero…pero cuestan tanto!!!”
(Groucho Marx)
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Pero lo que se creó como intercambio de bienes se ha convertido casi en toda una religión, una creencia y un dogma difíciles de eliminar. De hecho, el dinero ha corrompido a generaciones y generaciones, y lo sigue haciendo. Por dinero se hace de todo, todo parecer valer. El dinero alienta, emociona, alecciona, ambiciona, alimenta, mata, secuestra, roba, viola, engaña… El dinero es quizá el peor invento del hombre, aunque nunca se hubiera podido imaginar cuando se creó. El mal uso del hombre deviene en la creencia de una mala idea a la hora de analizar un invento. A veces, el invento no deja de ser malo, pero el hombre se empeña en darle la vuelta y convertirlo en algo que por momentos apesta. La sociedad, desde que existe el dinero, se divide y se diferencia por el dinero. En muchos países si preguntas cuántas clases sociales existen te responden que sólo dos: los que tienen dinero y los que no.
“Cuando uno es pobre no importa que no tengas dinero,
lo que importa es que seas feliz
con lo que tienes sin importar el precio” 
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El dinero marca, delimita, impone fronteras, quita y da opciones y/o ventajas, y fractura cualquier posibilidad de igualdad social. Y ahí es cuando hay que plantearse lo de la igualdad social: porque habría que saber qué porcentaje de la sociedad mundial está a favor de la igualdad social a niveles de dinero. Por lo que se comprueba a diario parece ser que la mayoría está totalmente en contra de ello. O al menos, los organismos y las instituciones internacionales que podrían hacer algo. Por no hablar de los gobiernos y las multinacionales. El dinero llama  al dinero. Otra de esas  frases célebres. Porque lo que muchos hacen por dinero cruza a veces esas líneas que deberían ser inquebrantables. El dinero provoca querer más y más. Una avaricia que no tiene límites. Y nunca parece haber suficiente. El dinero se acumula, se derrocha, se manifiesta en la actitud y en el comportamiento de millones de personas que por necesidad, por circunstancias o por simple ambición, son capaces de denigrarse o abusar para conseguir un poquito más.
” Cuando se trata de dinero todos somos de la misma religión”
(Voltaire)
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Si realmente nos vemos en difícil situación a la hora de juzgar los comportamientos relacionados con todo lo que tiene que ver con el dinero no hace falta más que leer lo que dicen algunos científicos al respecto, cuando afirman que cuando se trata de tomar decisiones relacionadas con el dinero, la mente humana se comporta de forma irracional.  Los economistas conocidos como ‘racionales’ creen que el individuo, por regla general, siempre calcula el riesgo que conlleva gasta más de lo ahorrado. Aunque se ha demostrado recientemente que la conducta de la gente cuando hay dinero por medio cuestiona la filosofía económica dominante, basada en la estabilidad de los mercados y que ha concluido con el estallido de burbujas inmobiliarias en multitud de países del primer mundo. Parece que nos cuesta aceptar el nivel económico que tenemos y, en definitiva, actuamos de forma irracional, deseando adquirir más de lo que podemos, más de lo que necesitamos. Y quizá la sociedad del consumo está creada de esa manera. Un reacción frenética en el comportamiento de los agentes financieros y de los consumidores a la hora de hablar de dinero puede estar sujeta al descubrimiento de que cuando se habla de dinero se activan los mismos circuitos cerebrales de las emociones, al igual que ocurre con las drogas, la comida o el sexo. Quizá por ahí ya vamos entendiendo por qué hay gente que lo hace todo por dinero y por qué se pisotean los derechos de millones de personas en aras de abarcar un poquito más de riqueza, o digamos más dinero…
Lo que está claro es que si la irracionalidad domina en general a la raza humana a la hora de hablar o de tratar con el dinero las soluciones al respecto parecen muy complicadas. No se ven atisbos de mejora. Muy al contrario, la riqueza se va reduciendo a un espectro mínimo de personas que controlan la práctica mayoría de ella, aprisionando al resto a sobrevivir como pueda, creando necesidades cada vez más insalvables y más drásticas, creando pobreza con una rapidez inusitada y cada vez a más millones de personas. El dinero seguirá estando ahí, el mismo, lo que pasa que en manos equivocadas. La repartición de la riqueza parece una utopía de unos pocos. Pero es la ausencia del dinero el que provoca necesidades, y esas necesidades van ligadas intrínsecamente a otras realidades que se ven desarrolladas, aumentadas e incontroladas por momentos, y que en el futuro quizá lleguen a ser parte de la solución aunque de manera muy radical.

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Existen muchos mundos dentro de nuestro mundo. En ese en que nos movemos, en el que vivimos. Y dentro de nuestro mundo existen diversos mundos, esos mundos paralelos. Cada persona vive en el suyo, de una forma diferente, desde perspectivas distintas. Solemos aplicar nuestras vivencias y nuestras experiencias sobre lo que advertimos, vemos, sentimos, vivimos, pero lo hacemos desde la propia óptica de nuestro propio mundo. Lo que vemos nosotros y lo que vivimos no es lo mismo que ven y viven otros seres humanos en otro rincón del planeta.

Nos percatamos de ello pero no lo analizamos con la severa seriedad. Puesto que incluso dentro de nuestro propio mundo existen personas viviendo en otros mundos, cercanas a nosotros, con otros intereses, con otras motivaciones y sensaciones, con otras inquietudes y motivos por los que luchar. Para algunos, lo más serio es broma, como lo más básico es absurdo para otros. La realidad económica y el estatus social al que pertenecemos y por donde habitamos nos marcan desde que nacemos. Mientras algunos buscan y buscan algo que comer cada día, otros no se dan ni cuenta de la cantidad de comida que llegan a tirar a la basura. Mientras unos se las ven y se las desean para llegar a fin de mes otros sólo se entretienen en averiguar en qué gastarse el dinero.

Lo que para muchos puede representar una realidad de vida para otros puede pasar completamente desapercibida. Podríamos hablar de valores, de saber cuantificar lo que cuesta cada cosa, de educación, de costumbres, de entornos, de cultura, de comparativas relativas, de vivencias y necesidades diferentes, de las compañías, pero lo cierto es que aunque el ser humano tiene cosas que comparte con otros seres humanos de forma natural y como forma de vida, también es cierto que nos mueve la necesidad ante todo y después ya vienen las circunstancias, las vicisitudes, las cosas que van ocurriendo y que nos van haciendo cambiar de planes, de ideas, de movimientos, de caminos, de rutas, de pensamientos…

Nos movemos por prioridades, al menos, eso deberíamos hacer. Porque las verdaderas cosas y las que nos interesan son las que deberían importarnos. Ya sea para algunos la familia, los amigos, el bienestar de cada uno y de los que nos rodean, la tranquilidad, mantener cubiertas las necesidades más básicas, conformarnos con vivir para disfrutar, porque la vida se va a componer siempre de buenos y malos momentos, pero de nosotros depende que sepamos valorar los buenos y de sacarles el merecido provecho. De los malos momentos se puede aprender y también depende de nosotros hacerlo. Pero el resto, todo ese entramado que complementa nuestra vida, no es más que eso, un complemento. Nada básico, nada imperiosamente necesario. Me refiero a todo eso que el consumismo nos ha puesto delante de los ojos para que no veamos otra cosa, todo eso que la sociedad y nuestro alrededor nos empuja a tener para ‘ser felices’, todo eso que parece que si no tenemos no nos va a llenar de una manera real.

Para muchos el trabajo es la realización, para otros el sustento. Para muchos poder realizar lo que les gusta es un sueño, mientras que otros realizan ese mismo sueño. Algunos cobran por realizar lo que desean y otros buscan realizar lo que sea para poder subsistir. Muchos desean lo que tienen los demás, sin valorar lo que ya tienen. Otros sólo desean más y más. Cada uno, desde su mundo paralelo, se va creando sus propias necesidades, inventadas, diferentes a las que ya tiene. Donde resida el hombre siempre existirá desigualdad, puesto que es inherente a la raza humana. Unos explotan a otros, intentando por todos los medios ir creando otro mundos, muchos más mundos paralelos, bien diferenciados, bien distintos, para no verse mezclados en los mundos de otros.

Cada uno quiere estar y pertenecer a su propio mundo, cuando todos habitamos realmente el mismo mundo. Pero no es lo mismo nacer en un pueblo de África que en un barrio adinerado del primer mundo. Cada uno sabe perfectamente en qué mundo paralelo está situado, y cuál puede acceder y a cuál no. Cada uno sabe y es consciente de la existencia de los otros mundos paralelos, aunque también es consciente de que muchos de ellos son inalcanzables, algunos de ellos no van a ser descubiertos ni visitados nunca. Vamos caminando mientras poco a poco, casi sin darnos cuenta, casi sin querer, vamos creando nuestro propio mundo paralelo. Debemos estar atentos para no quedarnos solos en nuestros propios mundos. Algo que a algunos ya les ha comenzado a ocurrir, y lo peor de todo, es que todavía no son conscientes de ello.

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“Toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura al fascismo”

 (Albert Camus)

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Hay que comenzar por el origen, por la causa. El fascismo nació como una ideología política que trataba de encuadrar a toda una sociedad en tiempos de crisis dentro de una dimensión que promovía la movilización de masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las nacionales. Confluían diferentes características y muchas causas. Desde la histórica a la económica, pasando por la causa nacionalista y también por la sociocultural. Para muchos es una ciencia política y para otros una forma de vida. Es complicado de definir pues puede aparecer en numerosos momentos y en multitud de comportamientos.

Muchos grupos y muchas personas realizan actos fascistas sin llegar ni siquiera a saberlo. De hecho, algunos comportamientos de claro corte fascista, rayan lo vergonzoso sin que el protagonista sienta nada de rubor en absoluto, puesto que para él quizá no signifique nada de eso. La conclusión puede ser clara: la falta de rigor y de conocimiento sobre el tema hace que su uso se confunda, se mezcle, se multiplique y quede completamente como algo natural, sin que llegue siquiera a llamar la atención. De hecho, el fascismo es un pensamiento político, y muchos actos políticos son fascistas.

Muchos de los primeros fascistas no sabían qué significaba la teoría, ni que realmente existiera una. La acción se anteponía al discurso. La práctica dominaba a la doctrina y al pensamiento. Es decir, cada cual podía protagonizar su propia identificación de ello. Cada uno inventaba el suyo. Y en cada país, el fascismo se propagó de diferentes formas, aunque siempre con la misma esencia. El nacionalismo era la base de la idea. Abogando por la defensa de la nación, hurgar en la herida de antiguas batallas, antiguas derrotas, antiguas afrentas o antiguos dominios, servía exactamente como excusa y acicate para exaltar a la masa deprimida u ofendida. Y en eso consistía básicamente el fascismo: en la exaltación de las masas, espoleando su orgullo patrio, cultural y tradicional.

Con la masa se puede conseguir el cambio. Y el fascismo perseguía un cambio. Y el cambio debía ser radical. Curiosamente, muchos de los grupos que comenzaron a distinguirse por sus comportamientos fascistas siempre negaron serlo, puesto que esa publicidad no era la conveniente ni la oportuna. Y estuvo de moda bautizar a muchos de esos movimientos fascistas con nombre originales para distinguirse de otros similares en otros países y para que no fueran confundidos por simples seguidores de teorías fascistas, cuando realmente promulgaban los mismo principios o similares. Un ejemplo podría ser el líder fascista húngaro Ferencz Szalasi que afirmaba que su movimiento no era ni hitleriano, ni antisemita, sino hungarismo. Todos querían ser originales, cuando eran copias y subcopias de una teoría general y única: el nacionalismo. 

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El nacionalismo básicamente fue una ideología y un movimiento sociopolítico que se asociaba con el recién aparecido concepto de nación en la época de la industrialización, justo a finales del siglo XVIII. Se trataba de identificar a la nación como el único referente identitario de una comunidad política. Se partía del principio de soberanía nacional, donde la nación se establecía como la única base legítima del Estado; y del principio de nacionalidad, dado que cada nación conservaba su propio Estado y sus fronteras para distinguirse de sus vecinos. Pero no había que distinguir el movimiento con el sentimiento. El patriotismo y/o la afinidad cultura, y/o tradicional de un grupo, pueden verse confundidos a menudo por acciones o reacciones lejanas en la concepción de una estrategia de independencia. Llamar nacionalismo al sentimiento de pertenencia a una nación puede ser totalmente distinto al hecho de crear una doctrina o una acción política violenta al respecto para conseguir un propósito, o para llevar a cabo, gracias al apoyo de la masa, planes que sugieran nuevos horizontes de futuro para la comunidad concreta.

“Es bien sabido que la ciencia y el nacionalismo son cosas que se contradicen,

aunque los monederos falsos de la política nieguen ocasionalmente ese saber:

pero también llegará ¡por fin!

El día en que se comprenderá que sólo para su daño

puede ahora toda cultura superior seguir cercada por vallas nacionales”  

(Friedrich Nietzsche)

***

Hubo una época que el nacionalismo reaccionó en cadena, en el llamado período del nacionalismo, justo cuando hubo un surgimiento global de ideología y movimiento nacionalistas en todo el mundo, momento que coincidió con algunas de las revoluciones liberales y burguesas más importantes en el siglo XIX. También hubo otro momento importante para el nacionalismo justo en el período entre la Primera y Segunda Guerras Mundiales, cuando los movimientos fascistas engancharon a millones de personas acerca de sus razonamientos, y tras las guerras con el proceso de descolonización en muchos países. 

nacionalismo

Pero para la ciencia política es difícil a veces distinguir entre los regímenes que se pueden considerar fascistas. Mucho más complicado que hacerlo entre regímenes inspirados en ideologías más corrientes. Se analizan circunstancias, orígenes y formas que se adaptan a la sociedad o nación y que son propias del fenómeno. Hay un fascismo viejo y un fascismo moderno, aunque las notas que coinciden entre los dos tipos son bastantes. Muchos trabajos indican que los períodos de regímenes fascistas en muchos países europeos fueron un episodio doloroso dentro de la historia de ellos, y algunas de sus esencias siguen todavía vivas en muchos. Se enumeran varias interpretaciones del fascismo: desde la que lo califica como ‘enfermedad moral’, como ‘producto lógico e inevitable del desarrollo histórico de algunos países’, como ‘reacción de clase antiproletaria’ o como ‘ideología de la crisis del mundo contemporáneo’.

Los motivos por los cuales apareció el fascismo son variados y cada experto ha encontrado y calificado los suyos. Para muchos la época económica de crisis fue fundamental para poder captar la atención de la masa en un proceso de industrialización bestial; otros se fijan más en los aspectos psicológicos de la ideología en general, un oasis dentro de un desierto de ideas, una forma de airear a muchas mentes que necesitaban estímulos para motivarse y para poder seguir a algo o a alguien; para otro simplemente fue la inseguridad de las clases medias incipientes lo que provocó que se unieran en busca de una defensa de ‘su bienestar’, próxima  a lo que algunos llaman la teoría de la supervivencia. Pero lo cierto es que hay características comunes en todos los sistemas fascistas: ya sea el totalitarismo, el autoritarismo, el control del estado, los motivos nacionalistas, el racismo y la xenofobia, la distinción clara de clases sociales, la unión nacional, la centralización, el partido único, el despotismo, el imperialismo, el anticomunismo, defensa de los valores morales y tradicionales, el seguimiento a un líder concreto, el afianzamiento de unas élites determinadas, un régimen político de masa. Curiosamente, muchos de los razonamientos realizados por expertos en países donde hubo una marcada época fascista parece que intenten más argumentar y buscar excusas al respecto que analizar profundamente el hecho de que existiera ese núcleo de la sociedad mimetizado por esa ideología.

Parece claro que el fascismo necesita de una situación socioeconómica muy particular, aparte de unos rasgos y unos estados de ánimo de las naciones para considerar la opción de decantarse por su ideología. Ya sean problemas estructurales de desempleo, una crisis económica, una falta de valores arraigada en el tiempo, una disgregación nacional, una voluntad de unión nacional, un apoyo de una juventudes dispuestas a luchar por unos ideales comunes, la llegada de un líder carismático que guíe a la masa, la necesidad del deseo de romper con un sistema anterior, un amplio movimiento de contenido espiritual o religioso acentuado y marcado estilo racista, una estructura social fragmentada políticamente y la búsqueda hacia el pleno totalitarismo para edificar un estado único alrededor de la nación.

El fascismo tuvo un claro componente de fenómeno internacional y apareció en todos los continentes. El conocido populismo entabló serias similitudes con él, aunque intentando decorarlo como algo nuevo y original. El fascismo vive y se nutre en un espacio en crisis. Y se presenta siempre como el salvador ante una situación tremendista, catastrofista y sin salida. Y en la acción de la catástrofe se centra la ideología. Se podría decir que el fascismo es una ideología de crisis. Y las crisis son periódicas y siempre aparecen. Son cíclicas. Aunque las crisis suelen ser un simple argumento, una excusa razonable, una forma de dar el pistoletazo de salida. Pero no debemos olvidar que el fascismo existió, existe y existirá. Porque para muchos representa un pensamiento, una forma de ser y de pensar. El fascismo no desaparecerá y está fuertemente situado en las entrañas de todas las sociedades. Querer olvidarlo o no querer darse cuenta de su existencia sólo produce que se extienda sin remedio. El fascismo es latente. Nunca se extinguió. Siempre estuvo de moda porque para muchas personas es una forma de vida en cualquier país del mundo. Y como sabemos de sus resultados debemos ser precavidos y cautos ante parámetros que indican que el fascismo sigue extendiéndose alarmantemente desde hace algunos años, debido a las crisis o quizá no, debido a la inseguridad o quizá no, debido a la movilización de la emigración global o quizá no. Sea como sea la realidad presenta este diagnóstico. Otra cosa será saber hacia adónde nos lleva o qué seremos capaces de hacer frente a ella.

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Friedrich Nietzsche

Publicado: 27 de septiembre de 2013 en Literatura
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“Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los cómos”

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Considerado por unanimidad uno de los pensadores más influyentes del siglo XIX. Filósofo, poeta, música y filólogo. Critico con la cultura, con la religión y la filosofía occidentales. Su obra influyó en las generaciones posteriores, al igual que otros filósofos, sociólogos, antropólogos y escritores. Para muchos su poder se concentraba en su mensaje, aunque para otros muchos fue la forma y el estilo lo que le hicieron sobresalir por encima del resto. Introdujo la cosmovisión o visión del mundo, como figura general de la existencia, de la realidad y del mundo. Sostuvo que una persona cualquiera, al igual que una sociedad o una cultura se forman en una época determinada y suele estar compuesta por determinadas concepciones, percepciones y valoraciones sobre su entorno. Una visión que modificó el pensamiento de muchos filósofos del siglo XX y que se desarrolló durante muchas décadas. Abogaba porque cada individuo o sociedad interpretara su propia naturaleza y la de todo lo que existe, definiendo las nociones comunes que aplicaban a los diversos escenarios de su vida, ya fuera la política, la economía o la ciencia, pero también la filosofía, la moral y la religión.

“El hombre parece tener más carácter cuando sigue su temperamento que cuando sigue sus principios”

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Su pensamiento fue muy importante para la filosofía moderna. Introdujo ideas muy interesantes tanto para los existencialistas, como para los críticos. Tanto pensadores como sociólogos adaptaron sus tesis para desarrollar las suyas propias. Nació en octubre de 1844 en Röcken, cerca de Leipzig (Alemania). Su padre fue un pastor luterano en Turingia y murió en 1849, cuando el pequeño Friedrich tan sólo contaba 5 años. Tuvo una hermana y un hermano menores que él, pero éste último también murió repentinamente. Tras ese suceso, la familia se trasladó a vivir a Naumburgo, a casa de la abuela materna y el resto de hermanas de su padre. Desde sus años en la escuela demostró un talento particular para la música y el lenguaje, motivos por los cuales se le admitió en la escuela Schulpforta. Fueron años donde desarrolló la poesía y la narración, además de componer piezas musicales. Estudió teología y filosofía en la Universidad de Bonn. A los pocos meses abandonó teología para dedicarse a la filología. Aunque ya entonces se decantó por la filosofía por encima de otras materias. En 1868 conocería a Richard Wagner, un personaje fundamental en su desarrollo. Durante su estancia en Basilea fue un asiduo invitado a la casa de los Wagner y éstos le introdujeron en su círculo más íntimo. La Universidad de Basilea (Suiza) le propuso para profesor de filología clásica incluso antes de licenciarse, convirtiéndose de esa manera en el profesor más joven de la Universidad. Justo después consiguió la ciudadanía suiza, renunciando a la alemana, y fue ascendido a profesor honorario.

Nietzsche

“La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar”

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Fue en 1872 cuando publicó su primer libro, ‘El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música’, que no fue bien recibido por sus colegas filólogos. En un período de cuatro años publicó cuatro ensayos por separado, para ser incluidos posteriormente en una única obra, ‘Consideraciones intempestivas’. Los cuatro compartían una crítica general hacia la cultura alemana de la época. Fue un intento de abrir nuevas puertas, de cambiar el rumbo que él creía equivocado y falso. Con la publicación de ‘Humano, demasiado humano’ (1878), donde tocaba temas como la moralidad o la religión, pasando por el sexo o la metafísica, se distanció tanto de Wagner como de Schopenhauer. Debido a sus problemas continuos de salud intentó busca el lugar ideal para vivir, sobre todo climas más templados, en lugares de Italia y Francia. Su actividad nunca se detuvo, y su media era de escribir un libro por año. En su época más solitaria y abatido también por sus desencantos amorosos y amistosos, comenzó a escribir la primera parte de ‘Así habló Zaratustra’. Parte de su yo deseaba continuar con su aislamiento, aunque pareciera que nunca se resignara a ello. Desechó la idea de convertirse en poeta afamado y reconocido. Tenía un problema básico: sus libros eran muy buenos, pero no vendían lo suficiente y tampoco lograban impactar en la mayor parte del público. En 1886 se publicó ‘Más allá del bien y del mal’ y ya se comprobó que una oleada de lectores le seguían con devoción. El interés por el escritor y por su obra comenzó a aumentar en esa época de forma gradual. Justo un año después aparecería ‘Genealogía de la moral’. Después comenzaría a trabajar en ‘Ecce Homo (Cómo se llega a ser lo que se es)’, aunque no verá la luz hasta 1908. A principios de 1889 sufrió un colapso mental cuando residía en Turín (Italia). Fue el comienzo de su hundimiento en la locura. A finales de agosto de 1900, el filósofo murió después de contraer neumonía. La causa de su locura y hundimiento ha sido tratado por todos sus biógrafos, llegando a ser un tema de especulación y de incierta conclusión. Hubo varios diagnósticos y ninguno de ellos concluyente.

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“No hay razón para buscar el sufrimiento,

pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas;

míralo a la cara y con la frente bien levantada”

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El filósofo siempre intentó argumentar que la sociedad se encontraba sumida en un profundo nihilismo que tenía que superar. Se refería al proceso histórico que surge en el reconocimiento de un valor sumo y termina en el reconocimiento de múltiples cosas valorables. Con su famosa frase ‘Dios ha muerto’ señala el fin de lo que aparecía como imperante, indica que el hombre puede atreverse a explorar sobre un terreno nuevo, desconocido; se refiere a la ceguera del hombre en el pasado y a su incapacidad por ver el futuro y sus posibilidades de cambio. No es tanto una provocación sino una revelación. Para él existen dos clases de hombres: los señores y los siervos. Para los primeros, la moral se basa en la fe en sí mismos, en el orgullo propio. La moral de los siervos nace de los oprimidos y de los débiles. Los siervos inventan una moral que hace más llevadera su condición de esclavos. Criticó efusivamente la moral tradicional, puesto que era una forma de no superar el presente y de no conducir a la humanidad hacia su superación. Puede ser tratado como un escéptico moral. Afirma que todas las sentencias éticas son falsas. No existe una verdad universal.

“La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño”

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Por mucho que se haya considerado, la obra de Nietzsche no tenía fines políticos. Nunca se vinculó a sí mismo como movimiento de masas, organizaciones sociales o partidos políticos. Se podría decir que fue casi un pensador anti-político. De hecho, practicaba y difundía más la idea del individualismo que del corporativismo. Otra cosa bien distinta es el uso que se ha hecho de sus ideas por parte de muchos políticos y movimientos sociales. Trató de ‘rebaño’ a todos los componentes de los movimientos de masas que compartían una psicología común. Despreció el Estado moderno, habló mal de los demócratas y de los socialistas de la época, pero aunque se le puso el adjetivo de nazi habría pocas sospechas en su obra para caer en ese calificativo. Lo cierto es que el régimen nazi utilizó mucho sus escritos y su obra fue muy estudiada durante los años en que el nazismo gobernó Alemania. No hay que olvidar que en muchos pasajes de sus libros defiende a los judíos y expresa su rabia por el antisemitismo en Alemania. También provocaron mucha controversia y polémica sus comentarios sobre las mujeres. Muchos de ellos contenían ciertos aspectos de misoginia, al trata el papel femenino como de segundo orden.

“La política es el campo de trabajo para ciertos cerebros mediocres”

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La foto de la semana (104)

Publicado: 24 de septiembre de 2013 en Fotos de la semana
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“Lo más importante de la comunicación es escuchar lo que no se dice”

(Peter Drucker) 

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* La comunicación es el proceso mediante el cual se puede transmitir información de una entidad a otra. Al menos dos agentes que comparten un mismo repertorio de signos y de reglas semióticas comunes. Intercambio de sentimientos, opiniones o cualquier otro tipo de información mediante el habla, la escritura u otro tipo de señales. 


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“Hay palabras que por las ideas que revelan llaman nuestra atención

y atraen nuestras simpatías hacia los seres que las pronuncian” 

(Juan Pablo Duarte) 

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Llamar la atención puede o no puede ser lo mismo que intentar ser protagonista. Porque seguramente el que intenta ser protagonista lo necesita constantemente, ya sea por complejo o por simple egocentrismo. Al contrario de aquel que busca sólo que alguien le preste la atención que precisa en un determinado instante. A menudo, todos nos vemos en la tesitura y en la necesidad de que alguien nos atienda, nos escuche y/o nos haga caso. Y eso no quiere decir que precisemos demasiada atención ni tampoco que deseemos ser el centro de atención. El mundo es grande y en él habitan miles de millones de personas. Cualquiera de esos rostros que nos rodean a diario desean en un determinado momento ser protagonistas. Pero para ser realistas, el protagonismo, en dosis habituales, está reservado para sólo a unos cuantos. La gran mayoría nos vemos abocados a ser parte importante sólo para nuestro entorno y con eso deberíamos estar satisfechos. Lo que ocurre es que a veces necesitamos más, y algunos más que otros. Son momentos. Son circunstancias. Son necesidades humanas que se agudizan según lo que va transcurriendo.

Los protagonistas  relucen de forma natural y sobre todos los demás. Muchas veces sin proponérselo y, en determinados casos, acuciados por sus propias necesidades y ambiciones. El ego es difícil de definir. En filosofía se relaciona también con el ser, con el alma o con la conciencia. Hay que reconocer que para muchos sólo existe el yo y su circunstancia. El resto queda en un segundo plano. El resto simplemente decora al yo. Sin el yo quedan o se sienten un poco aislados, un tanto vacíos y también faltos de significado. Sin el yo se ven sumergidos en un mar de incertidumbre del cual no saben salir y en el que se ahogan lentamente y sin pedir un salvavidas. Y todo lo que dicen y hacen pasa irremediablemente por la circunstancia de su yo. Y es muy fácil identificar a esas personas. Se expresan de forma natural y todo lo importante pasa por lo que les ocurre a ellos. No escuchan. Sólo hablan. Y casi siempre de ellos.

Destacar

“Escúchalos,

préstales atención:

quien nunca toca la tierra,

puede que nunca llegue al cielo” 

(Adam Mickiewicz)

***

Nunca viene mal del todo un buen trato con nuestro ego. Si lo alimentamos de forma moderada y suficiente siempre nos llenará de manera satisfactoria. Pero si lo intentamos llenar demasiado puede llegar a rebosar y explotarnos en nuestras propias manos. Y esa explosión será a nivel metafórico, porque serán los que nos rodean los que se den cuenta rápidamente de nuestro error. El ego ayuda a sentirnos mejor, pero no siempre. Para alimentar nuestro yo debemos recordar que necesitamos de los demás. Formamos parte de un grupo, de una comunidad, de un entramado social en el que nos vemos rodeados de personas, y nuestras vidas pasan por el tránsito continuo de gente, que va y viene, y cada una de ellas nos aporta un granito de arena en la inmensa playa de nuestra realidad y vida. Nuestro ego, pequeñito, transita también por ese mundo paralelo. Queremos ser algo, ser alguien. Y si podemos ser diferentes pues mejor. Deseamos ser distintos, llamar la atención, que alguien se fije en nosotros por algún pequeño detalle. Destacar por encima del resto sería la conclusión. 

Pero reconocemos cuando algo nos llama la atención, ya sea por su rareza, por su belleza o por su capacidad para sorprendernos. Puede ser un buen síntoma o una pesadez. Porque no es lo mismo que algo o alguien nos distraiga por algo que nos atrae, ya sea una imagen, una frase, un silencio, una mera expresión artística o intelectual, que por no aportarnos nada en absoluto. Una nimiedad en la que el otro interlocutor cree tener nuestra atención cuando sólo ha logrado nuestro desprecio. Ahí pasaríamos a calificar la acción de ‘llamar la atención’ a ‘dar la nota‘. Otra rutina en la que nos vemos a menudo integrados por parte de los que nos rodean. Muchas personas se abonan a dar la nota. Ese falso estímulo de querer ser alguien interesante o importante en un escenario definido y particular, ya sea por un segundo, un minuto o una hora. Un breve espacio de tiempo que parece que nunca olvidarán. Que les servirá para reafirmarse en sí mismos pensando y creyendo que son algo imprescindibles en este mundo. Pero el mismo hecho de apreciar y distinguir a alguien cuando está dando la nota ya sirve para deshacer el castillo de naipes que ha creado en su cabeza todo aquel que lo intenta. La misma definición de lo que nos está mostrando califica su comportamiento.

Mucha gente confunde el conocimiento y las buenas dotes en algún campo o acción con dar la nota. Y nada más lejos de la realidad. Cuando alguien sabe lo que hace, y sabe lo que dice porqué no debería expresarlo. Cuando tiene el conocimiento sobre algo debe transmitirlo. Pero quizá la forma en que lo haga se verá hacia afuera como una forma de creerse importante e interesante, creyendo muchos que está intentando dar la nota. Las formas son también muy importantes, al igual que el fondo. Un paso será lo que nos digan o lo que vemos que hagan, y otra muy básica será la forma en que nos la trasmitan. Y además, cada uno podrá verlo y calificarlo a su antojo. Aunque estamos seguros de cuando algo o alguien nos crea sorpresa, interés y frescura, nos abre la mente y nos despeja algunas dudas. Sabemos diferenciar lo que nos llena de lo que no nos dice nada. Sabemos distinguir porque analizamos todo lo que nuestra conciencia va reconociendo.

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Somos capaces de apreciar los estímulos externos en el momento adecuado. Y también los falsos estímulos. Sobre todo viniendo de esas personas que sólo pretenden dar la nota. Sin más. Buscamos la atención de los demás mediante dichos estímulos, y deben ser lo suficientemente relevantes para que creen atracción suficiente. Hay que estar atentos, y prestar atención. En el rincón menos imaginado podemos descubrir la existencia de algo que nos cambie la vida, o el día, o un pensamiento, o una idea. Sin nuestro especial mecanismo para captar nuestra atención nos perderíamos demasiadas cosas importantes, y otras que no lo son tanto. Hay que aprender a distinguir. Cualquier cosa nos puede llamar la atención pero no todo nos puede servir. Podemos captar multitud de información al mismo tiempo. Poseemos la intensidad para estar atentos, y oscilamos continuamente según lo que procesamos, aunque hagamos varias cosas a la vez. Variamos nuestro punto de mira constantemente. Controlamos nuestra atención y nos quedamos finalmente con lo que más nos atrae. Somos capaces de eso y de mucho más. Somos potentes a la hora de diseñar nuestra atención. Y la ejercitamos a diario. Por eso debemos filtrarla, afinarla, darle la finalización que se merece para no dejar engañarnos por falsas atenciones, simples vanidades que pretenden ser algo importante para nuestras mentes aunque estén muy lejos de serlo realmente.

La emigración

Publicado: 31 de agosto de 2013 en Artículos
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“Aprendí pronto que al emigrar se pierden las muletas que han servido de sostén hasta entonces, hay que comenzar desde cero, porque el pasado se borra de un plumazo y a nadie le importa de dónde uno viene o qué ha hecho antes” 

(Isabel Allende)

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Lo cierto es que la emigración, en todas las partes del mundo, es un hecho y una realidad, por diferentes causas y por diferentes motivos. Pero cada persona que abandona su lugar de origen en cualquier momento de su vida se lleva una parte de su cultura, de su educación, de su entorno, de sus recuerdos y de su gente. Es una forma de reinventarse, de volver a empezar, desde otro punto de vista, distinto al ya conocido, abriendo la mente a todas las experiencias que puedan aparecer y tratando de extraer lo positivo de todo ello. Porque la mente se expande de forma natural desde el momento que abandonamos la rutina, todo eso que nos sabe a conocido y familiar. Llevamos una parte de nosotros allá donde vamos, y vamos sembrando a nuestro paso, en cada lugar donde pisamos, la semilla de nosotros mismos, intercambiando pensamientos, opiniones, experiencias, aventuras… La necesidad transforma pero debemos aprender a descubrir a través de la necesidad. De todo se puede aprender y de las experiencias como emigrar hacia un destino desconocido todavía más.

No es fácil. No es sencillo. Todo son problemas, cuesta adaptarse y además es cuestión de mucho tiempo. Quizá de mucho más tiempo de lo que imaginamos en un principio. O de toda una vida. O de nunca. Pues el cambio puede resultar muy complicado. Nunca seremos de allá adonde vayamos, sintamos lo que sintamos. Y llega un momento que ya no somos de ninguna parte. O de todas partes en donde vivimos alguna, según cómo se mire. La paciencia y la humildad ayudan a aclimatarse. La precariedad produce el efecto de la sensación y de lo vivido aumentados de forma espectacular. El hecho de que cada día emigre más hace que replanteemos seriamente las causas. ¿Algo no funciona o todo es natural? Muchos se adaptan y otros no. Algunos regresan a su lugar de origen y otros rehacen su vida por donde van. El ser humano continuará moviéndose pues es ley de vida. Siempre lo ha sido y siempre lo será, pero cuando los acontecimientos fuerzan a ello y la naturalidad se ve superada por la necesidad el argumento debe cambiar.

El fenómeno de la emigración ha estado relacionado con el ser humano desde sus orígenes. Consiste básicamente en dejar el lugar de origen para establecerse en otro lugar, ya sea otra región, país o continente, ya sea por causas sociales, políticas o económicas. Forma parte de lo conocido en sociología como migración de población. Decimos que se produce una migración cuando un grupo social realiza un traslado de su lugar de origen a otro donde considere que podrá mejorar su calidad de vida. Ello implica la fijación de una nueva vida, en un entorno social, político y económico totalmente diferentes, pero que se entiende que será más propicio para su subsistencia. Pero esa emigración puede ser individual, familiar o grupal. Se suele decir que la emigración termina donde comienza la migración.

Y por regla general es el primer mundo el que capta esa inmigración y el tercer mundo el que origina la migración. Esos fenómenos migratorios han existido desde que el hombre es hombre. Por diferentes causas, el hombre como ser siempre ha considerado importante encontrar el lugar ideal para vivir. Ya sea por el clima, por los conflictos, por las oportunidades, o por una larga lista de causas, el constante movimiento de personas durante la historia ha sido constante y lo sigue siendo actualmente. Digamos que la migración es intrínseca al ser humano. La historia de la humanidad es la historia de la emigraciones.  Mucha historia se ha escrito gracias a ella. Se puede decir que prácticamente toda la población mundial es descendiente de emigrantes.

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“Un hombre, cualquier hombre,

vale más que una bandera, cualquier bandera” 

(Eduardo Chillida)

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Pero cuando hablamos de emigración reflejamos diversos problemas que afectan a la sociedad global. Empezando por la igualdad inexistente en la mayoría del planeta. La desigualdad es un hecho y una cotidianidad. Se ven reflejadas las diferencias sociales, económicas y de clases entre diferentes áreas del mundo. Quizá las primera emigraciones como fenómenos sociales se produjeron por motivos religiosos (la huida de Egipto del pueblo judío en el Éxodo en busca de la Tierra Prometida es un buen ejemplo). Pero durante la Edad Antigua las emigraciones fueron constantes y masivas. Y también sucedió durante la Edad Moderna.

Uno de los fenómenos que más movimientos migratorios ha provocado es la guerra. Y son muchas las guerras que podríamos nombrar para dar ejemplos. Quizá la Segunda Guerra Mundial fue el fenómeno mayor, puesto que el movimiento poblacional de un continente a otro fue constante durante muchos años. Sólo esa guerra ocasionó el movimiento forzoso de millones de personas. Pero las guerras siempre han estado vinculadas a las conquistas, a las invasiones y a los descubrimientos. Hechos históricos que involucraban movimientos migratorios forzosos para la población nativa.

También las causas climatológicas o medioambientales han provocado estos fenómenos. Un ejemplo podría ser la ciudad de Petra, que tuvo una importancia enorme durante la Edad Antigua (siglos VII a. de C. a siglo VIII d. de C.) y que vio como perdía su población debido a la sequía de sus manantiales que surtían de agua potable a la población, además de sufrir varios terremotos y de convertirse finalmente en una ciudad casi fantasma, redescubierta en 1812.

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’Comprobé que en el mundo había muchas formas de vivir

y vi que un nuevo horizonte,

el que buscaba,

estaba a mi alcance’

***

Otra causa habitual ha solido ser la emigración interna en busca de mejores fuentes de trabajo. Un fenómeno que comenzó con la Revolución Industrial y que fue muy importante en países como Reino Unido o Estados Unidos. Muchas personas sólo buscaban un nuevo escenario donde poder ganarse la vida de mejor manera, buscando un mejor clima o un buen futuro para sus hijos. Un fenómeno que se expandió entre países vecinos y que fue habitual en Europa durante todo el siglo XX. Con la facilidad y el mejoramiento de los transportes y las comunicaciones, el siglo XX fue clave para mover a millones de personas por todo el mundo en busca de un cambio que mejorara las vidas anteriores. Y desde siglo atrás, la navegación se convirtió en el medio de transporte más utilizado por millones de personas en busca de ese sueño, ya fuera por el Mar Mediterráneo o por el Atlántico. El colonialismo también contribuyó a esos movimientos migratorios, al igual que el exilio voluntario o forzoso. Se define el concepto de emigración como la emigración de un Estado pero manteniendo la nación a cuestas, un bagaje que el emigrante siempre llevará consigo, aumentándolo o transformándolo con el tiempo.

Existe muchos tipos de emigración: la emigración temporal y la permanente. La emigración forzada y la voluntaria. La interna y la internacional. Se puede considerar la emigración según el lugar de procedencia y  la duración del proceso. Algunas personas se trasladan de forma temporal debido a un trabajo, para regresar posteriormente de nuevo a su lugar de origen. Pero muchas personas están en un continuo cambio de destino, debido a la búsqueda constante de trabajo. La Gran Depresión en EEUU fue un claro ejemplo de ello durante los años 30. Los más afectados fueron los agricultores que padecían circunstancias muy precarias.

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’Pasada la novedad de los primeros momentos, la nostalgia se entremezcla.

No eres de aquí ni de allá’ 

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Una emigración popular y que se ha hecho muy popular es la mexicana hacia EEUU. Muchas de esas personas lo hacen de forma ilegal y algunas deben regresar al extinguirse el contrato de trabajo. Todo ello ha desarrollado una lucrativa mafia en el transporte de esas personas ilegales hacia futuros paraísos. África es otro de esos territorios invadido por las mafias en la búsqueda de una mejor vida en Europa. Señalar todas las causas concretas de las migraciones es empresa difícil. Hay muchas migraciones disfrazadas de actividades turísticas y los datos son difíciles de cuantificar y de especificar. El fondo del asunto es evidente: la búsqueda del ser humano de un mejor lugar para vivir. La fuente de desigualdad más evidente entre la raza humana es el lugar de nacimiento. La migración parece intentar solucionar ese problema aunque no lo consigue.

Las causas políticas derivan de crisis políticas en ciertos países. Miedo a la persecución y a la venganza. Resultado: abandonar el país para vivir en otro o al menos intentarlo. Son los llamados exiliados políticos. Un ejemplo claro de ello ocurre en las guerras civiles. España fue uno de ellos. Las causas culturales son también muy importantes a la hora de migrar. El más habitual es el cambio del medio rural hacia uno urbano, sobre todo entre jóvenes, en busca de nuevas oportunidades que no consiguen en su lugar de nacimiento. Las causas socio económicas son quizá las fundamentales. La mayoría emigra por motivos económicos, buscando un mejor nivel de vida, unas condiciones de trabajo mejores o el simple acceso a un empleo que no existe. Por ahí pasan situaciones alarmantes como el hambre y la miseria y la aventura de ese movimiento puede acarrear perder la vida. Otro factor es el vínculo familiar, debido a unos padres que ya se fueron o para conseguir un mejor nivel para la familia.

Hay factores de expulsión que empujan a los migrantes a dejar sus lugares de origen y factores de atracción (según la necesidad y/o las circunstancias). Un enfoque sociológico del nivel macro en la migración es el que suele llamarse ‘paradigma de la modernización’, que asocia las migraciones con procesos de cambios socioculturales que predisponen a aumentar la movilidad humana.

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’La angustia de estar y no estar en el sitio al que perteneces.

La necesidad de tener al otro a tu lado, mirarte, sentirte, necesidad de explicar lo que quieres’ 

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Los vikingos

Publicado: 8 de agosto de 2013 en Artículos
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Por vikingos se conocían a todos los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia. Se hicieron famosos por sus incursiones y sus pillajes en Europa. De hecho, se sigue haciedo referencia a los pueblos escandinavos relacionados con ellos. Su relevancia y su fama en Europa les llegó en el siglo VIII cuando saquearon el monasterio de Lindisfarne en Gran Bretaña. Eso fue sólo el comienzo de una serie de saqueos a varios monasterios. Los relatos de la época contaban asaltos terroríficos, aterrorizando a las comunidades, que aunque estaban bastante acostumbradas a la guerra, se vieron sorprendidas por este tipo de ataques. No se podía saber cuándo iban a atacar y el factor sorpresa causaba una destrucción casi total.

Los siglos siguientes, los vikingos desempeñaron una gran influencia en la historia europea. Gobernaron en la Islas Británicas durante muchos años hasta que fueron derrotados por los normandos, descendientes de ellos mismos y que se refugiaron en la Normandía (Francia). Navegaron por los ríos del norte de Europa, adentrándose en aguas del Mar Báltico y en Rusia. Algunos apuntan a principios del siglo XI cuando se puso fin a su período, con la caída del rey Harald el Despiadado, muerto en la batalla de Stamford (Inglaterra) en 1066 cuando luchaba por los territorios ingleses. A partir de ahí su influencia no se evaporó pero dejó paso a la normanda y a la francesa en la zona. La cristianización de Escandinavia también contribuyó a su declive.

El origen de la palabra ‘vikingo’ es dudoso, pero todo hace indicar que proviene del pueblo ‘escaldo’ y que hacía referencia a marineros y guerreros que participaban en expediciones en ultramar. No se denotaba como un término despectivo ni negativo. Pero hay muchas más teorías al respecto, como por ejemplo: puede referirse a ‘bahía adentro’, ‘pequeña cala’, ‘pequeña entrada’, ‘batalla’, ‘mover o desviarse’, ‘el que rodea o se desvía’. Para otros el término vikingo sólo identificaba al poblador de unas tierras, en este caso escandinavas. Los primeros usos del término en el inglés antiguo hacía referencia a ‘pirata’. Con el tiempo y la influencia del Romanticismo, el término ya se identificaba como ‘cultura vikinga’. De hecho, el nombre hacía referencia al hecho cultura y a la actividad, y no a su descendencia étnica u origen social. Pero incluso hoy en día, en textos escandinavos, el nombre sigue dándose para identificar a todos los expedicionarios. Y todavía no queda claro si fueron exactamente una cultura o no.

Runas

Lo cierto es que al referirse a ellos se integraban a todos los pueblos escandinavos. Usaban inscripciones en runas, conocido como el ‘futhark joven‘ o ‘runas escandinavas’. Un alfabeto que constaba de 16 caracteres, algo inferior al ‘futhark antiguo‘ que contenía 24. El uso de esta abreviación de caracteres  comenzó a partir del año 800. De esa forma la escritura presentaba carencias de representación del lenguaje oral. El cambio al lenguaje latino data justo al final de la era vikinga, alrededor de 1100 en Escandinavia, aunque su uso siguió vivo hasta entrado el siglo XX, especialmente en la Suecia rural. Fue la colonia vikinga de Islandia la que desarrolló una gran literatura entre los siglos XII y XIV, especialmente rica en poesía.

Étnicamente pertenecían a la familia de los pueblos germanos, y su lengua y cultura eran germánicas, derivadas de religiones animistas (como todos los pueblos escandinavos). Siempre tuvieron muy difícil la comunicación por tierra, lo que les obligó a navegar. Fue el mar su medio de comunicación. El pueblo hérulo fue el antecesor del vikingo, procedentes asimismo de Escandinavia, y también saquearon lugares de la costa atlántica en Europa a bordo de sus embarcaciones.

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Cuando hablamos de pueblos nórdicos hay que diferenciarlos en tres grupos: 1) Los daneses: también conocidos como ‘danes’. Tenían una organización militar muy fuerte, hacían incursiones muy rápidas, con el único fin del pillaje y de obtener botines. Era el más numeroso. Sus fortificaciones se conocían como ‘trelleborgs‘, eran de forma circular y estaban divididas en cuatro cuadrantes. Su edificación atestigua su gran precisión, gran sentido del sistema y del orden y con grandes conocimientos de geometría; 2) Los noruegos: quienes comenzaron surcando mares y ríos con fines pacíficos y que luego cambiaron por incursiones a gran escala con fines de conquista. Eran grandes navegantes y fue en Noruega donde se conservó una gran tradición naval. Este pueblo dominó el mar del Norte y colonizaron Islandia, Groenlandia y Vinlandia; 3) Los suecos: realizaron grandes viajes a través de los mares entre los siglos VIII y XI. Recorrieron toda la Europa septentrional y meridional, llegando hasta Rusia y otras zonas de la Europa Oriental.

Lo cierto es que todavía no se ha argumentado convenientemente porqué tuvieron el deseo de conquistar más allá de sus fronteras. Quizá a una superpoblación, a recursos insuficientes, sus grandes dotes por la navegación, aunque su largo y extenso territorio hace que no se entiendan todas esas teorías. Quizá el declive de las rutas comerciales a partir de la caída del Imperio romano en 476 hizo que se les abrieran las puertas al comercio exterior. Era habitual su venta de pieles y esclavos de su tierra por plata y especies árabes, que usaban a su vez para comerciar y comprar armas a los francos. Aunque quizá también aprovecharon su fuerza naval y sus grandes capacidades guerreras, unido todo ello al declive de pueblos como el frisio y la entonces división británica. Aprovecharon sus embarcaciones de poco calado para poder navegar por ríos poco profundos, adentrándose así en tierra adentro por vías fluviales. Sus barcos eran de 20 o 25 metros de eslora y de 3 a 6 metros de manga, con una capacidad entre 50 y 100 personas, pero fáciles de manejar y que les daba ventaja debido a su ligereza.

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Fueron famosos sus primeros asentamientos en Gran Bretaña en el siglo IX. Y llegaron al Mediterráneo a finales de ese siglo quemando Sevilla. Saquearon el Levante ibérico y la Toscana italiana. Remontaron ríos llegando a Alemania y Francia. Por el oeste llegaron por el Volga hasta Rusia y Ucrania. Y trataron sin éxito de llegar a Constantinopla. Pero durante el siglo X varias de sus expediciones tuvieron éxito en el mar Negro y en el Caspio. A finales del siglo XI y comienzos del XII la era vikinga tocaba a su fin. Suecia se convertiría al cristianismo y la cultura escandinava comenzaba una integración a la cultura europea cristiana. De hecho, todos sus territorios en el extranjero se habían mezclado con población local y habían perdido parte de su cultura propia. Se expandieron para perderse en diferentes zonas europeas.

Todos los pueblos vikingos se relacionaron a través del mar. Sus diferencias culturales estaban derivadas de sus costumbres y de su geografía. Sus dos tipos de embarcaciones se llamaban ‘drakkars’ (barcos largos y estrechos y de fácil navegación, muy útiles para el desembarco y para el transporte de tropas)  y ‘knarr’ (barcos veleros cortos y amplios, lentos pero con gran capacidad). Durante toda la época vikinga las guerras en los países nórdicos se sucedieron. La mayoría por rencillas entre caudillos locales para dominar a rivales locales y no verdaderas luchas entre naciones o pueblos. La mayoría de esos pueblos adoraban a un panteón de dioses que personificaban las fuerzas de la naturaleza y otros conceptos.

Entre los vikingos más famosos está Erik el Rojo que colonizó Groenlandia y su hijo Leif Erikson que dicen que descubrió América mucho antes que Colón. Ragnar Lodbrok fue famoso por sus incursiones en Europa y Canuto el Grande, que llegó a Rey de Dinamarca y que logró someter a todo el este de Inglaterra. Otro famoso vikingo fue Harald Haardrade, considerado el último vikingo. Compartió el reino de Noruega con su sobrino Magnus I el Bueno.
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Tras el paso de un tiempo, la palabra vikingo comenzó a tener una connotación romántica. Corría el siglo XVIII. Se utilizó la palabra para idealizar a los guerreros navales, que tuvieron realmente poca realidad con la cultura vikinga histórica. Pero desde Gran Bretaña también se asistió a un interés renovado por el término y su cultura. Se propagaron numerosos poemas nórdicos e islandeses como vestigios de la cultura vikinga. El nacionalismo germano utilizó los mitos nórdicos, así como numerosos partidos fascistas europeos, los cuales usaban símbolos vikingos en su propaganda. Incluso Hitler y su partido Nacional Socialista se adueñó de algunos de esos símbolos, y aunque no eran descendientes directos de los vikingos los consideraban como parte de los pueblos germanos, y por lo tanto, superiores.

Los estereotipos usados para representar o diferenciar a los escandinavos han estado y siguen estando relacionados con los vikingos. A menudo se habla de personas rubias o pelirrojas, de gran altura, piel y ojos claros, un pueblo fuerte y luchador. Pero como la mayoría de los estereotipos son falsos también lo son algunos de los usados comúnmente. Como los cascos con cuernos, algo nada usual y sobre todo para la lucha, un objeto del que nunca se ha tenido constancia de su uso por parte de los vikingos. Quizá la conclusión es que la imagen vikinga que se tiene actualmente es la imagen romántica del pueblo nórdico original. También se ha descubierto que su altura media como pueblo no era tan alta y que iba desde el 1,65 al 1,80 metros. El tópico de seres bárbaros y sanguinarios se debe a las crónicas de la época. Los pueblos sajones, normando y francos de la época llegaron a ser igual de sanguinarios que ellos.

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“El pájaro quisiera ser nube;
la nube, pájaro…”
(Tagore)
***
Da la sensación que nadie está contento con lo que tiene, con lo que tuvo o con lo que tendrá. Nadie está satisfecho con lo que le tocó. La insatisfacción es ese sentimiento de malestar o disgusto que se tiene cuando no se colma un deseo o no se cubre una necesidad. Pero qué es exactamente la satisfacción. Porque está claro que cada cual la puede ver desde su propio punto de vista y explicarla de manera completamente diferente. Dicen que la satisfacción es un estado en el cual el cerebro produce una mayor o menor optimización en su retroalimentación y donde las diferentes regiones compensan su potencial energético, dando la sensación de plenitud extrema. Es decir, la conclusión podría ser que hablamos simplemente de sensaciones…
Y las sensaciones son las recepciones de estímulos mediante órganos sensoriales que transforman las distintas manifestaciones de los esos estímulos importantes para que el sistema nervioso le dé la información necesaria al cerebro y así concederle una información para conseguir un significado. Pues todo tiene más sentido para nosotros cuando le hemos concedido un significado. Digamos que nos basamos en percepciones vividas para llegar a una conclusión y obligatoriamente necesitamos de ellas. Pero no debemos olvidarnos que las sensaciones vienen determinadas precisamente por nuestras particulares percepciones.

“Nunca he sentido que algo realmente importase,

pero sí la satisfacción de saber

que las cosas que apoyaste y en las que creías

las habías conseguido de la mejor forma que habías podido”

(Eleanor Roosevelt)

***

Quizá nuestro principal problema son las expectativas creadas. Como meras ilusiones las acumulamos albergando montones de esperanzas de que se vean cumplidas. Buscamos esa satisfacción plena y en el camino dejamos de sentir las delicadas notas de percepción que nos indican que aunque algo que vivimos no es del todo satisfactorio sí será capaz de llenarnos con alguno de sus elementos. Pero somos incapaces de sentirlo porque seguimos únicamente concentrados en el resultado final, como si todo el proceso que eso conlleva no contara para nada.

Eso no quiere decir que debamos dejar de crear ilusiones, pero tenemos que saber separarlas convenientemente, definirlas correctamente y ser consecuentes con las posibilidades reales que tienen de éxito. Vivimos rodeados de estímulos, que se van multiplicando como si se trataran de células y que nos rodean por todas partes. Algunos de esos estímulos son poco eficientes, pues no abarcan un perfecto estado de éxtasis pero, sin embargo, otros son capaces de satisfacernos de una manera casi absoluta. Las percepciones las vamos creando también, y muchas de ellas son innatas, se fabrican lentamente desde nuestro cerebro, a veces inconscientemente. El deseo también entra a formar parte del conglomerado, añadiendo suculentas muestras de satisfacción, aunque a veces parezca inconcreto, y sin aparente posibilidad de llegar a ser consumado. Arriba entonces el desencanto y nos empuja hasta el abismo de la desesperación, sin saber apretar el botón del paracaídas, cayendo desde la altura más alta jamás imaginada, con la certeza de que al caer se habrán estrellado todos nuestros sueños. Pero nada más lejos de la realidad. Tendemos a magnificar todo lo que nos sucede y somos nosotros mismos los únicos culpables de ello. Y nadie más. Por mucho que nos propongamos buscarlos.
Ya sean olores, ya sean colores, ya sean nuestras propias ideas, imaginaciones, escenas que nuestro cerebro va elaborando, todo va metido en un espacio definido desde el cual procesamos el resultado y deseamos que sea el mejor de todos. Y como todo en la vida, seguramente no saldrá como esperábamos. Lo planeado se deshace en decepción. La sorpresa a veces es lo que nos da vida. Solemos caer en la insatisfacción, nada nos llena, no somos capaces de digerir la frustración, si la hay, porque a veces nuestra mente nos hace creer que existe. No sabemos admirar, nos cuesta. Relativizamos poco y nos centramos en lo malo. Lo bueno es efímero. No nos completa. Nos hace sentir vacíos porque deseamos que sea eterno, interminable… Y todo es tan fácil que lo único que se nos ocurre es complicarlo.
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“Jamás se descubriría nada
si nos considerásemos satisfechos
con las cosas descubiertas”
(Séneca)
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Solemos confundir la satisfacción con la felicidad. Pero podemos ser felices con sólo unos pequeños detalles, con unas pequeñas vivencias. La satisfacción plena ya llegará…si llega. Y cuando llegue tampoco debe representar la culminación pues podemos encontrar todavía más satisfacción, y no sólo con proponérnoslo si no simplemente porque la vida contiene todo tipo de momentos para todo tipo de emociones. Nos abatimos fácilmente, nos sentimos mal, nos decaemos, inspiramos pena y tristeza con una facilidad pasmosa, cuando no somos capaces de advertir y encajar la realidad, no ponemos todo en la balanza para pesarlo y conocer nuestra verdad. Pues todo no será perfecto, ni será horrible. Los puntos intermedios están llenos de matices con los que poder jugar y disfrutar. Estaremos al acecho de nuestra inquietud, para alimentarla correctamente, pues va en nosotros y en la naturaleza obtener los mejores momentos, pero deberemos ser consecuentes en que no ocuparán la mayor parte de nuestra vida, ni tampoco una buena parte de ella. Los momentos culminantes serán pocos, aunque eso sí, todos ellos permanecerán en nuestra memoria.
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Nunca debemos abandonar nuestros estímulos y cuantos más tengamos más activos estaremos, las motivaciones son necesarias para el día a día, pero sin obsesiones, nos marcamos objetivos que en su mayoría no suelen realizarse, pero no por eso debemos abandonar ni tampoco apenarnos. Simplemente los reactivamos con otros nuevos. Si conseguimos realizarlos debemos simplemente disfrutar del momento, conscientes del logro obtenido, orgullosos de nosotros mismos y sabiendo que mañana será un nuevo día para comenzar a trabajar por nuevos retos. Pero de nada sirve fustigarse continuamente con el argumento de que nunca alcanzamos la cima quizá porque no miramos la montaña para deleitarnos con la belleza de su altura y de su paisaje que transmite.

“La satisfacción es la única señal

de la sinceridad del placer”

(André Gide)

***

Cuando alcancemos la satisfacción plena debemos estar alerta pues nuestro nivel de estímulos puede descender, lo cual provocará que nos cueste movernos, actuar y pensar. Ansiaremos mantenernos en ese espacio el mayor tiempo posible y es entonces cuando más precisaremos de motivarnos nuevamente y marcarnos nuevos objetivos para que la lucha sea indefinida. La apatía no nos ayudará en absoluto y lamentarnos mucho menos. No saber apreciar lo que tenemos, lo que somos, lo que logramos no ayuda a conocernos mejor, y eso es precisamente lo que más necesitaríamos buscar…a nosotros mismos. Nuestra mente nos puede jugar malas pasadas, suele pasar, y es nuestro deber encauzar la línea a seguir, conscientes de lo que tenemos y de lo que podemos alcanzar, de los que somos y de lo que podemos llegar a ser, de lo que hemos vivido y podemos llegar a vivir, de lo que hemos amado y podemos llegar a amar…


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“El viento endereza el árbol después de haberlo inclinado…”

***

Otra de las cosas que no dejan de sorprender del ser humano es la continua obsesión que tiene por el clima. No hay día que pase que no se comente el día que hace en cualquier parte del planeta. Si no es obsesión ya comienza a parecer un entretenimiento un poco pesado. Que si llueve porque llueve, que si hace calor porque hace calor, que si hace frío porque hace frío, que si nieva porque nieva, que si la tormenta llegó, que el granizo apareció, que el viento es muy fuerte, que sólo se ven nubes, que vienen unas nubes negras increíbles, que no se puede estar ni en la sombra, que el día es divino, que el día es horroroso, que el frío es insoportable…y así hasta un largo etcétera de tópicos sobre el clima que apabullan a cualquiera, aunque no esté muy al tanto de dichos comentarios.

“No hay viento favorable para el que no sabe donde va…”

***

Dicen que una de las situaciones más molestas y más inseguras que le ocurren a los seres humanos es verse encerrados en un ascensor con personas desconocidas, y que la mejor forma de comenzar una conversación o de romper el hielo es comentar algo acerca del tiempo. Parece que en eso todos estamos de acuerdo y que nos une de una forma u otra. Una cosa trivial que nos anima a comenzar una conversación. Y ahí te das cuenta del poder del silencio…

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“El hombre clásico es tan solo un manojo de rutina, ideas y tradición”

(Bruce Lee)

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Ya es habitual que cuando se habla de una zona del mundo o de un país concreto lo primero que le viene a la mente a la gente es el clima que dicen hace por allí. Y el tópico elevado a la máxima potencia deja completamente en desuso a todo aquel que ose contradecirlo. Si alguien dice que allí o allá siempre llueve es porque es verdad;  si se dice que aquí siempre hace frío será cierto. Y punto. Y aunque no se sepa muy bien el clima que hace en esa zona con el simple argumento de decir que alguien me lo ha dicho o que lo dice todo el mundo ya sirve. Nos convertimos en meteorólogos en un instante y además expertos en clima. Y no deja de sorprender la cantidad de tonterías que sobre el clima se pueden escuchar a diario por falta absoluta de conocimiento. Nos gusta generalizar y catalogar. Y cuando no sabemos a ciencia cierta por donde generalizar o catalogar nos crea inseguridad. Lo más fácil es conseguir algo de información al respecto para poder calificar rápidamente. 

Cuando alguien vive en cualquier parte del mundo alejados de nosotros la primera pregunta que se le hace es: ‘¿Qué tal el clima por ahí?‘ Y con esa simple pregunta parece que tenemos todo bajo control. Habría que pensar seriamente sobre el tema y darse cuenta de que el clima que haga o deje de hacer será secundario a lo que nos pasa a diario, porque seguramente si lo miramos fríamente hay muchas cosas más importantes, y porque nuestra vida no puede depender del clima que haga o vaya a hacer, salvo en determinados momentos o circunstancias. No podemos pasarnos el día viendo los pronósticos del tiempo para saber cómo va a ser nuestro día. Nuestra alegría no aumentará ni nuestra tristeza se verá influenciada por ello. Todo son imaginaciones nuestras, y además las alimentamos con fuerza. Nuestra rutina es la que marca habitualmente nuestros planes. Y el clima no deja de ser una cosa secundaria, que está ahí pero que no limita ni delimita nuestro quehacer diario, salvo en contadas excepciones. Podríamos decir que es el decorado de nuestra vida y que suele cambiar a menudo. Y gracias a ese cambio está la diversidad.

Con el paso de los siglos, el hombre ha sabido aclimatarse a todos los climas posibles. Al fuerte calor, a la humedad constante y elevada, al viento, al frío continuo, a la lluvia diaria o cualquier otro clima que nos podamos imaginar. Salvo en parajes muy extremos y donde la vida se hace difícilmente tratable, el hombre ha sabido moverse y seguir con su vida a pesar del clima reinante. Si existiera un clima perfecto y todos dependiéramos de ello, la mayoría nos trasladaríamos allí sin dudarlo, pero no lo hacemos, y si no lo hacemos será lógicamente por algo, y es que existen otras cosas más importantes que nos atan a un lugar, sea cual sea el clima que exista ahí. Y además sería imposible que todo el mundo viviera en un lugar concreto.

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Pero las quejas sobre el clima son repetitivas, diarias y aburridas. No descansan. Y ya no son originales. Es un martilleo continuo que parece que ya hemos asimilado como necesario. Y si no lo repetimos parece que no estamos conectados al mundo. Deberíamos centrarnos más en otros detalles, en otros estímulos, intentar cambiar nuestra actitud y nuestra forma de encarar las cosas y los días. Un día gris puede ser igual de fantástico que un día de sol. Y si no lo creemos empezamos mal. Ninguna nube me va a cambiar la risa en un momento determinado ni lo a gusto que esté con alguien. Ni la lluvia hará que no salga a pasear. Acostumbrarse al clima es necesario. Y lo hacemos instintivamente. Sin necesidad de pensar. Si hace frío nos tapamos y si hace calor nos destapamos. Así de sencillo.

El tango

Publicado: 1 de junio de 2013 en Música
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Tango

“No basta con tener la voz más melodiosa para entonar un tango.

No.

Hay que sentirlo, además.

Hay que vivir su espíritu”

(Carlos Gardel) 

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El tango se originó dentro de la fusión cultural que se creó entre inmigrantes europeos (españoles e italianos), esclavos africanos y nativos de la región del Río de la Plata, en la confluencia entre Argentina y Uruguay. Su esencia era cien por cien urbana, culturalmente hablando. Un argumento del mestizaje cotidiano de la época rioplatense a partir de las últimas décadas del siglo XIX. Tiene muchísimas variedades en cuanto a sus formaciones musicales se refiere, aunque los instrumentos más utilizados desde sus inicios han sido las guitarras, el bandoneón, el piano y el contrabajo. Y en muchos casos las orquestas de tango estaban compuestas por un sexteto habitual.

Quizá el bandoneón es el instrumento que le caracteriza. Un instrumento de viento, de forma rectangular, diseñado originariamente en Alemania y que según la leyenda parece ser que se diseñó como órgano portátil para tocar música religiosa, de ahí que su sonido sea un poco melancólico. El instrumento arribó al Río de la Plata de la mano de marineros y de inmigrantes y fue adoptado rápidamente por los músicos de la época locales. Hoy es considerado uno de los símbolos del tango. Parece ser que su diseñador fue Carl Friedrich Uhlig sobre 1830 y mejorado por Carl Zimmermann en 1849. Su nombre se debe a Heinrich Band, quien fue una de las primeras personas en dedicarse a comercializarlos. Al músico que lo toca se le denomina bandoneonista.

“El tango es un pensamiento triste que se baila”

(Enrique Santos Discépolo)

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Una curiosidad del tango es que muchas de sus letras están compuestas basándose en un argot local denominado lunfardo. Realmente es una jerga que se originó y se desarrolló en la capital argentina y todo su cono urbano. Desde allí se extendió rápidamente a ciudades cercanas y a provincias más lejanas, así como a diferentes ciudades de Uruguay, en especial, a su capital Montevideo. De hecho, la situación socio cultural de ambas ciudades (Buenos Aires y Montevideo) era bastante similar, debido principalmente a que la inmigración europea fue la misma para los dos países.

En principio, esta jerga era utilizada por los delincuentes, para pasar luego a formar parte de las clases bajas. Con el tiempo, muchos de sus vocablos se introdujeron en la misma lengua popular de la población mayoritaria y se mezcló con el castellano. A principios del siglo XX, el lunfardo ya estaba difundido por todas las clases sociales y muchos años después se introdujo en países vecinos como Chile, Paraguay o Bolivia.

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“El tango está lleno de despedidas”

(Ramón Gómez de la Serna)

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Si nos detenemos en el origen del término parece provenir de algunos países africanos y podría ser de la palabra ‘tamgú’, que significaría ‘tambor’ o ‘bailar al son del tambor’. Lo único que se sabe con certeza es que en el siglo XIX en las Islas Canarias y en algunos otros puntos del continente americano, la palabra ‘tango’ significaba reunión de negros para bailar al son del tambor’. Pero los significados para la palabra se hicieron muy numerosos. Para los traficantes de esclavos españoles la palabra quería decir el lugar donde se encerraban a los esclavos, y también al lugar donde se les vendía. Y para los esclavos significaba espacio cerrado o privado donde había que pedir permiso para entrar. El diccionario de la lengua española, en su edición de 1899, definía el término ‘tango’ como una fiesta y danza de negros o de gente del pueblo en América. Pero en la edición de 1925 ya se definía como una danza de alta sociedad importada de América a principios del siglo XX. Un ejemplo claro de que el tango pasó de ser de clase baja a ser de clase alta.

Pero justo después de la Primera Guerra Mundial, el tango se expande a Europa, concretamente a Francia y a su capital París. Comienza a sonar ese sonido que provenía de burdeles y de barrios bajos con un nuevo aporte de músicos más y mejor preparados, incorporaciones de letras más centradas en el paisaje de suburbio, de infancia y de amores perdidos. Durante esa época precisamente es cuando apareció en escena uno de los mitos y símbolos del tango. Carlos Gardel, aunque nacido en Francia, se naturalizó argentino. Fue cantante, compositor y actor de cine, su fama se expandió por todo el mundo, y todavía hoy es un icono del tango y de su historia. Muchos de los temas que interpretaba eran compuestos por él mismo y muchas de sus letras eran escritas por el poeta y amigo Alfredo Le Pera.

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La lista de cantantes simbólicos como de músicos se ha hecho eterna con el paso de las décadas. Quizá la década de oro del tango fue la de los 40. Fueron tiempos donde el tango era cosa de locales de moda y de lujo. Una mezcla de letras de barrios bajos entre gente de clase alta. Aparecieron las grandes orquestas y los cabarés del momento llenaban sus aforos con espectadores ansiosos por disfrutar de esa música. Pero quizá después hubo un momento en que el tango no supo desarrollarse dentro del paso del tiempo. Y no fue hasta la década de los 60 y 70, con la aparición de nombres como Ástor Piazzolla u Horacio Ferrer, cuando se decide por una renovación a fondo del género. Ya en los 50 hubieron músicos innovadores, se trataba de ajustar nuevas sonoridades y temáticas.

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“La música es más que una mujer,

porque de una mujer de puedes divorciar,

pero de la música no.

Una vez que te casas,

es tu amor eterno,

para toda la vida

y te vas a la tumba con ella encima”

(Ástor Piazzolla)

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Pero fue Piazzolla quien alternó sus dos pasiones, la música de tango con la música clásica. Su motivación fue la fusión musical desde las influencias más diversas. Introdujo armonías disonantes y bases rítmicas intensas y nerviosas que produjeron una auténtica transformación radical del género. Lógicamente esa innovación trajo defensores y detractores. Conservadores tradicionalistas y renovadores se pusieron manos a la obra para criticar o alabar el trabajo de Piazzolla. Y también introdujo la renovación instrumental del tango, incluyendo instrumentos hasta entonces inéditos como la guitarra, el bajo, los teclados o el sintetizador. También incluyó el saxo o la batería. Desde los ochenta, la fusión del tango con nuevos estilos no ha dejado de crecer. Una de las más utilizadas ha sido la unión entre el jazz y el tango, pero también con el rock, el pop o la electrónica. De hecho, la fusión con la música electrónica ha sido un fenómeno muy creciente y que ha puesto al tango en un panorama nuevo de difusión mundial.

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Hacerse un regalo

Publicado: 5 de mayo de 2013 en Artículos
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“La cosa más seductora del arte

es la personalidad del propio artista”

(Paul Cezanne)

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Es sumamente conocido que según los expertos, hacerse un regalo a uno mismo supone una inyección de autoestima y de reconocimiento personal. Sirve para ahuyentar fracasos o malas rachas y realzar el ego. Ese mismo ego que a veces envalentonamos por arte de magia o que dejamos tirado por los suelos como si no fuera con nosotros. Es cierto que a menudo no tenemos sitio para el término medio, tendemos a exagerar de manera normal, y nos cargamos todo lo que tiene que ver con nuestra personalidad a las primeras de cambio y sin previo aviso.

El ego como concepto es muy difícil de definir y muchos filósofos se centraron en ello durante buena parte de su vida. Algunos lograron extraer la esencia y otros se quedaron a medias. No es fácil. Muy al contrario. Es un término que se mezcla en muchas ocasiones con otros, como el ser, el yo, el alma o la conciencia, y es por eso quizá que se hace complicado simplificarlo. El ego abarca buena parte de la personalidad de alguien pero estudiarlo a fondo requiere mucha paciencia y conocimiento. De hecho, conocerse a sí mismo ya entra dentro de un panorama bastante complicado.

Poca gente puede decir orgullosa que se conoce a sí misma. Como pocos son los que destinan muchas horas de su vida a conocerse mejor. Porque no se puede confundir el hecho de saber cómo reaccionamos o no a saber lo que verdaderamente se esconde en nuestro interior. Si escarbamos dentro de nosotros pueden pasar dos cosas fundamentales: que nos guste lo que encontramos o que no nos guste nada. Y para esa tarea hay que estar preparados y dispuestos a ser conscientes con la realidad. Y para eso no todo el mundo está preparado. Nos gusta pensar que somos gente estupenda, de buen carácter, amistosos, abiertos, educados, comprensivos y mil adjetivos calificativos que nos pueden definir como una buena persona. Otros tienden a creer que son todo lo contrario y desde su propio convencimiento cruzan la línea opuesta, cayendo muchas veces en la depresión y en el pesimismo constante. Tenemos que estar preparados para la verdad, la verdad sobre nosotros.

Se podría decir que ni una cosa ni la otra. Que hay más colores aparte del blanco y del negro. Pero que cuando tenemos que ir mezclándolos para saber exactamente cuál de ellos es nuestro color parece que se trate de una tarea ardua y realmente dura . Preferimos seguir imaginando lo que somos, intuyéndolo, dejando todo a nuestra inspiración e intuición, en lugar de sentarse, relajarnos y extraer todo lo que llevamos dentro.

“El estado vino a ser así la verdadera persona

ante la que desaparece la personalidad del individuo;

no soy yo quien vivo, es él quien vive en mí”

(Max Stirner)

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 Nuestro yo tiene una conciencia y debemos desvelarla, desmenuzarla en pedacitos pequeños para poder analizarla como se merece. Una vez conseguido ese propósito, que no es nada fácil, toca volver a reunirlos todos y juntarlos, como si de un puzzle se tratara para regresar a nuestro yo, pero desde otra perspectiva, más cercana, más real. Porque cuando llegamos a conocernos a fondo todo cambia. Todas las visiones son diferentes, las percepciones, las sensaciones, los problemas, los retos, los objetivos. La simpleza de los resultados no deja margen de dudas. Ni somos tan buenos ni somos tan malos. Somos simples por naturaleza. Nada más. Y desde esa simpleza debemos manejar nuestras acciones.

Cuando nos sentimos faltos o carentes de estímulos que reactiven nuestro ego utilizamos armas para que se levante. Y hacerse un regalo puede servir, claro que sí. Pero hay que saber definir también cuál es el regalo perfecto. Y lo debemos elegir desde la tranquilidad y la paciencia. No es cuestión de gastar más ni de necesitar más. El fondo de las cosas siguen siendo simples. Porque en determinados momentos de la vida necesitamos cosas muy determinadas y precisas. Y hay que saber elegir bien.

Cuando sabemos lo que necesitamos es el momento de hacernos el regalo. Y si lo elegimos correctamente se volverá fabuloso e inolvidable. Y el regalo puede ser un paseo, contemplar un atardecer desde un sitio privilegiado o sonreír junto a un amigo. Nos han impuesto en la mente que gracias al consumo conseguiremos de alguna forma la ansiada felicidad. Y la felicidad se compone precisamente de detalles o de la suma de esos detalles. Y el mayor detalle que nos podemos hacer es entendernos para poder seguir por nuestro camino de vida. La búsqueda del yo será tan difícil como saber elegir el regalo que debemos hacernos.

“Esta disposición para planear sobre uno mismo

es quizá la fuente de toda virtud.

Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella”

(Gustave Flaubert)

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El muro de Berlín

Publicado: 9 de febrero de 2013 en Historia
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“Lo que empieza en cólera acaba en vergüenza”

(Benjamin Franklin)

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Al término de la Segunda Guerra Mundial, el territorio alemán se dividió en cuatro zonas bajo control de las tropas aliadas. En ese momento, Alemania no se encontraba en condiciones de pactar nada. Debido a que la URSS invadió Alemania por su lado este y llegó a Berlín impuso su propio control militar, fundando la República Democrática Alemana en octubre de 1949. Su primer presidente fue Wilhelm Pieck. La URSS impulsó su reconocimiento como Estado a nivel internacional, gracias a todas las repúblicas soviéticas satélites que a continuación la reconocieron. Sin embargo, la República Federal Alemana, que se fundó el mismo año, se negó a reconocer a la RDA.

La conocida como ‘Guerra Fría’ comenzó en ese momento. La URSS siempre anunció que no proponía a la RDA como un estado socialista, y siempre dejó abierta una puerta a la posible reunificación en el futuro. Pero a partir de la década de los 50, Stalin aceleró los movimientos para que se identificaran mecanismos e instrumentos socialistas en el territorio. La colectivización, la agricultura y la nacionalización de las empresas fueron los primeros. También la disolución de los estados federados en ese estado fue otra prueba evidente, cambiándolos por distritos.

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También comenzaron las represiones contra la población cuando se intentó manifestarse en la calle en contra de las medidas adoptadas. Los tanques del ejército rojo que permanecían en territorio alemán salieron a la calle y mantuvieron ‘el orden’, pero para ello murieron decenas de ciudadanos. La RDA era conocida también como la Alemania Oriental y fue un agujero negro en la historia de Alemania que duró más de cuarenta años. Muchos fueron los filósofos y sociólogos alemanes que intentaron escribir tesis para explicar lo que había supuesto para la sociedad alemana en su conjunto tal suceso. El país se dividió en dos zonas completamente diferentes integradas por personas del mismo origen, idioma y cultura. Dos formas políticas, sociales y económica. Dos ideologías. Dos propuestas extremas. Una anclada en las ideologías socialistas soviéticas, y la otra en el capitalismo dentro de un país federal. Una separación que supuso nuevas fronteras, policías y soldados para controlarlas, pasaportes diferentes y nuevas barreras para delimitar claramente ambos territorios.

Berlín, que había sido capital de Alemania hasta entonces, se vio dividida en cuatro sectores desmilitarizados, que pertenecían a Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos y la URSS. La misma ciudad de Berlín se asemejaba a lo que le había sucedido a Alemania. Una ciudad dividida. En la zona occidental la vida transitaba como en la RFA y en el lado oriental como en la RDA. La RFA declaró a la ciudad de Bonn como nueva capital, mientras que la RDA reconoció a Berlín como su capital. Y con el paso de los años y el aumento de la Guerra Fría, la paranoia por la seguridad fue aumentando año tras año. Las fronteras empezaron a tener algo más que un significado territorial para pasar a ser algo más diplomático y estratégico.

Se levantaron vallas por todo el territorio fronterizo entre los dos países. Se creó una zona de unos 5 kilómetros de longitud donde sólo era posible entrar con un permiso especial para residentes. Muchos alemanes del Este quisieron salir y escapar rumbo al Oeste. Se calcula que más de 3 millones de personas abandonaron la RDA rumbo a Occidente entre 1949 y 1961. También la RDA sirvió como puerta de entrada a la Europa Occidental para ciudadanos de los estados socialistas como Checoslovaquia, Polonia o Bulgaria. La mayoría de los que intentaban salir eran jóvenes bien formados, y eso era un peligro para el futuro de la RDA. De hecho, más de 50 mil habitantes del Berlín Este trabajaban a diario en el área occidental para aprovecharse de los sueldos más elevados. Se les conoció como ‘Grenzgänger’. 

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La construcción del Muro de Berlín fue un poco consecuencia de todo lo que estaba sucediendo y el miedo a lo que podía suceder en el futuro. El gobierno oriental defendió la idea de su construcción con la teoría de ser una protección para la población ante posibles elementos fascistas que podían conspirar para el no desarrollo eficiente del estado socialista. Ese muro tuvo varios nombres, pero se le conoció sobre todo como el ‘Muro de la vergüenza’. Se comenzó a constuir en agosto de 1961 y se extendía a lo largo de 45 klómetros que dividían la ciudad de Berlín en dos y en 115 kilómetros que separaban a la parte occidental de la oriental. Un símbolo que muchos trataron de traspasar a pesar de la dura vigilancia de los soldados fronterizos. Nunca se ha llegado a conocer con exactitud cuántas personas murieron intentando salvar el muro. Algunas cifras hablan de casi 300 víctimas.

El plan para la construcción fue un secreto del estado de la RDA. Los trabajos fueron realizados bajo las órdenes y la vigilancia del Ejército Nacional Popular. Incluso meses antes de su inauguración se negaba la decisión ya adoptada en ámbitos diplomáticos internacionales. El 11 de agosto de 1961, la Cámara Popular de la RDA aprobó los resultados del Consejo de Moscú y autorizó al Consejo de Ministros a emprender las medidas necesarias. El día 12, de madrugada,  comenzaron las obras. Se hizo sin previo aviso y se hizo en su totalidad. Tan sólo una pequeña parte se quedó sin construir. A partir de ahí se desarrolló una vigilancia férrea, con el uso de más de 5000 miembros de la Policía Popular y otros tantos de las brigadas ciudadanas. Algunas tropas soviéticas se apostaron en la frontera ante un posible combate. Los medios de transporte que comunicaban ambas zonas de la ciudad berlinesa fueron detenidos. Sólo el tren elevado y el subterráneo que atravesaban el este de la ciudad siguieron funcionando, pero sin detenerse en las estaciones orientales, que comenzaron a conocerse como estaciones fantasma.

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El nombre propio de la construcción del muro fue Erich Honecker, responsable de la planificación y la realización del muro. Representaba sin duda lo que estaba sucediendo en todo el mundo. Dos potencias rivales queriendo demostrar sus fuerzas. A nadie se le escapaba que la intención primera y bien definida de ese muro era evitar que los ciudadanos de la RDA escaparan hacia la otra Alemania. Cualquiera que osara saltar el muro se veía expuesto a las pistolas de los vigilantes. Desde la RFA y mediante su presidente Adenauer se intentó calmar a la población. Las protestas aumentaron pero nada se pudo hacer ante el muro ya construido. El alcalde del Berlín Oeste convocó una manifestación donde reunió a más de 300 mil berlineses. La reacción ante la construcción por parte de los aliados fue lenta e imprecisa.

La RDA prohibió la entrada a su territorio desde el Berlín Oeste a partir del 1 de junio de 1962. Las negociaciones fueron duras pero se permitió que más de cien mil ciudadanos del oeste visitaran a sus parientes a finales de 1963. A partir de la década de los 70 ambos gobiernos tuvieron acercamientos, se emprendió una política conciliadora y de aproximación para relajar las tensiones y simplificar los trámites para permisos de viaje. La RDA pidió a cambio el reconocimiento como estado soberano aunque fue rechazado. Las obras del muro siempre estuvieron presentes, incluso en 1975 se hizo una nueva reconstrucción. El muro iba apoyado por una valla metálica, cables de alarma y trincheras de alambrada para evitar el paso de vehículos y más de 300 torres de vigilancia con soldados armados y con orden de disparar ante cualquier vestigio de huida.

Se calcula que casi 60 personas pudieron escapar utilizando un túnel de 145 metros de longitud cavado por los berlineses occidentales entre el 3 y el 5 de octubre de 1964. El caso más conocido de fuga fue el de Peter Fechter. Intentó cruzar el muro junto a su amigo Helmut Kulbeik, quien sí pudo llegar al otro lado. Pero Fechter fue tiroteado y se le dejó morir desangrado en medio de la calle ante la vista de los medios occidentales. Era el 17 de agosto de 1962.

Germany Berlin Wall Anniversary

La caída del muro se produjo la noche del 9 de noviembre de 1989. Habían pasado 28 años. Las evasiones se habían intensificado en los últimos meses gracias a las aperturas de países cercanos como Hungría o Checoslovaquia. La presión internacional, las manifestaciones masivas y constantes. Un cúmulo de sucesos que llevaron a una curiosa circunstancia. Esa misma noche, Günter Schabowski, miembro del Politburó del SED, anunció en una conferencia de prensa, retransmitida en directo por la televisión nacional sobre las seis de la tarde, que todas las restricciones para los ciudadanos habían sido retiradas. Fue en ese momento cuando las dudas de miles de personas comenzaron a fraguarse. Entendieron que sí se podía pasar al otro lado sin restricciones y los mismos guardias fronterizos se quedaron perplejos, aunque no tenían comunicación oficial del hecho. Miles de personas empezaron a congregarse frente al muro y los soldados no hicieron ni la intención de disparar. Acabaron por abrir los puntos de acceso. La nueva Ley de Viajes provocó la caída del muro.

Desde el lado occidental se comenzó a gritar en radios y televisiones una sola proclama: ¡El Muro está abierto! Miles de berlineses del lado este se presentaron y exigieron pasar al otro lado. Antes de medianoche varios puntos fronterizos abrieron el paso. Aunque la verdadera avalancha humana se vivió a la mañana siguiente. El 10 de noviembre se convirtió en una fecha histórica. El entusiasmo de los dos berlines se hizo evidente. Se bebía, se cantaba y se gritaban voces de libertad. Se escaló el muro. Los mismos ciudadanos y de forma espontánea comenzaron su destrucción. Las imágenes dieron la vuelta al mundo.

El historiador Eric Hobsbawm declaró que el siglo XX había sido corto, sobre todo si se comparaba con el siglo XIX. Para él, el siglo XX transcurrió desde la Primera Guerra Mundial hasta la desintegración de la Unión Soviética.  La caída del muro fue el último empujón para el fin de la Guerra Fría y el reconocimiento de que lo que había ocurrido jamás debía haber ocurrido. El siguiente paso era evidente: la reunificación alemana.

MURO-DE-BERLIN


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“La elegancia es vestirse, mostrarse y comportarse de modo

que tales adornos no tengan más protagonismo

que el mensaje que trasmite la mirada”

(Paloma Cobollo)

***

Las redes sociales nacieron con la idea de ser estructuras sociales compuestas por un conjunto de actores que están conectados por lazos comunes. Y estos lazos pueden ser de amistad, de parentesco, de afinidades de ocio, culturales o políticas. Los sociólogos no se ponen de acuerdo a la hora de valorar las tendencias que demuestren qué lazos de unión pueden representar algunas de estas redes sociales. Cierto es que alguna de estas se ideó para poner en contacto amistades actuales y pasadas, una forma de mantener el contacto y de saber constantemente lo que están haciendo los demás, los conocidos y los que no lo son dentro de los márgenes de nuestro entorno.

El surgimiento de redes sociales donde se integran miembros que nada tienen en común con respecto a su pasado o a su amistad abre el debate sobre las verdaderas causas que pueden unirles. En general, todos buscamos palabras, ideas y manifestaciones que tengan algo en común con las nuestras. Lo similar nos une, de una manera u otra. Aunque el verdadero milagro de muchas redes sociales es unir a gente de diferente estrato social y darles un argumento para poder unirse, intercambiando fotografías, vídeos, noticias, música,opiniones y emociones o sentimientos. Eso demuestra que el mundo en general y las personas en particular están ardientes de deseo de compartir, de una manera u otra. Lógicamente, hay personas más activas que otras, pero el que no es muy activo no quiere decir que no participe.

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Llama la atención cómo de forma desinteresada muchas personas demuestran una apertura a su intimidad y a su mundo de una forma natural y sincera, cuando en la vida cotidiana les cuesta horrores aparentar o mostrarse de tal forma. Lo difícil que resulta sacar palabras o respuestas a personas que habitan nuestro entorno a diario, las caras de reacción que debemos soportar cuando preguntamos cosas sobre aspectos personales, aficiones, gustos o simplemente costumbres de alguien. Verdaderamente sorprendente observar cómo alguien desde el anonimato de su hogar lanza gratuitamente todo lo que tenga que ver con su vida para todo aquel que tenga por bien compartir, ver, observar, leer, descubrir, etc. Muchos se han convertido en exhibicionistas profesionales, mientras que otros lo han hecho en el mundo del vouyerismo.

Y también sorprende la forma en que el mundo en su mayoría utiliza las redes sociales para crearse un protagonismo del que carece. Cierto y conocido es que a muchas personas les encanta que hablen de ellas, que sepan de ellas, que las observen y que las admiren. Es una forma de ser alguien, de ser importante, de ser algo. La fama parece que nos han hecho creer que sólo es posible para unos cuantos elegidos y muchas veces se usan las redes sociales para presentarse al mundo, como si al mundo le importara algo quiénes somos y qué es lo que hacemos. Otro apunte a destacar es la forma en que hemos pasado a vendernos. Nos socializamos rápidamente dentro de un mundo virtual, rodeado de personas desconocidas, de las cuales no sabemos nada o casi nada y nos abrimos a ellas, ofreciéndoles el paraíso al cual pertenecemos, o al que hacemos creer que pertenecemos. Mostramos lo mejor de nosotros, que casi siempre suele estar integrado por cosas muy interesantes, somos populares, mostramos las fotos más interesantes, los escritos más ingeniosos, los vídeos más espectaculares. Somos capaces de atraer a mucha gente de distintas partes del planeta y sin salir de nuestra cajita de inspiración.

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Cada día más gente está desarrollando ese sentimiento imaginario de que son algo mucho más importante de lo que muchos creen o de lo que muchos todavía no han descubierto. Un aspecto a considerar poco importante en apariencia pero que ya está comenzando a crear incluso ansiedad en muchas mentes. El protagonista es aquel personaje principal de una trama o de una historia, pero también en un plano de situación o de actividad. Sin el protagonista no hay trama, aunque los personajes secundarios también son esenciales para la historia. No necesitamos solamente protagonistas sino personas que nos comuniquen, que nos indiquen, que nos hablen, que nos opinen, que nos interrelacionen de otra manera, bien distinta a la nuestra.

No somos los portadores de la verdad ni de la precisión. No somos más interesantes que nadie y nuestro interés debe estar relacionado con todos aquellos que son capaces y están abiertos y solícitos a compartir con nosotros, de un modo u otro, algo que nos puede hacer pensar, que nos puede hacer vivir de otra manera distinta a la nuestra. Ese es el auténtico tesoro de las redes sociales. Nos ayudan a abrir puertas para encontrarnos con otras verdades. Uno es protagonista irrepetible de su propia historia y de su propia vida. Eso es un enfoque positivo del protagonismo individual. Es entenderse. Es escucharse. Es conocerse pero de verdad. De realizar todo lo que se desea, de realizar los proyectos y los sueños. De sentirse a gusto consigo mismo.

El afán de protagonismo no nos lleva a ningún sitio porque nos distorsiona la realidad. Convierte todo en un problema y nos desliza hacia el abismo del ostracismo a una velocidad que no podemos detener, hacia la más absoluta necedad. Nos aleja sin remedio de lo verdaderamente importante. De todo lo que nos interesa. De todo lo que nos puede servir para algo en el presente y en el futuro. Conocerse conlleva saber cuál es tu momento, tu lugar, tu entorno y tu gente. Lo que nos falta puede que nos lo den otros. Ser protagonistas por un momento puede o no puede estar bien o mal, pero serlo continuamente no nos comporta ningún beneficio, sobre todo cuando no es verdad. Y lo sabemos.

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John Locke

Publicado: 1 de febrero de 2013 en Literatura
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“La esperanza de una felicidad eterna e incomprensible en otro mundo,

es cosa que también lleva consigo el placer constante”

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Se dijo una vez que tanto la política como la filosofía son actividades de las que muchos reniegan y dicen ser contrarios, sin darse cuenta de que hacen política y filosofan a diario. La filosofía es tan necesaria en el hombre como la política. Nació como parte del hombre a la hora de abordar todos los problemas que se le iban mostrando durante el transcurso de su vida. Unos meditan más que otros, de eso no cabe duda, pero si se desea apartarse un poco del misticismo, de las mitologías y de las religiones, uno debe adentrarse sin miedo al terreno filosófico. Argumentar bien o mal lo que se medita es cuestión personal de cada uno, y depende de la capacidad de uno mismo y de su experiencia. Pero no cabe duda de que el ser humano está continuamente pensando, preguntando, dudando y especulando. La importancia que se le quiera dar a esos pensamientos también forma parte del gusto de cada uno.

***

“Los hombres olvidan siempre

que la felicidad humana

es una disposición de la mente

y no una condición de las circunstancias”

***

Nos preguntamos por la existencia, por el conocimiento, por la verdad, por la moral, por la mente, por la belleza y por la felicidad. La influencia de la filosofía en nuestras vidas es un hecho. Una de las teorías filosóficas que más enfatizó el papel de la experiencia y del conocimiento fue el empirismo. Para el empirismo más extremo, la experiencia es la base de todo conocimiento. El mismo término ‘empirismo‘ viene del griego y la traducción al latín es ‘experientia’. El empirismo surgió en la Edad Moderna como conclusión a una tendencia filosófica que tuvo su centro de desarrollo en el Reino Unido. Estaba en contraposición al conocido como ‘racionalismo’, y que era más característico de la filosofía continental.

En la Antigüedad se distinguía claramente entre el conocimiento conseguido por la experiencia y su resultado, que era la técnica y el trabajo productivo. Había una ciencia o teoría y una práctica. Se creía que el saber era independiente de la experiencia y que eso precisamente constituía lo que se conocía como sabiduría. Para el sabio, la máxima expresión del conocimiento de la verdad, la ciencia y la cercanía a la felicidad constituían el ideal de vida. Pero para esa separación se necesitaba una tradición gobernante y una clase dominante. Y ya en la Grecia clásica apareció la doble actitud de pensamiento entre el racionalismo y el empirismo. Los primeros filósofos que mantuvieron su discurso empirista fueron los sofistas. El término ‘sofista’ provenía de sabiduría, todo aquel que en Grecia tenía como oficio o profesión enseñar sabiduría. Se preocuparon por el hombre en sí y su sociedad. El valor de la verdad quedaba restringido al valor de la experiencia personal y al ejercicio del poder. Una parte importante era la retórica en el dominio del lenguaje como instrumento para conseguir el poder.

“Ningún conocimiento humano puede ir más allá de su experiencia”

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Apareció lo que se conoció como ‘empirismo inglés’, en oposición al ‘racionalismo continental’ que habían propuesto nombres como Descartes, Spinoza o Leibniz. Y dentro de ese movimiento británico aparecieron nombres como Hume, Bacon o Locke. John Locke nació en Wrington (Inglaterra) en 1632 y murió en 1704. Estudió en Oxford y se dedicó a varias actividades, como a la diplomacia, la teología, la economía y también trabajó como profesor de griego y de retórica. Fue uno de los nombres principales dentro del pensamiento político liberal. Pero su especialidad, curiosamente, fue la medicina. Como médico personal del conde de Shaftesbury, quien era el líder del partido Whig, adversario confeso del absolutismo monárquico en la Inglaterra de Carlos II y de Jacobo II, se alineó con esas ideas y fue perseguido, teniendo que refugiarse en Holanda. Regresó a su país tras el triunfo de la Revolución Gloriosa de 1688.

Está considerado uno de los grandes ideólogos y pensadores de las élites protestantes. Sus teorías y pensamientos han ejercido una influencia decisiva sobre la misma constitución política de Gran Bretaña incluso hasta en la actualidad. Fue defensor de la tolerancia religiosa pero su liberalismo fue interesado y parcial, excluyendo el derecho a la tolerancia a los ateos y a los católicos. Pasa por ser reconocido como el más importante de los pensadores empiristas. Escribió su ‘Ensayo sobre el entendimiento humano’ en 1689 en contraposición al pensamiento racionalista continental de Descartes. Esta obra es la más conocida del pensador y se dividía en cuatro libros: ‘De las nociones innatas’, ‘De las ideas’, ‘De las palabras’ y ‘Del conocimiento’. En este libro se adentraba en la descripción del conocimiento, señalando la división de las ciencias y de los campos del saber, plasmando una imagen de la naturaleza de la razón humana.

Rechazaba las ideas innatas y afirmaba rotundamente que, antes de la experiencia, el entendimiento se encuentra vacío como una hoja en blanco. Las cualidades sensibles de los objetos son trasmitidas a la mente mediante los sentidos. Su teoría partía de la base de que el único conocimiento que los humanos pueden poseer es el conocimiento a posteriori, basado en la experiencia. Hay dos fuentes de nuestras ideas: la sensación (los sentidos) y la reflexión (pensamientos y memoria). Y dentro de ambas fuentes existen las ideas simples y las complejas. Las ideas simples son creadas de forma pasiva por la misma mente y se obtienen mediante la sensación. Las ideas complejas se realizan tras la combinación, la comparación y la abstracción de todas las ideas simples. Sería la denominada asociación de ideas. También escribió ‘Ensayos sobre el gobierno civil’ (1662), ‘Ensayos sobre la ley de la naturaleza’ (1964) y ‘Ensayo sobre la tolerancia’ (1667), entre otros muchos.

“La noción que a través de los sentidos

adquirimos de las cosas exteriores,

aunque no sea tan cierta como nuestro conocimiento intuitivo,

merece el nombre de conocimiento”

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mujer

“Elige una mujer de la cual puedas decir:
Yo hubiera podido buscarla más bella pero no mejor”
(Pitágoras)
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La tan manida revolución de la mujer de la década de los sesenta y setenta sigue vigente. No comenzó durante esa época y todavía no ha terminado. En algunos países ha avanzado de forma más eficiente y verdadera. En otros ha ido desarrollándose muy lentamente y en algunos parece que ni siquiera ha comenzado. El fenómeno social marcó un antes y un después. Fue un movimiento social revolucionario que marcó a millones de personas de distintas generaciones. Fue, ha sido, es y será un cambio lento, progresivo y, en muchos casos, silencioso. De todos depende de que se convierta en éxito y en algo duradero y global. Aunque se antoje muy difícil sólo el tiempo podrá dar su veredicto al respecto.
Durante toda la historia, las mujeres se han visto ‘sometidas’ a estructuras patriarcales, a la negación de muchos derechos humanos elementales y fundamentales. Las leyes que existían y que todavía existen en muchos lugares, además de los sistemas tradicionales, la educación, la cultura, la familia, la religión, todos han sido factores determinantes para que fuera muy difícil su evolución en la sociedad mundial. Se buscaba desde el origen una dependencia de la mujer en el hombre. Y en cierta forma era una forma de esclavitud. Cuando surgieron los movimientos feministas perseguían una igualdad absoluta de oportunidades y de igualdad de derechos. Pero ese camino no fue fácil, ni lo está siendo ni lo será en el futuro. Muchos factores obstruyen ese camino. Es una combinación de muchos elementos que dificultan el libre desenlace de los acontecimientos.
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Ya en la Edad Media, la conducta de la mujer era pautada de antemano, ya fuera por la sociedad, la familia o la religión. Se le convertía en novia o en esposa según los intereses. La imagen de una mujer soltera, independiente y autosuficiente no era bien vista pues representaba todo lo contrario de lo que se pretendía. Pero es que las mismas mujeres abogaban en su mayoría por esa conducta y se lo inculcaban a sus hijas. No hace tantas décadas que la educación marcaba el designio de las mujeres. Debían casarse y encargarse del hogar, tener hijos y dedicarse a su familia por encima de todo lo demás. Lógicamente, cuando lo analizamos con perspectiva, eso no tenía ningún sentido, ni a nivel individual ni social. La sociedad en sí está compuesta por hombres y mujeres y lo ‘ideal’ sería que cada persona o individuo hiciera o desarrollara las actividades que mejor pudiera realizar. Eso sería lo ideal. Otra cosa es lo que sucede en realidad. Pero no tiene ningún sentido negar la libertad individual de las personas, ya sea por género, raza o religión. Los derechos son de los individuos.
Las mujeres comenzaron su particular lucha por la igualdad hace muchas décadas. Son famosas aquellas imágenes de las mujeres inglesas que salieron a la calle en el siglo XIX pidiendo el voto femenino.  Algo que hoy en día parece natural pero que fue una batalla constante para millones de mujeres de todo el mundo. El hombre, como género humano diferenciado de la mujer, siempre intentó mantener el poder, ya fuera legalmente, mediante leyes que él mismo dictaba, o mediante la fuerza. Para muchos personas, sobre todo hombres, el concepto de poder se relaciona con el grado de fuerza que se tiene. La intimidación ha servido para ello y la mujer tuvo que saber jugar sus armas de otra manera. El primer sufragio femenino se realizó en Nueva Jersey en 1776 aunque se rescindió en 1807. En la mitad del siglo XIX varios países garantizaron el sufragio femenino y el primero en hacerlo fue Australia en 1861. Aunque el primer sufragio sin restricción alguna y donde las mujeres podían presentarse a las elecciones se realizó en Nueva Zelanda en 1893.
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Para cambiar conceptos y mentalidades, lo primero que había que hacer era educar.  Un dato es curioso: en casi todos los países de la Unión Europea el índice de mujeres que terminan sus estudios superiores es mayor que el de los hombres. Antes el trabajo requería de esfuerzo físico y el hombre era ideal, con el avance tecnológico se han creado muchos puestos de trabajo que las mujeres pueden ocupar. La mujer entró en la escuela y en la universidad. Pero también necesitaba independencia económica. Y para eso comenzó a adentrarse en el mundo laboral. No fue fácil. Y no está siendo fácil. Las desigualdades son evidentes todavía. Las relaciones de pareja también cambiaron. El nuevo rol de la mujer les hizo más fuertes y más decisivas. Las familias se adaptaron a los cambios aunque de forma lenta.
Los cambios sociales suelen llevar tiempo y muchas voces en contra. No es fácil. No se trata de que sea fácil sino de que se consiga. Una vez el cambio logra su objetivo todo parece normal. Pero para que se produzcan esos cambios hay que pensar que no sólo es cosa de las propias mujeres. De hecho, muchas mujeres de esas generaciones estaban totalmente en contra de muchos de esos cambios. La educación recibida, la tradición, la religión y la propia mente conservadora hicieron estragos para muchas de ellas, que jamás vieron la posibilidad de cambiar el concepto de vida que les habían impuesto. Pero también había que contar con muchos hombres de otra mentalidad, que impulsaron con su ayuda el cambio. Puesto que si no hubiese sido imposible.
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Parece que Europa sea el ejemplo de la modernización en ese sentido pero la realidad dice que ahí la desigualdad entre el salario de hombres y mujeres sigue estando por encima del 20%. La mujer occidental tiene hoy varios retos básicos: compaginar su vida laboral y su realización profesional con la maternidad. El cambio de rol que ha experimentado el hombre occidental al respecto ha hecho que la cosa cambie. Los países escandinavos fueron los primeros en ver que las tareas de la casa y de los hijos podían repartirse de manera natural y hoy es algo que cada día es más aceptado, sobre todo por hombres. El trabajo y el esfuerzo de la mujer que se quedaba en casa para criar a sus hijos no se vieron recompensados. La mujer de hoy sabe que para que se le reconozca debe salir fuera y no ser sirvienta de nadie. El trabajo la hizo capaz de ser libre, de tener cubiertas sus necesidades económicas y de realizarse personalmente y crearse una carrera profesional.
Pero, curiosamente, la revolución de la mujer vino también relacionada con las crisis económicas. En tiempos de guerra, las mujeres adquirieron roles sociales jamás presenciados simplemente por la necesidad de la sociedad en cuestión. Y el desempeño de nuevos roles en la mujer no ha parado de extenderse. La mujer ya está integrada en la vida laboral, en muchos casos ocupando puestos que antes estaban destinados únicamente a hombres. Ha desarrollado el rol del hogar, puesto que la independencia de la mujer logró el divorcio y vio cómo tenía que hacerse cargo de los hijos de la pareja, en muchos casos sin tener que abandonar sus obligaciones laborales. Entre 1980 y 2000 el aumento de la mujer en el mundo laboral se incrementó en más de un 20%. Actualmente supera el 70%. Hay que recordar que a principios de la década de los 70 ese porcentaje no sobrepasaba el 15%. Pero el cambio también se ha desarrollado dentro de los puestos de trabajo. Ahora, casi el 75% de las mujeres que trabajan, están tituladas o son profesionales, mientras que en el caso de los hombres este porcentaje apenas supera el 50%. Si nos fijamos en las estadísticas en cuanto a titulaciones de educación superior, en los hombres representa el 20% del total, mientras que en las mujeres roza el 40%. El porqué de todo esto sólo puede tener una respuesta: la formación educativa.
Quizá el cambio más significativo desde los años sesenta y setenta ha sido la mentalidad del propio hombre. Aunque no de todos. De hecho, la mentalidad del hombre en casi todo el mundo sigue siendo machista. El machismo se define como el conjunto de actitudes y prácticas sexistas llevadas a cabo en pro del mantenimiento de órdenes sociales en que las mujeres son sometidas o discriminadas. Es el mayor causante de la homofobia. Y se distinguen distintas capas de machismo desde la infancia hasta la edad adulta. El machismo va cogido de la mano de la ignorancia. Cuando la ignorancia domina y gobierna las mentes fenómenos como el machismo campa a sus anchas. Para cambiar esa mentalidad hay que cambiar la educación. Y aún cambiando la educación nunca tenemos la seguridad de que ese pensamiento vaya a cambiar, aunque por lo menos ayudará a no desarrollarlo. El hombre como hombre siempre ha creído ser alguien superior con respecto a la mujer. Tanto a nivel físico como mental. El porqué de todo eso nunca se ha podido explicar del todo porque los argumentos se caen como castillos de naipes. El machismo ha traído consigo comportamientos que se han convertido en lacras para la sociedad, como por ejemplo la violencia doméstica, la violencia sexual y la trata de mujeres.
Los hogares han cambiado. La familia como concepto tradicional ha cambiado. Muchos hogares son monoparentales y en su mayoría con mujeres al frente. Más del 30% de los hogares están gobernados por mujeres. La mujer también se ha dado cuenta de que puede ser madre sin necesidad de tener que ‘aguantar’ a nadie. El número de madres solteras no se ha detenido. Las relaciones de pareja han cambiado porque las mujeres se dieron cuenta de que podían dejar a sus parejas, pero los hombres también evolucionaron en ese sentido, aunque no todos. Para muchos hombres su mujer es suya, es como una propiedad. Perder a su pareja porque ella lo decida no entra en sus planes o en su cabeza, simplemente porque le educaron así. Y muchas veces esa educación vino proporcionada por sus propias madres. El machismo era cosa de hombres y mujeres.
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Pero hay un error cuando se identifica al feminismo o al movimiento que engloba el término con la idea única del género humano. El feminismo no es sólo arropado, apoyado y trabajado por mujeres. Para que el movimiento pudiera tener un empuje se tuvo que valer también de muchos hombres, como ahora y como en el futuro. Es necesario un cambio mental en la sociedad global, en su conjunto, en hombres y mujeres para lograrlo. Muchas veces el término ‘feminismo’ ha sido tratado injustamente, siendo criticado más de la cuenta. Pero eso ha sido por parte de los que abogan porque la tradición continúe y los cambios no se vean logrados.

La decadencia de la sociedad

Publicado: 8 de noviembre de 2012 en Artículos
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“Enfrentarse,
siempre enfrentarse,
es el modo de resolver el problema.
¡Enfrentarse a él!”
(Joseph Conrad)
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Desde sus orígenes, la Humanidad ha demostrado tener ambición. Y mucha. Esto no es un secreto y queda ampliamente reflejado y constatado en múltiples facetas y segmentos de la vida del hombre, porque el hombre ha atravesado diferentes épocas y períodos, y ha sabido adaptarse a las circunstancias adversas, aunque muchas de esas circunstancias adversas han sido creadas por él mismo. Pero la adaptación a veces es necesidad, nada más. Y no por adaptarse mejor o más a menudo uno puede alardear de ser más sabio. Las circunstancias mandan y el paso del tiempo consigue lo que otros valores no pueden. E incluso hay momentos que se vuelven a encontrar dentro de esa misma historia. Hay vaivenes y se dice que todo vuelve aunque ya haya desaparecido. Las idas y venidas son realmente habituales. Lo que ocurre es que, para crear y avanzar, se necesitan muchos momentos y muchos y sabios  pensamientos, por no hablar de la participación de muchas personas y de una gran diversidad de factores. Sin embargo, para adentrarse en el terreno de la decadencia el tiempo no es tan necesario y la velocidad se incrementa como por arte de magia.
Hay que tener muy claro que para solucionar un problema primero hay que detectarlo y aceptarlo como problema. Quizá para cuando lo detectemos sea demasiado tarde. Acaso porque se han hecho oídos sordos, o tal vez porque nuestra capacidad de análisis sea cada vez más inquietante. Porque nuestras ambiciones no se detienen y desde su estrado estimulan nuestro futuro, aunque es evidente que nuestras ansias de avanzar nos causan excesos en las medidas y devienen en ciertos retrasos, algunos ocasos y lógicas decadencias. Todo lo que se avanza se retrocede y, en muchas ocasiones, lo que se retrocede es mucho más de lo que se avanzó. Decir que la sociedad actual está en franca decadencia no es nada sorprendente. Muchos sociólogos han detectado el problema hace tiempo y han puesto el dedo en la llaga; otra cosa es analizar qué es lo que hace la sociedad actual con respecto a ese problema.
“Los hombres y pueblos en decadencia
viven acordándose de dónde vienen;
los hombres geniales y pueblos fuertes
sólo necesitan saber a dónde van”
(José Ingenieros)
***
Cuando la decadencia aparece en el horizonte hay un serio riesgo de colapso social o de catástrofe general. Quizá hasta que no llega ese momento la mayoría no quiere interpretar lo que se avecina. Es el hombre un ser que intenta sobre todo relativizar el drama aunque también es capaz de exagerarlo sin venir a cuento. Un colapso social es una quiebra a gran escala de todo lo relacionado con la cultura, con las instituciones, con los organismos y con todas aquellas características principales que almacena y de la que se compone una sociedad o una civilización, ya sea de forma temporal o de manera permanente. Por quebrar no debemos imaginar la desintegración. Muchas pueden seguir funcionando sin que por ello quiera decir que realmente estén vivas o en conexión con la sociedad. Quizá el deterioro de la cultura y de los valores impacta más en la masa, puesto que se identifica más fácilmente y su dolor causa tremenda sensación.
Por supuesto, siempre que esto ocurre, hay segmentos de sociedad más desfavorecidos que son más proclives a ser víctimas de la situación. Muchos otros sectores cubren la escena con un manto de ignorancia o desinterés, quizá porque no les interesa o porque no les viene bien reconocerlo. Los verdaderos culpables de todo ese suceso hay que buscarlos desde arriba de la pirámide, para ir bajando lentamente hacia los siguientes escalones de la escalera y llegar al final de ella. Podríamos identificar mucho culpables pero el que dirige la maquinaria normalmente tiene la responsabilidad de lo que sucede en ella, tanto para lo bueno como para lo malo. Pero reconocer esos errores, ya sea en privado o en público no es algo que sea muy habitual. Se trata de minimizar el daño y mirar para otro lado. Intentar que pocos se den cuenta y tratar de acallar a todas las voces críticas que intenten propagar la noticia.
El asunto queda enquistado, haciéndose con el paso del tiempo en un problema mayor y como un cáncer que se expande, va dejando un rastro evidente y cada vez más difícil de eliminar. Volvemos al punto inicial: si no se desea detectar el problema o encararlo, no se adivinará la solución. La educación ha sido, es y será uno de los objetivos de toda sociedad que se proyecte como moderna. La calidad de la enseñanza en un grupo social demuestra su eficacia con el paso del tiempo. Esa educación, que ha sido una lucha continua entre aquellos que querían impulsarla hacia todos los estratos sociales de todo el mundo, ha caído en evidente decadencia. No se trata de ir a una escuela, se trata de educar bien. Educar bien comienza en el hogar, en la familia, en el entorno, en el grupo de amistades, en el colegio y en la vida misma. El ser humano copia a menudo lo que ve, como lo hacen los niños. La falta de lucidez y de conocimientos degenera en que se deba copiar y, generalmente, se copia a quien no se debe, además de que se copia mal y a destiempo.
Hay muchos factores que provocan y expanden el colapso social. Pueden ser de carácter social, cultural, político, económico o medioambiental. La suma de varios de estos factores provoca el caos social. Y la consecuencia lógica ante tal situación es un cambio social, con todo lo que eso conlleva. Porque el cambio puede llegar a convertirse en masivo. Motivos como la desigualdad entre los individuos puede provocar una tensión aguda que se manifiesta en el ascenso de la irritación y el enfado. Las clases inferiores pueden rebelarse contra lo establecido y puede ser el fin de la clase acomodada. Porque no hay que engañarse: las clases sociales seguirán existiendo queramos o no. En un sistema mayoritario de consumo y de mercado, siempre habrá gente que mejora y gente que empeora. Es el juego. Pero de ahí a provocar la ruptura de la clase social baja hasta límites extremos puede llevar a que la revolución sólo tenga un camino y sea el único sentido claro ante la realidad del momento.
El individualismo ha triunfado por encima de todas las ciencias. Quizá sus defensores ni se lo hubieran imaginado hace unas décadas atrás, pero es bien cierto que domina el motor social en casi todo el planeta. La solidaridad es esa palabra que suena también y que nunca se lleva a la práctica, a no ser para querer quedar bien y ser políticamente correcto. La hipocresía anida en cualquier rincón y girar la cabeza para que nuestra mirada se dirija hacia otro punto es cada vez más usual. La pandemia social de desinterés por muchos factores claves se incrementa de forma alarmante. Las personas son como pequeños robots preparados para sobrevivir y tratar de salir del paso como sea. Y si eso quiere decir que debemos no hacer caso del que se encuentra a nuestro lado pues adelante. La teoría del caos comienza a ejecutarse. Las guerras continúan, el racismo crece, como la violencia, en todas sus formas, las mafias se expanden y logran nuevos adeptos, el hambre es habitual y lo único que preocupa al ciudadano de a pie es simplemente sobrevivir.
La rutina mata y el sosiego también. El hombre necesita valores pero también dinamismo, necesita ideas y necesita proyectarlas. Las ilusiones se deben crear también, sabiendo de antemano que no todas se llevarán a la práctica para que nuestra frustración no nos oscurezca el camino y no nos deje observar lo que verdaderamente es importante. Lo más fácil en estos casos es dejarse llevar, dejarse guiar por la corriente y sin aparente esfuerzo llegar hacia un lugar que sea más ventajoso o cómodo. Lo difícil es luchar contra esa corriente y pretender arreglar todo ante tanta dificultad. Los problemas se multiplican, la complejidad social se evidencia, y un claro ejemplo de que estamos en el pozo de la decadencia es que los responsables públicos, políticos y altos cargos de organismos, evitan a cualquier precio tener que comentar dicho tema. Tocar este tema e introducirse en él para arreglarlo incluye reconocer un error y ellos forman parte del error, y como humanos que son, evitan reconocer su error. Otra peculiaridad humana muy de moda en nuestros tiempos.
La mentira nos acoge en su seno, lo más fácil es mentir y darle la vuelta a la tortilla, esconder el polvo bajo la alfombra y sonreír para decir que aquí no pasa absolutamente nada. Si la sociedad es una gran familia se puede ver claramente que ya no funciona como una familia, sino como grupos que actúan por separado según sus propios intereses. En una familia, como algo genérico, se demuestra empatía, se busca la comunicación, se espera comprensión y apoyo, pero también cariño y ayuda en los momentos más malos. En la sociedad actual ninguno de esos valores son realmente puestos en práctica. La única directriz a seguir es conseguir más dinero, más interés, más beneficio. Lo que no conlleve eso no interesa. El mercado abarca todo, incluida la sociedad. Pero hay que detectar la clara esencia del problema: la violencia juvenil aumenta, como las agresiones verbales, los insultos y las vejaciones. La trata de personas no se detiene tampoco, como el poder de las mafias y el contrabando de armas y de drogas, por no hablar de la esclavitud, que creíamos haber dejado atrás. Se ha perdido la moral y la ética ha tocado fondo. El todo vale se aferra a cualquier esquina. El desempleo ya es el pan nuestro de cada día y la crisis económica está provocando en caos en muchos lugares. La dignidad humana se pierde inexorablemente, la depravación impera. Pocas personas leen o se interesan por lo que hay a su alrededor, cualquier persona triunfa sin mérito ni esfuerzo. La corrupción está dentro de todo y lo va destruyendo desde su interior. ¿Hacia dónde nos dirigimos?, es la pregunta que los sociólogos se preguntan con más frecuencia. Y la respuesta es clara: hacia la decadencia más absoluta, fuera de proyectos, ideas y avances, fuera de la modernidad tan ambicionada. Los resquicios de mejora se diluyen entre las rendijas de la sinrazón, la incomprensión y la ignorancia.
Estamos sin duda sobre la línea descendente, y como si de una montaña rusa se tratara, la velocidad va aumentando y sólo nos dejamos llevar esperando que la inercia nos lleve hacia la línea ascendente de nuevo. El declive social es notorio, el deterioro prácticamente se multiplica a diario. La debilidad de la gente se hace evidente y la sociedad se resquebraja sin tiempo para reaccionar. La decadencia ya está aquí. Bienvenidos a la realidad. Ahora cambiemos el canal y prosigamos con la mentira. Giremos la mirada hacia otro lado y hagamos como que no pasa nada. Sigamos inmersos en la oscuridad. No abramos la puerta. Dejémonos vencer por los acontecimientos y no hagamos nada para solucionarlo. El futuro nos juzgará por nuestra negligencia y nuestra absoluta falta de agallas para revertir esta situación. Tan sólo hace falta interés. Y, sobre todo, querer solucionarlo.

Ulrich Beck

Publicado: 4 de octubre de 2012 en Literatura
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“En la sociedad,

el hombre sensato es el primero que cede siempre.

Por eso, los más sabios son dirigidos

por los más necios y extravagantes”

(La Bruyère)

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La sociología es la ciencia social que estudia los fenómenos colectivos producidos por la actividad social de los seres humanos dentro del contexto cultural e histórico donde se encuentran. Hay múltiples técnicas de investigación para analizar e interpretar las diversas teorías, las causas, los significados y las influencias culturales que motivan la aparición de diversas tendencias de comportamiento en el ser humano cuando se encuentra en un grupo social y dentro de un hábitat compartido. Es una ciencia relativamente joven y los orígenes de la misma se encuentran en nombres como Auguste Comte, Karl Marx, Emile Durkheim, entre otros. Pero ya en la Edad media, algunos pensadores de origen árabe realizaron algunas reflexiones que hoy en día se podrían considerar sociológicas.

Quizá el siglo XX representó como ninguno el ascenso y la consolidación de la sociología como ciencia que podía utilizarse tanto a nivel público como privado. Aparecieron nuevos nombres que le dieron a esta ciencia un lugar en el mundo y que la colocó como instrumento para conocer y analizar mejor a las sociedades de cualquier parte del mundo. Nombres como Marcuse, Mills, Bourdieu o Luhmann, pero también los hay mucho más contemporáneos y que quizá han tenido una mayor influencia en las masas sociales debido a los cambios tan drásticos que se desarrollan con mayor frecuencia en la sociedad. Esos nombres son más conocidos y aparecen ya en muchos artículos de prensa, en radio, en televisión y en muchos libros de cabecera tanto para estudiantes, empresarios como lectores asiduos en materia social. Entre esos nombres destacan Ritzer, Giddens, Baumann, Castells, Touraine o a Ulrich Beck.

“El hombre ha sido formado para vivir en sociedad

y ni es capaz de vivir solo ni tiene valor para hacerlo”

(Willian Blackstone)

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Ulrich Beck nació en Alemania en mayo de 1944. Actualmente es profesor en la Universidad de Múnich y también de la London School of Economics. Si ha destacado en el ramo de la sociología es en la profundización que ha llevado a cabo sobre los aspectos de la modernización, los problemas sociológicos, la individualización y la globalización. Últimamente ha elaborado estudios sobre la exploración de las condiciones tan cambiantes del trabajo en el mundo capitalista global, como de la pérdida de poder de los sindicatos y de la flexibilización de los procesos del trabajo, una teoría que tiene su origen en el concepto de cosmopolitismo. Pero también ha estado interesado en abordar temas relacionados con su país, como los nuevos conceptos sociales alemanes, incluyendo la llamada sociedad del riesgo y la segunda modernidad.

Los estudios acerca de la sociedad surgieron mucho antes de que el término de la ciencia fuera conocido o utilizado. La antropología no se adentraba en temas más específicos y la sociología podía considerar la diversidad de los usos y costumbres entre las distintas sociedades, haciendo comparativas de análisis y haciendo que muchos pensadores e intelectuales de todo el mundo se sintieran atraídos cada vez más por esta materia. Escritores de la era de la Ilustración ya eran grandes sociólogos, aunque nadie los consideró como tales, ejemplos claros son Montesquieu, Rousseau, Vico o Voltaire. Todos ellos y muchos más se interesaron por analizar las instituciones sociales y políticas europeas. Fue Lord Kames quien inició la investigación para conocer las causas del llamado cambio social como tal y tras su visión aparecieron nuevas voces, esta vez más conservadoras, que estaban interesadas en conocer las razones de los cambios y la estabilidad existente en la sociedad misma. Esta corriente de pensamiento estaba liderada por Joseph de Maistre y Edmund Burke, quienes nunca se cansaron de criticar muchas de las versiones de los intelectuales de la Ilustración.

Si nos adentramos en la magnífica obra de Beck nos daremos cuenta de que adopta una posición crítica, enfrentándose siempre a las corrientes del postmodernismo. Junto con Giddens defiende la sociología reflexiva, para no abandonar el análisis crítico frente a los problemas actuales que nos rodean. Siempre se ha interesado por los problemas que acaecen dentro de la nueva sociedad, que nada tienen que ver con los problemas sociales acaecidos anteriormente en sociedades precedentes, pero sin abandonar el sentido crítico a los problemas actuales. Si de algo se percata es que la sociedad actual es una fuente de incertidumbre, de inseguridad y de riesgo. La misma sociedad postmoderna asume y se resigna a cargar un riesgo en su propia identidad que encierra una grave contradicción: el peligro de supervivencia de la especie. Los medios de comunicación tienen un papel muy importante en la representación de los riesgos y la búsqueda de soluciones, aumentando el poder y el control social. Su pensamiento está marcado por las constantes de una sociedad sometida constantemente a los riesgos, muy fuertes, a los procesos de individualización. La actualidad del hombre social hoy en día está marcada por las noticias, pero noticias pesimistas, como pueden ser las económicas, las bélicas, las financieras o las ecológicas. El hombre vive en constante riesgo y no se lo puede quitar de encima. Pero Beck siempre ha distinguido una primera modernización, que es aquella que discurre a lo largo de la industrialización y la creación de la sociedad de masas; y una segunda modernización, que es aquella propia de cualquier sociedad que tiende a globalizar y que está en continuo cambio y desarrollo.

“La base de todas las sociedades grandes y duraderas ha consistido,

no en la mutua buena voluntad que los hombres se tenían,

sino en el recíproco terror”

(Thomas Hobbes)

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Lo que es evidente es que la sociedad de hoy nada tiene que ver con la sociedad de ayer, o de hace unos años, por no pensar en la sociedad de hace 50 años. Cuando se llevó a cabo la revolución industrial el valor más importantes a nivel cultura y social era la familia, pero con el paso de las décadas ese valor pierde prestigio y preponderancia para ser la individualización el nuevo concepto social para el individuo dentro de una sociedad de riesgo. La típica frase ‘sálvese quien pueda’ podría definir muy bien el sentido de la teoría. Vivimos en la época total de la incertidumbre, donde nada se puede dar por sentado, donde nada es seguro y todo está bajo el riesgo continuo. La estabilidad se desvanece y la seguridad económica, social y militar es cada vez más frágil. Según Beck, hay que contrarrestar el excesivo peso del mercado y sus efectos y ampliar el círculo social y cultural del individuo, con el objetivo de alcanzar un equilibrio y disminuir la incertidumbre. También ve necesario un cambio de mentalidad en los Estados para que desarrollen un proceso de cohesión internacional y de cooperación, teniendo que reconocer la diversidad e individualidades para abordar una nueva modernidad.

¿Qué es la sociedad de riesgo? Según la definición del sociólogo, es la fase de desarrollo de la sociedad moderna donde los riesgos sociales, políticos, económicos e industriales tienden cada vez más a escapar a las instituciones de control y protección de la sociedad industrial. Hay varias características a destacar: los riesgos causan daños y a menudo son irreversibles; el reparto e incremento de los riesgos sigue en proceso de desigualdad social; el riesgo es un negocio, una oportunidad del mercado; hay un vacío político e institucional; hay un proceso de individualización en las nuevas sociedades; y existe un retorno claro a la incertidumbre, el riesgo de lo impredecible y de las amenazas de la sociedad industrial.

La misma sociedad se está convirtiendo en un problema para ella misma. Lo colectivo se agota y el individuo busca nuevas formas de identificarse dentro de su nueva sociedad. Todos los conceptos clásicos de sociedad van modificando su estructura para pasar a desarrollar un complejo estado de inseguridad y duda, un estado anormal donde el individuo lucha por sí solo contra todas las adversidades y donde lo social o el conjunto dejan de tener significado o importancia. Con semejante descripción no queda otra que suspirar y desear que todo emerja en otra dimensión, bastante más diferente y alentadora que la actual, puesto que si continuamos por este camino, y no hay nada que pueda hacer pensar lo contrario, estaremos mucho más perdido de lo que lo estaban las sociedades anteriores.

Indonesia (Los años de Suharto)

Publicado: 25 de febrero de 2012 en Historia
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Hay teorías que afirman que quizá el general Suharto estuvo implicado en el fallido golpe de estado contra Sukarno en 1965. Dadas sus habilidades demostradas en la manipulación ninguna teoría se podría descartar o eliminar.

La figura de Suharto no se parecía en nada a la de su antecesor Sukarno. No tenía tanta facilidad de palabra y sus discursos parecían orientados a ahogar el debate en lugar de inspirarlo. Suharto nació en la isla de Java en 1921 y desde su adolescencia estuvo implicado en el ejército, en aquella época el ejército colonial holandés. Durante la década de los 50 ascendió rápidamente en el ejército indonesio y colaboró en la represión de las rebeliones de las Molucas del Sur y de la Darul Islam. En 1959 fue relegado a una escuela militar debido a su implicación en el contrabando de opio y de azúcar, pero en 1962 el propio Sukarno le designó para liderar la campaña militar contra Nueva Guinea Holandesa.

Siempre quiso que le llamaran ‘Bapak Pembangunan’ (Padre del Desarrollo). Una de sus teorías era que el autoritarismo era necesario para el progreso económico de Indonesia. Entendía que Indonesia debía mantenerse unida a toda costa, lo que conllevaba minimizar la actividad política y aplastar cualquier movimiento separatista.  En ese grupo entraban los islamistas radicales, los comunistas o los separatistas rebeldes. Para él, las propias fuerzas armadas representaban el papel de guardianes indispensables de la unidad indonesia y fue durante los años de su mandato cuando su doble función, la de supervisar el gobierno doméstico y defender el país, estuvo más arraigada.

No se aceptaba la disensión, y la censura era el arma para mantener al pueblo al margen de la verdad, una ignorancia impartida que hacía que el gobierno ocultase todo aquello que le parecía necesario. El poder absoluto permitió a las fuerzas armadas, a sus familias y a los socios de Suharto hacer y deshacer sin necesidad de argumentación. El ejército se convirtió no sólo en una fuerza de seguridad del estado, sino en una maquinaria que dirigía negocios, legales e ilegales, para financiar su propia organización. La corrupción era el día a día e iba de la mano del secretismo. Su propia familia era el ejemplo más claro de esa maquinaria que funcionaba a las mil maravillas. Su mujer, Ibu Tien, era apodada ‘molienda de trigo’. Su hija Tutut ganó el contrato para construir la autopista de peaje de Yakarta. Su hijo Tommi se hizo con el monopolio sobre el clavo. No es de extrañar que en 1995 Indonesia fuera proclamado como el país más corrupto dentro del Indice de Corrupción  publicado por Transparencia Internacional (TI). La propia Ti calificó a Suharto en 2004 como el personaje más corrupto de todos los tiempos. Algo difícil de igualar.

A diferencia de Sukarno, que se había aliado con el apoyo comunista de la Unión Soviética y de China; Suharto ofreció la cara opuesta, su anticomunismo le llevó a entablar amistad con el gobierno norteamericano y el resto de países occidentales. EEUU y Japón se garantizaron el control sobre el petróleo y sobre los minerales indonesios. Pero al finalizar la guerra fría, Occidente se cansó de hacer la vista gorda ante las maniobras de Suharto. Comenzaron a presionar para que diera más libertad y democracia al país, y eso hizo que se abriera un proceso de cambio político con más debate abierto que se conoció con el nombre de Apertura, y que se cerró bruscamente cuando la prensa comenzó a criticar duramente al gobierno.

La crisis económica que atravesó el país en 1997 causó verdaderos estragos en muchos millones de indonesios y aceleró el Nuevo Orden. Los aumentos de los precios provocaron disturbios. Las manifestaciones antigubernamentales comenzaron a ser masivas, sobre todo cuando en mayo de 1998, las tropas mataron a tiros a cuatro estudiantes en la Universidad de Yakarta. Los chinos fueron los más perjudicados, sus negocios fueron destruidos y quemados, se habló de numerosas violaciones y asesinatos. Todos, incluso los propios ministros de Suharto pidieron su dimisión, que se produjo el 21 de mayo.

La caída de Suharto trajo consigo la llegada de la ‘reformasi’ (reforma), tras avanzar en participación democrática, en libertad de expresión y en derechos humanos. Los 30 años de gobierno de Suharto pasarán a la historia de Indonesia como uno de sus capítulos más tristes y sangrientos. Masacres de comunistas, más de un millón de prisioneros políticos, negación de los derechos humanos, oposición silenciada. Tan sólo había una regla, acatar las órdenes dadas por él o por sus generales.

Tras su dimisión, le relevó su vicepresidente Habibie que liberó a presos políticos, suavizó la censura y prometió elecciones, pero continuó tratando de prohibir las manifestaciones y reafirmó el papel político del cada vez más impopular ejército. En 1998 cuando un grupo de estudiantes marcharon hacia el Parlamento para exigir elecciones inmediatas, el ejército asesinó a más de doce de ellos e hirió a centenares. Las primeras elecciones realmente libres del país se efectuaron en junio de 1999. Ningún partido recibió un claro resultado, pero el MPR eligió como presidente al predicador musulmán Abdurrahman Wahid como líder de una coalición. Wahid era excéntrico, ciego, había sufrido dos derrames cerebrales y detestaba la vestimenta forma y las jerarquías. Todas sus medidas causaron incluso temor y en 2001 el MPR destituyó a Wahid por supuesta incompetencia y corrupción. Todavía quedaba mucho recorrido para la auténtica democracia indonesia.

Malasia (Tribus, idiomas y religiones)

Publicado: 29 de enero de 2012 en Historia
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Si miramos el mapa sociológico de la actual Malasia vemos que los chinos representan la población mayoritaria con más del 75% del total. Los malayos sólo representan un 14% y los indios un 8%, el resto pertenecen a otras etnias.

Según los datos que maneja el gobierno de Malasia, en 2005 sólo quedaban 150 mil ‘orang asli’, el pueblo original del país, digamos que los originarios o nativos. Entre ellos existían tres grupos: los negritos, los senoi y los protomalayos. Y dentro de estas tres divisiones se podrían hacer más grupos hasta 18 etnias diferentes. La más pequeña de esas tribus serían los ‘orang kanak’ que no alcanzarían los 100 miembros y la mayor quizá sería la ‘semai’ que llegaría a más de 40 mil miembros. Son de religión animista aunque se ha intentado con el paso de los siglos a que se conviertan al islamismo, sin éxito hasta el momento.

Hay que recordar que los ‘orang asli’ desempeñaron un fuerte e importante papel en el inicio del comercio nacional cuando los productos demandados procedían de la jungla. Cuando esos productos pasaron a ser más sofisticados perdieron su influencia. Curiosamente, en la década de los 50 y cuando las guerrillas comunistas libraban una batalla en la jungla, los ‘orang asli’ se convirtieron en parte esencial dado que eran perfectos para suministrar alimentos, medicamentos e información. Los británicos se dieron cuenta rápidamente de ello y vieron que si querían ganar esa guerra los necesitaban. Cómo se ganaron su confianza, pues sencillo, levantando fuertes en la jungla, junto a sus asentamientos, con lo cual la tribu se vio provista de atención médica, alimentos y todo lo más prioritario.

Otro dato curioso dentro del mapa poblacional malayo es la casta de los ‘peranakan’, o quizá deberíamos decir media casta puesto que es lo que verdaderamente son. De hecho, son descendientes de inmigrantes chinos que se establecieron sucesivamente en Singapur, Penang y Malaca a partir del siglo XVI y que se unieron a mujeres malayas. Su cultura y su idioma es una interesante mezcla de tradiciones chinas y malayas. Y eso les hace especiales. Adaptaron el nombre y la religión de sus padres chinos, pero en cambio, adoptaron las costumbres, el idioma y el modo  de vestir de sus madres malayas. Muchos les apodaron ‘chinos del estrecho’. Aunque a veces son conocidos como ‘baba-nonya‘, una combinación de palabras que traducidas significan respectivamente varón y mujer. Su origen económico era fuerte debido a su facilidad con el comercio y era habitual que se permitieran presumir de joyas y de muebles caros y únicos. Otra característica de esta población eran los colores vivos con los que pintaban sus casas e incluso decoradas con coloreados azulejos. Estaban fascinados por los muebles de calidad y por los tallados por ebanistas, los que eran únicos y muy deseados. Su lengua era un dialecto del malayo con mezcla de hokkien, un idioma que se hace difícil de entender para la mayoría de malayos. De todas formas adaptaron a su dialecto multitud de expresiones y palabras provenientes del francés y del inglés e incluso utilizaban un malayo que invertía el orden de las palabras y que solamente utilizaron ellos.

Si nos referimos a los idiomas que se hablan en el país vemos que es un país de gran facilidad con los idiomas, dado que es fácil encontrarse con que cualquier persona domina dos idiomas como mínimo, además de defenderse en un inglés que le viene determinado por la historia y por el colonialismo. El idioma nacional del país se conoce con el nombre de ‘bahasa malaysia’, que no se debe traducir literalmente como idioma malasio, pues la correcta denominación sería idioma malayo. Pero hay muchos idiomas que se hablan por todo el país; como el tamil, el cantonés, el mandarín, el hokkien, muchísimos dialectos chinos, otros idiomas indios, algunas formas del portugués que viene del origen del siglo XVI y que se conoce con el nombre de ‘kristang’. Hay que recordar, no obstante, que todos los malayos hablan malayo, por encima de su idioma de origen y que dominan otro idioma aparte de ese. Algo en lo que muchos occidentales deberían entrar a analizar.

Otra cosa curiosa es la forma que se tiene en la mayoría de malayos de utilizar el inglés, mezclándolo e incluso generando un nuevo idioma o jerga conocido como ‘manglish’.

Otro tema diverso y que da carácter y personalidad al país es el de las religiones. Tan diversas como las etnias que lo componen. Quizá el Islam es la religión mayoritaria aparte de ser la oficial. Pero se garantiza la libertad de culto, y así se practican otras religiones importantes como el hinduismo, el budismo, muchas religiones chinas y algunas minorías que siguen al catolicismo, aunque hay que señalar que nunca ha tenido una gran importancia dentro de la cultura e historia malayas.

El Islam llegó a Malasia con los comerciantes indios y no de ningún país árabe. Se implantó de forma pacífica a través de los puertos comerciales. Se integraron creencias en lugar de imponerlas o combatirlas. Los chinos suelen utilizar el budismo, el confucianismo y el taoísmo. El budismo lo utilizan para el más allá, el confucionismo se usa más para aspectos políticos y morales de la vida cotidiana y el taoísmo aporta esas creencias animistas que sirven para mantener la armonía con el mundo en el que se vive. El hinduismo llegó al país hace más de 1500 años pero hasta hace relativamente cien años no se volvió a utilizar con fuerza. El hinduismo se centra básicamente en tres prácticas básicas: la puja (adoración), la incineración de los muertos, y las normas y regulaciones del sistema de castas. El animismo no tiene un sistema rígido de principios o creencias codificadas, pero se puede decir que los pueblos animistas perciben los fenómenos naturales como acciones de los diversos espíritus o deidades.

Adat (Una ley tradicional)

Publicado: 18 de enero de 2012 en Artículos
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Cuando la modernidad se impone, el capitalismo consigue arraigarse y la mayoría de una sociedad se occidentaliza, pasando a tener una vida más rápida, estresada y ocupada en nuevos menesteres, los hábitos y las tradiciones suelen ir cambiando poco a poco, o se tiende sin pretenderlo a abandonar ciertas costumbres que estaban arraigadas en el entorno familiar o social de un pueblo.

Esto es lo que le ha ocurrido al pueblo de Malasia en cierta forma. La mayoría de los malayos eran tradicionalmente musulmanes, devotos de una vida tradicional con sus antiguas creencias y un sistema social basado en los pueblos y conocido como adat.

El adat era y es una ley tradicional que daba y da importancia a lo colectivo por encima de la responsabilidad y de los intereses individuales, era y es una forma de mantener la armonía y el equilibrio social basado en la convivencia de una comunidad. Su origen se dice que pudo ser hindú o incluso mucho más antiguo y tenía su base de realización en el kampung (pueblo o aldea) para luego pasar a utilizarse en las nuevas  zonas urbanas. Esa comunidad del kampung se ha ido perdiendo con el paso del tiempo y con el cambio socioeconómico provocado por la modernidad y el capitalismo. De todas maneras son muchos los malayos urbanos que echan de menos aquella vida del kampung a pesar de las ventajas y comodidades de su vida en la gran ciudad.

Según el adat, todos los habitantes de una aldea o de un pueblo tienen el mismo estatus social, pero para hacer más efectiva su vida suelen nombrar un jefe o un líder en función de sus riquezas, de su mayor experiencia o de su nivel de conocimiento espiritual. Por tradición, el fundador de cada pueblo ya era nombrado jefe (penghulu o ketua kampung) y muchas veces ocurría que algunos miembros de su familia también se convertían en líderes o jefes.

El líder religioso musulmán, el imán, detentaba una posición de gran importancia como no podía ser de otra manera al ser ésta una comunidad musulmana, y era el encargado de dirigir las oraciones al grupo. Los llamados pawang y bomoh eran los guardines de la sabiduría espiritual que formaba parte de la tradición más antigua. Un pawang tenía ciertas habilidades y conocimientos esotéricos sobre algunas cosas como la cosecha, el clima o la pesca, por citar algunos ejemplos. El bomoh, por el contrario, era un sanador espiritual que ostentaba un conocimiento de la ciencia de las plantas curativas y era poseedor de poderes varios.

Quizá estas dos últimas figuras han ido perdiendo influencia debido al fundamentalismo islámico y al racionalismo occidental, pero ciertas cosas como el espiritualismo, la magia y el culto a los santos (keramat) siguen muy vivos, a pesar de que ciertas de estas creencias entran en conflicto con las enseñanzas islámicas tradicionales. Se ha recurrido a adaptar ciertas creencias tradicionales y costumbres antes de ceder el terreno al islam por completo. Incluso algunos políticos continúan hoy acudiendo en períodos electorales a un bomoh para orientar su estrategia y prevenir ciertos riesgos que puedan contrariar sus opciones.

Es curioso como el tiempo sacude ciertas tradiciones arraigadas durante siglos. Los cambios y las evoluciones de un pueblo, de una comunidad o de una sociedad cualquiera desarrollan cambios continuos que provocan que sus gentes tengan que decidir entre abandonar ciertos hábitos, acondicionar los nuevos o simplemente adaptar ciertas características de uno dentro del otro. Lo cierto es que la evolución es constante y las tradiciones tienen algo de anacrónico se mire como se mire. Quizá es por eso que en algunas sociedades cueste tanto conseguir que éstas permanezcan intactas. El tiempo es capaz de devorar todo a su paso.

No importa el origen, lo importante es el desarrollo y el ser humano está en pleno ciclo dinámico constante, al cual no debe negarse pues negaría su propia realidad. Las tradiciones de ayer nada tienen que ver con el hoy ni las de hoy tendrán nada que ver con las de mañana. Los cambios que se producían siglos atrás eran mucho más lentos que los que se producen en nuestros días. Arraigar algo definitivamente dentro de un núcleo es tarea más que complicada. Tan sólo debemos analizarnos a nosotros mismos y a nuestros hábitos para darnos cuenta de que éstos van cambiando con una pasmosa facilidad y rapidez.

Aquello que considerábamos apto hace unos años ya no lo encontramos del todo óptimo hoy, lo mismo que ocurrirá dentro de unos años con lo que nos ocurre hoy. El ser humano evoluciona tanto a nivel individual como colectivo hasta extremos inescrutables y no por eso hay que pulsar el botón de alarma. Las cosas suceden de forma natural y esa naturalidad enciende la espontaneidad y las formas de vida, sean como sean y se encuentren donde se encuentren.