Diario de pensamientos: Satisfacer el ego

Publicado: 16 de julio de 2014 en Diario de pensamientos
Etiquetas:, , ,

ego1

‘La mentira mayor es el ego’

(Alejandro Jodorowsky)

***

El ego, el yo, el yo y el ego, ambos o ninguno. El concepto del yo es difícil de explicar, de definir y de entender. Para muchos ha estado relacionado con la parte interna del individuo, de su alma, de su conciencia y de su mente. El estudio del yo ha estado presente desde los griegos y sigue vigente, ya sea a través de la medicina, de la psicología o la filosofía. Uno mismo se pregunta continuamente, a través de toda su vida, quién es ese yo, el que atesoramos, el que invadimos, el que nos complementa o nos hace ser como somos. Y acaso la pregunta es eterna. Una de las preguntas básicas del ser humano. ¿Quién soy yo?

Para los clásicos, el yo era una substancia, un alma o una cosa. Más adelante, otros negaron la existencia de la substancia, ya que para ellos el yo era simplemente una función, un conjunto de sensaciones, impresiones y pensamientos. Teorías al respecto las tenemos para todos los gustos. Cada quien podría hacerse propiedad de una de ellas, y aún así, sería difícil llegar a tener claro qué significa. Para un sinfín de filósofos, la esencia del yo como punto de partida fue algo esencial en su pensamiento. Yo como ente, yo como el que piensa, yo como el centro de todo, yo como la base de creación, yo como sentido de algo…

Habría que partir de un razonamiento bastante más sencillo: ¿Tan importante es el yo? ¿Tan importantes somos? Porque caemos en la tentación rápidamente de creer que el concepto mismo del yo nos pertenece y que a partir de ahí todo toma sentido. Sin el yo parece que lo demás no puede complementarse. Para muchos, el yo es lo básico, lo principal, la razón del todo. Sin el yo muchos estarían perdidos, simplemente porque lo plantean mal. Y es ahí, precisamente, donde aparece el ego, como administrador del yo. Se confunde el yo con el ego, y el ego con el sujeto o individuo. Se eleva al ego a un escalón superior, dándole mucha más importancia de la que realmente tiene. Y partimos de la idea de que el ego es trascendente para nuestra conciencia, ya sea ésta material o metafísica.

Cuántas veces detectamos a todas esas personas afectadas por el mal del ego, que las cambia, las traumatiza y las hace ser diferentes, con tan sólo un objetivo: satisfacer su ego. Son esas personas egoístas, destructivas, las que arrasan con todo, que son capaces de hacer lo imposible para sentirse satisfechas con su ego. Fantasías creadas por ellas mismas, carentes de cualquier ápice de humildad, de sencillez o de simple autocrítica. Una moda que va a en aumento y que en sociedades tan individualistas como las que estamos creando en las últimas décadas, son alimento de consumo de masas. El ego domina el mundo de una manera u otra.

El ego se convierte casi en una necesidad vital. Todos tenemos una parte de él pero algunos la agudizan, la alimentan, la desarrollan y la hacen imperiosamente garante de su conciencia. Otros no se dejan vencer por su poder, la tienen siempre acorralada, controlada, atada y siempre vigilada. Puesto que el ego puede devorarnos sin que nos demos cuenta, de forma pausada y eficaz, de forma latente y animal. Nuestra conciencia nos puede jugar mil jugarretas, y de nuestros errores es de donde deberemos extraer conclusiones y sabiduría, pero nunca aumentando la dosis de poder al ego, pues en ese caso caeremos en la trampa  de pensar que somos algo más de lo que somos en realidad. Una realidad que podemos confundir tantas veces como no seamos capaces de observarla como lo que es.

Satisfacer el ego se ha convertido en un deporte mundial. Ya sea por las apariencias, por lo que dirán, por lo que diremos, por lo que puedan pensar o no, por lo que vemos o escuchamos, por lo que nos cuentan y nos comentan, por todo aquello que nos hace distorsionar nuestro mundo real, por todo ese conjunto de circunstancias que provoca que no podamos concentrarnos en lo esencial, en lo prioritario, en lo básico. Cuesta acostumbrarse a la verdadera esencia, la nuestra, no solemos fiarnos de ella, le damos poco crédito y desconfiamos de nuestra eficacia. Absorbemos aire para hinchar nuestro ego, y tantas veces como haga falta, sin prestar atención a su tamaño, sin caer en la cuenta de que algún día pueda, al fin, explotar…

El yo, el ego, simplemente desea su propia satisfacción; no está preocupado por el resto. Su única motivación es sentirse realizado. Un detalle puede servir, una adulación, un piropo o una simple mirada. El ego se extiende tanto como necesite, se estira hasta el infinito, y en todas las parcelas de nuestra vida. Está presente en nuestro hogar, en nuestra familia, en nuestro entorno profesional, amoroso y de relaciones sociales. Si permitimos que el ego sea protagonista estaremos centrados únicamente en nosotros mismos, perjudicaremos nuestra conciencia, pues no seremos objetivos. Vivimos rodeados de gente, somos entes sociales, necesitamos de referentes a todos los niveles, de todo se puede aprender y nuestro ego es sólo una parte más del conjunto. Pensar en uno mismo agota, causa ineficacia y no beneficia en absoluto. Además provoca el rechazo de los demás, no permite organizar las ideas, las experiencias y las percepciones que se van aglutinando y propicia que nuestra identidad vaya perdiendo poco a poco su ADN. Satisfacer el ego es una forma de drogadicción como otra cualquiera. Como decía Freud: ‘El yo supone el primer paso del propio reconocimiento para experimentar alegría, castigo o culpabilidad’.

images
Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s