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El-Buen-Amor.-Con-Nube-De-María.

“El amor es como los fantasmas, todo el mundo habla de él pero pocos lo han visto.”

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Del amor se habla, se habla demasiado. Del amor de lee, se lee demasiado. Del amor se escucha, se escucha demasiado. El amor se ha incorporado a nuestras vidas como un todo, se ha instalado como un conjunto de muchas cosas difíciles de explicar y que raramente aparecen en nuestra realidad. El amor parece estar unido a la civilización humana desde sus inicios intrínsecamente. Pero también lo está el odio. Serían los dos polos opuestos. Lo bueno y lo malo del ser humano a la hora de hablar de sentimientos. Incluso da la sensación de que sin el amor la raza humana estaría extinguida o profundamente deprimida, aunque pueda parecer que las muestras de amor y de odio andan a la par. Pero, como ocurre en tantas ocasiones, la mayoría de las personas hablan y hablan sobre cosas que desconocen o que creen conocer, o que pretenden saber. A fuerza de hablar de algo durante mucho tiempo, uno puede llegar a interpretar que ya conoce suficiente sobre ello, aunque no sepa absolutamente nada. Si a uno le hablan del amor desde que es pequeño y no lo experimenta, seguramente querrá saber sobre ello para poder hablar también de su propia experiencia al respecto. Eso también es innato en el ser humano.

Uno ha visto infinidad de películas que han tratado sobre el amor, como obras de teatro, en todas sus formas, ya fueran idílicas, platónicas, dramáticas, especiales, imposibles, duraderas, placenteras, dañinas, enfermizas, etc. Uno ha leído cientos de libros que también han querido describir ese estado emocional de una forma particular y personal. Uno ha sido testigo de otras tantas relaciones que han transcurrido a su alrededor, amores que nada tenían que ver el uno con el otro, algunos que daban la impresión de ser irrealizables, inéditos, increíbles o simplemente imposibles; pero también otros que parecían perfectos, estables, imprescindibles y enigmáticos. Desde fuera no se puede explicar y mucho menos conocer por entero lo que se cuece dentro de esos amores, pero cualquiera de nosotros podría hablar de nuestras experiencias, como también seríamos capaces de explicar nuestras propias formas de amor que hemos sentido o experimentado.

“No existe el amor,

sino las pruebas de amor,

y la prueba de amor a aquel que amamos es dejarlo vivir libremente.”

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Hay una pregunta que siempre me ha costado contestar: ¿Cuántas veces te has enamorado? En un principio me parece una pregunta trampa. Porque una pregunta así ya da a entender que has tenido que enamorarte, y además varias veces. Se da por sentado que cualquier persona digamos ‘normal’ se va a enamorar a lo largo de su vida y, a poder ser, en repetidas ocasiones. Y como dicen que el amor es imparable, incontrolable y difícil de medir, pues seguramente nos veremos envueltos en sus garras en cuanto menos lo imaginemos. El amor no avisa, dicen. El amor, aparece… Tengo que confesar que me cuesta contestar a esa pregunta porque si me paro a pensar en ello detenida y profundamente, me cuesta distinguir entre lo que se suele llamar amor de lo que simplemente es una atracción, un cariño o un deseo. Con lo cual, contestar a la pregunta diciendo ‘ninguna’ se antoja arriesgado, más que nada por las caras de sorpresa y de incredulidad que recibiré automáticamente. 

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Tengo la sensación de que se habla muy gratuitamente de muchos sentimientos. Cualquier puede ser amigo de alguien, y cualquiera está enamorado de alguien. Hay gente que se enamora cada día. Y, lógicamente, se desenamora de igual forma, es decir, al instante. La pregunta es lógica: ¿era amor? ¿No estarían confundidos? ¿No estarían simplemente engañándose? Decir que estoy enamorado de alguien suena bien. Es bonito. Es idílico. Es envidiable. Y no digamos decir que alguien está enamorado de nosotros. Nuestro ego sube como la espuma con una facilidad pasmosa. Sentirse querido es innato en el ser humano y muy necesario. Necesitamos sentir que atraemos a alguien. Aunque nosotros no sintamos lo mismo. Necesitamos querer y ser queridos. Necesitamos sentir algo por alguien en algún momento de nuestra vida, otra cosa será que ese alguien demuestre y/o sienta lo mismo por nosotros.

 “Esta noche dormirás con tus triunfos y encantos, pero ella la pasará en los brazos de otro”

(Morrissey)

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Pasaríamos entonces al terreno de las necesidades más que el de las realidades. Confundiremos los sentimientos debido a nuestras necesidades más primarias. Necesitamos amor y si no lo encontramos lo inventamos. Creamos lo que haga falta con tal de satisfacer nuestra mente. Imaginaremos lo que haga falta y haremos creer al mundo lo que hemos creado en nuestra mente. Da igual si es verdad o no, de tanto repetirlo parecerá real. Y como en el amor sucede habitualmente con infinidad de sentimientos y de situaciones. Los problemas surgen o los creamos, aparecen o los hacemos aparecer. Los males, las quejas, la mala suerte, los amigos imaginarios, los que nos aprecian, los que darían la vida por nosotros, tantos que los vamos amontonando en el contador de cualquier red social, acumulando sensaciones más que realidades, intentando ver el mundo tal y como deseamos, mucho más que de cómo realmente es.

“No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos.”

(O.K. Bernhardt)

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Hace falta menos imaginación, un poco más de atención y mucha más coherencia. Ni todo es tan malo ni todo es tan bonito. La vida se compone de altibajos, de buenos y malos momentos, de buenas y malas personas, y en esa senda vamos avanzando, el conjunto de todo es lo que denominamos experiencia. No por pretender saber se sabe, no por creer conocer se conoce. No por decir que amamos mucho amaremos más o mejor. No por decir que nos aman nos sentiremos amados. No por decir muchas veces ‘te quiero’ se quiere más. Pero eso algunas personas no quieren entenderlo. Siempre me ha hecho gracia una frase que, desafortunadamente, sigue funcionando: ‘Dime que me quieres, aunque sea mentira’. Queda dicho todo. Dime lo que quiero escuchar, da igual si es verdad o no. Nos vamos traicionando a nosotros mismos, sin querer encarar la realidad. Nos enamoramos superficialmente, rápidamente, sin detenernos a pensar si realmente estamos enamorados. Quizá la pregunta clave sería qué es el amor. Y, a partir de ahí, todo empezaría a encajar. O no. Quién sabe. En un mundo donde la mentira y la exageración están a la orden del día hablar más o menos del amor ya parece algo trivial.

“La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.”

(Gabriel García Márquez)

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Vidas inventadas

Publicado: 23 de abril de 2015 en Artículos
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“El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido,

porque estará obligado a inventar veinte más 

para sostener la certeza de esta primera”

(Alexander Pope)

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A través de la historia del hombre, han sido habituales las escenas que han salido a la luz de muchas personas que intentaron ser ‘otras personas’. Se trata en estos casos de inventarse una vida, otra vida, cambiar la uno de mismo, hacer realidad un delirio, ya sea por grandeza, por complejo o por ambición. Los impostores siempre existieron, han sido corrientes y lo siguen siendo. Encontramos numerosos ejemplos, algunos más famosos que otros: Enric Marco, fingió durante años ser un antiguo preso de un campo de concentración nazi; Alicia Head, se hizo pasar por una de las víctimas de los atentados del 11-S en Nueva York; Somaly Mam relató que fue vendida a los 13 años y que le obligaron a ejercer la prostitución; Rigoberta Menchú añadió falsas experiencias personales en su libro autobiográfico.

Para muchos analistas y expertos, muchas de estas personas actuaron y actúan por ser mentirosos crónicos o compulsivos, personas que tienen dificultad para controlar su conducta y que están muy cerca de comportamientos patológicos. Estos mentirosos pueden buscar un reconocimiento social, una admiración que nunca tuvieron, una gloria que les haga populares. Y los podemos encontrar en cualquier momento. Es fácil conocer a esa clase de personas que dicen conocer a gente famosa, que tienen amigos muy conocidos, que han vivido experiencias únicas y al alcance de muy pocos. Pero, lógicamente, para poder engañar a alguien, primero deben engañarse a sí mismos. Creerse su historia. Partir de esa falsa identidad se puede sustentar en la necesidad vital que tiene el mitómano para que los demás le consideren importante o popular. No le importa mentir porque sabe que le va a servir ante la sociedad. Y el narcisista puede ser muy válido y capaz. Incluso inteligente. Lo que ocurre es que su vanidad y su ambición, además de su orgullo, provocan que sus capacidades se pierdan por el camino y no se lleguen a conocer realmente. Inventarse una vida puede servir para conseguir fama, prestigio y también dinero.

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“Una mentira es como una bola de nieve;

cuanto más rueda, más grande se vuelve”

(Martin Lutero)

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Inventar o fabular ha sido y es humano. Tendemos a exagerar las historias, decorándolas, añadiendo datos que no existieron, creyendo hacerlas más atractivas, más creíbles o seductoras. La imaginación aporta su grano de arena. Y de eso vamos bastante sobrados. Sabemos por experiencia propia que muchas personas exageran en sus logros biográficos, sus estudios, sus conocimientos, etc. Una práctica habitual que ya parece consentida. De hecho, parece que tampoco nos importa mucho que mientan, o que nos mientan. Si esa mentira no nos incumbe no nos preocupa. El problema es que si esas mentiras se exageran de forma sistemática y se multiplican con el paso del tiempo, las sospechas llegan a ser muy grandes y la credibilidad, poco a poco, va perdiendo forma.

Lógicamente, para aquellos que acostumbran a utilizar estas prácticas, la rutina les juega una mala pasada y, finalmente, son descubiertos. Lo malo, al llegar a ese punto, es que ya nadie se cree lo próximo que cuenten, aunque sea cierto. Sin embargo, cuando uno de estos impostores nos cuenta una historia sensible y dura cuesta dudar de su credibilidad. La empatía nos hace acercarnos a su historia, creando un lazo de unión entre el que cuenta la historia y el que la escucha. Generalmente, cuando nos cuentan algo tendemos a creerlo, aunque sepamos que la mayoría de las veces no tenemos argumentos de peso para saber si lo que nos cuentan es verídico o no. La susceptibilidad va según el carácter o la experiencia de cada uno, pero en principio no debería haber obstáculo para creer en alguien o en sus historias.

“El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad”

(Aristóteles)

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En la actualidad, gracias las redes sociales, cualquier puede llegar a cualquiera. Son ventanas que se abren y donde aparece, de repente, el mundo entero. Una persona anónima puede ser famosa en minutos. Y esas redes sociales sirven para muchos de estos personajes para crearse vidas paralelas, inventadas. Ese físico que no tuvieron, esa atracción siempre soñada y que nunca apareció, esa facilidad para atraer gente gracias a una palabra, una fotografía, un mensaje, todos ellos inventados, creados con una finalidad. Hoy cualquier puede ser cualquiera. Puede ser lo que quiera, se puede convertir en el profesional que siempre quiso ser, popular y admirado por muchos, o ese físico atractivo y seductor para los ojos de la mayoría. Las vidas inventadas están a la orden del día. Cada vez es más difícil creerse lo que nos cuentan, los que nos dicen, lo que nos muestran. Los filtros que necesitamos van siendo cada vez más habituales y exhaustivos, y nuestra percepción de lo real y lo ficticio se va difuminando lentamente, hasta llegar a un punto que confundimos la realidad con simples aires de grandeza.  Hace poco leí que era curioso observar cómo en las redes sociales abundan las mujeres seductoras y frívolas mientras que, simultáneamente, los hombres se rinden ante la belleza de la poesía. ¿Realidad o ficción?


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“Nada hay en el mundo más noble y raro que una amistad verdadera”

(Oscar Wilde)

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A muchas personas les ocurre que, desde eran jóvenes adolescentes, les han tratado de ‘raros’. Y, con el paso del tiempo, esa tendencia no ha decaído. De hecho, casi forma parte de su personalidad. Lo raro significa que se sale de la norma. Pero, la pregunta debería ser: ¿Quién marca la norma? ¿O nos basamos simplemente en lo que hace la mayoría para denominarla así? El ser humano se encuentra más cómodo ante situaciones que conoce, que son habituales, rutinarias y/o familiares. Cuando algo se sale del guión establecido comienzan los titubeos, las inseguridades y los vaivenes. Ante el miedo que provocan estas últimas situaciones, la mayoría se inclinan ante lo conocido, lo mayoritario y lo habitual. Y se puede extrapolar a todos los ámbitos de la vida.

Si dices, haces, opinas, piensas como la gran mayoría no sobresales, permaneces en ese grupo compacto que parece ser el correcto. O, al menos, eso piensa la mayoría. Si a uno o varios se les ocurre salir de esa tendencia son considerados automáticamente ‘raros’, casi sin ni siquiera escuchar, analizar o valorar lo que dicen, hacen, opinan o piensan. No se puede negar que esta actitud mayoritaria llama la atención. De hecho, está debidamente estudiada científicamente. La mayoría de las personas se mueven por el argumento mayoritario, a veces, sin llegar a analizarlo, ni meditarlo, ni valorarlo. Pensándolo fríamente, podría ser una forma un tanto mediocre e ignorante de actuar. Digamos que no consideraríamos inteligente a cualquier persona que reaccionara de esa forma. Entonces, ¿estamos rodeados de ignorantes? ¿Somos mediocres a la hora de decantarnos por una mayoría? ¿Valoramos todas las opciones antes de tomar una decisión, una elección? ¿O preferimos ir a lo sencillo y no pensar demasiado?

“Es posible que el cosmos esté poblado con seres inteligentes.

Pero la lección darwiniana es clara: no habrá humanos en otros lugares.

Solamente aquí. Sólo en este pequeño planeta.

Somos, no sólo una especie en peligro, sino una especie rara.

En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso.

Si alguien está en desacuerdo contigo, déjalo vivir.

No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias.

(Carl Sagan)

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Las preguntas se multiplican sin llegar a conclusiones claras. Lo normal es pensar que si una gran masa de gente actúa de una forma determinada será por algo, por algún motivo, por alguna razón. En absoluto. Puede darse el caso que una gran masa de gente piense de forma parecida, que tenga motivaciones similares, que se muevan en ambientes cercanos y que lleguen a las mismas conclusiones, pero, en cada fase de nuestra vida, solemos ir evolucionando. Lo que pensábamos hace diez años no se parece casi en nada a lo que pensamos actualmente. Nuestras opiniones van cambiando a medida que avanza nuestra experiencia de vida. Llegar a hacer o decir lo que hace o dice la mayoría puede ser una elección o una opción, pero antes debe ser meditada consecuentemente y según nuestras ideas y pensamientos.

Nos dejamos llevar por el qué dirán, por lo que se lleva, por tendencias y modas, por mareas que aparecen y desaparecen. Necesitamos de nuestra cordura, nuestro saber, confiar en nuestro intelecto, sea del nivel que sea, aprender a seguir nuestro instinto, apostar por nosotros. Muchos lo hacen. Y la respuesta que a veces reciben es que son raros. Muchas de esas personas que han sido consideradas ‘raras’ desde que iban a la escuela han perdido parte de su autoestima, en muchos ámbitos de su vida, pero si miraran las cosas desde otra perspectiva, se darían cuenta de que ‘ser raro’ puede ser lo mejor que tienen. Cuando alguien te considera raro es porque no te entiende. O no te acepta, que es todavía peor. Hay que saber rodearse de gente que te entienda y que te aprecie, con tus valores y tus carencias. ¿Quién es menos raro que otros? ¿Por qué alguien es más raro que el resto?

Ser raro no significa ser peor, ni mejor. En la diferencia está el secreto. Y ocurre con todo. Si todos fuéramos iguales esto sería muy aburrido. Hay que pensar de mil formas, hacer mil variantes, decir cosas diferentes. Idear, cambiar, innovar. Todas esas personas que enfocaron su futuro en sus ideas fueron tachados de ‘raros’ y, muchos de ellos, llegaron a ser considerados genios con el tiempo. Otra prueba más del desconcierto de la sociedad en general y de la mayoría en particular. La autenticidad vale la pena. La originalidad tiene su mérito. Hay que valorar la capacidad de la persona. No caer en falsos argumentos o en simples postureos.

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El odio

Publicado: 8 de abril de 2015 en Artículos
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“Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga.”
(Víctor Hugo)
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Una palabra que se usa muy a menudo, quizá demasiado. Porque poder percibir un sentimiento como odio no es tan sencillo. Mucho menos sentirlo. Hay muchas cosas o personas que no son de nuestro agrado, incluso detestamos a algunas de ellas. Pero, de ahí a decir que, odiamos algo verdaderamente, hay un paso bastante grande. Podemos tener aversión, antipatía, no vernos atraídos por algo o alguien, pero el odio representa algo muy profundo, quizá lo opuesto al amor, aunque puestos a valorar, éste último quizá está también demasiado utilizado sin necesidad. La temeridad de pregonar amor u odio a los cuatro vientos es muy humano. A lo mejor porque afirmar ‘odiar algo o a alguien’ llama más la atención que decir simplemente que no nos gusta. No queda igual de contundente. Y el dramatismo y la escenificación se ven arropadas con expresiones de tal calibre.

Resulta curioso comprobar cómo suelen ser más expresados todos los sentimientos negativos que los positivos. ¿La razón? Quizá responde a estímulos humanos de conducta. Somos más negativos que positivos por regla general, tendemos a ver todo lo malo y a no valorar lo bueno. Preferimos quejarnos de lo que no nos gusta que alabar lo que nos agrada. Somos más propensos a afirmar sensaciones que nos apenan, nos entristecen o nos deprimen, que intentar contagiar a los que nos rodean con sensaciones de felicidad, alegría y optimismo. Acaso andamos necesitados de cariño, de empatía, de que alguien esté por nosotros. Mostrarnos rodeados de problemas, de situaciones adversas y de complicaciones puede provocar la atención del resto. Y eso nos atrae.

“Basta con que un hombre odie a otro
para que el odio vaya corriendo
hasta la humanidad entera.”
(Jean Paul Sartre)
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Cuando alguien muestra alegría o que las cosas le van bien, suele ser envidiado y, en muchas ocasiones, no creído. ¿Por qué? Porque la inmensa mayoría no cree que la felicidad y el bienestar en general sea algo que pueda sentirse como rutina. No creemos que alguien pueda estar perfectamente conectado con su yo, con su interior, que lo exteriorice y lo confiese. No le creemos. Siempre vemos una cortina de humo que esconde otra verdad: una realidad paralela que seguramente es triste, alejada de esas afirmaciones de placer y de sintonía perfecta. Una postura hacia la galería. 

El problema de odiar o creer odiar es que nos crea un malestar continuo, que no se aleja, que permanece. La pregunta oportuna sería si vale la pena realmente odiar. ¿Qué ganamos exactamente con ello? Poco, por no decir nada. Nos podemos reafirmar a nivel personal de nuestra aversión hacia ello pero nada más. Podemos expresarlo, divulgarlo, guardarlo, pero no sirve para nada. El odio es uno de los sentimientos menos prácticos que existen para el ser humano. En cambio, es muy destructivo. El odio provoca malestar, mal ambiente y puede (de hecho, ocurre) desembocar en violencia. Pero mucho del odio que se dice sentir es bastante fingido, exagerado, incoherente y falto de base o de argumentos. Se tiende a magnificar sensaciones. De repente, alguien odia a alguien. Así de sencillo. Ya dicen que del amor al odio hay un paso muy pequeño. Pero, ¿es realmente así? ¿Es creíble ese odio? Cuesta aceptarlo, esa podría ser la respuesta. No quiere decir que ese odio sea irracional, es quizá es inventado. La frustración, la impotencia, la ignorancia, pueden provocar confusión.

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Cuando a uno le van mal las cosas arremete contra todo lo que le rodea. Odia al mundo como símbolo de sus problemas. No quiere nada, no quiere a nadie. Confunde lo que le está ocurriendo con el sentimiento de odio. Odia todo porque está asqueado de todo. No encuentra salidas, no ve soluciones, entonces lo fácil es verse como víctima frente a un batallón de enemigos que sólo quieren su destrucción. Sus reacciones pueden sorprender, puesto que está en un momento crítico. Su mente fabricará argumentos y excusas para que le den la razón en sus ideas y opiniones. Las sensaciones inventadas al final resultarán o parecerán correctas y verídicas. Comprobamos muchas de estas reacciones cuando algunas personas actúan violenta y gratuitamente contra otras, por una excusa que se han creado en su mente, sin venir a cuento, sin justificación alguna.

“El odio es una tendencia a aprovechar
todas las ocasiones para perjudicar a los demás.”
(Plutarco)
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Un ejemplo claro de ello son los movimientos terroristas de cualquier tipo, condición, religión e ideología, que han existido y, todavía siguen existiendo, en la sociedad mundial. Atrapados por el odio, ya sea éste fingido, inducido, estudiado, inventado y/o escenificado, son capaces de arremeter y atacar a cualquiera persona que les rodea. Convencidos por dicho odio, creen justificados todos sus actos, se excusan en ellos y, además, se presentan como víctimas, incluso después de asesinar. El odio ahí representa lo más bajo de la raza humana, puesto que la violencia frente a situaciones extremas puede verse incluso como una reacción natural y lógica de supervivencia, pero matar gratuitamente, alimentándose de un odio, generalmente falso, es bastante déspota, además de mostrar rasgos muy definidos de ignorancia. 

Puesto que el odio, si se llega a sentir, debe hacernos ver que caemos en una ignorancia absoluta. Una persona inteligente nunca debería verse atrapada por las redes del odio. Porque reconocerá que no le aporta nada y que no le llevará hacia un buen destino. Cuando amamos o hemos llegado a amar a una persona, no podemos decir de la noche a la mañana que la odiamos. Eso sólo puede significar que nunca le llegamos a amar de verdad, que nuestro amor fue inventado, como inventado es el odio que decimos sentir ahora. Nunca la amamos realmente y no nos gustaba, nos engañamos a nosotros mismos y además engañamos a esa persona y a los demás, haciéndoles partícipes de un amor creado en nuestra mente. Una cosa puede ser la ilusión y la pasión, conceptos diferentes, pero el de amor es profundo como para utilizarlo a la ligera. Quizá la culpa de lo que nos ocurre no sea de los demás. Deberíamos parar un instante y pensar sobre ello. Por lo menos, nos alejaríamos de las garras del odio.

“Odiar a alguien es otorgarle demasiada importancia.”
(Anónimo)
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Las guerras y el hombre

Publicado: 21 de junio de 2014 en Artículos
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‘Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos’
(Bob Marley)
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La guerra y el hombre. El hombre y la guerra. Unidos desde el origen y hasta el fin. Uno parece no poder existir sin el otro. El hombre inventó la guerra y la sigue alimentando. La creó, la estudió, la manejó, la extendió, la instituyó, la comercializó, la enseñó y la propagó. Las consecuencias de todas las guerras siempre han sido las mismas: pobreza, caos, muerte, violencia gratuita, miseria, destrucción. Todo un proceso negativo que termina de la peor manera posible. Siempre con ganadores. De eso se trata. Siempre con perdedores. El concepto de la guerra siempre es un tanto confuso. Se dice que dos no discuten si uno no quiere. Y, en la mayoría de los casos, así ocurre. Pero cuando dos no dan su brazo a torcer, la guerra es el medio para resolver el conflicto.

Los conflictos suelen aparecer entre dos o más individuos que se ven en una tesitura de intereses totalmente opuestos. Una situación de confrontación difícil de solucionar. El ser humano ama tener razón, y ama que se la den. Los argumentos pueden o no ser de una absoluta grandeza o no, eso puede quedar al margen. Pero el ser humano no se contenta con lo que digan al respecto de su conflicto con cualquier otro ser humano. Para solucionarlo, el hombre creó la justicia. Gracias a la justicia, se podían arreglar situaciones límite, condiciones que, a menudo, llegaban a un escenario sin salida. Pero existe algo más poderoso que la justicia, el mismo poder. El hombre se dio cuenta de que si tenía más poder que el otro siempre vencería. Para ostentar ese poder se pueden usar diversas condiciones: sobre todo la económica, pero también la numerosa, la talentosa y las ayudas externas y apoyos ajenos que se puedan conseguir.

‘Todas las guerras son santas,
os desafío a que encontréis un beligerante
que no crea tener el cielo de su parte’
(Jean Anouilh)
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El hombre ha sido agresivo desde que apareció en el Universo. Es un animal social que responde a las notas y al instinto de competición y a sus propias ansias de emoción y ambición. Una situación aparentemente sencilla y poco complicada puede convertirse en irrespirable. La convivencia social que ha existido en la raza humana ha propagado el sentimiento de imponerse por encima del resto. Ahí entraría también el carácter particular de cada individuo o masa social. Un conflicto individual puede convertirse en social y global. Los estudiosos del conflicto social siempre han abogado porque tanto los individuos como los grupos sociales buscan maximizar sus beneficios y sus calidades de vida. Lógicamente, esa forma de actuar genera conflicto con el resto. Y, finalmente, no es el objeto de interés en sí el causante de los conflictos, sino las situaciones o las maneras a través de las cuales se resuelve el conflicto. Para que alguien defienda una idea se debe acudir a la sociedad. Los grupos sociales y las acciones de esos individuos otorgarán la fuerza necesaria para poder conseguir el objetivo. Aquí llegaríamos a plantear como solución el consenso.

El consenso es el acuerdo. Puede ser entre dos o más personas. Pero la decisión que se tome por consenso no quiere decir que sea del agrado de una o ambas partes. Se acepta. Y, a veces, en la negociación, se pierde algo para poder ganar algo. Es la negociación. Unos individuos, unos grupos sociales o unas sociedades que actúan por consenso tienen mucho ganado. Son inteligentes, prácticos y ganan tiempo y energía. Puesto que es imposible poder imponer las propias ideas en todos los terrenos y circunstancias, aunque creamos tener razón. Cuando no hay consenso regresa el conflicto, esta vez acentuado. Y ante tal situación, las salidas ya son mínimas. O se impone una idea a la fuerza o por mayoría o la conclusión del conflicto será revolucionaria o violenta. Los elementos claves en este proceso son el grado de inteligencia entre las partes, así como su nivel de orgullo, ambos relacionados con las relaciones de los seres humanos.

¿Todas las sociedades son violentas? Todas, quizá no. Pero en alguna etapa de su historia sí lo fueron o lo han sido. Pues los conflictos se generan entre seres humanos, allá donde estén. Con el tiempo, muchas sociedades han aprendido cómo resolver los conflictos, mientras que otras siguen ancladas en las mismas soluciones violentas. Hay un gen de violencia en el ser humano, que se manifiesta tristemente muy a menudo, provocando daño o sometimiento a un individuo o a una masa o colectivo. Con la violencia se pierde el argumento, la razón. Pero si es fuerte, suficientemente fuerte, más fuerte que el otro que entra en conflicto con nosotros, saldremos como ganadores. Y el poder de la violencia nos garantizará sobrevenir la situación. Para muchos, las guerras traen aspectos positivos. Argumentan que potencian los desarrollos tecnológicos o que la muerte de muchas personas evita la sobrepoblación. Todos esos argumentos serían muy discutibles. Si en algo han servido las guerras en desarrollo tecnológico ha sido para mejorar las armas de combate. La evolución de las armas es un ejemplo claro de cómo el hombre no cesa en su empeño de mejorar su defensa y ataque en caso de conflicto.

Las causas de las guerras son múltiples, aunque siempre se generan por un deseo: ya sea de un terreno, de una disputa, de una ambición económica o por venganza u odio. Las ideologías han imperado en todas las sociedades, aunque es debatible que los millones y millones de hombres que integraron en alguna ocasión una guerra en cualquier parte del mundo supieran o estuvieran al tanto de esas ideologías en conflicto. La manipulación de varias personas hacia la masa ha sido y es una constante en el ser humano, puesto que, gracias a ello, se dispone de más número de efectivos en el terreno bélico. Las tácticas de manipulación de una sociedad también han evolucionado y mejorado con el paso de los siglos. Y ha sido el talento de los líderes políticos y militares los que han hecho posible esa realidad.

‘Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren’
(Jean Paul Sartre)
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Y pudiera parecer difícil y complicado que, con el paso del tiempo, algunas mentes sean capaces de manipular el cerebro de las personas para inducirlas e involucrarlas en un espacio bélico, pero sigue siendo así lamentablemente. El imperialismo de algunos hombres ha provocado millones de muertes. Cuando hablamos de imperialismo nos referimos a la actuación de una sociedad en sí, pero no nos damos cuenta de que los inventores de la idea y de la acción que conlleva han sido creadas por un determinado número de individuos y no por toda la sociedad. Millones de personas en todo el mundo y a través de la historia han sido obligadas a ir a una guerra, para defender principios e ideas por las que, en muchas ocasiones, no estaban de acuerdo. Para defender patrias, banderas y tierras que decían algunos que había que defender. Para ello se alzan palabras como la obligación o el honor, el orgullo y el deber. También muchos individuos aprovecharon su inclusión en un ejército ‘x’ para poder asesinar impunemente. Personas violentas por naturaleza, monstruos anónimos que, gracias al salvoconducto de una guerra, ha matado a diestro y siniestro, ya fueran ancianos, niños o mujeres.

Y para contrarrestar todo esta historia de guerras, el hombre creó también la idea de la paz. Una palabra llena de alegría y gozo que pocas veces llega a consolidarse. La paz es un estado idílico de sosiego, de buena convivencia entre individuos de una sociedad o sociedades. Una tranquilidad que debiera ser eterna. Todo lo opuesto a la guerra. Ejemplos de paz existen pocos, quizá son espacios o épocas determinados. La paz, como palabra, como acción, parece un tanto irreal. Y cuando existe parece circunstancial y efímera.

‘El supremo arte de la guerra es doblegar al enemigo sin luchar’
(Sun Tzu)
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La guerra ha sido un instrumento político al servicio de un estado u organización con fines políticos. Es un elemento común en todos los países y culturas. Para muchos, es política pero por otros medios. Las formas de hacer guerra han variado. Para los romanos se trataba de expandir terreno e imperio, se trataba de conquistar dominios para incorporar pueblos al original. La evolución de las guerras ha sido constante. Hoy se establecen distinciones entre guerras y conflictos armados. Para que haya o exista una guerra debe ser ésta declarada por ambas partes. Para muchos es la defensa de unos intereses. Para otros la defensa de unos derechos. La guerra escapa a la razón. Todos los instintos más salvajes del ser humano relucen en un estado de guerra. Pero también los más tiernos. Los más cooperativos, los más empáticos. Se ayuda, se colabora, se piensa en los demás. Seguimos en guerra, aunque no sepamos ni en qué bando estamos…

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Las drogas y el ser humano

Publicado: 6 de junio de 2014 en Artículos
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‘En una cultura no orgiástica, el alcohol y las drogas son los medios a su disposición’

(Erich Fromm)

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La relación entre las drogas y el ser humano está perfectamente constatada. Ha sido una relación debida a diversas razones, pero siempre y, a través de la historia, ha permanecido unida con el paso de los siglos. La humanidad siempre ha hecho uso de las drogas, tanto a nivel social, medicinal, religioso y/o personal.  Negar esa realidad y esa evidencia no sirve para profundizar a la hora de pararse a pensar en el porqué su uso nunca mengua si no que, muy al contrario, sigue aumentando. Las antiguas civilizaciones utilizaron las drogas para provocar estados alucinógenos excepcionales. Lo que provocaban era adivinar el futuro. Drogas que salían de la tierra, como hierbas, que se fumaban o inhalaban, ejemplos claros de ello podrían ser el cannabis o el peyote. Según la sociedad o la cultura la droga variaba, pero existía de una forma u otra.

Se anhelaba conseguir el éxtasis, el sentimiento más efervescente, el más valiente, el que pudiera saciar el ansia, el que pudiera combatir el miedo, la incertidumbre. Se deseaba ser gigante a pesar de las limitaciones, y por momentos se conseguía. Se trataba de llegar a los dioses, de tocarlos, de acercarse lo máximo posible a sus terrenos para conseguir su gracia, su fuerza o su vitalidad. Se trataba de conocer el futuro, el tiempo que iba a llegar, el destino que iba a deparar. Era una búsqueda continua para encontrar respuestas, para encontrarse tanto a nivel individual como colectivo.

El ser humano ha intentado desde siempre alcanzar un estado de trance que le permitiera abarcar lo que en la realidad no podía. Idealizar, imaginar, soñar, pensar en el más allá, rozar el cielo, volar, bordear los límites, creerse superior, separar el alma del cuerpo, independizarse de uno mismo, viajar hasta el infinito, considerar el transcurso de la vida como un trámite, como un camino hacia la muerte, intercalando mitos, creencias e ideologías. Antiguamente, se apelaba a los sentidos más primitivos: el olfato y el gusto. Aspirando humos, ingiriendo hongos. Fumando se combinaba ambos. Se trataba de maximizar el sentido de la vista y del oído también. Las cosas podían parecer diferentes, sentirse diferentes, escucharse diferentes.

Con la evolución, el ser humano se da cuenta de que puede utilizar esos tratamientos a nivel medicinal. Y ahí se crea la industria especializada. Ya comenzó con los griegos y sus herbolarios. Aunque la droga favorita de los griegos de la época era el vino. El vino se convirtió en el protagonista de todas las fiestas, cuanto más se tomaba significaba que se disfrutaba más de la fiesta. Pero los remedios caseros se multiplicaban con las generaciones. El uso de las drogas ya se consideraba peligroso entonces, aunque nunca se dejaron de usar. El vino ayudaba a quebrantar el miedo reinante, daba ánimos, alegría y heroísmo. Donde se tomaba se formaban grupos dispuestos a celebrar, reuniones que se pusieron de moda y que se prolongaron a lo largo de los siglos hasta nuestros días.

El vino dio paso a la cerveza con la Edad Media, la cual se tomaba con mandrágora rayada en algunos lugares. Las hierbas se pusieron cada vez más de moda y los herbolarios ya eran habituales en todas las ciudades de Europa. En esa época destacó un hongo alucinógeno que provocaba fenómenos masivos: el cornezuelo de centeno. Con el paso de los siglos los nuevos usos y costumbres trajeron el consumo del café, pero también de la canela y del chocolate. Muchas drogas causaban la distorsión de las imágenes, así como alucinaciones. Y el consumo estaba relacionado con diversos estados emocionales. Se podía consumir por nostalgia, por tristeza, por depresión, pero también por alegría o por simple placer. La euforia estaba ahí, se podía conseguir fácilmente. Se estimulaba la mente, se atenuaba el cansancio, se agilizaba el pensamiento, se multiplicaba la fantasía.

Las drogas se fueron haciendo cada vez más populares. Cada consumidor buscaba algo distinto con ellas. Desde espacios sensoriales nuevos y nunca descubiertos, hasta momentos para resolver esos problemas imposibles. Esos estados especiales, nunca descubiertos, que de repente brillaban y se esparcían en la mente, espacios soñados, imaginados. Ahí aparece el éxtasis, la marihuana, la cocaína, las pastillas, los alucinógenos, el opio, el hachís, la heroína. Pero, curiosamente, algunas se convirtieron en legales y otras en ilegales. En la actualidad, se define a la droga como la sustancia que se usa sin fines terapéuticos, que alteran los aspectos afectivos cognitivos y conductales. Lo que se denomina sustancia psicoactiva.

Existe ahora una hipocresía acerca del consumo de drogas. Mientras algunas son legales y se administran en establecimientos creados para tal fin, y mientras la industria farmacéutica se enriquece año tras año gracias a la venta de medicamentos que provocan la dependencia de su consumo, surge una tendencia moralista que predica la prohibición de las drogas, cuando se sabe que el consumo seguirá existiendo, que el mercado negro seguirá enriqueciéndose a su vez, que la violencia que deambula alrededor de ese mercado negro no se detendrá, que la lucha contra ello ha sido y es inútil. Quizá lo que se alienta es que ese mercado negro continúe, puesto que el dinero generado irá a parar a muchas manos. El consumidor de drogas seguirá existiendo con el paso de los años, de las décadas y de los siglos, puesto que el consumo de drogas está relacionado íntimamente con la vida del ser humano. Eso no cambiará. Esa es la realidad. Tan sólo hay que entender que la búsqueda y el uso de las drogas es tan natural como el resto de las costumbres de la raza humana.

 

‘Hasta que tengamos un conocimiento más preciso de la electrónica del cerebro,

las drogas seguirán siendo una herramienta esencial

del interrogador en su ataque a la identidad del sujeto’

(William Burroughs)

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esquizofrenia_drogas

 

Los nuevos nómadas del mundo

Publicado: 19 de diciembre de 2013 en Artículos
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“Todos los cambios, aún los más ansiados,
llevan consigo cierta melancolía”
(Anatole France)
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El hombre es amo de sus costumbres. Y aunque las cambie o adopte las sigue acumulando durante toda su vida. Los hábitos, las tendencias se van adquiriendo. Algunas de forma cultural y otras de manera natural. Vamos mudando de costumbres casi sin darnos cuenta. Lo que hoy era habitual mañana deja de serlo. Nos hemos convertido en efímeros pasajeros de todo lo que acontece a nuestro alrededor. Y casi de forma instintiva y sin tiempo para reflexionar. No da tiempo ni siquiera a mentalizarse, ni a planear lo siguiente, lo asimilamos con una naturalidad pasmosa, nos dejamos invadir de nuevos retos, costumbres y rutinas sin que eso conlleve ningún esfuerzo o trastorno más o menos incontrolado.

Nuestros comportamientos están cada vez más influenciados por las circunstancias del entorno, y éste va cambiando a una velocidad de vértigo que casi no da tiempo ni a explicar debidamente. Todavía no nos acostumbramos a un escenario cuando ya aparece el siguiente. Sin casi saborearlo ni disfrutarlo. Lo que hoy lleva fortuna luego es mala suerte. Lo que hoy sale bien luego se vuelve en contra. Lo que parecía ir bien cambia de repente para pasar a ser algo casi innecesario. Lo que hoy amamos mañana cae en el olvido. Nos hemos acostumbrado a ser seres superficiales, sin profundidad, debido a las necesidades, cada vez más numerosas. No hay estabilidad. De ningún tipo. Ni familiar, ni social, ni de amistad, ni de relaciones, ni laboral, ni de lugar, ni económica, ni de futuro. Vivimos el hoy, y mañana ya veremos qué es lo que pasa. Lo que hoy ha salido bien mañana saldrá mal seguramente. Trazamos planes a diario para volverlos a retocar, para cambiarlos, para eliminarlos. Y lo que hoy es un desastre se convierte de repente en algo maravilloso. Lo bueno dura poco y lo malo también. No hay tiempo que perder. Todo avanza. Toda cambia. Mucho más rápido de lo que nuestra mente es capaz de asimilar.

El viaje es lo que se conoce como el cambio de la ubicación de las personas a través de cualquier medio de transporte o a pie. Hay viajes de todo tipo. Por motivos de trabajo, por obligación, por compromiso, por afición, por dedicación, por invitación, por celebración, por trabajo o por necesidad, entre otros ejemplos. En el viaje aparecen estímulos que no aparecen normalmente en nuestro habitual recorrido de vida. Aplicamos otra serie de conductas y de métodos de actuación. Abrimos más la mente y ejercitamos la capacidad de análisis y de observación por encima de lo que lo solemos hacer.

El ser humano acostumbra o acostumbraba a residir en un lugar determinado. Antiguamente, los pueblos sólo viajaban y levantaban su campamento debido a circunstancias obligadas, ya fueran por guerras, hambre, clima o necesidades varias. Los pueblos, en caso de no necesitarlo, continuaban desarrollando su vida y su entorno a lo largo de un espacio de tierra, generalmente cercano a un lugar provisto de agua y de alimentos. Aquellos que viajaban continuamente lo hacían por mera necesidad o como forma de vida. Los nómadas eran comunidades o pueblos que se trasladaban continuamente de un lugar a otro y no se establecían de forma permanente en ninguno de ellos. Incluso en la actualidad se calcula que hay más de 40 millones de personas en todo el mundo considerados nómadas. Aparte de todos aquellos que se ven forzosamente movidos de su lugar de origen por diferentes causas, casi todas ellas debido a la necesidad.

Hay culturas que han sido siempre nómadas, aunque son formas que están prácticamente en desuso, sobre todo en países del primer mundo. Se habla más de pueblos migratorios que de nomadismo. El concepto nómada se basaba en ocupar un centro temporalmente, donde hubiera disponibilidad de un buen suministro de alimentos y/o poder explotarlos. Muchas sociedades calificaron a esos pueblos de forma despectiva, dado que comparaban su espíritu y realidad nómadas con lo primitivo y lo marginal, sin considerar su identidad cultural. Porque esos pueblos nómadas tenían una base cultural, con valores, con arte, con tradiciones, valores y una gran preocupación por la protección del medio ambiente. Debido a que siempre se encontraban ambientes hostiles para vivir, desarrollaron un instinto natural para cuidar de la naturaleza, sabedores de sus posibles necesidades futuras. La naturaleza siempre ha estado amenazada por sociedades sedentarias.

Para un nómada, viajar es un estilo de vida, una forma de subsistencia. Va más allá del simple objetivo de subsistir. Tener alma de nómada no es tan extraño. Muchos ciudadanos del mundo estarían encantados de llevar esa vida, aunque parezca un tanto soñadora a primera vista. Ir de un lado a otro, no tener que asentarse en un lugar por mucho tiempo, seguir conociendo nuevos lugares, nuevos pueblos, nuevas costumbres, nuevos olores, nuevos colores, nuevos paisajes. Celebrar fiestas distintas en lugares distintos. Respirar aromas nunca descubiertos. Los nuevos rumbos que han modificado los hábitos de los ciudadanos de la mayoría del mundo obligan a cambios constantes, y entre esos cambios también entran los de lugar de residencia. Estar en un lugar, echar raíces ahí y permanecer media vida ya no es lo habitual. Ahora se debe abrir la mente de otra manera, ya no esperando, pero anticipando lo que puede pasar. No sabemos lo que va a venir mañana. Necesitamos estar despiertos y abiertos a todas las opciones. Hoy estamos aquí y mañana quién sabe. Nos hemos convertido sin querer en nómadas de nuestros destinos. Cambiar de residencia ya es como cambiar de bar. De repente nos encontramos en otro lugar, ausentes de todo carácter familiar, de nada conocido, parece como si tuviéramos que comenzar de cero, partiendo desde el punto de salida, como si todo lo que hubiéramos hecho hasta entonces no sirviera absolutamente para nada. Debemos reciclarnos. Resetear nuestro disco duro. Y desde el cero volver a empezar. Sensaciones extrañas, cuando has creado partes de tu mundo y ya no existen, han desaparecido. Restos de lo que una vez tuviste y disfrutaste convertidos en paisajes desconocidos con rutinas distintas.

Antes viajábamos con la mente. Soñábamos con viajar. No había medios, y la capacidad económica de la mayoría de la gente no ayudaba a descubrir nuevos mundos. Hoy, el continuo vaivén de gente de aquí para allá es constante. Por cualquier país se mezclan personas de toda raza, país, cultura, continente, educación, condición y capacidad. El concepto del viaje también ha cambiado. Se viaja más, gracias al mercado de precios y a la capacidad económica de muchos, pero se viaja muchas veces sin poder advertir todo lo que eso conlleva. No se aprecia el viaje, se consume. Se añade a la larga lista de tareas y parece ya casi como una obligación tener que visitar algún lugar. Se ha perdido la magia en muchas acciones que antes poseían un enigma y un misterio. Ahora casi nada nos hace excitarnos. Se toma, se usa y se tira. Así de simple.

Vivimos tiempos efímeros. La duda es la constante. Y lo peor es eso: la duda. Sin respuestas vamos deambulando como borrachos, acechando a los que transitan con nosotros, intentando descifrar los mensajes que el camino nos va dejando. Todo pasa, nada queda. Cambios drásticos que cuestan de analizar y de entender. El sol sale cada mañana, sí, pero para cada uno de forma diferente. Vagamos por el camino de la inestabilidad, como nómadas. Pero somos nómadas modernos, de otra generación, apoyados en amigos virtuales que siempre están lejos, en charlas sin voz, en escritos sin gestos, en amores sin fondo, en lágrimas sin rostros, en risas sin bocas, en tristeza acumulada, melancolía de lo que podría ser y no es, soledad que se amontona en un cajón de nuestra mente, hasta rebosar. Soledad del nómada, del que no tiene lugar, del que no tiene raíz. Nómadas de otros lugares ajenos, distintos e inseguros. Somos vagabundos de ideas, de pensamientos y de emociones, intentando encontrar almas gemelas para poder compartir todo lo que nos pueda consolar, todo lo que necesitamos expresar. Nos faltan muchas cosas, pero lo saciamos consumiendo de todo, aunque no lo necesitemos, quizá como los animales que beben porque desconocen cuando volverán a poder beber. Nos faltan sueños, o quizá tenemos demasiados. Imaginación elevado al infinito, donde las ilusiones corretean alegres entre medio de nuestras realidades. Despertamos del letargo. Seguimos caminando. Seguimos anclados en el laberinto de las dudas y de la inestabilidad.

“En un mundo superior puede ser de otra manera,
pero aquí abajo,
vivir es cambiar
y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”
(John Newman)
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