El-Buen-Amor.-Con-Nube-De-María.

“El amor es como los fantasmas, todo el mundo habla de él pero pocos lo han visto.”

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Del amor se habla, se habla demasiado. Del amor de lee, se lee demasiado. Del amor se escucha, se escucha demasiado. El amor se ha incorporado a nuestras vidas como un todo, se ha instalado como un conjunto de muchas cosas difíciles de explicar y que raramente aparecen en nuestra realidad. El amor parece estar unido a la civilización humana desde sus inicios intrínsecamente. Pero también lo está el odio. Serían los dos polos opuestos. Lo bueno y lo malo del ser humano a la hora de hablar de sentimientos. Incluso da la sensación de que sin el amor la raza humana estaría extinguida o profundamente deprimida, aunque pueda parecer que las muestras de amor y de odio andan a la par. Pero, como ocurre en tantas ocasiones, la mayoría de las personas hablan y hablan sobre cosas que desconocen o que creen conocer, o que pretenden saber. A fuerza de hablar de algo durante mucho tiempo, uno puede llegar a interpretar que ya conoce suficiente sobre ello, aunque no sepa absolutamente nada. Si a uno le hablan del amor desde que es pequeño y no lo experimenta, seguramente querrá saber sobre ello para poder hablar también de su propia experiencia al respecto. Eso también es innato en el ser humano.

Uno ha visto infinidad de películas que han tratado sobre el amor, como obras de teatro, en todas sus formas, ya fueran idílicas, platónicas, dramáticas, especiales, imposibles, duraderas, placenteras, dañinas, enfermizas, etc. Uno ha leído cientos de libros que también han querido describir ese estado emocional de una forma particular y personal. Uno ha sido testigo de otras tantas relaciones que han transcurrido a su alrededor, amores que nada tenían que ver el uno con el otro, algunos que daban la impresión de ser irrealizables, inéditos, increíbles o simplemente imposibles; pero también otros que parecían perfectos, estables, imprescindibles y enigmáticos. Desde fuera no se puede explicar y mucho menos conocer por entero lo que se cuece dentro de esos amores, pero cualquiera de nosotros podría hablar de nuestras experiencias, como también seríamos capaces de explicar nuestras propias formas de amor que hemos sentido o experimentado.

“No existe el amor,

sino las pruebas de amor,

y la prueba de amor a aquel que amamos es dejarlo vivir libremente.”

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Hay una pregunta que siempre me ha costado contestar: ¿Cuántas veces te has enamorado? En un principio me parece una pregunta trampa. Porque una pregunta así ya da a entender que has tenido que enamorarte, y además varias veces. Se da por sentado que cualquier persona digamos ‘normal’ se va a enamorar a lo largo de su vida y, a poder ser, en repetidas ocasiones. Y como dicen que el amor es imparable, incontrolable y difícil de medir, pues seguramente nos veremos envueltos en sus garras en cuanto menos lo imaginemos. El amor no avisa, dicen. El amor, aparece… Tengo que confesar que me cuesta contestar a esa pregunta porque si me paro a pensar en ello detenida y profundamente, me cuesta distinguir entre lo que se suele llamar amor de lo que simplemente es una atracción, un cariño o un deseo. Con lo cual, contestar a la pregunta diciendo ‘ninguna’ se antoja arriesgado, más que nada por las caras de sorpresa y de incredulidad que recibiré automáticamente. 

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Tengo la sensación de que se habla muy gratuitamente de muchos sentimientos. Cualquier puede ser amigo de alguien, y cualquiera está enamorado de alguien. Hay gente que se enamora cada día. Y, lógicamente, se desenamora de igual forma, es decir, al instante. La pregunta es lógica: ¿era amor? ¿No estarían confundidos? ¿No estarían simplemente engañándose? Decir que estoy enamorado de alguien suena bien. Es bonito. Es idílico. Es envidiable. Y no digamos decir que alguien está enamorado de nosotros. Nuestro ego sube como la espuma con una facilidad pasmosa. Sentirse querido es innato en el ser humano y muy necesario. Necesitamos sentir que atraemos a alguien. Aunque nosotros no sintamos lo mismo. Necesitamos querer y ser queridos. Necesitamos sentir algo por alguien en algún momento de nuestra vida, otra cosa será que ese alguien demuestre y/o sienta lo mismo por nosotros.

 “Esta noche dormirás con tus triunfos y encantos, pero ella la pasará en los brazos de otro”

(Morrissey)

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Pasaríamos entonces al terreno de las necesidades más que el de las realidades. Confundiremos los sentimientos debido a nuestras necesidades más primarias. Necesitamos amor y si no lo encontramos lo inventamos. Creamos lo que haga falta con tal de satisfacer nuestra mente. Imaginaremos lo que haga falta y haremos creer al mundo lo que hemos creado en nuestra mente. Da igual si es verdad o no, de tanto repetirlo parecerá real. Y como en el amor sucede habitualmente con infinidad de sentimientos y de situaciones. Los problemas surgen o los creamos, aparecen o los hacemos aparecer. Los males, las quejas, la mala suerte, los amigos imaginarios, los que nos aprecian, los que darían la vida por nosotros, tantos que los vamos amontonando en el contador de cualquier red social, acumulando sensaciones más que realidades, intentando ver el mundo tal y como deseamos, mucho más que de cómo realmente es.

“No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos.”

(O.K. Bernhardt)

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Hace falta menos imaginación, un poco más de atención y mucha más coherencia. Ni todo es tan malo ni todo es tan bonito. La vida se compone de altibajos, de buenos y malos momentos, de buenas y malas personas, y en esa senda vamos avanzando, el conjunto de todo es lo que denominamos experiencia. No por pretender saber se sabe, no por creer conocer se conoce. No por decir que amamos mucho amaremos más o mejor. No por decir que nos aman nos sentiremos amados. No por decir muchas veces ‘te quiero’ se quiere más. Pero eso algunas personas no quieren entenderlo. Siempre me ha hecho gracia una frase que, desafortunadamente, sigue funcionando: ‘Dime que me quieres, aunque sea mentira’. Queda dicho todo. Dime lo que quiero escuchar, da igual si es verdad o no. Nos vamos traicionando a nosotros mismos, sin querer encarar la realidad. Nos enamoramos superficialmente, rápidamente, sin detenernos a pensar si realmente estamos enamorados. Quizá la pregunta clave sería qué es el amor. Y, a partir de ahí, todo empezaría a encajar. O no. Quién sabe. En un mundo donde la mentira y la exageración están a la orden del día hablar más o menos del amor ya parece algo trivial.

“La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener.”

(Gabriel García Márquez)

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Cuando aguantar se convierte en un triunfo

Publicado: 21 de septiembre de 2015 en Artículos
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“Dar todo lo que tienes,

aguantar todo lo que tengas que aguantar

y saber que puedes estar satisfecho”

(Haruki Murakami)

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En muchas etapas de la vida nos vemos abocados a ‘aguantar’. Dicho así parecería ser un escenario un tanto triste y deprimente. Muchos podrían decir que, si el único objetivo que tenemos a la vista es el de aguantar, no va a crearnos un gran estímulo, poca o ninguna atracción y, mucho menos, alguna que otra motivación. Lo que ocurre en realidad es que ese escenario no es una verdadera elección. Sobreviene. Las circunstancias suelen mandar en la mayoría de nuestros momentos. Sobre todo a la hora de tomar decisiones. Solemos valorar todas las posibilidades dentro de nuestros límites, dentro de nuestras circunstancias actuales, antes de tomar esas decisiones. De poco nos sirve imaginar otros escenarios que no concuerden con la realidad, puesto que, al fin y al cabo, lo que cuenta es el presente, ese momento oportuno en que nos vemos abocados a tomar una determinada decisión.

Quizá ahí radique el verdadero sentido de ‘aguantar’. El verse obligado a elegir entre no muchas decisiones. Sentirse atado a la hora de determinar qué hacer. Descubrirse limitado, encogido, atado o encerrado en un laberinto del cual es bastante complicado encontrar la salida. Y cuando nos encontramos ante semejante situación no nos queda otra que aguantar. Y así tantas veces como sea necesario. Pero todas las etapas de la vida están definidas por unos determinados espacios de tiempo. No todo es para siempre, ni lo bueno ni lo malo. En algunas ocasiones, son sólo momentos, tiempos efímeros que se evaporan casi sin dejar rastro. En otras, por el contrario, pueden significar muchos meses o varios años. Pero por uno u otro motivo debemos aguantar. Y aguantar ya se ha convertido en algo muy común para la mayoría de los habitantes de este planeta. Ya estamos más o menos acostumbrados, aunque cuesta entender que uno se acostumbre a ciertas situaciones. Digamos que la necesidad hace el resto. Porque no queda otra. Acaso sólo cambia la forma de encarar dicha circunstancia. Para algunos se convierte en una ansiedad y un agobio constantes. Para otros, es sólo un simple contratiempo pasajero. Todo se verá según  la manera como lo percibamos, quizá muy diferente a cómo realmente es. Aguantar se puede hacer insoportable. Aguantar también puede resultar cómodo por convertirse en algo totalmente rutinario.

“El hombre puede aguantar mucho si aprende a aguantarse a sí mismo”

(Axel Munthe)

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La forma en la que nos lo tomemos tendrá repercusiones, sobre todo a largo plazo. Quizá sería más fácil analizar el porqué de la situación. Indagar sobre los hechos que nos han transportado a esa realidad, a esa limitación. En la mayoría de los casos comprobaríamos que no se debe a un error nuestro. Todo lo contrario. Esas situaciones son sobrevenidas. Por causas ajenas a nosotros. Porqué enfadarnos entonces, porqué agobiarnos sacando de quicio las cosas, porqué fustigarnos  por nuestra mala suerte, porqué quejarnos amargamente una y otra vez por las circunstancias que nos han tocado en suerte… La respuesta es que quizá nos gusta envolvernos de desdicha, inquietarnos demasiado, ver las cosas mal antes que bien. Quizá es más simple no definir la situación como algo que se tenga que aguantar, sino como algo que se tiene que vivir, de una manera distinta a cómo nos hubiera gustado disfrutarla. No se trata de que debamos gozar ante cualquier situación, sino que debemos encarar las circunstancias tal y como vienen, sin angustiarnos, sin precipitarnos en adelantar lo que se avecina, sin aventurar algo negativo.

“Bien poco enseñó la vida a quien no le enseñó a soportar el dolor”

(Arturo Graf)

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Decía Albert Einstein que entre las dificultades se esconden las oportunidades. Nunca mejor dicho. Ante una situación sobrevenida, en lugar de decir que debemos aguantar porque no nos queda otra solución, quizá deberíamos concentrarnos en encontrar la oportunidad que no vemos, por estar escondida, por querer ver tan sólo lo que nos aplasta, lo que nos agobia y no nos deja levantar. Suele pasar que si uno aguanta mucho y durante mucho tiempo se convierte en un ganador. Es una auténtica victoria. De la que debemos estar muy orgullosos. Es ahí que aguantar se convierte en un triunfo. Y debemos saborearlo. Saber aguantar, y aguantar sin perder el ritmo adecuado, el orden que nos hemos impuesto, la motivación que nos llevó hasta ese punto, el interés que nos da ánimos, el camino que nos hemos marcado desde un principio; no es otra cosa que un triunfo de todo nuestro esfuerzo, de nuestra capacidad de aguante, de nuestro saber estar y luchar, una pugna ante las adversidades. Aguantar es luchar por algo, por el hoy, por el mañana, por lo que apareció, por lo que vendrá, por lo que no nos gusta, por lo que celebraremos, por lo que sabremos valorar en el futuro. 

La realidad de nuestros días es cada vez más evidente, más desesperante. Da la sensación de que no avanzamos, de que nos hemos quedado estancados como sociedad global, como comunidad humana. De hecho, en muchos aspectos retrocedemos a pasos agigantados, como si escapásemos de lo que ya hemos conseguido con el paso de las décadas. La evolución humana, que debería ser natural, y hacia adelante, como su propio nombre indica, parece haber perdido atractivo, seguidores y apoyo incondicional. Ha sobrevenido una época donde mirar para atrás, retroceder sin objetivos y anclarse en el pasado, se han convertido en las directrices a seguir. En muchos aspectos, parece que la única tabla de salvación es la de aguantar. Aguantar hasta que la tormenta pase, que se calme todo y vuelva a ser como antes, como deseábamos, como habíamos soñado alguna vez. Pero nadie nos quitará que aguantar ya lo hemos convertido en un auténtico triunfo. Y lo vamos a celebrar.

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Es el tiempo para los valientes

Publicado: 13 de julio de 2015 en Artículos
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“Siempre hay un lugar en las cumbres para el hombre valiente y esforzado”

(Thomas Carlyle)

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Ha llegado. Es la hora. Es el tiempo de los valientes. De los que no se lo piensan. O de los que, a pesar de pensarlo mucho, lo llegan a realizar. Es hora de tomar decisiones. De aguantar. De sobrepesar. De valorar. De analizar. De saberse mejor. De pensar en lograrlo. De no rendirse. Es hora de decir ahora. De decir ya. No es tiempo para perder el tiempo. Ni para quejarse. Ni para acobardarse. Ha llegado el momento en el cual debemos ver todo desde otra perspectiva. Totalmente diferente. Nada parecida a la que nos enseñaron.

Todo lo que parecía idílico, ideal o normal ha pasado a ser cosa del pasado. Y se va diluyendo como el azúcar en el agua. Ahora todo es anormal, nada lógico y poco previsible. Los planes se hacen para romperlos automáticamente. Para crear otros al instante. Se siguen directrices para cambiarlas radicalmente. Se intenta someter a todo el mundo. Poco no se someten a nadie. Parece que todo está de paso. Pero todo estaba de paso. Todo cambia. Todo cambiaba. Pero no tan rápido. Y es que todo transcurre a mucha velocidad. Demasiado veloz. Y en ese tramo de urgencia e inestabilidad debemos pensar sobre todo y arremeter con actitud. Además de decisiones constantes. Algunas erróneas que nos provocan fracasos personales. Pero no debemos rendirnos. Nunca. El que se para y se rinde queda inmediatamente bloqueado. Ninguneado. No avanza. Y hay que seguir. Siempre. Y levantarse tantas veces como sea necesario. Aunque nadie nos ayude. De hecho, pocos nos ayudarán. Se trata de aprender a marchas forzadas, a golpe de obstáculos, de caídas. Recaídas. Vueltas a caer.

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“Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar;

pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar”

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Nos ha llegado. La hora. Nuestro tiempo. Es el tiempo de los valientes. De los que se atreven. De los que osan. De los que no se dejan vencer. De los que continúan. Y siguiendo y aguantando se vence. Vencer es sinónimo de haber luchado. Y sin lucha no habrá final. Sin lucha se perderá la opción de ganar. Cuando todo parece difícil, complicado y casi inalcanzable es cuando más seguro de uno mismo hay que estar. Hay que saber hacia dónde dirigirse. Y hacerlo. No detenerse. No caer en la trampa de que alguien es más capaz que tú. Debemos ser hábiles, como nunca antes lo habíamos llegado a ser, o como nunca nos lo habíamos planteado. Debemos dejar aparcado lo que signifique comodidad. Lo confortable ya llegará. De momento hay que deambular, seguir por la senda del descubrimiento continuo. No mirar atrás, sino para recordar. Pero sabiendo que hay que llegar al objetivo. Y marcarse esos objetivos es nuestra tarea diaria. La más importante. No se puede dejar en manos de nadie, ni de cualquiera. Es cosa nuestra. Además nos pertenece. Nos importa. Nos es básica. No se puede pretender esperar. Esperar a que alguien venga y nos ayude, nos aconseje, nos solucione la papeleta. No va a venir nadie. Planteémoslo así. Porque es la realidad.

Somos nosotros, solos, los que debemos tomar cartas en el asunto. Levantarnos y actuar. No dejar de soñar. Pero soñar realizando. No parar de pensar, pero pensar haciendo. Realizando. Hay que ser actores principales, aunque no encontremos al director. Y si hace falta, escribir el guión tantas veces como haga falta. Hasta encontrar el que nos hará felices. El que nos indicará que hemos llegado al destino deseado. Porque se trata de desear. No de bajar la cabeza y reunir todos los problemas encima de la mesa para amargarnos o entristecernos. No. No es cuestión de ser positivo, sino realista. Y activo. Sin acción no hay reacción. Y necesitamos reaccionar de una vez. Hemos estado paralizados demasiado tiempo. Anestesiados. Afligidos y alicaídos. Ya basta. Hay que cambiar. Y todo cambiar a raíz de un pequeño detalle que provocaremos nosotros. Actitud con aptitud. Acción con carácter.

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“No es verdaderamente valiente aquel hombre que teme ya parecer,

ya ser, cuando le cuadra, cobarde”

(Edgar Allan Poe)

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Es la hora de ser prácticos. De ser totalmente valientes. De levantar la cabeza, mirarse al espejo y ver otra realidad. No la que nos dicen que tenemos, no ésa que nos dicen que es la única que vamos a conseguir. Hay muchas realidades y sólo depende de nosotros intentar encontrarlas. Una vez que lo hayamos hecho nos limitaremos a eliminar las que no nos agraden y quedarnos con las que nos sirven. Y, si hace falta, seguir buscando más, tantas hasta que demos con la que nos gusta realmente o la que colma nuestras expectativas. Pero NO hay que resignarse. Ni aceptar lo que parece que es lo único que vamos a conseguir. No hay que creer todo lo que nos digan. Casi mejor nada de lo que nos digan. Si debemos creer en algo que sea en nosotros. Ni pensar que todo está acabado. Ni hecho. Todo está por empezar. Debemos empezar. No parar. No detenernos hasta conseguir la meta. Y todo depende de nosotros.

El coraje, el carácter, la decisión, la personalidad, la acción. Todo parte de nuestra mente. Hay que cambiar los hábitos, las costumbres. Acondicionarnos a los nuevos tiempos, los que ya han llegado hace tiempo y no quisimos entender. Es hora de abrir los ojos a la realidad, y no es otra que la que pretendamos realizar. Nuestra realidad no es la que vemos, ni siquiera la que nos dicen que tenemos. La realidad, nuestra realidad puede cambiar tantas veces como deseemos. Si lo deseamos. Y si lo deseamos cambiará. Tantas veces como queramos. Hasta que estemos satisfechos plenamente. Hasta que estemos orgullosos con la búsqueda, la nuestra, la única que nos hará seres especiales. Porque lo somos. Digan lo digan. Sólo depende de nosotros. Y el tiempo vuela. El momento es ahora. Ha llegado. Es el tiempo de los valientes.

La foto de la semana (125)

Publicado: 5 de mayo de 2015 en Fotos de la semana
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“La realidad es un término muy equívoco.

¡La palabra realidad quiere decir tantas cosas para cada ser humano!

(Harold Bloom)

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Una de las bandas alternativas más aclamadas de los 90. La evolución de The Afghan Whigs ha sido constante desde sus inicios, aunque nunca perdió su esencia principal. Todo gira en torno a su cantante, guitarrista y compositor Greg Dulli, con una voz angustiada, letras plagadas de relaciones rotas y falta de autoestima. Sonido garage, R&B, post-punk, todo bien armado para crear sonidos envolventes. Junto a Dulli la forman el bajista John Curley, el guitarrista Rick McCollum y el batería Steve Earle. Dulli, quien se crió en Ohio, se fue a estudiar cine a la universidad de Cincinnati, y allí fue donde conoció a McCollm y Earle. El único que no fue a la universidad de Cincinnati fue Curley, que su paso por la ciudad se debió a sus inicios en el mundo de la fotografía. Su primer álbum apareció en 1988 ‘Big top Halloween’. A éste le siguieron ‘Up in it’ (1990), ‘Congregation’ (1992), ‘Gentlemen’ (1993), ‘What Jail is like’ (1994), ‘Black love’ (1996), ‘1965’ (1998). En febrero de 2001 la banda decide separarse oficialmente. Comenzaron después una gira que se extendió desde 2012 y 2013. Y fue a principios de 2014 cuando anunciaron que habían vuelto a grabar un nuevo disco de estudio, tras 16 años de ausencia: ‘Do to the beast’. Para entonces, sólo Dulli y Curley quedaban desde los inicios. Ahora les acompañaban el guitarrista Dave Rosser, el multi-instrumentista Marcos McGuire, el bajista Jon Skibic y el batería Cully Symington. A pesar de que su andadura en el mundo de los noventa no les otorgó una gran fama demuestran con este último disco que están a la altura y han creado un disco fantástico.

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‘ALGIERS’

THE AFGHAN WHIGS 

Álbum: DO TO THE BEAST (2014)

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Flamed, the time when nearly changed
Still I was a slave, waiting to be saved
Dream, the body sleeps but I
Am not to proud to roll
On the back streets
So, so simple when you know
You’ll know this when it’s time to go

Strange, the sooner you leave behind
Lonely as you sold paradise
Scream, the body leaves the bone
To sit upon the throne
A better waits for life

Dream, dream your sins away
Sing your dreams away
Your holding back, still holding back Algier

Huh

Say you love me tonight
Save you love for me tonight
And I feel you now
I lie awake on the way of love
And I feel
But I

Heavenly demons outside my window
Sent here to see me outside this world
I call the shadow, you call the season
That’s all it takes, woo ooo

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Afghan+Whigs

 


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“El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto”

(Charles Chaplin)

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El tiempo es relativo. Lo sabemos. ¿Qué es exactamente el concepto de tiempo perdido? Es una realidad que el tiempo va pasando. A veces, tenemos la sensación de que se nos escurre entre los dedos, sin poder detenerlo. Pero eso es imposible. No podemos detenerlo. Y, además, quién querría eso. No hace falta. Vamos consumiéndolo aunque no lleguemos a percibirlo. Y mucho de ese tiempo que ya ha transcurrido creemos que es perdido o, al menos, así lo calificamos. Todo pertenece al tiempo. Lo bueno y lo malo. Lo aburrido y lo entretenido. Nos quedamos con los momentos inolvidables, con los que marcaron un momento, una época o una fase de nuestra vida. Tan sólo grabamos esos momentos mágicos, que no podemos ni queremos olvidar. Nos deshacemos muy fácilmente de la mayoría de momentos. Muchas veces porque los asociamos con la rutina. Insulsos. Triviales. Nada interesantes. No nos llaman la atención muchos de ellos, sólo los que sobresalen, por causas estupendas o dramáticas, ésos que retenemos a toda costa.

Evolucionamos. Por lo menos deberíamos hacerlo. Y para evolucionar se necesita tiempo, y dentro de ese tiempo también hay momentos que creemos perdidos. Valoramos negativamente los momentos perdidos. Porque en el fondo sabemos que no van a volver. Pero nos cuesta estrujar el tiempo y sacarle todo su provecho. Por mucho que lo repitamos. Deambulamos como sombras dentro de nuestro propio escenario. Nos perdemos entre nuestros momentos perdidos. Sacamos a veces la cabeza para hacernos notar. Pocos. Muy pocos. La mayoría de las veces pasamos desapercibidos, incluso para nosotros mismos. Las luces son pocas y débiles, la oscuridad la vemos con más intensidad y con más facilidad.

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“Algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora”

(John Lennon)

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La sensación de pérdida de tiempo atormenta, entristece y provoca desdicha. Nos encerramos en nuestro caparazón, dispuestos a relamernos nuestras heridas, sintiendo que las oportunidades, muchas, han pasado. Y que no fuimos capaces de reconocerlas, de aprovecharlas. Y mientras lo hacemos no nos damos cuenta de las que están frente a nosotros justo ahora mismo. No recapacitamos como deberíamos. Analizando los errores vamos cometiendo otros. 

Aprovechamos el tiempo cuando lo vivimos con intensidad, sea como sea. Y esa intensidad nos da vida interior. Nos revitaliza de otra manera. Nos hace sentirnos válidos y aptos. Nuestra habilidad crece cuando nos vemos útiles. Estamos siempre cuantificando nuestras labores, nuestras vivencias. Sentimos mucha pena por las pérdidas, sean del nivel que sean. La pérdida de tiempo es tan sólo otra de ellas. Nos lastima. Nos hiere. Parece incluso dolor. Y permanece. A veces por segundos, otras durante años. Estamos sometidos al poder del tiempo, en todos los escenarios de nuestra vida. Todo empieza y acaba, lo bueno y lo malo. Es una sucesión tras otra. Natural. Algunas de esas sensaciones parecen efímeras, otras eternas. Pero es nuestra sensación. Debemos evaluar nuestro tiempo, sólo tenemos uno. Y valorarlo. Sinceramente. Sin flagelarnos.

“A veces estamos demasiado dispuestos a creer

que el presente es el único estado posible de las cosas”

(Marcel Proust)

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Vidas inventadas

Publicado: 23 de abril de 2015 en Artículos
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“El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido,

porque estará obligado a inventar veinte más 

para sostener la certeza de esta primera”

(Alexander Pope)

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A través de la historia del hombre, han sido habituales las escenas que han salido a la luz de muchas personas que intentaron ser ‘otras personas’. Se trata en estos casos de inventarse una vida, otra vida, cambiar la uno de mismo, hacer realidad un delirio, ya sea por grandeza, por complejo o por ambición. Los impostores siempre existieron, han sido corrientes y lo siguen siendo. Encontramos numerosos ejemplos, algunos más famosos que otros: Enric Marco, fingió durante años ser un antiguo preso de un campo de concentración nazi; Alicia Head, se hizo pasar por una de las víctimas de los atentados del 11-S en Nueva York; Somaly Mam relató que fue vendida a los 13 años y que le obligaron a ejercer la prostitución; Rigoberta Menchú añadió falsas experiencias personales en su libro autobiográfico.

Para muchos analistas y expertos, muchas de estas personas actuaron y actúan por ser mentirosos crónicos o compulsivos, personas que tienen dificultad para controlar su conducta y que están muy cerca de comportamientos patológicos. Estos mentirosos pueden buscar un reconocimiento social, una admiración que nunca tuvieron, una gloria que les haga populares. Y los podemos encontrar en cualquier momento. Es fácil conocer a esa clase de personas que dicen conocer a gente famosa, que tienen amigos muy conocidos, que han vivido experiencias únicas y al alcance de muy pocos. Pero, lógicamente, para poder engañar a alguien, primero deben engañarse a sí mismos. Creerse su historia. Partir de esa falsa identidad se puede sustentar en la necesidad vital que tiene el mitómano para que los demás le consideren importante o popular. No le importa mentir porque sabe que le va a servir ante la sociedad. Y el narcisista puede ser muy válido y capaz. Incluso inteligente. Lo que ocurre es que su vanidad y su ambición, además de su orgullo, provocan que sus capacidades se pierdan por el camino y no se lleguen a conocer realmente. Inventarse una vida puede servir para conseguir fama, prestigio y también dinero.

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“Una mentira es como una bola de nieve;

cuanto más rueda, más grande se vuelve”

(Martin Lutero)

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Inventar o fabular ha sido y es humano. Tendemos a exagerar las historias, decorándolas, añadiendo datos que no existieron, creyendo hacerlas más atractivas, más creíbles o seductoras. La imaginación aporta su grano de arena. Y de eso vamos bastante sobrados. Sabemos por experiencia propia que muchas personas exageran en sus logros biográficos, sus estudios, sus conocimientos, etc. Una práctica habitual que ya parece consentida. De hecho, parece que tampoco nos importa mucho que mientan, o que nos mientan. Si esa mentira no nos incumbe no nos preocupa. El problema es que si esas mentiras se exageran de forma sistemática y se multiplican con el paso del tiempo, las sospechas llegan a ser muy grandes y la credibilidad, poco a poco, va perdiendo forma.

Lógicamente, para aquellos que acostumbran a utilizar estas prácticas, la rutina les juega una mala pasada y, finalmente, son descubiertos. Lo malo, al llegar a ese punto, es que ya nadie se cree lo próximo que cuenten, aunque sea cierto. Sin embargo, cuando uno de estos impostores nos cuenta una historia sensible y dura cuesta dudar de su credibilidad. La empatía nos hace acercarnos a su historia, creando un lazo de unión entre el que cuenta la historia y el que la escucha. Generalmente, cuando nos cuentan algo tendemos a creerlo, aunque sepamos que la mayoría de las veces no tenemos argumentos de peso para saber si lo que nos cuentan es verídico o no. La susceptibilidad va según el carácter o la experiencia de cada uno, pero en principio no debería haber obstáculo para creer en alguien o en sus historias.

“El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad”

(Aristóteles)

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En la actualidad, gracias las redes sociales, cualquier puede llegar a cualquiera. Son ventanas que se abren y donde aparece, de repente, el mundo entero. Una persona anónima puede ser famosa en minutos. Y esas redes sociales sirven para muchos de estos personajes para crearse vidas paralelas, inventadas. Ese físico que no tuvieron, esa atracción siempre soñada y que nunca apareció, esa facilidad para atraer gente gracias a una palabra, una fotografía, un mensaje, todos ellos inventados, creados con una finalidad. Hoy cualquier puede ser cualquiera. Puede ser lo que quiera, se puede convertir en el profesional que siempre quiso ser, popular y admirado por muchos, o ese físico atractivo y seductor para los ojos de la mayoría. Las vidas inventadas están a la orden del día. Cada vez es más difícil creerse lo que nos cuentan, los que nos dicen, lo que nos muestran. Los filtros que necesitamos van siendo cada vez más habituales y exhaustivos, y nuestra percepción de lo real y lo ficticio se va difuminando lentamente, hasta llegar a un punto que confundimos la realidad con simples aires de grandeza.  Hace poco leí que era curioso observar cómo en las redes sociales abundan las mujeres seductoras y frívolas mientras que, simultáneamente, los hombres se rinden ante la belleza de la poesía. ¿Realidad o ficción?