La foto de la semana (125)

Publicado: 5 de mayo de 2015 en Fotos de la semana
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“La realidad es un término muy equívoco.

¡La palabra realidad quiere decir tantas cosas para cada ser humano!

(Harold Bloom)

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Una de las bandas alternativas más aclamadas de los 90. La evolución de The Afghan Whigs ha sido constante desde sus inicios, aunque nunca perdió su esencia principal. Todo gira en torno a su cantante, guitarrista y compositor Greg Dulli, con una voz angustiada, letras plagadas de relaciones rotas y falta de autoestima. Sonido garage, R&B, post-punk, todo bien armado para crear sonidos envolventes. Junto a Dulli la forman el bajista John Curley, el guitarrista Rick McCollum y el batería Steve Earle. Dulli, quien se crió en Ohio, se fue a estudiar cine a la universidad de Cincinnati, y allí fue donde conoció a McCollm y Earle. El único que no fue a la universidad de Cincinnati fue Curley, que su paso por la ciudad se debió a sus inicios en el mundo de la fotografía. Su primer álbum apareció en 1988 ‘Big top Halloween’. A éste le siguieron ‘Up in it’ (1990), ‘Congregation’ (1992), ‘Gentlemen’ (1993), ‘What Jail is like’ (1994), ‘Black love’ (1996), ‘1965’ (1998). En febrero de 2001 la banda decide separarse oficialmente. Comenzaron después una gira que se extendió desde 2012 y 2013. Y fue a principios de 2014 cuando anunciaron que habían vuelto a grabar un nuevo disco de estudio, tras 16 años de ausencia: ‘Do to the beast’. Para entonces, sólo Dulli y Curley quedaban desde los inicios. Ahora les acompañaban el guitarrista Dave Rosser, el multi-instrumentista Marcos McGuire, el bajista Jon Skibic y el batería Cully Symington. A pesar de que su andadura en el mundo de los noventa no les otorgó una gran fama demuestran con este último disco que están a la altura y han creado un disco fantástico.

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‘ALGIERS’

THE AFGHAN WHIGS 

Álbum: DO TO THE BEAST (2014)

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Flamed, the time when nearly changed
Still I was a slave, waiting to be saved
Dream, the body sleeps but I
Am not to proud to roll
On the back streets
So, so simple when you know
You’ll know this when it’s time to go

Strange, the sooner you leave behind
Lonely as you sold paradise
Scream, the body leaves the bone
To sit upon the throne
A better waits for life

Dream, dream your sins away
Sing your dreams away
Your holding back, still holding back Algier

Huh

Say you love me tonight
Save you love for me tonight
And I feel you now
I lie awake on the way of love
And I feel
But I

Heavenly demons outside my window
Sent here to see me outside this world
I call the shadow, you call the season
That’s all it takes, woo ooo

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Afghan+Whigs

 


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“El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto”

(Charles Chaplin)

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El tiempo es relativo. Lo sabemos. ¿Qué es exactamente el concepto de tiempo perdido? Es una realidad que el tiempo va pasando. A veces, tenemos la sensación de que se nos escurre entre los dedos, sin poder detenerlo. Pero eso es imposible. No podemos detenerlo. Y, además, quién querría eso. No hace falta. Vamos consumiéndolo aunque no lleguemos a percibirlo. Y mucho de ese tiempo que ya ha transcurrido creemos que es perdido o, al menos, así lo calificamos. Todo pertenece al tiempo. Lo bueno y lo malo. Lo aburrido y lo entretenido. Nos quedamos con los momentos inolvidables, con los que marcaron un momento, una época o una fase de nuestra vida. Tan sólo grabamos esos momentos mágicos, que no podemos ni queremos olvidar. Nos deshacemos muy fácilmente de la mayoría de momentos. Muchas veces porque los asociamos con la rutina. Insulsos. Triviales. Nada interesantes. No nos llaman la atención muchos de ellos, sólo los que sobresalen, por causas estupendas o dramáticas, ésos que retenemos a toda costa.

Evolucionamos. Por lo menos deberíamos hacerlo. Y para evolucionar se necesita tiempo, y dentro de ese tiempo también hay momentos que creemos perdidos. Valoramos negativamente los momentos perdidos. Porque en el fondo sabemos que no van a volver. Pero nos cuesta estrujar el tiempo y sacarle todo su provecho. Por mucho que lo repitamos. Deambulamos como sombras dentro de nuestro propio escenario. Nos perdemos entre nuestros momentos perdidos. Sacamos a veces la cabeza para hacernos notar. Pocos. Muy pocos. La mayoría de las veces pasamos desapercibidos, incluso para nosotros mismos. Las luces son pocas y débiles, la oscuridad la vemos con más intensidad y con más facilidad.

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“Algunos están dispuestos a cualquier cosa, menos a vivir aquí y ahora”

(John Lennon)

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La sensación de pérdida de tiempo atormenta, entristece y provoca desdicha. Nos encerramos en nuestro caparazón, dispuestos a relamernos nuestras heridas, sintiendo que las oportunidades, muchas, han pasado. Y que no fuimos capaces de reconocerlas, de aprovecharlas. Y mientras lo hacemos no nos damos cuenta de las que están frente a nosotros justo ahora mismo. No recapacitamos como deberíamos. Analizando los errores vamos cometiendo otros. 

Aprovechamos el tiempo cuando lo vivimos con intensidad, sea como sea. Y esa intensidad nos da vida interior. Nos revitaliza de otra manera. Nos hace sentirnos válidos y aptos. Nuestra habilidad crece cuando nos vemos útiles. Estamos siempre cuantificando nuestras labores, nuestras vivencias. Sentimos mucha pena por las pérdidas, sean del nivel que sean. La pérdida de tiempo es tan sólo otra de ellas. Nos lastima. Nos hiere. Parece incluso dolor. Y permanece. A veces por segundos, otras durante años. Estamos sometidos al poder del tiempo, en todos los escenarios de nuestra vida. Todo empieza y acaba, lo bueno y lo malo. Es una sucesión tras otra. Natural. Algunas de esas sensaciones parecen efímeras, otras eternas. Pero es nuestra sensación. Debemos evaluar nuestro tiempo, sólo tenemos uno. Y valorarlo. Sinceramente. Sin flagelarnos.

“A veces estamos demasiado dispuestos a creer

que el presente es el único estado posible de las cosas”

(Marcel Proust)

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Vidas inventadas

Publicado: 23 de abril de 2015 en Artículos
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“El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido,

porque estará obligado a inventar veinte más 

para sostener la certeza de esta primera”

(Alexander Pope)

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A través de la historia del hombre, han sido habituales las escenas que han salido a la luz de muchas personas que intentaron ser ‘otras personas’. Se trata en estos casos de inventarse una vida, otra vida, cambiar la uno de mismo, hacer realidad un delirio, ya sea por grandeza, por complejo o por ambición. Los impostores siempre existieron, han sido corrientes y lo siguen siendo. Encontramos numerosos ejemplos, algunos más famosos que otros: Enric Marco, fingió durante años ser un antiguo preso de un campo de concentración nazi; Alicia Head, se hizo pasar por una de las víctimas de los atentados del 11-S en Nueva York; Somaly Mam relató que fue vendida a los 13 años y que le obligaron a ejercer la prostitución; Rigoberta Menchú añadió falsas experiencias personales en su libro autobiográfico.

Para muchos analistas y expertos, muchas de estas personas actuaron y actúan por ser mentirosos crónicos o compulsivos, personas que tienen dificultad para controlar su conducta y que están muy cerca de comportamientos patológicos. Estos mentirosos pueden buscar un reconocimiento social, una admiración que nunca tuvieron, una gloria que les haga populares. Y los podemos encontrar en cualquier momento. Es fácil conocer a esa clase de personas que dicen conocer a gente famosa, que tienen amigos muy conocidos, que han vivido experiencias únicas y al alcance de muy pocos. Pero, lógicamente, para poder engañar a alguien, primero deben engañarse a sí mismos. Creerse su historia. Partir de esa falsa identidad se puede sustentar en la necesidad vital que tiene el mitómano para que los demás le consideren importante o popular. No le importa mentir porque sabe que le va a servir ante la sociedad. Y el narcisista puede ser muy válido y capaz. Incluso inteligente. Lo que ocurre es que su vanidad y su ambición, además de su orgullo, provocan que sus capacidades se pierdan por el camino y no se lleguen a conocer realmente. Inventarse una vida puede servir para conseguir fama, prestigio y también dinero.

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“Una mentira es como una bola de nieve;

cuanto más rueda, más grande se vuelve”

(Martin Lutero)

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Inventar o fabular ha sido y es humano. Tendemos a exagerar las historias, decorándolas, añadiendo datos que no existieron, creyendo hacerlas más atractivas, más creíbles o seductoras. La imaginación aporta su grano de arena. Y de eso vamos bastante sobrados. Sabemos por experiencia propia que muchas personas exageran en sus logros biográficos, sus estudios, sus conocimientos, etc. Una práctica habitual que ya parece consentida. De hecho, parece que tampoco nos importa mucho que mientan, o que nos mientan. Si esa mentira no nos incumbe no nos preocupa. El problema es que si esas mentiras se exageran de forma sistemática y se multiplican con el paso del tiempo, las sospechas llegan a ser muy grandes y la credibilidad, poco a poco, va perdiendo forma.

Lógicamente, para aquellos que acostumbran a utilizar estas prácticas, la rutina les juega una mala pasada y, finalmente, son descubiertos. Lo malo, al llegar a ese punto, es que ya nadie se cree lo próximo que cuenten, aunque sea cierto. Sin embargo, cuando uno de estos impostores nos cuenta una historia sensible y dura cuesta dudar de su credibilidad. La empatía nos hace acercarnos a su historia, creando un lazo de unión entre el que cuenta la historia y el que la escucha. Generalmente, cuando nos cuentan algo tendemos a creerlo, aunque sepamos que la mayoría de las veces no tenemos argumentos de peso para saber si lo que nos cuentan es verídico o no. La susceptibilidad va según el carácter o la experiencia de cada uno, pero en principio no debería haber obstáculo para creer en alguien o en sus historias.

“El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad”

(Aristóteles)

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En la actualidad, gracias las redes sociales, cualquier puede llegar a cualquiera. Son ventanas que se abren y donde aparece, de repente, el mundo entero. Una persona anónima puede ser famosa en minutos. Y esas redes sociales sirven para muchos de estos personajes para crearse vidas paralelas, inventadas. Ese físico que no tuvieron, esa atracción siempre soñada y que nunca apareció, esa facilidad para atraer gente gracias a una palabra, una fotografía, un mensaje, todos ellos inventados, creados con una finalidad. Hoy cualquier puede ser cualquiera. Puede ser lo que quiera, se puede convertir en el profesional que siempre quiso ser, popular y admirado por muchos, o ese físico atractivo y seductor para los ojos de la mayoría. Las vidas inventadas están a la orden del día. Cada vez es más difícil creerse lo que nos cuentan, los que nos dicen, lo que nos muestran. Los filtros que necesitamos van siendo cada vez más habituales y exhaustivos, y nuestra percepción de lo real y lo ficticio se va difuminando lentamente, hasta llegar a un punto que confundimos la realidad con simples aires de grandeza.  Hace poco leí que era curioso observar cómo en las redes sociales abundan las mujeres seductoras y frívolas mientras que, simultáneamente, los hombres se rinden ante la belleza de la poesía. ¿Realidad o ficción?

Mirar a través de una ventana

Publicado: 22 de abril de 2015 en Artículos
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“Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado;
está fundado en nuestros pensamientos
y está hecho de nuestros pensamientos”.
(Buda)
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Mirar a través de una ventana puede contener  varios significados. Y cada uno podría interpretarlos a su manera. Todos esos significados tienen que ver con una escena más o menos solitaria, familiar, melancólica, pensativa y emocional. Una ventana, como símbolo, una ventana que nos hace mirar a través de ella, que nos provoca una curiosidad innata. Que provoca estímulos naturales, que el ser humano no puede negar. Una ventana puede ser considerada como un observatorio hacia no se sabe dónde ni qué. Una ventana nos puede abrir nuevos mundos, nuevas ideas y nuevas sensaciones.

Mirar a través de una ventana puede representar también el adentrarse en un pasado que no éramos capaces de encontrar, que no sabíamos analizar convenientemente, un puente hacia el otro lado, hacia otra perspectiva, un vistazo desde la oscuridad a la luminosidad necesaria y ansiada, un paseo corto pero intenso por donde poder averiguar otras cosas, las importantes, un cambio imprescindible en nuestras vidas. No podemos negar, ninguno de nosotros, que en algún momento de nuestra vida, nos hemos quedado absortos junto a una ventana, la que sea, aquélla, ésta, una ventana, y nos hemos quedado pensativos mirando a través de ella, introduciéndonos en un mundo paralelo, observando sin atención lo que ocurría en su interior, o en su exterior, según la perspectiva, mezclándonos con nuestros pensamientos, los que nos preocupaban en ese instante, o en los que nuestra mente nos llevaba inconscientemente.

“Quien no se resuelve a cultivar el hábito de pensar,
se pierde el mayor placer de la vida”.
(Thomas Alva Edison)
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Son momentos indescriptibles, donde se pierde la noción del tiempo, incluso parece que esa relatividad se detiene, como las hojas de los árboles, el agua del río, las personas que caminan o los coches que transitan. Segundos o minutos de paz y transmisión interna con nosotros, única y maravillosa, en los que nadie es capaz de llamarnos la atención pero que, sin embargo, nos abre la mente de par en par; es como dejarnos llevar por la situación, por la escena descubierta, por la puerta mágica de otra realidad.

Necesitaríamos una ventana nueva cada cierto tiempo, sin que supiéramos que iba a aparecer, pero disfrutando de su visión tantas veces como fuera posible. Porque con esas ventanas somos capaces de alcanzar vistas indescriptibles, momentos mágicos y pensamientos básicos. Descubrir esas ventanas capaces de cambiarnos, de detenernos un momento y pensar en lo que nos importa, en lo que necesitamos pensar, una fugaz parada ante la realidad más veloz y difícil de detener. Un espléndido motivo de abrir nuestro interior, penetrar en él y sacar las mejores conclusiones, o disipar las dudas más extensas, o alcanzar respuestas que ya creíamos imposibles.

Mirar a través de una ventana ayuda. Y mucho. La próxima vez que estemos frente a una y notemos que es uno de esos momentos mágicos, abramos bien los ojos, sacudámonos todos los complejos, las manías, las inseguridades que vamos amontonando a través del tiempo, liberémonos de todas las ataduras, y disfrutemos al máximo de lo que dure la experiencia. Nunca podremos decir que no sirvió de nada. Muy al contrario, seguro que nos ayudará, incluso podrá sacarnos esa sonrisa natural que tanto nos cuesta a veces mostrar.

“Pensar es moverse en el infinito”
(Henri D. Lacordaire)
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La foto de la semana (124)

Publicado: 21 de abril de 2015 en Fotos de la semana
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“Alabad el árbol que desde la carroña

sube jubiloso hacia el cielo”

(Bertolt Brecht)

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David August (Berlín, Alemania) es un joven músico que ya tocaba el piano desde niño. Desde entonces se ha movido entre las redes de la música, desde sonidos clásicos hasta la electrónica más avanzada. Con sólo veinte años publicó su primer EP, al que le siguieron varios más. En 2007 salió al mercado su primer álbum ‘Out of place’ y en 2013 su segundo largo ‘Times‘. Éste último es el que provocó su más que merecida fama, con una gran instrumentalización y el uso de sus propias voces. Y fue durante la grabación de ese disco que decidió dejar de pinchar y dedicarse únicamente a tocar en directo y a proseguir con sus estudios en la Universidad de las Artes de Berlín. Su último EP salido al mercado en 2014 ‘Epikur’ fue proclamado por la revista Billboard como una de las esperanzas más brillantes de la música house actual. No se le puede perder la pista. Su evolución puede ser tremenda.

‘EPIKUR’

DAVID AUGUST

(2014)

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