Gente brillante

Publicado: 12 de abril de 2015 en Artículos
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“Los semejantes se atraen.

Limítate a ser quien eres: sereno, transparente y brillante.

Cuando irradiamos lo que somos, cuando sólo hacemos lo que deseamos hacer,

esto aparta automáticamente

a quienes sí tienen algo que aprender

y también algo que enseñarnos”.

(Richard Bach)

***

Es difícil imaginar que a nuestro alrededor no exista esa clase de gente brillante. Y cuando hablo de gente brillante me refiero a ese tipo de personas que llegamos a admirar por diferentes razones, ya sea por su capacidad laboral, empresarial, familiar, política, intelectual o humana. Existir, existen. De eso no cabe la menor duda. Y es ésa, precisamente, la clase de gente que necesita cualquier país para desarrollar todas sus cualidades y evolucionar en el futuro. Cualquier sociedad que se preste y que, de verdad quiera evolucionar (no conozco ninguna que no lo desee), debería rodearse de esas personas, y cuantas más mejor sería, para sacarles todo el partido posible y apoyarlas en todo lo que necesitaran, dado que representan para bien buena parte de su bienestar.

Lógicamente, cada sociedad es un mundo diferente, con sus características, sus valores, sus tradiciones y sus realidades. Aunque el ser humano mantenga ciertas similitudes en cualquier parte del mundo, cada sociedad conserva sus rasgos definitorios, que le hacen distinguirse de las demás. En parte, en eso consiste el atractivo de la raza humana, en su inmensa diversidad. Otra cosa bien distinta es que en cualquier tipo de sociedad se apoye, se defienda y se valore a la gente brillante. Siendo sinceros con nosotros mismos, deberemos reconocer que nos sentimos atraídos por toda la gente brillante que vamos conociendo a lo largo de nuestra vida. Ya no se trata de sentir envidia o celos, tan sólo saber apreciar la admiración que sentimos por ella. Y es que, en general, no es habitual encontrarse con mucha de esa gente brillante. Al menos, no tanta como nos gustaría y como deberíamos. Aunque para muchos, el problema principal radique realmente en poder reconocerla cuando la encuentran, mucho más allá de llegar o poder encontrarla.

“Si puedes hablar lo suficientemente brillante sobre un tema,

darás la impresión de que lo dominas”.

(Stanley Kubrick)

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Vivimos tiempos en donde se premia mucho más la carencia, la ignorancia, la inutilidad o la misma incapacidad de las personas. En lugar de buscar, desarrollar y fomentar la brillantez natural en todas sus formas, al igual que la capacidad innata, la aptitud individual o el talento inspirador. Embaucan más las mentes mediocres, poco innovadoras, incapaces de hacer pensar o evolucionar, que aquellas otras que pueden llegar a dominar el mundo por su atrevimiento, su osadía y su talento. El talento se echa en falta. Y lo necesitamos. Mucho. Sabemos reconocer esas características distintas, esas aptitudes que sorprenden y sobresalen. Todas esas facetas que deslumbran, funciones que nunca habíamos descubierto antes, poderío en su estado puro. 

No hay nada mejor que descubrir el talento. La grandeza del saber, del estar y del mostrarse, en todas sus formas y maneras. No hay nada tan espléndido como observar la capacidad de alguien en cualquier faceta de la vida. Cada uno puede mostrar su talento, de una manera u otra, tan sólo hace falta potenciarlo, confiar en él y explotarlo, a la vez que mostrarlo. No se puede caer en la vergüenza, ni en la desconfianza personal. Cada uno, desde su parcela, puede y debe saber su potencial, desarrollarlo y enseñarlo. De nada sirve esconderlo, o hacer ver que no existe. Sin embargo, nos cansamos de observar la mediocridad en todas sus variantes. Y hasta parece que esté de moda.

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“El panorama fue fascinante durante los primeros minutos en el aire, y luego de lo más insípido.

Me hacía gracia ver las casas y los coches tan pequeños y pulcros; todo tenía el aspecto de ser de factura muy reciente, tan limpio y brillante parecía.

Pero al cabo de poco tiempo uno se cansa de ese aspecto del paisaje.

Considero significativo que una torre o una colina alta sea toda la altura que se necesita para observar las bellezas naturales.

Lo único que obtienes de esa ascensión sin esfuerzo es un mapa a gran escala.

En general la naturaleza, siguiendo un esquivo principio, parece proporcionar sus propios miradores allí donde son más deseables”.

(Evelyn Waugh)

***

Qué pocas luces brillan a lo lejos, y también de cerca. Qué pocas personas destacan. ¡Cuántas necesitamos! Y qué dicen de todo esto los descubridores de talentos. Vivimos momentos de tremenda confusión, inestabilidad e inseguridad. Cualquiera puede llegar lejos, casi sin proponérselo, pero también sin merecerlo. El mérito se va evaporando, al igual que la genialidad y la creatividad. Y esos flashes de inteligencia, de talento y de capacidad sorprenden cada día más. Nos embelesan fácilmente. Simplemente porque no estamos acostumbrados a ello. Debemos apoyar a toda esa gente brillante, rodearnos de ella. Alimentarnos de su talento, observarla, estudiarla y disfrutarla. Debemos ser suficientemente inteligentes para saber valorarla. No caigamos en las garras de la envidia y de la falta de consideración. No seamos mediocres. De ésos, ya hay suficiente, por no decir demasiados.  

Dicen que el talento es innato. Que el talento no se puede aprender, que no se puede enseñar. Pero el talento, a veces, es inapreciable, es invisible, puede hallarse en cualquier rincón del planeta, esperando ser descubierto. Hay mucha gente brillante esperando ser descubierta y admirada. Busquemos esos detalles mínimos pero certeros que nos hagan llegar hasta esa gente. Permitámosles manifestarse, a la vez que los disfrutáremos. Toda la gente brillante que podamos conocer durante nuestra vida nos será útil y beneficiosa. Sepamos apreciar sus dones. También dicen que el tiempo es oro, razón de más para no desperdiciarlo entre gente que no nos va a aportar absolutamente nada, ni ahora ni en el futuro más próximo. Quizá, si aprendemos a actuar así, podamos convertirnos algún día en una de esas personas brillantes.

 

Jamones y jamones

Publicado: 10 de abril de 2015 en Hostelería/Restauración
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“Con jamón y buen vino se anda el camino”

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Jamones hay muchos. Hay jamones y jamones. Por jamón conocemos al producto alimenticio obtenido de las patas traseras de los cerdos. La forma más habitual de preparación es salándolo en crudo y curándolo de forma natural. Las patas delanteras de los cerdos también se preparan pero reciben el nombre de paletas o paletillas. Pocas personas pueden decir tranquilamente que no les gusta e jamón. De hecho, es una minoría. Cuestión aparte son todas aquellas personas que por religión o tradición no suelen comer cerdo. Y también es cierto que el jamón no ha llegado a muchos lugares del mundo donde el cerdo es un alimento habitual de su gastronomía. Pero comer habitualmente jamón no quiere decir que se entienda de jamones. Ni mucho menos. Muchas personas no saben distinguir ni la textura, ni el aroma, ni el sabor. Pueden imaginar la calidad de uno u otro por el precio de venta, pero poco más.

Se puede decir sin lugar a duda que el jamón es un manjar único. Pero no todos los jamones son iguales. En muchos países, el único jamón que existe, que se comercia y se consume, es el cocido (jamón york). Uno de los países con más consumo de jamón es España. Y, como es normal, existen muchas denominaciones y elaboraciones diferentes por todo el país. Generalmente, se suelen diferenciar por la raza del cerdo, ya sean serranos o ibéricos. Al que se conoce como jamón ibérico procede del cerdo de raza ibérica, criado en las dehesas, con libertad de movimiento, alimentándose de forma natural. Su curación suele estar entre los 8 y los 36 meses, y su textura es muy característica, al igual que su aroma y su sabor. Suelen alimentarse de bellotas. Y su sabor, color y textura dependerán también del tipo de bellota que coman y del ejercicio que hagan diariamente.

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Existe una clasificación oficial para los jamones ibéricos. Hay cuatro tipos: 1) El jamón ibérico de cebo: significa que el animal se ha criado en un cebadero y que ha recibido una alimentación de piensos; 2) El jamón ibérico de cebo campo: se refiere a que el animal se ha criado en dehesa y que ha recibido una alimentación a base de hierbas y piensos; 3) El jamón ibérico de recebo: también criado en dehesa, alimentado con piensos, hierbas y bellota pero que, al no alcanzar el peso ideal para la matanza, necesita un aporte de piensos y pastos; 4) El jamón ibérico de bellota: también criado en dehesa y alimentado con piensos y hierbas, y en el período de engorde se le alimenta con bellotas y pastos hasta que alcanza el peso ideal. Existen varias denominaciones de origen del jamón ibérico. Muchas veces se confunden las denominaciones de origen establecidas con las marcas comerciales. No tienen nada que ver.

El otro tipo de jamón, el jamón serrano, procede de una variedad de raza de cerdo blanco y se distingue fácilmente por el color de la piel del jamón. Se le llama ‘serrano’ cuando se cura en un clima específico, de sierra, frío y seco. Se distinguen tres tipos de calidades en el jamón serrano: el jamón bodega, el jamón reserva y el jamón gran reserva. Y también existen diferentes denominaciones de origen. En muchas partes de España, sobre todo en la zona noroeste, los jamones se curan tradicionalmente ahumados. Un recurso utilizado en climas húmedos, donde es difícil secar el jamón al aire libre. Además de España, otros países son clásicos a la hora de elaborar jamones como, por ejemplo, Portugal, Italia, Alemania o Hungría.

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“Nada hay en el mundo más noble y raro que una amistad verdadera”

(Oscar Wilde)

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A muchas personas les ocurre que, desde eran jóvenes adolescentes, les han tratado de ‘raros’. Y, con el paso del tiempo, esa tendencia no ha decaído. De hecho, casi forma parte de su personalidad. Lo raro significa que se sale de la norma. Pero, la pregunta debería ser: ¿Quién marca la norma? ¿O nos basamos simplemente en lo que hace la mayoría para denominarla así? El ser humano se encuentra más cómodo ante situaciones que conoce, que son habituales, rutinarias y/o familiares. Cuando algo se sale del guión establecido comienzan los titubeos, las inseguridades y los vaivenes. Ante el miedo que provocan estas últimas situaciones, la mayoría se inclinan ante lo conocido, lo mayoritario y lo habitual. Y se puede extrapolar a todos los ámbitos de la vida.

Si dices, haces, opinas, piensas como la gran mayoría no sobresales, permaneces en ese grupo compacto que parece ser el correcto. O, al menos, eso piensa la mayoría. Si a uno o varios se les ocurre salir de esa tendencia son considerados automáticamente ‘raros’, casi sin ni siquiera escuchar, analizar o valorar lo que dicen, hacen, opinan o piensan. No se puede negar que esta actitud mayoritaria llama la atención. De hecho, está debidamente estudiada científicamente. La mayoría de las personas se mueven por el argumento mayoritario, a veces, sin llegar a analizarlo, ni meditarlo, ni valorarlo. Pensándolo fríamente, podría ser una forma un tanto mediocre e ignorante de actuar. Digamos que no consideraríamos inteligente a cualquier persona que reaccionara de esa forma. Entonces, ¿estamos rodeados de ignorantes? ¿Somos mediocres a la hora de decantarnos por una mayoría? ¿Valoramos todas las opciones antes de tomar una decisión, una elección? ¿O preferimos ir a lo sencillo y no pensar demasiado?

“Es posible que el cosmos esté poblado con seres inteligentes.

Pero la lección darwiniana es clara: no habrá humanos en otros lugares.

Solamente aquí. Sólo en este pequeño planeta.

Somos, no sólo una especie en peligro, sino una especie rara.

En la perspectiva cósmica cada uno de nosotros es precioso.

Si alguien está en desacuerdo contigo, déjalo vivir.

No encontrarás a nadie parecido en cien mil millones de galaxias.

(Carl Sagan)

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Las preguntas se multiplican sin llegar a conclusiones claras. Lo normal es pensar que si una gran masa de gente actúa de una forma determinada será por algo, por algún motivo, por alguna razón. En absoluto. Puede darse el caso que una gran masa de gente piense de forma parecida, que tenga motivaciones similares, que se muevan en ambientes cercanos y que lleguen a las mismas conclusiones, pero, en cada fase de nuestra vida, solemos ir evolucionando. Lo que pensábamos hace diez años no se parece casi en nada a lo que pensamos actualmente. Nuestras opiniones van cambiando a medida que avanza nuestra experiencia de vida. Llegar a hacer o decir lo que hace o dice la mayoría puede ser una elección o una opción, pero antes debe ser meditada consecuentemente y según nuestras ideas y pensamientos.

Nos dejamos llevar por el qué dirán, por lo que se lleva, por tendencias y modas, por mareas que aparecen y desaparecen. Necesitamos de nuestra cordura, nuestro saber, confiar en nuestro intelecto, sea del nivel que sea, aprender a seguir nuestro instinto, apostar por nosotros. Muchos lo hacen. Y la respuesta que a veces reciben es que son raros. Muchas de esas personas que han sido consideradas ‘raras’ desde que iban a la escuela han perdido parte de su autoestima, en muchos ámbitos de su vida, pero si miraran las cosas desde otra perspectiva, se darían cuenta de que ‘ser raro’ puede ser lo mejor que tienen. Cuando alguien te considera raro es porque no te entiende. O no te acepta, que es todavía peor. Hay que saber rodearse de gente que te entienda y que te aprecie, con tus valores y tus carencias. ¿Quién es menos raro que otros? ¿Por qué alguien es más raro que el resto?

Ser raro no significa ser peor, ni mejor. En la diferencia está el secreto. Y ocurre con todo. Si todos fuéramos iguales esto sería muy aburrido. Hay que pensar de mil formas, hacer mil variantes, decir cosas diferentes. Idear, cambiar, innovar. Todas esas personas que enfocaron su futuro en sus ideas fueron tachados de ‘raros’ y, muchos de ellos, llegaron a ser considerados genios con el tiempo. Otra prueba más del desconcierto de la sociedad en general y de la mayoría en particular. La autenticidad vale la pena. La originalidad tiene su mérito. Hay que valorar la capacidad de la persona. No caer en falsos argumentos o en simples postureos.

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El odio

Publicado: 8 de abril de 2015 en Artículos
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“Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga.”
(Víctor Hugo)
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Una palabra que se usa muy a menudo, quizá demasiado. Porque poder percibir un sentimiento como odio no es tan sencillo. Mucho menos sentirlo. Hay muchas cosas o personas que no son de nuestro agrado, incluso detestamos a algunas de ellas. Pero, de ahí a decir que, odiamos algo verdaderamente, hay un paso bastante grande. Podemos tener aversión, antipatía, no vernos atraídos por algo o alguien, pero el odio representa algo muy profundo, quizá lo opuesto al amor, aunque puestos a valorar, éste último quizá está también demasiado utilizado sin necesidad. La temeridad de pregonar amor u odio a los cuatro vientos es muy humano. A lo mejor porque afirmar ‘odiar algo o a alguien’ llama más la atención que decir simplemente que no nos gusta. No queda igual de contundente. Y el dramatismo y la escenificación se ven arropadas con expresiones de tal calibre.

Resulta curioso comprobar cómo suelen ser más expresados todos los sentimientos negativos que los positivos. ¿La razón? Quizá responde a estímulos humanos de conducta. Somos más negativos que positivos por regla general, tendemos a ver todo lo malo y a no valorar lo bueno. Preferimos quejarnos de lo que no nos gusta que alabar lo que nos agrada. Somos más propensos a afirmar sensaciones que nos apenan, nos entristecen o nos deprimen, que intentar contagiar a los que nos rodean con sensaciones de felicidad, alegría y optimismo. Acaso andamos necesitados de cariño, de empatía, de que alguien esté por nosotros. Mostrarnos rodeados de problemas, de situaciones adversas y de complicaciones puede provocar la atención del resto. Y eso nos atrae.

“Basta con que un hombre odie a otro
para que el odio vaya corriendo
hasta la humanidad entera.”
(Jean Paul Sartre)
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Cuando alguien muestra alegría o que las cosas le van bien, suele ser envidiado y, en muchas ocasiones, no creído. ¿Por qué? Porque la inmensa mayoría no cree que la felicidad y el bienestar en general sea algo que pueda sentirse como rutina. No creemos que alguien pueda estar perfectamente conectado con su yo, con su interior, que lo exteriorice y lo confiese. No le creemos. Siempre vemos una cortina de humo que esconde otra verdad: una realidad paralela que seguramente es triste, alejada de esas afirmaciones de placer y de sintonía perfecta. Una postura hacia la galería. 

El problema de odiar o creer odiar es que nos crea un malestar continuo, que no se aleja, que permanece. La pregunta oportuna sería si vale la pena realmente odiar. ¿Qué ganamos exactamente con ello? Poco, por no decir nada. Nos podemos reafirmar a nivel personal de nuestra aversión hacia ello pero nada más. Podemos expresarlo, divulgarlo, guardarlo, pero no sirve para nada. El odio es uno de los sentimientos menos prácticos que existen para el ser humano. En cambio, es muy destructivo. El odio provoca malestar, mal ambiente y puede (de hecho, ocurre) desembocar en violencia. Pero mucho del odio que se dice sentir es bastante fingido, exagerado, incoherente y falto de base o de argumentos. Se tiende a magnificar sensaciones. De repente, alguien odia a alguien. Así de sencillo. Ya dicen que del amor al odio hay un paso muy pequeño. Pero, ¿es realmente así? ¿Es creíble ese odio? Cuesta aceptarlo, esa podría ser la respuesta. No quiere decir que ese odio sea irracional, es quizá es inventado. La frustración, la impotencia, la ignorancia, pueden provocar confusión.

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Cuando a uno le van mal las cosas arremete contra todo lo que le rodea. Odia al mundo como símbolo de sus problemas. No quiere nada, no quiere a nadie. Confunde lo que le está ocurriendo con el sentimiento de odio. Odia todo porque está asqueado de todo. No encuentra salidas, no ve soluciones, entonces lo fácil es verse como víctima frente a un batallón de enemigos que sólo quieren su destrucción. Sus reacciones pueden sorprender, puesto que está en un momento crítico. Su mente fabricará argumentos y excusas para que le den la razón en sus ideas y opiniones. Las sensaciones inventadas al final resultarán o parecerán correctas y verídicas. Comprobamos muchas de estas reacciones cuando algunas personas actúan violenta y gratuitamente contra otras, por una excusa que se han creado en su mente, sin venir a cuento, sin justificación alguna.

“El odio es una tendencia a aprovechar
todas las ocasiones para perjudicar a los demás.”
(Plutarco)
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Un ejemplo claro de ello son los movimientos terroristas de cualquier tipo, condición, religión e ideología, que han existido y, todavía siguen existiendo, en la sociedad mundial. Atrapados por el odio, ya sea éste fingido, inducido, estudiado, inventado y/o escenificado, son capaces de arremeter y atacar a cualquiera persona que les rodea. Convencidos por dicho odio, creen justificados todos sus actos, se excusan en ellos y, además, se presentan como víctimas, incluso después de asesinar. El odio ahí representa lo más bajo de la raza humana, puesto que la violencia frente a situaciones extremas puede verse incluso como una reacción natural y lógica de supervivencia, pero matar gratuitamente, alimentándose de un odio, generalmente falso, es bastante déspota, además de mostrar rasgos muy definidos de ignorancia. 

Puesto que el odio, si se llega a sentir, debe hacernos ver que caemos en una ignorancia absoluta. Una persona inteligente nunca debería verse atrapada por las redes del odio. Porque reconocerá que no le aporta nada y que no le llevará hacia un buen destino. Cuando amamos o hemos llegado a amar a una persona, no podemos decir de la noche a la mañana que la odiamos. Eso sólo puede significar que nunca le llegamos a amar de verdad, que nuestro amor fue inventado, como inventado es el odio que decimos sentir ahora. Nunca la amamos realmente y no nos gustaba, nos engañamos a nosotros mismos y además engañamos a esa persona y a los demás, haciéndoles partícipes de un amor creado en nuestra mente. Una cosa puede ser la ilusión y la pasión, conceptos diferentes, pero el de amor es profundo como para utilizarlo a la ligera. Quizá la culpa de lo que nos ocurre no sea de los demás. Deberíamos parar un instante y pensar sobre ello. Por lo menos, nos alejaríamos de las garras del odio.

“Odiar a alguien es otorgarle demasiada importancia.”
(Anónimo)
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“La creatividad nunca ha sido sensata.

¿Por qué habría de serlo?

¿Por qué tú deberías ser sensato?

A lo largo del tiempo, lo que un artista necesita es entusiasmo, no disciplina.”

(Julia Cameron)

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Spoon ya es una banda veterana que se formo a principios de los 90 con Britt Daniel (vocalista y guitarra) y Jim Eno (batería). Tras aparecer su primer EP en 1994, dos años después publicaron su primer álbum ‘Telephono’. Desde entonces no han parado de publicar discos, casi todos ellos con una gran crítica, convirtiéndolos en una banda de rock de primer nivel. Originarios de Austin (Texas), los dos creadores del grupo añadieron a Rob Pope (bajo) y Eric Harvey (teclado, guitarra y percusión) en la aventura. Sus características se basan en melodías muy fáciles de tararear, con aspectos lúcidos, inspiradas en su reminiscencia folk-rock-pop norteamericana, pero sobre todo muy instrumental. Sus canciones son frescas, un tanto arriesgadas pero muy creativas. No les han faltado comparaciones durante toda su trayectoria. Algunos los han comparado a Pixies o Sonic Youth. Para los que hemos seguido con entusiasmo su carrera no han dejado de ilusionar. Disco a disco han sabido captar seguidores y fieles que esperan ansiosos la salida del nuevo álbum. Su último disco ‘They want my soul’ ha sido un éxito desde su publicación. Aclamados ya como uno de los referentes mundiales en cuanto a rock alternativo. Varios de sus discos han entrado en las listas más prestigiosas, como por ejemplo ‘Ga Ga Ga Ga Ga’ (2007). No defraudan nunca y los dos años que han pasado desde su última aparición se han hecho largos.

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‘OUTLIER’

SPOON

Álbum: THEY WANT MY SOUL (2014)

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“Outlier”

You were smart, you no played no part
You just taught what you thought, yeahAnd I remember when you walked out of Garden State
‘Cause you had taste, you had taste
You had no time to waste

Oh, what happened to you kid?
Yes and oh, what’s happening now?

On and on, and on and on
You never played us wrong, or stayed too long

Oh, what happened to you kid?
Yes and oh, what’s happening now?

***
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Las malditas prisas

Publicado: 22 de marzo de 2015 en Artículos
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“La rapidez que es una virtud,

engendra un vicio,

que es la prisa”

(Gregorio Marañón)

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Uno de los mayores problemas de las sociedades actuales es la prisa. La prisa que delatamos en el rostro. La prisa que nos contagian. La prisa que contagiamos. Esa misma. Una prisa que es imposible de hacer invisible, o acaso disimularla. Un problema humano que genera nerviosismo, ansiedad y estrés. De hecho, el estrés, junto a la depresión, son las enfermedades del siglo actual. A lo largo de la historia, el ser humano ha sufrido terribles enfermedades, cada una en una época, en una circunstancia, en un entorno determinado. Con la evolución y el paso del tiempo, las enfermedades se han desarrollado también. La ‘modernidad’ ha traído consigo nuevas enfermedades que, no por nuevas, dejan de ser igual de preocupantes y peligrosas.

Hoy lo queremos todo pronto. Y, si es posible, ya. Nos hemos acostumbrado a conseguir todo rápidamente. El deseo llega, se consume y se esfuma. Hemos aprendido a tragar de todo a una velocidad pasmosa. Ya sea un momento mágico, un paisaje, una canción, una película, un beso, una noche de sexo, una charla, un libro o una cena inolvidable. Ahora todo pasa de una forma vertiginosa, casi sin darnos cuenta. No sabemos deleitarnos con nada. Y de las prisas, las malditas prisas, no salimos. No sabemos parar, mirar con detenimiento, con pausa, tomándonos el tiempo necesario, desarrollando todos los sentidos que necesitemos en ese instante, gozando del mínimo detalle. No queremos esperar. La pérdida de tiempo esta sobrevalorada.

“Tanta prisa tenemos por hacer,

escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad,

que olvidamos lo único realmente importante: vivir”

(Robert Louis Stevenson)

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La prisa nos genera un estado de nervios constante, nos hace estar pensando en lo que vendrá a continuación, sin margen a entender, asimilar y/o analizar lo que está ocurriendo ahora mismo. Parece que nos falte tiempo y, lo que ocurre realmente, es que no sabemos manejar nuestro tiempo. Algo totalmente diferente. Y nos llama la atención esa persona calmada, que se toma su tiempo, que parece no tener prisa, que utiliza su vida manejando sus tiempos, creyendo que le falta una velocidad, o que le falta ‘sangre’, cuando realmente lo que hace es vivir el momento, su momento. En lugar de fijarnos y aprender de ella, la criticamos. 

Un momento, el que sea, ya puede ser rutinario o mágico, tenemos que saber interpretarlo. Para ello, no nos queda más remedio que concentrarnos. Dejar todo lo que estamos haciendo (pensar, meditar y planear), y enfocarnos en lo que precisa ese momento. A partir de ahí, el resto viene solo. Pero, lo mejor de todo, es que podremos llegar a saborearlo. Con prisas, será imposible. Ya dicen que son malas consejeras. La precipitación y la urgencia, son problemas derivados que no permitirán que actuemos en consecuencia. Lo sabemos. Pero no aprendemos. Todo tiene que ser ya. Todo tiene que aparecer y ser vivido ya. Y, tal como viene, se va. Y a por el siguiente. Somos devoradores de momentos, sin tiempo a ordenarlos, a clasificarlos y, casi, a recordarlos.

La sociedad de hoy es la de la incertidumbre. De la falta de estabilidad, de la inseguridad continua y de las prisas acumuladas. Del estrés continuo, que creemos que es natural, el que debemos aguantar porque es lo sobrevenido. O eso dicen. Estrés que manejamos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Nos falta tiempo para todo, y todo pasa sin que nos demos cuenta. Un día vuela, la semana también, el mes ya se desvanece y los años pasan guiñando un ojo. No nos damos cuenta y estamos exhaustos, fatigados, agotados de estar en esa cinta que no se detiene, que va a toda velocidad, que no nos deja ni descansar. Hasta las vacaciones tienen que ser estresantes, ver cuántas más cosas mejor, visitar todo lo humanamente posible. No se puede perder ni un momento en una terraza tomando un café, observando a los peatones, perdiéndose en un mundo paralelo, que también es nuestro, al que tenemos abandonado, al que no dedicamos prácticamente ningún momento de ésos que evaporamos por arte de magia, con las malditas prisas.

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