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“En el mundo hay sólo dos maneras de triunfar:

por la propia capacidad o por la ineptitud ajena.”

(Jean De La Bruyere)

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Es una frase que ya se ha convertido en clásica. Y a fuerza de repetirla hasta la saciedad para mucha gente ya casi suena a realidad. Aunque ni de lejos se pueda asemejar a algo verídico. Lanzar una frase así es algo gratuito, falto de rigor y, sobre todo, de experiencia, aunque de eso últimamente parezca que no hace falta poseer demasiada. La experiencia de una persona en un oficio determinado parece haberse convertido incluso en un hándicap, cuando ha sido hasta hace muy poco el requisito imprescindible para poder evaluar el perfil de un candidato. Una de las primeras preguntas que le hacía un entrevistador a un aspirante a un puesto de trabajo ‘x’ era habitualmente: ¿Qué experiencia tiene…? Y lo cierto es que, para muchos puestos concretos sigue siendo un requisito imprescindible, como no podía ser de otra manera. Para puestos determinados deseamos, exigimos y preferimos personas con un buen nivel, conocimiento y experiencia en el puesto ofrecido. La persona en cuestión se puede vender gracias a sus conocimientos adquiridos, así como por su experiencia ganada con los años. 

Llegados a este punto, muchos de los lectores (y según su sector laboral) podrían pensar que lo que acabo de explicar es evidente y carente de interés. Considerar a una persona para un puesto determinado según su conocimiento y experiencia es la primera condición para poder considerarla apta e idónea para ello. Y calculando que si para la mayoría de las personas a las que les preguntáramos la respuesta sería más o menos parecida todavía llama más la atención cómo en determinados sectores ese conocimiento y esa experiencia carecen absolutamente de valor. Sin ir más lejos eso es lo que ocurre en el mundo de la hostelería. Ser camarero se ha convertido en algo que ya no pocos valoran, sino que, además, cualquiera se siente capacitado para realizar, como también muchos empresarios del sector están convencidos que para ser camarero sirve cualquiera.

Y yo me pregunto: ¿Cualquier sirve para camarero? ¿De verdad alguien puede estar convencido de eso? Propongo un pequeño ejercicio de imaginación. En la viñeta de la portada, un camarero alza una bandeja con una botella y varios vasos mientras con la otra mano es capaz de leer un libro al mismo tiempo mostrando además una sonrisa al hacerlo. Se le ve confiado y seguro de sí mismo. ¿Es una ilusión? Para nada. Para aquel que sepa manejar una de esas bandejas repleta de vasos y/o botellas la dificultad de usar la otra mano para, por ejemplo, leer un libro, es meramente anecdótica. No sólo podría leer un libro sino que se le podrían ocurrir mil cosas que hacer a la vez. Porque el uso de la bandeja no le provoca ningún contratiempo. Alguno ahora puede pensar: ‘Eso ocurre porque es un profesional’. ¿Y qué es un profesional? Alguien que ya tiene una trayectoria contrastada en el medio en el que trabaja. ¿Y cómo se consigue dicha experiencia? Lógicamente, con la práctica y con el paso del tiempo. Preguntas y respuestas lógicas que se pierden en el desagüe del fregadero cuando el debate consiste en considerar a alguien para el puesto de camarero o camarera.

Al llegar a ese punto todo cambia. Da igual si tiene experiencia. Comenzamos a escuchar entonces otros requisitos o capacidades que se convierten como por arte de magia en mucho más importantes que el conocimiento o la experiencia. Me estoy refiriendo a la imagen, la belleza o la actitud… Aptitudes que no carecen de importancia pero a las que se les podría considerar secundarias. Quizá son sólo excusas y la verdadera razón para elegir una persona que no tiene experiencia alguna para desempeñar un puesto como camarero radique principalmente en que como le van a dar un sueldo ridículo y unas condiciones laborales que nadie aceptaría a no ser que estuviera muy desesperado, pues bastante tendrán con encontrar personas que estén encantadas con la oferta de trabajo y accedan a ello como para ponerse a buscar a alguien que esté sobradamente preparado/a para el puesto en concreto. Además da igual si están capacitados o no para el puesto porque tampoco ningún cliente se va a quejar de ello.

“Aprendemos de la experiencia
que los hombres nunca aprenden
nada de la experiencia.”
(George Bernard Shaw)
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Lo más curioso del asunto es que una vez dentro, uno se puede dar cuenta de que da igual tener experiencia o no, puesto que el sueldo va a ser el mismo para el que la tiene como para el que no. Sin olvidar que al que la tiene se le exigirá más por ello y se le encargará que vaya enseñando sobre la marcha a los demás, mientras que si puede desempeñar otras funciones añadidas también será bienvenido, pero sin que represente por ello un aumento de salario. La jugada es redonda. Y muchos incluso la pueden considerar ‘de listos’. Ese es el principal problema del asunto: la cantidad, cada vez mayor, de listos…

Como representante de este sector durante tantos años este tema siempre me ha tenido la mente ocupada, puesto que nunca he llegado a entender porqué sucede. He preguntado a muchas personas ajenas al sector sobre ello, pidiendo que me dijeran qué piensan cuando van a un local de hostelería (ya sea de bebidas o de alimentación) y el servicio carece por completo de la experiencia mínima para desempeñar sus funciones. Las respuestas han sido variadas, pero la mayoría coincide en quejarse por ello, porque aunque ajenos al sector, son suficientemente válidos para valorar la capacidad y el conocimiento de una persona que desempeña un puesto así. Pero, aunque la mayoría se queje, esos locales siguen siendo frecuentados por muchas personas, con lo que parece que el asunto no es realmente importante como para dejar de visitar dicho establecimiento. La conclusión parece evidente: quizá es que no hacen falta esos ‘profesionales’ y cualquiera puede servir para ser camarero, al menos a la mayoría tampoco les importa demasiado.

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El vicio de pedir favores

Publicado: 18 de octubre de 2014 en Artículos
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“Como me crecieron los favores, me crecieron los dolores”

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Si se analiza a simple vista, quién se negaría a hacer un favor a alguien en un momento determinado. Casi parece descartada la negación a ello. Pero, qué sucede cuando el pedir favores se convierte en algo habitual, constante y casi siempre proveniente de las mismas personas. Porque hay personas que se dedican la mayor parte de su vida a pedir favores, de todo tipo. Han hecho de su hábito una forma de vida. El problema es que encuentran a muchas personas bondadosas que generosamente no expresan ningún problema en ayudar a las personas que forman su entorno, haciendo esos favores que son reclamados, pero lógicamente,  la paciencia de muchas estas buenas personas tiene un límite y cuando eso ocurre se plantan y niegan el siguiente favor para dejar de ser queridos, próximos y necesarios automáticamente. Podríamos considerar entonces que todas esas personas que suelen pedir favores tan sólo se mueven por interés, algo que en nuestros días está muy de moda. El lema podría ser: ¡Si no hay algo que sacar para qué moverse! 

Un favor debería pedirse cuando realmente lo necesitamos y también deberíamos saber a quién pedírselo. No todas las personas pueden ayudarnos en ese momento determinado y de la forma adecuada que necesitamos. Quizá nadie de nuestro entorno puede ayudarnos. Y también es bueno conocer eso y aceptarlo. Sin que tenga que haber una frustración, impotencia o enfado de por medio. Todos nos podemos ver abocados en un instante a pedir un favor. No es un gran problema. Analizamos dicho problema, intentamos arreglarlo o encontrar la solución, y si concluimos en que no podemos solventarlo por nuestros propios medios intentamos que alguien nos saque del apuro. Incluso a veces el simple hecho de pedir consejo explicando el problema nos puede descubrir algún tipo de solución en la que no habíamos pensado, sin necesidad de pedir dicho favor finalmente.

“Hay almas esclavizadas

que agradecen tanto los favores recibidos

que se estrangulan con la cuerda de la gratitud”

(Friedrich Nietzsche)

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¿Nos cuesta pedir favores? A veces. Según a quién. Según quién. Hay personas muy vergonzosas a la hora de pedir favores, incluso a familiares muy cercanos o a amigos de muchos años. Ya sea por timidez, por evitar un compromiso a la otra persona, por orgullo o por intentar no molestar a alguien en concreto, muchas personas intentan solventar sus problemas sin pedir favores a nadie. Quizá es una reacción equivocada aunque totalmente respetable. El carácter de cada uno está por encima de lo que puedan pensar los demás. Otras personas en cambio suelen pedir favores cuando los necesitan. Acuden a la persona que piensan que puede echarles un cable y solucionar una situación que se ha convertido en un problema. Ese favor no tiene que ser compensado obligatoriamente. Se pide y se desea recibirlo. Sin más. NO debe haber mayor intención, ni por una parte ni por otra. Si se acepta ayudar a alguien con una petición de favor no debemos esperar que ese favor deba ser recompensado de otra forma. Se ofrece la ayuda y punto. En la mente y en la memoria de cada uno quedan los favores pedidos y los recibidos. Sabemos perfectamente quién nos ayudó con alguno de ellos en aquellos momentos críticos y a quien ayudamos cuando nos solicitaron ese favor ‘x’.

Pero qué sucede con esas personas que viven en la petición de favores continuos y que no mueven un dedo por ayudar a otros simplemente porque no encuentran ningún interés en ello. Personas que se dedican a pedir ayudas y favores a todo su entorno y que van dejando de lado a las personas que en un momento dado se cansan de ofrecer tantos favores, observando que la otra persona nunca se mueve por los demás y que además hace de esa urgencia un arma habitual de comportamiento. Una práctica habitual entre muchas personas y que llega a cansar, provocando a los que suelen dar ayuda y contestar favorablemente a los favores que se lo piensen en el futuro a la hora de hacer algo parecido. Abusar de la confianza no lleva a ningún buen estado de bienestar, puede ser que salga bien durante un tiempo, pero a la larga las ayudas desaparecerán y con toda la razón.

Frases que nos alientan

Publicado: 16 de octubre de 2014 en Frases de portada
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‘El medio de no cambiar es no pensar’ (Joseph Renan) 

‘Cada uno tiene el máximo de memoria para lo que le interesa y el mínimo para lo que no le interesa’ (Arthur Schopenhauer)

‘La desobediencia es el verdadero fundamento de la libertad. Los obedientes deben ser esclavos’ (Henry David Thoreau)

‘No dejes que los planes que tienes para ti sean más importantes que tú mismo’ (Wayne Dyer) 

‘El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento’ (Erasmo) 

‘No le añadas a las penurias de la realidad los miedos de la imaginación’ (Luis Landero) 

‘Siempre se ha de conservar el temor, pero jamás se debe mostrar’ (Francisco de Quevedo) 

‘Lo sabe todo, absolutamente todo. Figúrense lo tonto que será’ (Miguel de Unamuno) 

‘La casualidad nos da casi siempre lo que nunca se nos hubiere ocurrido pedir’ (Alphonse de Lamartine)

‘Deberíamos usar el pasado como trampolín y no como sofá’ (Harold MacMillan) 

‘Todos somos iguales ante la ley, pero no ante los encargados de aplicarla’ (Stanislaw Lec)

‘Combatirse a sí mismo es la guerra más difícil; vencerse a sí mismo es la victoria más bella’ (Friedrich von Logau) 

‘No hay cosa que haga más daño a una nación como el que la gente astuta pase por inteligente’ (Francis Bacon) 

‘Nunca he encontrado a una persona de quien no haya aprendido algo’ (Alfred de Vigny) 

‘Hay que juzgar los sentimientos por los actos, más que por las palabras’ (George Sand) 

‘En el fondo son las relaciones con las personas lo que da sentido a la vida’ (Karl Von Humboldt) 

‘Lo peor que le puede ocurrir a cualquiera es que se le comprenda por completo’ (Carl Gustav Jung) 

‘Las personas creen aquello que se acomoda a sus deseos’ (Julio César) 

‘El hombre blanco siempre tiene reloj, pero nunca tiene tiempo’ (Proverbio africano) 

‘La vida es un constante proceso, una continua transformación en el tiempo, un nacer, morir y renacer continuos’ (Hermann Keyserling) 

‘Ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere una lucha constante’ (George Orwell) 

‘Para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible’ (Hermann Hesse) 

‘En la vida no hay premios ni castigos, sino consecuencias’ (Robert Green) 

‘Errar es humano, pero más lo es culpar de ello a otros’ (Baltasar Gracián) 

‘Estamos solos, vivimos solos y morimos solos. Sólo a través del amor y la amistad podemos creer, por un momento, que no estamos solos’ (Orson Welles) 

 

La foto de la semana (119)

Publicado: 14 de octubre de 2014 en Fotos de la semana
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“La contradicción es la raíz de todo movimiento y de toda manifestación vital”

(Hegel)

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Röyksopp es un dúo noruego procedente de Tromso. Un ejemplo de la nueva música electrónica del ámbito escandinavo. Una banda nostálgica que desliza sonidos variados con melodías muy pegadizas. Sus componente son Torbjorn Brundtland y Svein Berge. Se conocieron en Tromso pero fue en Bergen que se unieron años después para comenzar a grabar lo que sería su primer álbum. Corrían los últimos meses de la década de los 90. Su primer trabajo no apareció hasta el 2011 con el título de Melody A.M.’. Tras su despegue han aparecido cuatro discos más. Su música es más cálida de lo que podría suponerse. El dúo no ha dejado nunca de grabar sencillos y EPs. A finales de 2013 se unieron en colaboración a la cantante noruega Susanne Sundfor para publicar el single ‘Running to the sea’, un éxito desde el día que apareció. Susanne Sundfor saltó a la fama en su país en 2005. Realizó una gira por su país y se hizo un nombre en toda Escandinavia. Todo un lujo de combinación que ha tenido un desenlace estupendo. Para disfrutarlo.

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‘RUNNING TO THE SEA’

RÖYKSOPP AND SUSANNE SUNDFOR

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I could hear them howling from afar
I saw them rushing to your call
In a moment all went screaming “why?”
Until the darkness killed the light

I remember running to the sea
The burning houses and trees
I remember running to the sea
Alone and blinded by the fear

And the river flows beneath your skin
Like savage forces kept within
And all is wasted in the sand
Like breaking diamonds with your hand

I remember running to the sea
Remember falling to my knees
I remember gliding off the shore
Until I touched the ocean floor

And the river flows beneath your skin
Like savage forces kept within
And all is wasted in the sand
Like breaking diamonds with your hand

And the river grows inside of me
And the river grows inside of me
And the river grows inside of me
And the river grows inside of me

***

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La rutina como compañera

Publicado: 5 de octubre de 2014 en Artículos
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“No son los males violentos los que nos marcan,

sino los males sordos, los insistentes, los tolerables,

aquellos que forman parte de nuestra rutina

y nos minan meticulosamente como el tiempo”

(Emil Cioran)

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A casi nadie le gusta, ni le atrae, pero sin embargo, caemos en sus redes muy fácilmente. Acaso porque es cómoda, nos alivia sin pensar, nos acoge sin proponerlo, nos alienta sin meditar, nos abriga sin frío y nos enseña lo conocido sin excusas, sin otras formas de alimentar lo más desconocido. La rutina nos indica un camino, casi siempre alicaído, inerte, cansino y falto de emoción. Y solemos ser rutinarios casi por costumbre. El ser humano es un animal de costumbres, aunque las vaya cambiando casi sin darse cuenta. Y podría considerarse una contradicción pensar y estar convencidos de que cayendo en lo mismo no evolucionamos, nos detenemos y no somos capaces de avanzar. Pero, inconscientemente, sin un segundo de meditación, volvemos a hacer lo mismo.

Para muchos la rutina puede ser hermosa, un ritual severo pero que deleita. Mientras que, para otros, la rutina puede ser la puerta hacia la nada, hacia el abismo del aburrimiento, del tedio y de la falta total de ilusión. De todas formas, nuestra vida siempre está repleta de rutinas, nuestras, creadas por nosotros. Esas rutinas no aparecieron de la nada ni nadie nos las impuso. Son rutinas que se van creando con el tiempo y algunas de ellas las conservamos durante mucho tiempo, mientras que otras van decayendo en su protagonismo y en su interés, para quizá desaparecer en un futuro próximo. Cambiar o no de rutinas depende de nosotros mismos. Si solemos hacer lo mismo es porque nos sentimos cómodos con ello. Por lo tanto, si nos sentimos cómodos con ello tampoco debemos considerarlo tan malo.

Todas las personas tienden a inclinarse por lo conocido como forma de resguardarse de lo que podría llegar. Ante lo conocido reaccionamos con más alegría y, sobre todo, con más seguridad. Una seguridad que a todas luces puede ser engañosa pero que concretamos de forma práctica y natural. Ante lo desconocido reaccionamos de otra manera, tenemos que mantenernos en guardia, en alerta y en constante atención. Eso aparte de agotarnos física y mentalmente nos traslada a otro escenario de inseguridad en el cual no nos sentimos tan cómodos. Aunque como en tantas y tantas otras cosas, todo depende de cómo se mire o interprete. Nuestra perspectiva de las cosas tiende a crear en nuestra mente esferas de ‘aparente comodidad’. Cuando algo no sale como normalmente debería se convierte automáticamente en un obstáculo que nos provoca angustia y ansiedad.

“Creo que mi mejor cualidad en el mundo del ajedrez

radica en que nunca juego de forma rutinaria,

sino que juzgo la posición una y otra vez antes de cada jugada,

cambiando, si es preciso,

mi estrategia al responder a las jugadas de mi contrincante.”

(David Bronstein)

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Quizá lo más inteligente sería ir alternando nuestras formas de encarar las vicisitudes diarias. Ir cambiando de rutinas o de formas de hacer, de pensar y de sentir. Intuir lo que podría ser y buscar para encontrarlo. Adivinar lo que se podría uno estar perdiendo simplemente cambiando de visión. La aventura de lo desconocido transformada en algo suficientemente atractivo como para no dejarlo escapar. Ser capaces de albergar nuevas formas de pensamiento, de obra y de emoción. Vislumbrar otros modos de acción, no quedarse con lo que ya hemos experimentado sino seguir investigando hasta descubrir que existen otras muchas formas en todos los ámbitos. Fácil es darse cuenta de que a diario algo nos deslumbra, nos sorprende y nos hace vivir de otra forma. 

Podría ser que la rutina es sólo una forma de ser, de pensar y de sentir. Si pensáramos diferente la rutina se rompería, cambiaría o se multiplicaría. Con un sólo intento de cambiar las cosas, las cosas cambian. No es magia, es actitud. Pero eso no quiere decir que haya que eliminar todas las rutinas, porque muchas de ellas nos pueden hacer sentir bien, son parte de nosotros y tampoco tendría sentido que desaparecieran. Eliminar sólo aquellas que no nos llevan a ningún lugar, que simplemente conducen a lo cotidiano, a lo aburrido y a la falta de todo. Las conocemos, las detectamos y somos capaces de identificarlas a diario. Si la actitud desea borrarlas de nuestra cotidianidad lo hará y además de la misma forma natural como las aceptaba anteriormente.

“A veces me salto el almuerzo y cambio la rutina.

Salgo a dar un paseo.

O me compro un pequeño regalo para mí…

Algo que me haga sentir que estoy cuidando de mí mismo.

O salgo en coche, en busca de un paisaje hermoso, o saco una entrada para un concierto.

A veces negocio una cita conmigo mismo a media mañana, un compromiso estrictamente personal.”

(Spencer Johnson)

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No todo pasa porque sí. Algunas cosas ocurren porque nosotros decidimos que así ocurran. En el cambio se potencia la apertura de ideas, de sorpresas y de ilusiones. Y quién quiere perder todo eso. Nadie. Sería insensato por nuestra parte dejar de sentir nuevas formas, dejar de ver nuevos mundos, nuevas ideas y proyectos, nuevas personas. Todo va evolucionando, también nosotros. Y en esa evolución se van rompiendo muchas de esas rutinas. Sólo hace falta echar la vista atrás para recordar todas las que tuvimos y que ya han quedado en el olvido, puesto que las circunstancias cambian, también las rutinas, también nosotros. Todo es un movimiento continuo de formas y conjuntos que van originando nuevas sensaciones. 

De nada sirve quejarse, quejarse de lo evidente, de que la rutina puede matarnos. Por eso, mucho más eficaz que el simple hecho de quejarse puede ser el accionarse para cambiar. Ante la evidencia de una rutina no deseada tan sólo debemos cambiarla. Y no podemos decir que no se puede, porque se puede. A lo mejor esa mal llamada rutina no lo es tanto, sino simplemente la forma en cómo la vemos. Quizá no es ni rutina ni costumbre, la hemos adoptado a nuestro quehacer diario y ya le damos el calificativo de tal, sin haber sido ni siquiera artífices de su creación. Ante la rutina que no queremos sólo nos queda el combate, y con el combate desaparecerá, ante la desidia y la falta de actitud seguirá con nosotros. No hacen falta más argumentos para saber si una rutina nos hace bien o no. Nosotros somos suficientemente capaces para detectarlo. Y al hacerlo, de nosotros depende hacer girar el escenario. No le quitemos valor al poder que albergamos. Porque, aunque en muchas otras circunstancias no tenemos más que el remedio de la resignación, en otros aspectos podemos ser capaces de dominar la situación.

“Cuando hay libertad del condicionamiento mecánico, hay simplicidad.

El hombre clásico es justo un paquete de rutina, de ideas y de tradición.

Si sigues el patrón clásico, estás entendiendo la rutina, la tradición, la sombra…

No te estás entendiendo.”

(Bruce Lee)

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‘El que sólo practica la virtud para conquistar una gran reputación
está muy cerca de caer en el vicio’
(Napoleón)
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La reputación es simplemente la opinión que tienen los demás sobre nosotros. ¿Es importante? Quizá en según qué casos sí lo será, pero no en todos ni en la mayoría. La reputación es muy particular. Muy de cada uno. Y tiene el valor que le queramos dar, ni más ni menos. La podemos cuidar, año a año, tratar de hacerla mejor, día a día, evolucionarla, desarrollarla, mejorarla, pero a lo mejor, bajo una circunstancia inesperada, se puede venir abajo como un castillo de naipes y en cuestión de segundos, y en muchos casos quizá sin razones aparentes o causas que hubiesen sugerido tal desenlace.

¿Nos importa realmente lo que digan o piensen de nosotros? O quizá dependerá de quién lo haga. O quizá dependerá del momento o de la situación. ¿Tan importantes somos realmente (o creemos ser) como para pensar que es trascendente la opinión de los demás con respecto a nosotros. Si de nosotros comentan una buena opinión la tomamos automáticamente como buena, ya que es positiva, porque suena bien, porque nos hace quedar bien de puertas para afuera; mientras que si el comentario o la opinión que se hace de nosotros es malo nos lo tomamos al instante como equivocado y erróneo, no falso, pero sí como una escena que no se asemeja a la realidad de lo que nosotros creemos ser. Naturalmente, porque esa opinión puede perjudicar nuestra imagen y nuestra reputación.

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‘He perdido mi reputación.
Pero no la echo en falta.’
(Mae West)
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Si en la vida diaria nos mostramos tal como somos, naturales, sin poses, ni posturas, ni casualidades convertidas en necesidades según el momento y la situación, si somos realmente nosotros mismos, la gente que nos rodea, que nos conoce cada día, que nos trata normalmente, nos conocerá tal y como somos. A todos no podemos caer bien, eso es una utopía, además tampoco se trata de eso, no puede ser el fin en sí. La personalidad de cada uno no puede intentar encajar con las de todos los demás. Eso es imposible. Caeremos bien a unos cuantos, y a otros no tanto. Quizá a algunos les caeremos incluso mal. Pero si es así no será por nuestra reputación, sino por nuestro carácter y nuestra personalidad. Si los hemos mostrado de forma natural no podremos reprocharnos nada en absoluto. Otra cosa distinta sería que hubiéramos fingido un forma de ser con tal de caer bien o de hacer ver que somos otra cosa. Esa opinión creada sobre nosotros sería no falsa, sino simplemente ficticia. No nos conocerían realmente, pero ya se habrían hecho la imagen de un nosotros ideado y retocado, nunca auténtico. 

Lógicamente, cometemos errores, y los seguiremos cometiendo. Pero los que nos conocen y nos aceptan con ellos sabrán perdonárnoslos. No porque sientan pena o compasión, simplemente porque estarán por encima de lo que realmente somos. Al conocernos bien y en profundidad, los detalles o las circunstancias no podrán hacer cambiar la imagen que tienen y que ya tenían de nosotros. Pero, igualmente, podemos cometer errores mucho más graves, crear decepciones en gente que confió en nosotros, que creía en nosotros, y eso será difícil de reparar. Para ello hay que tener tacto y valorar a esas personas, sobre todo, si no las queremos perder. Pero, si al final, hemos cometido esos errores será necesario enmendarlos como se merece, ante todo con humildad y dando las explicaciones oportunas. Con naturalidad. Porque esa es la clave de todo.

La reputación es muy importante para las empresas, ya sea por su servicio, por su calidad, por su estabilidad. Lograr esa reputación con el paso de los años requiere sacrificio, trabajo y suerte, pero es uno de los grandes objetivos de cualquier empresario. Múltiples estudios han intentado descifrar los secretos para conseguir esa ansiada reputación en las empresas y en las marcas comerciales. La conclusión: ‘Lo más importante es cumplir con lo que se dice’. Así de sencillo. ¡¡Y tan difícil de conseguir!! La reputación no la podemos crear de un día para otro. Es un lento caminar. Una construcción que depende de muchos factores, y no todos dependen de nosotros. Si nos hemos creado una buena imagen no la vamos a perder tan fácilmente. Tampoco la podemos medir. Y tampoco es necesario.

‘¿De quién dependen las reputaciones?
Casi siempre de los que no tienen ninguna.’
(Carlos José de Ligne)
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