Hoy es un día especial

Publicado: 9 de agosto de 2014 en Narrativa / Poesía
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Hoy es un día especial
día triste por el recuerdo de la pérdida
pero alegre por lo que representa evocar tu eterno recuerdo…

*

Hoy hace veinte años que te perdí
pero todavía sigues conmigo…
Hoy hace veinte años que te fuiste
pero sigo notando tu afecto
tu sonrisa desinteresada
tu cariño espontáneo…

*

Hoy me llegan imágenes del pasado
de mi infancia
junto a ti
tantas horas junto a ti…
que ya no acierto a saber si las aproveché como debía
pero sé que las disfruté
a mi manera
como supe
como pude…

*

Hoy sigo intentando buscar en mi mente
esos recuerdos vagos
casi minúsculos
que me den más señales de ti
de tus ojos
de tu mirada
de tu sonrisa
de tu compañía…

*

Y aunque pasen veinte años más seguirás estando presente
en mis días
en mis noches
en mi vida…

***

PD: Dedicado a todos aquellos que siguen disfrutando de sus madres…para que sigan valorando su compañía.


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‘¿Servicio de habitaciones?

Mándenme una habitación más grande.’

(Groucho Marx)

***

Habría que comenzar explicando el significado de la palabra hostelería, dado que en muchos países de habla hispana no se tiene ni conocimiento de su existencia, al menos del término. Por hostelería (hospitality, en versión anglosajona) se conoce al nombre que reúne a todas las actividades económicas relacionadas con la prestación de servicios tanto a nivel de alojamiento como de alimentación y bebidas, casi todos ellos ligados a la rama industrial del turismo. Hay muchas actividades comerciales ligadas a ese nombre, dado que a todos nos resultan familiares ejemplos como hoteles, hostales, albergues, casas rurales, bodegas, bares, restaurantes, chiringuitos, etc… La lista es larga, y dependiendo del país donde nos encontremos las definiciones varían, disminuyen o aumentan.

Los tipos y clasificaciones tienen que ver también según la reglamentación de cada país. La evolución de estos establecimientos comerciales ha sido constante desde la Edad Media cuando se empezaron a originar. Y su desarrollo ha sido evidente en el siglo XX, ofreciendo cada vez más, unas formas y unos conceptos distintos e innovadores para sugerir diferentes formas de servicio pero con una raíz bastante similar. Hoy en día, muchos de estos negocios tienden a especializarse en temas muy concretos, consiguiendo ser un poco más atractivos y escapando de la masiva competencia. Porque la competencia en esta industria es la sal de la vida, es el necesario impulso para renovarse por encima de todo o morir siendo algo que ya existía y que no ha cambiado.

A pesar de lo que muchos piensan y de los que otros muchos ignoran, para cualquier actividad o ejercicio de algunos de los cientos de puestos de trabajos especializados dentro del ramo de la hostelería se debe tener un pequeño conocimiento. Ni básico ni máximo. Un conocimiento suficiente para poder ejercerlo. Nada extraño en todas las ramas profesionales que nos vengan a la mente. Las formas son diversas: se puede estudiar en alguna de las escuelas determinadas para ello, ya sean de hotelería, cocina o servicio; o se puede comenzar desde cero e ir descubriendo el negocio en cuestión desde lo más bajo hasta lo más alto, desde dentro. El problema general que está relacionado con este sector, es que la mayoría de la gente ajena a él cree o piensa que para determinados puestos de trabajo de hostelería no es necesaria ninguna experiencia anterior. Es decir, cualquier puede servir una cerveza. Una frase escuchada mil veces y que hace que tiemblen las entrañas, al menos las mías.

Para ejercer cualquier profesión es necesaria una mínima formación y/o una mínima experiencia. De lo contrario carecemos de ello y seremos aprendices nada más. De ahí surge la figura correspondiente. Me refiero al aprendiz. Nadie nace enseñado. Todo se debe aprender. Tanto la parte teórica como la práctica. Lógicamente, con el paso del tiempo, aprenderemos los entresijos y los secretos de cada profesión y ascenderemos en categoría. NO podremos ejercer un puesto para el cual carecemos de capacidad y experiencia aunque nos digan que sí. Pero del dicho al hecho nos encontramos con una sorprendente realidad, que consiste en comprobar cómo en este sector cualquiera se ve, se siente y se convence de estar suficientemente preparado como para poder ejercer y cobrar como si de un profesional contrastado se tratase.

No voy a entrar en las razones personales de cada uno en creer o no si está capacitado para cualquier puesto de hostelería. Allá cada uno con su capacidad de análisis. Pero lo más sorprendente es que ocurre lo mismo con los empresarios. La hostelería se ha convertido en un territorio en el cual cualquiera con dinero se siente capacitado y totalmente confiado en poder abrir y emprender un negocio. ¿Por qué? Esa pregunta carece de respuesta. Es un enigma en sí misma. La exposición del asunto es simple y la pregunta obvia: ¿Invertiría usted mucho dinero en un negocio o en una industria de la que carece de conocimientos básicos? Y lo que es más importante: ¿Lo haría sin ningún tipo de asesoramiento? Pues la respuesta es sí. Y a las dos preguntas. De hecho, ocurre con una frecuencia bárbara.

Para algunos, esta facilidad para tirarse al abismo y utilizar el dinero de uno como si de un capricho se tratara podría resultar incluso simpático, sobre todo si se tienen muchos recursos económicos. Sería más que una apuesta a ciegas un asunto de entretenimiento. Si sale bien bien, y si sale mal no pasa nada. A otra cosa. Pero, contrariamente a lo que se podría imaginar, la mayoría de los empresarios de hostelería no son adinerados aburridos que no saben dónde meter el dinero. Sí es cierto que muchos buscan una salida económicamente fallida para blanquear posible dinero negro que le entra por otros recursos. Invertir grandes cantidades de dinero en un negocio de hostelería que, además, no funciona bien, puede resultar interesante a la hora de evadir impuestos. Pero la mayoría de estos empresarios a los que me estoy refiriendo no están ligados a esa categoría. Emprenden negocios de hostelería porque creen que pueden ganar mucho dinero, por estatus, porque les da un plus de celebridad o popularidad, o simplemente porque se creen muy capacitados y con muchas ideas para abrir un día las puertas de un local y ponerlo de moda en pocas semanas. O el capricho de poder comentar a todos sus amigos y conocidos que tienen un restaurante.

La hostelería no es la gallina de los huevos de oro, aunque muchos estén convencidos de ello y no quieran escuchar a los profesionales del sector, los cuales están hartos de advertir que hay muchos factores de éxito a la hora de emprender un negocio de este tipo. No basta encontrar una buena ubicación, adecuarlo convenientemente, utilizar los más eficaces métodos de trabajo, buscar y seleccionar la mejor plantilla posible… Exige muchas más claves. Pero para alguien que no tiene nada que ver con el sector será como andar a oscuras. Irá descubriendo los baches mientras se va tambaleando y hasta que un día diga basta y deje el negocio harto de poner dinero y de no sacar lo que ya estaba imaginando que iba a ganar. La hostelería, en todos sus niveles, necesita de profesionales dotados de capacidad mínima, de una experiencia contrastada y de una motivación añadida, porque no es de recibo decirle a cualquier empleado con todos esos atributos que va a ganar lo mismo que el que acaba de llegar a este mundo y que, además, no se valora en absoluto su recorrido por dicha industria.

Bienvenidos todos los empresarios de hostelería que han dedicado muchos años de su vida esforzándose, que han sabido degustar las mieles de un trabajo bien hecho, que han conseguido extraer las sonrisas de unos clientes satisfechos, que han visto como todas sus ideas han evolucionado y han triunfado gracias al sacrificio de muchas horas y de mucho empeño. Bienvenidos todos aquellos que han hecho de este oficio una parte importante de su vida, intentando mejorar y aprender cada vez más del pequeño detalle, asumiendo los errores y aprendiendo de todas las quejas de un cliente insatisfecho. Aquellos que sin haber aglutinado ni una mínima parte de toda esa experiencia, por favor, absténganse de emprender cualquier negocio de hostelería, hay muchos más sectores también interesantes y que pueden llamar la atención y llenar ese ego vacío que necesita atención. Aléjense de un oficio que, cada vez, está siendo más pisoteado y menos valorado. Esa clase de empresarios no hacen falta. Muy al contrario, se necesitan personas con carácter, expertas y eficaces, que conozcan los negocios desde lo más profundo de sus entrañas, desde cualquier rincón, y que solamente necesitan un poco de suerte en el momento adecuado.

‘La virtud de la vocación de servicio

es rodearnos de maestros constantemente,

porque enseñan al instante y el aprendizaje nunca tiene fin,

aunque la academia lo limite.’

(Franko Castle de Montenegro)

***

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Que no nos quiten la imaginación

Publicado: 19 de julio de 2014 en Artículos
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 ‘Nuestra imaginación nos agranda tanto el tiempo presente,

que hacemos de la eternidad una nada,

y de la nada una eternidad.’
(Blaise Pascal)
***

¡Qué haríamos sin ella! Estaríamos perdidos. O , mejor dicho, más perdidos que de costumbre. Sin ella habitaríamos un espacio indefinido, incalificable, puesto que, gracias a su existencia, nos hundimos en otro mundo paralelo, creado por nuestra mente, que nos acompaña siempre, que nos evade de la realidad, para bien y para mal, pero que resulta a fin de cuentas siempre necesaria. La imaginación nos seduce continuamente, con arte desmedido, con estilo impecable, con astucia contenida, con delirios metódicos, con destreza magistral. La imaginación nos abre ventanas, puertas, y sueños también. Nos hace vivir otras vidas, otras escenas cotidianas, otras esferas diferentes, que también existen, aunque no las vivamos realmente. Porque la imaginación es eso precisamente, vivir las cosas de otra manera, a nuestra manera. Es diseñar lo que nos gusta con nuestro propio estilo. Y gracias a ella nos sentimos diferentes, divergentes y múltiples. Nos sentimos carentes de límites o de barreras. No sentimos la opresión de los obstáculos, más allá de donde queramos definirla. Y para qué habría que definirla…

La imaginación nos permite elevarnos, manipular lo evidente, lo ajeno y lo propio, crear espacios confusos, o perfectos. Nos estimula la mente de una manera salvaje, sin puntos ni comas, sin directores ni peones. Nos muestra un camino que recorrer, en el cual podemos detenernos tantas veces como queramos y en el momento justo que deseemos, pudiendo cambiar de carril, de orientación o de punto cardinal. No se trata de visionar, se trata de vivir de otra manera. Debemos sentir por los cuatro costados. Y aún más. Adelantarnos a los sentimientos, con un simple cierre de ojos, con la única misión de abrir cada poro de nuestra piel y sumergirnos en el más absoluto placer…

‘El que tiene imaginación sin instrucción tiene alas sin pies’
(Joseph Joubert)
***

La imaginación nos ayuda a percibir, construir abstractos que parecen reales, objetos que no se detienen y que dan vueltas a nuestro alrededor, lugares escondidos que de repente aparecen y parecen familiares, imágenes manipuladas gracias a nuestro cerebro que se encargan de mostrarnos lo que no hemos conseguido ver hasta entonces, para disfrutarlas, para ensalzarlas y evocarlas, para guardarlas en la memoria, para pensar que algún día aparecerán de verdad. La imaginación se sirve de la memoria, nuestra memoria, para aumentar, para distorsionar o para diseñar la perfección, la dulzura, la belleza, lo deseado y lo necesario, nos hace albergar esperanzas aunque estemos abandonados a la suerte, nos hace parecer gigantes aunque estemos perdidos, nos hace parecer diferentes aunque seamos conocidos. 

Que no nos quiten la imaginación. ¡Qué nos quedaría! Sin ella aún estaríamos más perdidos, sin ella perderíamos una parte de nuestra propia alma, de nuestro propio estilo y carácter. Una seña de identidad única, indefinible, particular y nuestra. La imaginación necesita poco para funcionar y, sin embargo, nos ofrece tanto… Percibimos, pero queremos percibir más. Y todavía más. No queremos límites. Deseamos la realidad, y también el reverso de esa realidad. Siempre deseamos observar diferentes opciones aunque sepamos que, a lo mejor, jamás llegarán. Pero alimentando la imaginación con un poco de ilusión todo es posible, incluso alguna parte de ella se asemeja a los sueños. Experimentamos sensaciones, emociones y somos capaces de aumentarlas y multiplicarlas. Entonces, porqué deberíamos autolimitarnos.

Y lo mejor de todo es que cualquier tiene capacidad para imaginar. Todos somos creativos. Cada uno a su manera. Y la capacidad de abstracción y de diseño mental particular no tiene fronteras ni limitaciones. Eso es lo más grande. Podemos dejarnos llevar por ella. No nos causará daño, tan sólo nos sorprenderá. Y tampoco se trata de conseguir hacerla realidad. Es vivirla de otra manera. Pero vivirla. Olerla, sentirla, verla, tocarla y emocionarse con ella. Sin ella, los inventos serían mínimos, o quizá hallados por casualidad. Los inventores se dejan arrastran, se invaden por ella, y nos ofrecen realidades. Que no nos quiten la imaginación. Luchemos por conservarla, por aumentarla, desarrollarla y sentirla más que nunca. Placeres simples de la vida que son gratis y que surgen de la nada. Un valor añadido en un vida que, de vez en cuando, parece hecha a medida. A nuestra medida…

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La extraña costumbre de usar joyas

Publicado: 18 de julio de 2014 en Artículos
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‘Prefiero estar adornado por la belleza del carácter que por las joyas.

Las joyas son el regalo de la fortuna,

mientras que el carácter viene de dentro’

***

Una joya en sí misma no tiene mucho sentido. Si la miramos fríamente, es tan sólo un material. Que se le haya llamado con la evolución del ser humano ‘preciosa’ quizá puede ser debido a su belleza (también discutible). El hombre desde sus ancestros ha utilizado los materiales preciosos como objetos ornamentales, para distinguirse, para llenarse de estatus, para cerciorarse de ser diferente del resto. Así fueron apareciendo los anillos, los collares, los colgantes, los brazaletes, los pendientes, etc. No había distinción entre sexos, puesto que su uso era habitual en ambos. Como tampoco había excepción en los pueblos que las usaban ni en las culturas, ni en los continentes. Es decir, el uso y la costumbre en portar joyas es habitual y está relacionado con el ser humano.

Adornarse siempre ha sido un principio universal, pero utilizar joyas no estaba ni está al alcance de todos. Y una cosa puede ser la estética y otra, muy diferente, utilizar joyas para sentirse superior o más atractivo. Que una joya nos haga destacar debe ser motivo de preocupación para cualquiera. El oro, la plata, materiales que han servido y que sirven como monedas de cambio, de ostentación, de riqueza y de distinción. Porque no nos equivoquemos, gran parte del uso de las joyas viene refrendado por la distinción que se le suponen. A las personas en general les motiva el simple hecho de ser o aparentar ser diferentes o distintas a los demás. Es como un ADN particular de cara a la galería. Ser diferentes lo somos por simple naturaleza y sucesos que se van acumulando en nuestra vida, ya sea entorno, familia, amigos y vivencias. No necesitamos muchas más o menos joyas para ser distintos de los demás. Pero las joyas pueden ser simplemente una forma, como también puede serlo el coche que usamos, la ropa que nos ponemos o el peinado que mostramos.

‘La diferencia entre los recuerdos falsos y los verdaderos

es la misma que con las joyas:

siempre es el falso el que parece el más real,

el más brillante.’

***

Hoy en día, la moda marca tendencia continuamente, de hecho, muchas cosas se ponen de moda sin ni siquiera un motivo definido o determinado. La gente, en masa, se va moviendo por tendencias, modas o simples mareas de comportamiento. Otra cosa diferente es poder alcanzar esas cuotas de distinción. No todo el mundo puede tomarse un cocktail en el bar más de moda de Nueva York, o probar un menú degustación en el mejor restaurante del mundo, ni puede gozar de lo que se siente conduciendo el coche más caro del mundo. Y es un suceso que se ve incrementado conforme la riqueza de una persona aumenta, por el mero hecho de querer hacer y parecer todavía más exclusivo que el resto de seres humanos. Lo que ocurre es que la delgada línea entre la distinción y la ordinariez es muy fina, y muchas la traspasan con demasiada facilidad y demasiado a menudo. 

Para muchos, lo caro es mejor y demuestra mayor distinción. Las joyas entran dentro de esta familia.  Y muchos piensan que el hecho de mostrarse con joyas ‘tan preciadas’ son motivo claro y absoluto para ser envidiados. Claro que la envidia va por barrios, y cada cual tiene su forma de utilizarla también. Muchas envidian riquezas, otros salud, otros felicidad. Ninguna joya nos dará absoluta felicidad ni salud, si es eso precisamente lo que andamos buscamos. Pero si buscamos llamar la atención, ser envidiados, ser admirados, las joyas son otra forma de conseguirlo. Para otros, las joyas no llaman la atención, a no ser por el asombro de llevar una considerable cantidad de dinero en un cuello, en un brazo o en una oreja. El significado ya queda a expensas de cada uno, pero fríamente parece ser desorbitado, insulso y carente de personalidad.

No hace falta ostentar para ser rico, ni hace falta ser rico para ostentar; y ser rico se puede conseguir de muchas formas, no necesariamente aparentando serlo o pretendiendo que todo el mundo se dé cuenta de que lo somos realmente. En ese caso estaríamos cruzando la línea anteriormente citada. Las joyas y su uso a través de la historia representan diferentes motivos para ser o parecer importantes: ya sea como símbolo de riqueza, por su simbolismo o por lo que pueden llegar a conseguir por sí solas. Lo que pasa que este uso también se ha convertido en un arte. El diseño y el negocio han provocado que muchos artistas joyeros se adentren en el mercado para ofrecer bellezas únicas. Un arte que comenzó con maestros como Peter Fabergé o René Lalique y que ha ido evolucionando hasta nuestros días.

El valor de dichas joyas siempre queda un tanto fuera de mercado. Y es curioso observar como muchas religiones y grupos religiosos han utilizado las joyas y su simbolismo como distinción. Una frase conocida en esta industria es la que reza: ‘Una joya es para siempre’. Claro que habría que recordar que muchos objetos y recuerdos pueden ser para siempre y no necesariamente ser tan costosos. Todo tiene que ver con el nivel de romanticismo que practiquemos. Lo cierto es que podemos lograr distinción y admiración sin necesidad de lucir joyas. Y no tiene que ver con el hecho de tener el dinero suficiente para adquirirlas, sino sabiendo valorar las verdaderas cosas importantes que nos ofrece la vida, y todavía más cuando se descubre todo lo que se puede hacer por conseguirlas, ya sea robando, esclavizando o matando por ellas. Otro claro ejemplo de que el sentido común en el hombre es poco común.

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Los adictos a los problemas

Publicado: 17 de julio de 2014 en Artículos
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‘No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos’
(Albert Einstein)
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Los conoces. Están ahí. Sabes quiénes son. Los conocemos. Están por todas partes. Y cada día descubrimos a uno nuevo. Son profesionales de los problemas. O, mejor dicho, profesionales en crear problemas. Los hacen aparecer por aquí y por allá, y también por donde asoman la cabeza. Y si no los pueden encontrar, los fabrican. Son personajes que hacen de situaciones simples tremendas complicaciones. Los conocemos muy bien porque se multiplican con demasiada facilidad. Muchos dicen que los políticos son una buena muestra de ello, pero lo cierto es que los podemos distinguir a nuestro alrededor cada día y, lamentablemente, pertenecen a toda clase de oficios y especialidades. De hecho, no hay una clasificación clara al respecto. Muchos son tan conocidos en su ambiente que hasta sus conocidos se ríen de ellos muy a menudo. Son una especie que nunca se extinguirá puesto que su actividad parece poseer verdadera adicción.
Que tenemos problemas lo sabemos todos. No es un secreto. Es una realidad. Lo que pasa es que no todos los problemas son tan importantes, ni esenciales ni básicos. Muy al contrario, muchos de los problemas son nimios, superficiales y carentes de importancia, pero los culpables de hacerlos evidentes y protagonistas somos simplemente nosotros mismos. Pero muchas personas logran, gracias a su astucia, perseverancia, oficio y constancia, que esos pequeños problemas sin importancia sean conocidos por todo su entorno y lleguen a ser tan importantes e impactantes como para que el resto de lo que ocurre en el mundo carezca por completo de sentido. Lo cierto es que tampoco debemos angustiarnos por los problemas. Son unos baches en el camino, nada más. Ni nos van a deprimir ni a amenazar, acaso lograrán detenernos en un tramo del camino, pero seguramente nos ayudarán a ser cada vez más eficientes y eficaces a la hora de solventarlos, pero llegar a desanimarse por tener problemas es de necios. Como también sería de ignorantes pretender no tener nunca problemas. Los problemas van asociados a la vida. Hechos que nos obligan a procurar soluciones. Y como dice el dicho: ‘Problema grande, solución grande’. O como se dice también muy a menudo: ‘Si el problema tiene solución no te preocupes, y si no la tiene tampoco te preocupes’.
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‘Una nación permanece fuerte mientras se preocupa de sus problemas reales,
y comienza su decadencia
cuando puede ocuparse de los detalles accesorios’
(Arnold Toynbee)
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Detectamos a esa clase de gente capacitada para crear problemas casi al instante. De cualquier detalle, circunstancia o vicisitud crean un problema con una rapidez inaudita. Y tal como lo cuentan, pareciera como si ese último problema fuese el más importante de todos. Es como si la situación de quedarse sin problemas provocara la ausencia automática y definitiva de argumentos para sobrevivir. Gracias a ellos continúan respirando. Son auténticas máquinas de imaginación al servicio de su propio protagonismo. Porque no nos engañemos, una de las razones importantes de estas personas para no detener la práctica de su vicio no es otra que ser el centro de atención en el momento mismo en el que comienzan a contar a todos sus allegados sus temidos ‘problemas’. Lo que ocurre es que con estos sucesos se repite la historia tantas veces mentada, y es que si se repite muchas veces una cantinela la gente deja automáticamente de escucharla. En este caso, la mayoría de la gente que escucha los problemas de los ‘profesionales’ activan su piloto automático y cesan de escuchar la retahíla de acontecimientos que les cuentan.
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‘La mayor parte de los problemas del mundo
se deben a la gente que quiere ser importante’
(T.S. Eliot)
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Los adictos a los problemas suponen una importante parte de la sociedad y deberíamos tener cuidado con ellos. Contagian sensaciones y, lo que es peor, siempre son el centro de atención, sobre todo de personas empáticas que creen que sólo escuchándoles ya les ayudan, cuando lo único que desean es terminar de contar uno de sus problemas para comenzar a contar uno nuevo. Personas que den soluciones son las que importan y las necesarias. Personas positivas o, al menos, interesadas en arreglar los asuntos, más que en complicarlos todavía más, o simplemente contarlos y contarlos sin sacar nada en claro. Todas esas personas que se dedican a dar el coñazo alrededor de sus problemas no sirven, no ayudan y, además, nos perjudican. Son seres pesimistas, angustiados, y amargados. La actitud que tomemos ante esta lacra social es personal  e intransferible, pero antes de quejarnos de su existencia deberíamos aprender a combatirlos, más que nada porque el tiempo es valioso aunque muchos no se hayan dado cuenta todavía. La parte buena de este asunto, si es que la hay, es que una vez que conocemos a alguien, detectamos enseguida si va arrastrando el saco de problemas a su espalda o va más ligero de equipaje. Lógicamente, al principio alguno de ellos tendremos que aguantar, pero podemos ser capaces de evitar los siguientes. Empatizar, compartir e intercambiar vidas, pensamientos, sucesos y experiencias no quiere decir que haya que soportar obligatoriamente a esta clase de personas que se dedican sistemáticamente a contar problemas, a buscarlos y a desarrollarlos como forma de vida.

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‘La mentira mayor es el ego’

(Alejandro Jodorowsky)

***

El ego, el yo, el yo y el ego, ambos o ninguno. El concepto del yo es difícil de explicar, de definir y de entender. Para muchos ha estado relacionado con la parte interna del individuo, de su alma, de su conciencia y de su mente. El estudio del yo ha estado presente desde los griegos y sigue vigente, ya sea a través de la medicina, de la psicología o la filosofía. Uno mismo se pregunta continuamente, a través de toda su vida, quién es ese yo, el que atesoramos, el que invadimos, el que nos complementa o nos hace ser como somos. Y acaso la pregunta es eterna. Una de las preguntas básicas del ser humano. ¿Quién soy yo?

Para los clásicos, el yo era una substancia, un alma o una cosa. Más adelante, otros negaron la existencia de la substancia, ya que para ellos el yo era simplemente una función, un conjunto de sensaciones, impresiones y pensamientos. Teorías al respecto las tenemos para todos los gustos. Cada quien podría hacerse propiedad de una de ellas, y aún así, sería difícil llegar a tener claro qué significa. Para un sinfín de filósofos, la esencia del yo como punto de partida fue algo esencial en su pensamiento. Yo como ente, yo como el que piensa, yo como el centro de todo, yo como la base de creación, yo como sentido de algo…

Habría que partir de un razonamiento bastante más sencillo: ¿Tan importante es el yo? ¿Tan importantes somos? Porque caemos en la tentación rápidamente de creer que el concepto mismo del yo nos pertenece y que a partir de ahí todo toma sentido. Sin el yo parece que lo demás no puede complementarse. Para muchos, el yo es lo básico, lo principal, la razón del todo. Sin el yo muchos estarían perdidos, simplemente porque lo plantean mal. Y es ahí, precisamente, donde aparece el ego, como administrador del yo. Se confunde el yo con el ego, y el ego con el sujeto o individuo. Se eleva al ego a un escalón superior, dándole mucha más importancia de la que realmente tiene. Y partimos de la idea de que el ego es trascendente para nuestra conciencia, ya sea ésta material o metafísica.

Cuántas veces detectamos a todas esas personas afectadas por el mal del ego, que las cambia, las traumatiza y las hace ser diferentes, con tan sólo un objetivo: satisfacer su ego. Son esas personas egoístas, destructivas, las que arrasan con todo, que son capaces de hacer lo imposible para sentirse satisfechas con su ego. Fantasías creadas por ellas mismas, carentes de cualquier ápice de humildad, de sencillez o de simple autocrítica. Una moda que va a en aumento y que en sociedades tan individualistas como las que estamos creando en las últimas décadas, son alimento de consumo de masas. El ego domina el mundo de una manera u otra.

El ego se convierte casi en una necesidad vital. Todos tenemos una parte de él pero algunos la agudizan, la alimentan, la desarrollan y la hacen imperiosamente garante de su conciencia. Otros no se dejan vencer por su poder, la tienen siempre acorralada, controlada, atada y siempre vigilada. Puesto que el ego puede devorarnos sin que nos demos cuenta, de forma pausada y eficaz, de forma latente y animal. Nuestra conciencia nos puede jugar mil jugarretas, y de nuestros errores es de donde deberemos extraer conclusiones y sabiduría, pero nunca aumentando la dosis de poder al ego, pues en ese caso caeremos en la trampa  de pensar que somos algo más de lo que somos en realidad. Una realidad que podemos confundir tantas veces como no seamos capaces de observarla como lo que es.

Satisfacer el ego se ha convertido en un deporte mundial. Ya sea por las apariencias, por lo que dirán, por lo que diremos, por lo que puedan pensar o no, por lo que vemos o escuchamos, por lo que nos cuentan y nos comentan, por todo aquello que nos hace distorsionar nuestro mundo real, por todo ese conjunto de circunstancias que provoca que no podamos concentrarnos en lo esencial, en lo prioritario, en lo básico. Cuesta acostumbrarse a la verdadera esencia, la nuestra, no solemos fiarnos de ella, le damos poco crédito y desconfiamos de nuestra eficacia. Absorbemos aire para hinchar nuestro ego, y tantas veces como haga falta, sin prestar atención a su tamaño, sin caer en la cuenta de que algún día pueda, al fin, explotar…

El yo, el ego, simplemente desea su propia satisfacción; no está preocupado por el resto. Su única motivación es sentirse realizado. Un detalle puede servir, una adulación, un piropo o una simple mirada. El ego se extiende tanto como necesite, se estira hasta el infinito, y en todas las parcelas de nuestra vida. Está presente en nuestro hogar, en nuestra familia, en nuestro entorno profesional, amoroso y de relaciones sociales. Si permitimos que el ego sea protagonista estaremos centrados únicamente en nosotros mismos, perjudicaremos nuestra conciencia, pues no seremos objetivos. Vivimos rodeados de gente, somos entes sociales, necesitamos de referentes a todos los niveles, de todo se puede aprender y nuestro ego es sólo una parte más del conjunto. Pensar en uno mismo agota, causa ineficacia y no beneficia en absoluto. Además provoca el rechazo de los demás, no permite organizar las ideas, las experiencias y las percepciones que se van aglutinando y propicia que nuestra identidad vaya perdiendo poco a poco su ADN. Satisfacer el ego es una forma de drogadicción como otra cualquiera. Como decía Freud: ‘El yo supone el primer paso del propio reconocimiento para experimentar alegría, castigo o culpabilidad’.

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La foto de la semana (117)

Publicado: 15 de julio de 2014 en Fotos de la semana
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‘Negar un hecho es lo más fácil del mundo.

Mucha gente lo hace,

pero el hecho sigue siendo un hecho…’

(Isaac Asimov)