El vicio de pedir favores

Publicado: 18 de octubre de 2014 en Artículos
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“Como me crecieron los favores, me crecieron los dolores”

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Si se analiza a simple vista, quién se negaría a hacer un favor a alguien en un momento determinado. Casi parece descartada la negación a ello. Pero, qué sucede cuando el pedir favores se convierte en algo habitual, constante y casi siempre proveniente de las mismas personas. Porque hay personas que se dedican la mayor parte de su vida a pedir favores, de todo tipo. Han hecho de su hábito una forma de vida. El problema es que encuentran a muchas personas bondadosas que generosamente no expresan ningún problema en ayudar a las personas que forman su entorno, haciendo esos favores que son reclamados, pero lógicamente,  la paciencia de muchas estas buenas personas tiene un límite y cuando eso ocurre se plantan y niegan el siguiente favor para dejar de ser queridos, próximos y necesarios automáticamente. Podríamos considerar entonces que todas esas personas que suelen pedir favores tan sólo se mueven por interés, algo que en nuestros días está muy de moda. El lema podría ser: ¡Si no hay algo que sacar para qué moverse! 

Un favor debería pedirse cuando realmente lo necesitamos y también deberíamos saber a quién pedírselo. No todas las personas pueden ayudarnos en ese momento determinado y de la forma adecuada que necesitamos. Quizá nadie de nuestro entorno puede ayudarnos. Y también es bueno conocer eso y aceptarlo. Sin que tenga que haber una frustración, impotencia o enfado de por medio. Todos nos podemos ver abocados en un instante a pedir un favor. No es un gran problema. Analizamos dicho problema, intentamos arreglarlo o encontrar la solución, y si concluimos en que no podemos solventarlo por nuestros propios medios intentamos que alguien nos saque del apuro. Incluso a veces el simple hecho de pedir consejo explicando el problema nos puede descubrir algún tipo de solución en la que no habíamos pensado, sin necesidad de pedir dicho favor finalmente.

“Hay almas esclavizadas

que agradecen tanto los favores recibidos

que se estrangulan con la cuerda de la gratitud”

(Friedrich Nietzsche)

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¿Nos cuesta pedir favores? A veces. Según a quién. Según quién. Hay personas muy vergonzosas a la hora de pedir favores, incluso a familiares muy cercanos o a amigos de muchos años. Ya sea por timidez, por evitar un compromiso a la otra persona, por orgullo o por intentar no molestar a alguien en concreto, muchas personas intentan solventar sus problemas sin pedir favores a nadie. Quizá es una reacción equivocada aunque totalmente respetable. El carácter de cada uno está por encima de lo que puedan pensar los demás. Otras personas en cambio suelen pedir favores cuando los necesitan. Acuden a la persona que piensan que puede echarles un cable y solucionar una situación que se ha convertido en un problema. Ese favor no tiene que ser compensado obligatoriamente. Se pide y se desea recibirlo. Sin más. NO debe haber mayor intención, ni por una parte ni por otra. Si se acepta ayudar a alguien con una petición de favor no debemos esperar que ese favor deba ser recompensado de otra forma. Se ofrece la ayuda y punto. En la mente y en la memoria de cada uno quedan los favores pedidos y los recibidos. Sabemos perfectamente quién nos ayudó con alguno de ellos en aquellos momentos críticos y a quien ayudamos cuando nos solicitaron ese favor ‘x’.

Pero qué sucede con esas personas que viven en la petición de favores continuos y que no mueven un dedo por ayudar a otros simplemente porque no encuentran ningún interés en ello. Personas que se dedican a pedir ayudas y favores a todo su entorno y que van dejando de lado a las personas que en un momento dado se cansan de ofrecer tantos favores, observando que la otra persona nunca se mueve por los demás y que además hace de esa urgencia un arma habitual de comportamiento. Una práctica habitual entre muchas personas y que llega a cansar, provocando a los que suelen dar ayuda y contestar favorablemente a los favores que se lo piensen en el futuro a la hora de hacer algo parecido. Abusar de la confianza no lleva a ningún buen estado de bienestar, puede ser que salga bien durante un tiempo, pero a la larga las ayudas desaparecerán y con toda la razón.

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