El odio

Publicado: 8 de abril de 2015 en Artículos
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“Cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga.”
(Víctor Hugo)
***

Una palabra que se usa muy a menudo, quizá demasiado. Porque poder percibir un sentimiento como odio no es tan sencillo. Mucho menos sentirlo. Hay muchas cosas o personas que no son de nuestro agrado, incluso detestamos a algunas de ellas. Pero, de ahí a decir que, odiamos algo verdaderamente, hay un paso bastante grande. Podemos tener aversión, antipatía, no vernos atraídos por algo o alguien, pero el odio representa algo muy profundo, quizá lo opuesto al amor, aunque puestos a valorar, éste último quizá está también demasiado utilizado sin necesidad. La temeridad de pregonar amor u odio a los cuatro vientos es muy humano. A lo mejor porque afirmar ‘odiar algo o a alguien’ llama más la atención que decir simplemente que no nos gusta. No queda igual de contundente. Y el dramatismo y la escenificación se ven arropadas con expresiones de tal calibre.

Resulta curioso comprobar cómo suelen ser más expresados todos los sentimientos negativos que los positivos. ¿La razón? Quizá responde a estímulos humanos de conducta. Somos más negativos que positivos por regla general, tendemos a ver todo lo malo y a no valorar lo bueno. Preferimos quejarnos de lo que no nos gusta que alabar lo que nos agrada. Somos más propensos a afirmar sensaciones que nos apenan, nos entristecen o nos deprimen, que intentar contagiar a los que nos rodean con sensaciones de felicidad, alegría y optimismo. Acaso andamos necesitados de cariño, de empatía, de que alguien esté por nosotros. Mostrarnos rodeados de problemas, de situaciones adversas y de complicaciones puede provocar la atención del resto. Y eso nos atrae.

“Basta con que un hombre odie a otro
para que el odio vaya corriendo
hasta la humanidad entera.”
(Jean Paul Sartre)
***

Cuando alguien muestra alegría o que las cosas le van bien, suele ser envidiado y, en muchas ocasiones, no creído. ¿Por qué? Porque la inmensa mayoría no cree que la felicidad y el bienestar en general sea algo que pueda sentirse como rutina. No creemos que alguien pueda estar perfectamente conectado con su yo, con su interior, que lo exteriorice y lo confiese. No le creemos. Siempre vemos una cortina de humo que esconde otra verdad: una realidad paralela que seguramente es triste, alejada de esas afirmaciones de placer y de sintonía perfecta. Una postura hacia la galería. 

El problema de odiar o creer odiar es que nos crea un malestar continuo, que no se aleja, que permanece. La pregunta oportuna sería si vale la pena realmente odiar. ¿Qué ganamos exactamente con ello? Poco, por no decir nada. Nos podemos reafirmar a nivel personal de nuestra aversión hacia ello pero nada más. Podemos expresarlo, divulgarlo, guardarlo, pero no sirve para nada. El odio es uno de los sentimientos menos prácticos que existen para el ser humano. En cambio, es muy destructivo. El odio provoca malestar, mal ambiente y puede (de hecho, ocurre) desembocar en violencia. Pero mucho del odio que se dice sentir es bastante fingido, exagerado, incoherente y falto de base o de argumentos. Se tiende a magnificar sensaciones. De repente, alguien odia a alguien. Así de sencillo. Ya dicen que del amor al odio hay un paso muy pequeño. Pero, ¿es realmente así? ¿Es creíble ese odio? Cuesta aceptarlo, esa podría ser la respuesta. No quiere decir que ese odio sea irracional, es quizá es inventado. La frustración, la impotencia, la ignorancia, pueden provocar confusión.

odio

Cuando a uno le van mal las cosas arremete contra todo lo que le rodea. Odia al mundo como símbolo de sus problemas. No quiere nada, no quiere a nadie. Confunde lo que le está ocurriendo con el sentimiento de odio. Odia todo porque está asqueado de todo. No encuentra salidas, no ve soluciones, entonces lo fácil es verse como víctima frente a un batallón de enemigos que sólo quieren su destrucción. Sus reacciones pueden sorprender, puesto que está en un momento crítico. Su mente fabricará argumentos y excusas para que le den la razón en sus ideas y opiniones. Las sensaciones inventadas al final resultarán o parecerán correctas y verídicas. Comprobamos muchas de estas reacciones cuando algunas personas actúan violenta y gratuitamente contra otras, por una excusa que se han creado en su mente, sin venir a cuento, sin justificación alguna.

“El odio es una tendencia a aprovechar
todas las ocasiones para perjudicar a los demás.”
(Plutarco)
***

Un ejemplo claro de ello son los movimientos terroristas de cualquier tipo, condición, religión e ideología, que han existido y, todavía siguen existiendo, en la sociedad mundial. Atrapados por el odio, ya sea éste fingido, inducido, estudiado, inventado y/o escenificado, son capaces de arremeter y atacar a cualquiera persona que les rodea. Convencidos por dicho odio, creen justificados todos sus actos, se excusan en ellos y, además, se presentan como víctimas, incluso después de asesinar. El odio ahí representa lo más bajo de la raza humana, puesto que la violencia frente a situaciones extremas puede verse incluso como una reacción natural y lógica de supervivencia, pero matar gratuitamente, alimentándose de un odio, generalmente falso, es bastante déspota, además de mostrar rasgos muy definidos de ignorancia. 

Puesto que el odio, si se llega a sentir, debe hacernos ver que caemos en una ignorancia absoluta. Una persona inteligente nunca debería verse atrapada por las redes del odio. Porque reconocerá que no le aporta nada y que no le llevará hacia un buen destino. Cuando amamos o hemos llegado a amar a una persona, no podemos decir de la noche a la mañana que la odiamos. Eso sólo puede significar que nunca le llegamos a amar de verdad, que nuestro amor fue inventado, como inventado es el odio que decimos sentir ahora. Nunca la amamos realmente y no nos gustaba, nos engañamos a nosotros mismos y además engañamos a esa persona y a los demás, haciéndoles partícipes de un amor creado en nuestra mente. Una cosa puede ser la ilusión y la pasión, conceptos diferentes, pero el de amor es profundo como para utilizarlo a la ligera. Quizá la culpa de lo que nos ocurre no sea de los demás. Deberíamos parar un instante y pensar sobre ello. Por lo menos, nos alejaríamos de las garras del odio.

“Odiar a alguien es otorgarle demasiada importancia.”
(Anónimo)
***

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