Los nuevos nómadas del mundo

Publicado: 19 de diciembre de 2013 en Artículos
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Seguro-de-Viajes

“Todos los cambios, aún los más ansiados,
llevan consigo cierta melancolía”
(Anatole France)
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El hombre es amo de sus costumbres. Y aunque las cambie o adopte las sigue acumulando durante toda su vida. Los hábitos, las tendencias se van adquiriendo. Algunas de forma cultural y otras de manera natural. Vamos mudando de costumbres casi sin darnos cuenta. Lo que hoy era habitual mañana deja de serlo. Nos hemos convertido en efímeros pasajeros de todo lo que acontece a nuestro alrededor. Y casi de forma instintiva y sin tiempo para reflexionar. No da tiempo ni siquiera a mentalizarse, ni a planear lo siguiente, lo asimilamos con una naturalidad pasmosa, nos dejamos invadir de nuevos retos, costumbres y rutinas sin que eso conlleve ningún esfuerzo o trastorno más o menos incontrolado.

Nuestros comportamientos están cada vez más influenciados por las circunstancias del entorno, y éste va cambiando a una velocidad de vértigo que casi no da tiempo ni a explicar debidamente. Todavía no nos acostumbramos a un escenario cuando ya aparece el siguiente. Sin casi saborearlo ni disfrutarlo. Lo que hoy lleva fortuna luego es mala suerte. Lo que hoy sale bien luego se vuelve en contra. Lo que parecía ir bien cambia de repente para pasar a ser algo casi innecesario. Lo que hoy amamos mañana cae en el olvido. Nos hemos acostumbrado a ser seres superficiales, sin profundidad, debido a las necesidades, cada vez más numerosas. No hay estabilidad. De ningún tipo. Ni familiar, ni social, ni de amistad, ni de relaciones, ni laboral, ni de lugar, ni económica, ni de futuro. Vivimos el hoy, y mañana ya veremos qué es lo que pasa. Lo que hoy ha salido bien mañana saldrá mal seguramente. Trazamos planes a diario para volverlos a retocar, para cambiarlos, para eliminarlos. Y lo que hoy es un desastre se convierte de repente en algo maravilloso. Lo bueno dura poco y lo malo también. No hay tiempo que perder. Todo avanza. Toda cambia. Mucho más rápido de lo que nuestra mente es capaz de asimilar.

El viaje es lo que se conoce como el cambio de la ubicación de las personas a través de cualquier medio de transporte o a pie. Hay viajes de todo tipo. Por motivos de trabajo, por obligación, por compromiso, por afición, por dedicación, por invitación, por celebración, por trabajo o por necesidad, entre otros ejemplos. En el viaje aparecen estímulos que no aparecen normalmente en nuestro habitual recorrido de vida. Aplicamos otra serie de conductas y de métodos de actuación. Abrimos más la mente y ejercitamos la capacidad de análisis y de observación por encima de lo que lo solemos hacer.

El ser humano acostumbra o acostumbraba a residir en un lugar determinado. Antiguamente, los pueblos sólo viajaban y levantaban su campamento debido a circunstancias obligadas, ya fueran por guerras, hambre, clima o necesidades varias. Los pueblos, en caso de no necesitarlo, continuaban desarrollando su vida y su entorno a lo largo de un espacio de tierra, generalmente cercano a un lugar provisto de agua y de alimentos. Aquellos que viajaban continuamente lo hacían por mera necesidad o como forma de vida. Los nómadas eran comunidades o pueblos que se trasladaban continuamente de un lugar a otro y no se establecían de forma permanente en ninguno de ellos. Incluso en la actualidad se calcula que hay más de 40 millones de personas en todo el mundo considerados nómadas. Aparte de todos aquellos que se ven forzosamente movidos de su lugar de origen por diferentes causas, casi todas ellas debido a la necesidad.

Hay culturas que han sido siempre nómadas, aunque son formas que están prácticamente en desuso, sobre todo en países del primer mundo. Se habla más de pueblos migratorios que de nomadismo. El concepto nómada se basaba en ocupar un centro temporalmente, donde hubiera disponibilidad de un buen suministro de alimentos y/o poder explotarlos. Muchas sociedades calificaron a esos pueblos de forma despectiva, dado que comparaban su espíritu y realidad nómadas con lo primitivo y lo marginal, sin considerar su identidad cultural. Porque esos pueblos nómadas tenían una base cultural, con valores, con arte, con tradiciones, valores y una gran preocupación por la protección del medio ambiente. Debido a que siempre se encontraban ambientes hostiles para vivir, desarrollaron un instinto natural para cuidar de la naturaleza, sabedores de sus posibles necesidades futuras. La naturaleza siempre ha estado amenazada por sociedades sedentarias.

Para un nómada, viajar es un estilo de vida, una forma de subsistencia. Va más allá del simple objetivo de subsistir. Tener alma de nómada no es tan extraño. Muchos ciudadanos del mundo estarían encantados de llevar esa vida, aunque parezca un tanto soñadora a primera vista. Ir de un lado a otro, no tener que asentarse en un lugar por mucho tiempo, seguir conociendo nuevos lugares, nuevos pueblos, nuevas costumbres, nuevos olores, nuevos colores, nuevos paisajes. Celebrar fiestas distintas en lugares distintos. Respirar aromas nunca descubiertos. Los nuevos rumbos que han modificado los hábitos de los ciudadanos de la mayoría del mundo obligan a cambios constantes, y entre esos cambios también entran los de lugar de residencia. Estar en un lugar, echar raíces ahí y permanecer media vida ya no es lo habitual. Ahora se debe abrir la mente de otra manera, ya no esperando, pero anticipando lo que puede pasar. No sabemos lo que va a venir mañana. Necesitamos estar despiertos y abiertos a todas las opciones. Hoy estamos aquí y mañana quién sabe. Nos hemos convertido sin querer en nómadas de nuestros destinos. Cambiar de residencia ya es como cambiar de bar. De repente nos encontramos en otro lugar, ausentes de todo carácter familiar, de nada conocido, parece como si tuviéramos que comenzar de cero, partiendo desde el punto de salida, como si todo lo que hubiéramos hecho hasta entonces no sirviera absolutamente para nada. Debemos reciclarnos. Resetear nuestro disco duro. Y desde el cero volver a empezar. Sensaciones extrañas, cuando has creado partes de tu mundo y ya no existen, han desaparecido. Restos de lo que una vez tuviste y disfrutaste convertidos en paisajes desconocidos con rutinas distintas.

Antes viajábamos con la mente. Soñábamos con viajar. No había medios, y la capacidad económica de la mayoría de la gente no ayudaba a descubrir nuevos mundos. Hoy, el continuo vaivén de gente de aquí para allá es constante. Por cualquier país se mezclan personas de toda raza, país, cultura, continente, educación, condición y capacidad. El concepto del viaje también ha cambiado. Se viaja más, gracias al mercado de precios y a la capacidad económica de muchos, pero se viaja muchas veces sin poder advertir todo lo que eso conlleva. No se aprecia el viaje, se consume. Se añade a la larga lista de tareas y parece ya casi como una obligación tener que visitar algún lugar. Se ha perdido la magia en muchas acciones que antes poseían un enigma y un misterio. Ahora casi nada nos hace excitarnos. Se toma, se usa y se tira. Así de simple.

Vivimos tiempos efímeros. La duda es la constante. Y lo peor es eso: la duda. Sin respuestas vamos deambulando como borrachos, acechando a los que transitan con nosotros, intentando descifrar los mensajes que el camino nos va dejando. Todo pasa, nada queda. Cambios drásticos que cuestan de analizar y de entender. El sol sale cada mañana, sí, pero para cada uno de forma diferente. Vagamos por el camino de la inestabilidad, como nómadas. Pero somos nómadas modernos, de otra generación, apoyados en amigos virtuales que siempre están lejos, en charlas sin voz, en escritos sin gestos, en amores sin fondo, en lágrimas sin rostros, en risas sin bocas, en tristeza acumulada, melancolía de lo que podría ser y no es, soledad que se amontona en un cajón de nuestra mente, hasta rebosar. Soledad del nómada, del que no tiene lugar, del que no tiene raíz. Nómadas de otros lugares ajenos, distintos e inseguros. Somos vagabundos de ideas, de pensamientos y de emociones, intentando encontrar almas gemelas para poder compartir todo lo que nos pueda consolar, todo lo que necesitamos expresar. Nos faltan muchas cosas, pero lo saciamos consumiendo de todo, aunque no lo necesitemos, quizá como los animales que beben porque desconocen cuando volverán a poder beber. Nos faltan sueños, o quizá tenemos demasiados. Imaginación elevado al infinito, donde las ilusiones corretean alegres entre medio de nuestras realidades. Despertamos del letargo. Seguimos caminando. Seguimos anclados en el laberinto de las dudas y de la inestabilidad.

“En un mundo superior puede ser de otra manera,
pero aquí abajo,
vivir es cambiar
y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”
(John Newman)
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