Sobre Mandela, injusticias, libertades y otros líderes.

Publicado: 18 de diciembre de 2013 en Artículos
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“Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”

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Cuando están a punto de celebrarse los funerales por Nelson Mandela (Madiba) se vuelve a hablar de la lucha de este símbolo contra la injusticia y en favor de la libertad. Una vida dedicada a conseguir la ansiada libertad para su pueblo y para eliminar la injusticia que se mantuvo durante tantos años sobre él. Verdaderos líderes de un pueblo o de la misma humanidad han existido pocos, si utilizamos la palabra líder cómo se debe, y la colocamos en su lugar idóneo, justo en lo más alto del escalafón social. Ser líder no es fácil. De hecho, es algo innato y al alcance de unos pocos elegidos. La fuerza de un líder se puede palpar y percibir en cada uno de sus gestos, en cada una de sus palabras. El liderazgo es ese concepto que considera al conjunto de habilidades que una persona puede poseer para dirigir o influir de forma definitiva sobre un grupo de personas determinado. Se trata de reunirlas en la lucha del mismo objetivo, hacerlas partícipes de ese esfuerzo, de esa lucha y de ese éxito. Se necesitan metas,  objetivos, pero ante todo tiene que saber motivar a su gente o pueblo. Un líder tiene que saber tomar la iniciativa, motivar a sus seguidores, dar ejemplo, evaluar las ventajas o inconvenientes de según qué acciones, gestionar sus cartas, convocar a cuanta más gente mejor, conseguir objetivos. Pero también se necesita de equidad, justicia, equilibrio, buen uso del poder y flexibilidad. La empatía forma parte también de un buen carácter de liderazgo. Los líderes deben tener un carisma especial que atraiga a sus seguidores. Son los guías para la consecución del destino. Debe ser responsable, con un carácter ganador y de talante totalmente tolerante.

Mandela fue precisamente eso: un líder. Y se podría añadir que con letras mayúsculas. De esos pocos que han existido y que siempre se recuerdan aunque pasen décadas desde su pérdida. Porque un líder de esta magnitud nunca se llega a perder del todo. De hecho, sus enseñanzas y sus ejemplos sirven para el presente y para el futuro. Todo lo que hemos aprendido de él nos debe servir. Porque son muchas lecciones las que nos ha ofrecido. Y sólo por eso ya deberíamos ser felices. Y una vida como la suya puede y debe servir a millones de personas de distintas generaciones. Ejemplos como el de Mandela ha habido pocos y, además, están en desuso. Muchos confunden el liderazgo con la clase política, aunque nada tengan que ver. La mayoría de los políticos del mundo en la actualidad carecen de liderazgo. No desprenden carisma ni ofrecen caminos para llegar a destinos soñados. Los políticos son simples ocupantes de puestos que no merecen, marionetas de organismos y multinacionales muchos más poderosos que les indican por dónde deben seguir. Los mal llamados líderes de hoy son pocos y nos hacen falta. Muchos. Y esa carencia determina nuestro presente. No hay ideas, no hay soluciones. Son líderes con pies de barro, amantes del prestigio y la notoriedad, deslumbrados fácilmente por los focos de los medios, creyéndose famosos e importantes aunque sean fugaces personajes y bastante necios. Y sorprende y hace gracia también como todos los que se creen líderes del momento hablan acerca de líderes reales como Mandela sin darse cuenta de que están a años luz de algo parecido a esos tipos de figuras inolvidables. Da la sensación que son ellos los que menos han aprendido de las lecciones que nos dejó el símbolo sudafricano. Y si lo han hecho lo saben disimular a la perfección, porque no ofrecen ejemplos claros de haber entendido algo de todo ello.

Las injusticias son cada vez más numerosas en el mundo. Cada vez hay más conciencia de ello, más gente luchando contra ellas,  más medios para combatirlas. Pero parece que no nos demos cuenta de que el ser humano quizá es contrario a la justicia como concepto. Es decir, si creemos que la inmensa mayoría está a favor de la justicia y dispuesta a defenderla a toda costa, deducimos lógicamente que sólo existe una cierta cantidad de personas carentes de esa conciencia y sensibilidad, con lo cual se supone que sería fácil entonces combatirlas, puesto que son una minoría. Pero las injusticias se suelen cometer cuando uno ostenta más poder que otro y lo utiliza en su beneficio. Y cuando los poderosos cometen esas injusticias se ayudan mutuamente para que nadie pueda eliminarlos. El corporativismo entre los que realizan injusticias está muy consolidado y no tiene resquicios. Muchos dicen que no hay más que antes, que simplemente ocurre que ahora se conocen y se descubren, cuando antes estaban totalmente cubiertas y escondidas. Sea como sea, el asunto no se arregla ni tiene pinta de que se vaya a arreglar pronto.

Algo parecido ocurre con la eterna lucha por la libertad. Nunca termina. Parece no tener descanso. Esa capacidad del ser humano para hacer lo que su propia voluntad desee parece que para algunos sigue estando confusa, a tenor por el comportamiento de muchos gobiernos, estados y organismos. Parece que muchas personas creen ser jueces de la libertad de pueblos e individuos como algo natural, simplemente por tener el uso del poder. Un poder que, desde los tiempos antiguos a hoy, ha estado y sigue estando corrompido. El mal uso del poder ya es algo habitual. Pero los que pasan por su territorio parecen no darse cuenta de que éste pasa a su vez de mano en mano y que nunca es eterno. La eternidad es un concepto fantasioso que no está al alcance ni siquiera de esos verdaderos líderes. Una solución sería no dar cuota de poder, sobre todo a ignorantes y descerebrados, pero la gran masa no entiende de elecciones de líderes, puesto que la manipulación está integrada en nuestras vidas y además nos califican la situación mayoritaria como de democracia. Millones de personas en el mundo sufren la esclavitud en pleno siglo XXI. Y las mafias al respecto siguen aumentando, al amparo de gobiernos y estados. Sólo hay una religión válida para toda la humanidad: el dinero. Las otras religiones tan sólo sirven para consumo privado.

Y mientras por todos los rincones del planeta se siguen oyendo palabras bonitas en homenaje a Mandela nos seguimos preguntando si algo va a cambiar. Si alguien va a entender cómo se deben hacer las cosas de una vez. Porque como siempre se repite: todo es más sencillo de lo que parece. Lo que ocurre es que si nos empeñamos en atender nuestras propias necesidades, alimentar nuestro ego y nuestra avaricia, consumir para sentirnos felices aunque sea por un segundo, girar la vista ante lo que nos da pavor, cerrar los ojos a la realidad, silenciar las injusticias, no luchar por lo que verdaderamente creemos justo, difícilmente conseguiremos cambiar algo. El cambio se produce en los pequeños detalles, desde nuestro micro cosmos, desde esa capa de vida que tenemos a nuestro alrededor y que parece insignificante. Desde ahí podemos comenzar a abrir puertas, sobre todo a decir las cosas por su nombre y denunciar todo aquello y a todos aquellos que siguen provocando que nada cambie y que la libertad sea un lujo y la injusticia una rutina.

libertad

 

comentarios
  1. El peligro radica en que nuestro poder para dañar el ambiente, o al prójimo aumenta a mayor velocidad que nuestra sabiduría en el uso de ese poder.
    HAWKING, Stephen William

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