Las drogas y el ser humano

Publicado: 6 de junio de 2014 en Artículos
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‘En una cultura no orgiástica, el alcohol y las drogas son los medios a su disposición’

(Erich Fromm)

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La relación entre las drogas y el ser humano está perfectamente constatada. Ha sido una relación debida a diversas razones, pero siempre y, a través de la historia, ha permanecido unida con el paso de los siglos. La humanidad siempre ha hecho uso de las drogas, tanto a nivel social, medicinal, religioso y/o personal.  Negar esa realidad y esa evidencia no sirve para profundizar a la hora de pararse a pensar en el porqué su uso nunca mengua si no que, muy al contrario, sigue aumentando. Las antiguas civilizaciones utilizaron las drogas para provocar estados alucinógenos excepcionales. Lo que provocaban era adivinar el futuro. Drogas que salían de la tierra, como hierbas, que se fumaban o inhalaban, ejemplos claros de ello podrían ser el cannabis o el peyote. Según la sociedad o la cultura la droga variaba, pero existía de una forma u otra.

Se anhelaba conseguir el éxtasis, el sentimiento más efervescente, el más valiente, el que pudiera saciar el ansia, el que pudiera combatir el miedo, la incertidumbre. Se deseaba ser gigante a pesar de las limitaciones, y por momentos se conseguía. Se trataba de llegar a los dioses, de tocarlos, de acercarse lo máximo posible a sus terrenos para conseguir su gracia, su fuerza o su vitalidad. Se trataba de conocer el futuro, el tiempo que iba a llegar, el destino que iba a deparar. Era una búsqueda continua para encontrar respuestas, para encontrarse tanto a nivel individual como colectivo.

El ser humano ha intentado desde siempre alcanzar un estado de trance que le permitiera abarcar lo que en la realidad no podía. Idealizar, imaginar, soñar, pensar en el más allá, rozar el cielo, volar, bordear los límites, creerse superior, separar el alma del cuerpo, independizarse de uno mismo, viajar hasta el infinito, considerar el transcurso de la vida como un trámite, como un camino hacia la muerte, intercalando mitos, creencias e ideologías. Antiguamente, se apelaba a los sentidos más primitivos: el olfato y el gusto. Aspirando humos, ingiriendo hongos. Fumando se combinaba ambos. Se trataba de maximizar el sentido de la vista y del oído también. Las cosas podían parecer diferentes, sentirse diferentes, escucharse diferentes.

Con la evolución, el ser humano se da cuenta de que puede utilizar esos tratamientos a nivel medicinal. Y ahí se crea la industria especializada. Ya comenzó con los griegos y sus herbolarios. Aunque la droga favorita de los griegos de la época era el vino. El vino se convirtió en el protagonista de todas las fiestas, cuanto más se tomaba significaba que se disfrutaba más de la fiesta. Pero los remedios caseros se multiplicaban con las generaciones. El uso de las drogas ya se consideraba peligroso entonces, aunque nunca se dejaron de usar. El vino ayudaba a quebrantar el miedo reinante, daba ánimos, alegría y heroísmo. Donde se tomaba se formaban grupos dispuestos a celebrar, reuniones que se pusieron de moda y que se prolongaron a lo largo de los siglos hasta nuestros días.

El vino dio paso a la cerveza con la Edad Media, la cual se tomaba con mandrágora rayada en algunos lugares. Las hierbas se pusieron cada vez más de moda y los herbolarios ya eran habituales en todas las ciudades de Europa. En esa época destacó un hongo alucinógeno que provocaba fenómenos masivos: el cornezuelo de centeno. Con el paso de los siglos los nuevos usos y costumbres trajeron el consumo del café, pero también de la canela y del chocolate. Muchas drogas causaban la distorsión de las imágenes, así como alucinaciones. Y el consumo estaba relacionado con diversos estados emocionales. Se podía consumir por nostalgia, por tristeza, por depresión, pero también por alegría o por simple placer. La euforia estaba ahí, se podía conseguir fácilmente. Se estimulaba la mente, se atenuaba el cansancio, se agilizaba el pensamiento, se multiplicaba la fantasía.

Las drogas se fueron haciendo cada vez más populares. Cada consumidor buscaba algo distinto con ellas. Desde espacios sensoriales nuevos y nunca descubiertos, hasta momentos para resolver esos problemas imposibles. Esos estados especiales, nunca descubiertos, que de repente brillaban y se esparcían en la mente, espacios soñados, imaginados. Ahí aparece el éxtasis, la marihuana, la cocaína, las pastillas, los alucinógenos, el opio, el hachís, la heroína. Pero, curiosamente, algunas se convirtieron en legales y otras en ilegales. En la actualidad, se define a la droga como la sustancia que se usa sin fines terapéuticos, que alteran los aspectos afectivos cognitivos y conductales. Lo que se denomina sustancia psicoactiva.

Existe ahora una hipocresía acerca del consumo de drogas. Mientras algunas son legales y se administran en establecimientos creados para tal fin, y mientras la industria farmacéutica se enriquece año tras año gracias a la venta de medicamentos que provocan la dependencia de su consumo, surge una tendencia moralista que predica la prohibición de las drogas, cuando se sabe que el consumo seguirá existiendo, que el mercado negro seguirá enriqueciéndose a su vez, que la violencia que deambula alrededor de ese mercado negro no se detendrá, que la lucha contra ello ha sido y es inútil. Quizá lo que se alienta es que ese mercado negro continúe, puesto que el dinero generado irá a parar a muchas manos. El consumidor de drogas seguirá existiendo con el paso de los años, de las décadas y de los siglos, puesto que el consumo de drogas está relacionado íntimamente con la vida del ser humano. Eso no cambiará. Esa es la realidad. Tan sólo hay que entender que la búsqueda y el uso de las drogas es tan natural como el resto de las costumbres de la raza humana.

 

‘Hasta que tengamos un conocimiento más preciso de la electrónica del cerebro,

las drogas seguirán siendo una herramienta esencial

del interrogador en su ataque a la identidad del sujeto’

(William Burroughs)

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