Gente que no sabe lo que quiere

Publicado: 22 de mayo de 2014 en Artículos
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sociedad del conocimiento
‘Vale más saber alguna cosa de todo, que saberlo todo de una sola cosa’
(Blaise Pascal)
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En la Era de la Información muchísimos millones de personas andan desinformados. Ese nombre se dio al período en el que el flujo de información se volvió más rápido que el movimiento físico. Se inició a mediados del siglo XIX con la invención del teléfono y el telégrafo, pero se desbordó con la llegada de internet en el siglo XX. La velocidad por la que navega la información es indudablemente más rápida que la capacidad del ser humano para administrarla, canalizarla y analizarla. Incluso en muchas ocasiones, nos vemos desbordados por la cantidad de información que podemos llegar a recibir en unos breves minutos. Hemos pasado de tener que perder mucho tiempo para encontrar información selectiva con respecto a un tema que nos interesaba, escudriñando entre estanterías de libros de biblioteca, preguntando a todo aquel que teníamos alrededor y que pudiera ser capaz de tener algún tipo de conocimiento al respecto, incluso abandonando búsquedas deseadas por el mero hecho de no saber cómo encontrar información acerca de ello, a tener que filtrar miles y miles de inputs que nos llegan desde cualquier medio, ya sea televisión, radio o redes sociales. Digamos que estamos un tanto saturados de información, y mucha de ella ni siquiera la analizamos convenientemente, simplemente la vamos introduciendo en nuestro disco duro particular y sin tiempo para dedicarle la debida atención.
El ser humano es adicto a interesarse por cosas. Cada uno con lo suyo, pero no por eso menos inquieto. Lógicamente, hay muchas personas que se interesan por diversidad de materias, mientras que otras no tanto. La diversidad de caracteres entre las personas hace necesaria la distinción entre ellas. Pero el ser humano se interesa por cosas. Eso es un hecho comprobado. Ese interés es el que provoca el descubrimiento de placeres, bellezas, sabiduría, experiencia y emociones. Sin el interés estamos perdidos. Por esa ley de la inercia nos vamos decantando hacia una cosa u otra, derivando y seleccionando entre la gran gama de oportunidades que van apareciendo. Y, gracias a esa misma inercia, vamos sorprendiéndonos. Es un proceso lógico, como el caminante que va descubriendo paisajes a medida que va avanzando.
‘El saber y la razón hablan; la ignorancia y el error gritan’
(Arturo Graf)
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Pero una cosa es el interés y otra muy distinta es el conocimiento. Saber o no saber, he ahí la cuestión. Muchas veces opinamos sin conocer realmente. Un error y un defecto muy habituales en la mayoría de nosotros. Nos cuesta aceptar que no sabemos sobre algo y queremos hacer creer que sí sabemos, cuando el que sabe adivina al momento que no tenemos ni idea de lo que estamos hablando. Saber algo sobre algo no indica saber acerca de eso. Sabemos porque lo hemos leído, nos han contado, nos han dicho, nos lo imaginamos, pero no sabemos. Y tampoco pasa nada por no saber. Cuando descubres que no sabes sobre algo y tienes interés en ello lo primero que harás es dedicarle tiempo para realmente conocer acerca de lo que te preocupa, te interesa y te llama la atención. A veces nos interesa la búsqueda de la verdad, para luego inventarla como si nada si no encontramos respuestas. Quizá la experiencia acumulada nos sirve en determinados momentos como verdades, puesto que a ella nos encomendamos al carecer de otros recursos. Lo que ocurre es que a lo mejor nuestro interlocutor puede tener una experiencia diferente, con lo cual reaccionará de forma distinta y a lo mejor no opinará como nosotros. También debemos contar con ello. La verdad absoluta es difícil de atesorar. Son certezas simplemente.

Actuamos según la motivación, la circunstancia, la experiencia. Sabemos lo que sabemos en ese preciso instante. Nada más. Nuestro conocimiento es limitado, y sólo de nosotros depende aumentarlo. Y lo mismo ocurre cuando se pregunta a alguien por lo que quiere. Es difícil de saber. Con lo poco que sabemos no nos llega para saber todo lo que queremos. Deseamos. Mil cosas. Mil cosas que van variando según el momento, el día, la sensación y la compañía. Tenemos muy pocas veces claro lo que queremos. Y unos más que otros. Y hay mucha gente que no sabe lo que quiere, tal vez por desconocimiento, por indecisión, por mera falta de concentración al respecto. Muchos se basan en ir eliminando lo que no quieren, como algo mucho más práctico, algo mucho más eficaz. A pesar de toda la información que les llega a muchos, se les hace terriblemente complicado saber decidir entre lo que quieren.

‘Cada día sabemos más y entendemos menos’
(Albert Einstein)
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No son cosas concretas; no es nada general. Se trata de averiguar precisamente lo que se desea como proyecto, como idea y/o como planteamiento. Otra cosa será conseguirlo o no. En eso tendrán que ver otros factores como, por ejemplo, nuestra dedicación, nuestra fortuna o nuestro esfuerzo. Pero no todo depende de nosotros y saber o no puede simplemente servir para encauzar los acontecimientos. Una gran debilidad en nuestros días es la inseguridad y la duda constante. Y sobre esa duda se deshoja la margarita mil veces hasta que no se consigue la respuesta adecuada. Una multitud de personas siguen con el signo de interrogación en sus cabezas a todas horas, sin encontrar la salida, o la entrada, o simplemente una puerta que les oriente hasta el siguiente paso. Muchas personas se adhieren a la duda que les atenaza como forma de ser, excusándose en quién sabe qué para seguir esperando a que alguien les haga tocar la tecla correcta. Mucha gente no sabe lo que quiere. A algunos de ellos les inquieta, les motiva seguir indagando qué puede ser; mientras otros ni se preocupan en conseguirlo. Son diferentes formas de encarar la vida, el futuro y el día a día de cada uno. Mucha gente siguen sin motivación caminando sobre la senda de la rutina, dejándose llevar, esperando que alguien les dé un empujón o les aparte del camino, que les incite a hacer algo o que les sorprenda con algo insospechado. En cualquier caso, la indefinición es norma general. Vivimos tiempos de tremenda confusión. Una inmensa mayoría no sabe lo que quiere y va deambulando en el espacio de su mundo. Seguirán esperando. Seguiremos observando. 

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