La estabilidad que no tenemos

Publicado: 8 de mayo de 2014 en Artículos
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‘Cuando nada es seguro, todo es posible’

(Margaret Drabble)

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Según la ciencia psicológica, la estabilidad emocional es uno de los cinco grandes factores de la personalidad en el ser humano. Los otros factores son: la extroversión, la apertura, la responsabilidad y la amabilidad. Y dicen los expertos que hay que saber diferenciar entre el temperamento y la personalidad. El primero, es la parte heredada y biológica; la segunda, es el resultado de la interacción entre el temperamento y la influencia ambiental. Uno de los problemas más generales en la sociedad moderna en la actualidad es el de la estabilidad emocional. Muchas personas se ven de repente en un mar de dudas, en una inseguridad continua, generada por problemas, vicisitudes o circunstancias negativas acaecidas en su vida. De repente, la angustia y el estrés se convierten en los protagonistas de sus vidas, bloqueándolas y no dejándoles actuar ni manejar sus acciones como deberían.
Lógicamente, en una vida, tenemos muchas fases. Algunas son positivas, otras negativas. Quizá ahí radique el atractivo de la vida. Nunca sabemos lo que nos va a ocurrir ni cuándo, ni tampoco conocemos cómo vamos a reaccionar ante tales hechos. En muchas ocasiones, no estamos preparados para encarar ciertos problemas. Tampoco nadie nos ha enseñado. Vamos viviendo y descubriendo. Y sobre la marcha reaccionamos. Hay personas que tienen una alta estabilidad emocional y solventan los problemas que van apareciendo. Otras, en cambio, no toleran tan fácilmente cualquier revés, cualquier situación de estrés o incomodidad. La vida nos va ofreciendo un sinfín de variedades, tanto de circunstancias como de emociones. Nosotros vamos respondiendo a esas vicisitudes según el momento, según nuestro carácter y nuestra experiencia.
Lo ideal es llegar a alcanzar una vida donde los imprevistos y los problemas se afronten de la manera más positiva, que maduremos ante emociones negativas o adversas, que sepamos lidiar con la nostalgia, la tristeza y la ansiedad. La confianza en nosotros mismos debemos ir ganándola poco a poco, es una batalla diaria en donde a veces salimos vencedores, y otras perdedores. Pero todo eso es muy fácil de decir y a la hora de ejecutarlo comienza el problema. Para muchos, la estabilidad es engañosa, rara vez aparece, ya sean motivos económicos, sociales, familiares, amorosos, las situaciones de inseguridad, de incomodo, de absoluta falta de ejes donde establecerse, lo cierto es que nos vemos a menudo engullidos por escenas que nos convierten en seres un tanto inseguros, no tanto por nuestro carácter sino por la falta de seguridades que se presentan a nuestro alrededor.
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Si para muchas personas ya es un hecho y una realidad ser inseguros e inestables emocionalmente, nos podemos imaginar cómo debe agudizarse esa sensación con los vaivenes que observamos en la sociedad de nuestros días. Hoy es difícil asegurarse algo. Ya sea un trabajo, una vivienda, una relación, una amistad. Vivimos tiempos de inestabilidad total. Parece como si hubieses sido programada la situación actual por parte de los organismos que gobiernan el mundo. La gente suele acomodarse, suele acostumbrarse a situaciones de rutina; de hecho, se critica el hecho de que la mayoría nos ponemos cómodos en lo que los psicólogos denominan ‘la zona de confort’. Ese conjunto de límites personales e íntimos donde muchas personas se acomodan y renuncian a tomar nuevas iniciativas de cambio.
Cierto es que, a menudo, nos vemos a menudo atraídos por situaciones conocidas y familiares. Lo cercano y lo ya habitual suele ser más fácil de manejar. Frases tan trilladas como ‘más vale malo conocido que bueno por conocer’ indican a las claras que el mismo hecho de buscar algo nuevo oprime, causa inseguridad y miedo. Nos gusta tener todo controlado, o creer que lo tenemos todo controlado. Algunos, sin embargo, se lanzan a descubrir cosas nuevas todo el tiempo, con el ánimo de aventurarse en una búsqueda que les da vigor, ánimo, carácter y satisfacción. Otros carecen de ese ímpetu, acostumbran a quedarse paralizados, bloqueados y casi sin ninguna capacidad de poder cambiar o revertir una situación. Lógicamente, los que acostumbran a los cambios no les crea un desconcierto la falta de estabilidad social en todos sus ámbitos. Naturalmente, sería mucho mejor tener opciones bastante consolidadas, pero si, por circunstancias, la cosa se tuerce no supone un esfuerzo adaptarse a los nuevos retos. Cosa extremadamente complicada para el otro grupo de personas, donde cualquier varapalo, circunstancia adversa, revés o situación complicada supone una losa más a sumar a todas las que van transportando en su espalda.
Nadie está exento de vivir escenas estresantes, esas situaciones límite que nos ponen en momentos difíciles, donde las decisiones son importantes, donde a veces no podemos maniobrar debido a que no manejamos la situación concreta. Poseer una estabilidad a todos los niveles refuerza nuestra confianza y nuestra felicidad. Nos sentimos mucho mejor. Aunque quizá lo que más nos cuesta es valorar lo que tenemos. Con la inestabilidad reinante se acentúan los problemas cotidianos, ya sea en el mundo personal, laboral, familiar y amoroso. Lo podemos observar a nuestro alrededor. Las situaciones habituales que se viven en la actualidad provocan malas caras, malos comportamientos, mala educación. Las formas de tratarse los unos a los otros se van perdiendo. La rigidez, la tirantez y la crispación son habituales. Parecen gobernar el comportamiento humano social. Los insultos, las malas caras, la falta constante de sonrisas y de muestras amables ya forman parte de nuestra rutina. Cuando alguien se comporta de forma educada con nosotros nos llama la atención, cuando debería ser al contrario. La empatía se ha evaporado y se ha transformado en un ‘sálvese quien pueda’ bestial y mayoritario.
Nos vemos abocados a vivir escenas de inestabilidad diariamente. Una ruptura sentimental, un fracaso laboral, una idea o proyecto frustrados, un despido inoportuno, una decepción de alguien especial. Y ante tales escenas muchos no saben cómo reaccionar. La baja autoestima provoca crisis de identidad. Circunstancias ajenas y negativas van minando el camino, no deja ver el horizonte y los problemas parecen enormes. Un simple cambio de perspectiva haría que lo que se encuentran fuera más relativo, pues ahí radica la clave del asunto, en la relativización de la situación. Pero también el mismo hecho de confiar más en uno mismo, de tener más confianza en lo que hacemos y porqué lo hacemos. Ante situaciones contrarias debemos saber valorar nuestro talento nuestra capacidad para no dejarnos vencer por la realidad. Todo es más simple de lo que parece. Nada es tan complicado y siempre hay una salida. La estabilidad no debe ser un objetivo de vida, será tal vez, un escenario temporal en momentos de nuestra vida, pero la inestabilidad siempre anidará junto a nosotros, hasta que la veamos como algo natural y nada desconcertante. Será entonces cuando la miremos de tú a tú y sin darle demasiada importancia.
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