Las relaciones de ayer y de hoy

Publicado: 7 de mayo de 2014 en Artículos
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‘Nunca subestimes el poder de las palabras

para aliviar y reconciliar las relaciones’

(Roberto Pettinato)

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Todo lo que se escriba sobre las relaciones de pareja será poco o nada si deducimos lo que se puede llegar a leer y a escribir sobre este tema. Las ideas, las opiniones, las experiencias son tantas que se haría difícil resumirlas todas en unas páginas. Cada uno tiene su propia visión del asunto, al igual que su propia herencia, su pasado, su vivencia. Nadie tiene la verdad absoluta, ni tampoco merecería poseerla. Porque las relaciones tienen ese punto de misterio, de intriga, de aventura que otorgan por sí mismas el vestigio de algo nuevo, de algo por descubrir y por vivir. Por muy mal que nos hayan ido las anteriores siempre habrá un momento en que nos veamos con la entereza de embarcarnos en una nueva, ya sea por necesidad, por vitalidad o por simple curiosidad. Por muy malas experiencias acaecidas en el pasado, siempre habrá un rinconcito en nuestros corazones que dejaremos vacío por si acaso alguien en el futuro puede llenarlo de otra manera.

Describir las relaciones de hoy se hace muy complicado. Hay mil circunstancias, mis características que las hacen diferentes a la de nuestros padres, abuelos y resto de generaciones anteriores. Hay mil matices que tener en cuenta, mis situaciones, mis particularidades, mil visiones. Hay que suponer que para analizar una relación hay que hacerlo ante todo con la cabeza bien fría. Puesto que todo lo que hagamos de forma espontánea, caliente y pasional nos llevará a no ver con claridad los pormenores y los detalles del asunto. Pero para analizar una relación no basta con la cabeza fría, hay que estar dispuesto a aceptar lo que ha sobrevenido, lo que ha acaecido y lo que hemos sentido. Quizá en ese transcurso sacaremos a la luz verdades que nos sorprendan, que nos duelan, que nos hagan ver otra realidad que antes no supimos o no quisimos ver. Verdades que se escondieron para seguir disfrutando del amor.

Ahí radica el primer punto importante del asunto: el amor. Ese estado emocional salpicado de alegría que nos envuelve en un aro de luz y de satisfacción, atraídos por otra persona a la que de repente le damos el valor de universal que las demás no tienen ni podrán tener. Un proceso científico que se inicia en el cerebro y que a continuación obtiene respuestas positivas de todo el cuerpo. El enamoramiento consiste en un ‘todo’ convertido en un estado de ánimo distinto al del rutinario; de repente nos vemos cercados por una situación que nos atrae especialmente, ya sea por un gesto, por una sonrisa, por un roce o por una mirada. Cualquier cosa, cualquier detalle sirve para engrandecer ese sentimiento de enamoramiento. Lógicamente, es un sentimiento buscado, necesitado por el ser humano. Todas las personas necesitan verse deseadas, verse queridas de alguna manera, al igual que se necesita verse atraído por alguien, por sus formas, por sus gestos o por sus miradas.

Una voz puede enamorar, al igual que una forma de andar, una forma de ser. Algunos son expertos en enamorarse de cualquier detalle, por minúsculo que parezca, y lo hacen de forma pasional, rápida y envolvente. Necesitan sentirlo y transmitirlo. Al comentarlo parece que su amor sigue subiendo, creciendo de forma continua, y es una forma esencial de alimentarlo. Pero para enamorarnos necesitamos del momento oportuno, de la situación idónea, de la persona necesaria. No cualquiera puede reunir todos esos atributos así de buenas a primeras, aunque alguien puede llamar la atención sin ni siquiera proponérselo, simplemente estando en el momento preciso y en el lugar indicado. El enamoramiento suele ser individual. Difícilmente dos personas se pueden enamorar al mismo tiempo. Es un proceso en el cual cada uno experimenta sus propios caminos. Muchas personas se enamoran de alguien y tratan de enamorar a esa persona para que el hechizo se convierta en realidad.

El enamoramiento engloba el deseo de unión con esa persona; refuerza la pasión por el roce, por la unión física de los cuerpos, de los labios y de las manos. Es un todo convertido en una idea, en una ilusión. Y aunque pueda parecer un imposible o algo fantasioso puede llegar a convertirse en algo tangible y real. No se trata de un sueño, se trata de una imaginación desatada por nuestra mente pero alimentada por nosotros mismos. Estamos más o menos enamorados según nuestro propio deseo de enamorarnos o no de esa persona. El pensamiento se va multiplicando hasta un punto en el que su eje se basa simplemente en esa persona, sin importar mucho el resto de las cosas que se van sucediendo.

Cuando uno está enamorado deja de prestar atención a lo que le rodea, puesto que su visión se ha ido limitando hasta una única persona, centralizando todas sus acciones hacia ella. Hay síntomas claros y otros que enfatizamos conscientemente. Se dice que el amor es ciego y en la ceguera nos solemos mover. Sin ver nada más, sin atender a lo que nos dicen, ni a los avisos que vamos descubriendo. No queremos la realidad, queremos la fantasía.

Las relaciones de pareja hoy no tienen nada que ver con la idea del matrimonio que se albergaba en el pasado. Las relaciones hoy pueden ser incluso efímeras, sin llegar a dejarlas fermentar. De la misma forma que uno se enamora a la velocidad de la luz rompe con su pareja sin más dilación. Vivimos en la era de la comunicación instantánea y las relaciones pasan a ser otro eslabón más de la cadena de superficialidad en la que vivimos. No dejamos que nada se estanque, ni que se desarrolle puesto que nos encargamos de hacerlo desaparecer rápidamente. Hemos pasado de una sociedad en la que el matrimonio casi era una conveniencia pero de por vida, asaltado después por una falsa vida paralela repleta de amantes y de relaciones paralelas, a una sociedad en la que es difícil llegar al matrimonio debido a la simpleza de la relación en sí.

Cada uno tiene su forma de ver el amor, su amor, la pareja, su pareja. Dado que nos hemos hecho ‘expertos en relaciones’, sabemos exactamente en qué punto se encuentra la nuestra, y en cuanto adivinamos notas que indican que volvemos a respirar un ambiente ya experimentado anteriormente activamos las vías de escape, sabiendo que esa relación no tiene ningún futuro. Lo que al principio parecía único e irrepetible se convierte de la noche a la mañana en algo más rutinario, repetitivo y ya vivido. Una copia nueva de algo anterior. Una repetición de una mala experiencia. No se puede generalizar. Cada pareja es distinta. Cada relación tiene rasgos distintos, momentos distintos, circunstancias distintas.

La persona que nos atrae hoy quizá no nos hubiera atraído hace unos años o viceversa. Vivimos en una época en que queremos y deseamos conseguir todo de la forma más rápida, el tiempo se ha convertido en el mayor enemigo de nuestro tiempo. Lo que tarda o se demora no es apetecible. Lo que deseamos lo deseamos ya, ahora, sin más dilación. El amor es así, rápido, efímero, superficial. Las relaciones son cortas, distantes, sin desarrollar. No hay tiempo o eso queremos hacernos creer. No usamos el tiempo necesario porque no queremos, no porque no exista el tiempo. Todo lo contrario a lo que ocurría en el pasado, donde las parejas de novios se pasaban años antes de conocerse incluso íntimamente. La diferencia es que se casaban sin haber vivido juntos y sin haberse conocido en la intimidad, en el quehacer diario y en la rutina de sus vidas. Una apuesta temeraria y a ciegas y que además tenía las consecuencias de que solía ser para toda la vida. Si la apuesta era mala o no era la esperada había que apechugar con la decisión, aunque en muchos casos esa decisión era tomada por otras personas y no por los mismos protagonistas. Eran parejas al uso en esos tiempos y como todo en este mundo evolución. Y la evolución no quiere decir que sea para mejor. Por supuesto que se han allanado situaciones que parecían irreales. Ahora uno elige, se lo piensa y acaba casándose o no con su pareja. El fracaso sigue siendo el mismo, puesto que no existe una norma que diga que una pareja va a ser para toda la vida, aunque a muchos les parezca real. Es otra farsa con la que ha vivido el ser humano desde que aspectos religiosos se interpusieron en sus sociedades.

‘Tus amigos te conocerán mejor en el primer minuto del encuentro

que tus relaciones ocasionales en mil años’

(Richard Bach)

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Las relaciones surgen, se desarrollan, se viven y se terminan. Así de simple. Así de claro. De cada una se puede experimentar aspectos diferentes, momentos distintos, emociones diversas. Pero todas comienzan y terminan. Algunas nos dejan regustos amargos, difíciles de olvidar, por circunstancias, por hechos. Otras nos dejan recuerdos imborrables y llenos de cosas positivas. Memorias en definitiva que hacen que la vida tenga ese poder de aventura constante y de misterio por descubrir. Si una relación dura más que otra es simple anécdota. Una relación no se basa en el tiempo sino en su calidad, constancia y poder. Una relación es compartir al máximo todo lo que dos personas pueden compartir. Sus formas de ser, sus gustos, sus opiniones, sus apoyos, su cariño y su entendimiento. Se necesita de comprensión y de comunicación. Dos cosas que ya están en desuso. El egoísmo y el individualismo imperantes en el primer mundo hacen que estemos rodeados de prioridades distintas pero ninguna acerca de la persona que tenemos a nuestro lado.

Hoy también han aparecido en nuestras vidas las redes sociales, un instrumento útil al alcance de todos, por el cual podemos obtener información instantánea de cualquier cosa en cualquier momento, al igual que tenemos al alcance la posibilidad de conocer a alguien. Se han empezado a producir fenómenos de pareja que se conocen en la distancia y que comienzan a disfrutar de una relación. Con la lejanía se invade el ánimo de contar, de explicar, de comunicar. Lo que no se hace a diario en nuestra vida habitual con la gente que nos rodea lo hacemos con alguien que se encuentra lejos y con el que ni siquiera hemos coincidido en persona. Para algunos no es normal, pero para otros es una forma nueva de compartir. La soledad es un hecho para millones de personas y el hecho de poder charlar con alguien que está alejado de nuestros mundos y poder contarle todo lo que nos preocupa o interesa es una ventana a otro mundo diferente.

Pero las parejas necesitan desarrollarse, experimentar tanto momentos buenos como malos, verse en las vicisitudes de la rutina para comprender mejor al otro y en compartir todo o más. La ansiedad provoca que no se permita desarrollar esos principios básicos. No existe confianza porque no se trabajó, ni existe comunicación porque no hubo tiempo para ello. Existe desconfianza porque la propusimos, la alimentamos. Existe distancia incluso viviendo en pareja porque no nos introducimos en la experiencia del descubrir al otro. Queremos que todo nos llene ya y la pareja es otro eslabón de esa cadena. Si no recibimos los inputs que deseamos la desechamos para ir en busca de otra, pero eso sí, quejándonos de nuestra mala fortuna a la hora de elegir la relación.

‘Amar de un modo altruista y sin inhibiciones de ninguna clase…

sólo lo hacen nuestros corazones mientras somos niños’

(Boris Pasternak)

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lover

Si nos fijamos en las opiniones de las personas que nos rodean con respecto a sus relaciones, nos daremos cuenta de que la mayoría coinciden en lo mismo. Parecemos fracasados amorosos. Nadie parece extraer las fases positivas de las relaciones, acaso no las hubo. Siempre las hay. Aunque la conclusión puede ser bastante sencilla: quizá nunca estuvimos enamorados de verdad, quizá nunca nos gustó de verdad, quizá fuimos nosotros los que nos pusimos la venda para no ver la realidad, quizá fuimos los únicos culpables de que esa relación no fraguara en algo más profundo. Y cuando analizamos seriamente y extraemos las conclusiones nos damos cuenta de que a lo mejor no vivimos una relación verdadera, que todo fue una farsa puesta al servicio de la ansiedad, del cariño pretendido, del amor deseado, de la ilusión creada por nosotros mismos. No queremos comprometernos. Queremos que nos amen. Ponemos condiciones incluso antes de comenzar a jugar. Y cada uno juega según sus reglas. A veces nos lanzamos a la piscina con la ropa puesta y sin ver la profundidad de la misma.

Lo que ocurre lógicamente es que como la lista de fracasos se va acumulando cada vez tenemos más miedo a enamorarnos, o a creer que nos vamos a enamorar. Ya hasta desconfiamos de nuestros propios sentimientos. Cuando conocemos a una nueva persona que nos atrae nos sentimos inseguros y los fantasmas del pasado revolotean a nuestro alrededor. Los encuentros son indecisos, indefinidos. Hay que atreverse a cerrar capítulos de nuestra vida para seguir escribiendo el libro de nuestra vida. Con el paso del tiempo aprendemos algo muy básico: a saber lo que no queremos. Y debemos basarnos en eso para seguir decidiendo. También en las relaciones. No todas valen, por mucho que parezca que las necesitamos y que el momento parece el indicado. Las aventuras son eso, aventuras. Las cosas son mucho más simples de lo que parecen, a pesar de que insistamos en no darnos cuenta. En cualquier momento alguien se puede cruzar por nuestro camino y llamarnos la atención. No debemos tener miedo al vértigo de comenzar a descubrir, de profundizar en esa persona, porque nadie nos va a saber indicar si podemos experimentar algo nuevo e inolvidable con ella. No perdemos nada, no hay que pensar en el fracaso. Cada relación nos puede aportar algo nuevo, algo interesante y diferente. Debemos dejar a un lado las quejas. Ser positivos y ser consecuentes. Capítulo que se acaba se debe cerrar. Uno nuevo puede comenzar. No podemos calificar al nuevo con la experiencia del anterior. No es justo y además nos engañamos. No se trata de encontrar a la persona idónea, a la persona adecuada. Se trata de vivir, de compartir, de experimentar. El equilibrio nos lo daremos nosotros mismos dándonos ideas de superación y de sentido común. No nos engañemos y así saldremos fortalecidos. Vivamos en el día a día, sabiendo nuestras limitaciones y actuando en consecuencia. Quizá así sepamos valorar más los pequeños detalles, incluso de nuestras relaciones y de nuestras parejas.

‘En el fondo son las relaciones con las personas lo que da sentido a la vida’

(Karl Von Humboldt)

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