El mito de la infidelidad en nuestros días

Publicado: 16 de abril de 2014 en Artículos
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infidelidad

 

“La infidelidad no es infidelidad,

hasta que la persona engañada se entera de que lo han engañado”

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El ser humano nace como ente individual. Está atado a sus padres o primogénitos por una simple cuestión de necesidad. Un ser humano al nacer no se vale por sí mismo. Y cuando va creciendo se relaciona, ya sea con su entorno, con su familia, en el colegio o entre los amigos que irá fabricando a medida que su tiempo vaya avanzando. Un ser humano nace por lo tanto libre de cargas sentimentales, a no ser que contemos a la familia como algo sentimental, aunque venga asignado de serie y nunca de forma opcional. La familia queda a un lado en la escala de elección de la persona o del individuo, ya que nunca la eligió y le fue asignada al nacer. Y nadie puede asegurar que los sentimientos de cualquier individuo acerca de su familia serán los aparentemente esperados, puesto que las relaciones humanas no se pueden marcar, sino que se deben desarrollar.

En la sociedad se creó la imagen o la figura de la pareja sentimental. La pareja sería el conjunto de dos personas que mantienen una relación, en este caso sentimental. Ya la simple costumbre de llamar a la otra parte como ‘mi pareja’ da un sentido de propiedad que no corresponde con el respeto que se le debería dar a cualquier ser humano y refleja que ya de por sí el concepto es erróneo. Nadie es de nadie, pero ya se da por hecho que mi pareja es mía y que además me pertenece. Una relación sentimental entre dos personas puede ser circunstancial, temporal o duradera en el tiempo y en el espacio; nadie sabe a ciencia cierta lo que va a ocurrir con ella, y mucho menos los propios protagonistas de la relación.

La vida, para bien o para mal, nos va deparando multitud de opciones en todas las facetas de nuestro quehacer diario, ya sea a nivel de conocimiento, de vivencias, de encuentros y de relaciones. En cuestiones de ‘parejas‘ tampoco debería ser una excepción, y de hecho no lo es. Otra cosa es que en el origen se estableciera la creencia de que una pareja lo era para toda la vida. Algo que iba encadenado a la creencia religiosa más que a la creencia humana, puesto que el ser humano es libre por naturaleza, aunque a muchos les cueste entender ese concepto.

El sentido de la pareja ha ido evolucionando con el paso de los siglos. Y, aunque en muchos lugares del mundo, el machismo sigue campando a sus anchas, sí es cierto que el hombre ha evolucionado al igual que la mujer, quien precisamente, ha sido la protagonista del cambio más grande experimentado por el sentido de la pareja. La mujer aparecía y aparece todavía desafortunadamente, como la propiedad de su pareja. Ese concepto todavía no se ha erradicado del todo, y costará hacerlo, puesto que la cultura, la tradición y la ignorancia siguen siendo la base de acción en muchas sociedades. De hecho, muchos individuos actúan por inercia, porque así les han dicho que se debe actuar. No lo hacen por cuenta propia, muy al contrario, se rigen por tradiciones, por lo que consideran ‘normal’, sin plantearse evolucionar, actuando por uno mismo y decidiendo según sus pensamientos.

“Hay que ser infiel, pero nunca desleal”

(Gabriel García Márquez)

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La pareja es simplemente un vínculo amoroso, y como todo en esta vida, tiene un tiempo de duración. Ni es tan importante ni es tan básico. Es simplemente eso: un vínculo amoroso. Nos guste o no, todo empieza y todo termina; nada es duradero para toda la eternidad. Hay parejas circunstanciales, otras que duran más, que llegan incluso a casarse, a crear una familia; pero lo cierto es que en la evolución de la sociedad misma los lazos sentimentales se han ido convirtiendo en un vínculo algo diferente. Se ha perdido el sentido de la aventura, del riesgo y del aguante. Hoy se actúa según el momento, se desea todo ya, no se concede tiempo, puesto que se desea todo en un instante. Las relaciones no deberían ser opuestas a esta tendencia. Vivimos en la era de las relaciones virtuales, de los contactos de red, en un conjunto de redes sociales 2.0 que parece que nos abocan a que todo sea efímero. 

Las generaciones anteriores a éstas nunca se hubieran planteado lo que ahora se plantean. Por una mera cuestión de cultura, tradición y sociedad. La sociedad de hoy nada tiene que ver con la de antes. La evolución a veces va más deprisa que el mismo ser humano. Muchos achacan este comportamiento al egoísmo. Dicen que se busca y se anhela más la satisfacción propia que la de los demás. No se busca la felicidad de la pareja si no la de uno mismo. Nos gusta compartir para concedernos satisfacción propia, de otra forma no entendemos el hecho de compartir como una forma de vida. Se comparte lo justo y lo necesario. Se da lo que interesa para sacar un provecho de ello, en caso contrario carece de sentido hacerlo.

Una pareja debería ser natural en todos los aspectos. Y actualmente ya parece que empiezan siendo algo muy distinto. Se pretende ser lo que no se es. Se trata de hacer ver lo que parece atractivo, sin prestar atención a la realidad de uno mismo. Nos fijamos en la superficialidad sin perder tiempo en adentrarse más allá. No profundizamos en el carácter y en la actitud de nuestros interlocutores. Todo debe pasar rápido, nos gusta o no, está bien o no, nos interesa o no. Tenemos que tomar decisiones a la ligera, de forma rápida y a veces poco recomendable. Y una ruptura se puede hacer incluso con un simple mensaje de texto. No hace falta dar demasiadas explicaciones. No se trata de argumentar, se trata de dar la cara. O lo contrario, no dar la cara.

“La mujer perdona las infidelidades, pero no las olvida.

El hombre olvida las infidelidades, pero no las perdona.”

(Severo Catalina)

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Quizá ha habido una rebelión contra esos designios y mandatos sociales, en los que había que elegir a alguien para casarse, tener hijos y ser felices para toda la vida. La realidad de los acontecimientos obliga a otras prioridades. El amor sigue nombrándose pero de forma un tanto frívola. Uno se enamora en unas horas y sufre durante meses el fracaso amoroso. Todo es muy dramático, pero se esconde rápidamente con el descubrimiento de alguien nuevo. Uno se siente más solo que antes y busca consuelo, aunque sepa de antemano que no es real y que sólo su imaginación está haciéndole ver que está acompañado. Se adquiere un sentimiento de necesidad de cariño que provoca la obligación de conocer a alguien, acostarse con él, tener una relación con él…

El resultado de todo ello es que la pareja está condenada a vivir el tiempo que le toque, ni más ni menos. Unos pueden alargar esa situación por necesidad, por rutina, por dejadez o porque su ‘amor’ ha aguantado más de lo esperado, pero justo en el momento que uno u otro toque techo y diga basta, la relación se habrá terminado. Y sin más historias. Esto para muchos cuesta de entender. Cómo puede ser que alguien que me ‘quería tanto’ de repente no quiera saber nada más de mí. La respuesta es bien sencilla: nunca te quiso realmente.
Pero aunque saquemos esa conclusión nos costará aceptarla, puesto que eso significa que nos engañaron y deberemos aceptar haber sido engañados, más como una ofensa personal, un fracaso en toda regla, que como un hecho de alguien que no merecíamos. Hace poco leí una frase que decía que la pareja no ha dejado de funcionar ahora, sino que nunca funcionó, es decir, el fracaso ha sido de origen, en todas las épocas y en todos los lugares. No quiere decir esto que una pareja o varias puedan alcanzar el clímax, es decir, llevarse realmente bien, ser cómplices, seguir amándose y vivir juntos durante muchos años, incluso hasta la muerte. Pero eso no quiere decir que en la mayoría de las relaciones ocurra así. De hecho, en la mayoría de las ocasiones ocurre simplemente lo contrario.
Por infidelidad se entiende el hecho de incumplir a un acuerdo, ya sea moral, ético o contractual. También se le puede llamar traición, pero suena mucho más teatral. La infidelidad también ha sido convertida en algo más de lo que realmente ha sido. Tiene la importancia que se le quiera dar. Y opiniones al respecto hay miles. Unos abogan porque no se debe permitir; otros la aceptan aunque no les guste; otros son capaces de convivir con ella casi de forma natural; y muchos la han convertido en una forma de vida. El ser humano es capaz de adaptarse a cualquier forma de vida, la infidelidad puede ser una de ellas.
¿Ha cambiado mucho la infidelidad con el paso de los tiempos? Quizá sí. Lógicamente, los tiempos han cambiado, pero las infidelidades no. El ser humano es infiel por naturaleza, aunque a muchos les parezca lo contrario. Lo anormal es ser fiel toda la vida a algo o a alguien. Lo que ocurre es que suena mal, y antes de hablar de algo que parece sonar mal, optamos por la opción políticamente correcta que es decir y afirmar que somos fieles y que odiamos la infidelidad, aunque luego la practiquemos como algo muy natural. Lo llamaremos tentación, aventura, flirteo, algo que no tiene que ver con el amor, nada que ver con lo que siento por mi pareja, etc. Pero lo cierto es que la infidelidad está a la orden del día.
“El que esté libre de pecado 
que intercambie el móvil con su pareja durante una semana”
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Quizá nos deberíamos plantear la situación desde otra perspectiva. Sabemos que sucede, que puede suceder y que seguramente sucederá. Aceptémosla como algo también natural, afrontándola con entereza, sabiendo las consecuencias que puede ocasionar y analizando seriamente porqué ha sucedido. Una persona puede ser infiel casi sin pensar, agarrándose a un deseo sexual momentáneo. Otra, sin embargo, puede ser infiel por el mismo hecho de estar harta de su pareja y sintiendo la necesidad de buscar algo que no encuentra en su relación. Son válidas las dos, puesto que el individuo es libre. Nada le ata. Pero sí existe el respeto hacia el otro, y en eso simplemente actúa el carácter de cada uno. Su visión, su ética, su acercamiento hacia esa persona, el grado de confianza, su grado de intimidad y de complicidad. Ahí quizá radique realmente la clave del asunto. Puesto que las relaciones de hoy carecen en su mayoría de esos rasgos. Ya sea complicidad, confianza, diálogo y profundidad.
Según los expertos, cuando alguien descubre una infidelidad reacciona de tres formas distintas: con tristeza, con la baja autoestima y/o con la ira. A partir de ese momento se pierde la confianza (sí acaso la hubo alguna vez). Aquellos que sean más celosos interpretarán más situaciones de infidelidad (real o ficticia) que el resto. Y los celos van unidos a la sensación de posesión de la pareja. Para aquel que realiza la infidelidad puede incluso no tener importancia, mientras que el ‘engañado’ queda tocado ya sea por la falta de confianza en su persona o en su cuerpo, ya sea por el sentimiento de engaño de alguien que merecía la total confianza. El fracaso puede ser de uno mismo al comprobar que el otro miembro de la relación ha engañado, como de la pareja al ver que la situación ha dejado de funcionar.

Para muchos expertos, es exagerado achacar la ruptura de una relación al simple hecho de una infidelidad. Porque habría que diferenciar si la infidelidad es simplemente sexual o se comparten varias relaciones al mismo tiempo. Entonces el hecho es totalmente diferente.  Y la misma sociedad infringe más dolor al engañado, mofándose incluso de su situación que al causante del hecho. La fama del hombre siendo infiel por naturaleza también ha sido consecuencia de sociedades machistas, en las cuales sólo el hombre podía ‘poner los cuernos’, mientras que la mujer era esa persona sumisa que debía aguantar semejantes situaciones, ya fueran sabidas por ella o no. La evolución del individuo y de la sociedad ha llevado a la mujer hacia un estadio igual al del hombre. La infidelidad no tiene género. Eso es absolutamente falso. La infidelidad es algo innato en el ser humano y eso es lo que debemos aceptar. Quizá, a partir de entonces, nuestra perspectiva al respecto cambiará ostensiblemente.

 

“El adulterio es justificable: el alma necesita pocas cosas;

el cuerpo muchas”

(George Herbert)

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comentarios
  1. Eliot, George: “Nuestras acciones hablan sobre nosotros tanto como nosotros sobre ellas.”

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