Emil Cioran

Publicado: 14 de septiembre de 2013 en Literatura
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“El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir,

la única en realidad”

***

Emil Cioran nació en Rasinari (Rumania) en abril de 1911 y murió en París en 1995. Hijo de un sacerdote ortodoxo de etnia rumana y de madre de origen veneciano. Con 17 comenzó a estudiar filosofía en la Universidad de Bucarest. Allí conoció a Ionesco y Eliade. Y los tres se hicieron amigos de por vida. Más adelante continuó sus estudios en el Instituto Francés en París, donde vivió la mayor parte de su vida. Según él mismo, nunca tuvo una nacionalidad definida, ‘el mejor estatus posible para un intelectual’. Durante su infancia, su territorio natal pertenecía al imperio austrohúngaro y tenía muy buen dominio del idioma alemán. De hecho, desde joven se interesó por los escritos de algunos filósofos alemanes, como Immanuel Kant, Arthur Schopenhauer, y sobre todo Friedrich Nietzsche. Pero también estuvo muy influenciado por la lectura de Chestov, Simmel, Dilthey o Kierkegaard. Se convirtió en agnóstico declarado, debido a la ‘inconveniencia de la existencia’. Se graduó con una tesis de Henri Bergson, uno de los filósofos franceses más influyentes de su época y que se apartó de la concepción clásica del espacio y del tiempo, proponiendo que ‘la percepción dispone del espacio en la exacta proporción en que la acción dispone del tiempo’. El tiempo es lo abierto, el todo no está dado ni puede darse, el pasado es infinito. Curiosamente, Cioran rechazaría a Bergson con el paso del tiempo, alegando que éste no comprendía la tragedia de la vida.

“Podemos imaginarlo todo, predecirlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos”

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Aunque sus primeros trabajos los escribió en su rumano natal, posteriormente escribiría exclusivamente en francés. Su estilo se basaba en afirmaciones cortas y aforismos, influenciadas todas ellas en sus autores favoritos. En 1933 consiguió una beca que le llevó a la Universidad de Berlín. Una vez allí se interesó por las medidas adoptadas por el régimen nazi, confesando que ‘no hay ningún político de hoy en día que yo vea como más simpático y admirable que Hitler’. Y aunque siempre desaprobó los métodos violentos, sintió interés por la Guardia de Hierro, una organización de extrema derecha. De hecho, durante la revisión de la segunda edición de ‘La transfiguración de Rumanía’, eliminó numerosos pasajes que consideraba extremistas o pretenciosos. Según su opinión, el libro expresaba su simpatía por el totalitarismo, su deseo de establecer la urbanización y la industrialización como obsesiones del crecimiento de las personas.

“El paraíso no era un lugar soportable, de lo contrario el primer hombre se hubiera adaptado a él;

este mundo tampoco lo es,

ya que en él se añora el paraíso o se da otro por seguro.

¿Qué hacer? ¿Dónde ir?

No hagamos nada, no vayamos a ningún sitio, así, sin más”

***

Su primer libro fue ‘En las cumbres de la desesperación’ y se publicó en Rumanía en 1934. Más adelante publicaría ‘El libro de los delirios’ (1935), ‘La transfiguración de Rumanía’ (1936) y ‘De lágrimas y de santos’ (1937). Tras una breve estancia en su país entre noviembre de 1940 a febrero de 1941, el filósofo no regresaría nunca más a su país de origen. Su último escrito en rumano sería ‘El manual apasionado’ (1945). Siempre utilizó el rumano como instrumento para expresar su pesimismo, mientras que con el francés fue aclamado por su estilo lleno de lirismo y su uso encantador de una lengua que no era la suya. Su primer libro en francés ‘Una breve historia de la decadencia’ se publicó en 1949 y recibió el Premio Rivarol. Con el tiempo negó su apoyo a la Guardia de Hierro, y también rechazó el nacionalismo que tanto había defendido.

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Durante su estancia en París vivió la mayor parte del tiempo en el Barrio Latino, prácticamente aislado, evitando al público en general. Aún así mantuvo la correspondencia y el contacto con numerosos amigos como Ionesco, Beckett o Michaux, entre otros. Nunca se consideró filósofo ni tampoco escritor. Pero si destacaba por algo fue por ser un gran provocador, siempre contrario a lo establecido y a las ideas constituidas como dogmas o normas. Su base era el cinismo, al que consideraba importante para expresar su pensamiento. Cuando se tuvo que ir de su tierra natal para trasladarse a Bucarest lo vivió como el fin de su mejor etapa, sus años más felices. A partir de ahí perdió la alegría por vivir. Si por algo se caracterizan sus obras es por el estado de tormento continuo, una atmósfera de tristeza dominada por el lirismo, una expresión de sentimientos intensos; siempre atraído por el sufrimiento y la muerte, nunca negó su deseo de suicidarse, estando convencido de que era una idea que podría ayudarle una sola vez en la vida.

“No vale la pena molestarse en matarse porque uno siempre se mata demasiado tarde”

***

Calificar la obra del filósofo rumano puede hacerse desde varias perspectivas, pues se adentró en multitud de temas: desde el pecado original, el fin de la civilización, la fe, la obsesión por la vida, el exilio, el sentido trágico de la vida, el aburrimiento, la decadencia, la tiranía, la agonía, la razón, la vulgaridad del cambio, etc. Fue un apasionado de la historia, un pensador profundo que no descansó nunca de envolverse entre los escritos de sus filósofos favoritos. Un deseoso del estudio del hombre por encima de todo y de la civilización. Y se sintió atraído por dos pueblos: el ruso y el español, dada su virtud de ‘pueblos derrotados’.

Pero si escribir le sirvió para algo fue para hacer que la vida fuera un poco más soportable. Y eso que confesó que odiaba escribir, e incluso llegó a afirmar que publicar lo escrito suponía una aberración. De todas maneras, escribir fue la única forma de vivir que pudo concebir y fue su atadura particular, algo que consideraría insoportable. El cambio al idioma francés supuso un nuevo análisis a todos sus escritos. Escribir en otra lengua suponía una experiencia asombrosa. Se escribe de otra forma, pensando doblemente en las palabras, en lo que se quiere decir y en la forma de decirlo. Según él, cuando escribía en rumano escribía sin pensar, y el francés le obligó a pensar mucho sobre lo que escribía. El tedio fue su acompañante durante toda su vida. Y la existencia siempre fue una pesada carga que transportar. Su nacimiento fue un accidente y el interés por cualquier cosa se esfumó al instante. El sentido de la vida no apareció. Sin embargo, en sus palabras demostrada pasión y fuerza. Intentaba provocar con sus frases, con sus pensamientos.

“Cuando se ha salido del círculo de errores y de ilusiones en el interior del cual se desarrollan los actos,

tomar posición es casi imposible.

Se necesita un mínimo de estupidez para todo, para afirmar e incluso para negar”

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Cuando escribió ‘Ese maldito yo’ (1987), recomendó no leerlo de un tirón, sino poco a poco, y preferiblemente de noche, en momentos determinados, de hastío y de pena. Porque era entonces precisamente cuando necesitamos realmente que un pensamientos nos libere de la situación en la que nos encontramos. Marcado por una sociedad religiosa se consideraba agnóstico desde su infancia, aunque cercano a los pensamientos budistas (los únicos que saben interpretar y entender el concepto de vacío). Amante de la soledad, de la discreción. Odiaba las entrevistas y el sentirse importante. Para él, cualquier persona puede tener pensamientos profundos. NO hace falta ser filósofo para explicar lo que se siente y lo que se piensa. Contrario a hacer planes, a la gente en general, a aquellos incapaces de valorar una pieza musical o un buen libro. En resumen, Cioran no fue un dogmático, no dio clases, no dio motivos para crear ningún movimiento filosófico, no escribió tesis, ni doctorados, ni manifiestos, ni ofreció conferencias, y sólo fue recordado por un puñado de amigos y admiradores. Pero se podría decir que vivió como un hombre interesado en pensar y hacer pensar.

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