Guardar recuerdos

Publicado: 7 de agosto de 2013 en Artículos
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“Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza”

(Paul Géraldy)

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Cuando hablamos de memoria recuperamos parte de los recuerdos acumulados, evocamos todos aquellos sucesos, aquellos eventos, toda aquella información que fue almacenada en nuestra mente durante tanto tiempo. Porque nuestra memoria es parte de nuestro tesoro, para lo bueno y para lo malo. Y gracias a ella advertimos todo aquello que sucedió, aquello que apareció, aquello que nos sorprendió. Día a día aprendemos, experimentamos, descubrimos; una sucesión continua de vicisitudes, de emociones, que nos alimentan la mente. Y nuestro recuerdo es fundamental para analizarnos, para conocernos más a fondo, para conocer más sobre nuestro pasado.

Para ayudarnos a recordar qué mejor que conservar recuerdos. Gracias a ellos evocamos esos momentos especiales, esas escenas inolvidables. Guardamos recuerdos como quien guarda almas. Guardamos recuerdos, breves, concisos, momentos de una vida, de un instante. Son pequeños tesoros escondidos, con gran valor, llenos de ternura y de memoria, que nos evocan hasta nuestra infancia, hasta nuestra juventud, trasladándonos a nuestro pasado… Guardamos secuencias, breves, intensas, entrañas de un cuerpo que fue el nuestro y que siguen provocando sonrisas, lágrimas, tristeza y pensamientos. Son nuestros, son valiosos…

“La vida sería imposible si todo se recordase.
El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse”
(Roger Martin du Gard)
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Guardar todos esos recuerdos puede representar guardar una vida, la nuestra, como quien guarda un aliento, una nube, una lluvia. No representan más ni menos, simplemente un todo. Nuestro todo. Guardar esos recuerdos implica que seguimos atados a ciertas vivencias, a ciertos sentimientos; unos momentos que decidieron ser nuestros por unos segundos, por un tiempo indeterminado y que no importa cuánto tiempo;  que pasaron por nuestras manos en alguno de esos momentos, por nuestros ojos y nuestra mirada; que se sumergieron en nuestra mente y se quedaron ahí para siempre. Son escenas de lo vivido, de lo amado, de lo soñado…

Quién no guarda un papel escrito con esa letra desconocida, o esa foto descolorida por el paso de los años, o ese objeto mínimo lleno de valor, o esa caja conteniendo vidas ajenas, espacios reducidos donde acumular cientos de escenas repletas de emoción, inundados de momentos insuperables e irrepetibles. Quién no guarda algo, aunque sea lo más absurdo, lo más reducido, por momentos lo más inútil, con lo que poder trasladarse en el tiempo, otro tiempo, en el espacio, otro espacio, en la vida, otra vida… Quién no utiliza esos pequeños tesoros para evocar, simplemente evocar. Tesoros que nos ayudan a seguir pensando, a seguir sintiendo, más y más. Porque en ese preciso sentimiento radica la profundidad del todo, de lo importante, aquello que nos hizo sentir todavía algo más profundo, algo que no ocurrió sin más. Porque cualquier mínima expresión de una de esas emociones nos llega a lo más hondo, a ese interior que parece ser inalcanzable, a ese espacio infinito en el universo y que por momentos parece no haber existido jamás.

Los recuerdos consisten en la capacidad personal para recordar los acontecimientos en su orden preciso, en su lugar determinado. Los revivimos de nuevo, de otra manera, pero pudiendo lograr saborearlos nuevamente. Como aquella vez. Como casi habíamos olvidado. Y la cronología de los recuerdos tampoco es tan determinante, puesto que lo básico es recordar, y cualquier estímulo que sea necesario para hacerlo realidad debe ser bienvenido. Los filtramos, a nuestra medida, a nuestra conveniencia, porque es necesario conservar sólo aquello que significó algo real, algo que nos hizo sentir algo especiales y algo diferentes…

“Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”
(Marco Valerio Marcial)
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Debemos dar valor a todos esos recuerdos, los pequeños y los grandes, pues todos ellos disponen de carácter y de vida, cada uno a su manera, a su estilo. Cada uno forma parte de un lugar y de un momento determinados, y cada uno dispone de los niveles de importancia que nosotros debemos cuidar. De nada sirve acumular  cantidades de recuerdos si la mayoría no nos sirven para lo que realmente son necesarios. Nos quedamos con los imprescindibles, los verdaderamente importantes, los que nos harán sentir de nuevo, llorar de nuevo, reír de nuevo…

“El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados”
(Jean Pau)
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