Saber decir lo siento

Publicado: 4 de enero de 2013 en Artículos
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“¡Qué fácil es pedir disculpas

y que lastimen tu corazón…

Pero… qué difícil es sentirlas

y enmendar el error!”

***

Cuánto cuesta decirlo y qué bien sienta hacerlo. El ser humano abarca infinitas formas de representación, además de elegir entre las más diversas y sofisticadas, cuando a veces lo más sencillo, lo tiene justo delante de sus narices esperando a ser utilizado. Nos cuesta interpretar las sensaciones y nos cuesta mucho más expresarlas. Pero si el sentimiento que provoca algo que creemos que hemos cometido contra alguien nos indica que el mejor camino para arreglarlo es pidiendo disculpas, porqué nos cuesta tanto hacerlo. Casi preferimos evaporarnos y que la tierra ( nuestra imaginaria tierra durante ese momento)  nos trague, que encarar con determinación una obra que no cuesta tanto si realmente lo analizamos. Porque si cometemos un error no pasa nada. Lo importante es advertirlo, analizarlo y saber reaccionar a tiempo. Lo malo es negarlo, esconderlo o intentar hacer pensar que no fue un error. De los errores aprendemos continuamente y, sin embargo, nos negamos a la evidencia. Seguimos obcecados en negar nuestros errores cuando los cometemos a diario.

“De qué sirve pedir disculpas si siempre hacemos lo mismo…”

***

humildad

“Cuando somos grandes en humildad,

estamos más cerca de lo grande”

(Tagore)

***

Claro que a menudo sólo con decir ‘lo siento’ no nos sirve. La persona que se siente ofendida o herida ha podido quedar muy decepcionada con nuestro comportamiento, con nuestras palabras o con nuestros hechos, pero eso no deja espacio para que neguemos esa disculpa. No debemos buscar el perdón sino ofrecer la disculpa. Reconocer el error nos pone en el terreno de la humildad. Y ya dijo  Miguel de Cervantes que “la humildad es la base y el fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea”.

Mucho tiempo atrás la palabra humildad incluso llego a tener connotaciones peyorativas, pues representaba cierta humillación. Pero si la analizamos desde el punto de vista positivo, la humildad consiste simplemente en aceptarnos con nuestras virtudes y nuestros defectos, sabiendo que tenemos limitaciones, que somos imperfectos y que nos equivocaremos una y otra vez. Es todo lo contrario a la soberbia y evita que las personas se consideren o abarquen el terreno de la pretensión, del interés y del egoísmo, aunque visto como corren los tiempos hoy en día pueda parecer más bien una utopía que una realidad o un deseo.

“Medita bien lo que vas a decir para no tener que pedir perdón”

***

La humildad nos puede llevar por el camino de nuestra propia realidad, poniendo encima de la mesa lo que somos. Pero está claro que si uno mismo no se acepta como es será difícil que pueda convencer a los demás de cómo es realmente. Y no se trata de interpretar ningún papel. El papel es el nuestro, el que somos. Se trata de mirarnos en el espejo y ver más allá de lo que acostumbramos a ver. Traspasar nuestras propias fronteras en busca de nuestro verdadero yo. Y sin miedo a encontrar lo que no nos gusta.

Porque cuando descubramos todo, lo bueno y lo malo, sabremos valorar nuestro carácter, lo entenderemos, lo sabremos mostrar y no tendremos necesidad de reinterpretar lo que no nos gusta. Lo aceptaremos y, si en algún caso, más a menudo de lo que imaginamos, nos equivocamos, pudiendo hacer o herir con consecuencias a alguien por el camino, sólo tendremos que ser nosotros mismos de nuevo para saber ofrecer una sincera disculpa. Porque la disculpa si no es sincera no sirve de nada. Ofrecemos nuestro conocimiento del error en manos del que se ha sentido herido o decepcionado, pero no debemos esperar que todo se resuelva sin más.

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Cuando nos sentimos heridos no solemos olvidarnos del asunto ni tan rápida ni tan fácilmente como parece. Nuestro pequeño disco duro se encarga de archivarlo convenientemente y de recordárnoslo cada vez que vivimos situaciones similares. Escuchando ‘lo siento’ no apretamos un botón y lo olvidamos todo. Pero nos sirve como colchón para resguardarnos del golpe o de los golpes recibidos. Quizá el orgullo tenga algo que ver en todo eso. Esa barrera imaginaria que no somos capaces de derrumbar y que nos oprime para ser nosotros mismos. Corriendo la cortina imaginamos no ver, al menos tapamos lo que no queremos ver, cuando lo deseable sería abrir las cortinas, abrir las ventanas, limpiar todo lo que veamos sucio y airear el espacio. Sería hora entonces de respirar profundamente y de sonreír buscando una nueva página de nuestro diario personal. ¿Pero tanto cuesta? A decir verdad, parece que sí y mucho. No es nada fácil y poca gente lo lleva a cabo.

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