La decadencia de la sociedad

Publicado: 8 de noviembre de 2012 en Artículos
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“Enfrentarse,
siempre enfrentarse,
es el modo de resolver el problema.
¡Enfrentarse a él!”
(Joseph Conrad)
***
Desde sus orígenes, la Humanidad ha demostrado tener ambición. Y mucha. Esto no es un secreto y queda ampliamente reflejado y constatado en múltiples facetas y segmentos de la vida del hombre, porque el hombre ha atravesado diferentes épocas y períodos, y ha sabido adaptarse a las circunstancias adversas, aunque muchas de esas circunstancias adversas han sido creadas por él mismo. Pero la adaptación a veces es necesidad, nada más. Y no por adaptarse mejor o más a menudo uno puede alardear de ser más sabio. Las circunstancias mandan y el paso del tiempo consigue lo que otros valores no pueden. E incluso hay momentos que se vuelven a encontrar dentro de esa misma historia. Hay vaivenes y se dice que todo vuelve aunque ya haya desaparecido. Las idas y venidas son realmente habituales. Lo que ocurre es que, para crear y avanzar, se necesitan muchos momentos y muchos y sabios  pensamientos, por no hablar de la participación de muchas personas y de una gran diversidad de factores. Sin embargo, para adentrarse en el terreno de la decadencia el tiempo no es tan necesario y la velocidad se incrementa como por arte de magia.
Hay que tener muy claro que para solucionar un problema primero hay que detectarlo y aceptarlo como problema. Quizá para cuando lo detectemos sea demasiado tarde. Acaso porque se han hecho oídos sordos, o tal vez porque nuestra capacidad de análisis sea cada vez más inquietante. Porque nuestras ambiciones no se detienen y desde su estrado estimulan nuestro futuro, aunque es evidente que nuestras ansias de avanzar nos causan excesos en las medidas y devienen en ciertos retrasos, algunos ocasos y lógicas decadencias. Todo lo que se avanza se retrocede y, en muchas ocasiones, lo que se retrocede es mucho más de lo que se avanzó. Decir que la sociedad actual está en franca decadencia no es nada sorprendente. Muchos sociólogos han detectado el problema hace tiempo y han puesto el dedo en la llaga; otra cosa es analizar qué es lo que hace la sociedad actual con respecto a ese problema.
“Los hombres y pueblos en decadencia
viven acordándose de dónde vienen;
los hombres geniales y pueblos fuertes
sólo necesitan saber a dónde van”
(José Ingenieros)
***
Cuando la decadencia aparece en el horizonte hay un serio riesgo de colapso social o de catástrofe general. Quizá hasta que no llega ese momento la mayoría no quiere interpretar lo que se avecina. Es el hombre un ser que intenta sobre todo relativizar el drama aunque también es capaz de exagerarlo sin venir a cuento. Un colapso social es una quiebra a gran escala de todo lo relacionado con la cultura, con las instituciones, con los organismos y con todas aquellas características principales que almacena y de la que se compone una sociedad o una civilización, ya sea de forma temporal o de manera permanente. Por quebrar no debemos imaginar la desintegración. Muchas pueden seguir funcionando sin que por ello quiera decir que realmente estén vivas o en conexión con la sociedad. Quizá el deterioro de la cultura y de los valores impacta más en la masa, puesto que se identifica más fácilmente y su dolor causa tremenda sensación.
Por supuesto, siempre que esto ocurre, hay segmentos de sociedad más desfavorecidos que son más proclives a ser víctimas de la situación. Muchos otros sectores cubren la escena con un manto de ignorancia o desinterés, quizá porque no les interesa o porque no les viene bien reconocerlo. Los verdaderos culpables de todo ese suceso hay que buscarlos desde arriba de la pirámide, para ir bajando lentamente hacia los siguientes escalones de la escalera y llegar al final de ella. Podríamos identificar mucho culpables pero el que dirige la maquinaria normalmente tiene la responsabilidad de lo que sucede en ella, tanto para lo bueno como para lo malo. Pero reconocer esos errores, ya sea en privado o en público no es algo que sea muy habitual. Se trata de minimizar el daño y mirar para otro lado. Intentar que pocos se den cuenta y tratar de acallar a todas las voces críticas que intenten propagar la noticia.
El asunto queda enquistado, haciéndose con el paso del tiempo en un problema mayor y como un cáncer que se expande, va dejando un rastro evidente y cada vez más difícil de eliminar. Volvemos al punto inicial: si no se desea detectar el problema o encararlo, no se adivinará la solución. La educación ha sido, es y será uno de los objetivos de toda sociedad que se proyecte como moderna. La calidad de la enseñanza en un grupo social demuestra su eficacia con el paso del tiempo. Esa educación, que ha sido una lucha continua entre aquellos que querían impulsarla hacia todos los estratos sociales de todo el mundo, ha caído en evidente decadencia. No se trata de ir a una escuela, se trata de educar bien. Educar bien comienza en el hogar, en la familia, en el entorno, en el grupo de amistades, en el colegio y en la vida misma. El ser humano copia a menudo lo que ve, como lo hacen los niños. La falta de lucidez y de conocimientos degenera en que se deba copiar y, generalmente, se copia a quien no se debe, además de que se copia mal y a destiempo.
Hay muchos factores que provocan y expanden el colapso social. Pueden ser de carácter social, cultural, político, económico o medioambiental. La suma de varios de estos factores provoca el caos social. Y la consecuencia lógica ante tal situación es un cambio social, con todo lo que eso conlleva. Porque el cambio puede llegar a convertirse en masivo. Motivos como la desigualdad entre los individuos puede provocar una tensión aguda que se manifiesta en el ascenso de la irritación y el enfado. Las clases inferiores pueden rebelarse contra lo establecido y puede ser el fin de la clase acomodada. Porque no hay que engañarse: las clases sociales seguirán existiendo queramos o no. En un sistema mayoritario de consumo y de mercado, siempre habrá gente que mejora y gente que empeora. Es el juego. Pero de ahí a provocar la ruptura de la clase social baja hasta límites extremos puede llevar a que la revolución sólo tenga un camino y sea el único sentido claro ante la realidad del momento.
El individualismo ha triunfado por encima de todas las ciencias. Quizá sus defensores ni se lo hubieran imaginado hace unas décadas atrás, pero es bien cierto que domina el motor social en casi todo el planeta. La solidaridad es esa palabra que suena también y que nunca se lleva a la práctica, a no ser para querer quedar bien y ser políticamente correcto. La hipocresía anida en cualquier rincón y girar la cabeza para que nuestra mirada se dirija hacia otro punto es cada vez más usual. La pandemia social de desinterés por muchos factores claves se incrementa de forma alarmante. Las personas son como pequeños robots preparados para sobrevivir y tratar de salir del paso como sea. Y si eso quiere decir que debemos no hacer caso del que se encuentra a nuestro lado pues adelante. La teoría del caos comienza a ejecutarse. Las guerras continúan, el racismo crece, como la violencia, en todas sus formas, las mafias se expanden y logran nuevos adeptos, el hambre es habitual y lo único que preocupa al ciudadano de a pie es simplemente sobrevivir.
La rutina mata y el sosiego también. El hombre necesita valores pero también dinamismo, necesita ideas y necesita proyectarlas. Las ilusiones se deben crear también, sabiendo de antemano que no todas se llevarán a la práctica para que nuestra frustración no nos oscurezca el camino y no nos deje observar lo que verdaderamente es importante. Lo más fácil en estos casos es dejarse llevar, dejarse guiar por la corriente y sin aparente esfuerzo llegar hacia un lugar que sea más ventajoso o cómodo. Lo difícil es luchar contra esa corriente y pretender arreglar todo ante tanta dificultad. Los problemas se multiplican, la complejidad social se evidencia, y un claro ejemplo de que estamos en el pozo de la decadencia es que los responsables públicos, políticos y altos cargos de organismos, evitan a cualquier precio tener que comentar dicho tema. Tocar este tema e introducirse en él para arreglarlo incluye reconocer un error y ellos forman parte del error, y como humanos que son, evitan reconocer su error. Otra peculiaridad humana muy de moda en nuestros tiempos.
La mentira nos acoge en su seno, lo más fácil es mentir y darle la vuelta a la tortilla, esconder el polvo bajo la alfombra y sonreír para decir que aquí no pasa absolutamente nada. Si la sociedad es una gran familia se puede ver claramente que ya no funciona como una familia, sino como grupos que actúan por separado según sus propios intereses. En una familia, como algo genérico, se demuestra empatía, se busca la comunicación, se espera comprensión y apoyo, pero también cariño y ayuda en los momentos más malos. En la sociedad actual ninguno de esos valores son realmente puestos en práctica. La única directriz a seguir es conseguir más dinero, más interés, más beneficio. Lo que no conlleve eso no interesa. El mercado abarca todo, incluida la sociedad. Pero hay que detectar la clara esencia del problema: la violencia juvenil aumenta, como las agresiones verbales, los insultos y las vejaciones. La trata de personas no se detiene tampoco, como el poder de las mafias y el contrabando de armas y de drogas, por no hablar de la esclavitud, que creíamos haber dejado atrás. Se ha perdido la moral y la ética ha tocado fondo. El todo vale se aferra a cualquier esquina. El desempleo ya es el pan nuestro de cada día y la crisis económica está provocando en caos en muchos lugares. La dignidad humana se pierde inexorablemente, la depravación impera. Pocas personas leen o se interesan por lo que hay a su alrededor, cualquier persona triunfa sin mérito ni esfuerzo. La corrupción está dentro de todo y lo va destruyendo desde su interior. ¿Hacia dónde nos dirigimos?, es la pregunta que los sociólogos se preguntan con más frecuencia. Y la respuesta es clara: hacia la decadencia más absoluta, fuera de proyectos, ideas y avances, fuera de la modernidad tan ambicionada. Los resquicios de mejora se diluyen entre las rendijas de la sinrazón, la incomprensión y la ignorancia.
Estamos sin duda sobre la línea descendente, y como si de una montaña rusa se tratara, la velocidad va aumentando y sólo nos dejamos llevar esperando que la inercia nos lleve hacia la línea ascendente de nuevo. El declive social es notorio, el deterioro prácticamente se multiplica a diario. La debilidad de la gente se hace evidente y la sociedad se resquebraja sin tiempo para reaccionar. La decadencia ya está aquí. Bienvenidos a la realidad. Ahora cambiemos el canal y prosigamos con la mentira. Giremos la mirada hacia otro lado y hagamos como que no pasa nada. Sigamos inmersos en la oscuridad. No abramos la puerta. Dejémonos vencer por los acontecimientos y no hagamos nada para solucionarlo. El futuro nos juzgará por nuestra negligencia y nuestra absoluta falta de agallas para revertir esta situación. Tan sólo hace falta interés. Y, sobre todo, querer solucionarlo.
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comentarios
  1. Nick dice:

    Buen post, me gusta.

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    • Mucha razón hoy nuestro profesor de Ética y Religión nos habló sobre que la sociedad estaba en descomposición, ya que ahora todo esta bien visto y cada quien hace lo que le entra en gana. Me entro bastante curiosidad sobre este tema acerca del declive de la sociedad y porque y es muy cierto lo que dice este post, además debo admitir que incluso yo, soy bastante individualista y cuando no lo soy es por quedar bien y se que debo cambiar, y muchos otros también pero incluso sabiendo esto aveces nos es difícil, por como hemos sido educados y hemos ido creciendo con la idea capitalista de siempre cada uno por su lado que se gane lo que tenga que ganar, controlados como marionetas aunque nos pinten una libertad.

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