Sinceridad

Publicado: 28 de julio de 2012 en Artículos
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“El método más seguro de permanecer pobre es,

sin duda,

ser una persona franca”

(Napoleón)

***

¡Se aboga tanto por la sinceridad! Parece un salvoconducto para ser o parecer ser mejores personas. Unas personas íntegras, llenas de valores y de honestidad, llevando en volandas la bandera de la integridad, como si fuera suficiente como para arreglar todo lo que sucede o como si sirviera para salvar los obstáculos que van apareciendo en el camino. La sinceridad descansa en el fondo del alma, donde habita el otro yo, es este un terreno fanganoso que se precipita hacia lo desconocido porque, seamos realistas, la sinceridad abunda poco y mal, y cuando aparece sienta mal, generalmente. La sinceridad es todo eso que la mayoría queremos escuchar pero que cuando aparece preferiríamos no haber escuchado.

Siempre he odiado esa manida frase que he escuchado tantas veces de tantas personas que he conocido: ‘Dime que me quieres aunque sea mentira’. La odio. Es tan falsa y suena tan mal que no puedo ser capaz de usarla, y al ver que se usa tan a menudo me hace pensar que a lo mejor a la mayoría de la gente le va más la adulación gratuita para sentirse mejores o queridos que escuchar la realidad. La realidad no gusta, siempre queremos que sea diferente, pero como la realidad tiene ese nombre precisamente porque es real, es complicado que vaya a cambiar, lo más fácil y práctico es aceptarla, encararla y vivir con ella, adaptándonos a las necesidades del momento. Cambiar esa realidad no nos va a solucionar nada, primero porque es imposible, y segundo porque no sirve de nada, seguirá ahí y hasta que no la afrontemos como es debido no desaparecerá.

“Ser sincero no es decir todo lo que se piensa,

sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”

(André Maurois) 

***

Como ocurre que la realidad es enemiga, o al menos, eso entendemos, la queremos decorar con una máscara que describa todo aquello que nos gusta, o lo que nos gustaría que fuera, o lo que nos gustaría escuchar.  Así nos calmamos. Aunque, claro, así también nos engañamos. Pero preferimos engañarnos a comprender que la realidad nos vence día a día. El engaño como método para conseguir lo que queremos, el engaño como instrumento para creer que conseguimos lo que deseamos. El engaño como muestra de que somos incapaces de afrontar la verdad. Nos declaramos débiles, incapaces e inútiles ante la destreza de la realidad, ante la suprema y verdadera escena que nos envuelve, pero no dejamos ni permitirnos que nos derrote.

Amoldamos la realidad a nuestra conveniencia para que no nos duela o para que nos duela menos. Inventamos una realidad secundaria para que nos atraiga de veras. Para sentirnos mejor, para comprender de que de alguna manera podemos manejar nuestro entorno y nuestra vida. La sinceridad se queda arrinconada, a la espera de usarla en el momento preciso, en el momento justo.  Preferimos que nos mientan y así sentirnos mejor. ¿Y eso es normal? Abogamos por la sinceridad como valor de una persona, y le damos de patadas hasta sacudírnosla de encima. Lo cierto es que la deseamos poco, sólo en pequeñas dosis y en momento muy determinados. Pero cuando la usamos nos quedamos a gusto, sentimos que era necesaria, que había que usarla.

Cuando a cualquier persona se le pregunta por lo que más valora en otra una de las frases más repetidas que salen de su boca suelen ser : ‘que sea honesta’, ‘que sea sincera’, ‘que no mienta’. ¿Pero es esto lo que realmente desea la mayoría de la gente? Y si realmente es así, ¿por qué nadie lo toma como un ejemplo de actitud?, ¿o casi nadie? Decía Maurois sobre la sinceridad que es el pasaporte de la mala educación. A veces ser sincero conlleva quedar mal, no está bien visto y no ejerce un buen resultado. Porque ser sincero implica que digamos la verdad, lo que pensamos, lo que opinamos, lo que sentimos en definitiva. Nos reímos muchísimo con las reacciones de los niños y lo achacamos a que su inocencia les hace ser siempre muy sinceros. Su inocencia les lleva a decir lo que piensan, sin importar ‘el qué dirán’. Y decimos que es su inocencia, porque si imaginamos a los adultos, o nos imaginamos a nosotros mismos, sabemos que no actuaríamos de tal forma, de forma tan sincera, por el qué dirán, por si acaso, por si las moscas…

“No soy sincero,

incluso cuando digo que no lo soy”

(Enrique Jardiel Poncela)

***

Ser un ejemplo de honestidad puede acarrear consecuencias, y casi siempre malas. Ser un ejemplo de honestidad puede llevarnos a recibir palos y de los que menos imaginamos. Porque en el fondo a la gente no le gusta escuchar verdades, y si las escucha tienen que ser a medias o muy de vez en cuando, para saber administrarlas, gestionarlas y recabarlas en el disco duro de la mente de la forma más adecuada. Para ser sinceros hay que decir la verdad. A primera vista parece una cosa sencilla, pero cuesta más de lo que uno se cree. De ahí vienen esos inventos, esas frases hechas, ‘las mentiras piadosas’, que no sirven más que para ocultar verdades. Lógicamente, pueden haber cosas que para nosotros no sean muy importantes pero debemos pensar que quizá para nuestro interlocutor sí que lo son. Y en cierta forma le estamos engañando. Y la sinceridad se demuestra de muchas formas, desde un gesto, desde una mirada, desde un tono de voz o de una acción determinada.

Vivir en la mentira nos somete a perpetuidad, nos empuja a actuar en su territorio de por vida, porque luego, a la postre, ya viene a ser una costumbre. Pero, qué es la verdad en sí misma. ¿La nuestra, la que se ve, la que se siente, la que se percata, la que se intuye? Muchas veces, la verdad no la conocemos, está a nuestro alrededor pero no llegamos a identificarla. Le ponemos nombre y creemos nombrarla, identificarla, cuando realmente no la conocemos. No faltamos a ella, simplemente creemos conocerla. Quizá en esos momentos no somos sinceros pero tampoco mentimos, al menos, premeditadamente. En definitiva, se resalta que para ser sincero se requiere de tacto y sutileza. Fuera de esos márgenes podemos sufrir mucha decepción, y tampoco utilizando ese tacto y esa sutileza tenemos la seguridad de que vaya a sentar bien. Porque también se deduce que para ser sincero hay que tener valor, enfrentarse a la otra persona y decirle lo que se piensa. O quizá no.

“Ser sincero no es decir todo lo que se piensa,

sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”

(André Maurois)

***

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comentarios
  1. gustavo lobig dice:

    Yo apoyo íntegramente la elegía a la Sinceridad que hace este artículo. Y lo hago porque conozco en carne propia el alto costo que conlleva ser sincero, honesto, inocente, en medio de una masa humana que generalmente no lo es, alienada por el miedo, el egoísmo y el afán de escaparse a través de poses falsas, mezquindades, placeres y materialismo, a costa de su verdadero progreso individual y colectivo. Seguro que el saber decir las cosas, tener empatía, tacto, sentido de la oportunidad, es importante para sobrevivir en este tipo de sociedad, pero sigo prefiriendo la honestidad del niño y la del conejo. Al fin y al cabo, cada quien es protagonista de su vida, y mejor es explorarla desde el disfrute de ser auténtico que desde el sufrimiento del adaptado-frustrado. Excelente blog!!!

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    • Tete dice:

      Gracias, Gustavo…de nuevo….lo cierto es que todos dicen desear la sinceridad…pero no es un sentimiento real…la sinceridad abruma por momentos y no gusta en general…La mayoría prefiere que le mientan aún a sabiendas que le están mintiendo..

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  2. Mecha Carbo dice:

    Pienso que tampoco hay que herir para ser sincero. Muchas personas usan lo de “ser sincero” para atacarte e incluso insultarte, pero estoy de acuerdo, en realidad es muy difícil ser sincero al 100%

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  3. Nick dice:

    Me quedo con la frase de André Maurois para desenvolverse entre la sociedad.
    “Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa”.
    No estamos suficientemente preparados ni evolucionados para entender, ni transmitir la verdad como tal. Pero para el crecimiento y la re-evolución personal, el reto está en contactar con los pocos que sí lo están y beber de sus inspiradoras fuentes.

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