Fiestas de San Fermín (Pamplona)

Publicado: 11 de julio de 2012 en Historia
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España, si por algo se ha caracterizado a nivel nacional tanto dentro como fuera de sus fronteras es por su carácter festivo. Nunca falta una excusa para provocar una fiesta en cualquier rincón, en cualquier hogar, en cualquier localidad. Y es que precisamente en cualquier localidad se forma una fiesta popular de la nada, ya sea con la excusa de la tradición, de la historia, de la necesidad, vete tú a saber. El caso es que el motivo festivo es lo de menos, el caso es festejar. Y esos festejos se esparcen por todos los pueblos del país y durante todo el calendario anual.

Hoy toca hablar ineludiblemente de San Fermín. Porque el culto a este santo en Pamplona (Navarra) es muy anterior a la misma celebración de los famosos ‘Sanfermines’. Su imagen sigue siendo el centro principal sobre el que gira esta fiesta popular y universalmente conocida. Dice la tradición que el presbítero Honesto llegó a la Pamplona romana del siglo III enviado por San Saturnino para evangelizarla,  y que el senador Firmo se convirtió al cristianismo junto con toda su familia. Su hijo Fermín fue bautizado por el mismo San Saturnino en el lugar que hoy se conoce como el ‘pocico de San Cernín’ y ordenado sacerdote en Toulouse (Francia). Volvió a Pamplona ya como obispo y murió decapitado en Amiens, lugar en el cual bautizó a más de 3 mil personas.

Y cuenta la tradición que San Fermín fue el primer obispo de Pamplona, aunque su culto no consta documentalmente hasta el siglo XII, importado de Amiens en cuyas letanías figuraba desde el siglo VIII. En la actualidad no es el único patrón de Pamplona, puesto que ese honor lo comparte con San Francisco Javier. Las fiestas que llevan su nombre son las fiestas populares de la ciudad de Pamplona. Comienzan el 6 de julio con el lanzamiento del famoso ‘chupinazo’ (cohete) desde el balcón del Ayuntamiento de la ciudad a las 12,00 h. del mediodía y terminan a las 00,00 del 14 de julio entonando el clásico ‘Pobre de mí’, la canción que despide a San Fermín.

Son mundialmente famosos y, según las encuestas, las fiestas más populares de España, adelantando a otras mundialmente conocidas también, como las Fallas valencianas, la Feria de Abril de Sevilla, los Carnavales de Cádiz o de Tenerife, por poner sólo unos ejemplos. Y si por algo se conoce alrededor del mundo es por sus famosos ‘encierros’, que consiste en un recorrido de casi mil metros por una vía urbana justo delante de los toros que van a ser toreados esa misma tarde en la plaza. Tienen lugar desde el día 7 al 14 de julio. Pero hay que recordar que la fama de este festejo tiene varios siglos, aunque bien es cierto que su fama mundial es reciente, sobre todo desde que el escritor Ernest Hemingway les dio difusión.

Sí es cierto que son unas fiestas muy singulares y, por supuesto, es el acontecimiento por el cual se conoce Pamplona alrededor del mundo. Tiene condicionantes modernos, clásicos, cosmopolitas, multitudinarios y es el resultado de un lento proceso histórico cuyo origen se remonta a  la Edad Media. Hay varias celebraciones en su origen: por un lado, los actos religiosos en honor al patrón San Fermín. Y es que debido a las inclemencias climatológicas, el mismo Ayuntamiento de la ciudad pidió al obispo en 1591 trasladar las celebraciones al 7 de julio, a lo que accedió. Como ocurrió que en esas fechas se celebraban ferias en la ciudad con corridas de toros coincidieron ambas celebraciones. Y las fiestas están consideradas como una de las mejores del mundo.

Para todos aquellos que hemos tenido la oportunidad de vivirlas de cerca, desde justo debajo del balcón del Ayuntamiento, desde el bullicio de sus callejuelas, desde el interior de las risas y alegrías de los mismos pamplonicas, con sus ganas de festejar, de compartir esa fiesta junto a todos los extranjeros y no residentes en la ciudad que cada año se acercan aunque sea un sólo día para gozar, para beber, para reír, para cantar. No es fácil olvidar esas calles engalanadas, esos colores blanco y rojo por toda la ciudad, esos niños y niñas paseando, vestidos como manda la tradición, de la mano de sus padres, recorriendo y viviendo de cerca todas esas riadas de personas de calle en calle, abarrotando el casco antiguo de la ciudad, desafiando el calor, el sudor, los bares atestados de gente, para tan sólo olvidarse de todo y disfrutar, bailar, cantar y reír. Fiestas populares donde todo vale, donde un segundo de esa celebración se conserva durante años. No se pueden olvidar todas esas horas en Pamplona, en esos días especiales, porque el haberlos disfrutado en directo es un tesoro a conservar. Una fiesta altamente recomendable por todo lo que abarca, por todo el significado, la historia, la tradición que atesora. Una fiesta inolvidable para cualquier persona que ha tenido la posibilidad de vivirla desde dentro, desde las entrañas de sus habitantes, desde el aroma de sus balcones decorados y desde la luz que iluminan sus avenidas. Una orgía de placer y de color, de ruido y festejos al alcance de cualquiera, puesto que esa es la esencia de la fiesta, una fiesta universal apta para todos los públicos.

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