Archivos para 6 de julio de 2012


“En esta vida algunos hombres nacen mediocres,
otros logran mediocridad
y a otros la mediocridad les cae encima”
(Joseph Heller)
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Dicen que uno se forma, que hace su propio camino, que va cosechando lo que sembró. Dicen que cada uno va diseñando su futuro de una forma u otra. Dicen que nada es por casualidad, que todo tiene una causa y un porqué. Nada es porque sí. Todo es por algo. Las casualidades se apartan para dejar paso a realidades.

Dicen que uno suele merecer lo que se va encontrando en la vida y esa clase de ejemplos los vemos a diario a nuestro alrededor. No hace falta ser demasiado listo para reconocer errores. Cierto es que a algunos les cuesta más enseñar sus equivocaciones, como si éstas fueran a evaporarse por el mero hecho de no identificarlas.

Cuesta, es verdad, ponerse delante del espejo y comenzar a expulsar todas las disculpas, las excusas eternas que no sirven para nada, sino para justificar lo injustificable. Cuesta, es cierto, plantearse ser crítico con uno mismo y analizar seriamente, con detenimiento todos esos puntos donde uno peca de ambicioso, de soberbio y de altanero. Cuesta mirarse al espejo y reconocer lo que no se desea reconocer, aunque sea inevitable.

“Una de las mayores pruebas de mediocridad
es no acertar a reconocer la superioridad de otros”
(Jean Baptiste Say) 
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Y es que el hombre deambula por el borde del precipicio constantemente, ese precipicio creado por su imaginación que le asoma al laberinto de la mentira constante, de la burla más densa y más difícil de borrar. Acaso cueste menos ponerse la capa por encima, taparse y guarecerse ante los acontecimientos, mirar para otro lado, desaparecer del territorio realidad por un instante, para aparecer, por arte de magia, al otro lado del charco y sin haberse mojado.

Quizá es más fácil saltar el lago que nadarlo, aunque nadie se lo crea. Por lo menos se intenta, no vaya a ser que la posibilidad siempre estuviera  ahí y no la quisimos ni ver. No cuesta enfrentarse, cuesta asomarse. Puesto que cuando uno decide encarar o no, se da cuenta de que sus propios esfuerzos son realmente más poderosos de lo que incluso imaginaba una vez que se ha decidido a acometer la realidad.

El aumento de la mediocridad es potencialmente superior al de brillantez. Y por algo será. La mediocridad es plato de cada día, pero cuando se trata de encontrar brillantez el panorama cambia radicalmente. La creatividad, la lucidez y el talento están en clara recesión, aunque habría que preguntarse si alguna vez estuvieron en auge. Sí es cierto que en muchas fases de la Humanidad ha habido momentos de creación continua, con una dosis tremendamente alta de inspiración, pero era una minoría y extraída con cuentagotas entre tanto manantial de estupidez.

“Sólo conviene la mediocridad.
Esto lo ha establecido la pluralidad,
y muerde a cualquiera que se escapa de ella por alguna parte”
(Blaise Pascal) 
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Siglos y siglos después del inicio, la mediocridad anida en cada esquina, en cada hogar, en cada empresa. No podemos contabilizarla porque no seríamos capaces de hacerlo. No parece que esta tendencia vaya a cambiar, muy al contrario, el hecho de que no estemos rodeados de talento hace difíciles todas las situaciones por las que las sociedades deben aprender a caminar.

Y es realmente complicado darle la vuelta a la tortilla. Desafortunadamente, sucede lo inevitable. Es decir, aumentan las situaciones de desesperación, de inutilidad y de impotencia ante tanta mediocridad. Y parece que ya nos hemos acostumbrado a ella de una manera bastante natural, asumiéndola como una idiosincrasia  general de todos los seres humanos y de todas las sociedades,  y eso nos conduce tan sólo a tendernos y resignarnos ante ella.

Deambulando por la mediocridad es como nos vemos a diario. Casi sin otra opción. Es una realidad triste, una falta absoluta de energía que contagia por encima de todo, que no permite escapar hacia otra dimensión y que supera todas las cotas para intentar, al menos, conseguir otro escenario. Los acontecimientos negativos se suceden, y para breves momentos de genialidad nos vemos sumergidos en un océano de absolutamente nada, un vacío existencial que no permite salir a flote y volver a coger un poco de aire. Y nos vemos rodeados de personas gente que se creen alguien, que se creen importantes, que se creen indispensables, mientras no se dan cuenta de que en realidad no son absolutamente nada, que lo cierto es que son inútiles, ineficaces, soberbios, dispensables y altamente desprovistos de algo parecido a la brillantez.

Por donde quiera que miremos los argumentos corren en contra. No divisamos luces que brillen entre tanta oscuridad. Pensamientos escasos, ideas leves y vanas, energías vacías, esfuerzos no correspondidos, alimentando la desesperación. Rodeados estamos de toda esta oscura realidad, sin vislumbrar cambios, atisbos de que en algún momento algo pueda cambiar. No. No es posible. Nos damos cuenta y nos rendimos. No podemos ni siquiera imaginar que podamos abrigarnos de motivos que nos cambien la idea, que nos ayuden a soportar la escena que nos tocó vivir. No sabemos ni cómo imaginar otro escenario que no sea este. No hay ilusión. Tan sólo decaimiento. Seguimos deambulando entre la mediocridad.

“Los hombres mediocres,
que no saben que hacer con su vida,
suelen desear el tener otra vida
más infinitamente larga”
(Anatole France)
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