Milan Kundera

Publicado: 5 de julio de 2012 en Literatura
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“El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien,

sino en el deseo de dormir junto a alguien”

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La definición misma de literatura centroeuropea es amplia, relativa, poco ajustada a la realidad, variable y poco clara. Aquí entraríamos a especificar qué países entran dentro de la denominación, qué escritores, que vertientes literarias, qué estilos representativos, nos adentraríamos en un espacio poco definido que muchas veces sirve más para confundir que para esclarecer. Para algunos, la cultura centroeuropea es la que floreció en los territorios que estuvieron superditados a la antigua monarquía austrohúngara del siglo XVIII. Siguiendo esa descripción, como literatura centroeuropea podríamos incluir en ella la polaca, la húngara, la lituana, la letona, la checa, la serbia, la croata, la bosnia, la rumana, la búlgara y algunas otras más.

Por poner sólo algunos ejemplos de escritores relacionados podríamos señalar a los famosos poetas polacos Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski, más cercanos al Romanticismo; en Hungría destacó la figura de Miklós Zrinyi, quien logró describir la fortaleza húngara desde un punto de vista nacionalista dentro de las nuevos discursos nacionalistas de la época, muy en boga por entonces. Pero a partir de finales del siglo XIX, en las puertas del llamado Modernismo, se unió a la escena la novela histórica y realista, un nuevo concepto que trajo consigo a escritores como Balzac o Zola. Ahí apareció Henryk Sienkiewicz, escritor polaco que consiguió el Premio Nobel en 1905 y que a la postre se le puede considerar como el primer escritor centroeuropeo en conseguirlo. Junto a él se puede considerar también a Wladyslaw Reymont, quien consiguió asimismo el Premio Nobel y al checo Alois Jirásek. Quizá sea el mejor momento de las letras checas, cuando a comienzos del siglo XX, célebres escritores reemplazaron a los anteriores, como Franz Kafka y Jaroslav Hasek. Otro destacado fue Rainer María Rilke, considerado por muchos como uno de los mejores poetas de la literatura austríaca.

“La vida es la memoria del pueblo,

la conciencia colectiva de la continuidad histórica,

el modo de pensar y de vivir”

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Ya dentro del siglo XX varios autores han destacado y dejado huella por encima de otros muchos, la lista es extensa pero no por ello menos interesante. Autores como Vaclav Havel, Jaroslav Seifert, Czeslaw Milosz, Wislawa Szymborska, Jelinek, Winkler, Márai, Kertesz, Magris. Pero si algo une a todo este elenco de escritores es un estilo peculiar, se mezclan emociones, pensamientos, filosofía, actitud, opresión social y política, rebelión, insatisfacción, ambición, revolución, un aire místico por encima de todo, una tendencia de inconformismo desmesurado, amparado en la razón, en la justicia y en las ganas de ver un cambio social a su alrededor. Les une una cultura extremadamente intelectual que sobrepasa límites y que ansía mucho más, ansía libertad por los cuatro costados, justicia y paz. Son humanistas por encima de todo, pero creen en la filosofía humana para enderezar el rumbo.

Hoy, como ayer, los escritores centroeuropeos sobresalen del resto por su talante particular, por su papel poético y humano, pero también por sus motivos, por sus razones, porque exploran ante todo inquietudes universales, sociales y éticas. Uno de esos escritores sobresale por encima del resto, al menos deslumbra, me deslumbra, me inquieta y me emociona. Son palabras sencillas, bien situadas, con sentido, con razón. No muchas, las adecuadas, las justas. Milan Kundera nació en Brno, Checoslovaquia, en 1929. Su padre era pianista y era director de la academia de música. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial se afilió el Partido Comunista, para ser expulsado en 1948. Se ganó la vida haciendo diversas ocupaciones, empezando como pianista de jazz, oficio que le enseñó su propio padre. Estudió literatura estética en Praga para pasarse después a la Facultad de Cine, la cual terminó. Enseño historia del cine en la Academia de Música y Arte desde 1959 a 1969 y más tarde en el Instituto de Estudios Cinematográficos de Praga. Tras la invasión rusa de 1968 perdió su puesto de profesor y se exilió a Francia en 1975.

“Desprecia la literatura en la que los autores delatan todas sus intimidades y las de sus amigos”

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Pero a partir de su despido comienza una relación estrecha con la literatura, comenzando su andadura por esa aventura con la novela ‘El libro de los amores ridículos (1968), al que le siguió ‘La broma’ (1968). Esta última se tradujo a más de diez idiomas y fue la que le dio nombre propio en el mundo literario mundial. En 1972 publica ‘La vida está en otra parte’ y en 1973 ‘La despedida’. Para ese entonces su particular estilo ya comienza a reclutar seguidores. Su pluma se especializa en personajes fríos, llenos de pensamientos, emociones arraigadas por encima de todo, actitudes marginales con dignidad y dureza. Intelectual sentido de la palabra y de la narración. En 1978 publica ‘El libro de la risa y el olvido’, considerado uno de sus mejores libros. Un libro que le costó su propia ciudadanía checa. Ya acumulaba premios literarios y su fama aumentaba.

Todo eso aumentó cuando publicó ‘La insoportable levedad del ser’ en 1984, considerada su obra cumbre. Novela que sería llevada al cine por el director Philip Kaufman. Fue un rotundo éxito de público, de lectores y de crítica. La novela está considerada un clásico de la literatura contemporánea. Su estilo, entre la ficción y el ensayo, a menudo parecen rayar en un interior propio, una autobiografía despersonalizada, un quiero y no puedo, un puedo y no quiero, un uso frecuente de la ironía, el sarcasmo, la confusión entre elementos reales y ficticios y fantasmas propios, personales. Habla el exilio, la culpa, la rabia, el tiempo que lo cura todo y que no olvida nada. Habla la libertad, el eclecticismo desde el desengaño, un estilo ligero, fresco y tierno. Una forma única de narrativa pura y directa, llevando el objetivo a la esencia del todo y de lo más importante, el ser humano por encima de todo.

Le siguieron ‘La inmortalidad’ (1988), ‘La lentitud’ (1995), ‘La identidad’ (1998) y ‘La ignorancia’ (2000), entre otros muchos trabajos, como obras de teatro, ensayos, cuentos y relatos cortos. Una pasión nos acompaña, nos alumbra y nos da vida. Una forma de expresar, sincera, natural, directa y hambrienta de honestidad. Un largo recorrido hacia la esencia de las cosas que nos rodean. Un escape emocionante sobre los cimientos de la espontaneidad. Un letargo amenazante que nos indica el camino por donde comenzar a brotar una esperanza eterna y gratificante. Una delicia de narrativa que se deshace en efímeros párrafos que jamás nunca acaben.

“La persona que pierde su intimidad,

lo pierde todo”

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