Gente que transcurrió por nuestras vidas

Publicado: 10 de junio de 2012 en Artículos
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¿Nos damos cuenta de la cantidad de gente que va pasando día a día?
Unos pasan leves, sensibles, sin hacer ruido y sin percatarse siquiera de que nos han conocido. O no. Unos han pasado de puntillas, llamando poco la atención; ni el recuerdo los salva, ni una fotografía vieja y descolorida les puede dar un segundo de vida, porque olvidamos sus nombres, porque olvidamos de qué los conocíamos, porque no significaron prácticamente nada.
¿Somos conscientes de toda esa gente que ha pasado por nuestra vida?
Ni siquiera podríamos ser capaces de calcularla. Es difícil. Muy difícil. Pocos se aproximarían; primero, porque nadie ha tenido la absurda idea de llegar a contarla; y segundo, porque la mayoría no ha significado nada en nuestras vidas, y cuando una cosa carece de valor para nosotros, tenemos una reacción natural que consiste en olvidarla y dejarla pasar sin perder un solo segundo. Son unos pasos efímeros, unas presencias cercanas-lejanas, unos claroscuros que devienen en poco, por no decir, en lo mínimo, que pasaron y que ni fuimos capaces de darnos cuenta. Personas que como sombras se acercan, se paran, nos miran y se alejan.

¿Somos capaces de recordar aquellas caras?
¡Y son tantas caras! Tantos rostros acechadores que una vez fueron, pero que ya no son. Tantos rostros anónimos que una vez nos miraron tierna y misteriosamente, interrogantes que fueron ojos en un segundo, para ser luces fugaces después. Nada permaneció en el recuerdo; nada quedó en la memoria. Tan sólo el olvido, la nada absoluta. Y son tantos los rostros que fueron, los que sabemos y los que supimos. Tantos rostros que nos acompañaron durante una etapa, esa breve etapa del camino cuando el sol nos daba de lleno en la cara y no supimos ni pudimos acertar hacia dónde dirigirnos.
¿Es posible recordar los detalles, los gestos, las miradas?
Y aún en los sueños los evocamos, pero inciertos, a menudo muy borrosos, puesto que ya no son lo que era, o nunca fueron, o quizá quisimos que lo fueran y nos los imaginamos, los engrandecimos y nos equivocamos. Y qué decir de esos detalles, minúsculos, que tanto representaron, que tanto nos emocionaron, para acabar olvidados, dentro de un baúl cerrado con una llave que enterramos bien profundamente. Y qué decir de aquellos gestos, tan difíciles de evocar ahora, puesto que ya no los percibimos con claridad, ya no nos percatamos ni de su singularidad. Y qué ocurre con aquellas miradas, esas mismas que una vez nos sedujeron con su profundidad, nos arrastraron hasta un pedestal para dejarnos caer luego, que nunca encontraron nuestra sombra puesto que emprendimos la marcha mucho antes de que nos volvieran a mirar.

¿Qué ocurrió con aquellos besos y aquellos abrazos?
No somos capaces ni de reconocer su sabor, ni de recordar esos labios, tan poca memoria nos quedó, o qué poco alimentamos esa memoria, la quebradiza, la misma de la que tan orgullosos nos sentíamos no hace tanto, y qué poco sabemos diferenciar, cuando con el tiempo todo parece lo mismo, o casi lo mismo. Besos que se quedaron ahí, en la acera, en un día de lluvia, solos en medio de la soledad nocturna, sin saber qué hacer, sin saber qué sentir. Besos amordazados que supieron a poco, o a mucho, o que ya ni siquiera supieron a algo. Besos adormecidos en medio de una noche mágica, ambientada de alcohol y con derecho a soñar, que nutrieron a sábanas arrugadas entre piernas sin control, jadeando de placer, en medio de un largo letargo sin mañana y que, sin embargo, lo era todo. Quién se olvidó de esos abrazos, eternos, tiernos, necesarios en días críticos, que nunca llegaron cuando se necesitaban, y que tan poco se valoraron cuando aparecieron. Ay, esos abrazos, tan queridos, tan ansiados, tan efímeros y tan vacíos. Qué pocos fueron reales, qué pocos fueron sinceros.

¿Cuánto tiempo pasó y cómo pasó?

Ya es tarde, o temprano, o quizá el tiempo no pasó como pensamos, acaso lo hizo de forma vertiginosa, lanzándose hacia el precipicio de la prisa y de la indiferencia, otorgándonos unos años para dilucidar si verdaderamente éramos capaces de recordar aunque fuera lo importante, lo básico y lo esencial. Pero llegados a este punto, la verdad se hace enorme y no nos deja mirar atrás, nos antepone excusas cuando queremos ver críticas, nos distancia cuando queremos cercanía, nos duele cuando sólo sentimos culpa, rabia y algo de remordimiento. Porque dónde se fueron todos esos años, los vividos, los transcurridos, los duros y los livianos. Aquellos tiempos en los cuales nos sentíamos enormes y tan sólo éramos insignificantes, esos momentos en que no supimos ni siquiera encarar nuestro camino, mientras conducíamos nuestras vidas a toda velocidad, sin importarnos el peligro, ni la distancia recorrida, ni el ánimo del regreso, porque no había regreso, era un camino con un solo destino, la felicidad, aquella que se malgastó por el camino sin llegar siquiera a mostrarse como era, sin dejar un solo gramo para catar su esencia. Una felicidad que se esfumó mucho antes de emerger de las profundidades de nuestros sueños. Una felicidad que nunca supimos administrar puesto que jamás la sentimos como nuestra, sino ajena, anhelada, simplemente confusa.

comentarios
  1. sònia dice:

    Es de las reflexiones más sinceras y que me han impactado pq es como si viera mi pensamiento escrito por otro. Muchas gracias por conseguir plasmar en palabras lo que siento.

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  2. Mecha Carbo dice:

    Así es… pero prefiero ser luciérnaga que aunque solo fue un momento, brillé, que una cigarra que pasan 11 años bajo tierra para solo salir 2 días a la luz y morir…

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