Michael Nyman

Publicado: 9 de junio de 2012 en Música
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“La música es sinónimo de libertad,
de tocar lo que quieras y como quieras,
siempre que sea bueno y tenga pasión,
que la música sea el alimento del amor”
(Kurt Cobain)
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Todos podemos opinar sobre lo que nos gusta, sobre lo que no nos gusta, sobre lo que nos emociona, sobre lo que nos motiva, sobre lo que consideramos arte, o no, sobre aquellos momentos que consideramos mágicos por cualquier motivo, sobre lo que nos estimula de una forma extraña, diferente y llena de vida. Todos somos conscientes de que algo nos deslumbra por su belleza, por su creatividad o por su originalidad; y somos conscientes de que cuando algo de todo eso ocurre no es por casualidad, simplemente porque detrás de cada sensación que nos entra por cualquiera de nuestros sentidos y recorre todo nuestro cuerpo hasta acumular tal cantidad de placer, hay un momento inolvidable, una magia especial que decora el ambiente y lo hace distinto, inigualable.
Sabemos identificar esos momentos porque son especiales, destacan de manera natural y llaman nuestra atención fácilmente. Son insuperables, son momentos insuperables. Tan fácil como eso. Y cuando uno de esos instantes está provocado por la obra de un artista no queda más remedio que admirarlo y disfrutar de ello. Y uno de esos ejemplos es Michael Nyman, pianista, musicólogo, crítico musical y compositor británico, nacido en Stratford, Londres, en 1944. Está encasillado en el género ‘minimalista’, aunque a los que amamos la música sin ser más que simple aficionados, eso de minimalista nos suena a nada, y nada no es precisamente el calificativo con el que nos quedaríamos para describir lo que sentimos cuando le escuchamos.
Su familia era de clase obrera y se ganaba la vida fabricando abrigos y prendas de piel. Sus colaboraciones en las películas del director galés Peter Greenaway fueron lo que le convirtieron en un músico famoso. Greenaway, era un personaje que, desde muy joven, deseaba ser pintor y que estuvo muy relacionado con la pintura, aunque después desarrolló un interés especial por el cine europeo y fue admirador de Antonioni, Bergman, Godard o Pasolini, entre otros. Quizá la década de los 80 supuso su mejor época, cuando varios estrenos dejaron a la prensa especializada con un gran sabor de boca y consiguió que un buen número de público descubriera su cine y se declarara fan incondicional de sus historias.
Nyman adquirió la fama mundial a raíz del estreno de la película de Jane Campion ‘The Piano’ en 1993. Pero la lista de bandas sonoras ya eran unas cuantas antes de ese éxito. Para mucho fue un descubrimiento y para otro la consagración. Estudió con el académico Thurston Dart, experto en música barroca en el King’s College de Londres, y siempre tuvo presente la música clásica para inspirarse en sus creaciones, aunque utilizando un estilo particular, muy criticado por sus colegas, pero muy apreciado por el público. Quizá Nyman ha sabido trasladar la esencia de la música clásica hasta los rincones de los hogares de toda esa gente que no acostumbra a escuchar ese tipo de música, haciéndola familiar, de un modo sencillo pero práctico, de una manera original y bella.
No podemos olvidar algunas de las bandas sonoras que compuso al amparo de su amigo Greenaway: ‘El contrato del dibujante’, ‘El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante’, ‘Drowning by numbers’ o ‘Prospero’s books’.

También se introdujo en el cine norteamericano para componer la banda sonora de una gran película como ‘Gattaca’ , para continuar con ‘Ravenous‘ o ‘The end of the affair’. En 2008 compuso la banda sonora para la película-documental ‘Man on wire’. Todas ellas grandes bandas sonoras, como toda su obra, porque es difícil quedarse con una, favoritas tenemos todos, pero una sola es muy complicado de decidir. Porque en cada composición degustamos los detalles sencillos, los acordes armoniosos, su melodía perfecta, sus sonidos inconfundibles. En cada pieza denotamos su firma, de manera clara. Y esa es su mayor virtud, haber conseguido dar un paso al frente en el mundo del cine y demostrar que la música y su creador pueden dar muestras de grandeza más allá de una mirada, de un paisaje, de una lágrima o de un beso.

La música adquiere dimensiones irreales cuando la imaginamos de otra forma, más sublime si cabe, hasta alcanzarla incluso en sueños y saborearla lentamente, con un fino oboe marcando el ritmo, con un violín al fondo acompañando nuestras vidas, cuando la cuerda y el viento se unen y forman un círculo de sombras por las que recorrer nuestro camino. Nyman ha conseguido eso y mucho más y tiene que admirarse por eso, porque aunque haya personas que no lo digieren debe valorarse por lo que ha aportado al mundo del espectáculo, de una forma muy suya, muy particular, sin ruidos, entre tinieblas, sin marcarse un objetivo pero intentando siempre dar un toque de atención y dejando su propio sello personal.

Junto a su banda formada en 1976 (la ‘Michael Nyman Band’) ha formado una combinación casi perfecta que ha deambulado por todo el mundo ofreciendo conciertos de su fantástica música. El minimalismo clásico llevado a la máxima potencia y exprimiendo todos los rincones de la creación hasta dar con lo que podríamos denominar ‘estilo operístico personal’, un sonido que no necesita de amplificación, que se basa en la naturalidad, con un cuarteto de cuerda, tres saxofones, un trombón bajo, un bajo y un piano, formación que ha ido modificando a medida que su evolución o sus necesidades así se lo han sugerido.

La música nos acompaña desde hace muchos años y nos ha brindado maravillosas horas de emoción y sonido, un espectáculo fuera de toda duda que sigue generando devoción a cada escucha y que, simplemente con un tema de la película ‘Carrington’ ya puede merecer la pena haberle conocido y escuchado. No debemos sino envolvernos en las melodías y sumergirnos en su arte, más allá de susceptibilidades y aceptar que lo que es bueno seguirá siendo bueno, pasen años o siglos, y que en las pequeñas cosas encontramos la belleza, eso que tanto anhelamos y que parece escabullirse entre las rendijas de nuestro alrededor.

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