La decepción

Publicado: 6 de abril de 2012 en Artículos
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“Qué fácilmente somos decepcionados por aquellos a los que amamos”

(Molière) 

***

Que no se trata de la insatisfacción, que no se trata de las expectativas. Que se trata de la pérdida de ilusión, de la pérdida de ganas. Que no se trata del sentimiento, que va más allá de todo eso. Que no se trata de pena, que se trata de la realidad. Que no transige ni un segundo, que no permite ni saborear ni un momento. Que no se trata de frustración, que de eso ya vamos bastante bien servidos; que se trata de llegar para nada, de llegar para no encontrar. Se trata de invertir para no recoger. De sembrar para ver cómo la cosecha se quedó en nada.

Se trata de toda la ilusión que intentamos almacenar, lentamente, con tiempo, con cariño, para luego ver cómo desaparece en unos segundos. Es sobre todo un vacío eterno, que nos deja inmóviles y que no nos deja respirar. Que no es una depresión, es algo diferente; un bloqueo mental y físico, que adquiere escena de análisis por no haber sabido admitir el resultado, por no haberlo imaginado…

Que no se trata de ser subjetivo; que aparece y te envuelve en sábanas de oscuridad. Que no es que afecte a determinadas personas, es que invade al territorio humano en su conjunto y mucho más habitualmente de lo que nunca hubiéramos imaginado. La decepción nos encoge, nos quita vida, nos persigue continuamente para no dejarnos ser felices. La decepción es la acosadora audaz, habitual compañera de viaje que se somete a la compañía de uno a pesar de que no sea bienvenida. Que te desliza en el interior la tentación de no volver a soñar, de no volver a obtener ilusión para luego caer de nuevo en el pozo del deseo para despertar del sueño y verla en su auténtica realidad, junto a ti, junto a la soledad que traerá el mañana.

“Nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos”

(Goethe)

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La decepción anida en todos los rincones del hombre, desde el niño más precoz, al adulto más confiado o al abuelo más tentado. Da igual de dónde vengas y adónde vayas. La decepción andará a tu lado, como la bolsa del caminante. Que no se trata de excusar, que lo necesario es entender. Entender que ciertas cosas irán de nuestra mano aunque no nos realicen. Que un camino sin obstáculos no puede considerarse camino. Que el sol y la luna son complementos grandiosos y que no debemos dejarlos de lado, puesto que el resto son meros acompañantes en el desierto de la vida.

Que la decepción no aparca su sed, aunque te sientas hundido. Que no te abandonará a tu suerte, antes te volverá a engullir, nuevamente, mucho más fuerte, saboreando tu derrota, tu sufrimiento; que no dejará nunca de gozar viéndote aislado, moribundo, anhelando un nuevo día, un olvido, un tiempo que no llega. La decepción nos acosa con sus armas livianas, aparentemente inofensiva, cruza el umbral de tu terreno y te ataca sin cesar, sin dejarte pensar, sin dejar que te asientes, ni siquiera a permitirte comprender. Pues la comprensión no va con ella, no fue nunca, y ni siquiera irá. La comprensión no pertenece a tu mundo porque no lo necesita. Se dedica a actuar, sin importarle de qué manera ni con quién.

Estamos contentos de sentir, aunque solemos estar tristes por sentir. Pero al sentir demostramos que vivimos en cierta manera, y eso por lo menos crea vínculo vital; parece que ha servido para algo y que ha valido la pena. Hemos sentido decepción, nos hemos acostumbrado a ello. No hemos podido superarla nunca pero ya no nos sorprende. Quizá hemos aprendido a asimilarla de otra manera, tragándola, haciéndola desaparecer dentro de nosotros, intentando hacerla desaparecer de cualquier manera.

“La decepción y la traición causan el mismo dolor”

(Juli Wallas)

***

Hemos sentido mucho y nos hemos decepcionado más. Acaso no advertimos que es la sensación la que causa la misma decepción, el ansia, el sueño, la ilusión, momentos que nos hacen vivir y momentos que nos hacen regresar al letargo eterno, al lugar en que todo pierde valor, sentido y alegría. No es cierto que nos acostumbremos a ello, jamás hemos podido.

No hemos conseguido sacárnosla de encima tan fácilmente como hubiéramos querido, y sus garras son cada vez más temibles. Somos incapaces de acostumbrarnos a ella, y además no lo deseamos. Pero también comprendemos que habitará junto a nosotros el resto de nuestra vida y que debemos saber o aprender a convivir con ella, nos guste más o menos.

Hemos reconocido nuestros errores, pero los seguiremos cometiendo. De la misma manera que hemos sabido que ella aparecerá nuevamente y en el momento menos indicado, en el momento menos esperado, pero ya no será por sorpresa, ya la notaremos llegar, ya sentiremos su presencia y su sombra acercándose, emergiendo de las profundidades más ingenuas para mostrarnos nuevamente la realidad.

Porque en definitiva, eso hemos aprendido de todos estos años junto a su compañía: ante todo nos muestra la realidad. No nos deja caer en la absurda inspiración de la fantasía y de la candidez. Nos abandona en el regazo de la luz más brillante, del espejo más grande, sobre la  tierna y frágil escena de mi simple vida.

Algunas veces pensamos que sería bueno dejar de sentirla. Ya no. Ya entendimos que la necesitamos. Nos muestra cosas que quizá otras emociones no consiguen. No es agradable,  cuesta superarla, nos deja paralizados, pero nuestro fondo de alma masoquista intenta sacar conclusiones positivas incluso de ella.

Intentamos extraer todas las consecuencias de su análisis para  reforzarnos interiormente y, aunque a veces no lo conseguimos, el mero hecho de intentarlo ayuda a saber cogerla de la mano y acompañarla de paseo. Cuanto más la miramos a la cara menos nos reconocemos en ella. Cuanto más la acariciamos más asco nos damos. Cuanto más la contemplamos menos la entendemos. Cuanto más la detestamos más se acerca a nosotros. Aunque cerremos todas las ventanas seguirá filtrándose por las rendijas de nuestra pasión. Ya no merecemos sino vivirla. Ya no queremos sino perderla. Ya no nos engañamos más.

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comentarios
  1. Tonita dice:

    La decepción es fuerte, porque en realidad no te decepcionas de las personal o las situaciones como tal, te decepcionas de TI mismo!! ese es el fondo y por eso pesa tanto y por eso vive permanente contigo. Es otra manera de juzgarnos duramente, de autocastigarnos, es no poder perdonar el haberte permitido fracasar. Me encanto tu reflección Tete. Saludos cordiales!

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  2. Manel dice:

    Los amigos raramente me decepcionan. La verdad es que tengo pocos.
    La decepción social me entristece, pero reafirma mis convicciones.
    Es decepcionante la perspectiva traicionada, pero me anima mi mirada fija en la utopía.

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  3. Excelente post, que refleja unas experiencias universales.

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  4. Nick dice:

    Muy bueno el post.

    Tenemos que aceptar la decepción finita, pero nunca perder la esperanza infinita. (Martin Luther King)

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