Estado de Kedah (Malasia)

Publicado: 18 de enero de 2012 en Rincones del Mundo
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El estado de Kedah junto al de Perlis son los motores económicos del país. Los dos tienen frontera con Tailandia y ambos generan por sí solos más de la mitad de los recursos de toda Malasia. Se dice pronto porque si nos fijamos en la extensión de estos dos estados tampoco parecen ser tan grandes. Sin embargo, y a pesar de ser tierras eminentemente agrícolas, dedicadas al arroz básicamente, han sabido hacer del turismo una fuente de ingresos con una energía más que evidente.

Es obvio que el poder natural del terreno radica principalmente en el hermoso centro vacacional que se ha creado en la zona insular de Pulau Langkawi, con hermosas playas de arena blanca y colinas selváticas visitadas por miles de turistas durante todo el año. De hecho el desarrollo turístico está siendo imparable incluso para el medio ambiente, aunque quedan algunos reductos que permanecen un tanto vírgenes o lo bastante tranquilos a pesar de la masificación que se está produciendo en la zona.

Además existe un aliciente mayor para todos los asiáticos que visitan la zona ya que la isla de Langkawi está exenta de impuestos con lo que la convierten en un atractivo aún mayor y un imán para la compra intempestiva de miles de vecinos, generalmente malasios y de otros países colindantes. El clima en esta zona es totalmente tropical con temperaturas que oscilan todo el año entre los 20 y 30 grados centígrados y con una humedad que no suele bajar del 90%.

Kedah es un estado eminentemente malayo aunque los tailandeses tuvieron su influencia hasta el siglo XIX y los británicos no lograron establecerse en dicha zona a pesar de que lo hicieron por casi todo el país. Debido a la gran cantidad de kilómetros cuadrados llenos de arrozales el estado toma un carácter muy rural y agrícola.

Durante los siglos VII y VIII, Kedah pagaba tributos al Imperio de Sumatra. En el siglo XVII la zona fue atacada por los portugueses para pasar luego a manos de los siameses. Siam se la cedió a los británicos a principios del siglo XX y fue esta la primera zona que invadieron los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.

Para recorrer los 460 kilómetros que hay desde Kuala Lumpur hasta Alor Setar decido coger un autobús. Según me cuentan tarda unas seis horas siempre y cuando salga a su hora. Primer apunte: no sale a su hora. De hecho, tengo que esperar más de veinte minutos en la plataforma número 10 (por donde me dijeron que salía)y no hay manera de encontrarlo. Y si pregunto a alguno de los trabajadores o chóferes que deambulan por el recinto ninguno es capaz de decirme algo concreto. Luego me doy cuenta de que para los malayos la ciudad es conocida como A.Star, literalmente. Y el autobús, aunque con retraso, finalmente aparece. Y aunque en algunas paradas próximas se suben varias personas no lo llenamos ni a la mitad de su capacidad. Me doy cuenta de que soy el único extranjero dentro de él. Eso sí, llegamos puntuales. Han sido seis horas.

Para llegar a Langkawi debo ir primero a Kuala Kedah, una pequeña ciudad pesquera a 11 km de A.Star. Me dicen los taxistas que no hay autobús directo hasta Kuala y que lo mejor es coger un taxi. Y aunque el precio no es desorbitado (entre 5 y 6 euros) me parece una opción demasiado obvia y me decanto por seguir con la aventura y coger un viejo autobús que según el conductor me dejará en un sitio donde puedo coger otro autobús que me llevará a la estación de ferries. Y digo todo esto no porque entienda lo que me dice sino gracias a la traducción amable que me hace en un perfecto inglés una agradable chica malaya mientras el conductor sigue entretenido en llenar de agua el radiador del autobús. Quizá lo mejor de mi elección será poder conocer a Naz, que es el nombre de mi improvisada guía. Gracias a ella me entero de que aunque los ferries salen cada media hora, el último del día sale a las siete de la tarde y según sus cálculos no está segura de que lleguemos a tiempo. Son las seis y según ella está a veinte minutos de donde nos encontramos. Tranquila, le digo. Tenemos una hora para llegar. Qué iluso. El primer autobús no tarde mucho, pero el segundo… quién iba a creer que el autobús va a parar cada veinte metros y que iría dejando a todos los pasajeros que se iban subiendo en la misma puerta de su casa. Las paradas son continuas y sucesivas hasta que la sonrisa tonta se apodera de mí recordando mi afirmación: ‘tranquila, tenemos una hora para llegar’. Pues menos mal, porque justo cuando llegamos a la estación quedan diez minutos para que zarpe el último ferry. Un ferry que tardará casi dos horas en llevarnos a la isla. Un tiempo que aprovecho para conocer algo mejor a Naz y la vida en Malasia según ella. Me cuenta de que es encargada de uno de los dos Starbucks que hay en la isla, justo en el que está situado en el aeropuerto. Le gusta viajar y siempre intenta ahorrar para escaparse unos días donde sea. La empresa le paga la vivienda que comparte con algunos compañeros de trabajo y aunque dice estar contenta con su sueldo me dice que acaba de llegar de pasar unos días en Singapur visitando a algunos amigos y que los sueldos allí no se pueden comparar. De todas formas, a pesar de que está enamorada de Singapur, de su organización y de su estructura, me cuenta que los habitantes de allí no dejan de ser soberbios y pijos, serios y distantes, difíciles de carácter y poco sociables en comparación a los malayos. Se declara feliz en la isla de Langkawi y me cuenta que de momento no quiere cambiar de aires.

Naz no es alta, digamos que está dentro de la media de las chicas malayas. Pero sí tiene detalles que le hacen parecer muy occidental. Su pelo corto, moderno, sus ropas y complementos, por no citar su ‘Blackberry’ de la que dice estar encantada le dan una apariencia completamente distinta a la mayoría de chicas malayas.  Me dice que sólo paga 5 euros por el servicio básico de internet y que le encanta estar conectada. Aunque no le pregunto su edad aparenta la treintena y a la pregunta de que si está casada me dice que no, que hoy en día una mujer malaya con trabajo y dinero no necesita un marido. Aunque ella no es la norma me comenta. Le pregunto a qué edad es normal tener hijos para una mujer malaya y me dice que eso ha cambiado, antes era normal tenerlos muy  jóvenes, de quince a veinte años. Ahora esto ha cambiado, una puede tenerlos cuando crea oportuno. La puesta de sol desde el ferry se ve preciosa tras un largo y duro día de viaje. Tan sólo dos horas más y habré llegado a mi destino de hoy.

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