Criticar

Publicado: 26 de noviembre de 2011 en Artículos
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‘Resulta de todo punto monstruosa la forma en que la gente va por ahí hoy en día criticándote a tus espaldas

por cosas que son absolutamente y completamente ciertas’

(Oscar Wilde)

***

Criticar es algo innato en el ser humano. Criticar no viene mal si con ello forzamos un debate con argumentos. Hay crítica de pensamiento y es muy necesaria. Hay crítica absurda que no lleva a nada. Esa es la que abunda. La absurda. La que no nos enriquece. Sirve para poco si se ejercita con frecuencia y solamente como entretenimiento. Tal vez el aburrimiento provoca el desajuste perfecto para estar muy pendientes de lo que hace el otro, el de más allá o todos los que nos rodean. Criticar, seamos sinceros, es un deporte universal.

De todas formas, si lo analizamos con detenimiento, resulta difícil averiguar si el mismo hecho de criticar provoca tal energía que se inyecta por vía mental o es simplemente una rutina tan diaria que ni se plantea llevarla a cabo o no. Son como esos pequeños rituales cotidianos con los que nos manejamos los humanos. Sin darnos cuenta, sin apreciar que lo repetimos día a día, como una máquina precisa. Acaso es una droga demasiado dura y a la que no prestamos atención y de la que no somos conscientes de hasta dónde puede llegar con respecto a sus efectos. Quizá es capaz de proporcionar tal grado de influencia en nuestra mente que abandonarla puede llevarnos a una lenta pero segura depresión.

Si estamos de acuerdo en que criticar es un deporte universal también debemos estar de acuerdo en que hay sociedades que abusan de su uso y que otras sólo lo utilizan de vez en cuando y en dosis perfectamente controladas. Hay sociedades que frecuentan más el lado privado, digamos que son más reservados. No invaden el carril contrario para que nadie invada su propio carril. Y el que dice carril dice vida, familia, trabajo, privacidad, entorno, etc. Hay personas que anteponen su privacidad por encima de todo y eso les lleva a desconfiar de todo lo que puede perjudicar ese objetivo. Digamos que ese mismo temor a que nadie franquee su propia puerta hace que ellos tampoco estén pendientes de la vida de los demás. Pero reconozcamos que no es la actitud habitual.

Una gran mayoría de personas suspiran y gozan contando sus vidas, sus aspectos más íntimos, sus momentos cotidianos, enseñarse tal como son, o no, pero mostrarse, a sabiendas de que eso puede provocar estar expuesto a las críticas constantes y sin escrúpulos de todos los que observarán. Ese afán en creer que alguien le puede importar en algún sentido lo que hacen, lo que van a hacer, lo que han hecho, provoca un incesante estímulo que les lleva a ser exhibicionistas obsesivos. Y les encantaría serlo profesionalmente. Ganarse la vida contando lo que se supone que a nadie le importa. Pero importa. Y mucho. A las pruebas constantes me remito.

Otras personas, en cambio, optan por la opción secundaria, la de ser activamente pasivos. No mostrarse, no enseñarse, pasar desapercibidos para comportarse profesionalmente como  ‘voyeurs’ constantes, entretenidos por conocer lo que hacen los demás con la única aspiración de poder criticar todo cuanto observen. Ambas acciones están estrechamente relacionadas con el ejercicio de criticar. Unos quieren ser criticados y otros quieren criticar. Un círculo mágico que no se cierra jamás. Y dentro del círculo, nuestras vidas van moviéndose entre la gravedad a pesar de que nada de todo nos interese lo más mínimo y que además estemos al tanto de ello.

‘Nuestra crítica consiste en reprochar a los demás el no tener las cualidades que nosotros creemos tener’
(Jules Renard) 
***
Hablar, hablar, hablar. Cuántas veces es mejor el silencio. Hablar por hablar. Criticar por criticar. De algo hay que hablar. Aunque existe, claro está, la crítica estudiada, la analizada, esa opinión personal que alguien ha discernido para describir un hecho, una persona o su obra. La palabra crítica proviene del término criterio. Pero tener criterio no es fácil. De hecho, la misma palabra crítica tiene demasiadas connotaciones negativas y puede ser por su frecuente mal uso. Pocas son las personas que poseen ese criterio necesario. Puesto que en el plano filosófico, una crítica puede referirse más bien sobre el discernimiento objetivo a través del análisis respecto a algo, socialmente está reconocida como lo que se expresa públicamente sobre un espectáculo, sobre un libro o una obra artística. Digamos que sería algo así como un examen, un juicio personal y bastante subjetivo sobre un tema determinado.

Pero la crítica a la que nos estamos refiriendo poco o nada tiene que ver con la que los primeros filósofos incorporaron a su temario. Ese discurso crítico, compuesto por la acción, la comprensión, la empatía y los juicios de valor, quedan bastante alejados de lo que la masa entiende por crítica. No me puedo imaginar las caras que pondrían personajes de la talla de Platón, de Aristófanes o Aristóteles si analizaran por un momento el comportamiento crítico de la sociedad actual. Supongo que su discurso debería cambiar inevitablemente. Para poder criticar con una mínima base de argumentación se necesita para empezar un conocimiento previo sobre lo que estamos criticando. Si no poseemos como mínimo eso es mejor dedicarse a otra cosa. Aún en el caso de que tengamos ese mínimo conocimiento acerca de lo que deseamos criticar, deberíamos ser bastante prudentes a la hora de emprender una cruzada de tipo personal sobre la persona, obra o acontecimiento a comentar.

Muchos están habituados a criticar a diestro y siniestro pero, sin embargo, no aceptan fácilmente las críticas. Y eso es debido a que si hay algo de lo que carece la sociedad en la que vivimos es de la mínima autocrítica. Como muy bien describió Henry Thoreau: “Es tan difícil verse a uno mismo como mirar para atrás sin volverse”. Así de simple. Así de sencillo. Nos cuesta una enormidad mirarnos al espejo y analizarnos a nosotros mismos. Comprender nuestros errores, admitirlos, aprender de ellos, darles la vuelta, solucionarlos, digamos claramente, enfrentarnos a ellos. Un poco de autocrítica nos ayudaría una barbaridad a conocer mejor los errores de los demás. Porque de eso se trata realmente, de intentar averiguar los errores de los demás para no mostrar o esconder los nuestros.

Examinar, analizar, juzgar. Pensar, o no pensar, juzgar. Criticar, de nuevo observar, para volver a criticar. Expresar opiniones y juicios negativos, casi siempre contrarios. Examinar, juzgar, justificar. Examinar, para volver a juzgar un asunto determinado. Seguimos probando a ser perfectos cuando no nos damos ni cuenta de lo absurdos que llegamos a ser en determinadas ocasiones, por no decir, en la mayoría de ellas. Demasiado tiempo enfrascados en la vida de los demás, en las acciones de los demás. Demasiado tiempo perdido para analizar lo que verdaderamente nos interesa. Adentrarse en uno mismo, investigar nuestro mundo, nuestro yo interior. Analizar hasta la última partícula de nuestro propio mundo antes de penetrar en el mundo ajeno. Cuando el ser humano en general aprenda a autocriticarse el mundo ganará en conciencia, en objetivos y en realización. Mientras tanto, seguiremos anclados en el territorio imperial de la crítica gratuita.

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comentarios
  1. Nick dice:

    Yo optaría por la crítica constructiva, que es la que propone nuevas soluciones a los problemas o defectos que se expongan en la crítica.

    Me gusta

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