Las decisiones

Publicado: 30 de septiembre de 2011 en Artículos
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“En cualquier momento de decisión
lo mejor es hacer lo correcto,
luego lo incorrecto,
y lo peor es no hacer nada”
(Theodore Roosevelt)
***
Terror para muchos, goce para otros. Para algunos generan aversión y para otros simpatía. Debilidad angustiosa que exige responsabilidad, carácter y firmeza. Adjetivos que se distancian de la auténtica virtud de tomar la iniciativa. Al alcance de pocos, queridas por sólo unos cuantos, las decisiones son orden del día. No podemos escapar de ellas. Desde que somos niños nos vemos en la tesitura, en la opción, en la elección. Hay momentos que tenemos muy claro lo que hay que decidir. Otros momentos, por el contrario, se hacen eternos. Son momentos delicados, raramente deseados. Espacios de tiempo cortos pero que parecen no acabar. Las decisiones se vuelven difíciles, necesarias y complicadas. Si aciertas te alegras, pero también suspiras. Si fallas te hundes, parece que nadie hubiese podido fallar. La incertidumbre ante una eventual respuesta tiene por regla general la misma proporción que tener que decidir.

Cuando somos niños y después adolescentes no nos preparan para tales situaciones. Nadie nos advierte de lo que nos vamos a encontrar. Cuando somos niños tomamos decisiones pero sin pensarlo demasiado. Quizá por eso son más naturales y también menos conscientes. También carecen de importancia porque nadie les da valor. Son más bien anecdóticas. Diferente es la cuestión cuando somos adolescentes. De repente, sin comerlo ni beberlo, comienzan a asaltarte dudas, preguntas, incertidumbres, futuros, demasiadas cosas a la vez para una mente tan simple, para una mente con poco bagaje y nula experiencia. Tomar decisiones en esa temprana edad ya comienza a ser un problema y, generalmente, pocos son los que dicen haber acertado con las suyas en ese momento de su vida.

Es lógico pensar que a medida de que avanzamos por el tortuoso camino de la vida, los hechos vividos y experimentados nos hacen valorar todo en su justa medida o, al menos, en la forma correcta. Pero mira por donde, resulta curioso averiguar, que con el paso de los años lo único claro que tenemos es que las decisiones siguen aumentando a una velocidad mayor de la que nuestra experiencia puede admitir o analizar. Nos vemos en la encrucijada demasiadas veces y casi a diario a la hora de decidir sobre muchas cosas que incluso ni nos importan. La perspectiva de todo cambia y las dudas siguen amontonándose.

Con la madurez (aquel que la consigue), uno se da cuenta de que pocas cosas están  claras, pero las que lo están aparecen de una forma aplastante. Digamos que lo tenemos bastante claro. Se tiene claro que ya no te importa tanto acertar o no a la hora decidir, pero también es verdad que los parámetros para tomar esa decisión son bien distintos. La toma de decisiones toma un tono diferente, menos trascendental pero igual de emocionante. La perspectiva cambia y los segundos o minutos para ejercerla tampoco parecen tan largos. Si de algo sirve decidir continuamente y durante toda la vida es a ejercitar la mente para ello. El ejercicio y la práctica sirven para algo, sin duda. La toma de decisiones es a veces algo mecánico, casi funciona solo, no hace falta ni apretar el botón de encendido para pensar en ello. Pero eso sucede a veces, no siempre, porque seguimos teniendo que decidir y las cosas se van sucediendo, las sencillas y las complicadas. Es una rueda que nunca para. Un motor que parece necesitar estar funcionando las veinticuatro horas del día.

La experiencia nos indica que la mayoría de veces no acertamos con la decisión, pero ya no nos importa tanto, de hecho, si nos importara tanto sería un auténtico suplicio tener que volver a decidir y, sin embargo, lo hacemos continuamente, sin importarnos el resultado. Analizar más o menos tampoco nos entraña un problema serio, aunque algunas personas sienten una presión añadida cada vez que piensan que pueden fallar con su elección. Verse perjudicado, emocionalmente hablando, respecto de una mala decisión, puede servir o no, siempre y cuando seamos capaces de aprender algo de la situación vivida. Quitar hierro al asunto puede ser beneficioso, sobre todo porque esa presión la soltamos y no la cargamos sobre nuestras espaldas. Somos libres siempre de decidir pero a veces nos sentimos encerrados, entre la espada y la pared. Estaremos presionados si nosotros mismos nos presionamos.

Lo mejor ante una acción es una reacción. Ante una problema, una solución. Ante la falta de soluciones, tranquilidad total. De nada nos sirve machacarnos la cabeza con la inquietante idea de que no hemos servido o que no hemos sabido solucionar algo. Más útil es sacar conclusiones que nos sirvan en el futuro. Las decisiones venideras serán ejercicios repetitivos almacenados en nuestra memoria y sólo tenemos que saber darle al botón adecuado. Mucha gente confiesa que sus reacciones o decisiones ante cualquier asunto suelen ser por instinto, por intuición o por asomo. Es decir, lo primero que la mente o el corazón les indica lo toman con referencia. Otras personas son más analíticas, más calculadoras, y el primer impulso siempre es analizado como el siguiente, hasta dar con la decisión adecuada. Sea cual sea el mecanismo el resultado no tiene nada que ver, porque no hay reglas al respecto. No hay fórmula mágica que nos indique el camino para acertar siempre. Porque pensándolo bien, quién querría acertar siempre, cuando en el error encontramos a veces la solución.

Decidir a veces supone responsabilidad. Y la responsabilidad es bienvenida para unos pocos. La mayoría la rechaza. Sentirse bien ante esa responsabilidad puede determinar una fuerte personalidad. La huida ante las decisiones nos muestra debilidad, cobardía e inseguridad. La estabilidad nos ayuda a tomar decisiones, sean arriesgadas o no, puesto que nos empuja con su fuerza para controlar el posible error de esa decisión.

“El hombre que pretende verlo todo con claridad antes de decidir nunca decide”
(Henry F. Amiel)
***
indecisive6
comentarios
  1. Nick dice:

    Creo que lo más importante y por lo que suelo ver a mi alrededor, lo más difícil, es aceptar que cualquier decisión que tome uno ,implica automaticamente renunciar en cierta medida a las demás. Pero curiosamente esa renuncia suele ser lo que más cuesta de aceptar.
    O sea, toda opción inevitablemente comporta una renuncia.
    Olvidense de una vez,de estar en misa y repicando.

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