El rostro eterno

Publicado: 31 de agosto de 2011 en Artículos
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“¿No ves tú que,

entre las humanas bellezas,

un bellísimo rostro detiene a los transeúntes

mejor que las riquezas que lo encuadran?”

(Leonardo Da Vinci)

***

Cada uno tiene sus  valores para catalogar la belleza. Cada uno, desde su fuero interno,  valora más un rostro que otro. Y más que valorar, lo adora. En la variedad está el gusto, eso dicen. Los rostros no son espejos de las almas como siempre nos han dicho. Al menos para los que no creemos en almas. Los rostros son simples reflejos de la realidad. La más cruda realidad. La nuestra.

El alma, si existe, debemos imaginárnosla de otra manera, más compleja, puesto que el rostro no nos descubrirá ninguna pista sobre ella y sobre su significado. Hay millones de tipos de rostros y parece que, si concretáramos, sólo nos acabaríamos fijando en una pequeña porción de ellos. Buen parte de la gran masa pasaría desapercibida para todos nosotros. En los rostros, como en otros ámbitos de la vida, hay una masa uniforme que no llama la atención. En cambio, algunos rostros sobresalen.

¿Qué es exactamente lo que nos llama la atención de un rostro?  La respuesta a esta pregunta puede llegar a convertirse en un difícil jeroglífico. Y prácticamente indescifrable.  Y es lógico.  Cada cual tendría sus propios argumentos porque cada uno posee un marcado acento y rasero particular  para evaluar la belleza o lo que le atrae, y que lo distingue entre el resto desde su propio punto de vista.

No existen modelos de belleza. Cada uno tiene lo suyos y sorprenden todas esas personas que echan el grito en el cielo cuando no sueles coincidir con sus gustos. No se trata de estar de acuerdo. Todo es mucho más sencillo. Algunos siguen creyendo que los suyos son los criterios universales con los que todos deben estar de acuerdo, sin pensar  por un segundo que alguien puede estar completamente en desacuerdo, o simplemente gustarle otro tipo de belleza totalmente ajena a la suya. Gustos particulares que tampoco deben ser justificados.

Cuando nos fijamos en una persona que no conocemos lo primero en lo que nos fijamos de ella es su rostro. El rostro puede ser o no la entrada al resto, a su interior y a su exterior. En el rostro interpretamos la mirada, los gestos, la sonrisa (si la tiene), los modos, la forma de hablar, la forma de gesticular y el estado de ánimo. Pero, sobre todo, el rostro nos envuelve o no. Nos llena o no. Nos sumerge en otra dimensión o no.

Cuando reconocemos un rostro que nos gusta, que nos atrae, tenemos que volver a mirarlo, es inconsciente, es irremediable. Es algo tan natural como toser o estornudar. La naturalidad con la que la belleza nos sumerge en su mundo es mucho más poderosa de lo que podemos llegar a imaginar. La belleza nos embriaga de todo lo que tiene sentido en esta vida. Es, digámoslo así, una única razón y por lo menos suficiente para seguir descubriendo más belleza. Y esa belleza momentánea es nuestra, la hemos descubierto nosotros. Nos ha atraído y eso ya es suficiente. Y lo sabemos.

Los rostros que nos atrapan nos causan sorpresa, estupor, maravilla y resplandor. Son los rostros eternos, aquellos que nunca olvidamos, a los que queremos volver a ver tantas veces como podamos y que cuando dejamos de verlos siempre los recordamos. En parte esos rostros se meten en nuestra mente y se protegen y cuidan ellos mismos. Cuando una vez, hace muchos años, descubres uno de esos rostros eternos, supe que me acompañaría siempre. Era y es un rostro inconfundible. Y supe que era el rostro ideal. Su belleza, en conjunto, era enorme, uniforme, perfecta. Pero sobre todo atrayente.

Una foto en blanco y negro que se colgó de mí y de mis recuerdos desde ese mismo momento. Y con el paso del tiempo, y tras muchos años abandonado, te das cuenta de que sigue siendo eterno, lo contemples a menudo o no. Nuestros gustos cambian y cambian pero los rostros eternos, los nuestros, no cambian…

Aquella belleza que me cautivó, de rostro delgado y mirada lejana, compasiva, enigmática y difícil de describir era la idónea. Describir nuestros rostros eternos no es fácil. Sólo sabemos que lo son. Las palabras a veces no son suficientes para demostrar una atracción. La contemplación se apodera de la escena y nos deja en un segundo plano, siendo espectadores de lo que impera en nuestro mundo. Una imagen es absoluta, cierta, absoluta…

La belleza del rostro eterno continúa estando ahí. Para admirarla. Para saborearla. Una forma sublime de atracción, que nos domina y nos sosiega de una forma superior. Una mezcla de sensaciones que se agolpan en un segundo para explotar en belleza y en su máxima expresión. Al final, das gracias por haber descubierto esos rostros eternos y seguir teniendo la capacidad de admirarlos, de desearlos, poseerlos y atesorarlos. Una belleza seductora hasta su última gota, que nos deja sin respiración y nos empequeñece como soldaditos de plomo. Agradeces haber disfrutado del rostro eterno. Y de que siga acompañándote. El tiempo no lo podrá devorar. Permanecerá con su pureza y su belleza siempre.

 

“En tu rostro miro pero sin verlo,

en mi alma busco algo

que me lo recuerde”

 (Nazik Al Malaika)

***

comentarios
  1. Nick dice:

    Que dulzura,ternura,afabilidad,placidez,serenidad y demás transmite dicha imagen.Estoy asombrado, más bien fascinado y muy impresionado con su mirada.

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