Érase una vez en América

Publicado: 2 de julio de 2011 en Cine
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“Te quité toda tu vida, y la he vivido en tu lugar,

te lo robé todo, el dinero, la mujer que amabas,

y a ti solo te dejé 35 años de dolor por haberme matado,

¿por qué no disparas?”

***

El otro día ojeando unas imágenes de Brooklyn en los años 70 me acordé de esa fantástica película dirigida por Sergio Leone en 1984. Y creo que se merece un pequeño homenaje. La historia es un retrato de una pandilla de amigos de Nueva York a principios del siglo XX. La amistad de éstos se transforma en la formación de una banda que prospera rápidamente, llegando a ser unos importantes mafiosos. Nunca olvidas su banda sonora, su reparto, su dirección y, por supuesto, su fotografía.

Estas grandes películas que en un momento dado nos han marcado deberían tener por nuestra parte un pequeño reconocimiento de vez en cuando, al igual que esa canción que nunca olvidamos o ese libro que seguimos conservando y que cada vez que vemos descansando en nuestra estantería nos traslada hasta los momentos en los que descubríamos sus páginas. Al fin y al cabo, si nos damos cuenta, la vida que vamos viviendo está compuesta por pequeñas piezas que completan un puzzle, el puzzle de nuestra vida. Y cada pieza de este puzzle está diseñada por esos pequeños detalles que nos marcaron; ese libro, esa canción, esa película, esa noche, ese mar, ese plato, ese amig@, ese amante, esa luna, ese beso, esa caricia, ese viaje, esa frase, esa imagen, ese cuerpo, esa voz, ese roce, ese paisaje. Cada pieza va dando cuerpo al puzzle y, con el paso de los años, la imagen de nuestro puzzle va adquiriendo forma y tamaño.

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No somos capaces de desintegrar ninguna de esas piezas, porque una vez adquiridas ya forman parte de nosotros. Nos pertenecen. Además, quién querría deshacerse de alguna de ellas. Sería absurdo. Somos nuestro pasado. Y todo el pasado se refleja en nosotros, en lo bueno y en lo malo, en lo triste y en lo alegre. Somos los que hemos visto, lo que hemos sentido, lo que hemos vivido. Todo, absolutamente todo lo vivido nos pertenece. Y no hay que rechazarlo. Pertenece a nuestra memoria.

Pero evocar de vez en cuando los recuerdos hacia uno de esos momentos nunca viene mal. Algunos lo llaman melancolía, otros simplemente revisión del pasado. Dicen los historiadores que para entender el presente hay que conocer y estudiar el pasado. Lo mismo pasa con nuestras vidas. Para entender dónde estamos y porqué hemos llegado aquí y de qué forma lo hemos hecho tenemos que analizar nuestro pasado, desmontarlo en pequeñísimos momentos para ir componiéndolo de nuevo. Es un análisis duro y no exento de dificultad, pero es un ejercicio que nos equilibra y nos hace ser realistas con nosotros mismos.

Analizar tu pasado quiere decir que te vuelves a encontrar con tus errores, con tus fracasos, pero también con aquellos pequeños momentos de felicidad, inigualables, inconfundibles, especialmente inolvidables. Alguna sonrisa soltaremos y, seguramente también, alguna lágrima. Porque tenemos derecho a sentirnos melancólicos. No significa que tiempos pasados fueran mejores sino que los vivimos y su recuerdo nos hace felices de nuevo, aunque no fueran buenos momentos.

Hay gente a la que no le gusta recordar su pasado. Quizá porque se ofusca en querer eliminar lo que no le gustó. Pero ese no es el camino. Porque volver a recordar las páginas de nuestro libro sirve para enfrentarnos con nuestro propio yo y eso nos hace más fuertes, más grandes. Muchas veces, mientras estás envuelto en la rutina diaria recordamos algo y nos preguntamos porqué hicimos tal cosa y no la otra. Y para saberlo debemos parar, sentarnos y pensar. Trasladarnos hasta ese preciso instante y recordar todos los detalles del momento. Es un ejercicio arduo pero edificante. Es un reencuentro con nuestro propio yo, otro yo, pero nuestro yo.

Trasladarse a una escena del pasado es entenderse de alguna manera. Y mientras nos vamos entendiendo, vamos comprendiendo el porqué de muchas cosas. Porqué leímos aquel libro, porqué hicimos aquel viaje, porqué conocimos a aquella persona, porqué tomamos aquella decisión… Todas esas preguntas que nos hacemos tienen respuesta y solamente hay que buscarla. Y cuando la encontremos nos conoceremos mejor, nos entenderemos mejor a nosotros mismos y eso será lo verdaderamente importante.

Daremos gracias por haber vivido esos momentos porque entenderemos que son nuestros momentos, que nadie nos los puede quitar. Nos es familiar esa fotografía de un anciano sentado en un banco del parque, inmóvil, con la mirada perdida, pensativo. Muchos dicen que al llegar a esa edad es cuando uno puede ir desgranando momento a momento todo lo que ha vivido durante su vida, durante su viaje. Y parece como si de alguna manera ese anciano estuviera haciendo balance de todo lo vivido. Pero no debemos esperar a ser ancianos para recrearnos en algo que es tan evidente, nuestro pasado está ahí ya, no hace falta esperar a ser ancianos. Debemos abrir sus páginas y revivirlo, reconocerlo, comprenderlo.

Dicen que malgastamos el presente pensando en el futuro. No llegamos a sacarle todo el fruto que tiene. No valoramos lo que estamos experimentando ahora. El ahora es igual de importante que el mañana y que el ayer. El ayer nos ha ayudado a fabricar nuestro hoy y ese hoy nos hará fabricar el mañana. No debemos saltarnos ninguna casilla porque cada una tiene una importancia vital.

“La edad se me marchita. Los dos hemos envejecido. Nos quedan los recuerdos, nada más”

***

comentarios
  1. Película super profunda, que trata del pasado, la vida, la amistad.. que maravilla, veo que la has captado a la perfección. Buen post.

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  2. nick dice:

    En tres tiempos se divide la vida: en presente, pasado y futuro. de éstos, el presente es brevísimo; el futuro, dudoso; el pasado, cierto.
    SÉNECA, Lucio Anneo

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  3. Miquel dice:

    Vicente, acuérdate que tenemos pendiente ir a los lugares importantes de nuestro pasado, un día hablamos de hacerlo mientras tapeábamos en el Candanchú de Rius i Taulet. Supongo que fue por lo que comentas en el post y para además de recordar, compartirlo. Algunas veces, cuando he regresado a un lugar marcado en mi memoria, he llegado a emocionarme de tal modo que es difícil contener las lágrimas. Me acuerdo, por poner un ejemplo, de cuando fui, al cabo de 15 años al cuartel en Sabiñanigo dónde hice la mili y que ahora se ha convertido en el museo de los pirineos. Ese día fue toda una experiencia de emociones y sensaciones. Los viajes mentales en el laberinto de los recuerdos, ya sean buenos o malos, son emocionantes y como bien dices, le dan sentido a lo que eres, ya con eso, es un buen ejercicio realizarlos. Pero compartirlos aun es mucho mejor, infinitamente mejor.

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  4. Emilio dice:

    Érase una vez en América (Once upon a time in America) de Leone con De Niro, Woods, Williams, Pesci y una jovencísima Jennifer Connelly. Morricone y Leone formaron una pareja que todavía está por superar.

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