Juventud

Publicado: 22 de junio de 2011 en Artículos
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freedom(1)
“La gente joven está convencida de que posee la verdad.
Desgraciadamente, cuando logran imponerla ya ni son jóvenes ni es verdad”
(Jaume Perich)
***

Tantas cosas se han dicho de ella. Tantas cosas se dicen de ella. Y tanto por decir. Tan difícil de describir. Tan fácil de abandonar. La juventud representa el todo y la nada a la vez. Es el inconformismo en su máxima expresión. La juventud es la espontaneidad, la libertad, la libre expresión, el no pensar, el hacer, el querer hacerlo, el no lograrlo, el resultado sin efecto, el querer y no poder, el siempre querer, el siempre desear, el sueño continuo, el saber que va a pasar algo, el desear que pase algo, sin importar si va a pasar realmente o no.

La juventud significa envidia, todo lo que vendrá y lo que no, la nada eterna, la esperanza lejana. La juventud también eres tú, es ella y es él, somos nosotros, somos todos y también los que nos rodean. Es el futuro más incierto, y el más real. Es el presente veloz y es el pasado después, tan fugaz como desalentador, tan rápido como indescriptible.

La juventud es el romper barreras, es ser ciudadano sin patria, individuo libre y sin cargas, sin hipotecas y sin deudas, es la persona en su estado puro, en su hábitat natural, es el momento para disfrutar, para realizar lo irrealizable, es ser libre, pero mucho más libre de lo que somos capaces de llegar a imaginar. Y sentirlo. Sobre todo, sentirlo.

La juventud es la antítesis de la debilidad, es el reto continuo, es el fracaso tras el fracaso y es la escasez de victorias; pues la juventud nunca gana, pero sigue luchando. Es el tesón acumulado y es, cómo no, la  ilusión. Sí, todo eso es. Y es todavía más. Es ilusión, más ilusión si cabe, y todavía más… y fuerza. Son los ideales atrapados en la mente que al abrir la cerradura se expanden cuales pájaros en el cielo para no quedar atrapados en el pozo del desasosiego.

La juventud es ese ímpetu gigante, incapaz de abarcar, inútil de abatir, es la distancia hasta la moral, es la lejanía hasta la ética, es la batalla del que siempre perderá, pero que poco le importará. Es el odio a lo práctico, la manía de ser diferente, de ver todo de forma distinta.

Es caerse. Una vez, dos, mil veces. Y levantarse de nuevo después de haberse caído otra vez. Es no pensar que se ha caído para caerse nuevamente para poder levantarse tantas veces como hagan falta. Y, desde el propio origen, RENACER… No desfallecer ni desanimarse. Es aparentar sentirse bien a pesar de todo. Llegar para alcanzar las más altas cumbres sin haber escalado nunca. Es soñar. Y soñar mucho. Para no despertar. Para no querer despertar. Y volver a soñar.

Es ese abrir y cerrar de ojos que dura un segundo y al volverlos a abrir darse cuenta que ha desaparecido. Acaso es un sueño difícil de olvidar. Y al abrir los ojos se ha ido. Se ha escapado. No se la puede enjaular. Se ha ido. Así es. No hay más. Se escapa. De hecho, ya se fue. Ya no sabes si realmente estuvo o no. Es aquel periodo corto pero vibrante que una vez fue, pero ya no, es ese inolvidable paseo donde los amigos fueron enormes compañeros de las más atrevidas aventuras, de las más absurdas vivencias. Es aquel momento más corto en la vida de cada individuo. Pero permanece para siempre. Entre fotografías en blanco y negro, entre ropas viejas, entre libros antiguos, entre sueños esparcidos y casi desconocidos, entre ilusiones muertas.

La juventud estuvo por un momento en ese beso escondido, en esa noche de luna llena acompañado de una guitarra, en esa mano que te tocó, en ese abrazo compartido, en ese deseo incumplido, en ese amor que ya desapareció, en ese amor que nunca respondió, en ese amor que nunca murió…

Es la etapa donde uno es capaz de todo pero no lo sabe. Es cuando descubres que todo está por vivir y por eso tienes prisa, por eso te desmarcas del presente, por eso quieres romper con tu pasado. Es un instante en un segundo, es decir, incalculable. Es lo que recuerdas a pesar de todo. A pesar de los años que han transcurrido.

A la juventud le sobra la inquietud pero le falta la paciencia. Le sobra la energía pero le falta la perspectiva. Le sobra el ímpetu pero le falta la experiencia.

Un día cierras los ojos y al abrirlos han pasado veinte años o más. Y qué más da cuántos son. Y es entonces cuando vemos a la juventud como aquel compañero de viaje que nos abandonó en nuestro camino y sólo nuestro leve recuerdo le puede salvar. Fue tu más ferviente amor en el mejor momento de tu vida, con el que compartiste un paseo por el mar, un baño desnudo bajo la luna, una borrachera tras otra, una caricia olvidada, un rostro pincelado de sonrisas, un beso eterno, una sincera confusión, una tarde a solas, un folio en blanco, otro folio en blanco, un libro inolvidable, una risa contagiosa, una fugaz atracción.

La juventud es el comienzo, son los comienzos, son miles de comienzos sin final, es un pasado que parece no haberse vivido, y si se vivió poco queda ya de él. Se marchó como las nubes tras las tormentas. Pero nos queda la nostalgia. La melancolía. La difícil tarea de poner todo en orden, de sacar conclusiones. De saber qué fue y para qué. Y eso es lo más difícil. Lo verdaderamente difícil.

Y cuánto daríamos por reinventarla, por volver a pasear por aquel mar, por ver ese atardecer de nuevo, por volver a soñar como solíamos, por poder crear aquellas ilusiones sabiendo que nunca servirán para nada, aunque ya nos dé igual, y saborear aquellos besos, aquellas caricias, aquellos roces de piernas entre largos cabellos revueltos y sonrisas impacientes. Cuánto daríamos por revivir un momento como ése una vez más, alguna vez más, un segundo más…

Nos quedan los recuerdos y eso es lo importante. Pues sin ellos no existimos. Pertenecemos al pasado como el árbol a la tierra. Sin esos recuerdos no significamos nada y, aunque fugaces, esos recuerdos son nuestros. Nos pertenecen. Como nuestra juventud. La misma que ya no recordamos, la misma cobarde que se fue y que nos abandonó. Con ella en el recuerdo y sin ella en el presente, seguimos soñando que un día fuimos y que jamás llegaremos a ser.

***

De mis disparates de juventud
lo que más pena me da no es el haberlos cometido,
sino el no poder volver a cometerlos”
(Pierre Benoit)
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comentarios
  1. Rosy dice:

    Estoy de acuerdo con Nick con respecto a la frase “No digas cuando era joven, es mejor decir: cuando era más joven de lo que soy ahora!”. Nunca debes dejar de sentirte joven, pues como tú bien has dicho la juventud significa luchar aunque sepas que vas a perder. La vida es muy dura y sin ese espíritu joven, simplemente estas muerto en vida. Nunca se debe perder el miedo a caer, pues debes seguir teniendo el valor suficiente para levantarte de nuevo. Nunca se deben perder las ganas de luchar por algo que te importe y en lo que creas de verdad. Lo peor que te puede pasar en esta vida es sentirte viejo y derrotado. A la vida hay que plantarle cara y enfrentarte a ella con los retos que te presenta en el día a día, para seguir sintiéndote vivo… y joven.

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  2. Javier dice:

    Impresionante Vicente, me has puesto la piel de gallina.

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  3. Manel dice:

    Bonita y acertada descripción.
    Me has devuelto el recuerdo de antiguas etapas vitales. Que envidia y cuanto me animan los jóvenes.
    Gracias.

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  4. Nick dice:

    No has pensado en ponerte en contacto con algún medio de comunicación escrito para ofrecerles tus siempre más que interesantes escritos?.

    Oh juventud divina!
    No digas cuando era joven, es mejor decir: cuando era mas joven de lo que soy ahora!

    Definitvamente nunca serás más joven de lo que eres ahora, tal vez más bello sí.

    Cada minuto envejeces , pero por eso procura vivir cada minuto y sentirte vivo cada segundo.
    Fuente, Google.

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