Diario de pensamientos: Vivimos en la mentira

Publicado: 16 de agosto de 2012 en Diario de pensamientos
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“La mentira es un triste sustituto de la verdad,
pero es el único que se ha descubierto hasta ahora”
(Elbert Hubbard)
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No nos damos cuenta, o quizá sí, que cada día es más habitual vivir rodeados de mentiras. Por todas partes, por todos lados, las mentiras nos acosan, nos envuelven y nos aprisionan hasta llevarnos a un territorio que es el habitual. Un zona de confort cotidiana donde parece que nos encontramos a gusto y de la cual no queremos salir. Parece como si vivir en la mentira nos evadiera de la realidad y nos diera ánimo y energía para seguir nuestro día a día. Simplemente, triste. Se dice que la mentira es aquella declaración realizada por alguien que cree o sospecha que es falsa en todo o parte, y que espera que los que la escuchan la crean, intentando ocultar siempre la realidad de forma parcial o total.
Mentir implica decir un engaño. Mentir es decir una mentira, no es faltar a la verdad. Ser mentiroso es decir mentiras. Visto así todos somos mentirosos. De una forma u otra. Pero nadie lo reconoce. Nadie es capaz de mirarse al espejo y reconocer que miente a menudo y mucho más de lo que se podría imaginar. Encontramos estudios que han descubierto que decir la verdad cuesta menos que decir una mentira. Mentir puede ser un auto reflejo para sentirse aliviado, para salir de una situación determinada. Pero lo más normal es mentir para no tener que decir la verdad. La verdad a veces no es bienvenida, o no es conveniente. También mentir es fingir o simular. Si analizamos el tema por encima, nos damos cuenta de que las mentiras están mal vista a modo general, pero todo el mundo las usa. Aquí aparece la hipocresía para apoderarse de la escena, como suele ocurrir normalmente.
“De vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes”
(Jules Renard) 
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Incluso hay gente que califica  las mentiras: las denominan piadosas, buenas, malas o simplemente, peores. Seguimos con la hipocresía e introducimos el cinismo. Otro invitado estelar en este juego. Aquí parece que se trata de justificar más que de enmendar; sabemos que hemos mentido pero nos justificamos rápidamente diciendo que tampoco era para tanto. Según Tomás de Aquino hay tres tipos de mentiras: la útil, la humorística y la maliciosa. Lógicamente, la última es la peor. Las otras dos son justificables. Más hipocresía al canto. Se dice que la mentira más grave es la calumnia, imputando a alguien que en principio es inocente de una falta no cometida quizá para aprovecharse maliciosamente de esa calumnia. Si esto fuera cierto, las mentiras graves abundan, y en todos los ámbitos cotidianos de nuestra vida. Pero parece que ya no nos importa demasiado.
“El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido,
porque estará obligado a inventar veinte más
para sostener la certeza de esta primera”
(Alexander Pope)
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Hemos aprendido a convivir con la mentira, con toda clase de mentiras. Hemos sobrevivido a ellas, nos hemos acostumbrado a reconocerlas, a descubrirlas y a perdonarlas. Ya ni nos quejamos de ellas, bueno, alguna vez sí, pero tampoco ponemos mucho empeño en combatirlas, quizá porque nos hemos dado cuenta de que es inútil luchar contra este fenómeno cada vez más creciente. Sabemos cuando nos mienten y hasta sonreímos. Vivimos en la mentira constante y ni nos inmutamos. La clase política mundial es el ejemplo perfecto de cómo mentir como norma y como forma de vida, y aunque todo el mundo o la mayoría les delata y los descubre, siguen actuando de la misma forma, porque el mentiroso se ha dado cuenta de que aunque lo pillen puede seguir actuando de la misma forma, porque no pasa absolutamente nada.
“El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad”
(Aristóteles)
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Hay gente que se indigna cuando es engañada y arremete contra ello. Pero cada vez es más difícil encontrarse con estas reacciones. La mentira está anclada incluso donde uno nunca podría imaginarse, en los medios de comunicación, que deberían ser los garantes de la información verídica y real. Porque no nos engañemos a nosotros mismos, la manipulación llega a tal extremo que ya nada de lo que vemos ni oímos ni lo que nos cuentan parece que tenga fundamento. Todo es algo así como ‘he oído’, ‘me han dicho’, todo posee una parte verídica y una parte falsa. Desconfiamos porque estamos acostumbrados a que nos engañen y a engañar. Y el ser humano aplica sus defensas según sus experiencias, en principio es muy previsible. No hace falta que le engañen mucho para que ya piense que le van a engañar siempre o de nuevo. Escuchamos mentiras durante todo el día y nos la tomamos con serenidad, con talante. Hemos aprendido a saber encajarlas de forma natural y con carácter.
“El aspecto romántico del mentiroso se esfuma cuando lo trasladamos a la vida real”
(Elvira Lindo)
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La mentira es hoy el pan nuestro de cada día, en todos los sectores y en todos los medios. Y mucha gente la ha adaptado a su forma de ser como un conjunto de características propias, una forma de mostrarse. Y tampoco importa si se dan cuenta que mentimos o no, eso tampoco tiene tanta importancia. Las mentiras se acumulan encima de la mesa sin darnos tiempo suficiente para poder archivarlas, guardarlas u olvidarlas. Es tal la cantidad y la rapidez como se multiplican que ya nos hemos resignado a ni siquiera clasificarlas.
“Lo que me preocupa no es que me hayas mentido,
sino que,
de ahora en adelante,
ya no podré creer en ti”
(Friedrich Nietzsche)
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